lunes, enero 09, 2017

Aquellos diciembres (2).

Cuando yo estaba chiquito el lapso entre un diciembre y el siguiente era eterno, o al menos así nos parecía, porque duraba exactamente lo que marca el calendario: 12 meses. En cambio ahora asombra ver cómo en un apartamento vecino armaron el arbolito desde finales de octubre, faltando más de dos meses para el nacimiento del Niño Dios. Cuando al fin llega la fecha esperada, una semana después se celebra la fiesta de fin de año y aquí en Manizales empatamos con la feria anual, con el agravante que las familias le sacan el cuerpo durante varios fines de semana a ponerse en la labor de desbaratar árbol, pesebre, adornos y demás perendengues.

A nosotros no, ¡qué va! Había que rogarle mucho a la mamá para que dejara armar el pesebre unos días antes de la fecha del inicio de la Novena, el 16 de diciembre, con el cuento que eso le llenaba la casa de tierra y mugre. Y no más pasar la navidad, con trabajo esperaba hasta después del 31 para ordenar que desbaratáramos ese embeleco. A la basura con el musgo y demás sobrantes; el papel enserado se sacudía en el patio antes de empacarlo otra vez; y el resto de figuras se envolvían en periódico para embalarlas.

De todas maneras era mucho lo que disfrutábamos la armada del pesebre y del árbol, programa que empezaba cuando le rogábamos a mi papá que se viniera un sábado en el Land Rover de Plumejía, la ferretería familiar, para armar paseo de día entero a los páramos cercanos y conseguir un chamizo que sirviera como árbol navideño, además de recoger en las cañadas el musgo que crecía generoso. El arbolito de pino es importado de otra cultura, como el Papá Noel, mientras por aquí preferíamos un chamizo cubierto de musgo.

Como para todo, mi papá debía rifar los turnos en que los mayorcitos le podíamos dar machete al famélico tronco, hasta que por fin cedía y entonces lo acomodábamos en el techo del jeep para después de amarrarlo seguir con el paseo. El almuerzo era un fiambre delicioso preparado por mi mamá, el cual comíamos a la orilla de una quebradita de aguas termales. De regreso en casa, la orden era guardar toda esa mugre en el patio para al otro día, domingo, proceder a quitarle la tierra al musgo y así poder armar el pesebre.

Muy temprano estábamos levantados para empezar con la organizada del árbol. Con un sacudidor mi mamá le quitaba el polvo y la mugre que tuviera, mientras nosotros traíamos del garaje unas piedras grandes y algo de arena. En un tarro de galletas Saltinas familiar, ya forrado con papel navideño, se paraba el chamizo para luego cuñarlo con las piedras, todo lo cual se rellenaba con arena para darle mejor estabilidad. Una guirnalda de papel aluminio recorría el tronco, lo mismo que una instalación de luces de colores que titilaban. Las bolas de colores, que se quebraban con solo mirarlas, solo podían ser manipuladas por mi mamá.

Hasta ahí duraba la enguanda del arbolito porque solo quedaba como adorno navideño. Llegado el momento de rezar la novena todas las noches se haría alrededor del pesebre y el cuento ese de meter los regalos del Niño Dios debajo del árbol es otra tradición importada, como el pino y Papá Noel. Como el fruto prohibido esas bolas nos producían una atracción imposible de controlar y cada que uno podía se arrimaba a tocarlas y ver cuál era el misterio, hasta que se caía alguna y quedaba vuelta añicos. Sigue la armada del pesebre.

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