Cuando aparece una noticia de esas que llaman la atención y que por ello crea curiosidad en la gente, empieza a pasar de boca en boca hasta llegar a tergiversarse por completo. Son pocos los que tienen la oportunidad de enterarse directamente del hecho, y menos aún quienes se detienen a analizarlo con detenimiento para asimilar de forma correcta su contenido. Simplemente un fulano oye en el noticiero la información así por encimita, y al encontrarse con algún amigo le comenta el asunto sin entrar en detalle. Entonces el otro, mucho menos empapado del tema, sigue con la cadena de desinformación hasta que el cuento no se parece en nada al original.
Pues resulta que en estos días, cuando ya cabeceaba a la hora de la siesta, alcance a oír en las noticias que El Vaticano acaba de publicar una nueva lista de pecados, entre los que están la contaminación ambiental, la drogadicción, la pedofilia, el aborto, el enriquecimiento excesivo y la manipulación genética. Como ya estaba en ese punto en que uno no está despierto, pero tampoco dormido porque aún no se le ha chorreado la baba, capté la información en forma parcial y equivocada, y por lo tanto al levantarme debí buscar en las noticias virtuales para confirmar el asunto antes de que me pasara lo mismo que aquí denuncio: que me pusiera a armar cuentos sin ningún fundamento.
Lo que sucedió fue que en medio de la inconciencia que se experimenta en esa duermevela que acostumbramos después del almuerzo, la mente divaga sin control y con una libertad absoluta ante nuestra falta de voluntad. Entonces me puse a renegar mentalmente contra las autoridades de la Iglesia Católica, porque por error entendí que el nuevo pecado castigaba la “manipulación de genitales”, cosa muy diferente a la manipulación genética. Porque una cosa es experimentar con seres humanos y animales para hacer clonaciones y demás rarezas, y otra muy distinta lo que yo deduje.
Porque de ser así, habría gente que ya no tendría redención en este mundo. Mire por ejemplo los billaristas. Eso sí puede llamarse manipulación de genitales. El jugador hace su seguidilla de tacadas y cuando debe ceder el turno al contrincante, acostumbra recostar un hombro contra la pared, dobla una pierna de la rodilla hacia abajo, con una mano se apoya en el taco y con la otro procede a rascarse la horqueta, se acomoda el mercado y a cada momento trata de sacarse el calzoncillo que se les metió entre el fundillo; esta acción también puede servir de distracción para rascarse una molesta hemorroides. Llámelo vicio, manía, obsesión o lo que quiera, pero jugador de billar que se respete tiene su propio “tumbao” para ejercer esa maniobra.
Y qué sería del béisbol si el pitcher y el catcher no pueden mandarse la mano al cacao a cada momento. En esa inocente acción está la esencia del juego, porque según la forma como el lanzador se agarre o manipule el paquete que presenta forrado en la ingle, es como el compañero que recibe puede saber cuál es la estrategia a seguir. El pitcher mira a los ojos al bateador de turno, luego de reojo recorre el terreno a su alrededor, después escupe un buche de tabaco que masca desde hace rato, y por último dirige la mirada al catcher, y con un toque de la gorra y una agarrada de las pelotas, le indica cómo va el tiro. Entonces el otro responde si pilló la táctica por medio de unos dedos que le muestra escondidos en la zona de la bragueta. De manera que de ser así la cosa, esta gente necesitaría en vez de entrenador, un cura para que los confiese cada diez minutos.
Cuando los niños están de dos o tres años cogen la manía de meterse la mano entre los calzones para cogerse el pajarito, y hay que ver a las mamás a toda hora regañándolos para que dejen ese vicio tan feo. Y no falta la que va donde la sicóloga infantil a consultar el problema, dizque porque una vecina le dijo que eso se debe a un complejo de inseguridad y que por lo tanto el mocoso se la pasa agarrado del bejuco. ¡Pamplinas! El asunto es innato de los varones y lo suspenden durante un tiempito para que no los jodan tanto, pero ya en la pubertad se lo agarran en el baño o durante la noche cuando nadie los vea. Y espere que crezca para que pase el domingo echado en la cama, en calzoncillos, enguayabado y pegado de un partido de fútbol por televisión, para que note que no deja de sobarse la bujía ni un minuto. La echa para un lado y para el otro como el gato que juega con un ratón.
Hasta aquí me refiero solo a la manipulación unilateral, porque de ser bilateral entonces se salvarían muy pocos. Qué tal por ejemplo lo que era una tarde de matiné en nuestra época, cuando las parejas de novios aprovechaban una de las pocas oportunidades que tenían de “meterse mano” sin restricciones ni vigilancia. En la actualidad ya nadie ejerce en el cine porque los muchachos viven empalagados de sexo, y los mayores nos dormimos al cuarto de hora de empezar la película.
pmejiama1@une.net.co
lunes, abril 07, 2008
domingo, marzo 30, 2008
¿SUSPICAZ YO?
Los colombianos no podemos quejarnos por carecer de tema de conversación. No alcanzamos a digerir tantos chicharrones y en las tertulias nos peleamos la palabra para expresar ideas y opiniones; porque a diferencia de otras latitudes, aquí la realidad sobrepasa la ficción. Y ante tantas conjeturas y diferentes lecturas que damos a los acontecimientos, son muchos los cabos sueltos y las suspicacias que afloran. Esto pude comprobarlo al conversar con don Aniceto Rebolledo, quien no come cuento fácilmente y aplica la malicia indígena. El viejo andaba copetón para hacer honor a su nombre, que según él, viene de anís.
*Vea hombre, no se le olvide que todo lo que viene de las FARC está fríamente calculado y lo presentan como ellos quieren que se vea. Yo no les creo un carajo. Hace días leí un artículo, de un periodista venezolano y publicado en un periódico de allá, donde el pisco asegura que los secuestrados que con tanto bombo han liberado con el patrocinio de Chávez y su compinche Piedad, pasaron varias semanas de recuperación en la finca del Ministro Rodríguez Chacín, un vergajo de mala calaña al que solo le falta el camuflado de guerrillero.
Resalta el periodista la diferencia que hay entre la facha que presentaron el ahora Canciller Araujo y el policía Pinchao cuando aparecieron, que semejaban cadáveres ambulantes, a los recientemente liberados que, excepto Géchen a quien largaron antes de que se les muriera allá, lucían frescos, sanos y algunos hasta repuesticos. Las mujeres maquilladas y bien peinadas, aunque supuestamente habían caminado durante 20 o más días por la selva amazónica. Y si el doctor Géchen casi no daba paso porque estaba cojo, asfixiado por la insuficiencia cardiaca y con la columna vertebral jodida, no me vengan con que así recorrió, a pata, semejante trecho.
¿Suspicaz yo?, no hombre. Lo que pasa es hay que discernir con detenimiento y analizar sin apasionamiento. Todo el mundo feliz con las liberaciones, y con justa razón, pero hay que ahondar en el asunto. Otra cosa: mientras millones de personas esperaban ansiosas ante sus televisores la bajada del avión de los liberados, en ambas ocasiones, y se imaginaban las escenas de alegría, abrazados hasta revolcarse por el suelo y la berreada a moco tendido de todos los presentes, la situación fue tranquila y poco efusiva. Todos parecían representar un libreto orquestado ya sabemos por quiénes.
Se ha preguntado usted por ejemplo, ¿cómo escogieron a quiénes liberar? No vaya a creer que el Mono Jojoy le dijo un número en secreto a Tirofijo, y luego empezó desde el otro lado de la alambrada a preguntar: A ver, fulano, diga un número. Nada, se queda. Usted, Pérez, diga otro; listo, empaque los chiros que sale. Mendieta, le toca; no está ni tibio. Consuelo, ¿qué número dijo?; sí señora, que verrionda tan de buenas, también se larga. Olvídese mijo que algo tiene que haber detrás de esa escogencia.
O usted cree que a Luís Eladio se le ocurrió en estos días la idea de ir a proponerle a Sarkozy que saque al grupo insurgente de la lista de terroristas; o que una cita para conversar con el presidente de Francia se consigue así de fácil. Y mientras tanto Moncayo recorre el mundo entero; Clara Rojas viaja a Argentina a hablar con la tal Cristina, que casualmente le debe a Chávez su elección; y Consuelo González visita Europa para participar en foros y entrevistas. No me crea tan pendejo hombre. Si sacar la visa Schenguen es un gallo, y cualquier viaje de esos vale un platal. ¿Quién los patrocina? ¿Quién les programa la agenda y consigue citas con semejantes personajes? Métame el dedo en la boca si quiere, pero no me pida que trague entero.
Pero deje que con la incautación de los computadores ahora sí quedaron en pelota esos bandidos. Ya no tenemos que “suponer” que envían droga por toneladas. Que Chávez paga el protagonismo que le dan con dólares, petróleo y gasolina para que negocien en el exterior, y fusiles de segunda. Que con el gobierno de Ecuador tienen relaciones formales, y así el ministro Larrea lo niegue, se les quedó en veremos el plan para liberar el hijo de Moncayo y así meter al baile al presidente Correa. Y el profesor, que tanta lora ha dado y tras seguir al pie de la letra las instrucciones del Secretariado para lograr rescatar a su muchacho, quedó como el ternero.
Ya no es suspicacia creer que los presidentes vecinos tienen una trinca para apoyar la chusma y desestabilizar nuestro gobierno; que las FARC son terroristas internacionales que trafican hasta con uranio; que están cercados por el ejército en varios frentes y las deserciones los tienen fregados; o que para esa organización el despeje es primordial. Si nos enteramos de tanta cosa con los pocos documentos publicados, cómo será lo que hay en los miles de pruebas que encontraron. Para completar, tienen que dormir con un ojo abierto, como El Fantasma, porque sus mismos guardaespaldas los pasan al papayo.
Ahora salen el gobierno francés, el ecuatoriano, misiá Piedad y otros tantos a reclamar porque mataron a Raulito, en calzoncillos, cuando se aprestaba a tramitar más liberaciones. Qué pena con ellos. En adelante tocará preguntar en qué anda el bandido, y si tiene las botas puestas.
pmejiama1@une.net.co
*Vea hombre, no se le olvide que todo lo que viene de las FARC está fríamente calculado y lo presentan como ellos quieren que se vea. Yo no les creo un carajo. Hace días leí un artículo, de un periodista venezolano y publicado en un periódico de allá, donde el pisco asegura que los secuestrados que con tanto bombo han liberado con el patrocinio de Chávez y su compinche Piedad, pasaron varias semanas de recuperación en la finca del Ministro Rodríguez Chacín, un vergajo de mala calaña al que solo le falta el camuflado de guerrillero.
Resalta el periodista la diferencia que hay entre la facha que presentaron el ahora Canciller Araujo y el policía Pinchao cuando aparecieron, que semejaban cadáveres ambulantes, a los recientemente liberados que, excepto Géchen a quien largaron antes de que se les muriera allá, lucían frescos, sanos y algunos hasta repuesticos. Las mujeres maquilladas y bien peinadas, aunque supuestamente habían caminado durante 20 o más días por la selva amazónica. Y si el doctor Géchen casi no daba paso porque estaba cojo, asfixiado por la insuficiencia cardiaca y con la columna vertebral jodida, no me vengan con que así recorrió, a pata, semejante trecho.
¿Suspicaz yo?, no hombre. Lo que pasa es hay que discernir con detenimiento y analizar sin apasionamiento. Todo el mundo feliz con las liberaciones, y con justa razón, pero hay que ahondar en el asunto. Otra cosa: mientras millones de personas esperaban ansiosas ante sus televisores la bajada del avión de los liberados, en ambas ocasiones, y se imaginaban las escenas de alegría, abrazados hasta revolcarse por el suelo y la berreada a moco tendido de todos los presentes, la situación fue tranquila y poco efusiva. Todos parecían representar un libreto orquestado ya sabemos por quiénes.
Se ha preguntado usted por ejemplo, ¿cómo escogieron a quiénes liberar? No vaya a creer que el Mono Jojoy le dijo un número en secreto a Tirofijo, y luego empezó desde el otro lado de la alambrada a preguntar: A ver, fulano, diga un número. Nada, se queda. Usted, Pérez, diga otro; listo, empaque los chiros que sale. Mendieta, le toca; no está ni tibio. Consuelo, ¿qué número dijo?; sí señora, que verrionda tan de buenas, también se larga. Olvídese mijo que algo tiene que haber detrás de esa escogencia.
O usted cree que a Luís Eladio se le ocurrió en estos días la idea de ir a proponerle a Sarkozy que saque al grupo insurgente de la lista de terroristas; o que una cita para conversar con el presidente de Francia se consigue así de fácil. Y mientras tanto Moncayo recorre el mundo entero; Clara Rojas viaja a Argentina a hablar con la tal Cristina, que casualmente le debe a Chávez su elección; y Consuelo González visita Europa para participar en foros y entrevistas. No me crea tan pendejo hombre. Si sacar la visa Schenguen es un gallo, y cualquier viaje de esos vale un platal. ¿Quién los patrocina? ¿Quién les programa la agenda y consigue citas con semejantes personajes? Métame el dedo en la boca si quiere, pero no me pida que trague entero.
Pero deje que con la incautación de los computadores ahora sí quedaron en pelota esos bandidos. Ya no tenemos que “suponer” que envían droga por toneladas. Que Chávez paga el protagonismo que le dan con dólares, petróleo y gasolina para que negocien en el exterior, y fusiles de segunda. Que con el gobierno de Ecuador tienen relaciones formales, y así el ministro Larrea lo niegue, se les quedó en veremos el plan para liberar el hijo de Moncayo y así meter al baile al presidente Correa. Y el profesor, que tanta lora ha dado y tras seguir al pie de la letra las instrucciones del Secretariado para lograr rescatar a su muchacho, quedó como el ternero.
Ya no es suspicacia creer que los presidentes vecinos tienen una trinca para apoyar la chusma y desestabilizar nuestro gobierno; que las FARC son terroristas internacionales que trafican hasta con uranio; que están cercados por el ejército en varios frentes y las deserciones los tienen fregados; o que para esa organización el despeje es primordial. Si nos enteramos de tanta cosa con los pocos documentos publicados, cómo será lo que hay en los miles de pruebas que encontraron. Para completar, tienen que dormir con un ojo abierto, como El Fantasma, porque sus mismos guardaespaldas los pasan al papayo.
Ahora salen el gobierno francés, el ecuatoriano, misiá Piedad y otros tantos a reclamar porque mataron a Raulito, en calzoncillos, cuando se aprestaba a tramitar más liberaciones. Qué pena con ellos. En adelante tocará preguntar en qué anda el bandido, y si tiene las botas puestas.
pmejiama1@une.net.co
lunes, marzo 17, 2008
Genio y figura.
El gran misterio del ser humano es la personalidad; el alma, el ser, la sustancia, el espíritu o como quiera llamarse. Muchos viven obsesionados por el cuidado del cuerpo, dedican muchas horas al ejercicio y al estado físico, pero poco se interesan por alimentar su intelecto y mantener activo el cerebro. Basta echarle un poco de cabeza al asunto para concluir que el organismo es un simple estuche donde habita un ser único e irrepetible. La perfección con la que funciona el cuerpo humano es superior a cualquier otra creación del universo, pero no cabe duda de que ante la capacidad de raciocinio no existe nada comparable. Porque los demás seres vivos también poseen organismos exactos y precisos, pero no pueden pensar, reír, llorar, admirar, amar, rezar o simplemente hablar.
Desde muy pequeño el recién nacido presenta rasgos de cómo será su personalidad, y puede saberse si de adulto va a ser extrovertido, tímido, mala ley, alegre, taimado, emprendedor, gracioso o sensible. Mi sobrino Santiago es un muchacho que desde muy chiquito dejó ver su carisma, además de tener una forma de ser que le llega a todo el mundo. Tiene un humor genial, se le mide a lo que sea, no conoce la mamitis o los berrinches, y hay que ver la correa que tiene para enfrentar las chanzas que le hacemos sus tíos y familiares. Cuando visito a mis padres y hermanos nos reímos al recordar los cuentos del sardino, que a sus escasos 10 años ya es todo un personaje.
Es, sin duda, la mascota de mis padres. Desde muy pequeño se amaña con los abuelos y hay qué ver el problema para que se vaya para su casa. Cierta vez la mamá, ante la negativa del mocoso de acompañarla, le dijo que él tenía que compartir con los papás y la hermanita, que está muy bien que uno visite los abuelos pero no puede pasarse a vivir con ellos, y que ella se comprometía a dejarlo volver al otro día. Entonces el zambo pone cara de angustia y le dice muy serio:
-Mami, ¿y cómo quieres que me vaya y deje solos a este par de ancianos desvalidos?
Una de las razones para que a Santiago le guste tanto la casa de los abuelos, es debido a que al menos una vez a la semana se aparece por allá mi tío Eduardo Arango a jugar ajedrez con mi papá, y sin falta le regala cinco mil pesos al muchacho. Don Eduar, como le decimos cariñosamente, es un miembro de familia muy especial para nosotros, pero para mis sobrinos y mi hijo, es otro abuelo. Se ponen los viejos a jugar su partida mientras saborean un trago, y el niño se arrima a patearse los cuentos y colaborar en lo que necesiten. Además, pone mucho cuidado a las historias del tío abuelo y a sus disertaciones cuando dicta cátedra sobre diferentes materias. Como el muchachito sabe que todo ese conocimiento es de autodidacta, una tarde se quedó mirándolo fijamente y muy serio le comentó:
-¿Sabe una cosa don Eduardo?, yo no sé qué admirar más en usted: si su sabiduría o su billetera.
En otra ocasión le cuenta mi madre a su hermano que no había forma de que Santiago se motilara, y que como podía ver el mocoso ya parecía un espantapájaros con esas mechas alborotadas. Cómo estaría la cosa, que ya varios miembros de la familia habían propuesto hacer una vaca para recoger una platica que lo convenciera de que se dejara aunque fuera desbastar un poquito el pelo. El niño no quería tocar el tema y propuso que mejor hablaran de otra cosa, hasta que el tío dijo, como quien no quiere la cosa, que en caso de que hicieran la recolecta podían contar con su contribución. El negrito se quedó pensativo durante un buen rato, hasta que no aguantó la tentación de hacer la pregunta obligada:
-Oiga don Eduardo… ¿y como de cuánto estaríamos hablando?
Ese muchacho se las sabe todas en la casa de mis padres. Cualquier cosa que uno necesite, no es sino preguntarle a él para que le diga dónde puede encontrarla. Come como una draga y hay que ver a la abuela darle gusto con el mecato de su preferencia, pero si uno lleva cualquier comestible de regalo hay que esconderlo porque de lo contrario no deja ni las harinas. Otra característica de ese muchacho es la facilidad para imitar a las personas; a mi padre lo mantiene calibrado y no se le escapa detalle de su forma de actuar.
Un domingo de Resurrección, al regreso de una finca donde habían estado durante el puente de Semana Santa, se fue directo a visitar a los abuelos. Los encontró acompañados por algunos de mis hermanos, y todos conversaban en voz baja porque mi madre tenía sintonizado un programa desde el Vaticano. El zambo llegó cansado por el sol y la piscina, le dijo a la abuela que se corriera para el rincón y le soltara un poquito de cobija, acomodó el cojín para recostar su cabeza, echó mano del control remoto del televisor y pronunció una frase que todos añoraban, pero que nadie se había atrevido siquiera a sugerir durante los últimos días:
-Bueno, lo primero… quitemos al Papa.
pmejiama1@une.net.co
Desde muy pequeño el recién nacido presenta rasgos de cómo será su personalidad, y puede saberse si de adulto va a ser extrovertido, tímido, mala ley, alegre, taimado, emprendedor, gracioso o sensible. Mi sobrino Santiago es un muchacho que desde muy chiquito dejó ver su carisma, además de tener una forma de ser que le llega a todo el mundo. Tiene un humor genial, se le mide a lo que sea, no conoce la mamitis o los berrinches, y hay que ver la correa que tiene para enfrentar las chanzas que le hacemos sus tíos y familiares. Cuando visito a mis padres y hermanos nos reímos al recordar los cuentos del sardino, que a sus escasos 10 años ya es todo un personaje.
Es, sin duda, la mascota de mis padres. Desde muy pequeño se amaña con los abuelos y hay qué ver el problema para que se vaya para su casa. Cierta vez la mamá, ante la negativa del mocoso de acompañarla, le dijo que él tenía que compartir con los papás y la hermanita, que está muy bien que uno visite los abuelos pero no puede pasarse a vivir con ellos, y que ella se comprometía a dejarlo volver al otro día. Entonces el zambo pone cara de angustia y le dice muy serio:
-Mami, ¿y cómo quieres que me vaya y deje solos a este par de ancianos desvalidos?
Una de las razones para que a Santiago le guste tanto la casa de los abuelos, es debido a que al menos una vez a la semana se aparece por allá mi tío Eduardo Arango a jugar ajedrez con mi papá, y sin falta le regala cinco mil pesos al muchacho. Don Eduar, como le decimos cariñosamente, es un miembro de familia muy especial para nosotros, pero para mis sobrinos y mi hijo, es otro abuelo. Se ponen los viejos a jugar su partida mientras saborean un trago, y el niño se arrima a patearse los cuentos y colaborar en lo que necesiten. Además, pone mucho cuidado a las historias del tío abuelo y a sus disertaciones cuando dicta cátedra sobre diferentes materias. Como el muchachito sabe que todo ese conocimiento es de autodidacta, una tarde se quedó mirándolo fijamente y muy serio le comentó:
-¿Sabe una cosa don Eduardo?, yo no sé qué admirar más en usted: si su sabiduría o su billetera.
En otra ocasión le cuenta mi madre a su hermano que no había forma de que Santiago se motilara, y que como podía ver el mocoso ya parecía un espantapájaros con esas mechas alborotadas. Cómo estaría la cosa, que ya varios miembros de la familia habían propuesto hacer una vaca para recoger una platica que lo convenciera de que se dejara aunque fuera desbastar un poquito el pelo. El niño no quería tocar el tema y propuso que mejor hablaran de otra cosa, hasta que el tío dijo, como quien no quiere la cosa, que en caso de que hicieran la recolecta podían contar con su contribución. El negrito se quedó pensativo durante un buen rato, hasta que no aguantó la tentación de hacer la pregunta obligada:
-Oiga don Eduardo… ¿y como de cuánto estaríamos hablando?
Ese muchacho se las sabe todas en la casa de mis padres. Cualquier cosa que uno necesite, no es sino preguntarle a él para que le diga dónde puede encontrarla. Come como una draga y hay que ver a la abuela darle gusto con el mecato de su preferencia, pero si uno lleva cualquier comestible de regalo hay que esconderlo porque de lo contrario no deja ni las harinas. Otra característica de ese muchacho es la facilidad para imitar a las personas; a mi padre lo mantiene calibrado y no se le escapa detalle de su forma de actuar.
Un domingo de Resurrección, al regreso de una finca donde habían estado durante el puente de Semana Santa, se fue directo a visitar a los abuelos. Los encontró acompañados por algunos de mis hermanos, y todos conversaban en voz baja porque mi madre tenía sintonizado un programa desde el Vaticano. El zambo llegó cansado por el sol y la piscina, le dijo a la abuela que se corriera para el rincón y le soltara un poquito de cobija, acomodó el cojín para recostar su cabeza, echó mano del control remoto del televisor y pronunció una frase que todos añoraban, pero que nadie se había atrevido siquiera a sugerir durante los últimos días:
-Bueno, lo primero… quitemos al Papa.
pmejiama1@une.net.co
miércoles, marzo 12, 2008
Recorrido urbano (II).
No alcanzo a imaginar lo que puede gozar un manizaleño que no haya regresado a la ciudad desde hace muchos años, al recorrer sus barrios, parques y avenidas, y comparar su estado actual con el que dejó al momento de partir. Sin duda Manizales ha evolucionado en su desarrollo urbanístico y presenta una cara muy diferente a la de ahora años. Si quienes vivimos aquí desde siempre disfrutamos con las obras y proyectos que se adelantan, para el visitante ocasional tiene que ser muy emocionante el ejercicio.
Sigo entonces con nuestro personaje, quien desde la glorieta de la universidad mira para el morro de Sancancio. Hace unos 40 años había una carretera sin pavimentar que salía del estadio hacia el morro por donde ahora va la Avenida Paralela, y en el sector solo existían la Escuela de auxiliares de enfermería, el batallón, la fábrica Iderna, la clínica siquiátrica y una o dos viviendas rurales. En cambio ahora quedan muy pocos terrenos disponibles para construir, y pueden verse gran cantidad de casas, edificios de apartamentos, un gran centro comercial y establecimientos de todo tipo.
Ya que anda por esos lados, puede atravesar por el viaducto de Vizcaya para llegar a la glorieta de San Rafael. Con seguridad ahí sí va a quedar con la boca abierta, porque en épocas remotas en ese sector quedaba la Baja Suiza y la única vía que lo atravesaba era una tortuosa carreterita que salía del edificio Cervantes, en El Cable, y que comunicaba la ciudad con la Escuela de Carabineros y el barrio Minitas. En cambio ahora se va a topar con una moderna avenida, la Kevin Ángel, y en sus márgenes gran variedad de construcciones. También va a admirarse cuando vea los diversos barrios que hay en lo que hasta hace poco se llamaba la comuna cinco, en donde antes solo había potreros y casas campestres, entre ellas la finca de don Aparicio Díaz Cabal.
Después de comprobar que la antigua estación del ferrocarril se convirtió en una moderna universidad, puede notar que por donde cruzaba el túnel para el tren ahora hay un amplio viaducto que comunica dos importantes zonas de la ciudad. Lugo sube al Parque de los Fundadores y mientras asimila los cambios ocurridos durante su ausencia, recorre las dos cuadras que lo separan del Parque de Caldas. Allí solo va a reconocer la iglesia de La Inmaculada, el cedro y el guadual que perduran en las zonas verdes, porque el resto ha sufrido una remodelación total. Ojalá que no traiga antojo de comer en la salsamentaria de Mister albóndiga, porque de ella solo queda el recuerdo.
Seguramente encontrará la carrera 23, en el centro, muy diferente a como la dejó. Si antes era una vía carrera, donde los vehículos transitaban con dificultad porque los buses paraban en todas las esquinas y un carril estaba destinado al parqueo, ahora está diseñada para la comodidad de los peatones, quienes transitan por amplios andenes adornados con palmeras y mobiliario adecuado. Los carritos de dulces y los puestos de los vendedores ambulantes fueron remplazados por habitáculos especiales para que ofrezcan allí sus productos. De los viejos almacenes y negocios va a encontrar muy pocos, como el café La Cigarra y la pastelería La Suiza, aunque esta última en un local diferente al que ocupó en aquella época; quedaba en la misma carrera, pero entre las calles 24 y 25.
Que ni busque el viejo edificio de la alcaldía en la Plaza Alfonso López porque hace tiempos le metieron dinamita, y en la actualidad en ese entorno solo hay obreros, materiales de construcción y maquinaria pesada. Si regresa dentro de unos meses, podrá deleitarse con el diseño moderno y agradable que va a presentar una zona que por tanto tiempo ha sido el patito feo de la ciudad.
Después de recorrer a Manizales por todos sus recovecos va a recordar por ejemplo que donde existen hoy varios edificios de apartamentos, consultorios y locales comerciales, a un costado del antiguo Seminario Mayor, había un muro como el que rodeaba entonces el complejo deportivo del estadio. En la Avenida Paralela con calle 52 querrá saber si hace mucho tiempo derribaron la gallera, para enterarse de que ya van a demoler una estación de servicio que ha operado allí por muchos años para dar paso a la construcción de un túnel que comunicará muy pronto la Paralela con el sector del barrio La Asunción.
Seguro va a reconocer el sitio donde se levanta el Hospital de Caldas, pero dirá que lo nota como distinto porque está más moderno y funcional. Después sube a Chipre para disfrutar del maravilloso paisaje y comprobar que las casitas donde funcionan infinidad de negocios son las originales, y que donde quedaba el recordado Lago de Aranguito, y después las Torres de Chipre, ahora hay un majestuoso monumento a los colonizadores. Y además, que por fin volvieron realidad el antiquísimo proyecto de convertir el inmenso tanque de agua del Parque del Observatorio en un adecuado y funcional mirador.
Muy satisfecho quedará cuando recorra la doble calzada que nos une con la vecina Chinchiná y se tope con una obra espectacular que está a punto de ser realidad en el sector de La Estampilla, porque sin duda los viaductos darán realce a esa entrada a Manizales.
pmejiama1@une.net.co
Sigo entonces con nuestro personaje, quien desde la glorieta de la universidad mira para el morro de Sancancio. Hace unos 40 años había una carretera sin pavimentar que salía del estadio hacia el morro por donde ahora va la Avenida Paralela, y en el sector solo existían la Escuela de auxiliares de enfermería, el batallón, la fábrica Iderna, la clínica siquiátrica y una o dos viviendas rurales. En cambio ahora quedan muy pocos terrenos disponibles para construir, y pueden verse gran cantidad de casas, edificios de apartamentos, un gran centro comercial y establecimientos de todo tipo.
Ya que anda por esos lados, puede atravesar por el viaducto de Vizcaya para llegar a la glorieta de San Rafael. Con seguridad ahí sí va a quedar con la boca abierta, porque en épocas remotas en ese sector quedaba la Baja Suiza y la única vía que lo atravesaba era una tortuosa carreterita que salía del edificio Cervantes, en El Cable, y que comunicaba la ciudad con la Escuela de Carabineros y el barrio Minitas. En cambio ahora se va a topar con una moderna avenida, la Kevin Ángel, y en sus márgenes gran variedad de construcciones. También va a admirarse cuando vea los diversos barrios que hay en lo que hasta hace poco se llamaba la comuna cinco, en donde antes solo había potreros y casas campestres, entre ellas la finca de don Aparicio Díaz Cabal.
Después de comprobar que la antigua estación del ferrocarril se convirtió en una moderna universidad, puede notar que por donde cruzaba el túnel para el tren ahora hay un amplio viaducto que comunica dos importantes zonas de la ciudad. Lugo sube al Parque de los Fundadores y mientras asimila los cambios ocurridos durante su ausencia, recorre las dos cuadras que lo separan del Parque de Caldas. Allí solo va a reconocer la iglesia de La Inmaculada, el cedro y el guadual que perduran en las zonas verdes, porque el resto ha sufrido una remodelación total. Ojalá que no traiga antojo de comer en la salsamentaria de Mister albóndiga, porque de ella solo queda el recuerdo.
Seguramente encontrará la carrera 23, en el centro, muy diferente a como la dejó. Si antes era una vía carrera, donde los vehículos transitaban con dificultad porque los buses paraban en todas las esquinas y un carril estaba destinado al parqueo, ahora está diseñada para la comodidad de los peatones, quienes transitan por amplios andenes adornados con palmeras y mobiliario adecuado. Los carritos de dulces y los puestos de los vendedores ambulantes fueron remplazados por habitáculos especiales para que ofrezcan allí sus productos. De los viejos almacenes y negocios va a encontrar muy pocos, como el café La Cigarra y la pastelería La Suiza, aunque esta última en un local diferente al que ocupó en aquella época; quedaba en la misma carrera, pero entre las calles 24 y 25.
Que ni busque el viejo edificio de la alcaldía en la Plaza Alfonso López porque hace tiempos le metieron dinamita, y en la actualidad en ese entorno solo hay obreros, materiales de construcción y maquinaria pesada. Si regresa dentro de unos meses, podrá deleitarse con el diseño moderno y agradable que va a presentar una zona que por tanto tiempo ha sido el patito feo de la ciudad.
Después de recorrer a Manizales por todos sus recovecos va a recordar por ejemplo que donde existen hoy varios edificios de apartamentos, consultorios y locales comerciales, a un costado del antiguo Seminario Mayor, había un muro como el que rodeaba entonces el complejo deportivo del estadio. En la Avenida Paralela con calle 52 querrá saber si hace mucho tiempo derribaron la gallera, para enterarse de que ya van a demoler una estación de servicio que ha operado allí por muchos años para dar paso a la construcción de un túnel que comunicará muy pronto la Paralela con el sector del barrio La Asunción.
Seguro va a reconocer el sitio donde se levanta el Hospital de Caldas, pero dirá que lo nota como distinto porque está más moderno y funcional. Después sube a Chipre para disfrutar del maravilloso paisaje y comprobar que las casitas donde funcionan infinidad de negocios son las originales, y que donde quedaba el recordado Lago de Aranguito, y después las Torres de Chipre, ahora hay un majestuoso monumento a los colonizadores. Y además, que por fin volvieron realidad el antiquísimo proyecto de convertir el inmenso tanque de agua del Parque del Observatorio en un adecuado y funcional mirador.
Muy satisfecho quedará cuando recorra la doble calzada que nos une con la vecina Chinchiná y se tope con una obra espectacular que está a punto de ser realidad en el sector de La Estampilla, porque sin duda los viaductos darán realce a esa entrada a Manizales.
pmejiama1@une.net.co
martes, marzo 04, 2008
Recorrido urbano (I).
El apego por el terruño es algo innato del ser humano. Son pocas las personas que no sienten cariño y nostalgia por el lugar que los vio nacer, sobre todo cuando por cualquier causa deben residir en un lugar lejano, donde además las costumbres son muy diferentes. En la actualidad es fácil el tránsito de los ciudadanos por todos los rincones del planeta, cosa que no sucedía ahora años cuando viajar era complicado, costoso y generaba temor en las personas. Ahora los jóvenes no tienen fronteras y gracias a los avances en las comunicaciones, tienen contactos en todas partes y así programan y organizan sus periplos sin necesidad de gastar mucho dinero. Pero sin duda es muy triste ver como tantos conciudadanos deben acogerse al exilio, voluntario o no, debido a la difícil situación social y económica que vivimos en la actualidad.
Casi todos los desarraigados sueñan con su regreso, y ahorran con juicio para viajar a su querencia a respirar de nuevo ese aire que extrañan a diario. Muchos otros soportan la morriña y las vicisitudes de su condición de inmigrantes, con la firme esperanza de retornar al país a disfrutar de una vejez próspera y tranquila al lado de sus seres queridos. En fechas especiales, como las fiestas de navidad, fin de año y semana ferial, es común que visiten la ciudad y da gusto verlos recorrerla mientras se admiran con su desarrollo arquitectónico, y quiero enumerar algunos cambios que va a encontrar un personaje que no venga desde hace 3 o 4 décadas.
Lo primero que va a notar es que el aeropuerto La Nubia, que entonces quedaba alejado de la ciudad y rodeado de cultivos, potreros y casas campestres, ahora está al lado de una ciudadela y conectado con la ciudad por una moderna avenida. En su trayecto podrá ver edificios, conjuntos cerrados, lujosas residencias y sedes comerciales, y al llegar al sector del batallón va a toparse con unos túneles que le dan al entorno un ambiente vanguardista. Seguro va a reconocer la Avenida Santander, pero no los grandes edificios y variada arquitectura que se levanta en sus costados.
Después de recorrer unas cuadras, echará de menos la carreterita destapada que bajaba a San Rafael en medio de las mangas, para encontrar una universidad, edificios y un viaducto que pasa por debajo de la avenida. En el parque del Cable sí que ha cambiado el entorno. Solo el viejo edificio del cable aéreo mantiene su estructura original, mientras que donde quedaba el antiguo y hermoso hospital de estilo francés, con la capillita que parecía sacada de una postal, y cerrado por una artística reja en hierro forjado, hay dos edificaciones grandes y modernas: el edificio de La Luker y el centro comercial Cable plaza.
En lo más alto del parquecito, donde hay un tanque subterráneo, encontrará una afamada tienda de café, desde donde podrá otear un vecindario que en su época fue residencial y ahora está destinado al comercio y a la zona rosa. Seguro va a recordar que en la rampa que permite el ingreso a la terraza del café quedaba la casita que servía de residencia para la familia de Alfonso, el guarda parque encargado de manipular las válvulas del acueducto.
El resto del parque también ha cambiado, porque ahora existe un bosque de pinos que por cierto sembraron para que los vecinos de aquella época no acabáramos con los prados de tanto jugar picaditos de fútbol. Al bajar por la Avenida Lindsay, podrá comprobar que la vocación comercial impera y que de aquellas familias que ocupaban las casas ya no queda ninguna. Pero su sorpresa será mayor cuando observe el nuevo estadio y todo el complejo deportivo que encierra el entorno.
Desde la rotonda de la universidad observará que del vetusto estadio Fernando Londoño no queda ni la sombra, y que ahora, y debido a las dimensiones del Palogrande y a la capota que lo cubre a todo el rededor, ya los chinches no pueden trepar a los árboles de la Lindsay para “patiarse” el partido; igual suerte corrieron los patos que se empinaban en unas escalitas de la Universidad Nacional para tratar de no perder detalle de los encuentros del Once Caldas, y sin pagar boleta.
La pista para patinadores tampoco existía y donde ahora queda el Coliseo Menor, construyeron alguna vez una piscina olímpica que nunca vimos utilizar; ni siquiera los niños nos queríamos bañar en ella, porque con semejante frío en esa pileta le daba reumatismo a un sapo. Ahí siguen las canchas públicas de tenis, el Coliseo Mayor y el Club de tenis, para cerrar el círculo con el cuartel de los bomberos. Todo estaba cerrado por un muro de ladrillo a la vista, el cual saltaban algunos oportunistas los domingos para colarse en el estadio, aunque aún les faltaba cruzar la cancha auxiliar sin que los pillaran los carabineros que patrullaban en sus caballos.
Aunque el barrio Estrella, vecino del complejo deportivo, ha cambiado muy poco, las calles que circundan los escenarios presentan, igual que la Avenida Santander, novedosos bulevares para que los peatones transiten con comodidad. En cambio si observa desde la glorieta hacia el morro de Sancancio, va a quedar asombrado con el desarrollo de ese sector en las últimas décadas.
pmejiama1@une.net.co
Casi todos los desarraigados sueñan con su regreso, y ahorran con juicio para viajar a su querencia a respirar de nuevo ese aire que extrañan a diario. Muchos otros soportan la morriña y las vicisitudes de su condición de inmigrantes, con la firme esperanza de retornar al país a disfrutar de una vejez próspera y tranquila al lado de sus seres queridos. En fechas especiales, como las fiestas de navidad, fin de año y semana ferial, es común que visiten la ciudad y da gusto verlos recorrerla mientras se admiran con su desarrollo arquitectónico, y quiero enumerar algunos cambios que va a encontrar un personaje que no venga desde hace 3 o 4 décadas.
Lo primero que va a notar es que el aeropuerto La Nubia, que entonces quedaba alejado de la ciudad y rodeado de cultivos, potreros y casas campestres, ahora está al lado de una ciudadela y conectado con la ciudad por una moderna avenida. En su trayecto podrá ver edificios, conjuntos cerrados, lujosas residencias y sedes comerciales, y al llegar al sector del batallón va a toparse con unos túneles que le dan al entorno un ambiente vanguardista. Seguro va a reconocer la Avenida Santander, pero no los grandes edificios y variada arquitectura que se levanta en sus costados.
Después de recorrer unas cuadras, echará de menos la carreterita destapada que bajaba a San Rafael en medio de las mangas, para encontrar una universidad, edificios y un viaducto que pasa por debajo de la avenida. En el parque del Cable sí que ha cambiado el entorno. Solo el viejo edificio del cable aéreo mantiene su estructura original, mientras que donde quedaba el antiguo y hermoso hospital de estilo francés, con la capillita que parecía sacada de una postal, y cerrado por una artística reja en hierro forjado, hay dos edificaciones grandes y modernas: el edificio de La Luker y el centro comercial Cable plaza.
En lo más alto del parquecito, donde hay un tanque subterráneo, encontrará una afamada tienda de café, desde donde podrá otear un vecindario que en su época fue residencial y ahora está destinado al comercio y a la zona rosa. Seguro va a recordar que en la rampa que permite el ingreso a la terraza del café quedaba la casita que servía de residencia para la familia de Alfonso, el guarda parque encargado de manipular las válvulas del acueducto.
El resto del parque también ha cambiado, porque ahora existe un bosque de pinos que por cierto sembraron para que los vecinos de aquella época no acabáramos con los prados de tanto jugar picaditos de fútbol. Al bajar por la Avenida Lindsay, podrá comprobar que la vocación comercial impera y que de aquellas familias que ocupaban las casas ya no queda ninguna. Pero su sorpresa será mayor cuando observe el nuevo estadio y todo el complejo deportivo que encierra el entorno.
Desde la rotonda de la universidad observará que del vetusto estadio Fernando Londoño no queda ni la sombra, y que ahora, y debido a las dimensiones del Palogrande y a la capota que lo cubre a todo el rededor, ya los chinches no pueden trepar a los árboles de la Lindsay para “patiarse” el partido; igual suerte corrieron los patos que se empinaban en unas escalitas de la Universidad Nacional para tratar de no perder detalle de los encuentros del Once Caldas, y sin pagar boleta.
La pista para patinadores tampoco existía y donde ahora queda el Coliseo Menor, construyeron alguna vez una piscina olímpica que nunca vimos utilizar; ni siquiera los niños nos queríamos bañar en ella, porque con semejante frío en esa pileta le daba reumatismo a un sapo. Ahí siguen las canchas públicas de tenis, el Coliseo Mayor y el Club de tenis, para cerrar el círculo con el cuartel de los bomberos. Todo estaba cerrado por un muro de ladrillo a la vista, el cual saltaban algunos oportunistas los domingos para colarse en el estadio, aunque aún les faltaba cruzar la cancha auxiliar sin que los pillaran los carabineros que patrullaban en sus caballos.
Aunque el barrio Estrella, vecino del complejo deportivo, ha cambiado muy poco, las calles que circundan los escenarios presentan, igual que la Avenida Santander, novedosos bulevares para que los peatones transiten con comodidad. En cambio si observa desde la glorieta hacia el morro de Sancancio, va a quedar asombrado con el desarrollo de ese sector en las últimas décadas.
pmejiama1@une.net.co
martes, febrero 26, 2008
Contradicciones de alto turmequé.
Desde siempre han advertido que no hay nada más dañino para la educación de un niño que las contradicciones en su educación. Como cuando en la casa le marcan pautas y en el colegio las desvirtúan; o el papá le da permiso de dormirse más tardecito, pero la mamá dice que ni riesgos, que se va para la cama pero ¡ya! Y una muy común se presenta a diario porque los mayores le remachan al zambo a toda hora que nunca debe mentir, pero si llega un cobrador a tocar la puerta, el muchachito debe decir que su papi salió de viaje. Entonces cómo es la cosa, se preguntarán algunos al crecer: Todo, nada o la puntica no más.
En esas ando yo ahora, después de viejo. Y todo debido a que al representante de Dios en la tierra, el Sumo Pontífice, la figura máxima de la Iglesia Católica, el heredero de San Pedro, Su Santidad el Papa, le dio a estas alturas del partido por cambiar las reglas del juego a su antojo y parecer. Y aunque es claro que he sido contagiado por esa crisis de fe que prolifera ahora en el mundo católico, debido a múltiples razones expuestas en mis escritos, todo lo que tenga que ver con ese personajillo siniestro que huele a azufre me pone los pelos de punta.
Seguro van a pensar que soy miedoso, pero fíjese que no. No le temo a la oscuridad, a los muertos, a los ruidos sospechosos durante la noche, a las brujas y duendes, y mucho menos a los espíritus del más allá. Mejor acojo la teoría de que a los que hay que tenerles respeto es a los vivos. Pero así como puedo estar en la casa solo, sin luz y no se me da nada, no les pinto la gusanera tan espantosa que siento al ver una película donde aparezca el maligno en cualquier caracterización. Puede ser como un muchachito inocente, un caballero muy distinguido, un macho cabrío o un chandoso cualquiera, pero el caso es que basta que el tipo esboce una sonrisa maliciosa, el culicagao ponga cara de poseso, o a uno de los bichos le brillen los ojos, para que yo me ponga como una lechona: arrozudo.
Con seguridad ese trauma viene de mi primera infancia. Tengo por allá refundido en la memoria el recuerdo de una empleada del servicio que me encerró en un cuarto oscuro, para que viniera el diablo y alzara conmigo para los profundos infiernos. No sé quién fue, ni donde, ni cuando, pero estoy seguro de que tuvo que haber sucedido, porque esa vaina nunca pude superarla. O a lo mejor fue durante la catequesis, en la preparación para la primera comunión, cuando me metieron terror con las penas que deben sufrir los cristianos que no respetan los diez mandamientos.
Ya en la adolescencia, edad en que uno no cree ni en los rejos de las campanas, mi madre me sacó del colegio por maqueta y a modo de castigo quedé matriculado en el Seminario Menor para ver si Monseñor Mario Isaza, quien era el rector, era capaz de domarme. Pues por la pica me rebelé y no le paraba bolas a ninguna clase, hasta que el cura encargado de dictar Español logró interesarme en la materia y al poco tiempo me aficioné a ir a la biblioteca del Seminario Mayor, localizado ahí enseguida, donde había unas joyas de libros de la literatura universal que coparon toda mi atención.
Y fue hasta que di con La Divina Comedia para quedar otra vez aterrorizado, después de conocer el recorrido que le hizo el poeta Virgilio a Dante, el autor del libro, por el tenebroso averno. Qué cosa más espantosa. Haga de cuenta como un guía le muestra a otro las instalaciones de una fábrica, estos dos personajes recorrían los diferentes anillos y allí reconocían a fulano y a zutano, quienes aprovechaban para relatar su historia y mandarle razones a los seres queridos. Entre más bajaban peor era la condición de los condenados, y yo no podía dejar de pensar si llegaba a estirar la pata en qué nivel me iba a tocar.
Claro que tenía muy presente las peregrinaciones del maestro Feliciano Ríos, el personaje creado por mi abuelo Rafael, para no ir a caer en la trampa de la entrada al infierno, que se lleva por los cachos las del cielo y el purgatorio. Porque Satanás tienta las almas débiles con mujeres alegres y varoniles danzarines, pólvora, aguardiente, músicos y fritanga, y uno por allá bien desubicado con seguridad cae facilito.
Pienso hacerme un lavado de cerebro y echar en saco roto la más reciente intervención Papal al respecto. Mejor le creo a Juan Pablo II, que sin duda tiene mejor imagen que el desacreditado Ratzinger. Porque si el primero dijo muy clarito hace unos años que ni el infierno ni el diablo existen como tal, no veo por qué viene Benedicto a contradecirlo de esa forma. A lo mejor es que hay mucha deserción entre la clientela últimamente y entonces recurre al método que durante dos milenios a dado tan buenos resultados: el terror al fuego eterno. Pero lo que es yo, a partir de hoy no les como cuento. ¡Ni por el diablo!
pmejiama1@une.net.co
En esas ando yo ahora, después de viejo. Y todo debido a que al representante de Dios en la tierra, el Sumo Pontífice, la figura máxima de la Iglesia Católica, el heredero de San Pedro, Su Santidad el Papa, le dio a estas alturas del partido por cambiar las reglas del juego a su antojo y parecer. Y aunque es claro que he sido contagiado por esa crisis de fe que prolifera ahora en el mundo católico, debido a múltiples razones expuestas en mis escritos, todo lo que tenga que ver con ese personajillo siniestro que huele a azufre me pone los pelos de punta.
Seguro van a pensar que soy miedoso, pero fíjese que no. No le temo a la oscuridad, a los muertos, a los ruidos sospechosos durante la noche, a las brujas y duendes, y mucho menos a los espíritus del más allá. Mejor acojo la teoría de que a los que hay que tenerles respeto es a los vivos. Pero así como puedo estar en la casa solo, sin luz y no se me da nada, no les pinto la gusanera tan espantosa que siento al ver una película donde aparezca el maligno en cualquier caracterización. Puede ser como un muchachito inocente, un caballero muy distinguido, un macho cabrío o un chandoso cualquiera, pero el caso es que basta que el tipo esboce una sonrisa maliciosa, el culicagao ponga cara de poseso, o a uno de los bichos le brillen los ojos, para que yo me ponga como una lechona: arrozudo.
Con seguridad ese trauma viene de mi primera infancia. Tengo por allá refundido en la memoria el recuerdo de una empleada del servicio que me encerró en un cuarto oscuro, para que viniera el diablo y alzara conmigo para los profundos infiernos. No sé quién fue, ni donde, ni cuando, pero estoy seguro de que tuvo que haber sucedido, porque esa vaina nunca pude superarla. O a lo mejor fue durante la catequesis, en la preparación para la primera comunión, cuando me metieron terror con las penas que deben sufrir los cristianos que no respetan los diez mandamientos.
Ya en la adolescencia, edad en que uno no cree ni en los rejos de las campanas, mi madre me sacó del colegio por maqueta y a modo de castigo quedé matriculado en el Seminario Menor para ver si Monseñor Mario Isaza, quien era el rector, era capaz de domarme. Pues por la pica me rebelé y no le paraba bolas a ninguna clase, hasta que el cura encargado de dictar Español logró interesarme en la materia y al poco tiempo me aficioné a ir a la biblioteca del Seminario Mayor, localizado ahí enseguida, donde había unas joyas de libros de la literatura universal que coparon toda mi atención.
Y fue hasta que di con La Divina Comedia para quedar otra vez aterrorizado, después de conocer el recorrido que le hizo el poeta Virgilio a Dante, el autor del libro, por el tenebroso averno. Qué cosa más espantosa. Haga de cuenta como un guía le muestra a otro las instalaciones de una fábrica, estos dos personajes recorrían los diferentes anillos y allí reconocían a fulano y a zutano, quienes aprovechaban para relatar su historia y mandarle razones a los seres queridos. Entre más bajaban peor era la condición de los condenados, y yo no podía dejar de pensar si llegaba a estirar la pata en qué nivel me iba a tocar.
Claro que tenía muy presente las peregrinaciones del maestro Feliciano Ríos, el personaje creado por mi abuelo Rafael, para no ir a caer en la trampa de la entrada al infierno, que se lleva por los cachos las del cielo y el purgatorio. Porque Satanás tienta las almas débiles con mujeres alegres y varoniles danzarines, pólvora, aguardiente, músicos y fritanga, y uno por allá bien desubicado con seguridad cae facilito.
Pienso hacerme un lavado de cerebro y echar en saco roto la más reciente intervención Papal al respecto. Mejor le creo a Juan Pablo II, que sin duda tiene mejor imagen que el desacreditado Ratzinger. Porque si el primero dijo muy clarito hace unos años que ni el infierno ni el diablo existen como tal, no veo por qué viene Benedicto a contradecirlo de esa forma. A lo mejor es que hay mucha deserción entre la clientela últimamente y entonces recurre al método que durante dos milenios a dado tan buenos resultados: el terror al fuego eterno. Pero lo que es yo, a partir de hoy no les como cuento. ¡Ni por el diablo!
pmejiama1@une.net.co
martes, febrero 19, 2008
Y sigue el espectáculo.
El problema que enfrentamos con la situación de los secuestrados, la intransigencia de la guerrilla, la inoportuna intervención de la parejita que sabemos, la inamovible posición del gobierno, la desmedida divulgación por parte de la prensa, la opinadera desde todas las latitudes y el correveidile de las gentes del común, han convertido el asunto en un espectáculo que se quisieran en Broadway. Porque no debe ser fácil conseguir una obra, como el sainete que vivimos en Colombia, que mantenga la expectativa de los espectadores, dé para muchas presentaciones y además agote la boletería.
Son tantos y tan espectaculares los hechos que se presentan a diario que las noticias de ayer pierden interés, y no alcanza a analizarse un suceso cuando aparece otro que lo opaca, lo minimiza y se encarga de mandarlo al archivador. Entonces la gente opina y hace cábalas, reza, reniega y vitupera. Y así como hay unos que encaran el asunto con frialdad y tratan de ser imparciales, otros dejan aflorar su fanatismo y no aceptan opinión distinta a la propia. Las obscenidades son el lenguaje más utilizado y los odios calan en el populacho hasta convertir el asunto en una peligrosa bomba de tiempo.
Pero sin duda el argumento de este show que más contribuye a que la obra tenga aseguradas muchas presentaciones, es el asunto de la entrega de los secuestrados, a puchitos, gracias a las mágicas gestiones del chafarote vecino y su escudera de turbante. Con la consabida trinca que tienen montada con los bandoleros, donde se intercambian favores y halagos, y sabedores de la voracidad de la prensa hablada y escrita para darle seguimiento a sus montajes, aprovechan el dolor de quienes sufren en carne propia el martirio del secuestro para representar los distintos actos de tan aberrante obra de terror, dolor y martirio.
Cualquiera que tenga nociones básicas de matemáticas podrá calcular cuánto va a durar la función, si aproximadamente cada mes y medio van a liberar a tres secuestrados, y en total tienen unos setecientos cincuenta en su poder. Primero sueltan el runrún que el turno es para fulano, zutano y mengano; luego vienen las declaraciones del populachero de marras o de la negra repelente; sigue el consiguiente viaje de familiares a Caracas para que los presenten en los noticieros, programas de opinión, diferentes entrevistas y asistan al inmamable “Aló presidente”, donde el sátrapa hace chistes flojos, insulta al Presidente Uribe, denuesta contra los gringos, bravuconea, amenaza y perora durante horas mientras un ejército de áulicos aplaude y celebra sus impertinencias. Después la lora con la vaina de las coordenadas; luego el cuento que el ejercito colombiano se atravesó en la operación; la escogencia de la comitiva que acompaña la misión, la cual por cierto se les redujo a unos cuantos pelagatos porque pocos se le miden después del oso de Villavicencio; para que por fin los televidentes puedan chocoliar al ver el feliz reencuentro de quienes ante la posibilidad de recuperar a sus seres queridos, se prestan para lo que sea necesario y sin chistar.
Suerte picha la de nosotros que con tantos problemas internos nos tengamos ahora que aguantar la estupideces y locuras de semejante vecino. Y nada más peligroso que un enajenado mental con el poder que da el dinero, quien con su discurso populista y patriotero influye en las mentes ignorantes y a la vuelta de nada podemos resultar enfrentados en un conflicto bélico. Los de allá por seguir a su ídolo, todo de rojo hasta los pies vestido, y los de acá por darle escape a un odio que crece a medida que el dictadorzuelo le echa leña a la hoguera. No nos faltaba sino éso. Dos países bien jodidos y atrasados, enfrascados en una pelea que se inventó un patán con ínfulas de libertador. Lo peor es que ante la supremacía armamentista de Venezuela, nos tocará pedirle cacao a los gringos que hartas ganas le deben tener a Chávez, pero que no pueden callarle la boca y quedársele con el petróleo porque después de lo de Irak, el mundo se les viene encima. De manera que para ellos la disculpa sería perfecta.
Y como para que no le falte pimienta a nuestro diario acontecer, ahora viene el chicharrón de la segunda reelección de Uribe. Me pregunto cuál será la intención de sus promotores, porque no puedo creer que sea coincidencia que la hayan lanzado unos días después de la concurrida marcha, de la que tanto se insistió que no tenía color político. Y aunque no estoy de acuerdo con un tercer período, tampoco me extraña que les llame la atención medírsele si cuentan con el 83% de favoritismo. Más pendejos si no.
Ahora se inventaron otra marcha dizque porque quedó faltando el rechazo a los paracos y al ELN, pero me late que no tendrá los mismos resultados. Porque para muchos es un inconveniente asistir debido a sus ocupaciones, además de que quedan pendientes la del repudio a los jaladores de carros, los del paseo millonario, apartamenteros, violadores, estafadores, corruptos, los del fleteo, abigeos, ladrones de cuello blanco y tantos hijuetantas que andan sueltos. Lo más grave es que si como supongo, la marcha no convoca igual número de personas, van a decir que somos un país de paramilitares. Me parece verlos.
pmejiama1@une.net.co
Son tantos y tan espectaculares los hechos que se presentan a diario que las noticias de ayer pierden interés, y no alcanza a analizarse un suceso cuando aparece otro que lo opaca, lo minimiza y se encarga de mandarlo al archivador. Entonces la gente opina y hace cábalas, reza, reniega y vitupera. Y así como hay unos que encaran el asunto con frialdad y tratan de ser imparciales, otros dejan aflorar su fanatismo y no aceptan opinión distinta a la propia. Las obscenidades son el lenguaje más utilizado y los odios calan en el populacho hasta convertir el asunto en una peligrosa bomba de tiempo.
Pero sin duda el argumento de este show que más contribuye a que la obra tenga aseguradas muchas presentaciones, es el asunto de la entrega de los secuestrados, a puchitos, gracias a las mágicas gestiones del chafarote vecino y su escudera de turbante. Con la consabida trinca que tienen montada con los bandoleros, donde se intercambian favores y halagos, y sabedores de la voracidad de la prensa hablada y escrita para darle seguimiento a sus montajes, aprovechan el dolor de quienes sufren en carne propia el martirio del secuestro para representar los distintos actos de tan aberrante obra de terror, dolor y martirio.
Cualquiera que tenga nociones básicas de matemáticas podrá calcular cuánto va a durar la función, si aproximadamente cada mes y medio van a liberar a tres secuestrados, y en total tienen unos setecientos cincuenta en su poder. Primero sueltan el runrún que el turno es para fulano, zutano y mengano; luego vienen las declaraciones del populachero de marras o de la negra repelente; sigue el consiguiente viaje de familiares a Caracas para que los presenten en los noticieros, programas de opinión, diferentes entrevistas y asistan al inmamable “Aló presidente”, donde el sátrapa hace chistes flojos, insulta al Presidente Uribe, denuesta contra los gringos, bravuconea, amenaza y perora durante horas mientras un ejército de áulicos aplaude y celebra sus impertinencias. Después la lora con la vaina de las coordenadas; luego el cuento que el ejercito colombiano se atravesó en la operación; la escogencia de la comitiva que acompaña la misión, la cual por cierto se les redujo a unos cuantos pelagatos porque pocos se le miden después del oso de Villavicencio; para que por fin los televidentes puedan chocoliar al ver el feliz reencuentro de quienes ante la posibilidad de recuperar a sus seres queridos, se prestan para lo que sea necesario y sin chistar.
Suerte picha la de nosotros que con tantos problemas internos nos tengamos ahora que aguantar la estupideces y locuras de semejante vecino. Y nada más peligroso que un enajenado mental con el poder que da el dinero, quien con su discurso populista y patriotero influye en las mentes ignorantes y a la vuelta de nada podemos resultar enfrentados en un conflicto bélico. Los de allá por seguir a su ídolo, todo de rojo hasta los pies vestido, y los de acá por darle escape a un odio que crece a medida que el dictadorzuelo le echa leña a la hoguera. No nos faltaba sino éso. Dos países bien jodidos y atrasados, enfrascados en una pelea que se inventó un patán con ínfulas de libertador. Lo peor es que ante la supremacía armamentista de Venezuela, nos tocará pedirle cacao a los gringos que hartas ganas le deben tener a Chávez, pero que no pueden callarle la boca y quedársele con el petróleo porque después de lo de Irak, el mundo se les viene encima. De manera que para ellos la disculpa sería perfecta.
Y como para que no le falte pimienta a nuestro diario acontecer, ahora viene el chicharrón de la segunda reelección de Uribe. Me pregunto cuál será la intención de sus promotores, porque no puedo creer que sea coincidencia que la hayan lanzado unos días después de la concurrida marcha, de la que tanto se insistió que no tenía color político. Y aunque no estoy de acuerdo con un tercer período, tampoco me extraña que les llame la atención medírsele si cuentan con el 83% de favoritismo. Más pendejos si no.
Ahora se inventaron otra marcha dizque porque quedó faltando el rechazo a los paracos y al ELN, pero me late que no tendrá los mismos resultados. Porque para muchos es un inconveniente asistir debido a sus ocupaciones, además de que quedan pendientes la del repudio a los jaladores de carros, los del paseo millonario, apartamenteros, violadores, estafadores, corruptos, los del fleteo, abigeos, ladrones de cuello blanco y tantos hijuetantas que andan sueltos. Lo más grave es que si como supongo, la marcha no convoca igual número de personas, van a decir que somos un país de paramilitares. Me parece verlos.
pmejiama1@une.net.co
martes, febrero 12, 2008
Comodidades modernas.
La sociedad de consumo y los adelantos tecnológicos se amangualan para ofrecer productos que hacen la vida más fácil en los hogares, hasta llegar al punto que muchas personas no pueden sobrevivir sin las comodidades a las que se han acostumbrado. Quienes tienen poder adquisitivo para darse ciertos gustos enfrentan el inconveniente que con el tiempo se vuelven adictos a ese tipo de lujos, y el día que no los tienen sufren una gran decepción que les amarga la existencia. Por ello es bueno contarle a los menores cómo era el diario vivir en los hogares de nuestra infancia, donde a pesar de no faltarnos nada, no pueden siquiera compararse con los de ahora.
Algo que no podrán creer es que por ejemplo no existía la cultura del plástico. Todo venía en bolsas de papel y en el mercado empacaban los granos en bolsitas de libra o de kilo, a las que les hacían un doblez especial para cerrarlas. El panadero cogía la parva directamente de la vitrina y la echaba en un talego de papel, a excepción de la encima o la ñapa que le entregaba en la mano al muchachito que hacía el mandado. Los productos de carnicería, los quesos o la mantequilla eran empacados primero en hojas de bihao, para luego acomodarlos en una chuspa tradicional.
Los productos de limpieza venían en envases de vidrio y a diferencia de ahora que hay uno para aplicar a cada cosa imaginable, se reducían al varsol para limpiar la ropa de paño y un frasco de límpido para despercudir calzoncillos. La leche también estaba envasada en botellas, y gaseosas y cervezas eran distribuidas en canastas de madera de 24 unidades. El recipiente para recoger la basura era una caneca metálica, sin bolsa plástica, por lo que los líquidos lixiviados la oxidaban y cogía un olor nauseabundo. Ni imaginar en aquella época que pudieran inventar sillas o mesas de plástico.
Y como no existían esos empaques, tampoco había recicladores. En cambio aparecían los limosneros o los chinches, quienes tocaban en las casas para pedir que les regalaran algo de comer. Llevaban un tarro vacío de galletas de soda, avena Quaquer o leche Klim, donde la cocinera les empacaba algunas sobras del almuerzo como arroz, lentejas, frijoles o tajadas maduras; ellos se sentaban en la escalita de la casa y allí despachaban el improvisado “golpe”. Además cargaban un costal para que les dieran plátanos, bananos o lo que hubiera de revuelto. Las empleadas nos decían que esos tipos robaban en sus costales a los muchachitos desobedientes, lo que bastaba para que dejáramos de joder al menos mientras el personaje rondaba por el vecindario.
Como todas las casas tenían patio las mascotas eran muy diferentes a las actuales. Teníamos un perro grande y pulgoso que alimentábamos con sobrados y que no podía entrar a la casa. Al gato nadie lo mimaba y solo estaba para cazar ratones, y cuando se perdía pasaba mucho tiempo antes de que nos percatáramos; y en el solar no faltaban gallinas, pollos de engorde, conejos y otros animales caseros. Muy distinto a las iguanas que tienen hoy los niños y que viven pegadas de las cortinas, de las tortuguitas metidas en un acuario, o de los perritos falderos que requieren muchos cuidados y hay que meterles más plata que a un bebé recién nacido.
En cuanto a electrodomésticos y equipos electrónicos sí que había diferencias. En la cocina y patio de ropas se contaba con la licuadora, una máquina para batir las tortas, una parrilla de resistencias para asar arepas, la plancha y un radio grande de tubos encima de la mesa de aplanchar que reproducía todas las radionovelas. En las familias numerosas era necesario mandar a lavar la ropa donde una lavandera y en vez de secadora, se utilizaban unas cuerdas acondicionadas en el patio para tal fin.
En la casa solo había un punto para conectar el teléfono y el aparato era de disco, de esos negros tradicionales. Para oír un long play, el disco más moderno de entonces, existía la radiola que en todos los casos era una herencia de varias generaciones, por lo que el sonido dejaba mucho que desear; además tenía un radio que presentaba en el dial infinidad de bandas y ciudades que supuestamente podían sintonizarse, pero la verdad es que no cogía ni las emisoras locales. Y el televisor era un vejestorio en blanco y negro que sintonizaba un canal. De resto no había ningún tipo de aparato electrónico.
Pero mientras ahora en pocos hogares tienen una empleada doméstica de tiempo completo, porque la mayoría trabajan por días o pocas horas a la semana, es esos tiempos generaban más empleo. No faltaban la cocinera y la “entrodera”, quien se encargaba de los oficios de la casa y el arreglo de la ropa. La niñera o una monjita que ayudaban a cuidar los mocosos chiquitos. Un todero encargado de limpiar alfombras, vidrios, arreglar prados y jardines, lavar el garaje y mover los muebles para barrer debajo. También nos visitaba un peluquero que motilaba a domicilio, y en la calle se ofrecía a los gritos el amolador de cuchillos y tijeras, el zapatero remendón y uno que compraba frascos y botellas.
Estos recuerdos nos dejan claro que podemos vivir sin tantos perendengues.
pmejiama1@une.net.co
Algo que no podrán creer es que por ejemplo no existía la cultura del plástico. Todo venía en bolsas de papel y en el mercado empacaban los granos en bolsitas de libra o de kilo, a las que les hacían un doblez especial para cerrarlas. El panadero cogía la parva directamente de la vitrina y la echaba en un talego de papel, a excepción de la encima o la ñapa que le entregaba en la mano al muchachito que hacía el mandado. Los productos de carnicería, los quesos o la mantequilla eran empacados primero en hojas de bihao, para luego acomodarlos en una chuspa tradicional.
Los productos de limpieza venían en envases de vidrio y a diferencia de ahora que hay uno para aplicar a cada cosa imaginable, se reducían al varsol para limpiar la ropa de paño y un frasco de límpido para despercudir calzoncillos. La leche también estaba envasada en botellas, y gaseosas y cervezas eran distribuidas en canastas de madera de 24 unidades. El recipiente para recoger la basura era una caneca metálica, sin bolsa plástica, por lo que los líquidos lixiviados la oxidaban y cogía un olor nauseabundo. Ni imaginar en aquella época que pudieran inventar sillas o mesas de plástico.
Y como no existían esos empaques, tampoco había recicladores. En cambio aparecían los limosneros o los chinches, quienes tocaban en las casas para pedir que les regalaran algo de comer. Llevaban un tarro vacío de galletas de soda, avena Quaquer o leche Klim, donde la cocinera les empacaba algunas sobras del almuerzo como arroz, lentejas, frijoles o tajadas maduras; ellos se sentaban en la escalita de la casa y allí despachaban el improvisado “golpe”. Además cargaban un costal para que les dieran plátanos, bananos o lo que hubiera de revuelto. Las empleadas nos decían que esos tipos robaban en sus costales a los muchachitos desobedientes, lo que bastaba para que dejáramos de joder al menos mientras el personaje rondaba por el vecindario.
Como todas las casas tenían patio las mascotas eran muy diferentes a las actuales. Teníamos un perro grande y pulgoso que alimentábamos con sobrados y que no podía entrar a la casa. Al gato nadie lo mimaba y solo estaba para cazar ratones, y cuando se perdía pasaba mucho tiempo antes de que nos percatáramos; y en el solar no faltaban gallinas, pollos de engorde, conejos y otros animales caseros. Muy distinto a las iguanas que tienen hoy los niños y que viven pegadas de las cortinas, de las tortuguitas metidas en un acuario, o de los perritos falderos que requieren muchos cuidados y hay que meterles más plata que a un bebé recién nacido.
En cuanto a electrodomésticos y equipos electrónicos sí que había diferencias. En la cocina y patio de ropas se contaba con la licuadora, una máquina para batir las tortas, una parrilla de resistencias para asar arepas, la plancha y un radio grande de tubos encima de la mesa de aplanchar que reproducía todas las radionovelas. En las familias numerosas era necesario mandar a lavar la ropa donde una lavandera y en vez de secadora, se utilizaban unas cuerdas acondicionadas en el patio para tal fin.
En la casa solo había un punto para conectar el teléfono y el aparato era de disco, de esos negros tradicionales. Para oír un long play, el disco más moderno de entonces, existía la radiola que en todos los casos era una herencia de varias generaciones, por lo que el sonido dejaba mucho que desear; además tenía un radio que presentaba en el dial infinidad de bandas y ciudades que supuestamente podían sintonizarse, pero la verdad es que no cogía ni las emisoras locales. Y el televisor era un vejestorio en blanco y negro que sintonizaba un canal. De resto no había ningún tipo de aparato electrónico.
Pero mientras ahora en pocos hogares tienen una empleada doméstica de tiempo completo, porque la mayoría trabajan por días o pocas horas a la semana, es esos tiempos generaban más empleo. No faltaban la cocinera y la “entrodera”, quien se encargaba de los oficios de la casa y el arreglo de la ropa. La niñera o una monjita que ayudaban a cuidar los mocosos chiquitos. Un todero encargado de limpiar alfombras, vidrios, arreglar prados y jardines, lavar el garaje y mover los muebles para barrer debajo. También nos visitaba un peluquero que motilaba a domicilio, y en la calle se ofrecía a los gritos el amolador de cuchillos y tijeras, el zapatero remendón y uno que compraba frascos y botellas.
Estos recuerdos nos dejan claro que podemos vivir sin tantos perendengues.
pmejiama1@une.net.co
martes, febrero 05, 2008
Lo que sube pierna arriba.
En algunos canales de televisión internacional pueden verse maravillosas obras de ingeniería construidas en los países desarrollados. Se nos chorrean las babas al ver las autopistas, puentes, túneles, aeropuertos, grandes rascacielos, vías ferroviarias, puertos y demás obras de infraestructura tan necesarias para el desarrollo. Con maquinaria especializada, tecnología de punta y unos operarios más preparados que un tamal, pero sobre todo con recursos económicos, desarrollan los proyectos sin contratiempos y el los plazos estipulados. Mientras tanto en los países del tercer mundo celebramos con entusiasmo cuando muy de vez en cuando inauguran una obra, la cual no puede compararse con las arriba mencionadas, y que además demora una eternidad en ponerse al servicio. Aunque aquí inauguran las obras sin haberlas terminado, con tal de que el dirigente de turno alcance a tomarse la foto de rigor mientras corta la cinta. Lo peor es que ante la necesidad, nadie le saca peros ni evita utilizar la nueva estructura como muestra de su descontento.
Pasa el tiempo y todos soñamos con el día que terminen la construcción de la autopista del café o del aeropuerto de Palestina; o que se haga realidad el puerto de Tribugá en el océano pacífico, o aunque sea el multimodal del río Magdalena en La Dorada. Del ferrocarril de occidente no volvieron a decir nada y la rectificación de la carretera que nos une con Bogotá le tocará verla a nuestros tataranietos. El machete está en que dichas obras se demoren para poder renegociar, actualizar costos, prorrogar plazos de entrega, meterle unas cuantas demandas al estado y repartir comisiones, tajadas y mordiscos. El monumento a la desidia es el vetusto Palacio Nacional de Manizales, cuya construcción duró 20 años (dos décadas, cuatro lustros, diez pares de años o como quieran llamarlo). Y si con semejante demora les quedó así de feo, qué tal que lo hubieran hecho a las carreras.
Ahora el problema que nos sube pierna arriba es bien grave. A pesar de la avalancha de vehículos de todo tipo que inundan calles y carreteras, la malla vial sigue siendo casi la misma de hace medio siglo. Muy pocas carreteras nuevas entran al servicio, mientras en los centros urbanos las vías arterias son las mismas desde hace mucho tiempo. De vez en cuando abren una nueva, la cual se ve atestada al momento ante las necesidades que existen. Lo peor es que en muchas ciudades solo se interesan por mantener en buenas condiciones las vías principales, mientras que las calles en los barrios son verdaderas trochas intransitables. Por ejemplo en Bogotá pueden estar seguros de que nunca tendrán una malla vial aceptable, porque el problema ya les cogió ventaja.
Las carreteras troncales, vasos comunicantes del país en materia vial, son angostas, peligrosas, mal señalizadas, con reparcheos burdos y ordinarios, y con reasaltos bruscos cada pocos kilómetros que perjudican el promedio de velocidad. La troncal de occidente, en la zona montañosa de Antioquia, está minada por los derrumbes y las fallas geológicas, mientras que en el plan, de Puerto Valdivia hacia el norte, los pueblos y caseríos en la orilla de la carretera son muchos y cruzarlos es un peligro. Las motocicletas pululan, los mocosos se atraviesan, burros en mitad de la vía, ciclistas imprudentes y “policías acostados” sin señalización que producen accidentes a diario. Parece mentira que una capital como Medellín no tenga una variante que le evite al viajero perder más de una hora mientras la cruza, hasta retornar a la carretera en el otro extremo de la ciudad.
La troncal de oriente tampoco es la excepción. Se cambia de departamento en 8 oportunidades y la situación económica de cada uno se nota en el estado de la carretera. El tramo que corresponde a Boyacá parece reparado por campesinos que tapan los huecos con paladas de asfalto, y en otras latitudes no hay ningún tipo de señalización. Por los lados de San Alberto, en El Cesar, la carretera va sobre un estrecho montículo que no deja espacio para las bermas; por lo tanto cualquier peatón, ciclista, motociclista o animal (de 4 patas), se convierte en un obstáculo para los conductores. Coincide el atravesado con un tracto camión que viene por el carril contrario a más de cien kilómetros por hora, y a quien se los topa de frente solo le queda mandarse por el hueco que dejan a ver si logra pasar. Los innumerables riesgos a los que se exponen conductores y pasajeros hacen que sea un milagro salir incólume de semejante travesía tan peligrosa.
En los últimos tiempos cada mes se rompe el récord de mayor venta de vehículos en nuestro país. Los enjambres de motos invaden las calles y miles de carros entran a obstaculizar las escasas y estrechas vías, lo que hace prever un caos inmanejable para un futuro próximo. La medida de pico y placa no es suficiente en muchas ciudades, y muy pronto deberán aplicarla durante las temporadas altas en las carreteras. Y como toda la carga debe transportarse en camiones, porque no tenemos ferrocarril ni tráfico fluvial, esos grandes vehículos atestan las carreteras sin dejar fluir el tráfico liviano, aparte de que destruyen el pavimento por su excesivo peso. Es tan fregado el problema que tuvieron que inventarse un nuevo cargo: dizque Secretarios de “movilidad”.
pmejiama1@une.net.co
Pasa el tiempo y todos soñamos con el día que terminen la construcción de la autopista del café o del aeropuerto de Palestina; o que se haga realidad el puerto de Tribugá en el océano pacífico, o aunque sea el multimodal del río Magdalena en La Dorada. Del ferrocarril de occidente no volvieron a decir nada y la rectificación de la carretera que nos une con Bogotá le tocará verla a nuestros tataranietos. El machete está en que dichas obras se demoren para poder renegociar, actualizar costos, prorrogar plazos de entrega, meterle unas cuantas demandas al estado y repartir comisiones, tajadas y mordiscos. El monumento a la desidia es el vetusto Palacio Nacional de Manizales, cuya construcción duró 20 años (dos décadas, cuatro lustros, diez pares de años o como quieran llamarlo). Y si con semejante demora les quedó así de feo, qué tal que lo hubieran hecho a las carreras.
Ahora el problema que nos sube pierna arriba es bien grave. A pesar de la avalancha de vehículos de todo tipo que inundan calles y carreteras, la malla vial sigue siendo casi la misma de hace medio siglo. Muy pocas carreteras nuevas entran al servicio, mientras en los centros urbanos las vías arterias son las mismas desde hace mucho tiempo. De vez en cuando abren una nueva, la cual se ve atestada al momento ante las necesidades que existen. Lo peor es que en muchas ciudades solo se interesan por mantener en buenas condiciones las vías principales, mientras que las calles en los barrios son verdaderas trochas intransitables. Por ejemplo en Bogotá pueden estar seguros de que nunca tendrán una malla vial aceptable, porque el problema ya les cogió ventaja.
Las carreteras troncales, vasos comunicantes del país en materia vial, son angostas, peligrosas, mal señalizadas, con reparcheos burdos y ordinarios, y con reasaltos bruscos cada pocos kilómetros que perjudican el promedio de velocidad. La troncal de occidente, en la zona montañosa de Antioquia, está minada por los derrumbes y las fallas geológicas, mientras que en el plan, de Puerto Valdivia hacia el norte, los pueblos y caseríos en la orilla de la carretera son muchos y cruzarlos es un peligro. Las motocicletas pululan, los mocosos se atraviesan, burros en mitad de la vía, ciclistas imprudentes y “policías acostados” sin señalización que producen accidentes a diario. Parece mentira que una capital como Medellín no tenga una variante que le evite al viajero perder más de una hora mientras la cruza, hasta retornar a la carretera en el otro extremo de la ciudad.
La troncal de oriente tampoco es la excepción. Se cambia de departamento en 8 oportunidades y la situación económica de cada uno se nota en el estado de la carretera. El tramo que corresponde a Boyacá parece reparado por campesinos que tapan los huecos con paladas de asfalto, y en otras latitudes no hay ningún tipo de señalización. Por los lados de San Alberto, en El Cesar, la carretera va sobre un estrecho montículo que no deja espacio para las bermas; por lo tanto cualquier peatón, ciclista, motociclista o animal (de 4 patas), se convierte en un obstáculo para los conductores. Coincide el atravesado con un tracto camión que viene por el carril contrario a más de cien kilómetros por hora, y a quien se los topa de frente solo le queda mandarse por el hueco que dejan a ver si logra pasar. Los innumerables riesgos a los que se exponen conductores y pasajeros hacen que sea un milagro salir incólume de semejante travesía tan peligrosa.
En los últimos tiempos cada mes se rompe el récord de mayor venta de vehículos en nuestro país. Los enjambres de motos invaden las calles y miles de carros entran a obstaculizar las escasas y estrechas vías, lo que hace prever un caos inmanejable para un futuro próximo. La medida de pico y placa no es suficiente en muchas ciudades, y muy pronto deberán aplicarla durante las temporadas altas en las carreteras. Y como toda la carga debe transportarse en camiones, porque no tenemos ferrocarril ni tráfico fluvial, esos grandes vehículos atestan las carreteras sin dejar fluir el tráfico liviano, aparte de que destruyen el pavimento por su excesivo peso. Es tan fregado el problema que tuvieron que inventarse un nuevo cargo: dizque Secretarios de “movilidad”.
pmejiama1@une.net.co
lunes, enero 28, 2008
Cero estrés.
Parece increíble que a quienes vamos por el medio chorizo, cincuentones que llaman, nos haya tocado ver tantos cambios en este mundo trastocado. Todo ha cambiado en forma considerable, lo que nos hace imaginar cómo irá a ser la vaina de aquí en adelante. Siempre oímos decir que la evolución de los seres vivos se produce lentamente, que necesita el paso de generaciones para concretarse, lo que en nuestro caso no aplica porque si repasamos lo sucedido en el último medio siglo podemos notar marcados cambios y diferencias. Cómo es posible que dentro de dos décadas algunos de nosotros muestren a sus nietos las fotos del nevado del Ruiz, mientras señalan la cordillera y les explican que allí quedaba, para relatarles que ese maravilloso fenómeno natural acompañó a los habitantes de esta ciudad desde siempre.
El adorno más hermoso que tiene nuestro variado y espectacular panorama son esas cumbres que muchas mañanas, sobre todo cuando ha nevado durante la noche, amanecen vestidas con un velo blanco maravilloso. Lo triste es que esa profusión de nieve dura hasta media mañana, cuando el sol la derrite y se descubren de nuevo los paisajes lunares. Hasta que hizo erupción el volcán Arenas era paseo obligado subir al refugio del nevado, donde a pocos pasos podían disfrutarse las nieves perpetuas. Los niños no podíamos esperar a que el carro se detuviera para lanzarnos como locos a revolcarnos en la nieve, y hacer el voleo de bolas elaboradas con esa escarcha mágica; solo los mareados por causa del soroche y el mal de altura debían entrar al refugio para recibir oxígeno, y tomarse una leche condensada o un chocolate caliente a ver si recuperaban los colores.
El comportamiento de las personas sí que ha sufrido cambios. Ahora los niños son muy diferentes, porque el modo de vida ha cambiado en forma considerable y ellos están expuestos a absorber los problemas de los adultos. Muchachitos que se maduran biches debido a que interactúan con los mayores a toda hora, quienes por darles importancia y querer parecer mejores padres, les permiten opinar y entrometerse en asuntos que son definitivamente de gente mayor. Entonces ellos se enteran de los problemas de pareja de sus padres, de las estrecheces económicas, de asuntos de otros parientes, de situaciones delicadas y coyunturales, y de la avalancha de malas noticias que inundan los medios de comunicación.
A diferencia de antes, cuando los mocosos se criaban en la calle sin dios ni ley y solo entraban a la casa a comer o a dormir, lo que no les dejaba tiempo para involucrarse en nada diferente a sus asuntos, los menores de ahora no se despegan de sus mayores y quieren saber todo lo que hablan delante de ellos; preguntan más que un perdido. Debido a esta diferencia de actitudes es que hoy en día los consultorios de sicólogos, médicos y terapeutas no dan abasto con la avalancha de muchachitos que asisten a su consulta. El suicidio en menores de edad se ha incrementado en forma impresionante, y los que no llegan a esa fatídica y desesperada situación, enfrentan traumas y conflictos personales.
Aterra ver infantes en el consultorio del gastroenterólogo porque la úlcera y la gastritis los mortifican, y para ellos ya es normal tragarse el tubo de la endoscopia que les explora las entrañas en busca de la causa de sus molestias. Lo triste es que tantos quebrantos en la salud son debido a un mal que hasta hace poco era exclusivo de los adultos: el estrés. No hay derecho a que un niño, que debería dedicar su existencia a divertirse y a disfrutar la vida, tenga que enfrentar aflicciones y angustias, y la ansiedad lo agobie hasta desequilibrarlo. Seguro que una persona así no llega a los 50 años, porque un infarto fulminante se lo lleva antes y sin previo aviso.
El futuro de la sociedad es negro y turbulento. Dentro de unos años las personas serán irascibles e intolerantes, situación que se tornará tensa porque la neura y el mal genio campearán. Gente amargada, tensa, nerviosa, estresada y a toda hora con el mico al hombro. Todos dedicados a lo suyo, expertos y conocedores de la materia que les interesa, pero absolutos desconocedores de cualquier otro tema. Cero lecturas, nada de cultura general, apatía absoluta por las ciencias y el conocimiento, ignorantes de la historia y el acontecer cultural, será el arquetipo del ciudadano común. Los aparatos electrónicos captarán la atención y controlarán el mundo, aunque en la actualidad ya se convirtieron en verdaderas adicciones para muchos mortales.
Pensar que en pleno siglo XXI todavía existen comunidades indígenas que habitan en las selvas inhóspitas, como los Nukak Maku. No conocen el significado de la palabra estrés y andan todo el día en pelota sin haber conjugado verbos como pagar, deber, consignar y cancelar. No saben lo que es un sobregiro, un pagaré, un impuesto, un cobro jurídico o un embargo. Mucho menos reconocen siglas como POT, PIB, CDT, EPS y UVR. No sufren de bulimia, migraña, colon irritable o dislexia. Y les resbala el acuerdo humanitario, la guerra de Irak, el calentamiento global, el precio del dólar y el Tratado de libre comercio. Echados en una hamaca, con las indias a la mano, y viringas, son en definitiva los chachos del planeta.
pmejiama1@une.net.co
El adorno más hermoso que tiene nuestro variado y espectacular panorama son esas cumbres que muchas mañanas, sobre todo cuando ha nevado durante la noche, amanecen vestidas con un velo blanco maravilloso. Lo triste es que esa profusión de nieve dura hasta media mañana, cuando el sol la derrite y se descubren de nuevo los paisajes lunares. Hasta que hizo erupción el volcán Arenas era paseo obligado subir al refugio del nevado, donde a pocos pasos podían disfrutarse las nieves perpetuas. Los niños no podíamos esperar a que el carro se detuviera para lanzarnos como locos a revolcarnos en la nieve, y hacer el voleo de bolas elaboradas con esa escarcha mágica; solo los mareados por causa del soroche y el mal de altura debían entrar al refugio para recibir oxígeno, y tomarse una leche condensada o un chocolate caliente a ver si recuperaban los colores.
El comportamiento de las personas sí que ha sufrido cambios. Ahora los niños son muy diferentes, porque el modo de vida ha cambiado en forma considerable y ellos están expuestos a absorber los problemas de los adultos. Muchachitos que se maduran biches debido a que interactúan con los mayores a toda hora, quienes por darles importancia y querer parecer mejores padres, les permiten opinar y entrometerse en asuntos que son definitivamente de gente mayor. Entonces ellos se enteran de los problemas de pareja de sus padres, de las estrecheces económicas, de asuntos de otros parientes, de situaciones delicadas y coyunturales, y de la avalancha de malas noticias que inundan los medios de comunicación.
A diferencia de antes, cuando los mocosos se criaban en la calle sin dios ni ley y solo entraban a la casa a comer o a dormir, lo que no les dejaba tiempo para involucrarse en nada diferente a sus asuntos, los menores de ahora no se despegan de sus mayores y quieren saber todo lo que hablan delante de ellos; preguntan más que un perdido. Debido a esta diferencia de actitudes es que hoy en día los consultorios de sicólogos, médicos y terapeutas no dan abasto con la avalancha de muchachitos que asisten a su consulta. El suicidio en menores de edad se ha incrementado en forma impresionante, y los que no llegan a esa fatídica y desesperada situación, enfrentan traumas y conflictos personales.
Aterra ver infantes en el consultorio del gastroenterólogo porque la úlcera y la gastritis los mortifican, y para ellos ya es normal tragarse el tubo de la endoscopia que les explora las entrañas en busca de la causa de sus molestias. Lo triste es que tantos quebrantos en la salud son debido a un mal que hasta hace poco era exclusivo de los adultos: el estrés. No hay derecho a que un niño, que debería dedicar su existencia a divertirse y a disfrutar la vida, tenga que enfrentar aflicciones y angustias, y la ansiedad lo agobie hasta desequilibrarlo. Seguro que una persona así no llega a los 50 años, porque un infarto fulminante se lo lleva antes y sin previo aviso.
El futuro de la sociedad es negro y turbulento. Dentro de unos años las personas serán irascibles e intolerantes, situación que se tornará tensa porque la neura y el mal genio campearán. Gente amargada, tensa, nerviosa, estresada y a toda hora con el mico al hombro. Todos dedicados a lo suyo, expertos y conocedores de la materia que les interesa, pero absolutos desconocedores de cualquier otro tema. Cero lecturas, nada de cultura general, apatía absoluta por las ciencias y el conocimiento, ignorantes de la historia y el acontecer cultural, será el arquetipo del ciudadano común. Los aparatos electrónicos captarán la atención y controlarán el mundo, aunque en la actualidad ya se convirtieron en verdaderas adicciones para muchos mortales.
Pensar que en pleno siglo XXI todavía existen comunidades indígenas que habitan en las selvas inhóspitas, como los Nukak Maku. No conocen el significado de la palabra estrés y andan todo el día en pelota sin haber conjugado verbos como pagar, deber, consignar y cancelar. No saben lo que es un sobregiro, un pagaré, un impuesto, un cobro jurídico o un embargo. Mucho menos reconocen siglas como POT, PIB, CDT, EPS y UVR. No sufren de bulimia, migraña, colon irritable o dislexia. Y les resbala el acuerdo humanitario, la guerra de Irak, el calentamiento global, el precio del dólar y el Tratado de libre comercio. Echados en una hamaca, con las indias a la mano, y viringas, son en definitiva los chachos del planeta.
pmejiama1@une.net.co
martes, enero 22, 2008
Me salen letreros.
En nuestro medio se presentan sucesos de una espectacularidad que nadie puede quedarse sin opinar. Los hechos parecen sacados de una novela de ficción y son tan inusuales que todavía logran movernos el piso a los colombianos, que a estas alturas ya deberíamos tener el cuero curtido de tanto aguantar. Por fortuna aún nos queda capacidad de asombro. El novelón de la liberación de las secuestradas en las últimas semanas mantuvo al país, y a la comunidad internacional, expectante y alterada ante los diferentes bandazos que se dieron con el paso de los días. Lo cierto del caso es que la insurgencia logró enfrentar a los presidentes de dos países hermanos, y que dicho rifirrafe lo único que nos puede dejar son unas consecuencias nefastas en el ámbito económico, del que los más perjudicados somos nosotros. Porque para nadie es un secreto que en cualquier pelea el que lleva del bulto es el más pobre.
Debemos tener muy claro que en este juego político, como en cualquier encuentro deportivo, quien recibe la pelota es el que acapara toda la atención, y que en la forma como la devuelva al terreno contrario está el éxito de su desempeño en el partido. Por lo tanto cualquier cosa que hagan o digan Uribe, Chávez o la guerrilla, ha sido analizada hasta en el más mínimo detalle. Ejércitos de asesores y analistas políticos son los encargados de preparar las jugadas, después de poner en una balanza las posibilidades de éxito o de fracaso del movimiento táctico de turno. Pienso que todos sus actos tienen un trasfondo político y una segunda intención para hacer puntos a favor.
El columnista Daniel Samper Pizano comparó la pelotera entre los dos mandatarios con una pelea de boxeo, donde el presidente Uribe recibe una andanada de golpes que lo ponen al borde del nocaut en todos los asaltos, y cuando está a punto de caer en el último episodio, echa mano de la información acerca del niño Emmanuel en manos del Instituto de bienestar familiar. Entonces el que besa la lona de una manera estruendosa es el chafarote vecino, para quedar como un zapato ante sus conciudadanos y ante el mundo entero. Nadie puede negar que en este caso a Uribe lo salvó la campana, porque de haber salido exitoso el circo que montaron en Villavicencio, habría quedado como el malo de la película. Ni hablar de la piedra que deben tener el ex presidente Argentino, el oportunista director de cine y demás representantes venidos del exterior que se prestaron para semejante oso.
De lo que no cabe duda es que todo este asunto se enredó cuando entraron al tinglado Chávez y la negra Piedad, porque ambos son ególatras, camorreros, cáusticos y ávidos de protagonismo. Que ni mandado a hacer el escenario para que el atravesado comandante de a conocer al mundo su proyecto expansionista, en el que ya tiene reclutados a varios seguidores de países paupérrimos que ven en él la solución a sus problemas económicos. Así como el genial Donoso, también venezolano, habla por intermedio de sus personajes de marionetas, el ventrílocuo Chávez dice lo que toca a través de Evo Morales, Correa y Ortega.
El Bienestar familiar quedó muy bien con el asunto del niño, porque sin saber de quien se trataba le dieron a su caso el trámite correspondiente y cuando descubrieron su identidad ya le habían practicado 3 cirugías en el brazo lesionado. Pero como Chávez no podía quedarse con su orgullo herido, pactó con las FARC para que hicieran la liberación prometida a cambio de recomendarle al mundo que los reconozca como fuerza beligerante. Dicho y hecho. Al otro día, sin hacer uso de sus marionetas, se puso la banda presidencial, se chantó medallas, escudos y colgandejos, y canceló la deuda cuando ante la asamblea nacional despachó la absurda propuesta.
Emotivo fue ver el reencuentro de Clara con su hijo, y a la señora Consuelo cargar a la pequeña nieta que no conocía; por cierto, dos mujeres ejemplares por su estoicismo y serenidad. Pero no podemos caer en el síndrome de Estocolmo y agradecer a la guerrilla por su gesto bondadoso y humanitario. Dos liberaciones de un grupo de casi 750 rehenes representan un porcentaje insignificante, y peor si tenemos en cuenta que siguen los secuestros de civiles inocentes.
La realidad es triste pero hay que enfrentarla. Las FARC no van a desprenderse del único instrumento que tienen para hacerse notar de la comunidad internacional, además que los prisioneros les sirven de escudos humanos para evitar bombardeos. Crea intriga el hecho que permitan a sus prisioneros relatar la manera infrahumana como los tienen en su cautiverio; porque sin duda el correo es controlado, pero todos los testimonios coinciden en querer mostrar una realidad escalofriante y aterradora. La tristeza que genera oír esos relatos alimenta a la vez un odio visceral en contra de la fuerza insurgente, y aunque pienso que ellos lo que buscan es apretar clavijas, están obteniendo el efecto contrario.
Muchos acusan al Presidente de insensible por no aflojar, y de seguir así va a tocar recurrir a un referéndum para que seamos los más de 40 millones de colombianos quienes digamos si estamos dispuestos a entregarles el país a cambio de los secuestrados.
pmejiama1@une.net.co
Debemos tener muy claro que en este juego político, como en cualquier encuentro deportivo, quien recibe la pelota es el que acapara toda la atención, y que en la forma como la devuelva al terreno contrario está el éxito de su desempeño en el partido. Por lo tanto cualquier cosa que hagan o digan Uribe, Chávez o la guerrilla, ha sido analizada hasta en el más mínimo detalle. Ejércitos de asesores y analistas políticos son los encargados de preparar las jugadas, después de poner en una balanza las posibilidades de éxito o de fracaso del movimiento táctico de turno. Pienso que todos sus actos tienen un trasfondo político y una segunda intención para hacer puntos a favor.
El columnista Daniel Samper Pizano comparó la pelotera entre los dos mandatarios con una pelea de boxeo, donde el presidente Uribe recibe una andanada de golpes que lo ponen al borde del nocaut en todos los asaltos, y cuando está a punto de caer en el último episodio, echa mano de la información acerca del niño Emmanuel en manos del Instituto de bienestar familiar. Entonces el que besa la lona de una manera estruendosa es el chafarote vecino, para quedar como un zapato ante sus conciudadanos y ante el mundo entero. Nadie puede negar que en este caso a Uribe lo salvó la campana, porque de haber salido exitoso el circo que montaron en Villavicencio, habría quedado como el malo de la película. Ni hablar de la piedra que deben tener el ex presidente Argentino, el oportunista director de cine y demás representantes venidos del exterior que se prestaron para semejante oso.
De lo que no cabe duda es que todo este asunto se enredó cuando entraron al tinglado Chávez y la negra Piedad, porque ambos son ególatras, camorreros, cáusticos y ávidos de protagonismo. Que ni mandado a hacer el escenario para que el atravesado comandante de a conocer al mundo su proyecto expansionista, en el que ya tiene reclutados a varios seguidores de países paupérrimos que ven en él la solución a sus problemas económicos. Así como el genial Donoso, también venezolano, habla por intermedio de sus personajes de marionetas, el ventrílocuo Chávez dice lo que toca a través de Evo Morales, Correa y Ortega.
El Bienestar familiar quedó muy bien con el asunto del niño, porque sin saber de quien se trataba le dieron a su caso el trámite correspondiente y cuando descubrieron su identidad ya le habían practicado 3 cirugías en el brazo lesionado. Pero como Chávez no podía quedarse con su orgullo herido, pactó con las FARC para que hicieran la liberación prometida a cambio de recomendarle al mundo que los reconozca como fuerza beligerante. Dicho y hecho. Al otro día, sin hacer uso de sus marionetas, se puso la banda presidencial, se chantó medallas, escudos y colgandejos, y canceló la deuda cuando ante la asamblea nacional despachó la absurda propuesta.
Emotivo fue ver el reencuentro de Clara con su hijo, y a la señora Consuelo cargar a la pequeña nieta que no conocía; por cierto, dos mujeres ejemplares por su estoicismo y serenidad. Pero no podemos caer en el síndrome de Estocolmo y agradecer a la guerrilla por su gesto bondadoso y humanitario. Dos liberaciones de un grupo de casi 750 rehenes representan un porcentaje insignificante, y peor si tenemos en cuenta que siguen los secuestros de civiles inocentes.
La realidad es triste pero hay que enfrentarla. Las FARC no van a desprenderse del único instrumento que tienen para hacerse notar de la comunidad internacional, además que los prisioneros les sirven de escudos humanos para evitar bombardeos. Crea intriga el hecho que permitan a sus prisioneros relatar la manera infrahumana como los tienen en su cautiverio; porque sin duda el correo es controlado, pero todos los testimonios coinciden en querer mostrar una realidad escalofriante y aterradora. La tristeza que genera oír esos relatos alimenta a la vez un odio visceral en contra de la fuerza insurgente, y aunque pienso que ellos lo que buscan es apretar clavijas, están obteniendo el efecto contrario.
Muchos acusan al Presidente de insensible por no aflojar, y de seguir así va a tocar recurrir a un referéndum para que seamos los más de 40 millones de colombianos quienes digamos si estamos dispuestos a entregarles el país a cambio de los secuestrados.
pmejiama1@une.net.co
martes, enero 15, 2008
Se me lengua la traba.
Una de las cosas más bellas de un bebé en sus primeros años es cuando empieza a hablar con media lengua, y le cambia el apelativo a las cosas para renombrarlas a su gusto. Ellos aprenden con mucha facilidad, pero es normal que relacionen una cosa con otra, lo que se presta para que los adultos disfruten con sus ocurrencias. Algunas personas corrigen los muchachitos cada que pronuncia mal una palabra, con el cuento que es mejor que aprendan desde chiquitos, pero otros preferimos dejarlos con su inocencia, convencidos de que en su momento sabrán hablar como cualquier cristiano. No conozco el primer viejo que se haya quedado media lengua. Los hay tartamudos, o gagos que llaman; otros hablan con un seseo, y a estos les dicen “sopitas”; y algunos se expresan de una forma ininteligible.
La ere es una consonante que presenta dificultad para ciertos niños, entre muchos otros casos, y son las fonoaudiólogas las profesionales encargadas de enseñar a los pacientes la forma correcta de pronunciar los diferentes fonemas. Lo curioso es que cuando yo estaba chiquito no existía esa profesión, o al menos nunca la oí mencionar. Al que hablaba de forma irregular le daban fuete en la casa, en el colegio el profesor le cascaba con una regla en las corvas, y eso era hasta que aprendía. Deberían ser más los traumatizados en la sociedad actual, ya que antes el que sufría alguna tara debía aguantarse la burla de todos, aparte de que a garrote le enderezaban lo que fuera necesario.
Los bebés aprenden primero las palabras más sencillas, y es una maravilla verlos a medida que crecen cómo intentan armar frases coherentes. Yo trato de imaginar el funcionamiento de sus mentes mientras idean la forma de decir lo que quieren expresar. Hace unos días mi sobrina Maria Antonia, una mocosa divina y tierna de cuatro años, estaba de visita donde los abuelos. Ella se amaña donde los viejos cuando está con el hermanito o con algún primo, porque con ellos se entretiene en alguna actividad, pero si está sola al poco rato busca una disculpa para que la lleven a su casa. Estaba la niña sentada en una cama, colgando las piernitas y sin saber de qué conversar, y mi madre le preguntó qué le pasaba que estaba tan callada. Ella, con mucha prudencia para no parecer grosera, le dijo con franqueza:
-Es que estoy cansada de ir aquí.
Otra vez estaba entretenida mientras jugaba con su primo Pedro Luís, y mis padres les ponían cuidado para oírlos conversar. En esas el muchacho, que es unos añitos mayor, le dijo que quería invitarla a su apartamento a dormir para que pasaran bien rico, y aunque la mocosa no le paraba bolas porque estaba entretenida, Pedrito le quiso explicar que él vive en un edificio al lado de Batuta. Como María Antonia estaba distraída, solo alcanzó a reconocer la última palabra y en forma alevosa respondió al supuesto insulto:
-¡Más batuta será usted!
En todas las familias se presentan estas situaciones, y son cosas que debemos anotar para no olvidarlas, porque los niños crecen y todos esos momentos maravillosos se pierden en el olvido. Quedan fotografías y películas, pero su forma de hablar, sus cuentos y salidas, y esa inocencia tan especial son borrados por el paso de los años. En casi todas mis crónicas dedicadas a este tema los protagonistas son mis sobrinos, porque con ellos es que convivo, y sus cuentos son los que me relatan a diario mis padres y hermanos. Siempre recojo los cuentos de los hijos y parientes de mis amigos o conocidos, pero sin duda los más allegados son los que influyen con mayor fuerza en las remembranzas de cada cual.
Mi hermana Mónica es fonoaudióloga y muchas veces debió echar mano de su profesión para deducir algunas cosas que le quisieron decir sus hijos. Cierta vez conversaba con su hija Manuela sobre el tema de las telenovelas, y la muchachita trataba de recordar el nombre de una actriz que le había gustado mucho cuando representó cierto papel. Ella insistía en que tenía el nombre en la punta de la lengua, y le daba pistas a la mamá a ver si lograba ayudarle a refrescar la memoria. Por fin se le encendió la bombilla a la muchachita y dijo triunfante: ¡Se llama Angie Pedorri! Mónica no pudo dejar de sonreír cuando recordó que el nombre de la artista es Angie Cepeda.
En otra oportunidad Arturo, su hijo menor, le dijo muy serio que para el otro día le empacara un buen algo en la lonchera, porque no iban para el colegio sino que los iban a llevar a una salida “pedográfica”. Cuando la mamá leyó la circular correspondiente se enteró de que se trataba de una salida pedagógica. Pero el mejor cuento fue cuando Manuela estaba muy chiquita, y andaba con un julepe rascándose la cola, se movía inquieta y no dejaba de tocarse las “partes”, como dice mi madre. Fue hasta que la mamá le dijo a la mocosa que dejara ya de molestar y se estuviera quieta, por lo que la pobre china le dijo en tono de súplica:
-Mami, pero qué hago… ¿no ve que me está “piculo el cando”?
pmejiama1@une.net.co
La ere es una consonante que presenta dificultad para ciertos niños, entre muchos otros casos, y son las fonoaudiólogas las profesionales encargadas de enseñar a los pacientes la forma correcta de pronunciar los diferentes fonemas. Lo curioso es que cuando yo estaba chiquito no existía esa profesión, o al menos nunca la oí mencionar. Al que hablaba de forma irregular le daban fuete en la casa, en el colegio el profesor le cascaba con una regla en las corvas, y eso era hasta que aprendía. Deberían ser más los traumatizados en la sociedad actual, ya que antes el que sufría alguna tara debía aguantarse la burla de todos, aparte de que a garrote le enderezaban lo que fuera necesario.
Los bebés aprenden primero las palabras más sencillas, y es una maravilla verlos a medida que crecen cómo intentan armar frases coherentes. Yo trato de imaginar el funcionamiento de sus mentes mientras idean la forma de decir lo que quieren expresar. Hace unos días mi sobrina Maria Antonia, una mocosa divina y tierna de cuatro años, estaba de visita donde los abuelos. Ella se amaña donde los viejos cuando está con el hermanito o con algún primo, porque con ellos se entretiene en alguna actividad, pero si está sola al poco rato busca una disculpa para que la lleven a su casa. Estaba la niña sentada en una cama, colgando las piernitas y sin saber de qué conversar, y mi madre le preguntó qué le pasaba que estaba tan callada. Ella, con mucha prudencia para no parecer grosera, le dijo con franqueza:
-Es que estoy cansada de ir aquí.
Otra vez estaba entretenida mientras jugaba con su primo Pedro Luís, y mis padres les ponían cuidado para oírlos conversar. En esas el muchacho, que es unos añitos mayor, le dijo que quería invitarla a su apartamento a dormir para que pasaran bien rico, y aunque la mocosa no le paraba bolas porque estaba entretenida, Pedrito le quiso explicar que él vive en un edificio al lado de Batuta. Como María Antonia estaba distraída, solo alcanzó a reconocer la última palabra y en forma alevosa respondió al supuesto insulto:
-¡Más batuta será usted!
En todas las familias se presentan estas situaciones, y son cosas que debemos anotar para no olvidarlas, porque los niños crecen y todos esos momentos maravillosos se pierden en el olvido. Quedan fotografías y películas, pero su forma de hablar, sus cuentos y salidas, y esa inocencia tan especial son borrados por el paso de los años. En casi todas mis crónicas dedicadas a este tema los protagonistas son mis sobrinos, porque con ellos es que convivo, y sus cuentos son los que me relatan a diario mis padres y hermanos. Siempre recojo los cuentos de los hijos y parientes de mis amigos o conocidos, pero sin duda los más allegados son los que influyen con mayor fuerza en las remembranzas de cada cual.
Mi hermana Mónica es fonoaudióloga y muchas veces debió echar mano de su profesión para deducir algunas cosas que le quisieron decir sus hijos. Cierta vez conversaba con su hija Manuela sobre el tema de las telenovelas, y la muchachita trataba de recordar el nombre de una actriz que le había gustado mucho cuando representó cierto papel. Ella insistía en que tenía el nombre en la punta de la lengua, y le daba pistas a la mamá a ver si lograba ayudarle a refrescar la memoria. Por fin se le encendió la bombilla a la muchachita y dijo triunfante: ¡Se llama Angie Pedorri! Mónica no pudo dejar de sonreír cuando recordó que el nombre de la artista es Angie Cepeda.
En otra oportunidad Arturo, su hijo menor, le dijo muy serio que para el otro día le empacara un buen algo en la lonchera, porque no iban para el colegio sino que los iban a llevar a una salida “pedográfica”. Cuando la mamá leyó la circular correspondiente se enteró de que se trataba de una salida pedagógica. Pero el mejor cuento fue cuando Manuela estaba muy chiquita, y andaba con un julepe rascándose la cola, se movía inquieta y no dejaba de tocarse las “partes”, como dice mi madre. Fue hasta que la mamá le dijo a la mocosa que dejara ya de molestar y se estuviera quieta, por lo que la pobre china le dijo en tono de súplica:
-Mami, pero qué hago… ¿no ve que me está “piculo el cando”?
pmejiama1@une.net.co
lunes, diciembre 17, 2007
Pirómanos de nación (II).
Produce satisfacción ver cómo una campaña emprendida con dedicación puede llegar a calar en la gente, hasta lograr erradicar una costumbre que antaño estaba muy arraigada en nuestra sociedad. Me refiero a la cruzada adelantada en todo el país para evitar que, sobre todo los niños, quemen pólvora en navidad. Son muchos años de repetir la misma cantaleta, cuando se acerca el fin de año, para que ningún paciente acuda a los pabellones de quemados. Y fue hasta que lograron que las autoridades de muchos municipios del país prohibieran la venta de pólvora, única medida eficaz para lograr reducir su consumo.
Para un menor es normal en la actualidad disfrutar de las fiestas navideñas sin utilizar pólvora, lo que no ocurre con quienes pertenecemos a generaciones anteriores, ya que renunciar a esa costumbre no ha sido fácil. Son muchos los que aún tratan de conseguirla, ya que ciertas fechas no son concebibles sin el olor característico del humo que produce la pólvora. Pero hay que ver cómo cambian las costumbres. Porque así como hoy en día un padre puede ser denunciado por permitirle a un hijo quemar pólvora, en nuestra infancia lo común era compartir con los muchachitos el peligroso y excitante pasatiempo.
Desde los primeros días de diciembre los menores empezábamos a preguntar cuándo iban a comprar la pólvora, y mientras tanto buscábamos la forma de prenderle candela a cualquier cosa. Una modalidad muy común era “sacarle el diablito” a una botella de aguardiente. Había que esperar a que los mayores desocuparan un envase, y si faltaba poco debíamos acosarlos para que acabaran rapidito, para después dirigirnos al sótano o a un cafetal a proceder con el delicado experimento. El desocupado recipiente debía tener un cunchito de licor, el cual se distribuía por su interior y luego debíamos frotar el envase con entusiasmo para calentarlo. Por último, ojala en la oscuridad, destapábamos la botella para arrimarle un fósforo encendido al pico. Entonces producía una llama azul espectacular que en un santiamén desaparecía por su única abertura, con un fogonazo que generaba un sonido muy particular.
Echar globos era una entretención de todas las noches que requería de muchas manos para lograr el objetivo. Las mechas había que hacerlas con la ayuda de alambre de amarrar y un pedazo de estopa, materiales que también se utilizaban para fabricar el hisopo. Después de instalar la mecha en su sitio e impregnarla con ACPM o petróleo, varios ayudantes se subían en la chambrana a coger el globo de la parte de arriba y de los lados, mientras otros lo llenaban de aire al soplarlo con una “china”. Luego había que encender el hisopo, que chorreaba gotas encendidas de combustible, y con mucho tino insertarlo en el interior del globo por el estrecho agujero donde estaba la mecha, la cual se encendía de una vez. El hisopo se dejaba un momento en el interior para aprovechar la cantidad de calor que generaba, y cuando el globo empezaba a jalar, era necesario sacarlo con un movimiento rápido y preciso para evitar un incendio. Entonces el encargado del “lanzamiento” daba instrucciones para que uno a uno los ayudantes soltaran las puntas que sostenían, y por último le daba los tres giros reglamentarios antes de soltarlo de una vez. Todos los presentes hacíamos fuerza para que se elevara sin contratiempos, mientras algunos trataban de apagar el hisopo pisándolo o golpeándolo contra el suelo.
A partir del alumbrado todos los días había pólvora y cada niño recibía su cuota al principio de la noche: varios puñados de papeletas, otros tantos de buscaniguas, media docena de silvadores, dos pliegos de totes y muchas velitas romanas. Los voladores, castillos, bengalas y la “culebra” de tacos que reventaba a media noche, eran administrados por los mayores que casi siempre le permitían a uno de los niños encender las mechas; y lo mejor es que los mocosos teníamos licencia para andar con un “pielroja” encendido para tal menester.
A diferencia de las “chispitas mariposa” de ahora, las velitas romanas estaban elaboradas con pólvora empacada finamente en pitillos de papel. Nosotros preferíamos desbaratarlas para hacer “diablitos”, los cuales consistían en caminos de pólvora que producían una llamarada espectacular. Claro que los muchachitos manteníamos las manos impregnadas de pólvora de tanto manipularla, y sobra decir qué era lo primero en incendiarse cuando prendíamos un fósforo.
En un principio los adultos ponían orden y controlaban nuestro accionar, pero a medida que la fiesta entraba en calor y el aguardiente hacía efecto, se formaba el desorden y el voleo de pólvora era indiscriminado. Ahora pienso que es un verdadero milagro que quienes pertenecimos a esas generaciones no tengamos mutilaciones ni marcas dejadas por tanta irresponsabilidad.
Otra entretención mientras llegaba la pólvora consistía en coger una esponja brillo, amarrarla de un alambre, encenderla y hacerla girar con fuerza para producir un anillo incandescente. En una navidad la familia de Fabio Escobar se disponía a estrenar finca y el hijo menor, Sergio, se fue al escondido a divertirse con el peligroso juguete. El techo de la casa era de paja y cuando una de las esponjas se soltó, produjo un incendio que consumió todo en pocos minutos, y el mocoso se salvó de la pela porque todos trataban de salvar lo que fuera posible.
pmejiama1@une.net.co
Para un menor es normal en la actualidad disfrutar de las fiestas navideñas sin utilizar pólvora, lo que no ocurre con quienes pertenecemos a generaciones anteriores, ya que renunciar a esa costumbre no ha sido fácil. Son muchos los que aún tratan de conseguirla, ya que ciertas fechas no son concebibles sin el olor característico del humo que produce la pólvora. Pero hay que ver cómo cambian las costumbres. Porque así como hoy en día un padre puede ser denunciado por permitirle a un hijo quemar pólvora, en nuestra infancia lo común era compartir con los muchachitos el peligroso y excitante pasatiempo.
Desde los primeros días de diciembre los menores empezábamos a preguntar cuándo iban a comprar la pólvora, y mientras tanto buscábamos la forma de prenderle candela a cualquier cosa. Una modalidad muy común era “sacarle el diablito” a una botella de aguardiente. Había que esperar a que los mayores desocuparan un envase, y si faltaba poco debíamos acosarlos para que acabaran rapidito, para después dirigirnos al sótano o a un cafetal a proceder con el delicado experimento. El desocupado recipiente debía tener un cunchito de licor, el cual se distribuía por su interior y luego debíamos frotar el envase con entusiasmo para calentarlo. Por último, ojala en la oscuridad, destapábamos la botella para arrimarle un fósforo encendido al pico. Entonces producía una llama azul espectacular que en un santiamén desaparecía por su única abertura, con un fogonazo que generaba un sonido muy particular.
Echar globos era una entretención de todas las noches que requería de muchas manos para lograr el objetivo. Las mechas había que hacerlas con la ayuda de alambre de amarrar y un pedazo de estopa, materiales que también se utilizaban para fabricar el hisopo. Después de instalar la mecha en su sitio e impregnarla con ACPM o petróleo, varios ayudantes se subían en la chambrana a coger el globo de la parte de arriba y de los lados, mientras otros lo llenaban de aire al soplarlo con una “china”. Luego había que encender el hisopo, que chorreaba gotas encendidas de combustible, y con mucho tino insertarlo en el interior del globo por el estrecho agujero donde estaba la mecha, la cual se encendía de una vez. El hisopo se dejaba un momento en el interior para aprovechar la cantidad de calor que generaba, y cuando el globo empezaba a jalar, era necesario sacarlo con un movimiento rápido y preciso para evitar un incendio. Entonces el encargado del “lanzamiento” daba instrucciones para que uno a uno los ayudantes soltaran las puntas que sostenían, y por último le daba los tres giros reglamentarios antes de soltarlo de una vez. Todos los presentes hacíamos fuerza para que se elevara sin contratiempos, mientras algunos trataban de apagar el hisopo pisándolo o golpeándolo contra el suelo.
A partir del alumbrado todos los días había pólvora y cada niño recibía su cuota al principio de la noche: varios puñados de papeletas, otros tantos de buscaniguas, media docena de silvadores, dos pliegos de totes y muchas velitas romanas. Los voladores, castillos, bengalas y la “culebra” de tacos que reventaba a media noche, eran administrados por los mayores que casi siempre le permitían a uno de los niños encender las mechas; y lo mejor es que los mocosos teníamos licencia para andar con un “pielroja” encendido para tal menester.
A diferencia de las “chispitas mariposa” de ahora, las velitas romanas estaban elaboradas con pólvora empacada finamente en pitillos de papel. Nosotros preferíamos desbaratarlas para hacer “diablitos”, los cuales consistían en caminos de pólvora que producían una llamarada espectacular. Claro que los muchachitos manteníamos las manos impregnadas de pólvora de tanto manipularla, y sobra decir qué era lo primero en incendiarse cuando prendíamos un fósforo.
En un principio los adultos ponían orden y controlaban nuestro accionar, pero a medida que la fiesta entraba en calor y el aguardiente hacía efecto, se formaba el desorden y el voleo de pólvora era indiscriminado. Ahora pienso que es un verdadero milagro que quienes pertenecimos a esas generaciones no tengamos mutilaciones ni marcas dejadas por tanta irresponsabilidad.
Otra entretención mientras llegaba la pólvora consistía en coger una esponja brillo, amarrarla de un alambre, encenderla y hacerla girar con fuerza para producir un anillo incandescente. En una navidad la familia de Fabio Escobar se disponía a estrenar finca y el hijo menor, Sergio, se fue al escondido a divertirse con el peligroso juguete. El techo de la casa era de paja y cuando una de las esponjas se soltó, produjo un incendio que consumió todo en pocos minutos, y el mocoso se salvó de la pela porque todos trataban de salvar lo que fuera posible.
pmejiama1@une.net.co
lunes, diciembre 10, 2007
Pirómanos de nación (I).
Los niños de mi generación fuimos pirómanos de nacimiento, o de nación, como decimos coloquialmente. Desde siempre han existido ciertas cosas que despiertan en los menores una atracción casi obsesiva, como es jugar con agua, pantano o candela. La mayor gracia de estas entretenciones es que todas han sido prohibidas por los adultos; la una porque el mocoso puede pescar una pulmonía, además de que hay que volverlo a vestir, el pantano porque ensucia la ropa y la otra porque puede quemarse, perder un ojo, causar un incendio y muchos otras consecuencias que sobra enumerar. En todo caso desde que un bebé abre sus ojos al mundo ya quiere jugar con el chorro de agua, y al dar sus primeros pasos aprovecha cualquier descuido para meter las manos en el inodoro.
Para un infante no existe nada más encantador que correr por las calles mientras diluvia, meterse a cuanto charco encuentre y echar a navegar barquitos de papel por los caños que se forman en las cunetas de la calle. Disfrutar de un baño en la piscina con un fuerte aguacero es delicioso, y ni hablar si es por la noche y sin el permiso de los padres. Pero como lo que más nos prohibieron de pequeños fue jugar con cualquier tipo de candela, esa modalidad es la que más llamaba nuestra atención. Desde cuando nos decían, al participar en una fogata, que no nos arrimáramos mucho porque seguro nos íbamos a orinar en la cama durante la noche. Claro que a los mocosos no nos valía ningún cuento, y solo buscábamos la oportunidad de empujar un palo que faltaba por quemarse o echar al fuego cualquier objeto que encontráramos. Y ante un descuido de los demás, nada como escupir en la candela y escuchar el chisporroteo que esto genera.
Antaño la luz se iba con regularidad y había que ver a los mocosos arrimarse a las velas como chapolas a jeringuear con el pabilo encendido. Procedíamos a conseguir un alfiler o una puntilla para calentarlo en la flama y luego con él horadar la esperma. También era común el “gorro” de poner la mano encima de la llama a ver cual aguantaba más calor. Hacer bolas de parafina era una delicia y también se estilaba chorrear gotas en la mano para demostrar hombría; claro que las mamás se enfurecían cuando los chorreones iban a parar al tapete o a los muebles. Aún ahora a los muchachitos les fascina el día del alumbrado, que celebramos el 8 de diciembre en homenaje a la Virgen María, porque pueden meterle mano a las velas con la disculpa que quieren participar en la ceremonia.
Cuando el mocoso tenía 6 o 7 años aprovechaba cualquier oportunidad para hacerse a una caja de fósforos y quemarlos de mil formas diferentes. Siempre al escondido, la sensación de encenderlos uno a uno para verlos consumir era indescriptible y solo cuando alguno se negaba a encender, y ante el reiterado rastrillar al fin prendía pero se quedaba pegado del dedo que lo sostenía, el zambo desistía de su empeño y con disimulo se encerraba en el baño para meter el área enrojecida bajo el chorro de agua fría, y así tratar de soportar el ardor e impedir que se formara la delatora ampolla. Luego tocaba recurrir a los remedios caseros: frotarse el dedo en el pelo, untarse mantequilla o aplicar hielo en la quemadura. Si no funcionaba, no quedaba de otra que confesar la pilatuna para que la mamá le untara la pomada correspondiente, lo que ella hacía después de retorcerle un pellizco o darle un chancletazo al carajito por inquieto y desobediente.
Para descrestar a los amigos no había nada igual que conseguir unos fósforos que regalaban en los bares, tabernas y hoteles, los cuales venían en un empaque muy particular y además tenían las cerillas de cartón parafinado; del extranjero también traían los que tienen la cabeza de fósforo adherida a un palito de madera. Entonces no era común ese tipo de fósforos y por lo tanto para cualquiera se convertían en una novedad, y muchos hacían colecciones de los diferentes modelos y empaques.
Un cohete casero se hacía con un pedacito de papel de aluminio, de los que tienen las cajetillas de cigarrillos como revestimiento interno, en el cual se procedían a envolver, bien apretadas, las cabezas de 3 fósforos. Luego se abrían un poco las tres cerillas a modo de patas, y se le arrimaba la llama de otro fósforo por debajo para que al explotar el improvisado motor hiciera que la nave volara unos cuantos metros. Otra peligrosa entretención consistía en rellenar una mina metálica de lapicero, cuando se le acababa la tinta, con cabezas de fósforo disueltas en alcohol, las cuales se aprisionaban muy bien con trozos de algodón o de papel. Cuando el taco estaba listo se acondicionaba a un carrito de juguete, y después le arrimábamos una vela encendida para que el calor hiciera reventar el taco que actuaba como una turbina.
De milagro no quedamos tuertos o con la cara marcada, porque muchas veces el improvisado proyectil explotaba mientras lo preparábamos. Lo que sí queda claro es por qué a quienes pertenecemos a generaciones anteriores la pólvora y la candela nos producían una atracción irresistible.
pmejiama1@une.net.co
Para un infante no existe nada más encantador que correr por las calles mientras diluvia, meterse a cuanto charco encuentre y echar a navegar barquitos de papel por los caños que se forman en las cunetas de la calle. Disfrutar de un baño en la piscina con un fuerte aguacero es delicioso, y ni hablar si es por la noche y sin el permiso de los padres. Pero como lo que más nos prohibieron de pequeños fue jugar con cualquier tipo de candela, esa modalidad es la que más llamaba nuestra atención. Desde cuando nos decían, al participar en una fogata, que no nos arrimáramos mucho porque seguro nos íbamos a orinar en la cama durante la noche. Claro que a los mocosos no nos valía ningún cuento, y solo buscábamos la oportunidad de empujar un palo que faltaba por quemarse o echar al fuego cualquier objeto que encontráramos. Y ante un descuido de los demás, nada como escupir en la candela y escuchar el chisporroteo que esto genera.
Antaño la luz se iba con regularidad y había que ver a los mocosos arrimarse a las velas como chapolas a jeringuear con el pabilo encendido. Procedíamos a conseguir un alfiler o una puntilla para calentarlo en la flama y luego con él horadar la esperma. También era común el “gorro” de poner la mano encima de la llama a ver cual aguantaba más calor. Hacer bolas de parafina era una delicia y también se estilaba chorrear gotas en la mano para demostrar hombría; claro que las mamás se enfurecían cuando los chorreones iban a parar al tapete o a los muebles. Aún ahora a los muchachitos les fascina el día del alumbrado, que celebramos el 8 de diciembre en homenaje a la Virgen María, porque pueden meterle mano a las velas con la disculpa que quieren participar en la ceremonia.
Cuando el mocoso tenía 6 o 7 años aprovechaba cualquier oportunidad para hacerse a una caja de fósforos y quemarlos de mil formas diferentes. Siempre al escondido, la sensación de encenderlos uno a uno para verlos consumir era indescriptible y solo cuando alguno se negaba a encender, y ante el reiterado rastrillar al fin prendía pero se quedaba pegado del dedo que lo sostenía, el zambo desistía de su empeño y con disimulo se encerraba en el baño para meter el área enrojecida bajo el chorro de agua fría, y así tratar de soportar el ardor e impedir que se formara la delatora ampolla. Luego tocaba recurrir a los remedios caseros: frotarse el dedo en el pelo, untarse mantequilla o aplicar hielo en la quemadura. Si no funcionaba, no quedaba de otra que confesar la pilatuna para que la mamá le untara la pomada correspondiente, lo que ella hacía después de retorcerle un pellizco o darle un chancletazo al carajito por inquieto y desobediente.
Para descrestar a los amigos no había nada igual que conseguir unos fósforos que regalaban en los bares, tabernas y hoteles, los cuales venían en un empaque muy particular y además tenían las cerillas de cartón parafinado; del extranjero también traían los que tienen la cabeza de fósforo adherida a un palito de madera. Entonces no era común ese tipo de fósforos y por lo tanto para cualquiera se convertían en una novedad, y muchos hacían colecciones de los diferentes modelos y empaques.
Un cohete casero se hacía con un pedacito de papel de aluminio, de los que tienen las cajetillas de cigarrillos como revestimiento interno, en el cual se procedían a envolver, bien apretadas, las cabezas de 3 fósforos. Luego se abrían un poco las tres cerillas a modo de patas, y se le arrimaba la llama de otro fósforo por debajo para que al explotar el improvisado motor hiciera que la nave volara unos cuantos metros. Otra peligrosa entretención consistía en rellenar una mina metálica de lapicero, cuando se le acababa la tinta, con cabezas de fósforo disueltas en alcohol, las cuales se aprisionaban muy bien con trozos de algodón o de papel. Cuando el taco estaba listo se acondicionaba a un carrito de juguete, y después le arrimábamos una vela encendida para que el calor hiciera reventar el taco que actuaba como una turbina.
De milagro no quedamos tuertos o con la cara marcada, porque muchas veces el improvisado proyectil explotaba mientras lo preparábamos. Lo que sí queda claro es por qué a quienes pertenecemos a generaciones anteriores la pólvora y la candela nos producían una atracción irresistible.
pmejiama1@une.net.co
lunes, diciembre 03, 2007
Hay que leerlo (II)
Tocar temas políticos o religiosos es delicado, porque algunos no aceptan opiniones divergentes y se ofenden ante cualquiera que ose exponer tesis diferentes a lo convencional. Entre todo lo creado por un Ser superior la inteligencia del hombre es lo más maravilloso y perfecto. Y si recibimos el don de la razón para tener la capacidad de discernir, controvertir y analizar, ¿por qué no podemos utilizar esa herramienta para profundizar en las enseñanzas de nuestra religión?
Sigo pues con algunas elucubraciones acerca del libro La puta de Babilonia del escritos antioqueño Fernando Vallejo, un personaje que no va a tener para dónde coger el día que estire las patas porque ni siquiera el Maligno va a querer recibirlo; al menos a San Pedro, después de lo duro que le tira en sus cuartillas, que ni se aparezca por las puertas del cielo a pedirle cacao porque lo enciende a bastonazos. En cuanto a mí, puedo decir que no soy ateo, ni gnóstico, ni agnóstico; soy simple y llanamente anticlerical.
Aunque en su libro Vallejo enfila baterías contra la iglesia católica, apostólica y romana, a todas las demás les canta la tabla y les enrostra unas cuantas verdades; de pronto el budismo es la única que sale bien librada por espiritual y profunda. A Alá y su profeta Mahoma los vuelve ropa de trabajo, porque se refiere a ellos con las expresiones más ofensivas que existen y menosprecia todo lo que tenga que ver con esa doctrina. Si los fundamentalistas islámicos sentenciaron al escritor Salman Rushdie por sus Versos satánicos, y debido a unas caricaturas publicadas en un país escandinavo armaron semejante despelote, no quiero pensar en lo que le sube pierna arriba a Vallejo el día que lean sus diatribas; claro que él se consuela con que su poca importancia en el mundo literario lo exime de ese peligro.
A cualquier católico le mueve la aguja enterarse por ejemplo de que el gran cisma de la iglesia, cuando expulsaron a Martín Lutero y por ello fundó la iglesia protestante, se dio porque el monje alemán no comulgaba con la venta de las indulgencias. Cómo es posible que la iglesia canjeara por dinero, con familiares y amigos del difunto, el tiempo que este debería pasar en el purgatorio. Se aprovechaban del oscurantismo, de la ignorancia y la estulticia de los fieles para que creyeran semejante cuento tan reforzado, y así llenar las arcas de la iglesia con los ríos de dinero y propiedades que entregaban los angustiados creyentes, para que sus seres queridos no se asaran a fuego lento en las parrillas de la eternidad.
Que la razón la tenía Lutero y no el papa León X, es algo que ni siquiera merece discutirse, y al conocer un poco acerca de ciertas costumbres y reglas de los protestantes quedan inquietudes que generan dudas y preguntas. Por ejemplo enterarnos de que ellos no admiten imágenes en sus templos, a excepción de un crucifijo que no presenta siquiera el cuerpo de Cristo. Desde el becerro de oro, las figuras de dioses y divinidades, los iconos orientales, hasta el tótem y las figuras sagradas adoradas por los pueblos primitivos, la iglesia católica ha criticado la idolatría a esas figuras emblemáticas, pero nada dice de la infinidad de imágenes que abundan en sus iglesias y catedrales. Distintas representaciones de Dios y de su hijo sacrificado, desde el niño Jesús hasta el Cristo resucitado; el espíritu santo; la santísima trinidad; todos los santos y santas; beatos y mártires; las once mil vírgenes; los cuatro evangelistas; y cuanto personaje haya sido reportado en los pasajes bíblicos. Lo increíble es que muchos católicos son fervientes devotos de una imagen a la que le rezan en el templo, sin profundizar ni un poco en sus principios religiosos. También nos llevan ventaja los protestantes en que sus pastores son miembros de familia, con mujer e hijos, además que conviven con la comunidad que rigen.
Vallejo es irreverente y sarcástico, pero le critico su vulgaridad ofensiva. Porque está muy bien que tenga el valor de decir lo que todos callan, pero no es necesario zaherir o escandalizar con expresiones exageradas a muchos lectores desprevenidos. También me choca su desmedida defensa de los animales, ya que señala de asesinos a quienes gustamos de echar a la olla una gallina o un espinazo de marrano. Además lo veo como un vegetariano compulsivo a quien solo lograría subyugar un buen “muchacho sudao”; porque en sus escritos no se cansa de recordarnos que es más dañado que agua de florero.
Y ante semejante avalancha de información histórica, de fechas, datos, nombres, sucesos, documentos y anécdotas, encuentro un detalle que me deja confundido. Dice en un aparte del libro que en un temblor de tierra se desplomaron dos torres de la catedral de Manizales y que en esa tragedia murieron varias beatas y rezanderos. Imagino que se refiere al terremoto de 1962, cuando se vino al piso una sola torre, la nor occidental, y el único muerto fue un parroquiano que tomaba tinto en el vecino café Adamson, a donde fue a caer de cabezas en un escusao la estatua de San Francisco de Asís, la cual coronaba la torre colapsada. Con decirles que desde entonces al mencionado santo le dicen “San-itario”.
pmejiama1@une.net.co
Sigo pues con algunas elucubraciones acerca del libro La puta de Babilonia del escritos antioqueño Fernando Vallejo, un personaje que no va a tener para dónde coger el día que estire las patas porque ni siquiera el Maligno va a querer recibirlo; al menos a San Pedro, después de lo duro que le tira en sus cuartillas, que ni se aparezca por las puertas del cielo a pedirle cacao porque lo enciende a bastonazos. En cuanto a mí, puedo decir que no soy ateo, ni gnóstico, ni agnóstico; soy simple y llanamente anticlerical.
Aunque en su libro Vallejo enfila baterías contra la iglesia católica, apostólica y romana, a todas las demás les canta la tabla y les enrostra unas cuantas verdades; de pronto el budismo es la única que sale bien librada por espiritual y profunda. A Alá y su profeta Mahoma los vuelve ropa de trabajo, porque se refiere a ellos con las expresiones más ofensivas que existen y menosprecia todo lo que tenga que ver con esa doctrina. Si los fundamentalistas islámicos sentenciaron al escritor Salman Rushdie por sus Versos satánicos, y debido a unas caricaturas publicadas en un país escandinavo armaron semejante despelote, no quiero pensar en lo que le sube pierna arriba a Vallejo el día que lean sus diatribas; claro que él se consuela con que su poca importancia en el mundo literario lo exime de ese peligro.
A cualquier católico le mueve la aguja enterarse por ejemplo de que el gran cisma de la iglesia, cuando expulsaron a Martín Lutero y por ello fundó la iglesia protestante, se dio porque el monje alemán no comulgaba con la venta de las indulgencias. Cómo es posible que la iglesia canjeara por dinero, con familiares y amigos del difunto, el tiempo que este debería pasar en el purgatorio. Se aprovechaban del oscurantismo, de la ignorancia y la estulticia de los fieles para que creyeran semejante cuento tan reforzado, y así llenar las arcas de la iglesia con los ríos de dinero y propiedades que entregaban los angustiados creyentes, para que sus seres queridos no se asaran a fuego lento en las parrillas de la eternidad.
Que la razón la tenía Lutero y no el papa León X, es algo que ni siquiera merece discutirse, y al conocer un poco acerca de ciertas costumbres y reglas de los protestantes quedan inquietudes que generan dudas y preguntas. Por ejemplo enterarnos de que ellos no admiten imágenes en sus templos, a excepción de un crucifijo que no presenta siquiera el cuerpo de Cristo. Desde el becerro de oro, las figuras de dioses y divinidades, los iconos orientales, hasta el tótem y las figuras sagradas adoradas por los pueblos primitivos, la iglesia católica ha criticado la idolatría a esas figuras emblemáticas, pero nada dice de la infinidad de imágenes que abundan en sus iglesias y catedrales. Distintas representaciones de Dios y de su hijo sacrificado, desde el niño Jesús hasta el Cristo resucitado; el espíritu santo; la santísima trinidad; todos los santos y santas; beatos y mártires; las once mil vírgenes; los cuatro evangelistas; y cuanto personaje haya sido reportado en los pasajes bíblicos. Lo increíble es que muchos católicos son fervientes devotos de una imagen a la que le rezan en el templo, sin profundizar ni un poco en sus principios religiosos. También nos llevan ventaja los protestantes en que sus pastores son miembros de familia, con mujer e hijos, además que conviven con la comunidad que rigen.
Vallejo es irreverente y sarcástico, pero le critico su vulgaridad ofensiva. Porque está muy bien que tenga el valor de decir lo que todos callan, pero no es necesario zaherir o escandalizar con expresiones exageradas a muchos lectores desprevenidos. También me choca su desmedida defensa de los animales, ya que señala de asesinos a quienes gustamos de echar a la olla una gallina o un espinazo de marrano. Además lo veo como un vegetariano compulsivo a quien solo lograría subyugar un buen “muchacho sudao”; porque en sus escritos no se cansa de recordarnos que es más dañado que agua de florero.
Y ante semejante avalancha de información histórica, de fechas, datos, nombres, sucesos, documentos y anécdotas, encuentro un detalle que me deja confundido. Dice en un aparte del libro que en un temblor de tierra se desplomaron dos torres de la catedral de Manizales y que en esa tragedia murieron varias beatas y rezanderos. Imagino que se refiere al terremoto de 1962, cuando se vino al piso una sola torre, la nor occidental, y el único muerto fue un parroquiano que tomaba tinto en el vecino café Adamson, a donde fue a caer de cabezas en un escusao la estatua de San Francisco de Asís, la cual coronaba la torre colapsada. Con decirles que desde entonces al mencionado santo le dicen “San-itario”.
pmejiama1@une.net.co
martes, noviembre 27, 2007
Hay que leerlo (I).
Soy de los que piensa que a todo cuento hay que oírle las dos versiones. Porque acostumbramos escuchar una sola y salimos a despotricar de la contraparte sin darle la oportunidad de revirar, y es por ello que muchas veces debemos cambiar un juicio apresurado. Como cuando se daña un matrimonio y nos enteramos del hecho por boca del más allegado a nosotros, pero al oír la otra versión debemos aceptar que también esgrime argumentos válidos; claro que uno siempre termina dándole la razón al más cercano a sus afectos.
Por ello resolví leer el libro La puta de Babilonia del escritor Fernando Vallejo, porque aunque soy católico desde que estoy en el vientre materno, quiero enterarme de la versión de alguien que, como el irreverente escritor paisa, le saca los trapos al sol a la iglesia regida por Roma. Casi todos los seres humanos, al nacer, ya están matriculados en la religión que profesan sus mayores y la comunidad a la que pertenecen, sin darle al individuo la oportunidad de opinar ni escoger. Lo prudente sería instruir a las personas durante su educación acerca de las religiones más relevantes, sus cultos, costumbres, creencias, principios y dogmas de fe, para que cada uno resuelva en cual se hace anotar cuando tenga poder de decisión.
Que tal explicar durante la catequesis que las diferentes religiones coinciden en muchas cosas, y advertir además que la mayoría son más antiguas que la católica. Al menos yo me vengo a enterar apenas ahora de que el mismo 25 de diciembre nacieron de una virgen, y en un pesebre, Atis, Buda, Krishna, Horus y Zaratustra. A Mitra, además de las anteriores coincidencias, lo visitaron unos pastores y le llevaron regalos; tuvo doce apóstoles y pronunció un sermón de la montaña, fue llamado el Mesías y también resucitó. Atis murió por redimir la humanidad y resucitó al tercer día. A Buda lo bautizaron ante la presencia del espíritu santo, a los 12 años enseñó en el templo, curó enfermos, caminó sobre el agua y multiplicó unos biscochos para alimentar a 500 parroquianos. A Dionisio lo llamaron rey de reyes, salvador, redentor, hijo del hombre, cordero de dios y la palabra encarnada, fue crucificado entre dos ladrones y resucitó al tercer día. Krishna era hijo de un carpintero, la estrella de oriente anunció su nacimiento y los pastores le llevaron especias de regalo.
Todos los días crece el número de creyentes que optan por tener una comunicación directa son un ser superior al que acatan y respetan, antes que rendirle pleitesía a un “intermediario” que lo único que hace es llevar razones y aprovecharse para cobrar comisión por cualquier mandado. Porque las iglesias se han lucrado de la ignorancia de sus seguidores, o del hecho de tenerlos alienados en sus filas, para dictar sus mandatos y manipular las masas, amparados en el miedo que genera la amenaza de enfrentar una vida eterna condenados al castigo y el sufrimiento.
Si uno critica a la iglesia por su forma de proceder, después de leer el libro de marras queda convencido de que su comportamiento a través de la historia ha dejado mucho que desear, y que los representantes de Dios en la tierra no merecen credibilidad ni sumisión. Basta con recordar la inquisición, las cruzadas, la lista de libros prohibidos, la venta de indulgencias, la persecución a los judíos, el sometimiento y destrucción de comunidades aborígenes, el contubernio con los nazis, la pederastia, la corrupción y las intrigas del Vaticano, para confirmar que aquí lo que sobran son santos, beatos y venerables.
La historia del papado es escandalosa y ante semejante sinvergüencería puede uno pensar que el escritor exagera, pero de ser así ya alguien lo habría desmentido. El documento encierra una investigación intensa y profunda, con datos exactos para quien dude o quiera corroborar. Desde el primer papa hasta el actual ninguno se salva de sus denuncias, con minucioso escrutinio de todas sus aberraciones, injusticias, corruptelas, manipulaciones, infamias, marrullas y conspiraciones.
Las inexactitudes existentes en los evangelios dejan muchas dudas en el lector, y el hecho de que las primeras líneas escritas acerca de la vida de Jesús datan de 200 años después de su muerte es argumento suficiente para suponer que están llenos de datos erróneos y hechos confusos; una historia trasmitida por tradición oral, ante la inexistencia de cualquier otro medio de comunicación porque los escribanos eran muy escasos, tiene que sufrir muchas transformaciones en un lapso tan extenso. Los evangelistas no le merecen al escritor ninguna credibilidad y por el contrario los señala como iletrados oportunistas y manipuladores.
Al discutir estos temas con un creyente fanático siempre nos va a salir, al sentirse acorralado ante un argumento válido, que para cualquier duda debemos recurrir a la fe. Alguien dijo que la fe es necesaria para creer en algo que no existe, y valido esa interpretación cuando por la fe católica debemos aceptar que la virgen María ascendió al cielo en cuerpo y alma. Si el Papa Juan Pablo II dijo muy claro que el cielo no existe como un lugar físico, ¿entonces por dónde deambula la Santa Madre desde hace dos mil años?
Espero que lean la segunda entrega de este escrito antes de tildarme de ateo, incrédulo, nihilista y come curas.
pmejiama1@une.net.co
Por ello resolví leer el libro La puta de Babilonia del escritor Fernando Vallejo, porque aunque soy católico desde que estoy en el vientre materno, quiero enterarme de la versión de alguien que, como el irreverente escritor paisa, le saca los trapos al sol a la iglesia regida por Roma. Casi todos los seres humanos, al nacer, ya están matriculados en la religión que profesan sus mayores y la comunidad a la que pertenecen, sin darle al individuo la oportunidad de opinar ni escoger. Lo prudente sería instruir a las personas durante su educación acerca de las religiones más relevantes, sus cultos, costumbres, creencias, principios y dogmas de fe, para que cada uno resuelva en cual se hace anotar cuando tenga poder de decisión.
Que tal explicar durante la catequesis que las diferentes religiones coinciden en muchas cosas, y advertir además que la mayoría son más antiguas que la católica. Al menos yo me vengo a enterar apenas ahora de que el mismo 25 de diciembre nacieron de una virgen, y en un pesebre, Atis, Buda, Krishna, Horus y Zaratustra. A Mitra, además de las anteriores coincidencias, lo visitaron unos pastores y le llevaron regalos; tuvo doce apóstoles y pronunció un sermón de la montaña, fue llamado el Mesías y también resucitó. Atis murió por redimir la humanidad y resucitó al tercer día. A Buda lo bautizaron ante la presencia del espíritu santo, a los 12 años enseñó en el templo, curó enfermos, caminó sobre el agua y multiplicó unos biscochos para alimentar a 500 parroquianos. A Dionisio lo llamaron rey de reyes, salvador, redentor, hijo del hombre, cordero de dios y la palabra encarnada, fue crucificado entre dos ladrones y resucitó al tercer día. Krishna era hijo de un carpintero, la estrella de oriente anunció su nacimiento y los pastores le llevaron especias de regalo.
Todos los días crece el número de creyentes que optan por tener una comunicación directa son un ser superior al que acatan y respetan, antes que rendirle pleitesía a un “intermediario” que lo único que hace es llevar razones y aprovecharse para cobrar comisión por cualquier mandado. Porque las iglesias se han lucrado de la ignorancia de sus seguidores, o del hecho de tenerlos alienados en sus filas, para dictar sus mandatos y manipular las masas, amparados en el miedo que genera la amenaza de enfrentar una vida eterna condenados al castigo y el sufrimiento.
Si uno critica a la iglesia por su forma de proceder, después de leer el libro de marras queda convencido de que su comportamiento a través de la historia ha dejado mucho que desear, y que los representantes de Dios en la tierra no merecen credibilidad ni sumisión. Basta con recordar la inquisición, las cruzadas, la lista de libros prohibidos, la venta de indulgencias, la persecución a los judíos, el sometimiento y destrucción de comunidades aborígenes, el contubernio con los nazis, la pederastia, la corrupción y las intrigas del Vaticano, para confirmar que aquí lo que sobran son santos, beatos y venerables.
La historia del papado es escandalosa y ante semejante sinvergüencería puede uno pensar que el escritor exagera, pero de ser así ya alguien lo habría desmentido. El documento encierra una investigación intensa y profunda, con datos exactos para quien dude o quiera corroborar. Desde el primer papa hasta el actual ninguno se salva de sus denuncias, con minucioso escrutinio de todas sus aberraciones, injusticias, corruptelas, manipulaciones, infamias, marrullas y conspiraciones.
Las inexactitudes existentes en los evangelios dejan muchas dudas en el lector, y el hecho de que las primeras líneas escritas acerca de la vida de Jesús datan de 200 años después de su muerte es argumento suficiente para suponer que están llenos de datos erróneos y hechos confusos; una historia trasmitida por tradición oral, ante la inexistencia de cualquier otro medio de comunicación porque los escribanos eran muy escasos, tiene que sufrir muchas transformaciones en un lapso tan extenso. Los evangelistas no le merecen al escritor ninguna credibilidad y por el contrario los señala como iletrados oportunistas y manipuladores.
Al discutir estos temas con un creyente fanático siempre nos va a salir, al sentirse acorralado ante un argumento válido, que para cualquier duda debemos recurrir a la fe. Alguien dijo que la fe es necesaria para creer en algo que no existe, y valido esa interpretación cuando por la fe católica debemos aceptar que la virgen María ascendió al cielo en cuerpo y alma. Si el Papa Juan Pablo II dijo muy claro que el cielo no existe como un lugar físico, ¿entonces por dónde deambula la Santa Madre desde hace dos mil años?
Espero que lean la segunda entrega de este escrito antes de tildarme de ateo, incrédulo, nihilista y come curas.
pmejiama1@une.net.co
sábado, noviembre 24, 2007
Redacción y corrección de textos.
Pablo Mejía Arango.
Redacción y corrección de textos.
Redacción:
Para muchas personas es difícil redactar un informe, un discurso, una carta o un simple memorando, y pierden mucho tiempo en esa diligencia.
Corrección:
Un texto con faltas de ortografía, mala puntuación y demás falencias gramaticales deja una mala imagen de quien lo remite.
Resumen:
Requiere mucha dedicación resumir un texto extenso hasta convertirlo en un documento conciso, explícito y fácil de leer.
Contactarme en la dirección electrónica: pmejiama1@une.net.co
Teléfono: 8870853 Manizales.
Celular: 314 681 8860
Redacción y corrección de textos.
Redacción:
Para muchas personas es difícil redactar un informe, un discurso, una carta o un simple memorando, y pierden mucho tiempo en esa diligencia.
Corrección:
Un texto con faltas de ortografía, mala puntuación y demás falencias gramaticales deja una mala imagen de quien lo remite.
Resumen:
Requiere mucha dedicación resumir un texto extenso hasta convertirlo en un documento conciso, explícito y fácil de leer.
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Teléfono: 8870853 Manizales.
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lunes, noviembre 19, 2007
El sufrido rebusque.
Poco a poco el optimismo retorna a nuestra patria. Aunque vivimos en medio del caos se nota en la gente una actitud diferente; más positiva, con mejores perspectivas yejor talante. No dejo de imaginar cómo sería este país si viviéramos en paz y hubiera más justicia social; porque si así, con semejante conflicto armado que enfrentamos la industria crece y muchas multinacionales se la juegan con nosotros, no cabe duda de que en condiciones normales seríamos una potencia mundial. El colombiano es trabajador, amable, emprendedor, simpático, abnegado y buena gente.
Es de admirar que ante el creciente desempleo la mayoría de la gente, antes que dedicarse a robar o a delinquir, se invente unas formas de subsistencia que deja maravillado a cualquiera. El pueblo duda de las cifras que presentan con respecto al desempleo, porque mientras el gobierno insiste en que el porcentaje disminuye, cada día se ven más varados en las calles. Tener camello, conseguir coloca o encontrar destino, son expresiones que utiliza el vulgo para referirse a la condición de contar con un empleo estable.
Lo increíble es que haya personas con necesidad de generar empleo y que nadie se interese en ocuparlos. Sucede por ejemplo con las empleadas domesticas. A diario vemos señoras que buscan desesperadas una “muchacha”, como les dicen coloquialmente, pero el trámite se ha vuelto muy complicado. Un trabajo cómodo, con buena comida y habitación con televisor y agua caliente, derecho a salir cuando le provoque con alguna disculpa que esgrima, manejo de su tiempo, seguridad social, prestaciones y el descanso correspondiente. Otras trabajan por días y así duermen en sus casas.
Sin embargo es muy difícil enganchar a alguien en este tipo de empleo. Después de hablar con infinidad de aspirantes, muchas no le jalan a la coloca porque les parece demasiado grande la casa, o la familia es muy numerosa (rara vez pasan de cuatro), no tienen empatía con la patrona, o el señor les parece muy malencarado. Cuando al fin la señora logra arreglar con alguna, es muy alta la posibilidad de que la mujer no aparezca el día acordado. Seguro que no llama siquiera a disculparse, y de hacerlo sale con una disculpa risible.
En los últimos años por la misma época, cuando inicia la cosecha cafetera, se repite la misma historia: no hay quién la recolecte. En pueblos y ciudades los desocupados recorren las calles sin esperanzas, pero no se les ocurre optar por esta oportunidad que al menos les asegura la comida. En un principio les irá mal por falta de destreza en el oficio, pero no sobra recordarles que así empezaron todos. Seguro que muy pronto serán unas fieras y así podrán contar con una fuente de ingresos segura y confiable. Esas son las paradojas de nuestro pueblo: mientras el café se pierde porque no hay quien lo coja, ejércitos de desempleados acaban los pantalones por el fondillo.
Ante la dificultad para encontrar un empleo digno y estable, muchos compatriotas se rebuscan la forma de conseguir algo para llevar a la casa; lo que llaman la liga. Hay que ver por ejemplo en lo que se han convertido los semáforos en Bogotá. Son hervideros donde una multitud de personas ofrecen los más variados servicios y las ventas informales pululan; aguacates, libros piratas, dulces y cigarrillos menudeados, sombrillas, limpiones, juguetes, aditamentos para el celular, frutas, candelas y cuanto cacharro pueda uno imaginar. Las familias con carteles donde relatan su tragedia como desplazados; los maromeros que derrochan ingenio y habilidad; el minusválido que implora; un fulano que baila con una muñeca, y los que aprovechan un descuido para lavar a las malas los parabrisas de los carros.
En las carreteras la gente explota un cruce o un desvío para con un cartel avisar a los conductores y a cambio recibir una moneda, mientras otros se arman de una pala para tapar los huecos de las vías en mal estado. Hay personas especializadas en madrugar a hacer filas para vender los cupos; otros pasean perros; los hay que se disfrazan de mimos y hágale a remedar al que pase; y el más varado personaliza a un payaso para con un altavoz invitar a la clientela a almorzar corrientazo.
En mi vecindario todos los días ofrecen aguacates maduros, frutas y verduras, buñuelos a trescientos, escobas y traperos; también arreglan sombrillas y pitadoras, y hasta un zapatero remendón anda con el negocio al hombro (me refiero a la herramienta... mejor dicho, al martillo, el pegante y las tachuelas). En el famoso rebusque ha hecho carrera el cliente que grita a voz en cuello: “de puro marrano vendo chorizos”, y ni hablar del aviso clasificado más cruel de todos: “músico sin trabajo vende contrabajo”.
Mis sobrinos Santiago y Arturo están en esa edad en que a los niños les empieza a “resbalar” la plata. Entonces mi hermana mayor, que tiene una perrita muy juiciosa e inteligente, contrata a los sobrinos para que saquen la mascota al parque a hacer sus necesidades. Un día otro de mis hermanos se topa con los muchachos que muy aburridos miraban con desprecio al animal, por lo que el tío les pregunta qué sucede. Y responden al unísono con desespero y desazón:
-No, pues aquí esperando a que esta chandosa cague. No ve que si no hay bollo tampoco hay propina.
pmejiama1@une.net.co
Es de admirar que ante el creciente desempleo la mayoría de la gente, antes que dedicarse a robar o a delinquir, se invente unas formas de subsistencia que deja maravillado a cualquiera. El pueblo duda de las cifras que presentan con respecto al desempleo, porque mientras el gobierno insiste en que el porcentaje disminuye, cada día se ven más varados en las calles. Tener camello, conseguir coloca o encontrar destino, son expresiones que utiliza el vulgo para referirse a la condición de contar con un empleo estable.
Lo increíble es que haya personas con necesidad de generar empleo y que nadie se interese en ocuparlos. Sucede por ejemplo con las empleadas domesticas. A diario vemos señoras que buscan desesperadas una “muchacha”, como les dicen coloquialmente, pero el trámite se ha vuelto muy complicado. Un trabajo cómodo, con buena comida y habitación con televisor y agua caliente, derecho a salir cuando le provoque con alguna disculpa que esgrima, manejo de su tiempo, seguridad social, prestaciones y el descanso correspondiente. Otras trabajan por días y así duermen en sus casas.
Sin embargo es muy difícil enganchar a alguien en este tipo de empleo. Después de hablar con infinidad de aspirantes, muchas no le jalan a la coloca porque les parece demasiado grande la casa, o la familia es muy numerosa (rara vez pasan de cuatro), no tienen empatía con la patrona, o el señor les parece muy malencarado. Cuando al fin la señora logra arreglar con alguna, es muy alta la posibilidad de que la mujer no aparezca el día acordado. Seguro que no llama siquiera a disculparse, y de hacerlo sale con una disculpa risible.
En los últimos años por la misma época, cuando inicia la cosecha cafetera, se repite la misma historia: no hay quién la recolecte. En pueblos y ciudades los desocupados recorren las calles sin esperanzas, pero no se les ocurre optar por esta oportunidad que al menos les asegura la comida. En un principio les irá mal por falta de destreza en el oficio, pero no sobra recordarles que así empezaron todos. Seguro que muy pronto serán unas fieras y así podrán contar con una fuente de ingresos segura y confiable. Esas son las paradojas de nuestro pueblo: mientras el café se pierde porque no hay quien lo coja, ejércitos de desempleados acaban los pantalones por el fondillo.
Ante la dificultad para encontrar un empleo digno y estable, muchos compatriotas se rebuscan la forma de conseguir algo para llevar a la casa; lo que llaman la liga. Hay que ver por ejemplo en lo que se han convertido los semáforos en Bogotá. Son hervideros donde una multitud de personas ofrecen los más variados servicios y las ventas informales pululan; aguacates, libros piratas, dulces y cigarrillos menudeados, sombrillas, limpiones, juguetes, aditamentos para el celular, frutas, candelas y cuanto cacharro pueda uno imaginar. Las familias con carteles donde relatan su tragedia como desplazados; los maromeros que derrochan ingenio y habilidad; el minusválido que implora; un fulano que baila con una muñeca, y los que aprovechan un descuido para lavar a las malas los parabrisas de los carros.
En las carreteras la gente explota un cruce o un desvío para con un cartel avisar a los conductores y a cambio recibir una moneda, mientras otros se arman de una pala para tapar los huecos de las vías en mal estado. Hay personas especializadas en madrugar a hacer filas para vender los cupos; otros pasean perros; los hay que se disfrazan de mimos y hágale a remedar al que pase; y el más varado personaliza a un payaso para con un altavoz invitar a la clientela a almorzar corrientazo.
En mi vecindario todos los días ofrecen aguacates maduros, frutas y verduras, buñuelos a trescientos, escobas y traperos; también arreglan sombrillas y pitadoras, y hasta un zapatero remendón anda con el negocio al hombro (me refiero a la herramienta... mejor dicho, al martillo, el pegante y las tachuelas). En el famoso rebusque ha hecho carrera el cliente que grita a voz en cuello: “de puro marrano vendo chorizos”, y ni hablar del aviso clasificado más cruel de todos: “músico sin trabajo vende contrabajo”.
Mis sobrinos Santiago y Arturo están en esa edad en que a los niños les empieza a “resbalar” la plata. Entonces mi hermana mayor, que tiene una perrita muy juiciosa e inteligente, contrata a los sobrinos para que saquen la mascota al parque a hacer sus necesidades. Un día otro de mis hermanos se topa con los muchachos que muy aburridos miraban con desprecio al animal, por lo que el tío les pregunta qué sucede. Y responden al unísono con desespero y desazón:
-No, pues aquí esperando a que esta chandosa cague. No ve que si no hay bollo tampoco hay propina.
pmejiama1@une.net.co
lunes, noviembre 12, 2007
Diferencias abismales.
Los mensajes que circulan por el correo de internet están plagados de chistes flojos acerca del modo de ser de hombres y mujeres. Unos y otras dedican largas horas a programar unas elaboradas presentaciones donde ridiculizan al sexo opuesto, lo que asegura la continuidad de la competencia porque al aparecer uno nuevo, provoca en alguien la necesidad de responder con mayor saña e ironía. Cuentos viejos y trillados algunos, y otros finos e ingeniosos. Lo absurdo es que hay personas que se ofenden con este tipo de pendejadas, y esto solo contribuye a echarle pimienta al asunto y lograr que perdure el enfrentamiento.
Todos debemos reconocer que entre hombres y mujeres lo único que hay es diferencias, situación que debemos agradecerle al Creador porque de lo contrario esta vida sería sosa e insípida. Qué tal todos de un mismo sexo, igualitos en el modo de comportarnos y como dicen por ahí, cortados con la misma tijera. Por algo dicen que en la variedad está el placer. Y como entre gustos no hay disgustos, vemos a hombres y mujeres sin ninguna gracia física pavonearse enganchados a sus respectivas parejas. A toda plasta le corresponde su cucarrón.
Son incontables las diferencias que existen, pero voy a echar mano de unas pocas para ponerlas como ejemplo. Empiezo con una característica típica de las mujeres y que se presenta sin falta en cualquier tertulia o reunión. Todos, sin distinción de sexo, quieren enterarse de los cuentos y no perder detalle acerca de los últimos chismes. Entonces arranca alguien a soltar un rollo de esos que crean expectativa, y en ese preciso instante la mayoría de las damas presentes le comentan algo a la compañera del lado. Dónde compraste esa cartera; al fin conseguiste muchacha; qué supiste de fulanita; cómo están tus hijos; o busca halagarla al decirle que tiene divino el pelo. La otra responde a la inquietud de su amiga y conversan un momento sobre del tema, hasta que una de ellas para oreja y se interesa por el cuento central, por lo que ambas exigen con insistencia que empiecen de nuevo el relato para cogerle el hilo. Por ello es bueno advertir, antes de tomar la palabra, que no hay repeticiones ni explicaciones para nadie.
Un comportamiento en el que hay grandes diferencias entre ambos sexos es la vanidad. Aunque ahora muchos hombres se preocupan en demasía por su presentación personal, hasta ser reconocidos como metro sexuales, para las mujeres esta es una obsesión que a veces raya con la manía. Pasan horas ante el espejo y la indecisión al momento de vestirse les hace perder mucho tiempo. El paso de los años y los estragos que produce la fuerza de la gravedad en sus tejidos blandos, por delante y por detrás, no les deja un minuto de tranquilidad. Unos kilos de más son causa de disgustos y depresiones, lo que puede llevarlas a enfermedades mentales muy graves y de difícil tratamiento. Mientras tanto las flacas hacen maromas para ganar peso.
Muchas mujeres se emperifollan hasta la exageración, para luego vestir unas prendas sensuales y provocativas, lo que conlleva a que sean blanco de piropos, miradas lascivas, expresiones vulgares y no falta el que les mande la mano al cajón. O en el peor de los casos son violadas y ultrajadas por algún maniático que se topen. Claro que después de analizar el asunto con detenimiento, puede uno deducir que la mayoría de las mujeres obra de esta manera es para que las vean sus congéneres. Sin duda lo que buscan, así sea de manera inconsciente, es competir con sus amigas o compañeras de ocasión. De no ser así, cómo se explica que si ellas van por ejemplo para un costurero con las amigas de toda la vida, pongan tanto cuidado en la presentación personal; desde el peinado hasta el último detalle en su indumentaria.
Y para corroborar las diferencias tan marcadas entre ambos sexos, pueden compararse las reuniones entre amigos. Las mujeres en su tertulia están todas de punta en blanco y la anfitriona ofrece una comida sofisticada y elegante; degustan una copa de vino o una taza de té; van de seguido al baño para retocar el maquillaje; fuman como presas en licencia; rajan de lo divino y lo humano; hablan seguido por el celular; se echan flores entre sí; denigran de los maridos y conversan todas al tiempo sobre moda, los hijos, las empleadas del servicio, los últimos separados; y la recién operada muestra orgullosa sus aún turgentes “marujas”.
En cambio en un grupo de hombres en similares circunstancias puede notarse la informalidad. El dueño de casa ofrece cerveza y trago en general; propone pedir arroz chino y les dice a los contertulios que se acomoden como puedan. Todos se presentan desgualetados, se carcajean, palmotean a los demás, pedorrean y eructan, echan madrazos, pronuncian expresiones de grueso calibre, y prefieren conversar acerca de sexo, carros, viejas, cualquier persona en bancarrota y todo chisme que alcance el calificativo de “carnudo”.
La diferencia de una pareja que ve una película pornográfica está en que el tipo aprovecha la coyuntura, entuca, procede, finiquita y luego ronca a pierna suelta, mientras la dama trata de ponerle romanticismo al asunto y luego espera hasta el final de la cinta para ver si los protagonistas se casan.
pmejiama1@une.net.co
Todos debemos reconocer que entre hombres y mujeres lo único que hay es diferencias, situación que debemos agradecerle al Creador porque de lo contrario esta vida sería sosa e insípida. Qué tal todos de un mismo sexo, igualitos en el modo de comportarnos y como dicen por ahí, cortados con la misma tijera. Por algo dicen que en la variedad está el placer. Y como entre gustos no hay disgustos, vemos a hombres y mujeres sin ninguna gracia física pavonearse enganchados a sus respectivas parejas. A toda plasta le corresponde su cucarrón.
Son incontables las diferencias que existen, pero voy a echar mano de unas pocas para ponerlas como ejemplo. Empiezo con una característica típica de las mujeres y que se presenta sin falta en cualquier tertulia o reunión. Todos, sin distinción de sexo, quieren enterarse de los cuentos y no perder detalle acerca de los últimos chismes. Entonces arranca alguien a soltar un rollo de esos que crean expectativa, y en ese preciso instante la mayoría de las damas presentes le comentan algo a la compañera del lado. Dónde compraste esa cartera; al fin conseguiste muchacha; qué supiste de fulanita; cómo están tus hijos; o busca halagarla al decirle que tiene divino el pelo. La otra responde a la inquietud de su amiga y conversan un momento sobre del tema, hasta que una de ellas para oreja y se interesa por el cuento central, por lo que ambas exigen con insistencia que empiecen de nuevo el relato para cogerle el hilo. Por ello es bueno advertir, antes de tomar la palabra, que no hay repeticiones ni explicaciones para nadie.
Un comportamiento en el que hay grandes diferencias entre ambos sexos es la vanidad. Aunque ahora muchos hombres se preocupan en demasía por su presentación personal, hasta ser reconocidos como metro sexuales, para las mujeres esta es una obsesión que a veces raya con la manía. Pasan horas ante el espejo y la indecisión al momento de vestirse les hace perder mucho tiempo. El paso de los años y los estragos que produce la fuerza de la gravedad en sus tejidos blandos, por delante y por detrás, no les deja un minuto de tranquilidad. Unos kilos de más son causa de disgustos y depresiones, lo que puede llevarlas a enfermedades mentales muy graves y de difícil tratamiento. Mientras tanto las flacas hacen maromas para ganar peso.
Muchas mujeres se emperifollan hasta la exageración, para luego vestir unas prendas sensuales y provocativas, lo que conlleva a que sean blanco de piropos, miradas lascivas, expresiones vulgares y no falta el que les mande la mano al cajón. O en el peor de los casos son violadas y ultrajadas por algún maniático que se topen. Claro que después de analizar el asunto con detenimiento, puede uno deducir que la mayoría de las mujeres obra de esta manera es para que las vean sus congéneres. Sin duda lo que buscan, así sea de manera inconsciente, es competir con sus amigas o compañeras de ocasión. De no ser así, cómo se explica que si ellas van por ejemplo para un costurero con las amigas de toda la vida, pongan tanto cuidado en la presentación personal; desde el peinado hasta el último detalle en su indumentaria.
Y para corroborar las diferencias tan marcadas entre ambos sexos, pueden compararse las reuniones entre amigos. Las mujeres en su tertulia están todas de punta en blanco y la anfitriona ofrece una comida sofisticada y elegante; degustan una copa de vino o una taza de té; van de seguido al baño para retocar el maquillaje; fuman como presas en licencia; rajan de lo divino y lo humano; hablan seguido por el celular; se echan flores entre sí; denigran de los maridos y conversan todas al tiempo sobre moda, los hijos, las empleadas del servicio, los últimos separados; y la recién operada muestra orgullosa sus aún turgentes “marujas”.
En cambio en un grupo de hombres en similares circunstancias puede notarse la informalidad. El dueño de casa ofrece cerveza y trago en general; propone pedir arroz chino y les dice a los contertulios que se acomoden como puedan. Todos se presentan desgualetados, se carcajean, palmotean a los demás, pedorrean y eructan, echan madrazos, pronuncian expresiones de grueso calibre, y prefieren conversar acerca de sexo, carros, viejas, cualquier persona en bancarrota y todo chisme que alcance el calificativo de “carnudo”.
La diferencia de una pareja que ve una película pornográfica está en que el tipo aprovecha la coyuntura, entuca, procede, finiquita y luego ronca a pierna suelta, mientras la dama trata de ponerle romanticismo al asunto y luego espera hasta el final de la cinta para ver si los protagonistas se casan.
pmejiama1@une.net.co
martes, noviembre 06, 2007
El que llaman…
A veces me pregunto quién habrá sido el primer ser humano al que le endilgaron un apodo. Porque al menos en nuestra cultura, son muy poquitos los que se salvan de cargar con un remoquete que los distingue entre los demás. No conozco si en otras latitudes tienen la misma tradición, aunque es claro que por ejemplo en los Estados Unidos acostumbran referirse a las personas con las iniciales cuando se trata de nombres compuestos, como BJ, OJ y JJ (pronuncian Yei Yei, y debe ser el John Jairo de por allá), y en los nombres simples prefieren usar el apócope del mismo: Tom, Ben, Cat, Chris, Su y Andy.
En muchos países de Latinoamérica hemos cogido la maña de bautizar a los niños con unos nombres que la verdad no requieren apodo, porque son tan rebuscados que de por sí llaman la atención; aparte de que muchos prefieren denominar a los mocosos como si fueran nacidos en otras latitudes: Usnavy (copiado de un barco de la armada gringa), Elizabet, Fransuá, Gregory, Brayan, Leidy o Estiven. En cambio en España son comunes los tradicionales de nuestro idioma, costumbre que prevaleció entre nosotros hasta hace unos años cuando los muchachitos se llamaban Augusto, Manuel, Claudia, Helena o Germán. También se echaba mano de los nombres bíblicos para hombres y mujeres, y ha sido costumbre que a ciertos apelativos se les aplique automáticamente un reemplazo ineludible: a José le dicen Pepe, a Jesús Chucho, a Benjamín Mincho, a Antonio Toño, a Gonzalo Lalo y a Francisco Pacho. En castellano también se utiliza apocoparlos y así resultan Isa, Santi, Tina, Tavo, Concha, Nepo y Justo.
Pero definitivamente en la mayoría de nuestro territorio la costumbre de chantarles a las personas un mote desde pequeños es raizal, sobre todo en regiones como la costeña y la paisa. Muchos adquieren el remoquete en la familia porque un hermanito menor no sabe pronunciar su nombre y le dice de cierta manera, o por alguna característica en particular; de lo contrario, en la época escolar le endilgan su apodo a como dé lugar. Del primer caso resultan apelativos tales como tata, nena, gordo, negra, cuqui, tolo, etc.; mientras que los que ponen los compañeros de estudio son más ingeniosos, burlescos y descriptivos.
En nuestra ciudad la gente acostumbra preguntar, cuando no logra dar con alguien a quien le describen, con qué apodo es conocido el personaje a ver si logra ubicarlo. Familias enteras cargan con un apelativo que los distingue sin duda de los demás. Por ejemplo le hablan de un Echeverri y en vista de que son tantos los que llevan ese apellido, basta con decir que es de los capachos para aclarar el asunto. Los macabeos pertenecen a un linaje muy numeroso y representativo en la sociedad. Las torcuatas heredaron el apodo del nombre paterno; los montañeros Uribe son reconocidos; también recuerdo a los chinches Mejía, los plastas Jaramillo, los cucharras, los mojarras, los pescaos, los bóxer, los chitas, los volquetas, las busetas y los pinochos.
El imaginario popular se desborda en variedad al momento de repartir sobrenombres. Claro que al ver los ejemplos anteriores se puede colegir que comparar a los humanos con ciertos animales ha sido costumbre de siempre y de mi época juvenil recuerdo a pingüino Uribe, conejo Londoño, perro Gallego, el pollo Ocampo, guacamaya Mejía, caballito Bernal, pato Villegas, marrano Vargas y mi hermano Fernando a quien todos llamaban ardilla. Otros se ganaban el remoquete por alguna particularidad física como el gordo Mundo, el bizco Aristizabal, huesos Villegas, telescopio (por sus lentes de aumento), mis primos muelas y pinocho Hoyos (el uno por sonreído y el otro por narizón), las hermanas Pintuco, el enano Herrera y el negro Pambelé Araque.
La costumbre de estigmatizar a los demás no tiene edad, sexo, color ni estrato. En el bajo mundo los alias son muchas veces graciosos, y en la actualidad se han puesto de moda varios paramilitares que se distinguen por sus curiosos remoquetes. En el otro extremo hay señores reconocidos de la sociedad manizaleña que han sido identificados más por sus apodos que por los nombres de pila: el Ñato Ospina, Tamarindo, Chumilas, Pecueca, Chorizo, Canasto, Penetro, Genoveva y Agapito.
Cualquier profesión o actividad cuenta con miembros que cargan con sus motes desde siempre y para muchas personas es difícil referirse a ellos de una manera formal, y no por falta de educación, sino porque realmente no tienen idea de cómo se llaman. Por ejemplo entre los médicos de las primeras promociones de nuestra Universidad de Caldas son muy recordados Tamal, Momia, Lacra, Escopeta y Catarro. De los galenos que se desempeñan en la actualidad puedo nombrar a Nimbus, Canocho, Pochocha, Chichí y Chamizo. Otro caso curioso es el de personas a las que les cambian definitivamente el nombre; conozco a una señora Maria Eugenia a quien absolutamente todo el mundo le dice Nuria.
En cambio hay otros que por su nombre no necesitan apodo. Un ex gobernador de Caldas, víctima infortunada de esta violencia absurda que nos agobia, relataba con mucha gracia que ya de adulto se enteró de que un compañerito suyo de la primaria llegó un día muy excitado a la casa con este cuento:
-Mami, mami, en mi clase hay un niño al que le dicen Fortunato.
pmejiama1@une.net.co
En muchos países de Latinoamérica hemos cogido la maña de bautizar a los niños con unos nombres que la verdad no requieren apodo, porque son tan rebuscados que de por sí llaman la atención; aparte de que muchos prefieren denominar a los mocosos como si fueran nacidos en otras latitudes: Usnavy (copiado de un barco de la armada gringa), Elizabet, Fransuá, Gregory, Brayan, Leidy o Estiven. En cambio en España son comunes los tradicionales de nuestro idioma, costumbre que prevaleció entre nosotros hasta hace unos años cuando los muchachitos se llamaban Augusto, Manuel, Claudia, Helena o Germán. También se echaba mano de los nombres bíblicos para hombres y mujeres, y ha sido costumbre que a ciertos apelativos se les aplique automáticamente un reemplazo ineludible: a José le dicen Pepe, a Jesús Chucho, a Benjamín Mincho, a Antonio Toño, a Gonzalo Lalo y a Francisco Pacho. En castellano también se utiliza apocoparlos y así resultan Isa, Santi, Tina, Tavo, Concha, Nepo y Justo.
Pero definitivamente en la mayoría de nuestro territorio la costumbre de chantarles a las personas un mote desde pequeños es raizal, sobre todo en regiones como la costeña y la paisa. Muchos adquieren el remoquete en la familia porque un hermanito menor no sabe pronunciar su nombre y le dice de cierta manera, o por alguna característica en particular; de lo contrario, en la época escolar le endilgan su apodo a como dé lugar. Del primer caso resultan apelativos tales como tata, nena, gordo, negra, cuqui, tolo, etc.; mientras que los que ponen los compañeros de estudio son más ingeniosos, burlescos y descriptivos.
En nuestra ciudad la gente acostumbra preguntar, cuando no logra dar con alguien a quien le describen, con qué apodo es conocido el personaje a ver si logra ubicarlo. Familias enteras cargan con un apelativo que los distingue sin duda de los demás. Por ejemplo le hablan de un Echeverri y en vista de que son tantos los que llevan ese apellido, basta con decir que es de los capachos para aclarar el asunto. Los macabeos pertenecen a un linaje muy numeroso y representativo en la sociedad. Las torcuatas heredaron el apodo del nombre paterno; los montañeros Uribe son reconocidos; también recuerdo a los chinches Mejía, los plastas Jaramillo, los cucharras, los mojarras, los pescaos, los bóxer, los chitas, los volquetas, las busetas y los pinochos.
El imaginario popular se desborda en variedad al momento de repartir sobrenombres. Claro que al ver los ejemplos anteriores se puede colegir que comparar a los humanos con ciertos animales ha sido costumbre de siempre y de mi época juvenil recuerdo a pingüino Uribe, conejo Londoño, perro Gallego, el pollo Ocampo, guacamaya Mejía, caballito Bernal, pato Villegas, marrano Vargas y mi hermano Fernando a quien todos llamaban ardilla. Otros se ganaban el remoquete por alguna particularidad física como el gordo Mundo, el bizco Aristizabal, huesos Villegas, telescopio (por sus lentes de aumento), mis primos muelas y pinocho Hoyos (el uno por sonreído y el otro por narizón), las hermanas Pintuco, el enano Herrera y el negro Pambelé Araque.
La costumbre de estigmatizar a los demás no tiene edad, sexo, color ni estrato. En el bajo mundo los alias son muchas veces graciosos, y en la actualidad se han puesto de moda varios paramilitares que se distinguen por sus curiosos remoquetes. En el otro extremo hay señores reconocidos de la sociedad manizaleña que han sido identificados más por sus apodos que por los nombres de pila: el Ñato Ospina, Tamarindo, Chumilas, Pecueca, Chorizo, Canasto, Penetro, Genoveva y Agapito.
Cualquier profesión o actividad cuenta con miembros que cargan con sus motes desde siempre y para muchas personas es difícil referirse a ellos de una manera formal, y no por falta de educación, sino porque realmente no tienen idea de cómo se llaman. Por ejemplo entre los médicos de las primeras promociones de nuestra Universidad de Caldas son muy recordados Tamal, Momia, Lacra, Escopeta y Catarro. De los galenos que se desempeñan en la actualidad puedo nombrar a Nimbus, Canocho, Pochocha, Chichí y Chamizo. Otro caso curioso es el de personas a las que les cambian definitivamente el nombre; conozco a una señora Maria Eugenia a quien absolutamente todo el mundo le dice Nuria.
En cambio hay otros que por su nombre no necesitan apodo. Un ex gobernador de Caldas, víctima infortunada de esta violencia absurda que nos agobia, relataba con mucha gracia que ya de adulto se enteró de que un compañerito suyo de la primaria llegó un día muy excitado a la casa con este cuento:
-Mami, mami, en mi clase hay un niño al que le dicen Fortunato.
pmejiama1@une.net.co
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