martes, agosto 06, 2013

Disminuyen las pasiones.


No cabe duda de que la acumulación de calendarios nos cambia los gustos, el modo de comportarnos, la sensibilidad, el ánimo y muchos otros aspectos de la personalidad. La vida se ve con otros ojos y los problemas se enfrentan de manera diferente, tal vez porque se tienen en el bagaje más vivencias y conocimientos para comparar. Estoy a dos años de llegar al sexto piso, edad en que entra el sujeto a formar parte de ese grupo conocido como la tercera edad. Y sin mencionar los achaques físicos, que aparecen a diario y con enconada sevicia, preocupan los primeros avisos de que la mente ya no es la misma: lapsus, lagunas, olvidos y errores, que así sean mínimos, angustian.

Las pasiones humanas se sienten hacia un semejante, o hacia animales, cosas, ideologías, etc. Y es común que disminuyan con el paso del tiempo, situación que mejora la calidad de vida porque se ahorra uno muchas rabias, sufrimientos, preocupaciones y desengaños. En cambio el cariño por los seres queridos aumenta, así no se acostumbre recordarles a cada momento a los demás que se les quiere, ya que sin duda existen otras formas de demostrar el cariño hacia cada quien. Y si alguien tiene dudas, pues que pregunte.

Un ejemplo del cambio respecto a las pasiones puede ser el que tiene que ver con el fútbol. Ahora recuerdo cómo me asombraba ver a mi mujer desentendida frente a un partido importante del Once Caldas o la Selección Colombia; si perdían le importaba un pepino mientras yo quedaba descompuesto y maluco. Pues hoy en día no reconozco siquiera a los jugadores del equipo local, ignoro su rendimiento, no miro los resultados y ni trato de ver los goles en el noticiero, cuando antes no me podían siquiera hablar durante la sección de deportes del domingo por la noche. A la Selección le paro bolas, si anda bien, aunque lo que más disfruto es el programa de reunirme con los amigos para ver los partidos. Ya no grito los goles, no reniego ni insulto al árbitro y si perdemos, me resbala. ¡Más bueno!

Otras pasiones comunes son las políticas y religiosas, las cuales por fortuna me traen sin cuidado. En las primeras escojo al menos malo y en las segundas respeto las creencias de los demás, pero manejo una espiritualidad propia; además censuro las religiones. Y  aunque cada quien es libre de apasionarse por sus preferencias, detesto que quieran influir en los demás. Ahora en las redes sociales se acostumbra que algunos aprovechen esa vitrina para difundir y promover sus predilecciones, lo que se torna empalagoso y chocante. La mística religiosa, política o de cualquier tipo, debe manejarse con tino y prudencia, porque no debemos olvidar que los demás tienen sus propios gustos.

Una pasión que desapruebo es la de coleccionar objetos. Nada más absurdo e inoficioso, porque si la colección se mantiene guardada no tiene gracia y si está a la vista, se convierte en un encarte. Durante la niñez de mi hijo acostumbrábamos armar modelos a escala y cómo nos entreteníamos con ese pasatiempo; leer las instrucciones, organizar todo sobre la mesa, desprender las piezas y empezar a ensamblarlas con la ayuda del Cemento Duco. Llenamos una estantería con aviones, barcos, motocicletas, carros y demás cacharros, y hay qué ver el polvo que recogían; entonces la empleada los limpiaba y sin falta les arrancaba una hélice, el tren de aterrizaje, el timón u otra pieza, las cuales siempre desaparecían. Al crecer el chino casi no se desprende de todos esos trebejos.

Los animales siempre me han gustado pero sin apasionarme por ellos. No tengo mascotas porque arriesgo a encariñarme y termino igual a quienes tanto critico, porque las tratan como si fueran personas; y después se muere el animalito y toca enfrentar el luto. Eso de vestir el perro, dormir con el gato o invertir gran cantidad de dinero en el cuidado de una mascota no va conmigo. Ahora me parecen violentas las corridas de toros pero no me estremezco ni se me encharcan los ojos cuando pasan el toro al papayo. Jamás se me ha cruzado por la cabeza que comer carne es un crimen contra la naturaleza y disfruto como nadie en una matada de marrano; tampoco me impresiona despescuezar un pollo.

A lo mejor es falta de compromiso pero nunca milité en grupo alguno o me dejé alienar por una ideología. Será que soy muy sangriliviano, como decía mi mamá, pero al morir una persona no me da pesar, a no ser que se trate de alguien joven y lleno de vida. Por el contrario si es un enfermo que sufre o un anciano que ya vivió lo suficiente, me alegro. Porque hasta ahora nadie se ha quedado vivo y en muchos casos la muerte representa un descanso para el finado y un alivio para sus allegados; tanto físico como económico.

Entre tantas cosas malas la senectud tiene sus ventajas, como que uno va sólo donde le provoca. Entonces la mujer insiste en que es un compromiso, que qué pena, que si no vamos no nos vuelven a invitar, y ahí comenta uno: ¡mejor! Leí una frase lapidaria de Fernando Vallejo: “La juventud, cuando no se cruza con la muerte, termina siempre igual: en la vejez hijueputa”.
pamear@telmex.net.co

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