viernes, agosto 12, 2016

Metamorfosis.

Transformación o cambio profundo es la definición que le da el diccionario a esta palabra, aunque si quien consulta quiere algo más concreto y explícito, basta leer algo acerca de la metamorfosis de la rana, donde un simple renacuajo se convierte en colorido batracio; o mejor explicación encontrará con el cambio que sufre un gusano que se transforma en mariposa, uno de los seres más bellos de la naturaleza. Si quiere profundizar más acerca del tema que le meta el diente a La Metamorfosis, de Franz Kafka, una obra maestra de la literatura universal que mantiene al lector expectante desde la primera página.

Sin embargo, en el trajinar diario sucede un ejemplo que es más evidente que todos los anteriores y es lo que sucede a la mayoría de las personas cuando se disponen a conducir un vehículo; y no digo que todas porque sería injusto, ya que existen algunas excepciones. Por lo general es común ver a verdaderos caballeros, educados y correctos, convertidos en guaches que insultan y echan tacos desde el mismo momento que ocupan el asiento del conductor. Más impactante aún es oír damas que son modelos de pulcritud, angelicales y de buenos modales, convertidas en verduleras cuando conducen un vehículo.

De manera que además de que las vías no dan abasto, la inseguridad campea, la mayoría no respeta las normas de tránsito, los semáforos están mal sincronizados y demás bellezas, sumado al hecho que casi todos los conductores andan con el mico al hombro, enfurecidos y con ganas de matar a alguien, se forma un coctel explosivo que a diario deja accidentes y víctimas qué lamentar. Antes no suceden más cosas, piensa uno, con semejante panorama tan oscuro.

La avalancha de motociclistas que inunda las vías ha generado un odio visceral entre los conductores de vehículos, quienes se sienten atropellados por la forma irresponsable como se comporta esa horda que zigzaguea por entre el tráfico como si fueran los únicos que tienen  afán. Se detienen los carros en el semáforo y aparece la plaga de motociclistas, que se adelantan como sea hasta llegar a primera fila para seguir muy campantes sin respetar el pare, como si las leyes no fueran para ellos. Por ello suceden tantos accidentes donde los conductores de moto se ven involucrados, los mismos que congestionan los servicios de urgencias y que tienen colapsado el sistema de Seguro obligatorio para accidentes de tránsito, SOAT.

Ante una situación tan compleja no queda sino armarse de paciencia, respirar profundo y contar hasta diez, porque lo único que saca el enfurecido conductor es una úlcera o un dolor de cabeza, ya que dicha problemática no tiene solución inmediata. La única salida para combatir el caos es adelantar campañas que calen en la conciencia de los conductores, que les enseñe a comportarse, los haga reaccionar. Solo Antanas Mockus se le midió al asunto y nos dejó una lección de lo que puede lograrse con dichas iniciativas, pero ante la falta de continuidad de sus sucesores todo quedó en buenas intenciones.               

El conductor de vehículo particular debe cambiar de actitud y relajarse, y tener claro que mientras no existan políticas de transporte masivo y construcción de vías, las cosas seguirán iguales. Además hay que tener claro que el Gobierno debe enfocarse en solucionar ante todo el asunto del transporte público, que es el que mueve al 85% de la población. Una buena táctica para controlar el ofusque y la irascibilidad, es que sea la misma familia la encargada de sacarle tarjeta amarilla al conductor, cada que le recuerde la madre a todo el que se atraviese.

Memorias de barrio (15).

Nuestros gustos y procederes son idénticos a los de nuestros mayores, con esas pocas excepciones que hacen la regla. De la familia materna heredé el gusto de viajar por carretera, a diferencia de quienes odian esa modalidad porque todo les parece lejos y desde el inicio del recorrido empiezan a preguntar cuánto falta. En cambio quienes disfrutamos lo encontramos interesante, bonito, agradable y todo nos parece cerquita.

Antes era impensable viajar en avión y por ello debíamos treparnos todos en el DeSoto familiar para salir de paseo. El carro tenía sillas amplias, sin cinturones de seguridad ni ergonomía alguna, y al no haber restricción de pasajeros, nos acomodábamos como fuera; ni hablar de las peleas por las ventanillas. El único lujo que tenía el carro era un radio de sintonizar con teclas, pero mi papá no lo prendía porque no aguantaba esa chirimía.

El domingo nos llevaban a Chipre, al drive-in Los Arrayanes, y nos compraban empanadas con media gaseosa; otra garrotera con quien tocaba compartirla. Esporádicamente el algo era en Pereira, que quedaba lejos, y allí nos compraban pandeyuca con helado; el negocio quedaba en el parque Uribe Uribe, donde correteábamos alrededor del lago mientras despachábamos el mecato. Luego mi mamá nos hacía lavar las manos en las aguas contaminadas con escupitajos y meadas de los chinches.  

Tiempo después estrenamos Simca 1000 y el cambio fue radical, porque ya no cabía ni la mitad de la tropa. Viajaban los cuchos, mi hermana mayor, los chiquitos y uno de los muchachos, quienes nos sometíamos a una cachiporra para escoger cuál clasificaba. Íbamos mucho a Medellín, por asuntos de familia, y como estaba recién inaugurado el hotel Intercontinental había promociones de fin de semana, las mismas que aprovechaba mi papá. Entonces llegaban a contarnos de los lujos, del desayuno bufet, de la piscina y demás atractivos, y quienes nos quedábamos tragábamos saliva y añorábamos tener esa oportunidad.

Por fin me tocó el turno y mi mamá preparó un ‘sudao’ de gallina, amarillo y sustancioso, el cual empacó en un tarro grande de galletas de soda; en otro recipiente el arroz, platos desechables, etc. Al final de la tarde llegamos al hotel Veracruz, cerca del Nutibara, porque en esa oportunidad no hubo chance en el Intercontinental; de todas maneras el escogido tenía piscina y un buen restaurante en la terraza, lo que para nosotros era una novedad.

Al descargar el carro mi mamá nos mandó a varios con un botones cargados de maletas y a mí además me encartó con el coco del fiambre. A disgusto lo cargué y en el ascensor el tipo preguntó con tonito golpeado qué llevábamos ahí, a lo que respondí no saber, que eso era de mi mamá, y entonces el vergajo ordenó abrirlo. Abochornado procedí a destapar el tarro y cuando vio el grasoso fiambre, hizo cara de asco y advirtió que estaba prohibido entrar comida al hotel. Hable con ella, le sugerí, a ver cómo le va…               

Después de explorar la habitación y los alrededores, empezamos a planear lo que pediríamos de comida en el restaurante y a ponernos el vestido de baño, pero mi mamá dijo que ni riesgos, que comida teníamos suficiente, los sobrados del fiambre, y que estaba muy tarde para programa de piscina. Qué desilusión, aunque nos dejó bañar en la ducha al menos una hora con ese chorro hirviendo, ya que la caldera permitía lo que en la casa era imposible. Salimos como unos rábanos y con los dedos arrugados, a dormir en cama franca y con la ilusión de tener mejor suerte al día siguiente.

Mi querencia natural.

Vivimos una rutina diaria que obnubila e impide que veamos la realidad que nos rodea, por lo que es común que no seamos conscientes de la maravilla de ciudad que nos tocó como vividero. Claro que es natural que todos nos refiramos de igual manera al terruño que nos vio nacer y por ello se cae en discusiones bizantinas cuando varios contertulios insisten en convencer a los demás de que tienen la razón. Lo importante no es persuadir a nadie de que la de uno es la mejor opción, sino apreciarlo y disfrutar al máximo sus ventajas.  

En estos países del tercer mundo es común que la gente quiera emigrar de pueblos y campos para las ciudades capitales, así deban afrontar dificultades y engrosar los cinturones de miseria. Sin embargo luchan y perseveran hasta que dan el salto a Bogotá, donde pasan trabajos y se rebuscan el pan, siempre con la meta de algún día cruzar el charco y devengar en moneda fuerte; no hay poder humano que los convenza de que si ganan en dólares, igual deben gastar en dólares. Lo paradójico es que los oriundos de esas grandes urbes dedican su esfuerzo a poder habitar en los suburbios de la ciudad, así deban desplazarse durante varias horas al día para ir a trabajar.

En nuestro medio a las familias acomodadas les dio porque sus hijos tienen que estudiar en universidades de Bogotá o Medellín, convencidos definitivamente de que el hábito hace al monje; y son muchos los que aguantan ese cañazo así deban saltar matones. Lo triste es que después de que los jóvenes se van no regresan sino a pasar puentes y vacaciones, cada vez con menos frecuencia porque ahora viajan al exterior con mucha facilidad. Muchos de ellos emigran a países lejanos donde forman sus hogares, por lo que a sus padres les toca disfrutar de los nietos por una pantalla de computadora; así son las familias modernas.   

Lo que me da golpe es oír a personas oriundas de ciudades intermedias como la nuestra y que residen en Bogotá, renegar por el caos que viven en el día a día. Utilizar el transporte público en horas pico es una agonía de supervivencia y quien tiene vehículo particular ve cómo con el paso del tiempo ese privilegio se hace menos viable, por los altos costos que tiene el mantenimiento del carro y la tortura que representa estar inmerso durante horas en fuertes atascos que minan la paciencia del más tranquilo; aparte del caos vehicular, el temor a ser atracado, a que le arranquen los espejos o las plumillas, a que lo bajen del carro y se lo roben. Vivir con ese miedo todos los días tiene que ser muy espantoso.

Que quienes proceden de provincia consideren la posibilidad de regresar a su tierra y así dejarles la capital a los bogotanos de nacimiento, para que puedan vivir en una ciudad sin tanta gente, más amable y ordenada. Lo que falta es que los jóvenes se convenzan de que si en la capital encuentran trabajo mejor remunerado, con lo que les pagan aquí les alcanza para tener una mejor calidad de vida. Porque en provincia todo es más barato, más fácil y descomplicado.

Pero sin duda lo mejor de vivir en Manizales es la calidad de su gente; porque las personas se miran a la cara, nadie niega un saludo, los ciudadanos interactúan sin conocerse, la amabilidad es innata y así la vida es más llevadera. Aquí nací y he pasado mi existencia, y aquí espero morir porque definitivamente esta es mi querencia natural. 

No le jalo.

No cabe duda de que uno debe evolucionar a medida que pasa el tiempo o arriesga que lo deje el tren, como reza el dicho popular, pero debo confesar que no he podido seguir esa regla de oro en muchas situaciones de mi vida. Y no me preocupa ver que la juventud tiene un gusto diferente al mío en muchas cosas, pero sí llama mi atención que muchos de quienes pertenecen a mi generación compartan el mismo placer. Pienso entonces si acaso seré muy resabiado, chocho o retrógrado, porque por más que trato no puedo encontrarle ninguna gracia.

Un ejemplo es lo sucedido con los dibujos animados a través de mi existencia. Cuando tenía unos siete años no había mejor aliciente que recibir una revista de comics; teníamos acceso a ellas prestadas o alquiladas, mientras esperábamos a que empezara la película en un cine, pero ya tenerla en propiedad y poder disponer de un ejemplar, era una quimera. Tenía que estar uno enfermo para que la mamá se apareciera con un regalito de esos y los títulos más comunes eran Archie, La pequeña Lulú o Rico Mc Pato; años después, más maduros en la lectura preferíamos al Llanero Solitario, El Zorro o Superman.

Durante la semana era obligatorio leer la página dedicada a los ‘monitos’ de los diferentes periódicos, en las que seguíamos las genialidades de Justo y Franco, Olafo o Educando a papá. Tampoco le perdíamos el hilo a las historietas de Dick Tracy o Modesty Blaise. El domingo nos peleábamos la sección de comics, para disfrutar de nuestros héroes Tarzán, El Fantasma y Mandrake el mago. Con el paso de los años nuestro gusto cambió y esas inocentes historietas dejaron de interesarnos, aunque ahora veo que muchos contemporáneos míos aún disfrutan con aquellos héroes de antaño.

Me parece inaudito oír adultos mayores refiriéndose a las maravillas de una película donde se enfrentan Batman y Superman; uno a esta edad y pegado de semejantes pendejadas. Pero además se relamen con cintas como Shrek, Buscando a Nemo, Toy Story, Peter Pan y demás títulos por el estilo. Se han visto varias veces la zaga de la Guerra de las galaxias, Harry Potter y siguen expectantes a Rápido y furioso. Con pasión comentan ‘clásicos’ como El hombre araña, Godzilla o Transformers. Y qué tal desde que les dio por hacer las películas con computadoras, en las que se mezclan lo real y lo virtual, pero con la voz de los famosos para asegurar el éxito de las mismas. Una industria cinematográfica cuyo éxito se mide por la taquilla obtenida.

Cuando contraté el servicio de alta definición con mi proveedor de televisión por cable, supuse que disfrutaría de buen cine en más de veinte canales dedicados a tal fin. Pero qué va, por más que busco de canal en canal es casi imposible toparse con algo medianamente digerible. Solo encuentro cine comercial de Hollywood, vampiros, muertos vivientes, superhéroes, series ridículas y superficiales, caras bonitas, famosos y demás babosadas por el estilo. Definitivamente a eso no le jalo.

Me gustaban mucho los canales culturales de Discovery, Natgeo, History, Animal Planet, BBC, etc., pero hay que ver en lo que se convirtieron. Programas estúpidos, con libretos preconcebidos e historias rosas, dirigidos a un público con un cociente intelectual básico. Por fortuna tengo en alta definición Señal Colombia, una opción maravillosa para disfrutar de programación variada, cultural, muy interesante y sin pauta comercial. Y todas las noches a las 10:30 presentan buenas películas de cine independiente; filmes de todas las épocas y diferente origen, excepto cine comercial. ¡Ese es el mío!

lunes, julio 04, 2016

Casi me estripan… (I)

En nuestro medio dicen que los sapos mueren estripaos y a mí casi me sucede. A mediados de la década de 1980 trabajaba con ACES, en el aeropuerto La Nubia, y en mis narices se realizaba un robo continuado que debía llevar años sucediendo. Tal vez por inocente o por no tener una mente proclive a turbiedades, nunca sospeché de nadie; por el contrario, soy confiado y de los que piensa que el ser humano es bueno por naturaleza. El caso es que desde el instante que descubrí el desfalco lo denuncié y por ello estuve a punto de que me estriparan (por sapo, según una gran mayoría).

En aquella época el trabajo en las aerolíneas era muy distinto, sobre todo porque no utilizábamos computadoras. Los tiquetes eran físicos y se diligenciaban a mano, nombre del pasajero, ruta, número y hora del vuelo, y listo; casi todos pagaban con efectivo y apenas empezaban a usarse las tarjetas de crédito. Desde la oficina principal nos dictaban las listas de pasajeros, que se copiaban a mano, y en el aeropuerto adicionábamos los que compraban a última hora. Los pasajes tenían precios establecidos, sin descuentos ni promociones, y si un pasajero no se presentaba para un vuelo podía volver a utilizar el tiquete, sin ninguna penalidad.

La aerolínea operaba en Manizales con aviones Twin Otter, que aunque ahora nos parecen avionetas, era lo que había y por cierto fue un equipo todoterreno que permitía operar en condiciones meteorológicas extremas; tenía que estar muy nublado para que cerraran el aeropuerto. A diario despachábamos, ida y regreso, ocho vuelos a Bogotá, tres a Medellín y dos a Cali. Teníamos dos aviones y sus respectivas tripulaciones con base en la ciudad, y también personal de mantenimiento.

Para cada salida debía diligenciarse un manifiesto de vuelo y la lista de pasajeros que embarcaban; de esos documentos los originales eran para la tripulación y las copias para donde correspondieran. La lista de pasajeros tenía, además, una copia en papel común que servía de soporte para el pago de la tasa de aeropuerto. Porque, distinto a como se hacía en los demás aeropuertos del país, en Manizales cobraban ese impuesto por aparte del valor del tiquete aéreo.

De manera que después de presentar su tiquete, con el respectivo equipaje, en el counter de la aerolínea, el pasajero debía pasar a que le cobraran la tasa de aeropuerto. Ese trabajo lo realizaban dos empleados del Ideca, el organismo departamental que administraba el aeropuerto en esa época, y ambos funcionarios se turnaban por días para desempeñar dicha labor. Además, había un representante de la Contraloría departamental encargado de sellar los talones que se entregaban a los usuarios.

En vista de que ambos empleados trabajaban a nuestro lado era de esperarse que existiera plena confianza, además de que nos prestábamos servicios y demás favores que se ocurrían. Por cierto yo admiraba la dedicación con que ellos acudían a cumplir con el deber, lo que hacían así estuvieran muy enfermos. Entonces les insistía que la salud debía cuidarse y que para eso era la seguridad social, para atenderlos, incapacitarlos y darles la medicina necesaria. Pero ellos porfiaban en que el trabajo era lo primero y así tuvieran fiebre alta, cumplían sus jornadas laborales de más de doce horas.

Pues tiene más malicia un gato de porcelana, porque nunca se me ocurrió que detrás de tanta responsabilidad lo que había era un ‘tumbis’ que les mantenía los bolsillos llenos, a ellos y a muchos otros que comían del mismo plato. Esperen pues les cuento cómo fue el asunto…

Casi me estripan… (II)

Hace treinta años el ambiente de trabajo en el aeropuerto era relajado, entre otras cosas porque el trato entre los diferentes empleados se basaba en el respeto y la camaradería. Cuando quedaban ratos disponibles se jugaban ‘picaos’ de fútbol entre quienes laborábamos allá: El policía, mecánicos, cuadrilleros, los del aseo, un copiloto, maleteros, el controlador aéreo, el guarda de la aduana y cuanto ‘pato’ se apuntara al improvisado juego. Después todos para la cafetería a comentar los pormenores del encuentro, mientras repartían gaseosas.

Recuerdo que llegábamos a las 5:30 de la mañana y a esa hora el administrador le ordenaba a su perro que saliera a la pista de aterrizaje a espantar el ganado que pastaba en el predio durante la noche. Al pastor alemán, que ya estaba adiestrado, le bastaba oír el silbido del amo para arrancar a corretear esas vacas hasta dejar despejado el entorno, momento que aprovechaban los pilotos para despegar hacia sus destinos cuando apenas despuntaba el día.

Trascurría la rutina en un ambiente tranquilo y familiar, hasta que recibí una llamada que cambió la situación. Resulta que por esos días nacía el proyecto del aeropuerto de Palestina y en Manizales un movimiento cívico buscaba opciones para sacar adelante la idea. Se procedió a vender los terrenos del aeropuerto de Santágueda y varios estamentos se comprometieron con sus contribuciones, entre ellos la Gobernación que destinó un aporte por cada pasajero que pagara tasa de aeropuerto en La Nubia.

En esa época los vuelos, sobre todo a Bogotá, tenían una excelente ocupación y por ello mi extrañeza cuando la persona encargada de recolectar los fondos para el naciente proyecto, llamó a decirme que estaba desencantado por el bajo flujo de pasajeros que viajaban por La Nubia. Con archivo en mano le pedí que cotejáramos datos de algunos vuelos en particular y ninguno coincidió, pues mientras los nuestros aparecían llenos, ninguna de sus copias llegaba siquiera a quince pasajeros, la mayoría con muy pocos y hasta se atrevían a presentar como cancelados vuelos que salieron con el cupo completo.

Resulta que los encargados de cobrar la tasa de aeropuerto, con la complicidad de empleados de ACES, retiraban el papel carbón de su lista de pasajeros en cierto momento y así solo quedaba registrado el número que ellos quisieran. Esa noche recibí la llamada de un personaje a aconsejarme que mejor no dijera nada, porque podía ser peligroso, y que a cambio de mi silencio tendría derecho a participar en el ‘negocio’. Madrugué a avisar a la gerencia y ese mismo día estaba la denuncia en la Presidencia de la compañía.

Qué decepción sentí al ver que para muchos de quienes trabajaban en el aeropuerto yo era en un pendejo, un sapo, un regalado; no podían entender que hubiera ‘aventado’ a los compañeros en vez de recibir mi tajada. A ambos recaudadores los metieron a la cárcel, pero como todo lo nuestro, una semana después los dejaron libres. El ambiente se puso muy pesado, hasta que una tarde llegó uno de ellos rascado disque a arreglar el asunto; por fortuna me volé, porque el tipo se puso a hacer tiros al aire y a echarme vainazos.

Pues no me quedó sino salir a vacaciones y remontarme en una finca, porque cada que sentía una moto me daba terronera. Y eso que por seguridad dispusieron un ‘tira’ del F-2 en la puerta de mi oficina, pero el tipo era amigo de uno de los implicados y me miraba con un odio, que a la legua se notaba que me quería dar una pela. ¡Por sapo! 

Defensores de animales.

Dos hechos recientes exacerbaron a quienes defienden los derechos de los animales por encima del de sus semejantes. Porque las nuevas generaciones se criaron al tiempo con una mascota, la que adoran como si fuera un miembro más de la familia, y con la difusión de las redes sociales y la avalancha de información al respecto que puede consultarse en internet, crean grupos y fraternidades que velan por todo lo que tenga que ver con la defensa de los animales.

Los casos a los que me refiero sucedieron en los zoológicos de dos ciudades importantes de nuestro continente, donde la vida de seres humanos estuvo a punto de perderse al entrar en contacto con bestias salvajes. El primero fue un demente que quiso suicidarse de una manera muy particular, para lo que se empelotó y procedió a ofrecerse como desayuno para los leones. Los animales, ni cortos ni perezosos, le echaron muela a tan suculento bocado hasta que el picnic fue interrumpido por los empleados del parque, quienes dispararon chorros de agua a presión para espantarlos.

La táctica funcionó, porque las fieras se arrinconaron asustadas por el agua, pero el obstinado suicida se arrastró como pudo y logró colgarse de uno de los leones para obligarlo a seguir con el planeado festín. Entonces los encargados pensaron en disparar dardos tranquilizadores, pero estos demoran cuatro minutos en hacer efecto y en ese lapso dos leones alcanzan a comerse todo lo pulpo de un cristiano. No quedó sino matarlos y quién dijo miedo, porque desde los más lejanos rincones del planeta llegaron las protestas. ¿Esperarían acaso que los empleados se dispusieran, acompañados del público, a observar cómo lo devoraban? ¡Absurdo!

En otro parque zoológico un pequeñín se coló en la jaula de los gorilas, donde un macho monumental lo agarró como si fuera un muñeco. El mismo dilema con los dardos tranquilizantes, porque el animal estaba asustado y en cualquier momento atacaba al niño, por lo que siguieron el protocolo y dispararon a matar. Similar avalancha de críticas y protestas, en las que además pedían la condena de la mamá del infante, sin saber siquiera cómo sucedieron los hechos.

Mi crianza fue en una cultura en la que nos gustaban mucho los animales pero los tratábamos como tal; además, nunca nos inculcaron tenerles lástima y mucho menos apegarnos a ellos. Las pocas veces que comíamos gallina esta llegaba viva, colgando de las patas por fuera del canasto con el mercado. La cocinera le retorcía el pescuezo y con agua hirviendo le aflojaba las plumas; luego la pelaba y con un periódico encendido le chamuscaban las pelusas, para proceder a despresarla y preparar el sancocho. Otras preferían, con el pescuezo del animal en el suelo, ponerle un palo de escoba y pararse en él hasta que la gallina moría asfixiada. Y nosotros no perdíamos detalle.   

El día de la matada del marrano, en diciembre, muy chiquitos nos íbamos con el agregado a ver cómo lo arrastraba desde la cochera, en medio de chillidos porque el puerco intuía para dónde lo llevaban. A empellones buscábamos puesto en primera fila para ver cómo le chuzaban el corazón, y mientras más chillara y pataleara, más nos excitábamos. Tampoco despintábamos el ojo durante la beneficiada y disfrutábamos cuando el tío Roberto empezaba a volear sangre.

Al perro familiar, que permanecía en el patio, se le quitaban las mañas a punta de pelas. Y cuando aparecían ratas en la casa salíamos en patota, con mi papá a la cabeza, y a punta de patadas matábamos las que hubiera. Nadie lloraba ni lamentaba los animales muertos, así nos criaron. 

Marcadas diferencias.

A pesar de la ventaja que tenemos sobre los demás seres vivos por ser racionales, lo que nos coloca en el tope de la cadena alimenticia, vemos cómo nos superan las demás especies en cuanto a supervivencia se refiere. Somos débiles, indefensos y dependientes, y desde el mismo momento de nacer requerimos cuidado y atención; a propósito de la gestación, existen marcadas diferencias entre las féminas por su origen o condición social. En una tribu indígena que vive alejada de la civilización, la mujer va a parir sola en el monte, recibe la criatura, la beneficia y regresa al caserío con ella. Mientras tanto las madres citadinas, entre más encopetadas, más complicados los embarazos y difíciles de criar los muchachitos.

Cada mujer vive su embarazo según el estrato social al que pertenezca. La madre humilde sigue con su vida normal, si es empleada trabaja hasta el último día de gestación, y además cumple con sus deberes en el hogar como madre y esposa; a diario camina varios kilómetros y utiliza el trasporte público para trayectos largos. Ella controla su estado en el puesto de salud del barrio, respaldada por el Sisben, y en general llega a término sin inconvenientes. Nace el muchachito y lo amamanta hasta los dos o tres años, le completa la alimentación con leche de vaca y desde muy chiquito lo enseña a chupar gordo y a recibir tinta de frijoles. Y seguro el zambo crece embarnecido y barrigón.

Mientras tanto la madre de estrato alto empieza con los problemas desde el otro día del ‘encargo’. Se vuelve remilgada y cositera, le coge odio al marido, vomita y se queja a toda hora, e inventa antojos absurdos para llamar la atención. Le escribe chats al médico para preguntarle pendejadas, contrata un diseñador de interiores para adecuar la alcoba del bebé y gasta a raudales comprando todo lo que ofrezca el mercado para tan importante acontecimiento; ociosidades que cuestan una fortuna y que ella muestra orgullosa porque le parecen una cuquera.

La vanidad es lo primero y la madre ‘jailosa’ dedica todo su esfuerzo al cuidado del cuerpo para asegurarse de recuperar su esbelta figura, con el dilema de si quiere alimentar al bebé, porque bien es sabido que eso puede tornar el busto flácido. Ungüentos, cremas, tratamientos y cuanto menjurje vendan para enfrentar el problema adquirirá ella para calmar la ansiedad que le produce el tema. En la visita mensual al ginecólogo este le ordena infinidad de exámenes para monitorear el embarazo y claro, de tanto buscar, es hasta que encuentran un problema que complica la situación. Entonces le ordenan a la novel madre reposo absoluto, por lo que pasa el resto del embarazo en la cama dedicada a joder y a hacer melindros.      

El bebé de estrato bajo nace en un taxi o en una patrulla, donde después de un corto trabajo de parto sale expulsado como pepa de guama, y resulta ser un zambo rozagante; pronto lo llevan a casa donde todos lo jonjolean y le hacen carantoñas. En cambio la mamá burguesa trata de viajar a Estados Unidos para que su retoño tenga nacionalidad de ese país; después del alumbramiento queda desgarrada en sus agujeros naturales, la leche no le baja y la depresión pos parto la agobia.   

A pesar de los cuidados el distinguido muchachito va a templar a la incubadora y cuando por fin llega a casa, sus padres prohíben las visitas y solo aceptan a los empleados del servicio para evitar contagios; porque eso sí, ella no está acostumbrada a hacer oficio, y menos ahora que está convaleciente.

martes, mayo 31, 2016

Una oportunidad.

No dejo de pensar en la infinidad de personas que pasan la vida sin tener una oportunidad. En todas las culturas y en las diferentes épocas solo unos pocos han disfrutado el privilegio de vivir con holgura, de alimentarse bien, estudiar, viajar, culturizarse y formar una familia que perpetúe su legado. En cambio la mayoría pasa la existencia en medio de penurias, esclavizados por un trabajo mal pago, angustiados por rendir el ingreso para cubrir las necesidades básicas, sin conocer lujos ni comodidades.

Cuántos de esa gran mayoría de infortunados habrán nacido con un don, el mismo que nunca descubrieron por dedicar su tiempo a trabajar y a luchar por sobrevivir. Qué desperdicio para la humanidad perder tantos talentos, genios en las diferentes ciencias, artistas, caudillos, pensadores y cuanta habilidad exista. Personas que pasan su existencia atadas a un destino que no les permite un respiro para disfrutar un pasatiempo y que en la mayoría de los casos ni siquiera se enteran de poseer una destreza en particular.

Quienes crecimos en un hogar acomodado, donde nunca faltaron la comida ni las necesidades básicas, y que a pesar de ser tantos hijos alcanzaba para ciertos gustos, en la mayoría de los casos solo de adultos nos percatamos de las diferencias tan grandes que existen entre las gentes de los distintos estratos sociales. Por ello es tan común que tachemos a los empleados de brutos, atembados, retrasados mentales, porque a diario debe repetírseles una orden y recordarles una instrucción, pero es porque ignoramos que esas personas carecieron de una buena nutrición durante sus primeros años, y que en ese período es cuando se desarrolla el cerebro. El daño queda hecho y el individuo nunca podrá alcanzar un cociente intelectual promedio.

Hoy en día se me revuelve el estómago al enterarme de las excentricidades de algunos y de la cantidad de oportunidades que podrían brindarse con cualquiera de ellas. En qué momento la humanidad permitió que mientras un futbolista estrella devenga millones de euros al mes, el grueso de la población del mundo entero deba sobrevivir con un salario mínimo; y eso los ‘privilegiados’, porque son muchos más los que deben recurrir a un trabajo informal. Ejecutivos que devengan fortunas, artistas y famosos que gastan a raudales, millonarios, potentados y nuevos ricos que viven en una burbuja de opulencia, mientras las gentes del común los observa con incredulidad.

No es necesario ser adinerado para ayudar a los demás. Basta ver lo que gasta ahora la gente en el sostenimiento de una mascota, inversión que podría destinarse a apadrinar uno o varios niños pobres; buena alimentación, estudio, salud, vestimenta y demás necesidades. Si no quiere comprometerse de manera directa, puede hacerlo por intermedio de una fundación que cumpla ese cometido. Son muchas las obras sociales que velan por el bienestar de la niñez desamparada; o por los ancianos abandonados, los enfermos y demás necesitados.

Abismado quedé al enterarme por la radio de que en una feria especializada ofrecen planes de medicina pre-pagada para mascotas, seguros exequiales, tratamientos odontológicos, alimentos sofisticados y costosos, prendas de vestir a precios de oro, juguetes y perendengues, guarderías, salones de belleza, un seguro para garantizarles el paseo diario en caso de que el amo se incapacite y muchos otros lujos por el estilo. ¡Qué ociosidad!

Cuántos jóvenes de extracción humilde sueñan con estudiar en la universidad y debido a la falta de recursos, deben pasar sus vidas de empleadas del servicio, choferes de taxi, meseras o peones, mientras otros gastan fortunas en sostener un chandoso o un gato. Con tanta inequidad el mundo nunca tendrá sosiego.

Memorias de barrio (14).

Así como pasamos nuestra niñez en las calles del barrio, en completa libertad y sin peligros aparentes, al llegar a la pubertad le cogimos el gusto al centro de la ciudad donde vivimos experiencias que nos prepararon para llegar a la compleja y turbulenta adolescencia. Y la razón para frecuentarlo fue que en Manizales, desde Fundadores hasta donde finaliza la avenida Santander, en el retorno de Coca cola, que era el mismo límite de la ciudad, no existía ningún tipo de negocio, establecimiento comercial o de entretenimiento. Todas las edificaciones estaban destinadas a vivienda familiar y los únicos comercios eran las tiendas de barrio.

Para cualquier diligencia, reunión, trámite o transacción era necesario ir al centro, lo mismo que para comprar un tornillo, un pliego de cartulina, un corte de popelina, mandar a arreglar la plancha o hacer una vuelta de banco. Absolutamente todo se desarrollaba en el centro de la ciudad. Las amas de casa debían visitarlo a diario con su lista de mandados, pero tenían la facilidad de parquear el carro en la puerta del negocio que frecuentaban, ya que el tráfico era mínimo y existían pocas restricciones.

Desde muy niños nos íbamos en patota para social doble el sábado por la tarde y al salir tomábamos el algo en uno de los tantos sitios que ofrecían mecato en el centro. Nos desplazábamos en bus, con la condición que esperábamos hasta que apareciera uno en buen estado porque había unas carachas que francamente daban pena; recuerdo el número 50, de Socobuses, una tartana que parecía que se fuera a desbaratar. Esa empresa era la única que cubría la ruta por la avenida Santander y tenía las terminales en el parque Liborio y en Coca cola; y a muchos conductores los conocíamos por el nombre.

Ya púberes, cuando las hormonas empezaron a alborotarse, la táctica era levantar viejas en el centro porque las noviecitas no daban ni la hora. Entonces íbamos a cine al teatro Manizales o al Olympia y bastaba pagarle la boleta a una bandida para tener derecho a meterle mano toda la tarde; al finalizar la película, antes de que prendieran la luz, fingíamos ir la baño para volarnos y así no tener que invitarlas a tomar el algo. Los primeros pinitos los hicimos en el grill Las Muñecas, frente a la peluquería Moderna, donde las viejas recibían cierta cantidad de fichas según lo que uno les brindara: un ron con ginger, tres fichas. Años después, en plena adolescencia, recorríamos la carrera 23 en plan de conquista y en alguna de las fuentes de soda conseguíamos pareja.

El sitio ideal era La Ronda, en el segundo piso del edificio Cuellar, donde cogíamos mesa en la ventana y mientras nos tomábamos unas cervezas, escogíamos las nenas que pasaban por el andén del frente y con solo hacerles una seña las teníamos a disposición; después de unos tragos y de entrar en calor, nos bajábamos para un grill que funcionaba en el sótano del mismo edificio y allá dábamos rienda suelta a las ganas. 

Al caer la tarde salíamos a tragar empanadas en La Canoa o albóndigas en el parque de Caldas, para después hacer vaca de a un peso y regresarnos en taxi para la casa. El exagerado aliño de las viandas opacaba el tufo y a la mamá le decíamos que estuvimos por ahí dando vueltas y ‘vitriniando’. Después de comida volvíamos a salir y nos metíamos al Caracol Rojo, un café al frente del Banco de la República, donde continuábamos la rutina: tomar trago y ‘abejorriar’ coperas. Hormonas en ebullición.

Los hombres en la cocina...

Los derechos de los menores se han convertido en un dolor de cabeza para los padres de familia, porque ante cualquier desavenencia el retoño procede a demandarlos penalmente. Es común que en ese tipo de querellas a quien favorece el fallo es al vástago, mientras sus progenitores quedan atados de manos y trinando de la ira. Lo mismo sucede con profesores y afines, quienes no pueden siquiera ponerle una mano en el hombro a un alumno porque se los traga la tierra; ni hablar de castigarlo o zamparle un coscorrón.

En la actualidad cualquier discrepancia que se tenga con un menor, un suceso simple y cotidiano, una molestia ínfima, puede causarle traumas. De ser así, quienes pertenecemos a generaciones anteriores seríamos personas traumatizadas en grado sumo. Porque a la crianza nuestra le aplicaron muy poquita sicología, aparte de que no conocimos terapeutas, tutores y demás profesionales que asisten ahora a los muchachitos. Por ser tantos hijos recibíamos poca atención, ya que el papá dedicaba el tiempo a trabajar y la mamá a cuidar los más chiquitos.

De manera que crecimos en la calle, con hermanos, familiares y amigos, y la ley de la vida nos enseñó a defendernos. Si a un menor lo matoneaban debía enfrentar el problema, darse trompadas o tranzar con sus enemigos, porque a los papás no podía irles con lloriqueos. Para cualquier situación existían mitos y creencias que nacían del imaginario popular, y los mismos adultos inventaban cuentos que apelaban al miedo para obligarnos a obedecer.

Decían por ejemplo que si nos tragábamos las pepas de una fruta, al otro día nos retoñaba un árbol por debajo de la lengua. O que por tragarnos los chicles se formaba una gran bola en la barriga, la cual crecería hasta llegar a no dejarnos alimentar. Quien se arrimara mucho a la candela empezaría a orinarse todas las noches en la cama, para lo cual no quedaba sino sentar al mocoso en un ladrillo hirviente para que dejara ese vicio tan cochino.

La mayor prueba de nuestra resistencia a los traumas se dio cuando muy de vez en cuando nos llevaban a bañar en una piscina, a la que nos metíamos desde que nos bajábamos del carro hasta el momento de devolvernos para la casa, y después de almuerzo nos advertían que debíamos reposar una hora, por reloj, porque al que se metiera al agua le daba un derrame cerebral. La amenaza para quien se portara mal era que en diciembre, mientras el Niño Dios repartía regalos para los demás, a él le traería un tarro lleno de ceniza.

Los hombres en la cocina huelen a rila de gallina, decían cuando un varón invadía un territorio que era exclusivo de las mujeres; entre los campesinos el niño no podía recoger siquiera un plato de la mesa, porque arriesgaba volverse afeminado. De educación sexual nunca nos dijeron una palabra y si un muchachito jugaba con una niña, y se tocaban con las manos, con esta admonición les advertían que suspendieran: Juegos de manos, juegos de villanos.              

Seríamos tan inmunes a los traumas, que ni siquiera la religión y los curas lograron desequilibrarnos. Ese terror infundado, la amenaza del fuego eterno, una cantaleta parejita que todo lo que hacíamos era pecado mortal; que si un infante moría sin estar recién confesado, se iba derecho para los profundos infiernos. Y uno que se acusaba de pecados menores, de pendejadas que inventaba mientras hacía la fila del confesionario, porque a nadie se le ocurría decirle al padre Uribe que le gustaba acariciarse el cacao. ¡Ni riesgos!

Diatriba contra el dinero.

Cómo vivirían de bueno los cavernícolas sin preocuparse a todo hora por conseguir plata. Claro que tenían otras cabeceras, como ser exitosos en las cacerías, defenderse de las fieras, mantener encendido el fogón o apertrecharse de pieles para confeccionar buenas pintas, pero no necesitaban bolsillos porque no existían los billetes; mucho menos cédula, licencia de conducir, libreta militar, tarjetas de crédito y demás ‘papeles’ que cargamos en la cartera. Todo se conseguía por medio del recurrido ‘cambis cambeo’, modelo de transacción que nació cuando uno de los primeros humanos negoció con otro el cambio de un garrote por un collar de premolares.

Dice la historia sagrada que cuando despacharon a Adán y Eva del paraíso, por díscolos y ambiciosos, fueron condenados a laborar por el resto de sus días para procurarse el sustento. Para colmo de males criaron a los muchachitos como si todavía vivieran en el edén y por eso ninguno de los dos sirvió para nada; el uno le echaba candela a lo que encontraba para hacerle ofrendas al Creador, mientras el otro pasaba el día dedicado al ocio y a fumar porquerías. Y claro, terminaron mal las criaturas, mientras los taitas debieron vivir en función de producir para tener algo que echarse a la boca.

Con el paso del tiempo la situación de los humanos es similar, con la condición inmodificable que empeora día a día. Porque aquellos primeros habitantes del planeta se defendían con los productos básicos para alimentarse, pero a medida que avanza el calendario las necesidades son infinitas gracias a una sociedad de consumo que nos obliga a tener dinero para suplir cualquier necesidad. Toda acción que quiera realizarse tiene un costo y si por casualidad dicen que es gratis, cuente con que de alguna manera se la cobran.

Desde chiquitos nos refregaron la leyenda del rey Midas para prevenirnos acerca de la ambición desmedida, además de los relatos relacionados con de la búsqueda de la piedra filosofal, con los que quisieron advertirnos del demonio que representa la codicia extrema. Pues de nada sirvió porque hoy como nunca se rinde culto al vil metal, la mayoría de los mortales viven en función de atesorarlo, el afán por conseguirlo no tiene límites, la avidez es un barril sin fondo.

Nunca he sido propenso a tantas corrientes y modos de vida que existen en la actualidad, hasta que me enteré del conocido como ‘Bajo consumo’. Uno de sus principales activistas es el expresidente uruguayo Pepe Mujica, quien aclara que no se trata de una apología de la pobreza sino de la sobriedad. El consumismo desmedido esclaviza a las personas, es adictivo y las convierte en máquinas del despilfarro. Pocos son conscientes de que al adquirir un producto no pagan con dinero, sino con el tiempo de vida que gastaron para conseguirlo. Tiempo precioso que pudo dedicarse a disfrutar de la existencia y del cual no puede recuperarse ni un segundo. La vida es solo una, y muy corta por cierto.

Empalagan las personas que solo hablan de plata, de negocios, de cómo conseguir más, de la quiebra de fulano y del cheque de nómina  fabuloso que recibe perencejo. Y aunque estén viejos y llenos de plata, se levantan al amanecer a trabajar y a producir, con la meta de retirarse a los 70 años para dedicarse a la buena vida. Olvidan que a esa edad hacen daño el trago y la comida, no provoca salir, todo parece lejos e inconveniente, el chiflón es mortal y los amigos ya no están para fiestas. Además, debido al estrés acumulado es probable que ni siquiera ‘armen’.