Desde cuando los primeros humanos empezaron a vivir en comunidad existen las leyes para mantener el orden y hacer cumplir la justicia. De otra manera el caos reinaría y cada quien actuaría por su cuenta, lo cual no sucede ni siquiera con los animales salvajes donde la naturaleza se encargan de mantener un orden establecido. Si en un país como el nuestro que tiene leyes para todo reina el despelote, cómo sería si no existieran constitución, códigos y autoridad para hacerlas cumplir.
Aunque estigmatizan a los abogados de pillos y oportunistas, la verdad se trata de una profesión noble que busca el entendimiento entre las personas. Como en cualquier gremio existen malandrines que dan la razón a quienes los critican, pero la gran mayoría son honorables, éticos y entregados a su oficio. Lo que debemos reconocer los ciudadanos es que el abogado nos parece muy bueno cuando ganamos el pleito, pero si sucede lo contrario vamos a calificarlo de ladrón e ineficaz. Además de que el representante de la contraparte siempre nos parece desalmado y ventajoso.
Las leyes son confusas para quienes no las hemos estudiado y es común por ejemplo que al enterarnos de algunos fallos de las altas cortes, los vemos equivocados porque parecen favorecer al enemigo. Tampoco entendemos cómo es posible que nuestros mandatarios promulguen leyes y decretos, los cuales son declarados inconstitucionales poco tiempo después de ponerlos en práctica; para qué tienen entonces oficinas jurídicas, asesores, expertos en jurisprudencia y demás personajes que deben estudiar a fondo cada caso antes de sancionarlo.
Ahora me pregunto si durante mi adolescencia y juventud las leyes eran diferentes, no las conocía o simplemente nadie las cumplía, porque al compararlas con las actuales noto unas diferencias abismales. Y voy a referirme a unos pocos casos para corroborar lo dicho, como por ejemplo lo que se refiere a los derechos de mujeres, niños y animales. A las damas siempre las han golpeado, pero ahora al menos existe castigo para el agresor si alguien lo denuncia. Antes nadie intervenía en un caso de violencia intrafamiliar y a quien ponía la queja, le respondían que no fuera metido y que ese tipo de problemas se arreglan de puertas para adentro; y que si a la vieja le daban en la jeta, algo habría hecho.
Si un muchachito salía con el cuento que el cura de la parroquia lo había manoseado, le zampaban una pela y lo encerraban en el cuarto por irrespetuoso y fabulador; lo mismo le pasaba si acusaba a un vecino u otra persona mayor. Por cualquier otra pilatuna el papá le daba con una correa, la funda del machete o el cable del teléfono; y las mamás amenazaban a los mocosos con meterles cáscaras de huevo hirviendo en la trompa si decían groserías. Mientras tanto a nadie se le ocurría que pudiera denunciar a un padre de familia por brutalidad.
En los solares de las casas había animales salvajes en calidad de mascotas: venados, tatabras, babillas, loras, micos y hasta tigrillos, situación que ninguna autoridad prohibía. Si frente a una casa había un árbol que echaba mucha basura sobre el techo o simplemente tapaba la vista, el dueño procedía a tumbarlo con un machete y no pasaba nada. Los zorreros recogían basuras y escombros que tiraban en las orillas de las vías o en cualquier lote, sin que mediara sanción para ellos. Y para trabajos menores, como el de empleada del servicio, todero, celador de cuadra o mensajero, no se pagaban prestaciones sociales ni salud.
Sin duda lo que más ha cambiado es lo que tiene que ver con el tránsito automotor. Lo primero es que desde los quince años uno ahorraba para “comprar” en la oficina de tránsito, con la ayuda de un tramitador, un permiso para conducir mientras cumplía la edad correspondiente; me parece ver el documento con la foto y una línea roja que lo atravesaba en diagonal. Con respecto a las infracciones comunes en la actualidad, basta recordar que los carros ni siquiera tenían cinturones de seguridad; nadie cargaba extinguidor, botiquín o señales de emergencia; en las carreteras no se reparaba en la línea central que divide la calzada; a nadie multaban por exceso de velocidad; la gente parqueaba en cualquier sitio y no existía revisión mecánica, control de emisión de gases u otro tipo de reglamentación. Tampoco se utilizaban los cascos protectores.
Pero sin duda lo más reprochable era la mezcla de licor y gasolina. Para coger carretera lo primero que se empacaba era la botella de aguardiente y el chofer bogaba parejo; a nadie se le ocurría pedir un taxi porque estaba tomado; el programa de parar en las fondas a beber estaba establecido; y como no existía hora zanahoria, al amanecer era común ver a los borrachos que a duras penas lograban conducir sus vehículos por la calzada. Para ellos existía la cárcel de choferes si causaban un accidente con víctimas fatales, lo que se arreglaba con plata e influencias.
Ahora me pregunto: ¿cuántos traumas familiares pudieron evitarse?, ¿acaso nadie defendía los derechos laborales?, ¿quién velaba por la naturaleza?. Y con tantas falencias en cuanto a normas de tránsito, ¿cómo no causamos más tragedias y accidentes? Después de recordar nuestro comportamiento al volante en esa época, puedo decir que sobrevivimos de arepa.
pamear@telmex.net.co
viernes, octubre 14, 2011
viernes, octubre 07, 2011
Tolda fría, desastre anunciado.
Recuerdo un programa radial presentado por el humorista uruguayo Hebert Castro, en el que a uno de sus personajes, el Pobre Peraloca, se le dijo, se le advirtió, se le re-co-men-dó… pero no hizo caso. Lo mismo puede decirse de los seres humanos en cuanto al cuidado del medio ambiente, porque muy pronto la naturaleza nos pasará factura por el daño que le infligimos a diario; ya empieza a coaccionarnos con la deuda y los avisos vienen en forma de terremotos, tsunamis, crudos inviernos, huracanes, fallas geológicas, sequías y demás fenómenos naturales que se agudizan con el paso del tiempo.
La verdad es que, al menos en nuestro medio, la conciencia ecológica demoró mucho en implantarse y durante mi infancia y adolescencia nadie nos habló al respecto. No existía en el pensum escolar una materia que mencionara la palabra ecología, ni le oímos nunca a un educador alguna frase o campaña relacionada. En la casa tampoco decían nada y mientras tanto la entretención de los niños en potreros y montes cercanos era cazar pájaros con cauchera, perseguir ardillas y zarigüeyas, tumbar árboles y rastrojos, echarle candela a las mangas y cuanta pilatuna se nos pasara por la cabeza.
Cincuenta años en la historia de la tierra son insignificantes y sin embargo en tan corto lapso mi generación ha visto el deterioro acelerado del entorno. Porque con mis hermanos recorríamos la quebrada Manizales y con la ayuda de un canasto atrapábamos pequeños peces que metíamos en frascos a manera de acuario. Nos bañábamos en calzoncillos y nadábamos, tragábamos agua, improvisábamos pequeñas represas para formar estanques y así nos entreteníamos toda la tarde. En el río Chinchiná se pescaban sabaletas de buen tamaño y las truchas abundaban en las quebradas que bajaban del páramo.
Al mismo tiempo, era tanto el descuido ecológico que las empresas encargadas de la recolección de basuras descargaban sus camiones en los cauces de ríos y quebradas. En Manizales el botadero quedaba a un costado del puente de Olivares y los desechos iban a parar a la quebrada del mismo nombre; con el agravante que entonces nadie reciclaba y al cauce caían por igual botellas, plásticos, cartones, tapas metálicas, retazos y cuanta basura produjera la sociedad. ¡Qué desastre!
Por fortuna existieron ciudadanos, como el ingeniero forestal Conrado Gómez, que desde entonces se preocuparon por cuidar los bosques aledaños a la ciudad para asegurarnos el precioso líquido. Gracias a ellos Manizales puede mostrarle al mundo una de las aguas más puras y ricas en elementos, reconocimiento del que nos vanagloriamos quienes apreciamos ese maravilloso privilegio. Por ello siento “escaramucia” y se me ponen los pelos de punta de sólo oír hablar de la posibilidad de explotar a gran escala una mina localizada en la cuenca que surte el acueducto de nuestra ciudad.
Tolda fría se llama la mina que hasta ahora ha sido explotada de manera artesanal, sin daño significativo para el medio ambiente, pero que está en la mira de multinacionales que hacen estudios para calcular el potencial de las vetas y así resolver si le meten el diente. Si con solo las pruebas de material ya bajan las quebradas de la zona turbias, qué podemos esperar cuando la explotación sea a gran escala. Yo sí sé, porque en mi juventud acostumbraba ir con los amigos a pescar al río La Miel; pero no lo hacíamos con caña y sedal, sino armados de arpón y careta. El agua del majestuoso río era cristalina y la visibilidad perfecta, lo que hacía posible esperar los peces en las palizadas donde eran presa fácil. Tiempo después abrieron unas minas de oro aguas arriba y su caudal se convirtió en un lodazal impenetrable; por fortuna los yacimientos se agotaron y el río volvió a su estado natural.
La locomotora minera puede convertir a Colombia en un árido desierto y desde ya las diferentes regiones adelantan campañas para evitar un desastre natural. El Quindío está alerta ante la noticia que algo más del 60% de su territorio contiene recursos mineros; en los antiguos territorios nacionales extreman medidas para combatir la explotación ilegal de minas de coltán y tungsteno (también llamado wolframio); en Santander evitaron la explotación de una mina de oro a cielo abierto en el páramo de Santurbán; y en San Andrés prenden las alarmas ante la posibilidad de una explotación petrolera en inmediaciones de la isla.
Por fortuna el señor José Fernando Echeverri, como Presidente de la Sociedad de Mejoras Públicas de Manizales, instauró una Acción Popular que busca frenar semejante atropello a nuestra ciudad, ya que de dicha cuenca depende el agua que abastece el acueducto Luis Prieto Gómez. De alguna manera, redes sociales, manifestaciones, plantones, etc., debemos elevar una voz de protesta para evitar que nuestras fuentes naturales resulten contaminadas; además, las minas de oro a cielo abierto utilizan grandes cantidades de agua para su operación.
Debemos exigirle a PROCUENCA, CORPOCALDAS, Aguas de Manizales, corporaciones ecológicas, alcaldías y gobernación, la CHEC y demás entidades relacionadas con el tema, que opinen y se pronuncien al respecto. Y que cada ciudadano diga si prefiere que las arcas del municipio reciban jugosas regalías, que seguro irán a parar al bolsillo de unos pocos, o que sigamos contando con un excelente servicio de acueducto como al que estamos acostumbrados.
pamear@telmex.net.co
La verdad es que, al menos en nuestro medio, la conciencia ecológica demoró mucho en implantarse y durante mi infancia y adolescencia nadie nos habló al respecto. No existía en el pensum escolar una materia que mencionara la palabra ecología, ni le oímos nunca a un educador alguna frase o campaña relacionada. En la casa tampoco decían nada y mientras tanto la entretención de los niños en potreros y montes cercanos era cazar pájaros con cauchera, perseguir ardillas y zarigüeyas, tumbar árboles y rastrojos, echarle candela a las mangas y cuanta pilatuna se nos pasara por la cabeza.
Cincuenta años en la historia de la tierra son insignificantes y sin embargo en tan corto lapso mi generación ha visto el deterioro acelerado del entorno. Porque con mis hermanos recorríamos la quebrada Manizales y con la ayuda de un canasto atrapábamos pequeños peces que metíamos en frascos a manera de acuario. Nos bañábamos en calzoncillos y nadábamos, tragábamos agua, improvisábamos pequeñas represas para formar estanques y así nos entreteníamos toda la tarde. En el río Chinchiná se pescaban sabaletas de buen tamaño y las truchas abundaban en las quebradas que bajaban del páramo.
Al mismo tiempo, era tanto el descuido ecológico que las empresas encargadas de la recolección de basuras descargaban sus camiones en los cauces de ríos y quebradas. En Manizales el botadero quedaba a un costado del puente de Olivares y los desechos iban a parar a la quebrada del mismo nombre; con el agravante que entonces nadie reciclaba y al cauce caían por igual botellas, plásticos, cartones, tapas metálicas, retazos y cuanta basura produjera la sociedad. ¡Qué desastre!
Por fortuna existieron ciudadanos, como el ingeniero forestal Conrado Gómez, que desde entonces se preocuparon por cuidar los bosques aledaños a la ciudad para asegurarnos el precioso líquido. Gracias a ellos Manizales puede mostrarle al mundo una de las aguas más puras y ricas en elementos, reconocimiento del que nos vanagloriamos quienes apreciamos ese maravilloso privilegio. Por ello siento “escaramucia” y se me ponen los pelos de punta de sólo oír hablar de la posibilidad de explotar a gran escala una mina localizada en la cuenca que surte el acueducto de nuestra ciudad.
Tolda fría se llama la mina que hasta ahora ha sido explotada de manera artesanal, sin daño significativo para el medio ambiente, pero que está en la mira de multinacionales que hacen estudios para calcular el potencial de las vetas y así resolver si le meten el diente. Si con solo las pruebas de material ya bajan las quebradas de la zona turbias, qué podemos esperar cuando la explotación sea a gran escala. Yo sí sé, porque en mi juventud acostumbraba ir con los amigos a pescar al río La Miel; pero no lo hacíamos con caña y sedal, sino armados de arpón y careta. El agua del majestuoso río era cristalina y la visibilidad perfecta, lo que hacía posible esperar los peces en las palizadas donde eran presa fácil. Tiempo después abrieron unas minas de oro aguas arriba y su caudal se convirtió en un lodazal impenetrable; por fortuna los yacimientos se agotaron y el río volvió a su estado natural.
La locomotora minera puede convertir a Colombia en un árido desierto y desde ya las diferentes regiones adelantan campañas para evitar un desastre natural. El Quindío está alerta ante la noticia que algo más del 60% de su territorio contiene recursos mineros; en los antiguos territorios nacionales extreman medidas para combatir la explotación ilegal de minas de coltán y tungsteno (también llamado wolframio); en Santander evitaron la explotación de una mina de oro a cielo abierto en el páramo de Santurbán; y en San Andrés prenden las alarmas ante la posibilidad de una explotación petrolera en inmediaciones de la isla.
Por fortuna el señor José Fernando Echeverri, como Presidente de la Sociedad de Mejoras Públicas de Manizales, instauró una Acción Popular que busca frenar semejante atropello a nuestra ciudad, ya que de dicha cuenca depende el agua que abastece el acueducto Luis Prieto Gómez. De alguna manera, redes sociales, manifestaciones, plantones, etc., debemos elevar una voz de protesta para evitar que nuestras fuentes naturales resulten contaminadas; además, las minas de oro a cielo abierto utilizan grandes cantidades de agua para su operación.
Debemos exigirle a PROCUENCA, CORPOCALDAS, Aguas de Manizales, corporaciones ecológicas, alcaldías y gobernación, la CHEC y demás entidades relacionadas con el tema, que opinen y se pronuncien al respecto. Y que cada ciudadano diga si prefiere que las arcas del municipio reciban jugosas regalías, que seguro irán a parar al bolsillo de unos pocos, o que sigamos contando con un excelente servicio de acueducto como al que estamos acostumbrados.
pamear@telmex.net.co
miércoles, septiembre 28, 2011
Ciencia ficción.
En diversas culturas y durante 2500 años, hasta terminar en Europa en el siglo XIX, existieron los alquimistas como protegidos de nobles y poderosos que buscaron con ambición desmedida la piedra filosofal, la cual permitiría a quien la tuviera convertir los metales comunes en oro y plata, además de poseer el don de la eterna juventud. Ciencia, filosofía, esoterismo y mucha charlatanería eran las características más frecuentes de quienes practicaban esa antigua modalidad, personajes que además aseguraban su estatus y condición económica gracias a príncipes y dignatarios ególatras convencidos de que el mundo no podría subsistir sin ellos.
Cabe muy bien el apelativo de oscurantismo para referirse a esa época de la historia cuando el ser humano estuvo inmerso en la ignorancia, sopor mental que vino a despejarse con la aparición de la Ilustración a principios del siglo XVIII, porque pensar que algo tan hipotético fuera posible de alcanzar sólo cabe en mentes estrechas y obtusas. Invertir tanto dinero, maquinar, conspirar, corromper y manipular para conseguir la eterna juventud es descabellado y absurdo, y es difícil aceptar que a nadie en esa época se le hubiera ocurrido considerar que no existe peor tormento para un ser humano que la inmortalidad.
Qué tal ver desaparecer los allegados, generación tras generación; tener que adaptarse a los cambios que trae cada época; verse impedido de convivir con una pareja que lo acompañe y complemente; tener hijos sólo para verlos envejecer y morir mientras uno sigue estancado en la misma edad. O presenciar el deterioro del planeta y saberse seguro protagonista del momento en que sobrevivir en él sea imposible. La vida debe vivirse al ritmo de cada quien, sin arrepentimientos por lo que se hizo o se dejó de hacer, sin aparentar y con la madurez suficiente para envejecer con dignidad. Aunque hay personas que buscan prolongar su juventud con afeites, cirugías estéticas, tratamientos de belleza y demás artilugios para hacerle pistola al paso de los años, pero llega el momento de enfrentar la realidad y aceptarla será bien difícil.
Otro asunto tan hipotético como la vida eterna es viajar a través del tiempo, tema tratado muchas veces en la literatura universal y en el cine. Recuerdo un programa de televisión, cuando teníamos un solo canal en blanco y negro, que se llamó “El túnel del tiempo”. Era protagonizado por dos científicos que al querer probar su invento quedaron atrapados en el pasado, mientras en el laboratorio los compañeros visualizaban sus andanzas y hacían esfuerzos para lograr trasladarlos a otra época cuando sus vidas peligraban. Porque aunque resultaba imposible traerlos de vuelta al presente por un imperfecto en la máquina, podían brincar con ellos por diferentes momentos de la historia.
Durante mi niñez sentí atracción por la lectura al ver que mi papá todas las noches se entretenía con un libro, por lo que le dije que me recomendara algo apropiado para un lector incipiente. Así disfruté “Un yanqui en la corte del rey Arturo”, escrito por Mark Twain, que relata las aventuras de un gringo del siglo XIX, quien después de sufrir un golpe en la cabeza despierta en la Inglaterra de los caballeros de la mesa redonda. Difícil es para el personaje adaptarse a la época, pero transcurrido un tiempo quiere manipular la historia para cambiarla a su gusto y dicho proceder no es del agrado del mago Merlín, el oráculo de la época, quien trina de los celos cuando el yanqui predice eclipses, cataclismos y demás sucesos importantes. Después de tantos años encuentro en internet el libro, además de la película rodada en 1949 que presenta a Bing Crosby como personaje central.
En 1968 estrenaron un filme que causó sensación porque recreaba una época remota, pero esta vez en el futuro. “El planeta de los simios” relata la historia de unos astronautas que salen de la tierra en 1973 y debido a lo extenso del recorrido, viajan metidos en unas cápsulas que los mantenían en estado vegetativo. Pues los cálculos fallaron y regresaron a la tierra dos mil años después, para encontrar que la civilización está dominada por los primates. Charlton Heston es el protagonista principal y recuerdo el impacto de los espectadores cuando al finalizar la película, la pareja de humanos que logra escapar de sus captores encuentra en una playa la antorcha de la estatua de la libertad, mientras el resto del monumento ha sido sepultado por el paso del tiempo.
Inútil añorar haber vivido en una época diferente, porque a las cosas imposibles no se les debe gastar tiempo; el hombre es un animal de costumbres y se adapta sin dificultad a su momento en la tierra. Me siento privilegiado de ser uno de los pocos humanos que habitó el planeta durante un cambio de milenio, además de que conocí el medio ambiente cuando todavía estaba entero. A lo que viene le tengo pavor porque auguro un mal futuro para el globo terráqueo, y aunque en el pasado hubo épocas bonitas e interesantes, pierden todo el encanto al saber que no había inodoro, agua caliente, deportes televisados, microondas, teléfono para pedir a domicilio o manera de transportarse diferente al caballo. Creo que me tocó cuando era, y ni hablar de lo amañado que estoy desde que aparecieron el control remoto, el dispensador de hielo e internet.
pamear@telmex.net.co
Cabe muy bien el apelativo de oscurantismo para referirse a esa época de la historia cuando el ser humano estuvo inmerso en la ignorancia, sopor mental que vino a despejarse con la aparición de la Ilustración a principios del siglo XVIII, porque pensar que algo tan hipotético fuera posible de alcanzar sólo cabe en mentes estrechas y obtusas. Invertir tanto dinero, maquinar, conspirar, corromper y manipular para conseguir la eterna juventud es descabellado y absurdo, y es difícil aceptar que a nadie en esa época se le hubiera ocurrido considerar que no existe peor tormento para un ser humano que la inmortalidad.
Qué tal ver desaparecer los allegados, generación tras generación; tener que adaptarse a los cambios que trae cada época; verse impedido de convivir con una pareja que lo acompañe y complemente; tener hijos sólo para verlos envejecer y morir mientras uno sigue estancado en la misma edad. O presenciar el deterioro del planeta y saberse seguro protagonista del momento en que sobrevivir en él sea imposible. La vida debe vivirse al ritmo de cada quien, sin arrepentimientos por lo que se hizo o se dejó de hacer, sin aparentar y con la madurez suficiente para envejecer con dignidad. Aunque hay personas que buscan prolongar su juventud con afeites, cirugías estéticas, tratamientos de belleza y demás artilugios para hacerle pistola al paso de los años, pero llega el momento de enfrentar la realidad y aceptarla será bien difícil.
Otro asunto tan hipotético como la vida eterna es viajar a través del tiempo, tema tratado muchas veces en la literatura universal y en el cine. Recuerdo un programa de televisión, cuando teníamos un solo canal en blanco y negro, que se llamó “El túnel del tiempo”. Era protagonizado por dos científicos que al querer probar su invento quedaron atrapados en el pasado, mientras en el laboratorio los compañeros visualizaban sus andanzas y hacían esfuerzos para lograr trasladarlos a otra época cuando sus vidas peligraban. Porque aunque resultaba imposible traerlos de vuelta al presente por un imperfecto en la máquina, podían brincar con ellos por diferentes momentos de la historia.
Durante mi niñez sentí atracción por la lectura al ver que mi papá todas las noches se entretenía con un libro, por lo que le dije que me recomendara algo apropiado para un lector incipiente. Así disfruté “Un yanqui en la corte del rey Arturo”, escrito por Mark Twain, que relata las aventuras de un gringo del siglo XIX, quien después de sufrir un golpe en la cabeza despierta en la Inglaterra de los caballeros de la mesa redonda. Difícil es para el personaje adaptarse a la época, pero transcurrido un tiempo quiere manipular la historia para cambiarla a su gusto y dicho proceder no es del agrado del mago Merlín, el oráculo de la época, quien trina de los celos cuando el yanqui predice eclipses, cataclismos y demás sucesos importantes. Después de tantos años encuentro en internet el libro, además de la película rodada en 1949 que presenta a Bing Crosby como personaje central.
En 1968 estrenaron un filme que causó sensación porque recreaba una época remota, pero esta vez en el futuro. “El planeta de los simios” relata la historia de unos astronautas que salen de la tierra en 1973 y debido a lo extenso del recorrido, viajan metidos en unas cápsulas que los mantenían en estado vegetativo. Pues los cálculos fallaron y regresaron a la tierra dos mil años después, para encontrar que la civilización está dominada por los primates. Charlton Heston es el protagonista principal y recuerdo el impacto de los espectadores cuando al finalizar la película, la pareja de humanos que logra escapar de sus captores encuentra en una playa la antorcha de la estatua de la libertad, mientras el resto del monumento ha sido sepultado por el paso del tiempo.
Inútil añorar haber vivido en una época diferente, porque a las cosas imposibles no se les debe gastar tiempo; el hombre es un animal de costumbres y se adapta sin dificultad a su momento en la tierra. Me siento privilegiado de ser uno de los pocos humanos que habitó el planeta durante un cambio de milenio, además de que conocí el medio ambiente cuando todavía estaba entero. A lo que viene le tengo pavor porque auguro un mal futuro para el globo terráqueo, y aunque en el pasado hubo épocas bonitas e interesantes, pierden todo el encanto al saber que no había inodoro, agua caliente, deportes televisados, microondas, teléfono para pedir a domicilio o manera de transportarse diferente al caballo. Creo que me tocó cuando era, y ni hablar de lo amañado que estoy desde que aparecieron el control remoto, el dispensador de hielo e internet.
pamear@telmex.net.co
martes, septiembre 20, 2011
Un viaje al pasado.
Por fortuna en Colombia, con la aparición de nuevos partidos políticos en las últimas décadas, se acabó la violenta pugna que por tantos años enfrentó a los seguidores de los partidos tradicionales. Desde que los españoles abandonaron nuestro territorio, derrotados por Simón Bolívar y sus huestes libertadoras, aquí no hemos dejado de combatir unos contra otros. Un odio irracional entre liberales y conservadores dividió a los ciudadanos y es imposible siquiera calcular cuántos perdieron la vida en esa larga confrontación. Un ejemplo es la Guerra de los mil días, que enlutó la transición del siglo XIX al XX, donde se enfrentaron en una guerra civil absurda y aterradora.
Porque si cualquier conflicto armado es irracional, con mayor razón cuando los contrincantes son además compatriotas; es como matarse entre hermanos. Así sucedió en nuestro país durante siglo y medio, cuando godos y cachiporros se odiaban con pasión, aversión que legaban a su descendencia. Las diferentes regiones tenían predicción por uno u otro color político y quienes no pertenecían a esa mayoría, enfrentaban una situación difícil de sobrellevar. El territorio que ocupa hoy el departamento de Caldas pertenecía al Estado Soberano de Antioquia, con mayoría conservadora, y Manizales, apenas una incipiente población, se convirtió en el bastión de los azules por estar localizado en la frontera que los separaba de sus enemigos naturales: los Negros del Cauca. Así llamaban a los liberales que habitaban el Estado soberano del Cauca, al sur, y el río Chinchiná era la frontera natural entre ambos territorios.
Aunque tenemos libros y documentos que registran la historia de los primeros habitantes de estas tierras, no supimos aprovechar a nuestros viejos para que a través de la tradición oral nos relataran crónicas y anécdotas de aquellas épocas. Bastó con que algunos de nuestros antepasados omitieran relatarle a su prole la historia correspondiente y ahí se rompió el hilo conductor. En cambio hay personas que se preocupan por dejar documentos valiosos que según su criterio no deben desaparecer, como sucedió con el doctor Félix Henao Toro, que entre su escritorio encontraron unos papeles acompañados de una nota escrita de su puño y letra que advierte: “Importante, no se debe botar”. Ramiro, el hijo del doctor Henao, me facilitó el escrito y en él pude leer:
“Esta tragicomedia se refiere a personajes de la antigua Manizales y pasó de mano en mano por allí en la década de 1880, cuando creo que estalló una revolución contra el gobierno de Rengifo, Presidente del Estado de Antioquia. Fue copiada por mi tía Laura Henao Uribe y parece que el autor fue Don José María Restrepo Maya, bisabuelo de don Eduardo Arango Restrepo. Es jocosa y se refiere a que los liberales de Manizales hicieron venir al general José Domingo Restrepo, ofreciéndole toda clase de apoyo y cuando vino se lo negaron, por lo que se vengó poniéndoles contribuciones y enrolándolos en sus filas. Es pues divertida a la vez que histórica y sería bueno publicarla”.
Acompaña la nota una fotocopia, tomada de las páginas de un libro que Ramiro no ha podido deducir quién es su autor, donde se hace una reseña de ese mismo acontecimiento y que dice:
“A principios de 1885, antes de que las fuerzas regeneradoras mandadas por el gran Briceño y por Mateus llegaran a liberar a Manizales del yugo bajo el cual se hallaban, pasó por esa ciudad el general José Domingo Restrepo, el cual venía de Medellín con tropas liberales mandadas por su tío el Gobernador Luciano Restrepo a combatir el gobierno de Núñez. José Domingo reunió a los principales hombres del liberalismo de Manizales, empezando por el Prefecto don Daniel Gómez, y exigió una fuerte contribución de guerra diciendo que su partida a la revolución el mismo partido debía pagarla. Esto causó gravísimos disgustos. Se unieron casos de fanatismo por una parte y de ridiculez por otra. Don José María Restrepo, con notable ingenio, aprovechó la situación liberal para componer en su escondite lo que él llamó “el Apretón tragicomedia”, drama que circuló manuscrito entre los conservadores, quienes lo copiaban y lo hacían pasar de mano en mano para alegrar sus melancólicas veladas. No me cupo la suerte de conocer esa obra, por no vivir todavía en Manizales, pero sí me llegó el eco de su fama”.
Disfruté al leer la tragicomedia completa, que por extensa no puedo compartir en este espacio, y de ella puedo resaltar el lenguaje utilizado, algunas costumbres de la época y la picardía con la que los godos se burlaban del chasco sucedido a los liberales. Las gentes la copiaban para compartirla con familiares y amigos, y a modo de panfleto circulaba por toda la ciudad. Doña Laura Henao Uribe, la tía del doctor Félix encargada de copiarla, al final aclara cómo la obtuvo:
“Es copia de unos papeles que le mostraron a la cocinera de la casa unos muchachos en la calle en estos días. Manizales, Enero 16 de 1.885”.
De manera que al morir un viejo de la familia no procedan a botar todo sin siquiera leerlo, porque en esas policías se pierden verdaderas joyas. Quien no entienda de qué se trata un texto, consulte con alguien conocedor que le diga si vale la pena guardarlo. Porque así han ido a parar a la basura bibliotecas enteras.
pamear@telmex.net.co
Porque si cualquier conflicto armado es irracional, con mayor razón cuando los contrincantes son además compatriotas; es como matarse entre hermanos. Así sucedió en nuestro país durante siglo y medio, cuando godos y cachiporros se odiaban con pasión, aversión que legaban a su descendencia. Las diferentes regiones tenían predicción por uno u otro color político y quienes no pertenecían a esa mayoría, enfrentaban una situación difícil de sobrellevar. El territorio que ocupa hoy el departamento de Caldas pertenecía al Estado Soberano de Antioquia, con mayoría conservadora, y Manizales, apenas una incipiente población, se convirtió en el bastión de los azules por estar localizado en la frontera que los separaba de sus enemigos naturales: los Negros del Cauca. Así llamaban a los liberales que habitaban el Estado soberano del Cauca, al sur, y el río Chinchiná era la frontera natural entre ambos territorios.
Aunque tenemos libros y documentos que registran la historia de los primeros habitantes de estas tierras, no supimos aprovechar a nuestros viejos para que a través de la tradición oral nos relataran crónicas y anécdotas de aquellas épocas. Bastó con que algunos de nuestros antepasados omitieran relatarle a su prole la historia correspondiente y ahí se rompió el hilo conductor. En cambio hay personas que se preocupan por dejar documentos valiosos que según su criterio no deben desaparecer, como sucedió con el doctor Félix Henao Toro, que entre su escritorio encontraron unos papeles acompañados de una nota escrita de su puño y letra que advierte: “Importante, no se debe botar”. Ramiro, el hijo del doctor Henao, me facilitó el escrito y en él pude leer:
“Esta tragicomedia se refiere a personajes de la antigua Manizales y pasó de mano en mano por allí en la década de 1880, cuando creo que estalló una revolución contra el gobierno de Rengifo, Presidente del Estado de Antioquia. Fue copiada por mi tía Laura Henao Uribe y parece que el autor fue Don José María Restrepo Maya, bisabuelo de don Eduardo Arango Restrepo. Es jocosa y se refiere a que los liberales de Manizales hicieron venir al general José Domingo Restrepo, ofreciéndole toda clase de apoyo y cuando vino se lo negaron, por lo que se vengó poniéndoles contribuciones y enrolándolos en sus filas. Es pues divertida a la vez que histórica y sería bueno publicarla”.
Acompaña la nota una fotocopia, tomada de las páginas de un libro que Ramiro no ha podido deducir quién es su autor, donde se hace una reseña de ese mismo acontecimiento y que dice:
“A principios de 1885, antes de que las fuerzas regeneradoras mandadas por el gran Briceño y por Mateus llegaran a liberar a Manizales del yugo bajo el cual se hallaban, pasó por esa ciudad el general José Domingo Restrepo, el cual venía de Medellín con tropas liberales mandadas por su tío el Gobernador Luciano Restrepo a combatir el gobierno de Núñez. José Domingo reunió a los principales hombres del liberalismo de Manizales, empezando por el Prefecto don Daniel Gómez, y exigió una fuerte contribución de guerra diciendo que su partida a la revolución el mismo partido debía pagarla. Esto causó gravísimos disgustos. Se unieron casos de fanatismo por una parte y de ridiculez por otra. Don José María Restrepo, con notable ingenio, aprovechó la situación liberal para componer en su escondite lo que él llamó “el Apretón tragicomedia”, drama que circuló manuscrito entre los conservadores, quienes lo copiaban y lo hacían pasar de mano en mano para alegrar sus melancólicas veladas. No me cupo la suerte de conocer esa obra, por no vivir todavía en Manizales, pero sí me llegó el eco de su fama”.
Disfruté al leer la tragicomedia completa, que por extensa no puedo compartir en este espacio, y de ella puedo resaltar el lenguaje utilizado, algunas costumbres de la época y la picardía con la que los godos se burlaban del chasco sucedido a los liberales. Las gentes la copiaban para compartirla con familiares y amigos, y a modo de panfleto circulaba por toda la ciudad. Doña Laura Henao Uribe, la tía del doctor Félix encargada de copiarla, al final aclara cómo la obtuvo:
“Es copia de unos papeles que le mostraron a la cocinera de la casa unos muchachos en la calle en estos días. Manizales, Enero 16 de 1.885”.
De manera que al morir un viejo de la familia no procedan a botar todo sin siquiera leerlo, porque en esas policías se pierden verdaderas joyas. Quien no entienda de qué se trata un texto, consulte con alguien conocedor que le diga si vale la pena guardarlo. Porque así han ido a parar a la basura bibliotecas enteras.
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jueves, septiembre 08, 2011
Cuentos de escuincles.
Los mejicanos le dicen a los muchachitos, en lenguaje coloquial y de manera despectiva, escuincles; así como nosotros los llamamos mocosos, zambos, culicagaos, vejigos o caguetas. La palabra escuincle, o escuintle, viene del náhuatl y quiere decir perro sin pelo. Aunque hablemos el mismo idioma en cada país existen modismos y palabras para nombrar ciertas cosas, las cuales son desconocidas para el resto de hispanohablantes. Por ello recomiendan antes de viajar a otro país enterarse de ciertos vocablos, que aunque aquí son aceptados y de uso común, en otra parte se refieren a algo que no debe nombrarse en público. Que no diga buseta en Brasil, que no pregunte en Argentina cómo coger un bus, en España joder tiene un significado muy diferente al que nosotros conocemos o como una amiga que le dijo a un mesero en Buenos Aires que ella era muy conchuda. Esta introducción para decir que hoy vengo con cuentos de escuincles.
Siempre que oigo a un niño pequeño pronunciar una palabra cuyo uso no es común en los menores, me pregunto cuándo la aprendió, dónde la oyó, quién le explicó su significado y cómo utilizarla; es un misterio para mí la forma como los infantes enriquecen su léxico, hasta llegar a expresarse de una manera aceptable. Pero más bonito todavía es oírlos en un principio utilizarlas de forma equivocada, o cuando la confunden con otra parecida.
Una entretención común de quienes tenemos un hijo varón, es aprovechar cuando está pequeño para convertir la cama del matrimonio en un ring de boxeo, donde además se practica guerra de almohadas, lucha libre y todo tipo de artes marciales. La mamá insiste en que se van a aporrear, que el niño terminará llorando, que dejen la brusquedad, pero hasta que no se cumple el pronóstico de la mujer la patanería no termina. Mi sobrino Santiago tendría dos años y con su papá acostumbraban este tipo de juego, y en cierta oportunidad el niño ya estaba sin camisa, sudoroso y colorado por la intensidad de la lucha, pero se impuso la fuerza del adulto y el mocoso terminó trincado contra la lona por una poderosa llave inglesa, mientras el ganador decía: ¡Así te quería ver, canalla! Ahí lo que sigue es dejar al muchachito dominar al contrario y cuando ésto sucedió, el pequeño guerrero procedió a repetir la frase triunfal: ¡Así te quería ver, “camella”!
Años después Santi cursaba la primaria y mandaron una nota del colegio donde recomendaban empacarle al niño merienda en la lonchera, porque los iban a llevar a unos retiros espirituales en una finca que tiene la institución en la zona cafetera. El muchachito estaba muy excitado desde la noche anterior porque el programa era novedoso para él y en el momento que llegaron a recogerlo en la mañana, la mamá quiso que se devolviera de la puerta dizque porque lo quería bendecir. Entonces el zambo alcanzó a gritar desde la salida, antes de tirar el portón:
-No mamá, tranquila que allá nos van a “bendigar” todo el día.
Pipe Gómez es un niño que nació con estrella; gracias a su carisma se hace querer de todos y además de inteligente, es despierto, amable y de un humor genial. Cuando era apenas algo más que un bebé estrenaron casa y cierto día al llegar el papá, le tenían la queja que Felipe había rayado todas las paredes de la habitación. De inmediato se presentó en el cuarto del muchachito y al ver semejante desastre, mientras trinaba de la ira, lo conminó a que le dijera inmediatamente con qué había manchado todo eso. El culicagao lo mira con malicia, levanta un dedito y responde:
-Papá, te voy a dar una pista.
Resulta que el papá de Pipe es ortodoncista y en su profesión debe fabricar con mucha frecuencia esos aparatos odontológicos que ayudan a mantener los dientes en su lugar; lo que la gente llama un paladar. Como el mocoso siempre ha sido buen negociante, cuando tenía siete años llegó un día del colegio con tres mil pesos en el bolsillo. La mamá se alarmó porque el niño todavía no manejaba dinero y lo obligó a confesar de dónde había sacado la plata. La respuesta fue clara y concisa:
-Mami, resulta que en el colegio muchos niños botan el paladar a la hora del almuerzo y como mi papá hace de éso… Por cierto, voy a llamarlo porque tengo vendidos tres para mañana.
Unos amigos odontólogos se fueron hace varios años a visitar a un colega que vive en los Estados Unidos; un paseo espectacular, con rumba incluida todas las noches. Cierta mañana salieron en la camioneta del anfitrión, quien además pasó a recoger a su hijita de seis años, y debido al guayabo y al desorden en las comidas, uno de ellos estaba con el estómago revuelto. En una de esas soltó una ventosidad que no pudo disimular porque la risa lo traicionó, lo que generó el malestar de los compañeros que le daban coscorrones y lo regañaban por cochino e inoportuno. Entonces la muchachita, quien tenía un fuerte acento gringo e iba en la parte de atrás del vehículo, empezó a gritarle al papá, aterrada por el olor y la pelotera:
-Papi, papi, ¡Enrique se hizo popó atrás en el camión!
pamear@telmex.net.co
Siempre que oigo a un niño pequeño pronunciar una palabra cuyo uso no es común en los menores, me pregunto cuándo la aprendió, dónde la oyó, quién le explicó su significado y cómo utilizarla; es un misterio para mí la forma como los infantes enriquecen su léxico, hasta llegar a expresarse de una manera aceptable. Pero más bonito todavía es oírlos en un principio utilizarlas de forma equivocada, o cuando la confunden con otra parecida.
Una entretención común de quienes tenemos un hijo varón, es aprovechar cuando está pequeño para convertir la cama del matrimonio en un ring de boxeo, donde además se practica guerra de almohadas, lucha libre y todo tipo de artes marciales. La mamá insiste en que se van a aporrear, que el niño terminará llorando, que dejen la brusquedad, pero hasta que no se cumple el pronóstico de la mujer la patanería no termina. Mi sobrino Santiago tendría dos años y con su papá acostumbraban este tipo de juego, y en cierta oportunidad el niño ya estaba sin camisa, sudoroso y colorado por la intensidad de la lucha, pero se impuso la fuerza del adulto y el mocoso terminó trincado contra la lona por una poderosa llave inglesa, mientras el ganador decía: ¡Así te quería ver, canalla! Ahí lo que sigue es dejar al muchachito dominar al contrario y cuando ésto sucedió, el pequeño guerrero procedió a repetir la frase triunfal: ¡Así te quería ver, “camella”!
Años después Santi cursaba la primaria y mandaron una nota del colegio donde recomendaban empacarle al niño merienda en la lonchera, porque los iban a llevar a unos retiros espirituales en una finca que tiene la institución en la zona cafetera. El muchachito estaba muy excitado desde la noche anterior porque el programa era novedoso para él y en el momento que llegaron a recogerlo en la mañana, la mamá quiso que se devolviera de la puerta dizque porque lo quería bendecir. Entonces el zambo alcanzó a gritar desde la salida, antes de tirar el portón:
-No mamá, tranquila que allá nos van a “bendigar” todo el día.
Pipe Gómez es un niño que nació con estrella; gracias a su carisma se hace querer de todos y además de inteligente, es despierto, amable y de un humor genial. Cuando era apenas algo más que un bebé estrenaron casa y cierto día al llegar el papá, le tenían la queja que Felipe había rayado todas las paredes de la habitación. De inmediato se presentó en el cuarto del muchachito y al ver semejante desastre, mientras trinaba de la ira, lo conminó a que le dijera inmediatamente con qué había manchado todo eso. El culicagao lo mira con malicia, levanta un dedito y responde:
-Papá, te voy a dar una pista.
Resulta que el papá de Pipe es ortodoncista y en su profesión debe fabricar con mucha frecuencia esos aparatos odontológicos que ayudan a mantener los dientes en su lugar; lo que la gente llama un paladar. Como el mocoso siempre ha sido buen negociante, cuando tenía siete años llegó un día del colegio con tres mil pesos en el bolsillo. La mamá se alarmó porque el niño todavía no manejaba dinero y lo obligó a confesar de dónde había sacado la plata. La respuesta fue clara y concisa:
-Mami, resulta que en el colegio muchos niños botan el paladar a la hora del almuerzo y como mi papá hace de éso… Por cierto, voy a llamarlo porque tengo vendidos tres para mañana.
Unos amigos odontólogos se fueron hace varios años a visitar a un colega que vive en los Estados Unidos; un paseo espectacular, con rumba incluida todas las noches. Cierta mañana salieron en la camioneta del anfitrión, quien además pasó a recoger a su hijita de seis años, y debido al guayabo y al desorden en las comidas, uno de ellos estaba con el estómago revuelto. En una de esas soltó una ventosidad que no pudo disimular porque la risa lo traicionó, lo que generó el malestar de los compañeros que le daban coscorrones y lo regañaban por cochino e inoportuno. Entonces la muchachita, quien tenía un fuerte acento gringo e iba en la parte de atrás del vehículo, empezó a gritarle al papá, aterrada por el olor y la pelotera:
-Papi, papi, ¡Enrique se hizo popó atrás en el camión!
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martes, septiembre 06, 2011
miércoles, agosto 31, 2011
Balance mundialista.
Al menos los colombianos calmamos la gana de realizar un mundial de fútbol en nuestro territorio, y a fe que salieron bien las cosas. No debemos ignorar, eso sí, que un mundial juvenil como el que organizamos con tanto empeño no le llega ni a los talones a uno de mayores, que con las olimpiadas, son considerados los torneos deportivos más importantes del mundo. Desde 1974 la FIFA eligió a Colombia para realizar el magno evento en 1986, pero cuatro años antes de cumplirse el plazo el presidente de turno decidió declinar tan honrosa designación, ante la imposibilidad de cumplir con los requisitos exigidos. Entonces fue México el designado para repetir, ya que en 1970 organizó un mundial que hizo historia.
En todo caso ya concluido el mundial sub-20, quedan muchas enseñanzas y algunas cosas por mejorar. El sólo hecho de poder mostrarle al mundo la cara amable de Colombia es algo muy positivo, porque una vitrina de esa categoría no es fácil de conseguir. Que los habitantes del planeta sepan que pueden venir a hacer turismo de todo tipo y que el único riesgo que corren es que se quieran quedar. Y ojalá quienes nos visitaron repitan en sus países de origen lo que tanto pregonaron entre nosotros: que los recibimos con los brazos abiertos, que el apoyo de la gente fue espectacular, que la organización impecable y la seguridad absoluta.
Al país le quedan la satisfacción del deber cumplido y unas instalaciones deportivas de primera categoría; estadios que estaban todavía en obra gris, como los de Pereira y Cartagena, quedaron de maravilla; otros, como los de las grandes ciudades que por lo viejos requerían muchas reparaciones, ahora son escenarios modernos y funcionales; y el Palogrande de Manizales, cuya construcción es la más reciente, quedó estrenando gramilla, equipos electrónicos y se finiquitaron algunas obras pendientes. La verdad es que de no ser por el mundial, cuándo habríamos tenido en Colombia lo que en el argot futbolístico se conoce como estadios FIFA.
Sin embargo, a pesar de todo lo bueno y positivo, quedan ciertos puntos que deben ser analizados con detenimiento. Como era de esperarse, nuestro país se esmeró en el aspecto de seguridad porque con la fama que tenemos, además de que es bien ganada, no podíamos confirmarle al mundo que en nuestro territorio no existen garantías para los extranjeros. Para ello montaron los operativos de seguridad necesarios en las ciudades anfitrionas, aunque me pareció exagerado que por ejemplo aquí en Manizales cerraran la avenida Paralela desde las 8 de la mañana, para un doblete que se iniciaba a las 5 de la tarde; lo mismo sucedió con las vías que circundan el estadio en varias cuadras a la redonda, lo que creó un caos vial que incomoda a la ciudadanía. Está bien cuando se trata de encuentros futboleros que generan tensión y calientan el ambiente, pero la verdad es que para los partidos que se jugaron en Manizales no había necesidad de tanta prevención. Basta con recordar que a pocas horas de iniciarse las programaciones, en los alrededores del estadio no volaba una mosca.
Por otra parte quedó demostrado que mucho público ha desertado de los estadios debido a la violencia. En vista de que los encuentros que se jugaron en las diferentes sedes no convocaban hinchas furibundos ni barras bravas, pudieron verse de nuevo en los estadios las familias, con abuelos y nietos, disfrutar del espectáculo. Y aunque las autoridades insisten en dejar los estadios sin vallas que separen la tribuna de la gramilla, no creo que existan garantías para jugadores y árbitros cuando se juegue un clásico entre equipos rivales; poco podrán hacer los policías, que están preparados dizque en artes marciales, para cuidar los accesos a la cancha contra una chusma de energúmenos armados con garrotes y navajas.
Llama la atención el respeto que se tiene en el mundo entero por los dirigentes de la FIFA; unas vacas sagradas que de seguir a ese paso, muy pronto quienes estén ante su presencia deberán hincarse de rodillas para reverenciarlos. Además, las exigencias del organismo internacional para el país que aspira a ser sede son muchas y muy costosas; sobre todo para naciones en vía de desarrollo.
Dejó malestar entre la gente que no pudiera venderse café en los estadios, ya que se trata de nuestro producto estrella. Cómo es que trasmitían por televisión dos partidos diarios y los fines de semana sólo uno. Quién entiende que el día de descanso al finalizar la primera ronda fuera un domingo. Y le quita seriedad al torneo el hecho que un participante, como sucedió con Guatemala, llegue al último partido de la primera ronda con cero puntos, once goles en contra y ninguno a favor, y clasifique con sólo ganar ese último encuentro por la mínima diferencia.
Lástima que el subconsciente no me deje disfrutar al máximo este tipo de eventos, porque no puedo dejar de pensar cuántas cosas podrían hacerse con toda esa plata que gastamos. Porque al menos la infraestructura deportiva queda, pero haberle metido ocho mil millones de pesos a una inauguración, que además salió mal, no deja de mortificarme. Y así Blatter le diga al Presidente Santos que estamos listos para organizar un mundial de mayores, en su fuero interno pensará: “Ahí manece y no lo prueba”.
pamear@telmex.net.co
En todo caso ya concluido el mundial sub-20, quedan muchas enseñanzas y algunas cosas por mejorar. El sólo hecho de poder mostrarle al mundo la cara amable de Colombia es algo muy positivo, porque una vitrina de esa categoría no es fácil de conseguir. Que los habitantes del planeta sepan que pueden venir a hacer turismo de todo tipo y que el único riesgo que corren es que se quieran quedar. Y ojalá quienes nos visitaron repitan en sus países de origen lo que tanto pregonaron entre nosotros: que los recibimos con los brazos abiertos, que el apoyo de la gente fue espectacular, que la organización impecable y la seguridad absoluta.
Al país le quedan la satisfacción del deber cumplido y unas instalaciones deportivas de primera categoría; estadios que estaban todavía en obra gris, como los de Pereira y Cartagena, quedaron de maravilla; otros, como los de las grandes ciudades que por lo viejos requerían muchas reparaciones, ahora son escenarios modernos y funcionales; y el Palogrande de Manizales, cuya construcción es la más reciente, quedó estrenando gramilla, equipos electrónicos y se finiquitaron algunas obras pendientes. La verdad es que de no ser por el mundial, cuándo habríamos tenido en Colombia lo que en el argot futbolístico se conoce como estadios FIFA.
Sin embargo, a pesar de todo lo bueno y positivo, quedan ciertos puntos que deben ser analizados con detenimiento. Como era de esperarse, nuestro país se esmeró en el aspecto de seguridad porque con la fama que tenemos, además de que es bien ganada, no podíamos confirmarle al mundo que en nuestro territorio no existen garantías para los extranjeros. Para ello montaron los operativos de seguridad necesarios en las ciudades anfitrionas, aunque me pareció exagerado que por ejemplo aquí en Manizales cerraran la avenida Paralela desde las 8 de la mañana, para un doblete que se iniciaba a las 5 de la tarde; lo mismo sucedió con las vías que circundan el estadio en varias cuadras a la redonda, lo que creó un caos vial que incomoda a la ciudadanía. Está bien cuando se trata de encuentros futboleros que generan tensión y calientan el ambiente, pero la verdad es que para los partidos que se jugaron en Manizales no había necesidad de tanta prevención. Basta con recordar que a pocas horas de iniciarse las programaciones, en los alrededores del estadio no volaba una mosca.
Por otra parte quedó demostrado que mucho público ha desertado de los estadios debido a la violencia. En vista de que los encuentros que se jugaron en las diferentes sedes no convocaban hinchas furibundos ni barras bravas, pudieron verse de nuevo en los estadios las familias, con abuelos y nietos, disfrutar del espectáculo. Y aunque las autoridades insisten en dejar los estadios sin vallas que separen la tribuna de la gramilla, no creo que existan garantías para jugadores y árbitros cuando se juegue un clásico entre equipos rivales; poco podrán hacer los policías, que están preparados dizque en artes marciales, para cuidar los accesos a la cancha contra una chusma de energúmenos armados con garrotes y navajas.
Llama la atención el respeto que se tiene en el mundo entero por los dirigentes de la FIFA; unas vacas sagradas que de seguir a ese paso, muy pronto quienes estén ante su presencia deberán hincarse de rodillas para reverenciarlos. Además, las exigencias del organismo internacional para el país que aspira a ser sede son muchas y muy costosas; sobre todo para naciones en vía de desarrollo.
Dejó malestar entre la gente que no pudiera venderse café en los estadios, ya que se trata de nuestro producto estrella. Cómo es que trasmitían por televisión dos partidos diarios y los fines de semana sólo uno. Quién entiende que el día de descanso al finalizar la primera ronda fuera un domingo. Y le quita seriedad al torneo el hecho que un participante, como sucedió con Guatemala, llegue al último partido de la primera ronda con cero puntos, once goles en contra y ninguno a favor, y clasifique con sólo ganar ese último encuentro por la mínima diferencia.
Lástima que el subconsciente no me deje disfrutar al máximo este tipo de eventos, porque no puedo dejar de pensar cuántas cosas podrían hacerse con toda esa plata que gastamos. Porque al menos la infraestructura deportiva queda, pero haberle metido ocho mil millones de pesos a una inauguración, que además salió mal, no deja de mortificarme. Y así Blatter le diga al Presidente Santos que estamos listos para organizar un mundial de mayores, en su fuero interno pensará: “Ahí manece y no lo prueba”.
pamear@telmex.net.co
lunes, agosto 22, 2011
Candidato hecho a pulso.
Después de oír a Héctor Jaime Pinilla explicar por qué renunció al IDU, pensé en él como el alcalde ideal para Manizales; además, recordé que un allegado mío conoce al joven abogado desde sus primeros años. Deduje entonces que si Ramiro Henao Jaramillo, una de las personas más rectas y honorables que conozco, ha sido una especie de padrino del joven aspirante, este tiene que ser un buen elemento. Pues llamé a Ramiro para que me contara y esto fue lo que dijo:
A principios de la década de 1980 llegó al estadio en helicóptero Juan Carlos Castillo, ciclista caldense triunfador en una carrera muy importante. Como aficionado a ese deporte, además de ser vecino del estadio, asistí de novelero al acontecimiento. Me encontré allí con el odontólogo Hernán Giraldo, “Afición”, quien me contó que Castillo había surgido de un humilde club ciclístico, el Ciclo Estrella, dirigido por un señor Héctor Pinilla que tenía una tienda a media cuadra de mi casa.
Pues al otro día fui a buscarlo y encontré un local muy humilde, con un surtido que daba grima, y en la trastienda vivía el señor Pinilla con la mujer, dos niñas y un niño. Era tan estrecha la vivienda, que debían subirse por una escalera a una especie de zarzo donde se acomodaban para dormir. El hombre llegó de Boyacá al sector de Letras a sembrar papa; después se casó y empezó a trabajar en una finquita por La Linda. Luego encontró trabajo en la ciudad como voceador de prensa, consiguió los bajitos que ocupaban y montó la tienda.
Me los encontraba con regularidad en el velódromo cuando iba a practicar y un día resolví ayudarles. Le llevé entonces unos pesos y él de inmediato quiso gastarlos en traer más niños del páramo para prepararlos en ciclismo, aparte de que ya mantenía dos o tres, pero le dije que ni riesgos, que lo primero era surtir la tienda para asegurar el ingreso familiar. Héctor Jaime estudiaba en la escuela Anexa y en sus ratos libres desempeñaba diferentes oficios; debido a su afición al ciclismo, a los 13 años empezó a visitar emisoras para colarse en los programas deportivos.
Fue así como llegó a Caracol y Luis Salazar, el gerente, notó el potencial del muchacho y lo dejó participar en un programa al medio día, para lo cual debió conseguir permiso en la escuela. Pero como el novel locutor no tenía vínculo laboral con la empresa, Luis le pagaba unos pesos de vez en cuando, que según Héctor Jaime, salían de su propio bolsillo. Tiempo después, Salazar le recomendó a don Julio Arrastía que llevara al muchacho de asistente a la Vuelta a Colombia en bicicleta, lo cual aceptó de inmediato. El viejo macanudo bautizo a la joven promesa como “El Volcán de América”.
Le fue tan bien en su debut, que Arrastía lo lleva a Europa para trasmitir el Tour de Francia y la Vuelta a España. Pues resulta que cuando regresa del viaje, después de semejante experiencia, me entrega toda la plata que le pagaron para que le ayude a conseguir una casa para los papás; que estaba cansado de ver que los amenazaran con desalojarlos por atrasarse con el arriendo. Yo conocía a la monja de Betania, le conté la historia y ahí llevan más de 25 años en el barrio El Guamal, donde aún residen.
Mientras tanto Pinilla, excelente estudiante, termina bachillerato e ingresa a estudiar Derecho en la Universidad de Caldas. Cada semestre luchaba para matricularse; pedía plata prestada, trabajaba y se rebuscaba. Perteneció al Consejo estudiantil en la universidad y algún día me dijo que le ayudara a conseguir trabajo con un político, que a él le gustaba el tema. Pues preciso para la Constituyente del 91, Carlos Fernando Giraldo necesitaba un asistente y de inmediato lo contrató. Después perteneció a los Comandos juveniles que dirigía Marco Aurelio Giraldo, y cuando Germán Cardona hizo la campaña para la primera alcaldía, me pidieron una contribución económica. Entonces le dije a Germán que yo aportaba, pero con la condición que le pagara a Héctor Jaime un sueldo con esa plata; que lo pusiera de portero, chofer o lo que quisiera, pero que debía pagarle porque ese muchacho no tenía ni para el bus.
Quince días después ya era la mano derecha del candidato y al salir este elegido, lo deja como Secretario privado porque todavía no se había graduado; ya con el cartón, ejerce los cargos de Secretario de Desarrollo Comunitario, Secretario de Gobierno y Secretario General, y es Secretario de Tránsito en la segunda alcaldía de Germán. Después viaja a Bogotá, donde hace excelentes relaciones y entre otros cargos gerencia el Canal Capital y por último es Director del IDU.
Hasta ahí el relato de Ramiro, y de él puedo concluir que Pinilla es un hombre que se ha hecho a pulso. Ahora este personaje Inscribe su candidatura sin el apoyo de coaliciones políticas, sin el respaldo de caciques o gamonales, y con el firme convencimiento de que con trabajo honesto y mucha dedicación puede desempeñar una excelente administración. Por lo tanto la candidatura de Pinilla es netamente cívica y queda en manos de los ciudadanos escoger por nosotros mismos, o dejar que nos impongan un alcalde a gusto de los politiqueros de siempre.
pamear@telmex.net.co
A principios de la década de 1980 llegó al estadio en helicóptero Juan Carlos Castillo, ciclista caldense triunfador en una carrera muy importante. Como aficionado a ese deporte, además de ser vecino del estadio, asistí de novelero al acontecimiento. Me encontré allí con el odontólogo Hernán Giraldo, “Afición”, quien me contó que Castillo había surgido de un humilde club ciclístico, el Ciclo Estrella, dirigido por un señor Héctor Pinilla que tenía una tienda a media cuadra de mi casa.
Pues al otro día fui a buscarlo y encontré un local muy humilde, con un surtido que daba grima, y en la trastienda vivía el señor Pinilla con la mujer, dos niñas y un niño. Era tan estrecha la vivienda, que debían subirse por una escalera a una especie de zarzo donde se acomodaban para dormir. El hombre llegó de Boyacá al sector de Letras a sembrar papa; después se casó y empezó a trabajar en una finquita por La Linda. Luego encontró trabajo en la ciudad como voceador de prensa, consiguió los bajitos que ocupaban y montó la tienda.
Me los encontraba con regularidad en el velódromo cuando iba a practicar y un día resolví ayudarles. Le llevé entonces unos pesos y él de inmediato quiso gastarlos en traer más niños del páramo para prepararlos en ciclismo, aparte de que ya mantenía dos o tres, pero le dije que ni riesgos, que lo primero era surtir la tienda para asegurar el ingreso familiar. Héctor Jaime estudiaba en la escuela Anexa y en sus ratos libres desempeñaba diferentes oficios; debido a su afición al ciclismo, a los 13 años empezó a visitar emisoras para colarse en los programas deportivos.
Fue así como llegó a Caracol y Luis Salazar, el gerente, notó el potencial del muchacho y lo dejó participar en un programa al medio día, para lo cual debió conseguir permiso en la escuela. Pero como el novel locutor no tenía vínculo laboral con la empresa, Luis le pagaba unos pesos de vez en cuando, que según Héctor Jaime, salían de su propio bolsillo. Tiempo después, Salazar le recomendó a don Julio Arrastía que llevara al muchacho de asistente a la Vuelta a Colombia en bicicleta, lo cual aceptó de inmediato. El viejo macanudo bautizo a la joven promesa como “El Volcán de América”.
Le fue tan bien en su debut, que Arrastía lo lleva a Europa para trasmitir el Tour de Francia y la Vuelta a España. Pues resulta que cuando regresa del viaje, después de semejante experiencia, me entrega toda la plata que le pagaron para que le ayude a conseguir una casa para los papás; que estaba cansado de ver que los amenazaran con desalojarlos por atrasarse con el arriendo. Yo conocía a la monja de Betania, le conté la historia y ahí llevan más de 25 años en el barrio El Guamal, donde aún residen.
Mientras tanto Pinilla, excelente estudiante, termina bachillerato e ingresa a estudiar Derecho en la Universidad de Caldas. Cada semestre luchaba para matricularse; pedía plata prestada, trabajaba y se rebuscaba. Perteneció al Consejo estudiantil en la universidad y algún día me dijo que le ayudara a conseguir trabajo con un político, que a él le gustaba el tema. Pues preciso para la Constituyente del 91, Carlos Fernando Giraldo necesitaba un asistente y de inmediato lo contrató. Después perteneció a los Comandos juveniles que dirigía Marco Aurelio Giraldo, y cuando Germán Cardona hizo la campaña para la primera alcaldía, me pidieron una contribución económica. Entonces le dije a Germán que yo aportaba, pero con la condición que le pagara a Héctor Jaime un sueldo con esa plata; que lo pusiera de portero, chofer o lo que quisiera, pero que debía pagarle porque ese muchacho no tenía ni para el bus.
Quince días después ya era la mano derecha del candidato y al salir este elegido, lo deja como Secretario privado porque todavía no se había graduado; ya con el cartón, ejerce los cargos de Secretario de Desarrollo Comunitario, Secretario de Gobierno y Secretario General, y es Secretario de Tránsito en la segunda alcaldía de Germán. Después viaja a Bogotá, donde hace excelentes relaciones y entre otros cargos gerencia el Canal Capital y por último es Director del IDU.
Hasta ahí el relato de Ramiro, y de él puedo concluir que Pinilla es un hombre que se ha hecho a pulso. Ahora este personaje Inscribe su candidatura sin el apoyo de coaliciones políticas, sin el respaldo de caciques o gamonales, y con el firme convencimiento de que con trabajo honesto y mucha dedicación puede desempeñar una excelente administración. Por lo tanto la candidatura de Pinilla es netamente cívica y queda en manos de los ciudadanos escoger por nosotros mismos, o dejar que nos impongan un alcalde a gusto de los politiqueros de siempre.
pamear@telmex.net.co
jueves, agosto 18, 2011
Pioneros.
Al recorrer la ciudad y ver el desarrollo que presentan la avenida Santander y los barrios orientales, que hasta hace tres o cuatro décadas eran sectores netamente residenciales, no puedo dejar de asombrarme con el cambio tan marcado que ha sufrido Manizales. Y me refiero a barrios como Belén, Estrella, Palogrande, La Rambla, Palermo, Sancancio o la Alta Suiza, porque entonces La Sultana, La Enea, Lusitania o los conjuntos residenciales localizados alrededor de la avenida Alberto Mendoza eran apenas unas comunidades incipientes y muchos de ellos ni siquiera existían.
En las distintas capitales del mundo se impuso la expresión "zona rosa" para referirse a ese lugar de la urbe dedicado al comercio y al esparcimiento, donde son comunes los bares, restaurantes, centros comerciales, gimnasios, heladerías, cafés y demás atractivos que hacen del entorno un sitio agradable y llamativo para propios y visitantes. En Manizales se localizó esa zona en el sector de El Cable, cuyo parque se convirtió desde hace varios años en sitio de reunión y de rumba, donde los ciudadanos se dan cita para disfrutar del lugar y su diversa oferta de servicios; desde los asiduos visitantes de los negocios tradicionales, hasta los jóvenes que debido a su bajo presupuesto prefieren comprar media botella de ron y tomársela en cualquier esquina.
Trato de recordar cuáles fueron esos negocios pioneros de lo que hoy es un verdadero fogoncito comercial. Las comidas rápidas, tan comunes ahora, no se conocían entonces. El mecato más común en las tiendas de barrio era un pan con salchichón y Coca Cola; o en la puerta de la panadería “La Victoria” nos despachábamos una buena dosis de parva con gaseosa; tiempo después podía comerse un perro caliente en el carrito de “El Joven”, ahí cerca a la panadería. La mayoría de esos negocios funcionaron en la avenida Santander, y uno de los primeros fue una venta de arepas rellenas venezolanas que montaron unos universitarios foráneos en la calle 48, enseguida del parque Rafael Arango Villegas. Después apareció “Casandra”, que ofrecía perros calientes y hamburguesas en un local situado entre las calles 61 y 62; el atractivo eran los perros en piyama, cuya salchicha venía envuelta en tocineta.
También funcionó un negocio vecino al semáforo de la calle 50, “Los pollitos dicen…”, donde lo más apetecido era la arepa con queso y carne asada, acompañados de chocolate o Milo caliente. Por la Paralela, frente al estadio existió “Pio pio”, propiedad de una pareja de jipis muy conocida, lugar famoso por ofrecer las mejores hamburguesas de la ciudad. En esas apareció “Don Juaco” en un garaje del barrio Palogrande, que prosperó hasta convertirse en lo que es hoy; y media cuadra más abajo atendió durante un tiempo “Monos”, también de comidas rápidas y cuya casa matriz queda en Pereira. Otro pionero en este tipo de negocios es “Brunos”, que nació del empuje de Bruno Seidel en un puesto ambulante localizado frente al Seminario Mayor (hoy Universidad de Caldas), hasta que se trasladó a inmediaciones del Batallón Ayacucho, donde después construyeron una sede muy exitosa que funcionó hasta hace poco tiempo.
Para tomarse unos tragos en aquellas calendas debíamos ir al centro de la ciudad, porque en la zona residencial no existían bares ni discotecas. Claro que en algunas tiendas de barrio acostumbraban vender aguardiente por tragos, y en una que nunca ha faltado la tertulia etílica es la abundancia del barrio Estrella. En otra tienda localizada frente al Cable, don Venancio, el propietario, también mantenía las copas escondidas detrás de la vitrina de los confites. Hasta que el dueño de “San Carlos”, en la avenida Santander con calle 60, empezó a ofrecer diversidad de licores a la clientela. Poco después abrieron un negocio muy novedoso en el segundo piso del centro comercial Los Rosales, “Tinto y dinamita”; y luego inauguraron uno que sin duda tuvo mucho éxito: “Caballo loco”, en la falda de la 61, el cual ante la aceptación del público abrió sucursal frente al parque de El Cable.
Hoy en día la zona rosa se extiende por un sector que durante nuestra infancia y juventud estaba destinado sólo a residencias, y aunque ahora en toda su extensión la avenida Santander está colmada de comercios, desde el sector de Las Palmas hasta donde termina la avenida, en la antigua embotelladora, la presencia de bares, restaurantes, cafetines, heladerías y discotecas hacen del sector una rumba general, con mayor énfasis durante los fines de semana. Sin duda la zona de mayor movimiento es el parque de El Cable y sus alrededores, aunque en el sector de Niza, vecindario tranquilo donde no volaba una mosca después de las 9 de la noche, ahora es un hervidero por donde casi no se puede transitar. En el barrio Estrella también empieza a verse movimiento comercial.
Pero tal vez la cuadra con mayor densidad de locales dedicados al entretenimiento nocturno es la comprendida entre las calles 63 y 64, por la avenida, y son muchos los negocios que allí han funcionado. En cierta época coincidieron dos establecimientos, localizados en edificios vecinos y ambos muy exitosos: “Años locos” y “Mango biche”. Esa cercanía se prestó para una de esas confusiones tan comunes en las señoras, cuando le preguntaron a una amiga dónde se había emparrandado la noche anterior y muy convencida respondió:
-¡En Años biches!
pamear@telmex.net.co
En las distintas capitales del mundo se impuso la expresión "zona rosa" para referirse a ese lugar de la urbe dedicado al comercio y al esparcimiento, donde son comunes los bares, restaurantes, centros comerciales, gimnasios, heladerías, cafés y demás atractivos que hacen del entorno un sitio agradable y llamativo para propios y visitantes. En Manizales se localizó esa zona en el sector de El Cable, cuyo parque se convirtió desde hace varios años en sitio de reunión y de rumba, donde los ciudadanos se dan cita para disfrutar del lugar y su diversa oferta de servicios; desde los asiduos visitantes de los negocios tradicionales, hasta los jóvenes que debido a su bajo presupuesto prefieren comprar media botella de ron y tomársela en cualquier esquina.
Trato de recordar cuáles fueron esos negocios pioneros de lo que hoy es un verdadero fogoncito comercial. Las comidas rápidas, tan comunes ahora, no se conocían entonces. El mecato más común en las tiendas de barrio era un pan con salchichón y Coca Cola; o en la puerta de la panadería “La Victoria” nos despachábamos una buena dosis de parva con gaseosa; tiempo después podía comerse un perro caliente en el carrito de “El Joven”, ahí cerca a la panadería. La mayoría de esos negocios funcionaron en la avenida Santander, y uno de los primeros fue una venta de arepas rellenas venezolanas que montaron unos universitarios foráneos en la calle 48, enseguida del parque Rafael Arango Villegas. Después apareció “Casandra”, que ofrecía perros calientes y hamburguesas en un local situado entre las calles 61 y 62; el atractivo eran los perros en piyama, cuya salchicha venía envuelta en tocineta.
También funcionó un negocio vecino al semáforo de la calle 50, “Los pollitos dicen…”, donde lo más apetecido era la arepa con queso y carne asada, acompañados de chocolate o Milo caliente. Por la Paralela, frente al estadio existió “Pio pio”, propiedad de una pareja de jipis muy conocida, lugar famoso por ofrecer las mejores hamburguesas de la ciudad. En esas apareció “Don Juaco” en un garaje del barrio Palogrande, que prosperó hasta convertirse en lo que es hoy; y media cuadra más abajo atendió durante un tiempo “Monos”, también de comidas rápidas y cuya casa matriz queda en Pereira. Otro pionero en este tipo de negocios es “Brunos”, que nació del empuje de Bruno Seidel en un puesto ambulante localizado frente al Seminario Mayor (hoy Universidad de Caldas), hasta que se trasladó a inmediaciones del Batallón Ayacucho, donde después construyeron una sede muy exitosa que funcionó hasta hace poco tiempo.
Para tomarse unos tragos en aquellas calendas debíamos ir al centro de la ciudad, porque en la zona residencial no existían bares ni discotecas. Claro que en algunas tiendas de barrio acostumbraban vender aguardiente por tragos, y en una que nunca ha faltado la tertulia etílica es la abundancia del barrio Estrella. En otra tienda localizada frente al Cable, don Venancio, el propietario, también mantenía las copas escondidas detrás de la vitrina de los confites. Hasta que el dueño de “San Carlos”, en la avenida Santander con calle 60, empezó a ofrecer diversidad de licores a la clientela. Poco después abrieron un negocio muy novedoso en el segundo piso del centro comercial Los Rosales, “Tinto y dinamita”; y luego inauguraron uno que sin duda tuvo mucho éxito: “Caballo loco”, en la falda de la 61, el cual ante la aceptación del público abrió sucursal frente al parque de El Cable.
Hoy en día la zona rosa se extiende por un sector que durante nuestra infancia y juventud estaba destinado sólo a residencias, y aunque ahora en toda su extensión la avenida Santander está colmada de comercios, desde el sector de Las Palmas hasta donde termina la avenida, en la antigua embotelladora, la presencia de bares, restaurantes, cafetines, heladerías y discotecas hacen del sector una rumba general, con mayor énfasis durante los fines de semana. Sin duda la zona de mayor movimiento es el parque de El Cable y sus alrededores, aunque en el sector de Niza, vecindario tranquilo donde no volaba una mosca después de las 9 de la noche, ahora es un hervidero por donde casi no se puede transitar. En el barrio Estrella también empieza a verse movimiento comercial.
Pero tal vez la cuadra con mayor densidad de locales dedicados al entretenimiento nocturno es la comprendida entre las calles 63 y 64, por la avenida, y son muchos los negocios que allí han funcionado. En cierta época coincidieron dos establecimientos, localizados en edificios vecinos y ambos muy exitosos: “Años locos” y “Mango biche”. Esa cercanía se prestó para una de esas confusiones tan comunes en las señoras, cuando le preguntaron a una amiga dónde se había emparrandado la noche anterior y muy convencida respondió:
-¡En Años biches!
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miércoles, agosto 10, 2011
Ambición desmedida.
Los premios de las loterías muestran cómo se ha devaluado nuestro peso, pero sobre todo lo que ha subido el costo de vida. Es fácil recordar qué día de la semana jugaba la Lotería de Manizales hace ya varias décadas, por una frase que hizo famosa el recordado publicista don Arturo Arango Uribe, que decía: “Un jueves mejorará su suerte”.
Ese día pregonaban los loteros en las calles “jueeeeeega Manizaaaaaales” y como pocos podían comprar el billete entero, lo menudeaban en quintos; y eso porque todavía no ofrecían el popular chance, que sin duda desbancó el mercado de las loterías. Por cierto en un principio el chance se vendía de manera informal, pero muy pronto el gobierno procedió a explotarlo y empezó a adjudicar contratos, con las consabidas triquiñuelas que se acostumbran en esos casos.
El oficio de lotero ha sido una forma honesta de conseguir el sustento para muchas personas, pues ellos mantienen una clientela cautiva que les asegura un ingreso diario. En puestos de revistas y periódicos ofrecen lotería, además de los vendedores que con sus billetes recorren calles, entran a los cafés, visitan oficinas y empresas, viajan a las veredas, arriman a las fincas o donde haya un posible comprador. En Manizales ha sido tradicional un grupo de loteros que opera frente del Banco de la República, donde observan las placas de los vehículos para ofrecerles a los conductores los números que coincidan.
El juego de la lotería demuestra que la ambición del ser humano no tiene fondo, ya que los premios no dejan de aumentar para saciar el apetito de los apostadores. Por ello empezaron a aparecer los grandes sorteos, como el Extraordinario de Navidad que vendían por cuotas en todo el país, y que estuvo arraigado entre los colombianos que esperaban ansiosos la fecha en que rifaban el maravilloso premio. La lotería de la Cruz Roja, con Pacheco como figura de su promoción, también ofrecía un gordo muy apetitoso, pero fue hasta que apareció el Baloto y nos dañó la cabeza a todos.
Durante mi niñez un millonario era alguien que tuviera un millón de pesos, y de pronto un poco más, pero no alcanzábamos a imaginar que una sola persona pudiera llegar a poseer dos millones. Esa era una cifra fabulosa, absurda, astronómica, inimaginable. Las loterías ofrecían premios de medio millón de pesos, después subieron a cinco, veinte o cincuenta millones, de ahí saltaron a los cientos y cuando ya se habló de unos pocos miles, el monto parecía sacado de la ciencia ficción.
Estoy seguro de que el Baloto se tiró en las demás loterías, porque ante la posibilidad de ganarse de un solo totazo más de sesenta mil millones de pesos, cualquier otra oferta parece una chichigua. Porque nadie se detiene a pensar que otras opciones ofrecen premios menos atractivos, pero a su vez la posibilidad de ganárselos es mucho mayor; sobre todo que cualquiera arregla su vida con un golpe de suerte de cuatro o cinco mil millones. La prueba está en las filas para comprar Baloto cuando el premio alcanza una cifra récord, pero apenas cae y vuelve a empezar con la cifra básica, que son como dos mil quinientos millones, a todo el mundo le parece una limosna y las ventas se van al piso.
Lo gracioso es que muy pocos saben cuánto le entregan al que se gane por ejemplo cincuenta mil millones. De entrada le quitan el 20% por ganancia ocasional y tengo entendido que al año siguiente le cae el fisco de nuevo para que se baje de otra buena tajada; y lo mantendrán enhebrado el resto de vida porque ya saben cuánto tiene. Pero lo más triste de todo es que usted se gana esa plata y se lo traga la tierra, porque al otro día se tiene que largar para el exterior con todos sus seres queridos, y para regresar siquiera a saludar a los amigos, deberá contratar un verdadero ejército de guardaespaldas y rezar para que no sean esos mismos quienes lo secuestren.
También me gustaría comprobar qué tanto cumple el ganador todas esas promesas que hace mientras sueña con que la suerte lo atropelle, porque es común oír a la gente decir cómo van a repartir una buena parte de lo ganado, las obras de caridad que piensan apadrinar, los problemas de plata que le van a solucionar a más de uno y muchas otras buenas intenciones.
En una tertulia familiar pusieron el tema del Baloto y todos empezaron a decir qué harían de llegar a ser los felices ganadores. Entre tantos planes y propósitos el que más llamó mi atención fue el de un tío de mi mujer, quien durante toda su vida ideó proyectos y empresas que nunca pudo sacar adelante por falta de presupuesto. En ese entonces vivía con su mujer y con la suegra, vaciado, como siempre, y ante la pregunta de qué haría él al saberse ganador, respondió con absoluta sinceridad:
-Yo me levanto normal y como todos los días, a las diez de la mañana me cuelgo el saco del brazo, abro la puerta del apartamento y le grito a mi mujer que voy a la tienda un momentico a comprar cigarrillos. Luego salgo, tiro el portón ¡y no me vuelven a ver en la cochina vida!
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Ese día pregonaban los loteros en las calles “jueeeeeega Manizaaaaaales” y como pocos podían comprar el billete entero, lo menudeaban en quintos; y eso porque todavía no ofrecían el popular chance, que sin duda desbancó el mercado de las loterías. Por cierto en un principio el chance se vendía de manera informal, pero muy pronto el gobierno procedió a explotarlo y empezó a adjudicar contratos, con las consabidas triquiñuelas que se acostumbran en esos casos.
El oficio de lotero ha sido una forma honesta de conseguir el sustento para muchas personas, pues ellos mantienen una clientela cautiva que les asegura un ingreso diario. En puestos de revistas y periódicos ofrecen lotería, además de los vendedores que con sus billetes recorren calles, entran a los cafés, visitan oficinas y empresas, viajan a las veredas, arriman a las fincas o donde haya un posible comprador. En Manizales ha sido tradicional un grupo de loteros que opera frente del Banco de la República, donde observan las placas de los vehículos para ofrecerles a los conductores los números que coincidan.
El juego de la lotería demuestra que la ambición del ser humano no tiene fondo, ya que los premios no dejan de aumentar para saciar el apetito de los apostadores. Por ello empezaron a aparecer los grandes sorteos, como el Extraordinario de Navidad que vendían por cuotas en todo el país, y que estuvo arraigado entre los colombianos que esperaban ansiosos la fecha en que rifaban el maravilloso premio. La lotería de la Cruz Roja, con Pacheco como figura de su promoción, también ofrecía un gordo muy apetitoso, pero fue hasta que apareció el Baloto y nos dañó la cabeza a todos.
Durante mi niñez un millonario era alguien que tuviera un millón de pesos, y de pronto un poco más, pero no alcanzábamos a imaginar que una sola persona pudiera llegar a poseer dos millones. Esa era una cifra fabulosa, absurda, astronómica, inimaginable. Las loterías ofrecían premios de medio millón de pesos, después subieron a cinco, veinte o cincuenta millones, de ahí saltaron a los cientos y cuando ya se habló de unos pocos miles, el monto parecía sacado de la ciencia ficción.
Estoy seguro de que el Baloto se tiró en las demás loterías, porque ante la posibilidad de ganarse de un solo totazo más de sesenta mil millones de pesos, cualquier otra oferta parece una chichigua. Porque nadie se detiene a pensar que otras opciones ofrecen premios menos atractivos, pero a su vez la posibilidad de ganárselos es mucho mayor; sobre todo que cualquiera arregla su vida con un golpe de suerte de cuatro o cinco mil millones. La prueba está en las filas para comprar Baloto cuando el premio alcanza una cifra récord, pero apenas cae y vuelve a empezar con la cifra básica, que son como dos mil quinientos millones, a todo el mundo le parece una limosna y las ventas se van al piso.
Lo gracioso es que muy pocos saben cuánto le entregan al que se gane por ejemplo cincuenta mil millones. De entrada le quitan el 20% por ganancia ocasional y tengo entendido que al año siguiente le cae el fisco de nuevo para que se baje de otra buena tajada; y lo mantendrán enhebrado el resto de vida porque ya saben cuánto tiene. Pero lo más triste de todo es que usted se gana esa plata y se lo traga la tierra, porque al otro día se tiene que largar para el exterior con todos sus seres queridos, y para regresar siquiera a saludar a los amigos, deberá contratar un verdadero ejército de guardaespaldas y rezar para que no sean esos mismos quienes lo secuestren.
También me gustaría comprobar qué tanto cumple el ganador todas esas promesas que hace mientras sueña con que la suerte lo atropelle, porque es común oír a la gente decir cómo van a repartir una buena parte de lo ganado, las obras de caridad que piensan apadrinar, los problemas de plata que le van a solucionar a más de uno y muchas otras buenas intenciones.
En una tertulia familiar pusieron el tema del Baloto y todos empezaron a decir qué harían de llegar a ser los felices ganadores. Entre tantos planes y propósitos el que más llamó mi atención fue el de un tío de mi mujer, quien durante toda su vida ideó proyectos y empresas que nunca pudo sacar adelante por falta de presupuesto. En ese entonces vivía con su mujer y con la suegra, vaciado, como siempre, y ante la pregunta de qué haría él al saberse ganador, respondió con absoluta sinceridad:
-Yo me levanto normal y como todos los días, a las diez de la mañana me cuelgo el saco del brazo, abro la puerta del apartamento y le grito a mi mujer que voy a la tienda un momentico a comprar cigarrillos. Luego salgo, tiro el portón ¡y no me vuelven a ver en la cochina vida!
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miércoles, agosto 03, 2011
Relevo tecnológico.
Al paso que vamos la cibernética y la robótica van a reemplazar al ser humano en la mayoría de los trabajos, y en este planeta muy pronto no habrá coloca sino para ingenieros electrónicos y programadores. Un país como India, que hasta hace unas décadas se encontraba en desventaja frente a las naciones más desarrolladas, hoy en día es una potencia en la exportación de software, gran productor de equipos electrónicos, vanguardista en tecnología de las comunicaciones y ciencias afines, además de considerarse referencia mundial en cuanto a formación de técnicos y profesionales en ese campo. Miles y miles de jóvenes indios, de ambos sexos, se suman cada año al mercado laboral tecnológico en los cinco continentes.
Produce desazón ver cómo desaparecen a diario puestos de trabajo porque son desplazados por la tecnología. Estos cambios, que aunque en un principio parecen costosos para quien los adquiere, son aceptados con gusto cuando el vendedor menciona las grandes ventajas que reporta el reemplazar a un ser humano por una máquina. Porque aunque los sistemas electrónicos pueden presentar problemas de configuración, sufrir daños inesperados o inconvenientes por cortes de suministro eléctrico, a diferencia de los seres humanos no son proclives a los desfalcos, nunca amanecen enguayabados o de mal genio, no se les enferman la mamá ni los hijos, nunca requieren vacaciones, no piden aumento de sueldo, no solicitan permiso para salir más temprano, jamás llegan tarde, no ponen quejas y lo mejor de todo: no hay que repetirles a diario sus deberes.
Agradezco a la vida la época que me tocó habitar este mundo, porque así como disfruté de una niñez y juventud inolvidables, alcancé a conocer la tecnología y a convivir con ella; pero con moderación, porque no quiero experimentar en el futuro una bandeja paisa preparada por un robot, o ser atendido por una máquina al momento de subirme a un avión. Una prueba de lo que será este mundo regido por la tecnología, puede verse ahora cuando al llamar a una empresa o entidad para cualquier diligencia contesta un conmutador. Primero obliga a quien llama a escuchar mensajes institucionales, luego empieza con una lista interminable de opciones, y después de brincar de tecla en tecla, es imposible contactar a una persona de carne y hueso para tener la oportunidad de explicarle una necesidad, quejarse, desahogarse o mandarla para el carajo. Ni mencionar cuando en la fila del banco, la EPS o cualquier otra dependencia, anuncian que no hay servicio porque se cayó el sistema; provoca matar y comer del muerto.
Algo que he disfrutado de la tecnología es tener cine desde la comodidad de mi cama. El primer aparato que conocí fue un betamax y recuerdo lo descrestado que quedé cuando quien me lo enseñó, explicó que esa noche había grabado un evento sucedido en Europa a media mañana, hora que correspondía al amanecer nuestro; que simplemente había programado el aparato y sin necesidad de prender el televisor, el betamax se encargó de grabar la señal. El novedoso aparato era voluminoso, abría una tapa superior para insertar allí la cinta y tenía un control remoto conectado al equipo por un cable de varios metros que permitía operarlo desde la cama. Trabajo me dio entender cómo funcionaba el trebejo y cuando por fin tuve el primero, ya era obsoleto porque había aparecido el VHS; lo mismo sucedió con este último porque muy rápido fue superado por el DVD, luego llegó el teatro casero y ahora no es necesario ninguno, porque los televisores modernos traen todo incluido.
Acostumbraba pedir las películas a la tienda de video y cuando hace dos años la propietaria me anunció que cerraba el negocio, le pregunté la razón y respondió que ese mercado estaba próximo a desaparecer; dicho y hecho, porque desde entonces han liquidado la mayoría de los negocios y sus empleados quedaron en el asfalto. Entonces me enteré de que era más barato comprar las películas, pero esa práctica duró poco porque ahora basta conectar el portátil al televisor y en una de las tantas páginas dedicadas al tema en internet (recomiendo cuevana.tv), escoger la película de su gusto. Imagen nítida, subtítulos en español, y con una buena pantalla y teatro casero para un sonido óptimo, tiene todo el cine del mundo al alcance de un clic. He visto desde El Acorazado Potemkin, película muda filmada en 1925, hasta filmes que aún no han llegado a las carteleras de nuestro país. Además, en Youtube encuentro conferencias, documentales, todo tipo de videos musicales o acerca de cualquier tema que pueda interesarme.
*****
Con regocijo recibimos el nombramiento de don Jorge Echeverri Mejía como Caldense del año. Pocas veces ha sido tan acertada y justa la decisión del jurado, porque ciudadanos como el escogido en esta oportunidad son escasos en una sociedad. Hombre altruista y generoso, durante su larga vida formó equipo con personas como la inolvidable Hermana Francisca, y todos quienes han colaborado con Obras sociales Betania, para lograr que muchas familias caldenses cuenten hoy con un techo propio. Como muchos grandes personajes don Jorge no es amigo de galardones ni reconocimientos y por ello al enterarse del veredicto sólo atinó a decir que no es digno de él. Pues invito a todos mis conciudadanos a que entonemos en coro, todos a una: ¡Sí se lo merece!
pamear@telmex.net.co
Produce desazón ver cómo desaparecen a diario puestos de trabajo porque son desplazados por la tecnología. Estos cambios, que aunque en un principio parecen costosos para quien los adquiere, son aceptados con gusto cuando el vendedor menciona las grandes ventajas que reporta el reemplazar a un ser humano por una máquina. Porque aunque los sistemas electrónicos pueden presentar problemas de configuración, sufrir daños inesperados o inconvenientes por cortes de suministro eléctrico, a diferencia de los seres humanos no son proclives a los desfalcos, nunca amanecen enguayabados o de mal genio, no se les enferman la mamá ni los hijos, nunca requieren vacaciones, no piden aumento de sueldo, no solicitan permiso para salir más temprano, jamás llegan tarde, no ponen quejas y lo mejor de todo: no hay que repetirles a diario sus deberes.
Agradezco a la vida la época que me tocó habitar este mundo, porque así como disfruté de una niñez y juventud inolvidables, alcancé a conocer la tecnología y a convivir con ella; pero con moderación, porque no quiero experimentar en el futuro una bandeja paisa preparada por un robot, o ser atendido por una máquina al momento de subirme a un avión. Una prueba de lo que será este mundo regido por la tecnología, puede verse ahora cuando al llamar a una empresa o entidad para cualquier diligencia contesta un conmutador. Primero obliga a quien llama a escuchar mensajes institucionales, luego empieza con una lista interminable de opciones, y después de brincar de tecla en tecla, es imposible contactar a una persona de carne y hueso para tener la oportunidad de explicarle una necesidad, quejarse, desahogarse o mandarla para el carajo. Ni mencionar cuando en la fila del banco, la EPS o cualquier otra dependencia, anuncian que no hay servicio porque se cayó el sistema; provoca matar y comer del muerto.
Algo que he disfrutado de la tecnología es tener cine desde la comodidad de mi cama. El primer aparato que conocí fue un betamax y recuerdo lo descrestado que quedé cuando quien me lo enseñó, explicó que esa noche había grabado un evento sucedido en Europa a media mañana, hora que correspondía al amanecer nuestro; que simplemente había programado el aparato y sin necesidad de prender el televisor, el betamax se encargó de grabar la señal. El novedoso aparato era voluminoso, abría una tapa superior para insertar allí la cinta y tenía un control remoto conectado al equipo por un cable de varios metros que permitía operarlo desde la cama. Trabajo me dio entender cómo funcionaba el trebejo y cuando por fin tuve el primero, ya era obsoleto porque había aparecido el VHS; lo mismo sucedió con este último porque muy rápido fue superado por el DVD, luego llegó el teatro casero y ahora no es necesario ninguno, porque los televisores modernos traen todo incluido.
Acostumbraba pedir las películas a la tienda de video y cuando hace dos años la propietaria me anunció que cerraba el negocio, le pregunté la razón y respondió que ese mercado estaba próximo a desaparecer; dicho y hecho, porque desde entonces han liquidado la mayoría de los negocios y sus empleados quedaron en el asfalto. Entonces me enteré de que era más barato comprar las películas, pero esa práctica duró poco porque ahora basta conectar el portátil al televisor y en una de las tantas páginas dedicadas al tema en internet (recomiendo cuevana.tv), escoger la película de su gusto. Imagen nítida, subtítulos en español, y con una buena pantalla y teatro casero para un sonido óptimo, tiene todo el cine del mundo al alcance de un clic. He visto desde El Acorazado Potemkin, película muda filmada en 1925, hasta filmes que aún no han llegado a las carteleras de nuestro país. Además, en Youtube encuentro conferencias, documentales, todo tipo de videos musicales o acerca de cualquier tema que pueda interesarme.
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Con regocijo recibimos el nombramiento de don Jorge Echeverri Mejía como Caldense del año. Pocas veces ha sido tan acertada y justa la decisión del jurado, porque ciudadanos como el escogido en esta oportunidad son escasos en una sociedad. Hombre altruista y generoso, durante su larga vida formó equipo con personas como la inolvidable Hermana Francisca, y todos quienes han colaborado con Obras sociales Betania, para lograr que muchas familias caldenses cuenten hoy con un techo propio. Como muchos grandes personajes don Jorge no es amigo de galardones ni reconocimientos y por ello al enterarse del veredicto sólo atinó a decir que no es digno de él. Pues invito a todos mis conciudadanos a que entonemos en coro, todos a una: ¡Sí se lo merece!
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miércoles, julio 27, 2011
De perros y mascotas.
Cuando aseguran que el perro es el mejor amigo del hombre no exageran ni un ápice, porque ese animal es el ejemplo perfecto de lo que es fidelidad y nobleza. Basados en pinturas rupestres podemos deducir que los canes acompañan al ser humano desde hace unos quince mil años, con diferentes razas según la región del mundo donde habitara, y dichas pinturas muestran que fue en Europa central donde los empezaron a utilizar como guardianes o para ayudarlos en las cacerías. Desde entonces ese animalito nunca ha faltado en cualquier asentamiento humano y en la actualidad se convirtió en la mascota preferida de las personas, por encima de tantos animales que fungen como tal.
Y aunque es lógico que todo evolucione, con los perros se ha producido un cambio tan radical que nos deja abismados. Porque así como la mayoría de nosotros hemos convivido con ellos durante nuestra existencia, en la actualidad se han convertido en verdaderos miembros de la familia, con más privilegios que muchas personas. Produce desazón enterarse de cuánto cuesta un cachorro de cualquier raza fina, el capital que invierten en su cuidado, las consideraciones que tienen para su bienestar y en muchos casos los escandalosos lujos que le ofrecen.
Del primer perro que recuerdo haberme encariñado fue de un pastor collie e imagino que se debió a que en ese entonces existía una perra famosa en la televisión, de nombre Lassie, y era de la misma raza que nuestra mascota. El perro vivía en la finca de mi abuela Teresita y allí los nietos disfrutábamos de su compañía, hasta que después de un alumbrado, al levantarnos, lo encontramos difunto en el patio; se tragó los restos de los totes que quedaron sin quemar y así pasó a mejor vida en compañía de varios pollos y gallinas. Desde entonces entiendo aquello de más tieso que pata de perro envenenado.
Los perros de nuestra infancia se diferencian de los de ahora en que entonces eran tratados como animales, se criaban en el patio de la casa amarrados con una cadena y eran alimentados con sobrados. Máximo se les ponía la vacuna contra la rabia y pare de contar, porque además eran animales criollos sin ninguna raza en particular. Y si alguien maltrataba un perro en la calle nadie decía nada, porque si ni siquiera oíamos hablar de los derechos de las mujeres o de los niños, mucho menos íbamos a pensar que un animalito los tuviera. En las casas se hacía lo que el papá decía y punto.
Cuando íbanos a pasarnos a la casa de La Camelia, en 1962, empezamos a buscar quién nos regalara un perro porque el patio requería de un guardián que evitara la visita de los cacos. Fue el tío Roberto quien nos llevó un cachorrito muy bonito, el cual parecía fino por su porte y estampa; todos especulábamos de qué raza podría ser y el uno decía que pastor alemán, el otro que doverman y así las diferentes apuestas, pero no caímos en cuenta de que todos los cachorros son una belleza pero que al crecer dejan ver su verdadero origen. El perro, que bautizamos Balín, resultó ser un chandoso más feo que el diablo, aunque lo hacía muy bien como guardián; no podía ver a un extraño porque reventaba la cadena y ábrase todo el mundo a correr.
Al bicho debieron matarlo las lombrices y la falta de clase porque años después, cuando nos pasamos a otra casa del mismo barrio, el cuidandero del patio fue otro gozque de raza indeterminada con una característica muy particular: era bizco. De tamaño mediano, fornido y con un pelaje abundante de color carmelita, cierta vez su defecto visual lo llevó a morder a uno de mis hermanos en vez de hincarle el colmillo al amigo que se encontraba con él. Cómo sería esa fiera, que después del incidente mi mamá llamó a los bomberos para que apresaran al bicho y los rescatistas resultaron subidos en el pollo de la cocina poposiados del miedo. Después de evaluarlo en la clínica veterinaria diagnosticaron que el animal era inofensivo y que sólo se trató de un lapsus ocular.
El perro guardián tenía su casa y podía moverse en un espacio reducido, cuyo piso era un morterito de cemento rodeado de una canal que iba a dar al desagüe, por lo que bastaba echarle agua con la manguera para lavar la porquería; a diferencia de ahora que deben recoger el bollo del chandoso con la mano porque de lo contrario les clavan una multa. El domingo por la mañana el programa era bañar al perro con un jabón especial; mi papá manejaba la manguera, que era lo mejor, mientras nosotros debíamos restregarlo y aguantarnos las emparamadas que nos daba cada vez que se sacudía. Después salíamos toda la tarde de caminada y ahí el animalito corría a sus anchas y disfrutaba de la libertad que le faltaba durante la semana.
Oí de una prueba para saber quién lo quiere a uno más, si la mujer o el perro. Meterlos a ambos en la bodega del carro durante dos horas y el que al salir le haga fiestas, mueva la cola y corra como loco de la felicidad, ese es. No le busque más.
pamear@telmex.net.co
Y aunque es lógico que todo evolucione, con los perros se ha producido un cambio tan radical que nos deja abismados. Porque así como la mayoría de nosotros hemos convivido con ellos durante nuestra existencia, en la actualidad se han convertido en verdaderos miembros de la familia, con más privilegios que muchas personas. Produce desazón enterarse de cuánto cuesta un cachorro de cualquier raza fina, el capital que invierten en su cuidado, las consideraciones que tienen para su bienestar y en muchos casos los escandalosos lujos que le ofrecen.
Del primer perro que recuerdo haberme encariñado fue de un pastor collie e imagino que se debió a que en ese entonces existía una perra famosa en la televisión, de nombre Lassie, y era de la misma raza que nuestra mascota. El perro vivía en la finca de mi abuela Teresita y allí los nietos disfrutábamos de su compañía, hasta que después de un alumbrado, al levantarnos, lo encontramos difunto en el patio; se tragó los restos de los totes que quedaron sin quemar y así pasó a mejor vida en compañía de varios pollos y gallinas. Desde entonces entiendo aquello de más tieso que pata de perro envenenado.
Los perros de nuestra infancia se diferencian de los de ahora en que entonces eran tratados como animales, se criaban en el patio de la casa amarrados con una cadena y eran alimentados con sobrados. Máximo se les ponía la vacuna contra la rabia y pare de contar, porque además eran animales criollos sin ninguna raza en particular. Y si alguien maltrataba un perro en la calle nadie decía nada, porque si ni siquiera oíamos hablar de los derechos de las mujeres o de los niños, mucho menos íbamos a pensar que un animalito los tuviera. En las casas se hacía lo que el papá decía y punto.
Cuando íbanos a pasarnos a la casa de La Camelia, en 1962, empezamos a buscar quién nos regalara un perro porque el patio requería de un guardián que evitara la visita de los cacos. Fue el tío Roberto quien nos llevó un cachorrito muy bonito, el cual parecía fino por su porte y estampa; todos especulábamos de qué raza podría ser y el uno decía que pastor alemán, el otro que doverman y así las diferentes apuestas, pero no caímos en cuenta de que todos los cachorros son una belleza pero que al crecer dejan ver su verdadero origen. El perro, que bautizamos Balín, resultó ser un chandoso más feo que el diablo, aunque lo hacía muy bien como guardián; no podía ver a un extraño porque reventaba la cadena y ábrase todo el mundo a correr.
Al bicho debieron matarlo las lombrices y la falta de clase porque años después, cuando nos pasamos a otra casa del mismo barrio, el cuidandero del patio fue otro gozque de raza indeterminada con una característica muy particular: era bizco. De tamaño mediano, fornido y con un pelaje abundante de color carmelita, cierta vez su defecto visual lo llevó a morder a uno de mis hermanos en vez de hincarle el colmillo al amigo que se encontraba con él. Cómo sería esa fiera, que después del incidente mi mamá llamó a los bomberos para que apresaran al bicho y los rescatistas resultaron subidos en el pollo de la cocina poposiados del miedo. Después de evaluarlo en la clínica veterinaria diagnosticaron que el animal era inofensivo y que sólo se trató de un lapsus ocular.
El perro guardián tenía su casa y podía moverse en un espacio reducido, cuyo piso era un morterito de cemento rodeado de una canal que iba a dar al desagüe, por lo que bastaba echarle agua con la manguera para lavar la porquería; a diferencia de ahora que deben recoger el bollo del chandoso con la mano porque de lo contrario les clavan una multa. El domingo por la mañana el programa era bañar al perro con un jabón especial; mi papá manejaba la manguera, que era lo mejor, mientras nosotros debíamos restregarlo y aguantarnos las emparamadas que nos daba cada vez que se sacudía. Después salíamos toda la tarde de caminada y ahí el animalito corría a sus anchas y disfrutaba de la libertad que le faltaba durante la semana.
Oí de una prueba para saber quién lo quiere a uno más, si la mujer o el perro. Meterlos a ambos en la bodega del carro durante dos horas y el que al salir le haga fiestas, mueva la cola y corra como loco de la felicidad, ese es. No le busque más.
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jueves, julio 21, 2011
¿Será percepción?
Percepción viene de percibir, que según el diccionario es recibir por uno de los sentidos las imágenes, impresiones o sensaciones externas. Por ejemplo al conversar con amigos, leer un periódico, oír radio o mirar un telenoticiero, de donde cada persona recibe la información y la asimila según su criterio; en muchos casos influenciado por prejuicios, perspectivas o comparaciones, que como reza el dicho, son tan odiosas. El caso es que la percepción se crea cuando en el ambiente flota una idea que aunque pocos saber explicarla o definirla, la mayoría la acepta como cierta.
Un ejemplo claro de percepción es la que se siente en el país con respecto al resurgimiento de la guerrilla, la cual durante varios años estuvo contenida y mantuvo un bajo perfil. Sin entrar a discutir si es culpa del actual gobierno, si hace falta la mano dura del ex presidente Uribe, si los militares tienen la moral por el piso o qué carajo es lo que sucede, la verdad es que vivimos una arremetida de violencia terrorista, la cual por fortuna empezábamos a olvidar. Porque cuando los grupos paramilitares fueron diezmados y suponíamos que las FARC y el ELN estaban acorralados y en las últimas, aparecen las tales bandas criminales, que son los mismos paracos pero con diferente nombre, y la guerrilla reacciona para sumirnos de nuevo en el caos y la incertidumbre.
El secuestro de nacionales y extranjeros dedicados a la explotación de pozos petroleros es una calamidad, debido a que espanta a muchas empresas multinacionales que prefieren trabajar en otras latitudes donde les brinden seguridad. La toma y destrucción de pueblos apartados, lo que sucede con mayor regularidad en las comunidades indígenas del departamento del Cauca, regresó a la primera plana de las noticias con sus imágenes aterradoras. Las extorsiones a finqueros y trabajadores del campo vuelven a ser una fuente de financiación para quienes prefieren operar al margen de la ley; y el hostigamiento en las carreteras, pesadilla de ingrata recordación para todos los colombianos, empieza a presentarse en diferentes puntos de nuestra geografía.
Y aunque el Presidente asegure que se trata de patadas de ahogado por parte de la insurgencia, que al verse acorralada trata de sacudirse de la persecución de la fuerza pública; que los altos mandos militares insistan en que la tropa tiene controlada a la guerrilla; que el Ministro de defensa presente cifras y estadísticas que demuestran los avances en cuanto a seguridad y control del territorio patrio; o que el Ministro Vargas Lleras diga que lo que quieren los bandidos es desviar la atención para evitar que se sepa que los tienen contra las cuerdas, la realidad es que la percepción actual es la de un resurgimiento de hechos violentos que creíamos superados.
Otra situación que nos tiene incómodos y alertas a muchos colombianos es la que tiene que ver con el auge de la minería. A grandes rasgos la noticia es positiva y alentadora, porque se habla de un renacer en la economía del país por la presencia de grandes consorcios dedicados a la explotación minera, con regalías para los departamentos, ocupación de mano de obra e ingreso de divisas. Sin embargo, el daño ecológico que esto genera en un país tan rico en biodiversidad como el nuestro es inimaginable. Algunos aducen que es mejor explotar esos recursos con tecnología y control por parte del estado, en vez de una minería artesanal que se hace sin ningún tipo de vigilancia ni respecto por el medio ambiente.
Puedo recordar cómo quedó el terreno a ambos lados de la troncal de occidente, entre Tarazá y Caucasia, después de que inescrupulosos destruyeron la capa vegetal en busca del preciado oro. Allí donde pastaban los rebaños, en medio de fértiles sabanas y árboles monumentales, sólo quedó un desierto de cascajo tachonado de malezas. Otra muestra de dicha barbarie sucede en el río Dagua, en el Valle del Cauca; basta teclear en Google el nombre del río para ver algo aterrador. O la absurda licencia que pretendían entregarle a una multinacional para que adelantara una explotación minera en el páramo de Santurbán, el cual surte de agua a los Santanderes.
Para nuestra desgracia en este país todo se puede mientras haya dinero de por medio, por lo que debemos unirnos para evitar que la verde Colombia, la de infinidad de ecosistemas, la abigarrada, fértil y ubérrima, la de tantas especies de flora y fauna, la de diferentes pisos térmicos, valles, páramos, selvas, bosques húmedos, laderas, sabanas y una riqueza hídrica envidiable, se convierta en un desierto árido y despoblado. La percepción es de una rapiña de licencias para escurrirle a estas tierras hasta el último gramo de material valioso.
Por último, se percibe en nuestra ciudad una falta de candidatos de peso para las próximas elecciones. Excepto Gabriel Vallejo, para la gobernación, no vemos propuestas de peso que puedan prever una contienda interesante. Candidatos insípidos, sin hoja de vida, faltos de experiencia y reconocimiento, crean incertidumbre entre una ciudadanía que espera ver surgir opciones interesantes. Tengo entendido que varios personajes de renombre han rechazado una posible postulación, porque desgraciadamente en nuestro país desempeñar un cargo público es sinónimo de corrupción, mala fe y bandidaje. Y nadie arriesga su buen nombre en una apuesta tan ingrata, porque sin posesionarse ya lo estigmatizan.
pamear@telmex.net.co
Un ejemplo claro de percepción es la que se siente en el país con respecto al resurgimiento de la guerrilla, la cual durante varios años estuvo contenida y mantuvo un bajo perfil. Sin entrar a discutir si es culpa del actual gobierno, si hace falta la mano dura del ex presidente Uribe, si los militares tienen la moral por el piso o qué carajo es lo que sucede, la verdad es que vivimos una arremetida de violencia terrorista, la cual por fortuna empezábamos a olvidar. Porque cuando los grupos paramilitares fueron diezmados y suponíamos que las FARC y el ELN estaban acorralados y en las últimas, aparecen las tales bandas criminales, que son los mismos paracos pero con diferente nombre, y la guerrilla reacciona para sumirnos de nuevo en el caos y la incertidumbre.
El secuestro de nacionales y extranjeros dedicados a la explotación de pozos petroleros es una calamidad, debido a que espanta a muchas empresas multinacionales que prefieren trabajar en otras latitudes donde les brinden seguridad. La toma y destrucción de pueblos apartados, lo que sucede con mayor regularidad en las comunidades indígenas del departamento del Cauca, regresó a la primera plana de las noticias con sus imágenes aterradoras. Las extorsiones a finqueros y trabajadores del campo vuelven a ser una fuente de financiación para quienes prefieren operar al margen de la ley; y el hostigamiento en las carreteras, pesadilla de ingrata recordación para todos los colombianos, empieza a presentarse en diferentes puntos de nuestra geografía.
Y aunque el Presidente asegure que se trata de patadas de ahogado por parte de la insurgencia, que al verse acorralada trata de sacudirse de la persecución de la fuerza pública; que los altos mandos militares insistan en que la tropa tiene controlada a la guerrilla; que el Ministro de defensa presente cifras y estadísticas que demuestran los avances en cuanto a seguridad y control del territorio patrio; o que el Ministro Vargas Lleras diga que lo que quieren los bandidos es desviar la atención para evitar que se sepa que los tienen contra las cuerdas, la realidad es que la percepción actual es la de un resurgimiento de hechos violentos que creíamos superados.
Otra situación que nos tiene incómodos y alertas a muchos colombianos es la que tiene que ver con el auge de la minería. A grandes rasgos la noticia es positiva y alentadora, porque se habla de un renacer en la economía del país por la presencia de grandes consorcios dedicados a la explotación minera, con regalías para los departamentos, ocupación de mano de obra e ingreso de divisas. Sin embargo, el daño ecológico que esto genera en un país tan rico en biodiversidad como el nuestro es inimaginable. Algunos aducen que es mejor explotar esos recursos con tecnología y control por parte del estado, en vez de una minería artesanal que se hace sin ningún tipo de vigilancia ni respecto por el medio ambiente.
Puedo recordar cómo quedó el terreno a ambos lados de la troncal de occidente, entre Tarazá y Caucasia, después de que inescrupulosos destruyeron la capa vegetal en busca del preciado oro. Allí donde pastaban los rebaños, en medio de fértiles sabanas y árboles monumentales, sólo quedó un desierto de cascajo tachonado de malezas. Otra muestra de dicha barbarie sucede en el río Dagua, en el Valle del Cauca; basta teclear en Google el nombre del río para ver algo aterrador. O la absurda licencia que pretendían entregarle a una multinacional para que adelantara una explotación minera en el páramo de Santurbán, el cual surte de agua a los Santanderes.
Para nuestra desgracia en este país todo se puede mientras haya dinero de por medio, por lo que debemos unirnos para evitar que la verde Colombia, la de infinidad de ecosistemas, la abigarrada, fértil y ubérrima, la de tantas especies de flora y fauna, la de diferentes pisos térmicos, valles, páramos, selvas, bosques húmedos, laderas, sabanas y una riqueza hídrica envidiable, se convierta en un desierto árido y despoblado. La percepción es de una rapiña de licencias para escurrirle a estas tierras hasta el último gramo de material valioso.
Por último, se percibe en nuestra ciudad una falta de candidatos de peso para las próximas elecciones. Excepto Gabriel Vallejo, para la gobernación, no vemos propuestas de peso que puedan prever una contienda interesante. Candidatos insípidos, sin hoja de vida, faltos de experiencia y reconocimiento, crean incertidumbre entre una ciudadanía que espera ver surgir opciones interesantes. Tengo entendido que varios personajes de renombre han rechazado una posible postulación, porque desgraciadamente en nuestro país desempeñar un cargo público es sinónimo de corrupción, mala fe y bandidaje. Y nadie arriesga su buen nombre en una apuesta tan ingrata, porque sin posesionarse ya lo estigmatizan.
pamear@telmex.net.co
miércoles, julio 13, 2011
Cuentos del ayer.
Don Rafael Genaro Mejía fue alcalde de Manizales por allá a mediados del siglo pasado y durante su existencia se distinguió por ser un hombre de esos que se hace querer de sus conciudadanos. Su familia fue pionera del barrio La Francia, en las afueras de la ciudad, lugar que se ha caracterizado por ser un remanso de paz y tranquilidad, en medio de la naturaleza y con un panorama privilegiado hacia el poniente. Yo recuerdo a don Genaro porque se la pasaba en la puerta del negocio de su amigo Olegario Echeverri, en el primer piso del Banco del Comercio, por la carrera 22, y allí en compañía de Mario Villegas Pérez, el otro socio infaltable de la tertulia diaria, saludaban a todo el que pasaba, botaban corriente y echaban piropos a las muchachas que lo merecían.
Cierta vez mi hermana iba para el trabajo en su carrito y debido al tráfico, debió detenerse un momento al frente de donde ellos estaban. Cuando volteó a mirarlos notó que le hacían gestos, decían cosas y la señalaban, y aunque no podía oírlos porque tenía la ventanilla cerrada, supuso lo peor y procedió a bajar el vidrio para meterles una empajada de miedo. Viejos corrompidos, sinvergüenzas, morbosos, respeten y cojan oficio, les dijo; además, aprendan a reconocer a la gente decente. Entonces uno de ellos se arrimó y en tono conciliador expresó:
-Maria Clara, perdona, queríamos advertirte que la llanta trasera está desinflada.
A don Genaro lo molestaban sus amigos porque era muy bajito y eso se prestaba para chanzas y cuentos. Aseguraban que cuando se desempeñó como burgomaestre de la ciudad, en cierta ocasión debió compartir la oficina con un maestro de obras que hacía algunas reparaciones locativas. En cierto momento el fulano le preguntó si tenía por ahí un metro, a lo que respondió de manera tajante:
-Pues para que sepa tengo un metro con sesenta; y se me larga ya de aquí, por irrespetuoso, igualado y atrevido.
No alcancé a conocer a mi abuelo Rafael Arango Villegas, pero al verlo en fotos deduzco que no fue un hombre que propiamente se distinguiera por su porte y distinción; de estatura mediana, flaco, oscuro de piel, con un bigotico menudo y la cara algo chupada, se parecía mucho a la caricatura con la que lo inmortalizó su primo y amigo del alma, Alberto Arango Uribe, el encargado de ilustrar sus libros.
Al llegar Rafael con su familia a ocupar una casa localizada en la carrera 23, entre calles 30 y 31, Graciela, su mujer, vio con buenos ojos la edificación porque tenía en los bajos un local que podía generarles una renta. A los pocos días un zapatero remendón, al que llamaban Caregata, ocupó el local e instaló su negocio. Cumplido el primer mes, Graciela le preguntó al marido si había cobrado el arrendamiento y este respondió que casualmente cuando arrimó, el zapatero había salido un momentico; al otro día aseguró que al tipo se le había quedado la plata en la casa y así esgrimió una disculpa tras otra, hasta que ella decidió bajar personalmente a hacer la diligencia. Cuál sería su sorpresa cuando el hombrecito muy tranquilo preguntó que cuál mensualidad, si don Rafa le había ofrecido el local gratis mientras conseguía clientela, y que cuando le sobraran unos pesos podía pagarle cualquier chichigua.
Cuentan que el abuelo pasaba horas entretenido oyéndole los cuentos al viejo artesano y que en él se inspiró para darle vida al maestro Feliciano Ríos. Pues a la zapatería se apareció un día muy orgulloso a mostrarle a los presentes a su nieto mayor, Jorge Eduardo Vélez, un muchachito muy bonito de tez clara y ojos azules. El remendón lo mira, se saca unas tachuelas de la boca y comenta:
-Con razón dicen que los pichones de los gallinazos son blancos.
Lo mismo le pasó con Silvio Villegas, el eminente dirigente político, poeta e intelectual que tanto lustre le dio a nuestro terruño. Iba don Rafa por la calle de la mano de su nietecita Juanita Arango, que si ahora de abuela es una mujer muy bella de niña debió ser una cuquera, y al ver a su amigo Silvio lo detuvo para ufanarse ante él de su descendencia. El otro se pone las gafas para verla bien y en tono perentorio afirma:
-¡Ahora sí creo en la evolución de las especies!
Recién compró don Rafa su parcela en El Rosario, a orillas del río Chinchiná, acostumbraba invitar varios amigos a pasar el fin de semana. Todas las noches armaban una mesa de tute y se tomaban sus aguardientes; Roberto Vélez Arango, Alberto Arcila “Cepillo” y Ambrosio Echeverri eran contertulios frecuentes. Sólo apostaban centavos porque el fin del juego no era conseguir plata, sino más bien mamar gallo, entretenerse y conversar de lo divino y de lo humano. Cierta noche los amigos notaron que el anfitrión perdía mano tras mano y sin embargo, como por arte de magia, le aparecían en la mesa granos de maíz (que hacían las veces de fichas), hasta que las dudas de todos quedaron aclaradas cuando el marrullero empezó a bostezar, y con gesto cansado, sacó una tusa con algunos granos del bolsillo del saco, la puso en medio de la mesa y sentenció: ¡Juego los restos!
pamear@telmex.net.co
Cierta vez mi hermana iba para el trabajo en su carrito y debido al tráfico, debió detenerse un momento al frente de donde ellos estaban. Cuando volteó a mirarlos notó que le hacían gestos, decían cosas y la señalaban, y aunque no podía oírlos porque tenía la ventanilla cerrada, supuso lo peor y procedió a bajar el vidrio para meterles una empajada de miedo. Viejos corrompidos, sinvergüenzas, morbosos, respeten y cojan oficio, les dijo; además, aprendan a reconocer a la gente decente. Entonces uno de ellos se arrimó y en tono conciliador expresó:
-Maria Clara, perdona, queríamos advertirte que la llanta trasera está desinflada.
A don Genaro lo molestaban sus amigos porque era muy bajito y eso se prestaba para chanzas y cuentos. Aseguraban que cuando se desempeñó como burgomaestre de la ciudad, en cierta ocasión debió compartir la oficina con un maestro de obras que hacía algunas reparaciones locativas. En cierto momento el fulano le preguntó si tenía por ahí un metro, a lo que respondió de manera tajante:
-Pues para que sepa tengo un metro con sesenta; y se me larga ya de aquí, por irrespetuoso, igualado y atrevido.
No alcancé a conocer a mi abuelo Rafael Arango Villegas, pero al verlo en fotos deduzco que no fue un hombre que propiamente se distinguiera por su porte y distinción; de estatura mediana, flaco, oscuro de piel, con un bigotico menudo y la cara algo chupada, se parecía mucho a la caricatura con la que lo inmortalizó su primo y amigo del alma, Alberto Arango Uribe, el encargado de ilustrar sus libros.
Al llegar Rafael con su familia a ocupar una casa localizada en la carrera 23, entre calles 30 y 31, Graciela, su mujer, vio con buenos ojos la edificación porque tenía en los bajos un local que podía generarles una renta. A los pocos días un zapatero remendón, al que llamaban Caregata, ocupó el local e instaló su negocio. Cumplido el primer mes, Graciela le preguntó al marido si había cobrado el arrendamiento y este respondió que casualmente cuando arrimó, el zapatero había salido un momentico; al otro día aseguró que al tipo se le había quedado la plata en la casa y así esgrimió una disculpa tras otra, hasta que ella decidió bajar personalmente a hacer la diligencia. Cuál sería su sorpresa cuando el hombrecito muy tranquilo preguntó que cuál mensualidad, si don Rafa le había ofrecido el local gratis mientras conseguía clientela, y que cuando le sobraran unos pesos podía pagarle cualquier chichigua.
Cuentan que el abuelo pasaba horas entretenido oyéndole los cuentos al viejo artesano y que en él se inspiró para darle vida al maestro Feliciano Ríos. Pues a la zapatería se apareció un día muy orgulloso a mostrarle a los presentes a su nieto mayor, Jorge Eduardo Vélez, un muchachito muy bonito de tez clara y ojos azules. El remendón lo mira, se saca unas tachuelas de la boca y comenta:
-Con razón dicen que los pichones de los gallinazos son blancos.
Lo mismo le pasó con Silvio Villegas, el eminente dirigente político, poeta e intelectual que tanto lustre le dio a nuestro terruño. Iba don Rafa por la calle de la mano de su nietecita Juanita Arango, que si ahora de abuela es una mujer muy bella de niña debió ser una cuquera, y al ver a su amigo Silvio lo detuvo para ufanarse ante él de su descendencia. El otro se pone las gafas para verla bien y en tono perentorio afirma:
-¡Ahora sí creo en la evolución de las especies!
Recién compró don Rafa su parcela en El Rosario, a orillas del río Chinchiná, acostumbraba invitar varios amigos a pasar el fin de semana. Todas las noches armaban una mesa de tute y se tomaban sus aguardientes; Roberto Vélez Arango, Alberto Arcila “Cepillo” y Ambrosio Echeverri eran contertulios frecuentes. Sólo apostaban centavos porque el fin del juego no era conseguir plata, sino más bien mamar gallo, entretenerse y conversar de lo divino y de lo humano. Cierta noche los amigos notaron que el anfitrión perdía mano tras mano y sin embargo, como por arte de magia, le aparecían en la mesa granos de maíz (que hacían las veces de fichas), hasta que las dudas de todos quedaron aclaradas cuando el marrullero empezó a bostezar, y con gesto cansado, sacó una tusa con algunos granos del bolsillo del saco, la puso en medio de la mesa y sentenció: ¡Juego los restos!
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jueves, julio 07, 2011
Paisaje cultural cafetero.
No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, dice el adagio popular. Por ello después de mucho trabajo, de hacer cabildeo, dedicarle esfuerzo y tesón, por fin podemos decir que nuestra cultura cafetera es reconocida mundialmente. Fueron años de labor mancomunada de gobernaciones, municipios, corporaciones autónomas regionales, universidades privadas, la red de universidades públicas del Eje Cafetero (Red Alma Mater) y los diferentes comités de cafeteros, quienes hicieron causa común para alcanzar un logro que es importantísimo para la región y el país.
En el año 2000 vinieron a Manizales representantes de la UNESCO, de diferentes nacionalidades, para enterarse de todo lo concerniente al Paisaje cultural cafetero, el cual abarca 411 veredas de 46 municipios, que albergan 24 mil fincas cafeteras donde reside una población aproximada de 80 mil personas; toda la zona está dedicada al cultivo del café y pertenece a los departamentos de Caldas, Quindío, Risaralda y norte del Valle. Entonces tenía mi programa radial y después de entrevistar a tan distinguidos visitantes, recuerdo que todos se fueron de la región con una grata impresión de lo que aquí conocieron.
Es común que la gente, al enterarse de la noticia, piense que el reconocimiento se hace a aquello que conocemos como paisaje, panorámica o esa vista espectacular que ofrece la región a nuestros ojos. Pararse por ejemplo en el barrio Chipre, otear hacia los 4 puntos cardinales y ver tanta majestuosidad; o viajar por cualquier ruta de la zona referida y detenerse a observar los sembradíos, las montañas, los pueblos y veredas que se encuentra en el camino. O esos tapetes infinitos de diferentes verdes, los guaduales y las cañadas, las sementeras y los árboles frutales; los nogales, robles, carboneros, acacias y tantas otras especias nativas.
Pero el paisaje destacado es mucho más que eso: se refiere a todo lo que incluye nuestra cultura, heredada de aquellos colonizadores antioqueños que tumbaron montes para fundar sus haciendas a mediados del siglo XIX; costumbres, mitos y leyendas, música, gastronomía, idiosincrasia, literatura, lenguaje, arquitectura y otros muchos ejemplos que sería largo enumerar. Y aunque en nuestro país se cultiva café en otras regiones, como la Sierra Nevada de Santa Marta, en Huila y Tolima, en Cauca y Nariño, en los Santanderes y muchos otros departamentos, la cultura de esas zonas es muy diferente a la nuestra.
Porque aunque uno conozca toda nuestra región, en caso de despertar un día en una finquita o casa campesina localizada en medio de los cafetales, no podría decir en cuál de los departamentos se encuentra. Por más pistas que busque para despejar su duda, puedo asegurar que será infructuoso porque el modo de vida es idéntico. Si es una vivienda antigua estará construida de guadua, madera y bareque, tejas de barro en el techo, puertas de doble ala y grandes ventanas con postigos; amplios corredores con chambranas de macana y el servicio sanitario en uno de sus extremos. Las paredes serán encaladas, de un blanco reluciente, y la madera pintada con colores típicos de la región: rojo fiesta, azul marino, verde oscuro o amarillo mostaza.
En la cocina el fogón de leña, alimentado con madera procedente de la renovación de los cafetales, que hace de ese espacio un lugar oscuro por el ahumado de las paredes y el techo. Afuera de la cocina el comedor para los peones en un espacio amplio y abierto, porque en época de cosecha debe albergar muchos comensales. El menú diario varía muy poco: antes de clarear el día los tragos, que consiste en una taza de café negro endulzado con panela, llamado “chaqueta”; al desayuno chocolate, arroz, tajadas maduras, carne frita y arepa; para el almuerzo sancocho y a la comida frijoles rendidos con plátano verde, arroz, carne arreglada, maduro asado y arepa. Al corte les llevan “bogadera”, como denominan los diversos preparados para calmar la sed; uno tradicional es el “guandolo”, elaborado con agua, jugo de limón mandarino y panela.
Flores de colores adornan el corredor y en la pared son infaltables el Corazón de Jesús, el almanaque del granero y un afiche del comité de cafeteros. La casa rodeada de jardín y más allá están el pilón, la huerta casera, la sementera, el gallinero, la cochera y la tradicional cruz de mayo; todo elaborado con guadua, material codiciado por su versatilidad. Por la carreterita de penetración verá pasar los buses escalera, o chivas, y los tradicionales “yipaos” repletos de montañeros.
Una semana antes del reconocimiento de la UNESCO visitamos una finca cafetera y mi mujer, aficionada a la fotografía, se dedicó a retratar los animales domésticos, un atado de leña, los cafetales, las flores, los árboles, el paisaje y demás detalles. Luego colgó las fotos en una página especializada, donde lo hace gente de todo el mundo, y hay que ver la sensación que causaron. Un español quería saber a qué altura se cultiva el café, la neozelandesa celebró conocer la planta, el argentino alabó la panorámica, otro preguntó cómo lo cosechan es semejantes pendientes y muchos otros comentarios por el estilo.
Ayudemos a compartir esta noticia con nuestros contactos en el exterior; enviémosles fotografías, videos, panorámicas; invitémoslos a que nos visiten y promocionemos la región, porque somos pocos quienes tenemos el privilegio de conocerla. Y algo importante: nunca dejemos de admirarla.
pamear@telmex.net.co
En el año 2000 vinieron a Manizales representantes de la UNESCO, de diferentes nacionalidades, para enterarse de todo lo concerniente al Paisaje cultural cafetero, el cual abarca 411 veredas de 46 municipios, que albergan 24 mil fincas cafeteras donde reside una población aproximada de 80 mil personas; toda la zona está dedicada al cultivo del café y pertenece a los departamentos de Caldas, Quindío, Risaralda y norte del Valle. Entonces tenía mi programa radial y después de entrevistar a tan distinguidos visitantes, recuerdo que todos se fueron de la región con una grata impresión de lo que aquí conocieron.
Es común que la gente, al enterarse de la noticia, piense que el reconocimiento se hace a aquello que conocemos como paisaje, panorámica o esa vista espectacular que ofrece la región a nuestros ojos. Pararse por ejemplo en el barrio Chipre, otear hacia los 4 puntos cardinales y ver tanta majestuosidad; o viajar por cualquier ruta de la zona referida y detenerse a observar los sembradíos, las montañas, los pueblos y veredas que se encuentra en el camino. O esos tapetes infinitos de diferentes verdes, los guaduales y las cañadas, las sementeras y los árboles frutales; los nogales, robles, carboneros, acacias y tantas otras especias nativas.
Pero el paisaje destacado es mucho más que eso: se refiere a todo lo que incluye nuestra cultura, heredada de aquellos colonizadores antioqueños que tumbaron montes para fundar sus haciendas a mediados del siglo XIX; costumbres, mitos y leyendas, música, gastronomía, idiosincrasia, literatura, lenguaje, arquitectura y otros muchos ejemplos que sería largo enumerar. Y aunque en nuestro país se cultiva café en otras regiones, como la Sierra Nevada de Santa Marta, en Huila y Tolima, en Cauca y Nariño, en los Santanderes y muchos otros departamentos, la cultura de esas zonas es muy diferente a la nuestra.
Porque aunque uno conozca toda nuestra región, en caso de despertar un día en una finquita o casa campesina localizada en medio de los cafetales, no podría decir en cuál de los departamentos se encuentra. Por más pistas que busque para despejar su duda, puedo asegurar que será infructuoso porque el modo de vida es idéntico. Si es una vivienda antigua estará construida de guadua, madera y bareque, tejas de barro en el techo, puertas de doble ala y grandes ventanas con postigos; amplios corredores con chambranas de macana y el servicio sanitario en uno de sus extremos. Las paredes serán encaladas, de un blanco reluciente, y la madera pintada con colores típicos de la región: rojo fiesta, azul marino, verde oscuro o amarillo mostaza.
En la cocina el fogón de leña, alimentado con madera procedente de la renovación de los cafetales, que hace de ese espacio un lugar oscuro por el ahumado de las paredes y el techo. Afuera de la cocina el comedor para los peones en un espacio amplio y abierto, porque en época de cosecha debe albergar muchos comensales. El menú diario varía muy poco: antes de clarear el día los tragos, que consiste en una taza de café negro endulzado con panela, llamado “chaqueta”; al desayuno chocolate, arroz, tajadas maduras, carne frita y arepa; para el almuerzo sancocho y a la comida frijoles rendidos con plátano verde, arroz, carne arreglada, maduro asado y arepa. Al corte les llevan “bogadera”, como denominan los diversos preparados para calmar la sed; uno tradicional es el “guandolo”, elaborado con agua, jugo de limón mandarino y panela.
Flores de colores adornan el corredor y en la pared son infaltables el Corazón de Jesús, el almanaque del granero y un afiche del comité de cafeteros. La casa rodeada de jardín y más allá están el pilón, la huerta casera, la sementera, el gallinero, la cochera y la tradicional cruz de mayo; todo elaborado con guadua, material codiciado por su versatilidad. Por la carreterita de penetración verá pasar los buses escalera, o chivas, y los tradicionales “yipaos” repletos de montañeros.
Una semana antes del reconocimiento de la UNESCO visitamos una finca cafetera y mi mujer, aficionada a la fotografía, se dedicó a retratar los animales domésticos, un atado de leña, los cafetales, las flores, los árboles, el paisaje y demás detalles. Luego colgó las fotos en una página especializada, donde lo hace gente de todo el mundo, y hay que ver la sensación que causaron. Un español quería saber a qué altura se cultiva el café, la neozelandesa celebró conocer la planta, el argentino alabó la panorámica, otro preguntó cómo lo cosechan es semejantes pendientes y muchos otros comentarios por el estilo.
Ayudemos a compartir esta noticia con nuestros contactos en el exterior; enviémosles fotografías, videos, panorámicas; invitémoslos a que nos visiten y promocionemos la región, porque somos pocos quienes tenemos el privilegio de conocerla. Y algo importante: nunca dejemos de admirarla.
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lunes, junio 27, 2011
Polochos intrusos.
Se presta este título para diferentes interpretaciones, sobre todo ahora que se habla tanto de abuso de la fuerza pública, falsos positivos o de miembros de las fuerzas armadas involucrados en actos ilícitos. Porque polochos es uno de los apelativos que acostumbramos los colombianos para referirnos a los uniformados, siempre de manera solapada para evitar una sanción por irrespeto a la autoridad. Claro que el remoquete ya está pasado de moda, lo mismo que tombo, porque ahora prefieren llamarlos “la tomba”. A los policías de civil siempre les han dicho tiras y cuando se presenta la fuerza pública en un lugar para practicar una requisa o un allanamiento, se correr la voz que llegó la ley.
Pero me refiero es a unos polochos que actualmente son muy escasos. Ahora años, en una época determinada, aparecía en la ciudad una plaga de unos bichos voladores inofensivos, los que conocíamos con ese nombre y en las calles podían barrerse por miles. Pequeños, de color café con listas negras y unas patas ganchudas que se agarran de la piel al cogerlos con la mano. En el Colegio de Cristo, en el Parque Fundadores, los recolectábamos en el recreo para llevárselos al Hermano Andrés Hurtado, quien los utilizaba para alimentar a las tarántulas que mantenía en tarros de galletas. Pues ahora los polochitos, en muchísima menor cantidad, se meten por las ventanas de mi apartamento.
Otra plaga que seguro aparecía en mayo era la de las chicharras. Primero llegaban las tradicionales, negras y ovaladas como una breva calada, que revoloteaban de noche en el alumbrado público y en el día cubrían las calles; poco después unas más grandes de color carmelita que parecían animales prehistóricos en miniatura, porque presentaban dos cuernos con chuzos encima de la cabeza. Las chicharras tampoco hacían nada, aunque era difícil desprenderse de ellas porque las patas tenían ganchos con los que se agarraban con mucha fuerza, y había que ver el miedo que producían a las niñas, a quienes se las pegábamos de la ropa o del pelo.
Y como a nosotros nunca nos hablaron de ecología ni del respeto a los animales, era común que al ir caminando por la calle, apenas veíamos una chicharra en el camino, nos preparábamos como quien se dispone a cobrar una pena máxima, y mientras emulábamos al locutor deportivo, le zampábamos una patada al animalito que lo mandaba a la quinta porra. En las fincas no era sino salir de noche a un potrero para ver las nubes de luciérnagas que volaban por todas partes; es más, no faltaba que al disponernos a dormir, apenas apagaban la luz del cuarto, empezaba a volar un cocuyo, como también les decíamos, y por estar siguiéndole la pista nadie podía conciliar el sueño. Hasta que se levantaba alguno y la estripaba de un chancletazo.
Un programa muy apetecido por las noches, que además tenía el atractivo de estar rotundamente prohibido, era esperar a que los adultos desocuparan una botella de aguardiente para cogerla con disimulo, llevársela para un lugar apartado y proceder a sobarla con fuerza durante un buen rato, para después ponerle una llama en el pico y así sacarle el diablito. Si por inexperto le ponía la mano de frente al pico, el quemón era el verraco y la ampolla le llegaba hasta el codo; y ni hablar de la pela que le daban por desobediente. Acto seguido se iba uno para el potrero a coger cocuyos y meterlos dentro de la botella dizque para hacer una lámpara, pero las chapolas no daban un brinco porque dentro del recipiente quedaban gases remanentes de la reciente explosión.
Otros insectos que tampoco volvimos a ver son los gusanos Santamaría, intrusas alimañas de color naranja y negro que cubrían su anatomía con pequeñas púas amenazantes; y los llamados gusanos pollos, parecidos a una mota de pelo amarilloso que según el imaginario popular producían fiebre, además de seca en el miembro picado. O el famoso abejorro 24 horas, dizque porque ese era el plazo de vida que le quedaba a la víctima de su picadura.
Recuerdo de mi niñez cuando llegamos a vivir al barrio La Camelia, vecindario incipiente en el que apenas había unas pocas casas construidas. Pues todos los días por las calles del barrio era común ver un pelotón de reclutas del batallón, que bajo el mando de un superior trotaban mientras repetían un estribillo que les indicaba el oficial. Los soldaditos debían responder a los gritos, como le gusta a los milicos, por lo que desde que venían lejos ya se sabía que pasarían por el frente de la casa. Entonces aleccionábamos a mi hermano menor, Alejandro, que tendría dos años, para que saliera al portón y les gritara con todas sus fuerzas: “Tombos aguacates”; nosotros creíamos fervientemente que insultar de esa forma al ejército debía dar un castigo ejemplar e imaginábamos al mocoso detenido por irrespeto a la autoridad.
Desde ese día el zambo, cada que venían los soldados, salía disparado a desgañitarse con su retahíla de “tombos guacateros”. Hasta una vez que estaba con mis padres en la calle y ambos bregaban a coger al muchachito para callarle la boca, apenadísimos de que los militares pensaran que era cosa de ellos. Ni hablar del regaño que nos ganamos los autores intelectuales.
pamear@telmex.net.co
Pero me refiero es a unos polochos que actualmente son muy escasos. Ahora años, en una época determinada, aparecía en la ciudad una plaga de unos bichos voladores inofensivos, los que conocíamos con ese nombre y en las calles podían barrerse por miles. Pequeños, de color café con listas negras y unas patas ganchudas que se agarran de la piel al cogerlos con la mano. En el Colegio de Cristo, en el Parque Fundadores, los recolectábamos en el recreo para llevárselos al Hermano Andrés Hurtado, quien los utilizaba para alimentar a las tarántulas que mantenía en tarros de galletas. Pues ahora los polochitos, en muchísima menor cantidad, se meten por las ventanas de mi apartamento.
Otra plaga que seguro aparecía en mayo era la de las chicharras. Primero llegaban las tradicionales, negras y ovaladas como una breva calada, que revoloteaban de noche en el alumbrado público y en el día cubrían las calles; poco después unas más grandes de color carmelita que parecían animales prehistóricos en miniatura, porque presentaban dos cuernos con chuzos encima de la cabeza. Las chicharras tampoco hacían nada, aunque era difícil desprenderse de ellas porque las patas tenían ganchos con los que se agarraban con mucha fuerza, y había que ver el miedo que producían a las niñas, a quienes se las pegábamos de la ropa o del pelo.
Y como a nosotros nunca nos hablaron de ecología ni del respeto a los animales, era común que al ir caminando por la calle, apenas veíamos una chicharra en el camino, nos preparábamos como quien se dispone a cobrar una pena máxima, y mientras emulábamos al locutor deportivo, le zampábamos una patada al animalito que lo mandaba a la quinta porra. En las fincas no era sino salir de noche a un potrero para ver las nubes de luciérnagas que volaban por todas partes; es más, no faltaba que al disponernos a dormir, apenas apagaban la luz del cuarto, empezaba a volar un cocuyo, como también les decíamos, y por estar siguiéndole la pista nadie podía conciliar el sueño. Hasta que se levantaba alguno y la estripaba de un chancletazo.
Un programa muy apetecido por las noches, que además tenía el atractivo de estar rotundamente prohibido, era esperar a que los adultos desocuparan una botella de aguardiente para cogerla con disimulo, llevársela para un lugar apartado y proceder a sobarla con fuerza durante un buen rato, para después ponerle una llama en el pico y así sacarle el diablito. Si por inexperto le ponía la mano de frente al pico, el quemón era el verraco y la ampolla le llegaba hasta el codo; y ni hablar de la pela que le daban por desobediente. Acto seguido se iba uno para el potrero a coger cocuyos y meterlos dentro de la botella dizque para hacer una lámpara, pero las chapolas no daban un brinco porque dentro del recipiente quedaban gases remanentes de la reciente explosión.
Otros insectos que tampoco volvimos a ver son los gusanos Santamaría, intrusas alimañas de color naranja y negro que cubrían su anatomía con pequeñas púas amenazantes; y los llamados gusanos pollos, parecidos a una mota de pelo amarilloso que según el imaginario popular producían fiebre, además de seca en el miembro picado. O el famoso abejorro 24 horas, dizque porque ese era el plazo de vida que le quedaba a la víctima de su picadura.
Recuerdo de mi niñez cuando llegamos a vivir al barrio La Camelia, vecindario incipiente en el que apenas había unas pocas casas construidas. Pues todos los días por las calles del barrio era común ver un pelotón de reclutas del batallón, que bajo el mando de un superior trotaban mientras repetían un estribillo que les indicaba el oficial. Los soldaditos debían responder a los gritos, como le gusta a los milicos, por lo que desde que venían lejos ya se sabía que pasarían por el frente de la casa. Entonces aleccionábamos a mi hermano menor, Alejandro, que tendría dos años, para que saliera al portón y les gritara con todas sus fuerzas: “Tombos aguacates”; nosotros creíamos fervientemente que insultar de esa forma al ejército debía dar un castigo ejemplar e imaginábamos al mocoso detenido por irrespeto a la autoridad.
Desde ese día el zambo, cada que venían los soldados, salía disparado a desgañitarse con su retahíla de “tombos guacateros”. Hasta una vez que estaba con mis padres en la calle y ambos bregaban a coger al muchachito para callarle la boca, apenadísimos de que los militares pensaran que era cosa de ellos. Ni hablar del regaño que nos ganamos los autores intelectuales.
pamear@telmex.net.co
miércoles, junio 22, 2011
Exceso de mamá.
Hay personas que pelean con el papá, los hermanos, abuelos, sobrinos, tíos, vecinos, amigos y hasta con el gato, pero es trabajoso encontrar quien se pelee con la mamá. Claro que los hay, aunque parezca increíble. El amor y el apego que siente una persona por la madre es imposible de medir y sin duda es más fuerte que el que profese por cualquier otro ser querido, a excepción de los hijos. Por eso no existe nada más ofensivo que una mentada de madre y muchos se hacen matar por defender el honor de la progenitora, aunque hoy en día la palabreja se acostumbra hasta para saludar. Juro por mi madre, es otra expresión común.
El rol de mamá ha variado en la sociedad con el paso del tiempo, porque así como antes se mantenían a toda hora en la casa pendientes de los hijos y del funcionamiento del hogar, ahora deben trabajar y rebuscarse la vida para aportarle económicamente al ingreso familiar. Aparte de la gran cantidad de mujeres que enviudan o son abandonadas por el marido, a quienes llaman madres cabeza de hogar, también existen las madres solteras quienes deciden tener sus hijos sin amarrarse a un marido que les mortifique la vida. Todas por igual son el centro de la familia, la piedra angular de la sociedad.
Aunque queda claro que en la actualidad no es culpa de las mujeres su falta de presencia en el hogar para prestarle toda la atención a la prole, en muchos casos ellas sienten un remordimiento que tratan de resarcir con un cuidado exagerado de los muchachitos; una obsesión por controlarlos, una actitud basada en darles gusto en todo, nunca decirles no a nada, complacerlos hasta en el más mínimo detalle. La sobreprotección es dañina y cuando el retoño ya está en edad de salir con los amigos, entonces se desespera porque la madre quiere tener el control de todos sus actos y saber en dónde se encuentra durante las 24 horas del día. Por eso los críos ahora reclaman independencia y derecho a la intimidad; lo que llaman su espacio.
Los hijos tienen que vivir las etapas de la vida y superarlas, con todo lo bueno y lo malo que presenta cada una de ellas. Desde pequeños deben enfrentarse a quien los moleste, que hagan daños y maldades durante la pubertad, y en la adolescencia es normal que sean rebeldes, introvertidos y que digan que odian a los papás. Eso después se les pasa, con toda seguridad. La manía de empujarlos para que hagan deporte o se dediquen a algún pasatiempo para así alejarlos de las tentaciones, es una idea absurda; si no caen en malos pasos es por las enseñanzas que reciben de pequeños en el hogar, por el buen ejemplo que copian de sus mayores. Déjenlos disfrutar la vida, experimentarla, gozarla y sufrirla, porque la vida es una sola.
A los niños y adolescentes actuales todo les puede, porque como nunca les enseñaron a defenderse y les paran tantas bolas, en el colegio y en la casa, por cualquier pendejada forman una tragedia. Un ejemplo es lo que ahora llaman bullying, en inglés para que suene más interesante, que no es otra cosa que el matoneo o la montadera que se ha practicado desde siempre en todos los rincones del planeta. Quién no sufrió en su vida ese momento desesperado cuando por cualquier causa, en el colegio o los amigos de la cuadra lo cogían de mingo, a molestarlo, a burlarse o a estigmatizarlo. De esa situación se libraba uno cuando se agarraba a las trompadas con alguno de los torturadores, y sin importar que le dieran duro, el sólo hecho de enfrentársele era suficiente para que lo respetaran.
Ahora años los pocos que tenían la oportunidad de irse a otra ciudad a seguir una carrera universitaria, el único contacto que mantenían con la casa paterna era un giro de dinero que les hacían a principios del mes y de pronto una llamada telefónica cada quince días. De resto el muchacho tenía que defenderse sólo y manejar su presupuesto de manera que le alcanzara hasta recibir la próxima remesa. En cambio hay que verlos ahora llamar cada diez minutos para que desde aquí les solucionen los problemas: que se me perdieron las llaves del apartamento; que se dañó la computadora y ahí tengo el trabajo; que me robaron el celular; que cortaron la luz porque olvidé pagarla; que tengo dolor de cabeza y demás inconvenientes que a control remoto es imposible solucionar. Lo único que hacen es mortificar a unos papás que quedan preocupados y aburridos.
Me da golpe que cuidan a las mocosas con un celo enfermizo, pero el novio les hace la visita en la cama y cobijados, mientras ven televisión. Una amiga aseguró que su niña era admirable porque siempre que entraba a su cuarto, encontraba a la parejita arrunchada y concentrada en la pantalla. Claro, le respondí, más conchudos si se abejorrean delante de usted; pero eso sí le advierto, si ese par de zambos no se meten mano debajo de las cobijas, hágalos ver de un endocrinólogo porque tienen atrofiadas las glándulas que producen las hormonas. A veces me pregunto si es que los papás no recuerdan lo ganoso que es uno a esa edad.
pamear@telmex.net.co
El rol de mamá ha variado en la sociedad con el paso del tiempo, porque así como antes se mantenían a toda hora en la casa pendientes de los hijos y del funcionamiento del hogar, ahora deben trabajar y rebuscarse la vida para aportarle económicamente al ingreso familiar. Aparte de la gran cantidad de mujeres que enviudan o son abandonadas por el marido, a quienes llaman madres cabeza de hogar, también existen las madres solteras quienes deciden tener sus hijos sin amarrarse a un marido que les mortifique la vida. Todas por igual son el centro de la familia, la piedra angular de la sociedad.
Aunque queda claro que en la actualidad no es culpa de las mujeres su falta de presencia en el hogar para prestarle toda la atención a la prole, en muchos casos ellas sienten un remordimiento que tratan de resarcir con un cuidado exagerado de los muchachitos; una obsesión por controlarlos, una actitud basada en darles gusto en todo, nunca decirles no a nada, complacerlos hasta en el más mínimo detalle. La sobreprotección es dañina y cuando el retoño ya está en edad de salir con los amigos, entonces se desespera porque la madre quiere tener el control de todos sus actos y saber en dónde se encuentra durante las 24 horas del día. Por eso los críos ahora reclaman independencia y derecho a la intimidad; lo que llaman su espacio.
Los hijos tienen que vivir las etapas de la vida y superarlas, con todo lo bueno y lo malo que presenta cada una de ellas. Desde pequeños deben enfrentarse a quien los moleste, que hagan daños y maldades durante la pubertad, y en la adolescencia es normal que sean rebeldes, introvertidos y que digan que odian a los papás. Eso después se les pasa, con toda seguridad. La manía de empujarlos para que hagan deporte o se dediquen a algún pasatiempo para así alejarlos de las tentaciones, es una idea absurda; si no caen en malos pasos es por las enseñanzas que reciben de pequeños en el hogar, por el buen ejemplo que copian de sus mayores. Déjenlos disfrutar la vida, experimentarla, gozarla y sufrirla, porque la vida es una sola.
A los niños y adolescentes actuales todo les puede, porque como nunca les enseñaron a defenderse y les paran tantas bolas, en el colegio y en la casa, por cualquier pendejada forman una tragedia. Un ejemplo es lo que ahora llaman bullying, en inglés para que suene más interesante, que no es otra cosa que el matoneo o la montadera que se ha practicado desde siempre en todos los rincones del planeta. Quién no sufrió en su vida ese momento desesperado cuando por cualquier causa, en el colegio o los amigos de la cuadra lo cogían de mingo, a molestarlo, a burlarse o a estigmatizarlo. De esa situación se libraba uno cuando se agarraba a las trompadas con alguno de los torturadores, y sin importar que le dieran duro, el sólo hecho de enfrentársele era suficiente para que lo respetaran.
Ahora años los pocos que tenían la oportunidad de irse a otra ciudad a seguir una carrera universitaria, el único contacto que mantenían con la casa paterna era un giro de dinero que les hacían a principios del mes y de pronto una llamada telefónica cada quince días. De resto el muchacho tenía que defenderse sólo y manejar su presupuesto de manera que le alcanzara hasta recibir la próxima remesa. En cambio hay que verlos ahora llamar cada diez minutos para que desde aquí les solucionen los problemas: que se me perdieron las llaves del apartamento; que se dañó la computadora y ahí tengo el trabajo; que me robaron el celular; que cortaron la luz porque olvidé pagarla; que tengo dolor de cabeza y demás inconvenientes que a control remoto es imposible solucionar. Lo único que hacen es mortificar a unos papás que quedan preocupados y aburridos.
Me da golpe que cuidan a las mocosas con un celo enfermizo, pero el novio les hace la visita en la cama y cobijados, mientras ven televisión. Una amiga aseguró que su niña era admirable porque siempre que entraba a su cuarto, encontraba a la parejita arrunchada y concentrada en la pantalla. Claro, le respondí, más conchudos si se abejorrean delante de usted; pero eso sí le advierto, si ese par de zambos no se meten mano debajo de las cobijas, hágalos ver de un endocrinólogo porque tienen atrofiadas las glándulas que producen las hormonas. A veces me pregunto si es que los papás no recuerdan lo ganoso que es uno a esa edad.
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jueves, junio 16, 2011
¡Largalapolla!
Con razón el genial columnista Oscar Domínguez llama Bobo Sapiens a quienes militamos en esta rama de la zoología; porque los seres humanos somos bien particulares. Mientras que quienes residen en el campo y las veredas sueñan con trasladarse a la cabecera municipal, de ahí a la ciudad más cercana, luego a Bogotá y si hay forma viajar al exterior a lavar platos e inodoros, los que trabajan en las grandes metrópolis deben desplazarse durante horas en tren porque residen en los suburbios; hacen ese sacrificio diario con tal de poder respirar aire puro y disfrutar de la tranquilidad que ofrece el campo.
La gente celebra que la ciudad crezca y se desarrolle, y se dan discusiones entre oriundos de diferentes capitales sobre cuál tiene más habitantes, cuántas industrias importantes registran, dónde se ofrecen mejores oportunidades, etc., sin detenerse a pensar que las urbes llegan a un punto que se vuelven invivibles. Para la muestra Bogotá, donde ya piensan qué van a hacer en pocos años cuando la cantidad de vehículos en las calles hagan imposible la movilización; aparte de eso el ruido, la polución, la inseguridad, el despelote, la irascibilidad de sus habitantes y las filas para todo.
En los pueblos la gente se conoce y se tiene confianza. Todo es fácil, cerquita, barato y relajado. Otra particularidad son los personajes típicos, que se pierden a medida que el municipio crece. Del Manizales de mi juventud recuerdo a Nazario, llamado también El loco bendiciones; a Margarito, un viejo maricón que se tongoneaba por las aceras; La Loca María, una fufurufa descontinuada que enseñaba sus encantos; Quijano, con los hombros llenos de caspa y un cartapacio de dibujos bajo el brazo; y Don Quijote, un viejo esmirriado que en ferias se disfrazaba de caballero andante y recorría las calles en un jamelgo al que decoraba con la publicidad de los patrocinadores.
También había un personaje cascarrabias al que le gritábamos “Largá la polla y tomá los cinco”, y tocaba salir a la carrera porque el ofendido empezaba a decir groserías y a tirar piedras. Y muchos otros que no alcanzo a relacionar, hasta el famoso Pa´l guaro que hasta hace poco pedía limosna en el semáforo de Cristo Rey para comprarse un aguardiente. Ahora sólo quedan un viejito de luenga barba que recorre la 23 ataviado con uniforme militar y la pareja de ciegos que tocan un tambor y unas maracas, y a quienes irónicamente bautizaron Los nada que ver.
Otrora existían en Manizales unos personajes que se dedicaban a cargar bultos, muebles, electrodomésticos y todo lo que fuera necesario, lo que evitaba tener que conseguir un vehículo para hacer cualquier trasteo. Esos tipos se echaban al hombro lo que fuera y más que forzudos, eran baquianos. Con la ayuda de una reata de cabuya trenzada y una cincha que se acomodaban en la frente, alzaban una nevera, un escaparate o una vitrina; o se juntaban varios y cargaban un piano. Los llamaban terciadores y se mantenían en los alrededores de la Catedral Basílica, a la espera de clientes que requirieran sus servicios; recuerdo el nombre de uno de ellos porque en la familia de mi mamá, cada que había que mover un mueble o hacer una fuerza, decían a modo de charla que llamaran a Jesús Vallejo.
Cuentan que un señor llamado Alpiniano Londoño vivía diagonal a la iglesia de La Inmaculada, donde ahora existe un centro comercial, y todas las mañanas, muy temprano, se acomodaba en una mesa del café El Rhin, que quedaba ahí en la esquina. El programa era tomarse el primer aguardiente con el padre Chocolito, por entonces párroco de La Inmaculada, y quien a esas alturas ya había dicho misa de cinco para las beatas y los madrugadores. Al curita le servían el guaro en pocillo de tinto, ceremonia que repetía varias veces durante el día. Y desde esa hora empezaba también don Alpiniano a tupirle a la copa, a la que por cierto era muy aficionado.
Ya por la tarde el personaje prefería rematar la faena en el café El Polo y uno de sus contertulios preferidos era el famoso Cáscara, otro protagonista de la bohemia de entonces. El problema que se presentaba todas las noches era que a Alpiniano se le iba la mano con el traguito y terminaba doblado como una billetera, aunque consciente de su problema, tuvo la precaución desde un principio de contratar un terciador para que lo llevara a la casa. Apenas el hombre fruncía mandaban por Vallejo, quien aparecía al momento con el canasto que dichos coteros cargaban en la espalda; luego lo sentaba en el fondo del canasto, le dejaba las piernas por fuera para que cupiera y arrancaba con él a cuestas por toda la carrera 22 con destino a su residencia.
Hasta que una noche Jesús Vallejo le dijo a Cáscara que él no le jalaba más a esa contrata, porque las hermanas del borracho no hacían sino echarle cantaleta, como si la culpa fuera de él, y que además le advirtieron que la próxima vez que les llevara ese joto no le iban a pagar el servicio. En ese momento Alpiniano desde el canasto abrió un ojo, aunque todos lo suponían profundo, y con voz pastosa terció:
-Tranquilo Vallejo, si no le pagan no me entrega.
pamear@telmex.net.co
La gente celebra que la ciudad crezca y se desarrolle, y se dan discusiones entre oriundos de diferentes capitales sobre cuál tiene más habitantes, cuántas industrias importantes registran, dónde se ofrecen mejores oportunidades, etc., sin detenerse a pensar que las urbes llegan a un punto que se vuelven invivibles. Para la muestra Bogotá, donde ya piensan qué van a hacer en pocos años cuando la cantidad de vehículos en las calles hagan imposible la movilización; aparte de eso el ruido, la polución, la inseguridad, el despelote, la irascibilidad de sus habitantes y las filas para todo.
En los pueblos la gente se conoce y se tiene confianza. Todo es fácil, cerquita, barato y relajado. Otra particularidad son los personajes típicos, que se pierden a medida que el municipio crece. Del Manizales de mi juventud recuerdo a Nazario, llamado también El loco bendiciones; a Margarito, un viejo maricón que se tongoneaba por las aceras; La Loca María, una fufurufa descontinuada que enseñaba sus encantos; Quijano, con los hombros llenos de caspa y un cartapacio de dibujos bajo el brazo; y Don Quijote, un viejo esmirriado que en ferias se disfrazaba de caballero andante y recorría las calles en un jamelgo al que decoraba con la publicidad de los patrocinadores.
También había un personaje cascarrabias al que le gritábamos “Largá la polla y tomá los cinco”, y tocaba salir a la carrera porque el ofendido empezaba a decir groserías y a tirar piedras. Y muchos otros que no alcanzo a relacionar, hasta el famoso Pa´l guaro que hasta hace poco pedía limosna en el semáforo de Cristo Rey para comprarse un aguardiente. Ahora sólo quedan un viejito de luenga barba que recorre la 23 ataviado con uniforme militar y la pareja de ciegos que tocan un tambor y unas maracas, y a quienes irónicamente bautizaron Los nada que ver.
Otrora existían en Manizales unos personajes que se dedicaban a cargar bultos, muebles, electrodomésticos y todo lo que fuera necesario, lo que evitaba tener que conseguir un vehículo para hacer cualquier trasteo. Esos tipos se echaban al hombro lo que fuera y más que forzudos, eran baquianos. Con la ayuda de una reata de cabuya trenzada y una cincha que se acomodaban en la frente, alzaban una nevera, un escaparate o una vitrina; o se juntaban varios y cargaban un piano. Los llamaban terciadores y se mantenían en los alrededores de la Catedral Basílica, a la espera de clientes que requirieran sus servicios; recuerdo el nombre de uno de ellos porque en la familia de mi mamá, cada que había que mover un mueble o hacer una fuerza, decían a modo de charla que llamaran a Jesús Vallejo.
Cuentan que un señor llamado Alpiniano Londoño vivía diagonal a la iglesia de La Inmaculada, donde ahora existe un centro comercial, y todas las mañanas, muy temprano, se acomodaba en una mesa del café El Rhin, que quedaba ahí en la esquina. El programa era tomarse el primer aguardiente con el padre Chocolito, por entonces párroco de La Inmaculada, y quien a esas alturas ya había dicho misa de cinco para las beatas y los madrugadores. Al curita le servían el guaro en pocillo de tinto, ceremonia que repetía varias veces durante el día. Y desde esa hora empezaba también don Alpiniano a tupirle a la copa, a la que por cierto era muy aficionado.
Ya por la tarde el personaje prefería rematar la faena en el café El Polo y uno de sus contertulios preferidos era el famoso Cáscara, otro protagonista de la bohemia de entonces. El problema que se presentaba todas las noches era que a Alpiniano se le iba la mano con el traguito y terminaba doblado como una billetera, aunque consciente de su problema, tuvo la precaución desde un principio de contratar un terciador para que lo llevara a la casa. Apenas el hombre fruncía mandaban por Vallejo, quien aparecía al momento con el canasto que dichos coteros cargaban en la espalda; luego lo sentaba en el fondo del canasto, le dejaba las piernas por fuera para que cupiera y arrancaba con él a cuestas por toda la carrera 22 con destino a su residencia.
Hasta que una noche Jesús Vallejo le dijo a Cáscara que él no le jalaba más a esa contrata, porque las hermanas del borracho no hacían sino echarle cantaleta, como si la culpa fuera de él, y que además le advirtieron que la próxima vez que les llevara ese joto no le iban a pagar el servicio. En ese momento Alpiniano desde el canasto abrió un ojo, aunque todos lo suponían profundo, y con voz pastosa terció:
-Tranquilo Vallejo, si no le pagan no me entrega.
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miércoles, junio 08, 2011
La preguntadera.
Nada más entretenido que conversar con uno mismo; sobre todo porque siempre se está de acuerdo en todo. Por ejemplo al meterse por la mañana al baño, acompañado de un transistor que lo entretenga con las noticias frescas, y a cada momento se le va la lengua para meter la cucharada en el programa de turno. Llama la gente a la emisora para opinar sobre un tema propuesto y uno se pregunta por qué a nadie se le ocurre plantear la idea que tenemos en la punta de la lengua. O la rabia que produce oír a un vergajo que a todas luces es culpable del hecho que le imputan y que con todo el descaro se declara inocente, mientras le echa la culpa a un tercero. Entonces no queda sino renegar y hablar sólo, mientras insulta al cínico desgraciado y se pregunta en voz alta para dónde carajo va este país.
En esos ratos de intimidad es cuando surgen tantas preguntas, cuyas respuestas podrían despejar esas dudas que mortifican e incomodan. Algunas inquietudes que me acosan tienen que ver con el mundial de fútbol sub 20, que se realizará en nuestro país en agosto próximo, para el cual fueron remozados varios estadios de diferentes ciudades, entre ellos el Palogrande de Manizales. Produce desazón enterarse por ejemplo que en Armenia los energúmenos hinchas ya arrancaron de su base varias sillas, sin siquiera haber inaugurado el certamen. Y fue precisamente con esa silletería que se presentó en nuestra ciudad un caso que produce malestar e inconformismo, cuando denuncia la prensa que dichos elementos resultaron más costosos que los instalados en otros estadios.
Pues ahora viene una persona que está muy bien enterada del asunto y me explica que las sillas son diferentes y que por ello requirieron de otro molde, que en esos casos es lo más costoso, además de otras especificaciones que justifican el sobrecosto. Entonces me pregunto por qué no dan esa misma explicación en los medios de comunicación, de manera que a todo el mundo le quede claro el asunto y cesen así las especulaciones y los señalamientos. Es así de sencillo.
Se prepara el país para celebrar la competencia mundialista y las autoridades, los gremios del comercio, restaurantes y hotelería, las agencias de turismo y todos quienes tienen interés en el evento, hablan de los preparativos que se adelantan para recibir a los miles de visitantes. Y entonces me pregunto si serán muchos los turistas que se vienen por ejemplo desde Australia para Manizales a ver un partido de fútbol, de jugadores menores de 20 años, entre la selección de su país y la de Costa Rica; o que vengan barras de hinchas españoles a ver su equipo enfrentarse contra Ecuador. Yo francamente no me los imagino, y ojalá me equivoque.
Además expuse, en una tertulia con amigos, que la inversión millonaria que se hizo en los estadios podría haberse utilizado en cosas mucho más urgentes, a lo que uno de ellos preguntó si alguien sabía de una escuela, hospital, carretera o acueducto que hubieran construido con la plata que nos ahorramos al renunciar a la idea que nació, por allá en la década de los años 80, de organizar un mundial de fútbol de mayores en Colombia. Ante semejante argumento sólo me quedó darle la razón.
Otro asunto que me inquieta es por qué el Once Caldas no logró conseguir un patrocinador de campanillas que generara ingresos importantes a la institución. Un equipo que se mantuvo en la punta del campeonato durante casi toda la temporada, que en la última década ganó varios títulos, incluida la Copa Libertadores, que este año fue el que más lejos llegó en ese torneo suramericano, y que en general mantiene una regularidad en su desempeño, debería tener fila de aspirantes para anunciar en su camiseta. Eso tiene que ser falta de gestión, porque al detallar por ejemplo el uniforme del Huila, noté que parece un carro de Fórmula uno: tiene avisos hasta en los calzoncillos; a lo mejor son anunciadores pequeños, pero sumados representan una suma interesante. Y cuando el Once por fin consiguió algunos patrocinios, alcanzó a lucirlos en muy pocos partidos.
Cambio de tema para exponer otra inquietud que me revolotea en el magín. Soy amigo de seguir las transmisiones por televisión de los grandes torneos del tenis mundial, y aunque algunos partidos son largos y tediosos, en la mayoría pueden verse momentos de mucha emoción y unas jugadas espectaculares. Algunos de los jugadores, como sucede en otras disciplinas deportivas, tienen tics que los distinguen de los demás y que por algún agüero no pueden abandonar. Fulano insiste en acomodarse las mangas de la camiseta, otro se limpia el sudor con las manillas, alguno golpea las zapatillas con la raqueta o el que parpadea con mucha regularidad; en el fútbol es común que mienten la madre al fallar una jugada, o que se den la bendición y toquen el césped con la mano al ingresar a la cancha.
Rafael Nadal es un campeón excepcional, pero tiene un tic muy ingrato. Él debe contratar un siquiatra, un sofrólogo o cualquier terapeuta que pueda ayudarle, porque es increíble que el tipo no pueda lanzar una bola sin primero sacarse el calzoncillo del fundillo y después olerse los dedos. ¡Qué vaina tan desagradable!
pamear@telmex.net.co
En esos ratos de intimidad es cuando surgen tantas preguntas, cuyas respuestas podrían despejar esas dudas que mortifican e incomodan. Algunas inquietudes que me acosan tienen que ver con el mundial de fútbol sub 20, que se realizará en nuestro país en agosto próximo, para el cual fueron remozados varios estadios de diferentes ciudades, entre ellos el Palogrande de Manizales. Produce desazón enterarse por ejemplo que en Armenia los energúmenos hinchas ya arrancaron de su base varias sillas, sin siquiera haber inaugurado el certamen. Y fue precisamente con esa silletería que se presentó en nuestra ciudad un caso que produce malestar e inconformismo, cuando denuncia la prensa que dichos elementos resultaron más costosos que los instalados en otros estadios.
Pues ahora viene una persona que está muy bien enterada del asunto y me explica que las sillas son diferentes y que por ello requirieron de otro molde, que en esos casos es lo más costoso, además de otras especificaciones que justifican el sobrecosto. Entonces me pregunto por qué no dan esa misma explicación en los medios de comunicación, de manera que a todo el mundo le quede claro el asunto y cesen así las especulaciones y los señalamientos. Es así de sencillo.
Se prepara el país para celebrar la competencia mundialista y las autoridades, los gremios del comercio, restaurantes y hotelería, las agencias de turismo y todos quienes tienen interés en el evento, hablan de los preparativos que se adelantan para recibir a los miles de visitantes. Y entonces me pregunto si serán muchos los turistas que se vienen por ejemplo desde Australia para Manizales a ver un partido de fútbol, de jugadores menores de 20 años, entre la selección de su país y la de Costa Rica; o que vengan barras de hinchas españoles a ver su equipo enfrentarse contra Ecuador. Yo francamente no me los imagino, y ojalá me equivoque.
Además expuse, en una tertulia con amigos, que la inversión millonaria que se hizo en los estadios podría haberse utilizado en cosas mucho más urgentes, a lo que uno de ellos preguntó si alguien sabía de una escuela, hospital, carretera o acueducto que hubieran construido con la plata que nos ahorramos al renunciar a la idea que nació, por allá en la década de los años 80, de organizar un mundial de fútbol de mayores en Colombia. Ante semejante argumento sólo me quedó darle la razón.
Otro asunto que me inquieta es por qué el Once Caldas no logró conseguir un patrocinador de campanillas que generara ingresos importantes a la institución. Un equipo que se mantuvo en la punta del campeonato durante casi toda la temporada, que en la última década ganó varios títulos, incluida la Copa Libertadores, que este año fue el que más lejos llegó en ese torneo suramericano, y que en general mantiene una regularidad en su desempeño, debería tener fila de aspirantes para anunciar en su camiseta. Eso tiene que ser falta de gestión, porque al detallar por ejemplo el uniforme del Huila, noté que parece un carro de Fórmula uno: tiene avisos hasta en los calzoncillos; a lo mejor son anunciadores pequeños, pero sumados representan una suma interesante. Y cuando el Once por fin consiguió algunos patrocinios, alcanzó a lucirlos en muy pocos partidos.
Cambio de tema para exponer otra inquietud que me revolotea en el magín. Soy amigo de seguir las transmisiones por televisión de los grandes torneos del tenis mundial, y aunque algunos partidos son largos y tediosos, en la mayoría pueden verse momentos de mucha emoción y unas jugadas espectaculares. Algunos de los jugadores, como sucede en otras disciplinas deportivas, tienen tics que los distinguen de los demás y que por algún agüero no pueden abandonar. Fulano insiste en acomodarse las mangas de la camiseta, otro se limpia el sudor con las manillas, alguno golpea las zapatillas con la raqueta o el que parpadea con mucha regularidad; en el fútbol es común que mienten la madre al fallar una jugada, o que se den la bendición y toquen el césped con la mano al ingresar a la cancha.
Rafael Nadal es un campeón excepcional, pero tiene un tic muy ingrato. Él debe contratar un siquiatra, un sofrólogo o cualquier terapeuta que pueda ayudarle, porque es increíble que el tipo no pueda lanzar una bola sin primero sacarse el calzoncillo del fundillo y después olerse los dedos. ¡Qué vaina tan desagradable!
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jueves, junio 02, 2011
Idiosincrasia campesina.
En muy triste que la situación de violencia que vive nuestro país desde hace tanto tiempo se haya encargado de espantar a las gentes del campo, quienes buscan refugio en las grandes ciudades donde viven en condiciones de miseria, sin dignidad y sujetos a desempeñar los trabajos más degradantes. Desarraigados de su terruño tratan de sobrevivir en medio de la maraña social, donde se degeneran y son presa fácil de los vicios y el bajo mundo. Debido a su escasa formación académica y absoluta falta de experiencia laboral para desempeñarse en la ciudad, deben recurrir muchas veces al robo, la prostitución, la venta de drogas y demás formas ilícitas de conseguir el sustento.
El campesino es mejor persona entre más apartado de la civilización resida. Son humildes, ingenuos, apegados a sus costumbres y con un gran sentido del honor; confían en sus instintos y heredan los conocimientos de sus mayores. El pueblerino se apoca frente al citadino y admira con reverencia a quien ha estudiado, al que desempeña un cargo importante o al que tiene mucho dinero. Supieran ellos que su honestidad, filosofía de la vida, principios y responsabilidad en muchos casos son muy superiores a quienes dirigen las riendas del país.
Tiene el montañero un lenguaje y una forma de comportarse muy particulares. Al llegar a un pueblo cualquiera para averiguar por una dirección, procede uno a preguntarle a un fulano que va por la calle. El tipo muy amable se arrima a la ventanilla y después de hacerse repetir la pregunta, empieza a mirar hacia ambas esquinas mientras se rasca la cabeza detrás de la oreja (señal inequívoca de que no tiene ni idea). Por fin aparece uno que dice saber y empieza con su explicación: “Póngale cuidao dotor, usté sigue derechito hasta que topa con un ronboy, ahí coge pa´ la derecha y a media cuadra encuentra una rampla. Deje el carro ahí y déntrese, pero cuenta se estiende porque eso debe estar mojao y es un lisadero el verriondo; he visto a muchos levantar las quimbas y hasta aporriase feo. Puede que no haiga nadies por la hora, pero pregunte en la tienda del frente que ahí le dicen el número del cedular”.
Las gentes del campo son generosas y abiertas, y al toparnos con un montañero conocido en cualquier pueblo, lo primero que hace el fulano es invitarlo a tomar algo en una cafetería. Al instalarse en la mesa la pregunta obligada es: ¿Qué le provoca? Se le acepta un tintico y el tipo insiste en que pida pintao y que lo cuñe con un boñuelo o una empanada. En la casita más humilde de una vereda alejada lo reciben con una taza generosa de chaqueta (café endulzado con panela) y si prefiere le dan bogadera o fugo; a hora de almuerzo le ofrecen caldo de sancocho y un seco con carne arreglada, arroz, huevo y tajadas. Y si le cabe, un banano.
A las personas humildes debe aceptárseles todo porque ellos reciben cualquier cosa regalada. Ofrézcale un trago de ron a un celador a las seis de la mañana y se lo manda sin pensarlo; igual un cigarrillo que prende así no acostumbre fumar; se traga los confites que le den y por principio no rechaza comida. Cierta Nochebuena mi madre llamó al Topo, el celador de la cuadra en el barrio La Camelia, para servirle la cena navideña. En vista de que el hombre comía con cierto desgano ella quiso saber si no le había gustado, pero él se justificó al decir que estaba muy sabroso, pero que era la quinta cena que se mandaba en seguidilla.
Algo repudiable es que se aprovechen de la candidez del campesino. Cierta vez acompañé a un amigo a darle vuelta a la finca y mientras él revisaba unos asuntos en compañía del agregado, me quedé conversando con la señora que siempre nos brinda plátanos maduros asados, tinto y juguito. Y oigan lo que me contó: “Cómo le parece que a aquel le cayó un mal lo más de raro y anda traspillao y sin un aliento; en el seguro le mandaron un mundo de esámenes y de remedios pero eso no le valió, entoes le soplaron de un dotor muy bueno que hay en Pereira. Ya fuimos y la consulta nos pareció baratísima, cinco mil pesitos no más, aunque los remedios sí son caritos; aguarde le traigo la lista que le mandó”.
Entonces trajo una fórmula muy sospechosa y al ver que se trataba de medicamentos naturistas quise ver los empaques, los cuales eran piratas a ojos vista. Se trataba de ungüentos y pócimas preparados de cualquier forma, carísimos por demás, por lo que indagué más acerca del famoso galeno y ante mi inquietud ella agregó: “Ese dotor quisque es especialista en gafología y tiene fama… -Ahí la interrumpí y pregunté si se refería a un oftalmólogo-. No qué va, figúrese que él tipo no le hace a usté ningún esamen, no lo revisa ni le pregunta nada. El enfermo firma en un papel y listo, él con eso le descubre el mal y dentra a recetale”.
No hay derecho. Todavía si me dice que estudia la mugre del ombligo, las lagañas o la caracha de una peladura, pero un médico grafólogo sí es el colmo del engaño.
pamear@telmex.net.co
El campesino es mejor persona entre más apartado de la civilización resida. Son humildes, ingenuos, apegados a sus costumbres y con un gran sentido del honor; confían en sus instintos y heredan los conocimientos de sus mayores. El pueblerino se apoca frente al citadino y admira con reverencia a quien ha estudiado, al que desempeña un cargo importante o al que tiene mucho dinero. Supieran ellos que su honestidad, filosofía de la vida, principios y responsabilidad en muchos casos son muy superiores a quienes dirigen las riendas del país.
Tiene el montañero un lenguaje y una forma de comportarse muy particulares. Al llegar a un pueblo cualquiera para averiguar por una dirección, procede uno a preguntarle a un fulano que va por la calle. El tipo muy amable se arrima a la ventanilla y después de hacerse repetir la pregunta, empieza a mirar hacia ambas esquinas mientras se rasca la cabeza detrás de la oreja (señal inequívoca de que no tiene ni idea). Por fin aparece uno que dice saber y empieza con su explicación: “Póngale cuidao dotor, usté sigue derechito hasta que topa con un ronboy, ahí coge pa´ la derecha y a media cuadra encuentra una rampla. Deje el carro ahí y déntrese, pero cuenta se estiende porque eso debe estar mojao y es un lisadero el verriondo; he visto a muchos levantar las quimbas y hasta aporriase feo. Puede que no haiga nadies por la hora, pero pregunte en la tienda del frente que ahí le dicen el número del cedular”.
Las gentes del campo son generosas y abiertas, y al toparnos con un montañero conocido en cualquier pueblo, lo primero que hace el fulano es invitarlo a tomar algo en una cafetería. Al instalarse en la mesa la pregunta obligada es: ¿Qué le provoca? Se le acepta un tintico y el tipo insiste en que pida pintao y que lo cuñe con un boñuelo o una empanada. En la casita más humilde de una vereda alejada lo reciben con una taza generosa de chaqueta (café endulzado con panela) y si prefiere le dan bogadera o fugo; a hora de almuerzo le ofrecen caldo de sancocho y un seco con carne arreglada, arroz, huevo y tajadas. Y si le cabe, un banano.
A las personas humildes debe aceptárseles todo porque ellos reciben cualquier cosa regalada. Ofrézcale un trago de ron a un celador a las seis de la mañana y se lo manda sin pensarlo; igual un cigarrillo que prende así no acostumbre fumar; se traga los confites que le den y por principio no rechaza comida. Cierta Nochebuena mi madre llamó al Topo, el celador de la cuadra en el barrio La Camelia, para servirle la cena navideña. En vista de que el hombre comía con cierto desgano ella quiso saber si no le había gustado, pero él se justificó al decir que estaba muy sabroso, pero que era la quinta cena que se mandaba en seguidilla.
Algo repudiable es que se aprovechen de la candidez del campesino. Cierta vez acompañé a un amigo a darle vuelta a la finca y mientras él revisaba unos asuntos en compañía del agregado, me quedé conversando con la señora que siempre nos brinda plátanos maduros asados, tinto y juguito. Y oigan lo que me contó: “Cómo le parece que a aquel le cayó un mal lo más de raro y anda traspillao y sin un aliento; en el seguro le mandaron un mundo de esámenes y de remedios pero eso no le valió, entoes le soplaron de un dotor muy bueno que hay en Pereira. Ya fuimos y la consulta nos pareció baratísima, cinco mil pesitos no más, aunque los remedios sí son caritos; aguarde le traigo la lista que le mandó”.
Entonces trajo una fórmula muy sospechosa y al ver que se trataba de medicamentos naturistas quise ver los empaques, los cuales eran piratas a ojos vista. Se trataba de ungüentos y pócimas preparados de cualquier forma, carísimos por demás, por lo que indagué más acerca del famoso galeno y ante mi inquietud ella agregó: “Ese dotor quisque es especialista en gafología y tiene fama… -Ahí la interrumpí y pregunté si se refería a un oftalmólogo-. No qué va, figúrese que él tipo no le hace a usté ningún esamen, no lo revisa ni le pregunta nada. El enfermo firma en un papel y listo, él con eso le descubre el mal y dentra a recetale”.
No hay derecho. Todavía si me dice que estudia la mugre del ombligo, las lagañas o la caracha de una peladura, pero un médico grafólogo sí es el colmo del engaño.
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