martes, enero 10, 2012

Mis primeras ferias.

Desde siempre lo que más me ha gustado de la semana ferial es ver cómo la gente se vuelca a las calles sin importar edad, condición social o económica, sin reparar en la hora o en las inclemencias del clima. Las vías se convierten en ríos humanos donde personas de todo tipo disfrutan del ambiente festivo y de las curiosidades que pueden verse en cualquier esquina, mientras los vendedores ambulantes hacen su agosto, en enero, porque a pesar de estar apenas superada una época de consumos y compromisos, todo el mundo gasta algo de dinero en su diario deambular. Y aunque ahora ya no acostumbro ir a toros, a exposiciones y espectáculos, y mucho menos a las parrandas nocturnas, disfruto dar una vuelta por la ciudad y comprobar que la feria no pierde su espíritu.

Entonces revivo aquellas primeras ferias y noto que la gran diferencia radica en que en esa época todo el jolgorio y la programación se desarrollaban exclusivamente en el centro de la ciudad; fue con el tiempo que empezaron a llevar la diversión a barrios periféricos y veredas cercanas, con los concurridos tablados populares, y que la actividad se trasladó a sectores como El Cable o Chipre. Algo que recordamos con añoranza es la seguridad que reinaba en Manizales, pues siendo apenas unos niños nos dejaban ir en bus para el centro a gozar con la gran variedad de espectáculos que se presentaban durante esa semana en la ciudad.

De lo primero que me acuerdo fue una vez cuando yo tendría unos seis años y nos dio la culequera por visitar algo muy novedoso que promocionaban y que tenía el atractivo nombre de Los monstruos de Hollywood. Acondicionaron un local en los bajos del antiguo Club Los Andes, por la calle 24, y el asunto se trataba de un corredor oscuro donde en medio de un ambiente tenebroso y lúgubre, se le aparecían al visitante cadáveres ambulantes, hombres sin cabeza, esqueletos y demás personajes grotescos. Llegamos allá todos los hermanitos, compramos las boletas e ingresamos, pero apenas apareció el primer espanto nos aterrorizamos y a pesar de los regaños del portero, quien decía que debíamos seguir hacia adelante, nos pasamos en cuatro patas por debajo de la registradora mientras berreábamos en coro y llamábamos a nuestra madre, que había quedado de recogernos en un ratico.

Una atracción tradicional de aquellas ferias fue el Zoológico Amazonas, que funcionaba en una caseta prefabricada de láminas de metal y albergaba la muestra más deprimente de animales que pudiera existir. En jaulas de unos pocos metros cuadrados podía verse un león que apenas lograba caminar en su interior; el cóndor de los andes parecía embalsamado porque sólo podía parpadear; la cebra semejaba un burro pintado a mano; y así por el estilo varios ejemplares en las peores condiciones imaginables. Enseguida había que hacer fila para entrar a la Finca del Quindío, una maqueta inmensa que recreaba la gran hacienda cafetera con su beneficiadero, los extensos cultivos, el “yipao”, un aserrador que cortaba leña, etc., con el atractivo que algunos mecanismos tenían movimiento.

La verdad es que nosotros gozábamos con cualquier pendejada, porque pagábamos por ingresar a una atracción llamada El salón de los espejos. En diferentes espacios había espejos que distorsionaban la imagen y hacían ver a las personas enanas o gigantes, flacas o rechonchas, gorobetas y deformes. En otro zaguán invitaban a conocer a un monstruo humano y después de que el público entraba, corrían una cortina y detrás de una reja había un personaje contrahecho a quien se le notaba a la legua que allevaba máscara y mucho maquillaje.

En la parte baja de Fundadores había un parquecito infantil y allí montaban la ciudad de hierro, con distracciones tales como el tiro al blanco con rifles de corcho, lanzamiento de aros y otros desafíos que premiaban al ganador con cualquier chuchería. El circo Egred Hermanos armaba su carpa en el parque Liborio, luego en un lote en la carrera 21entre calles 24 y 25, y por último en la avenida Santander, donde quedaba el orfanato; el circo después cerró sus puertas cuando dos de los hermanos se suicidaron y además un incendio consumió la carpa. El coliseo cubierto servía de sede al Holliday on ice, un espectáculo de patinaje sobre el hielo que llegaba del exterior.

Una costumbre aún vigente es la de adornar bares y cantinas con matas de plátano y caña brava, además de cubrir el piso con viruta de madera para poder recoger con pala cuando los borrachos devuelven atenciones. En cambio desaparecieron las tradicionales casetas, como la Italian Jazz que funcionaba en el patio del Instituto Universitario, o la que montaba don Rafael Jaramillo en las Torres de Chipre. En aquellas casetas no existían los estratos sociales y el incómodo mobiliario era igual para todos, y como no había restricción nocturna para los establecimientos, la parranda duraba hasta bien entrada la madrugada. Allí se codeaban en la pista de baile, bajo el ritmo de Los Graduados, Fruko y sus tesos, Los 8 de Colombia y los Black Stars, los más jailosos y encopetados con las empleadas del servicio, los trabajadores de la finca, el cajero del banco, la manicurista, el mecánico del taller y las fufurufas de Arenales y La Avanzada.
pamear@telmex.net.co

1 comentario:

BERNARDO MEJIA ARANGO bernardomejiaarango@gmail.com dijo...

Como me hubiera gustado disfrutar de una feria en Manizales cuando era estudiante con los Capuchinos en el Tablazo, allá por los 60´s. Aunque nos pegábamos nuestras voladitas a la ciudad, nunca fue para ir de rumba. Eso si, nos las arreglábamos para bailar en casa de alguna de la amigas en la vereda (después de las catequesis), mejor dicho pecábamos y rezábamos: resultado: un empate.

Recuerdos: Rodolfo con los Hispanos. El Loco Quintero con Los Graduados. Cordial saludo tataratataraprimo.