martes, agosto 30, 2016

¡Vacaciones! (I)

Para nosotros siempre, sin importar edad o el grado que cursáramos, fue motivo de felicidad el día que salíamos a vacaciones. Muy diferente al presente, que para los padres de familia es un problema porque no saben qué programa inventarse para entretener a su prole; y los chinos se jartan encerrados en la casa, hasta llegar al punto de añorar el regreso a clases. Inaceptable para mi generación esa actitud, ya que por el contrario no regalábamos un solo día de nuestro derecho al descanso.

Esperábamos con ansias el momento del asueto y según la edad los gustos variaban. En la etapa de la adolescencia optamos por la pesca y la caza en tierras de la familia de uno de los miembros de la barra, una hacienda ganadera localizada a cuarenta kilómetros de La Dorada. Seis amigos conformábamos el grupo y lo primero era visitar la oficina de nuestro anfitrión, donde él resolvía quienes debíamos motilarnos para recibir su autorización; cumplidas sus órdenes nos regalaba una caja llena de anzuelos y aparejos para la pesca, además de generosa munición para rifles y escopetas.

En la finca abrían nuevos potreros y mientras crecía el pasto aprovechaban para sembrar una roza, pero las ardillas, tórtolas y loras invadían como plagas para tragarse las apetitosas mazorcas y ahí entrábamos nosotros, quienes armados con escopetas las tumbábamos por docenas. Nada se decía entonces de ecología, medio ambiente o derechos de los animales.

En varios costales empacábamos el campamento, una carpa amplia y cómoda, el fogón de gasolina, marmitas, cubiertos y demás menaje. Cualquier madrugada le poníamos la mano a un camión de los que van a recoger ganado al Magdalena medio y por unos pesos algún chofer nos recogía. Como pollitos debíamos arrumarnos para pasar la cordillera porque el frío era brutal y apenas despuntaba el día llegábamos al puerto caldense. A conseguir la carnada, lombrices capitanas gruesas como dedos pulgares, y otras diligencias, para montarnos en la chiva que salía para Victoria; después de una hora de viaje nos bajábamos en Isaza, conocido como El 30, donde en la tienda de don Modesto conseguíamos de todo. La compra era básica y ‘modesta’, porque la idea era alimentarnos de lo que lográramos pescar y cazar.

Llamábamos entonces a la finca por radioteléfono para que mandaran el tractor con remolque, al que nos trepábamos con los corotos para recorrer los 7 kilómetros que faltaban para llegar a la casa, localizada a orillas del río Pontoná. Esa primera noche dormíamos allá y recuerdo que en una de esas idas a la casa vieja, esta servía de bodega para almacenar una cosecha de maíz. Nos acostamos a dormir, mamaos, pero al rato sentimos muchos ruidos y resolvimos prender una linterna, para toparnos con una invasión impresionante de ratas; como de película de terror. Figuró armar la carpa a media noche, bajo la lluvia, en un pantanero al lado de la casa.

Al otro día madrugamos a tomar Milo con leche recién ordeñada y después a cargar las mulas con el equipaje, debíamos echar pata durante una hora para llegar al otro extremo de la finca, donde en la confluencia de los ríos Pontoná y La Libertad armábamos el campamento en un pequeño cerro donde había saladero y palo de limones; el sitio era estratégico porque si llovía mucho amanecíamos aislados, con el ganado, y por la inundación no se veían ni los cercos.

En la orilla de una pequeña quebrada que pasaba abajo del cerro improvisábamos la cocina, para lo que fabricábamos una mesa de madera, y el fogón de leña. Quedan pendientes más detalles...

¡Vacaciones! (II).

Durante mi adolescencia los jóvenes éramos austeros en el gasto, sobre todo porque nuestros padres debían repartir lo poco que tenían entre muchos hijos y por lo tanto para los paseos debíamos hacer rendir lo poco que nos daban en la casa. Para cualquier programa nos echábamos tres pesos al bolsillo y confiábamos en que nada nos faltaría. En un principio los paseos a la costa atlántica los hacíamos en transporte público, recorridos que duraban una eternidad en buses incómodos y obsoletos, y después en el carro de alguno de la barra a quien se lo prestaban en la casa; viajar por carretera era muy económico, y gasolina y peajes ni se tenían en cuenta en el presupuesto.

Pero volvamos al cuento. Ya instalados en el campamento de La Julita, como se llamaba la finca, planeábamos la rutina del día mientras despachábamos un generoso desayuno. Había armas para todos, escopetas de diferente calibre, carabinas y rifles de la U, además de munición para dar y convidar. Basta imaginar lo que serían unos muchachos a esa edad con semejante armamento para dispararle a todo lo que se moviera, aunque no tenemos remordimientos porque así nos criaron y culturalmente era una conducta aceptada por todos.

En dos grupos de a tres dejábamos el campamento con el compromiso de regresar al caer la tarde y traer pescado, tórtolas o cualquier otro bicho que sirviera para echarle a la sopa. Recorríamos grandes distancias y el único potrero que tratábamos de evitar era el de las vacas recién paridas, porque las celosas madres embestían con fiereza y tocaba salir a las carreras y meternos en un guadual, donde no pudieran atacarnos. Hasta el caño más insignificante estaba lleno de babillas, tortugas, serpientes e iguanas, algunas de las cuales perseguíamos para añadirle proteína a la dieta diaria.

El primero en regresar se encargaba de montar la olla con papa y pastas, para agregarle lo que resultara de la jornada; en caso de blanquearnos todos, alistábamos las escopetas para dispararles a las bandadas de loras que pasaban a esa hora en medio de la algarabía. Caía media docena y tras desplumarlas y cortarles patas y cabezas, las echábamos a hervir y aunque la carne era dura e insípida, algo de sustancia soltaban. Acto seguido bajábamos a la quebrada para lavar marmitas y platos con puñados de arena, preparar agua con limón para la sobremesa y lavarnos los dientes; sin pastillas para potabilizar el agua ni otras precauciones, ya que por fortuna nada nos hacía daño. A reposar un rato alrededor de la fogata mientras salíamos a pescar de noche, que es cuando mejor pican las mueludas, picudas, mojarras y blanquillos.

El desayuno era con pescado frito y patacones, y mucho limón, acompañados de un generoso pocillo con chocolate. A esa hora pasaba Hernando, el agregado, quien daba vuelta al ganado y aprovechaba para llevarnos arepas y una botella de leche. Comentaba él con el vaquero que lo acompañaba, que ellos no se metían ni muertos a un potrero de esos durante la noche, ni siquiera a caballo; nunca fuimos mordidos por culebras venenosas, porque debido a la lejanía la situación podría complicarse.

Las anécdotas de las aventuras vividas en las tantas temporadas que pasamos allá, bajo el manto protector de don Daniel Molina Salazar, alma bendita, quien con su bonhomía nos dejó ejemplo de generosidad y equilibrio espiritual, quedan pendientes para próximas publicaciones. Hoy en día no puedo dejar de comparar las vacaciones de los adolescentes, pegados a toda hora de un teléfono celular, con aquellos periplos maravillosos que disfrutábamos durante nuestros días de descanso.

Disquisiciones olímpicas.

Qué delicia disfrutar del banquete que ofrece la televisión para seguir desde primera fila los juegos olímpicos realizados en Río de Janeiro. Algunos disponen de tiempo para pasarse todo el día frente a la pantalla y no perder detalle, mientras la mayoría aprovecha cualquier momento disponible para echarle un ojo al espectáculo. Disciplinas deportivas para todos los gustos, aunque uno se entretiene con modalidades totalmente desconocidas que nos enganchan por ser novedosas y llamativas.

La calidad de las transmisiones es cada vez mejor y ahora con la tecnología de la alta definición se logra una nitidez absoluta; el inconveniente es que después de disfrutar de esa modalidad ya no puede verse televisión análoga. Por la televisión digital terrestre se opta por las trasmisiones de Caracol televisión y por la señal de cable se sintonizan los canales de deportes extranjeros, más otros que acondicionó el operador para trasmitir los juegos, todo en alta definición. De manera que puede saltar de canal en canal para escoger su preferencia.

Mientras disfruto de ese programa tan sabroso no puedo dejar de pensar en ciertas inquietudes que me asaltan. Por ejemplo, cómo hacían antes para manejar tiempos y demás mediciones, cuando todo se basaba en la agilidad de un juez para definir un resultado. Ahora, que son los aparatos electrónicos los que marcan tiempos, definen finales por foto finish y miden distancias, se pregunta uno cuántas serían las injusticias cuando todas esas decisiones se tomaban a ‘ojímetro’. Basta con ver en el fútbol cuando un jugador está en fuera de lugar, lo que se demora el juez de línea en pitar y levantar la bandera.

Otro asunto que me desvela es el de los records mundiales y olímpicos. Porque tiene que llegar el día que no estiren más, ya que bien es sabido que todo tiene un límite. Claro que por ejemplo el record mundial de salto con garrocha lo tiene el ucraniano Serguéi Bubka, desde hace más de veinte años y esta es la hora que nadie ha podido aumentarle siquiera un milímetro; igual sucede con el cubano Javier Sotomayor en salto alto. Pienso entonces que la raza humana desaparecerá de la tierra antes de que esas marcas deportivas se estanquen definitivamente. Cuándo será ese cuándo.

Son muy grandes las diferencias entre quienes habitamos el tercer mundo y los países desarrollados en cuanto a desempeño en los juegos olímpicos, por lo que deberían pensar en realizar las competencias por categorías. Con muy contadas excepciones las medallas son para los atletas del primer mundo, quienes reciben atención desde sus primeros años para convertirlos en atletas integrales; alimentación especial, alta tecnología, técnicos idóneos, educación, rutinas de entrenamiento y demás condiciones para que el individuo tenga un apoyo total.

A Michael Phelps le construyeron una piscina olímpica enseguida de la  casa para que no tuviera que desplazarse para ir a entrenar, mientras Oscar Figueroa creció en una fundación para niños desplazados en Cartago, bajo el manto protector de mi querida amiga Consuelo Palau; allí lo alimentaron, le permitieron educarse, lo arroparon y le brindaron una familia, mientras en un improvisado gimnasio levantaba pesas hechas con tarros de galletas rellenos de arena.

La supremacía estadounidense es apabullante; el poderío de la raza negra, arrasador; los orientales se destacan por su disciplina y efectividad; de existir todavía la antigua Unión Soviética sería imparable; y salvo algunas excepciones, los latinos nos destacamos por mediocres.     

Con disciplinas deportivas para todos los gustos, esa maravillosa torre de Babel que se reúne cada cuatro años logra demostrarle al mundo que los hombres podemos vivir en paz y armonía.

En obra gris.

El mecanismo más perfecto que conocemos es el cuerpo humano, cuyo poder de raciocinio lo hace superior al de cualquier otro ser vivo. Son tantos los sistemas que conforman nuestro organismo, tanta la perfección, los detalles y las minucias, que hacen pensar en la mano de un ser superior que haga posible tanta maravilla. Aunque como no falta el pero, enumero algunas de las fallas que presenta ese mágico mecanismo y que nos hacen pensar que todavía estamos en obra gris.

Empiezo de abajo para arriba, con los pies, a los que les toca duro el trabajo y por ello con el paso del tiempo sufren fallas y desperfectos. Claro que como todo, entre más los cuidamos y consentimos, mayores los problemas que reflejan. Porque un indio ‘patirajao’ que nunca se ha calzado, presenta callos y una estructura en los pies que aguantan el uso y el abuso sin mosquearse. Pero yo sí le digo lo que molestan esas extremidades al citadino, sobre todo a las féminas, quienes por pasar la vida trepadas en unos tacones sufren lo indecible cuando se presentan los achaques: Juanetes, uñas enterradas, dedos deformes, candelillas, callos, clavos y demás jodas por el estilo.

Piernas arriba las dolencias no desaparecen y en especial las articulaciones, que son desagradecidas porque castigan a los deportistas sin importar que buscaran disciplina y salud. Se desgastan las bisagras y ahí empieza Cristo a padecer, porque los dolores mortifican y los tratamientos son largos y complicados. Qué decir cuando el problema llega a las caderas, donde es tan común que los ancianos presenten fracturas; se caen y se quiebran, o se quiebran y se caen. La temida osteoporosis.

Un poquito más arriba está la próstata, glándula esta que desvela a los varones por su tendencia a presentar dificultades; la primera cabecera es la visita al urólogo, quien según el ofendido paciente logra mancillar su inmaculada reputación; y antes de que diga esta boca es mía, ya lo tiene ensartado. Después está la tripa, o mejor el aparato digestivo, el cual genera molestias de punta a punta; ya que no podría escogerse entre un dolor de muela y una hemorroide toreada.

El tracto que beneficia los alimentos que ingerimos anda en franca decadencia, porque si antes los problemas digestivos eran asuntos de adultos, hoy en día es común ver a púberes y adolescentes hacer fila en la consulta del gastroenterólogo, para que les introduzcan un tubo explorador por el agujero que corresponda. Gastritis, hernia hiatal, úlcera, reflujo, colon irritado, estreñimiento, flatulencia y cálculos biliares son algunas de las ‘molestias’ que se presentan con mayor regularidad, y para cerrar con broche de oro el mal vergonzante que humilla y atormenta, las almorranas.        

Sería eterno nombrar los achaques y enfermedades que se presentan en los demás órganos y sistemas, hasta llegar a la torre de control donde el más común, la temida migraña, le ha mortificado la existencia a media humanidad. Algunos ejemplos que nos hacen pensar que aún estamos en obra gris son las cordales, la tiroides, las amígdalas, la vesícula biliar y el apéndice, porque nos los sacan y seguimos tan campantes.

Un mal menor es la caspa, que incomoda a quien la padece por el aspecto deplorable que refleja. Hace muchos años sufrí un episodio de caspa y un amigo bogotano me envió un jabón artesanal, de muy mal aspecto, que según él era la panacea. Después de usarlo las motas eran del tamaño de ‘crispetas’ y cuando llamé a hacerle el reclamo, respondió que por eso había dicho que la porquería esa era ‘buenísima’ para la caspa.

viernes, agosto 12, 2016

Metamorfosis.

Transformación o cambio profundo es la definición que le da el diccionario a esta palabra, aunque si quien consulta quiere algo más concreto y explícito, basta leer algo acerca de la metamorfosis de la rana, donde un simple renacuajo se convierte en colorido batracio; o mejor explicación encontrará con el cambio que sufre un gusano que se transforma en mariposa, uno de los seres más bellos de la naturaleza. Si quiere profundizar más acerca del tema que le meta el diente a La Metamorfosis, de Franz Kafka, una obra maestra de la literatura universal que mantiene al lector expectante desde la primera página.

Sin embargo, en el trajinar diario sucede un ejemplo que es más evidente que todos los anteriores y es lo que sucede a la mayoría de las personas cuando se disponen a conducir un vehículo; y no digo que todas porque sería injusto, ya que existen algunas excepciones. Por lo general es común ver a verdaderos caballeros, educados y correctos, convertidos en guaches que insultan y echan tacos desde el mismo momento que ocupan el asiento del conductor. Más impactante aún es oír damas que son modelos de pulcritud, angelicales y de buenos modales, convertidas en verduleras cuando conducen un vehículo.

De manera que además de que las vías no dan abasto, la inseguridad campea, la mayoría no respeta las normas de tránsito, los semáforos están mal sincronizados y demás bellezas, sumado al hecho que casi todos los conductores andan con el mico al hombro, enfurecidos y con ganas de matar a alguien, se forma un coctel explosivo que a diario deja accidentes y víctimas qué lamentar. Antes no suceden más cosas, piensa uno, con semejante panorama tan oscuro.

La avalancha de motociclistas que inunda las vías ha generado un odio visceral entre los conductores de vehículos, quienes se sienten atropellados por la forma irresponsable como se comporta esa horda que zigzaguea por entre el tráfico como si fueran los únicos que tienen  afán. Se detienen los carros en el semáforo y aparece la plaga de motociclistas, que se adelantan como sea hasta llegar a primera fila para seguir muy campantes sin respetar el pare, como si las leyes no fueran para ellos. Por ello suceden tantos accidentes donde los conductores de moto se ven involucrados, los mismos que congestionan los servicios de urgencias y que tienen colapsado el sistema de Seguro obligatorio para accidentes de tránsito, SOAT.

Ante una situación tan compleja no queda sino armarse de paciencia, respirar profundo y contar hasta diez, porque lo único que saca el enfurecido conductor es una úlcera o un dolor de cabeza, ya que dicha problemática no tiene solución inmediata. La única salida para combatir el caos es adelantar campañas que calen en la conciencia de los conductores, que les enseñe a comportarse, los haga reaccionar. Solo Antanas Mockus se le midió al asunto y nos dejó una lección de lo que puede lograrse con dichas iniciativas, pero ante la falta de continuidad de sus sucesores todo quedó en buenas intenciones.               

El conductor de vehículo particular debe cambiar de actitud y relajarse, y tener claro que mientras no existan políticas de transporte masivo y construcción de vías, las cosas seguirán iguales. Además hay que tener claro que el Gobierno debe enfocarse en solucionar ante todo el asunto del transporte público, que es el que mueve al 85% de la población. Una buena táctica para controlar el ofusque y la irascibilidad, es que sea la misma familia la encargada de sacarle tarjeta amarilla al conductor, cada que le recuerde la madre a todo el que se atraviese.

Memorias de barrio (15).

Nuestros gustos y procederes son idénticos a los de nuestros mayores, con esas pocas excepciones que hacen la regla. De la familia materna heredé el gusto de viajar por carretera, a diferencia de quienes odian esa modalidad porque todo les parece lejos y desde el inicio del recorrido empiezan a preguntar cuánto falta. En cambio quienes disfrutamos lo encontramos interesante, bonito, agradable y todo nos parece cerquita.

Antes era impensable viajar en avión y por ello debíamos treparnos todos en el DeSoto familiar para salir de paseo. El carro tenía sillas amplias, sin cinturones de seguridad ni ergonomía alguna, y al no haber restricción de pasajeros, nos acomodábamos como fuera; ni hablar de las peleas por las ventanillas. El único lujo que tenía el carro era un radio de sintonizar con teclas, pero mi papá no lo prendía porque no aguantaba esa chirimía.

El domingo nos llevaban a Chipre, al drive-in Los Arrayanes, y nos compraban empanadas con media gaseosa; otra garrotera con quien tocaba compartirla. Esporádicamente el algo era en Pereira, que quedaba lejos, y allí nos compraban pandeyuca con helado; el negocio quedaba en el parque Uribe Uribe, donde correteábamos alrededor del lago mientras despachábamos el mecato. Luego mi mamá nos hacía lavar las manos en las aguas contaminadas con escupitajos y meadas de los chinches.  

Tiempo después estrenamos Simca 1000 y el cambio fue radical, porque ya no cabía ni la mitad de la tropa. Viajaban los cuchos, mi hermana mayor, los chiquitos y uno de los muchachos, quienes nos sometíamos a una cachiporra para escoger cuál clasificaba. Íbamos mucho a Medellín, por asuntos de familia, y como estaba recién inaugurado el hotel Intercontinental había promociones de fin de semana, las mismas que aprovechaba mi papá. Entonces llegaban a contarnos de los lujos, del desayuno bufet, de la piscina y demás atractivos, y quienes nos quedábamos tragábamos saliva y añorábamos tener esa oportunidad.

Por fin me tocó el turno y mi mamá preparó un ‘sudao’ de gallina, amarillo y sustancioso, el cual empacó en un tarro grande de galletas de soda; en otro recipiente el arroz, platos desechables, etc. Al final de la tarde llegamos al hotel Veracruz, cerca del Nutibara, porque en esa oportunidad no hubo chance en el Intercontinental; de todas maneras el escogido tenía piscina y un buen restaurante en la terraza, lo que para nosotros era una novedad.

Al descargar el carro mi mamá nos mandó a varios con un botones cargados de maletas y a mí además me encartó con el coco del fiambre. A disgusto lo cargué y en el ascensor el tipo preguntó con tonito golpeado qué llevábamos ahí, a lo que respondí no saber, que eso era de mi mamá, y entonces el vergajo ordenó abrirlo. Abochornado procedí a destapar el tarro y cuando vio el grasoso fiambre, hizo cara de asco y advirtió que estaba prohibido entrar comida al hotel. Hable con ella, le sugerí, a ver cómo le va…               

Después de explorar la habitación y los alrededores, empezamos a planear lo que pediríamos de comida en el restaurante y a ponernos el vestido de baño, pero mi mamá dijo que ni riesgos, que comida teníamos suficiente, los sobrados del fiambre, y que estaba muy tarde para programa de piscina. Qué desilusión, aunque nos dejó bañar en la ducha al menos una hora con ese chorro hirviendo, ya que la caldera permitía lo que en la casa era imposible. Salimos como unos rábanos y con los dedos arrugados, a dormir en cama franca y con la ilusión de tener mejor suerte al día siguiente.

Mi querencia natural.

Vivimos una rutina diaria que obnubila e impide que veamos la realidad que nos rodea, por lo que es común que no seamos conscientes de la maravilla de ciudad que nos tocó como vividero. Claro que es natural que todos nos refiramos de igual manera al terruño que nos vio nacer y por ello se cae en discusiones bizantinas cuando varios contertulios insisten en convencer a los demás de que tienen la razón. Lo importante no es persuadir a nadie de que la de uno es la mejor opción, sino apreciarlo y disfrutar al máximo sus ventajas.  

En estos países del tercer mundo es común que la gente quiera emigrar de pueblos y campos para las ciudades capitales, así deban afrontar dificultades y engrosar los cinturones de miseria. Sin embargo luchan y perseveran hasta que dan el salto a Bogotá, donde pasan trabajos y se rebuscan el pan, siempre con la meta de algún día cruzar el charco y devengar en moneda fuerte; no hay poder humano que los convenza de que si ganan en dólares, igual deben gastar en dólares. Lo paradójico es que los oriundos de esas grandes urbes dedican su esfuerzo a poder habitar en los suburbios de la ciudad, así deban desplazarse durante varias horas al día para ir a trabajar.

En nuestro medio a las familias acomodadas les dio porque sus hijos tienen que estudiar en universidades de Bogotá o Medellín, convencidos definitivamente de que el hábito hace al monje; y son muchos los que aguantan ese cañazo así deban saltar matones. Lo triste es que después de que los jóvenes se van no regresan sino a pasar puentes y vacaciones, cada vez con menos frecuencia porque ahora viajan al exterior con mucha facilidad. Muchos de ellos emigran a países lejanos donde forman sus hogares, por lo que a sus padres les toca disfrutar de los nietos por una pantalla de computadora; así son las familias modernas.   

Lo que me da golpe es oír a personas oriundas de ciudades intermedias como la nuestra y que residen en Bogotá, renegar por el caos que viven en el día a día. Utilizar el transporte público en horas pico es una agonía de supervivencia y quien tiene vehículo particular ve cómo con el paso del tiempo ese privilegio se hace menos viable, por los altos costos que tiene el mantenimiento del carro y la tortura que representa estar inmerso durante horas en fuertes atascos que minan la paciencia del más tranquilo; aparte del caos vehicular, el temor a ser atracado, a que le arranquen los espejos o las plumillas, a que lo bajen del carro y se lo roben. Vivir con ese miedo todos los días tiene que ser muy espantoso.

Que quienes proceden de provincia consideren la posibilidad de regresar a su tierra y así dejarles la capital a los bogotanos de nacimiento, para que puedan vivir en una ciudad sin tanta gente, más amable y ordenada. Lo que falta es que los jóvenes se convenzan de que si en la capital encuentran trabajo mejor remunerado, con lo que les pagan aquí les alcanza para tener una mejor calidad de vida. Porque en provincia todo es más barato, más fácil y descomplicado.

Pero sin duda lo mejor de vivir en Manizales es la calidad de su gente; porque las personas se miran a la cara, nadie niega un saludo, los ciudadanos interactúan sin conocerse, la amabilidad es innata y así la vida es más llevadera. Aquí nací y he pasado mi existencia, y aquí espero morir porque definitivamente esta es mi querencia natural. 

No le jalo.

No cabe duda de que uno debe evolucionar a medida que pasa el tiempo o arriesga que lo deje el tren, como reza el dicho popular, pero debo confesar que no he podido seguir esa regla de oro en muchas situaciones de mi vida. Y no me preocupa ver que la juventud tiene un gusto diferente al mío en muchas cosas, pero sí llama mi atención que muchos de quienes pertenecen a mi generación compartan el mismo placer. Pienso entonces si acaso seré muy resabiado, chocho o retrógrado, porque por más que trato no puedo encontrarle ninguna gracia.

Un ejemplo es lo sucedido con los dibujos animados a través de mi existencia. Cuando tenía unos siete años no había mejor aliciente que recibir una revista de comics; teníamos acceso a ellas prestadas o alquiladas, mientras esperábamos a que empezara la película en un cine, pero ya tenerla en propiedad y poder disponer de un ejemplar, era una quimera. Tenía que estar uno enfermo para que la mamá se apareciera con un regalito de esos y los títulos más comunes eran Archie, La pequeña Lulú o Rico Mc Pato; años después, más maduros en la lectura preferíamos al Llanero Solitario, El Zorro o Superman.

Durante la semana era obligatorio leer la página dedicada a los ‘monitos’ de los diferentes periódicos, en las que seguíamos las genialidades de Justo y Franco, Olafo o Educando a papá. Tampoco le perdíamos el hilo a las historietas de Dick Tracy o Modesty Blaise. El domingo nos peleábamos la sección de comics, para disfrutar de nuestros héroes Tarzán, El Fantasma y Mandrake el mago. Con el paso de los años nuestro gusto cambió y esas inocentes historietas dejaron de interesarnos, aunque ahora veo que muchos contemporáneos míos aún disfrutan con aquellos héroes de antaño.

Me parece inaudito oír adultos mayores refiriéndose a las maravillas de una película donde se enfrentan Batman y Superman; uno a esta edad y pegado de semejantes pendejadas. Pero además se relamen con cintas como Shrek, Buscando a Nemo, Toy Story, Peter Pan y demás títulos por el estilo. Se han visto varias veces la zaga de la Guerra de las galaxias, Harry Potter y siguen expectantes a Rápido y furioso. Con pasión comentan ‘clásicos’ como El hombre araña, Godzilla o Transformers. Y qué tal desde que les dio por hacer las películas con computadoras, en las que se mezclan lo real y lo virtual, pero con la voz de los famosos para asegurar el éxito de las mismas. Una industria cinematográfica cuyo éxito se mide por la taquilla obtenida.

Cuando contraté el servicio de alta definición con mi proveedor de televisión por cable, supuse que disfrutaría de buen cine en más de veinte canales dedicados a tal fin. Pero qué va, por más que busco de canal en canal es casi imposible toparse con algo medianamente digerible. Solo encuentro cine comercial de Hollywood, vampiros, muertos vivientes, superhéroes, series ridículas y superficiales, caras bonitas, famosos y demás babosadas por el estilo. Definitivamente a eso no le jalo.

Me gustaban mucho los canales culturales de Discovery, Natgeo, History, Animal Planet, BBC, etc., pero hay que ver en lo que se convirtieron. Programas estúpidos, con libretos preconcebidos e historias rosas, dirigidos a un público con un cociente intelectual básico. Por fortuna tengo en alta definición Señal Colombia, una opción maravillosa para disfrutar de programación variada, cultural, muy interesante y sin pauta comercial. Y todas las noches a las 10:30 presentan buenas películas de cine independiente; filmes de todas las épocas y diferente origen, excepto cine comercial. ¡Ese es el mío!

lunes, julio 04, 2016

Casi me estripan… (I)

En nuestro medio dicen que los sapos mueren estripaos y a mí casi me sucede. A mediados de la década de 1980 trabajaba con ACES, en el aeropuerto La Nubia, y en mis narices se realizaba un robo continuado que debía llevar años sucediendo. Tal vez por inocente o por no tener una mente proclive a turbiedades, nunca sospeché de nadie; por el contrario, soy confiado y de los que piensa que el ser humano es bueno por naturaleza. El caso es que desde el instante que descubrí el desfalco lo denuncié y por ello estuve a punto de que me estriparan (por sapo, según una gran mayoría).

En aquella época el trabajo en las aerolíneas era muy distinto, sobre todo porque no utilizábamos computadoras. Los tiquetes eran físicos y se diligenciaban a mano, nombre del pasajero, ruta, número y hora del vuelo, y listo; casi todos pagaban con efectivo y apenas empezaban a usarse las tarjetas de crédito. Desde la oficina principal nos dictaban las listas de pasajeros, que se copiaban a mano, y en el aeropuerto adicionábamos los que compraban a última hora. Los pasajes tenían precios establecidos, sin descuentos ni promociones, y si un pasajero no se presentaba para un vuelo podía volver a utilizar el tiquete, sin ninguna penalidad.

La aerolínea operaba en Manizales con aviones Twin Otter, que aunque ahora nos parecen avionetas, era lo que había y por cierto fue un equipo todoterreno que permitía operar en condiciones meteorológicas extremas; tenía que estar muy nublado para que cerraran el aeropuerto. A diario despachábamos, ida y regreso, ocho vuelos a Bogotá, tres a Medellín y dos a Cali. Teníamos dos aviones y sus respectivas tripulaciones con base en la ciudad, y también personal de mantenimiento.

Para cada salida debía diligenciarse un manifiesto de vuelo y la lista de pasajeros que embarcaban; de esos documentos los originales eran para la tripulación y las copias para donde correspondieran. La lista de pasajeros tenía, además, una copia en papel común que servía de soporte para el pago de la tasa de aeropuerto. Porque, distinto a como se hacía en los demás aeropuertos del país, en Manizales cobraban ese impuesto por aparte del valor del tiquete aéreo.

De manera que después de presentar su tiquete, con el respectivo equipaje, en el counter de la aerolínea, el pasajero debía pasar a que le cobraran la tasa de aeropuerto. Ese trabajo lo realizaban dos empleados del Ideca, el organismo departamental que administraba el aeropuerto en esa época, y ambos funcionarios se turnaban por días para desempeñar dicha labor. Además, había un representante de la Contraloría departamental encargado de sellar los talones que se entregaban a los usuarios.

En vista de que ambos empleados trabajaban a nuestro lado era de esperarse que existiera plena confianza, además de que nos prestábamos servicios y demás favores que se ocurrían. Por cierto yo admiraba la dedicación con que ellos acudían a cumplir con el deber, lo que hacían así estuvieran muy enfermos. Entonces les insistía que la salud debía cuidarse y que para eso era la seguridad social, para atenderlos, incapacitarlos y darles la medicina necesaria. Pero ellos porfiaban en que el trabajo era lo primero y así tuvieran fiebre alta, cumplían sus jornadas laborales de más de doce horas.

Pues tiene más malicia un gato de porcelana, porque nunca se me ocurrió que detrás de tanta responsabilidad lo que había era un ‘tumbis’ que les mantenía los bolsillos llenos, a ellos y a muchos otros que comían del mismo plato. Esperen pues les cuento cómo fue el asunto…

Casi me estripan… (II)

Hace treinta años el ambiente de trabajo en el aeropuerto era relajado, entre otras cosas porque el trato entre los diferentes empleados se basaba en el respeto y la camaradería. Cuando quedaban ratos disponibles se jugaban ‘picaos’ de fútbol entre quienes laborábamos allá: El policía, mecánicos, cuadrilleros, los del aseo, un copiloto, maleteros, el controlador aéreo, el guarda de la aduana y cuanto ‘pato’ se apuntara al improvisado juego. Después todos para la cafetería a comentar los pormenores del encuentro, mientras repartían gaseosas.

Recuerdo que llegábamos a las 5:30 de la mañana y a esa hora el administrador le ordenaba a su perro que saliera a la pista de aterrizaje a espantar el ganado que pastaba en el predio durante la noche. Al pastor alemán, que ya estaba adiestrado, le bastaba oír el silbido del amo para arrancar a corretear esas vacas hasta dejar despejado el entorno, momento que aprovechaban los pilotos para despegar hacia sus destinos cuando apenas despuntaba el día.

Trascurría la rutina en un ambiente tranquilo y familiar, hasta que recibí una llamada que cambió la situación. Resulta que por esos días nacía el proyecto del aeropuerto de Palestina y en Manizales un movimiento cívico buscaba opciones para sacar adelante la idea. Se procedió a vender los terrenos del aeropuerto de Santágueda y varios estamentos se comprometieron con sus contribuciones, entre ellos la Gobernación que destinó un aporte por cada pasajero que pagara tasa de aeropuerto en La Nubia.

En esa época los vuelos, sobre todo a Bogotá, tenían una excelente ocupación y por ello mi extrañeza cuando la persona encargada de recolectar los fondos para el naciente proyecto, llamó a decirme que estaba desencantado por el bajo flujo de pasajeros que viajaban por La Nubia. Con archivo en mano le pedí que cotejáramos datos de algunos vuelos en particular y ninguno coincidió, pues mientras los nuestros aparecían llenos, ninguna de sus copias llegaba siquiera a quince pasajeros, la mayoría con muy pocos y hasta se atrevían a presentar como cancelados vuelos que salieron con el cupo completo.

Resulta que los encargados de cobrar la tasa de aeropuerto, con la complicidad de empleados de ACES, retiraban el papel carbón de su lista de pasajeros en cierto momento y así solo quedaba registrado el número que ellos quisieran. Esa noche recibí la llamada de un personaje a aconsejarme que mejor no dijera nada, porque podía ser peligroso, y que a cambio de mi silencio tendría derecho a participar en el ‘negocio’. Madrugué a avisar a la gerencia y ese mismo día estaba la denuncia en la Presidencia de la compañía.

Qué decepción sentí al ver que para muchos de quienes trabajaban en el aeropuerto yo era en un pendejo, un sapo, un regalado; no podían entender que hubiera ‘aventado’ a los compañeros en vez de recibir mi tajada. A ambos recaudadores los metieron a la cárcel, pero como todo lo nuestro, una semana después los dejaron libres. El ambiente se puso muy pesado, hasta que una tarde llegó uno de ellos rascado disque a arreglar el asunto; por fortuna me volé, porque el tipo se puso a hacer tiros al aire y a echarme vainazos.

Pues no me quedó sino salir a vacaciones y remontarme en una finca, porque cada que sentía una moto me daba terronera. Y eso que por seguridad dispusieron un ‘tira’ del F-2 en la puerta de mi oficina, pero el tipo era amigo de uno de los implicados y me miraba con un odio, que a la legua se notaba que me quería dar una pela. ¡Por sapo! 

Defensores de animales.

Dos hechos recientes exacerbaron a quienes defienden los derechos de los animales por encima del de sus semejantes. Porque las nuevas generaciones se criaron al tiempo con una mascota, la que adoran como si fuera un miembro más de la familia, y con la difusión de las redes sociales y la avalancha de información al respecto que puede consultarse en internet, crean grupos y fraternidades que velan por todo lo que tenga que ver con la defensa de los animales.

Los casos a los que me refiero sucedieron en los zoológicos de dos ciudades importantes de nuestro continente, donde la vida de seres humanos estuvo a punto de perderse al entrar en contacto con bestias salvajes. El primero fue un demente que quiso suicidarse de una manera muy particular, para lo que se empelotó y procedió a ofrecerse como desayuno para los leones. Los animales, ni cortos ni perezosos, le echaron muela a tan suculento bocado hasta que el picnic fue interrumpido por los empleados del parque, quienes dispararon chorros de agua a presión para espantarlos.

La táctica funcionó, porque las fieras se arrinconaron asustadas por el agua, pero el obstinado suicida se arrastró como pudo y logró colgarse de uno de los leones para obligarlo a seguir con el planeado festín. Entonces los encargados pensaron en disparar dardos tranquilizadores, pero estos demoran cuatro minutos en hacer efecto y en ese lapso dos leones alcanzan a comerse todo lo pulpo de un cristiano. No quedó sino matarlos y quién dijo miedo, porque desde los más lejanos rincones del planeta llegaron las protestas. ¿Esperarían acaso que los empleados se dispusieran, acompañados del público, a observar cómo lo devoraban? ¡Absurdo!

En otro parque zoológico un pequeñín se coló en la jaula de los gorilas, donde un macho monumental lo agarró como si fuera un muñeco. El mismo dilema con los dardos tranquilizantes, porque el animal estaba asustado y en cualquier momento atacaba al niño, por lo que siguieron el protocolo y dispararon a matar. Similar avalancha de críticas y protestas, en las que además pedían la condena de la mamá del infante, sin saber siquiera cómo sucedieron los hechos.

Mi crianza fue en una cultura en la que nos gustaban mucho los animales pero los tratábamos como tal; además, nunca nos inculcaron tenerles lástima y mucho menos apegarnos a ellos. Las pocas veces que comíamos gallina esta llegaba viva, colgando de las patas por fuera del canasto con el mercado. La cocinera le retorcía el pescuezo y con agua hirviendo le aflojaba las plumas; luego la pelaba y con un periódico encendido le chamuscaban las pelusas, para proceder a despresarla y preparar el sancocho. Otras preferían, con el pescuezo del animal en el suelo, ponerle un palo de escoba y pararse en él hasta que la gallina moría asfixiada. Y nosotros no perdíamos detalle.   

El día de la matada del marrano, en diciembre, muy chiquitos nos íbamos con el agregado a ver cómo lo arrastraba desde la cochera, en medio de chillidos porque el puerco intuía para dónde lo llevaban. A empellones buscábamos puesto en primera fila para ver cómo le chuzaban el corazón, y mientras más chillara y pataleara, más nos excitábamos. Tampoco despintábamos el ojo durante la beneficiada y disfrutábamos cuando el tío Roberto empezaba a volear sangre.

Al perro familiar, que permanecía en el patio, se le quitaban las mañas a punta de pelas. Y cuando aparecían ratas en la casa salíamos en patota, con mi papá a la cabeza, y a punta de patadas matábamos las que hubiera. Nadie lloraba ni lamentaba los animales muertos, así nos criaron. 

Marcadas diferencias.

A pesar de la ventaja que tenemos sobre los demás seres vivos por ser racionales, lo que nos coloca en el tope de la cadena alimenticia, vemos cómo nos superan las demás especies en cuanto a supervivencia se refiere. Somos débiles, indefensos y dependientes, y desde el mismo momento de nacer requerimos cuidado y atención; a propósito de la gestación, existen marcadas diferencias entre las féminas por su origen o condición social. En una tribu indígena que vive alejada de la civilización, la mujer va a parir sola en el monte, recibe la criatura, la beneficia y regresa al caserío con ella. Mientras tanto las madres citadinas, entre más encopetadas, más complicados los embarazos y difíciles de criar los muchachitos.

Cada mujer vive su embarazo según el estrato social al que pertenezca. La madre humilde sigue con su vida normal, si es empleada trabaja hasta el último día de gestación, y además cumple con sus deberes en el hogar como madre y esposa; a diario camina varios kilómetros y utiliza el trasporte público para trayectos largos. Ella controla su estado en el puesto de salud del barrio, respaldada por el Sisben, y en general llega a término sin inconvenientes. Nace el muchachito y lo amamanta hasta los dos o tres años, le completa la alimentación con leche de vaca y desde muy chiquito lo enseña a chupar gordo y a recibir tinta de frijoles. Y seguro el zambo crece embarnecido y barrigón.

Mientras tanto la madre de estrato alto empieza con los problemas desde el otro día del ‘encargo’. Se vuelve remilgada y cositera, le coge odio al marido, vomita y se queja a toda hora, e inventa antojos absurdos para llamar la atención. Le escribe chats al médico para preguntarle pendejadas, contrata un diseñador de interiores para adecuar la alcoba del bebé y gasta a raudales comprando todo lo que ofrezca el mercado para tan importante acontecimiento; ociosidades que cuestan una fortuna y que ella muestra orgullosa porque le parecen una cuquera.

La vanidad es lo primero y la madre ‘jailosa’ dedica todo su esfuerzo al cuidado del cuerpo para asegurarse de recuperar su esbelta figura, con el dilema de si quiere alimentar al bebé, porque bien es sabido que eso puede tornar el busto flácido. Ungüentos, cremas, tratamientos y cuanto menjurje vendan para enfrentar el problema adquirirá ella para calmar la ansiedad que le produce el tema. En la visita mensual al ginecólogo este le ordena infinidad de exámenes para monitorear el embarazo y claro, de tanto buscar, es hasta que encuentran un problema que complica la situación. Entonces le ordenan a la novel madre reposo absoluto, por lo que pasa el resto del embarazo en la cama dedicada a joder y a hacer melindros.      

El bebé de estrato bajo nace en un taxi o en una patrulla, donde después de un corto trabajo de parto sale expulsado como pepa de guama, y resulta ser un zambo rozagante; pronto lo llevan a casa donde todos lo jonjolean y le hacen carantoñas. En cambio la mamá burguesa trata de viajar a Estados Unidos para que su retoño tenga nacionalidad de ese país; después del alumbramiento queda desgarrada en sus agujeros naturales, la leche no le baja y la depresión pos parto la agobia.   

A pesar de los cuidados el distinguido muchachito va a templar a la incubadora y cuando por fin llega a casa, sus padres prohíben las visitas y solo aceptan a los empleados del servicio para evitar contagios; porque eso sí, ella no está acostumbrada a hacer oficio, y menos ahora que está convaleciente.