jueves, junio 27, 2013

Viven del cuento.


El otro día puse en twitter que los libros de autoayuda tienen mucho éxito entre las personas con pereza mental; también son indicados para los bajitos de punto. Porque basta con echarle cabeza a la existencia, ponerle sentido común, aprender del día a día y apelar a la lógica, para encontrar las premisas y consejos que llenan las páginas de esos folletos comercializados por vividores y mercachifles. Es entendible que personas ignorantes y analfabetas queden extasiadas ante la palabra de cualquier tramador, pero que alguien que haya estudiado y tenga cierto nivel cultural se deje embaucar así de fácil, es inadmisible.

El mundo está lleno de charlatanes que amasan fortunas a punta de carreta. Basta sintonizar un canal religioso en el televisor donde el pastor embelesa con sus peroratas, gestos y zalamerías, mientras todos los presentes entran en trance, repiten salmos y frases prefabricadas, alzan las manos al cielo y algunos llegan a desmayarse. Falsos mesías, personajes histriónicos con facilidad de expresión que recurren a la debilidad del ser humano para lucrarse. Se aprovechan de personas perdidas en un mar de incertidumbre, quienes buscan desesperadas algo de dónde agarrarse.

Reconozco que soy escéptico. No puedo aceptar que un astrólogo pueda predecir el futuro y definir una personalidad basado en la alineación de los planetas; a mí no me vengan con ese cuento. Cuando veo a un vergajo como Walter Mercado me provoca darle una pela. Para mí es increíble que llenen un coliseo de papanatas para ver a un cura sanador, esperanzados todos en que el milagrero ponga sus benditas manos encima de la cabeza del que padece parálisis infantil y santo remedio; que alivie con una mirada al paciente terminal de cáncer; o el que llegó con muletas las tire a la jura porque ya no las necesita. Así lo vea con mis propios ojos, le buscaré al hecho una explicación lógica o científica.

Cuento aparte los curas que ganan fama en los medios de comunicación y a punta de reflexiones, alegorías, obviedades y mucha palabrería, se vuelven figuras públicas. El vulgo es manipulable y basta decirle lo que quiere oír, para cautivarlo y volverlo adicto a la palabra del embaucador de turno. Entonces al ganar el curita reconocimiento empieza a cobrar hasta por las bendiciones y al poco tiempo la agenda no le da abasto, porque es el invitado de honor en todo tipo de eventos. El negocio es redondo porque entonces empieza a dictar conferencias, para lo cual tiene un agente que programa las presentaciones y él solo debe desplazarse, con todos los gastos pagados, hablar cháchara dos horas ante un público que lo ve como a un salvador y después recibir el jugoso cheque que engrosará su cuenta bancaria.

Alguna vez el Club Activo 20-30 buscaba ideas de cómo conseguir recursos para realizar sus obras sociales, y como ya habían programado basares, novilladas, peleas de gallos y demás eventos, alguien propuso que trajeran a un cura que causaba sensación por esos días en Cali, un tal padre Gallo. Todos supusieron que por ser un sacerdote no les costaría mucho, que seguro podrían alojarlo en la casa de alguno de ellos, más el transporte y los viáticos. El encargado de contactarlo llamó al manager del religioso y este le dijo que venía pero en avión, a hotel cinco estrellas, con todos los gastos pagos y además debían cancelarle una suma millonaria por la presentación. Pues de hecho el clérigo se volvió famoso y como eso a la iglesia le da piquiña, le prohibieron revolverle guadua al ministerio. Entonces renunció, se fue para Estados Unidos y llegó a donde era, porque si aquí hay incautos, allá son maleza. Y mientras unos se retiran aparecen otros, como los padres Chucho y Linares, que van por el mismo camino.

Inaudito que exista tanto marrano. Ha venido a la ciudad un pisco que dice tener el poder de hipnotizar a los asistentes para que dejen de fumar. Como lograr superar una adicción es tan difícil, la gente acude desesperada a esa solución que parece tan sencilla; pagan un dineral por la entrada, llenan el auditorio, le oyen las babosadas al fulano y salen convencidos de que su inversión valió la pena. Y aunque al otro día están de nuevo con el pucho en la boca, pasado un tiempo regresa el estafador y muchos de los que ya asistieron repiten sesión.

Un día mi mujer, decidida a dejar de fumar, llegó con el cuento que la Liga contra el cáncer promocionaba a un personaje que ofrecía un novedoso sistema para dejar el maldito vicio, basado en el manejo de las energías. Le dije que ni hablar, que cómo se iba a gastar ciento ochenta mil pesos en esa pendejada; sin embargo una amiga la invitó y allá se fueron la fecha indicada. Estaban confiadas porque no podían creer que una institución seria como la Liga fuera a traer a un payaso que las engañara. Después de unas horas regresó muy emocionada a contarme que las acostaron en camillas y que el tipo pasaba, les cogía los dedos con delicadeza y los jalaba como para sacarles las malas energías y listo, eso fue todo. Cuando terminó su relato, se fue a la cocina a fumarse el pucho de antes de acostarse.
pamear@telmex.net.co

martes, junio 18, 2013

Detestable modalidad.


Seguramente quienes no vivieron épocas pasadas no encontrarán tan detestables los cambios generados por la tecnología en ciertos aspectos, porque simplemente no tienen con qué comparar. Claro que todo evoluciona y se moderniza, la agilidad y la optimización se imponen, y el objetivo es disminuir costos de operación, pero el sufrido usuario es quien debe soportar situaciones que lo hacen trinar de la ira y desesperarse a cada momento. El caso es que todos los días son más los seres humanos remplazados en su trabajo por las máquinas y a esa interacción con la cibernética es a la que no podemos acostumbrarnos muchos.

Es curioso que al analizar los economistas el problema del desempleo nombren diversos factores como causa del mismo, pero nunca se refieren a que la tecnología ha desplazado numerosos puestos de trabajo. Ejemplos son muchos y nombro el caso de edificios pequeños en los barrios residenciales, cada uno de los cuales tenía un portero día y noche para vigilar y atender las necesidades de los inquilinos. Como es lógico esto requería de al menos dos empleados que se turnaban, aparte del que hacía el remplazo del domingo, y además se generaban horas extras por festivos y nocturnos. Pues hoy en día la mayoría de esas edificaciones tienen puertas eléctricas en el garaje y una cámara que registra a quien timbra en el portón principal, el cual puede abrirse de manera automática desde cualquiera de los apartamentos.

Recuerdo que durante mi niñez, como todos vivíamos en casas, en la época de vacaciones era común que los propietarios dejaran un celador en la residencia mientras la familia se iba de paso o a temperar a la finca. Pues ahora instalan alarmas y cámaras de seguridad en las propiedades y desde una central unos pocos empleados monitorean cualquier irregularidad que se presente. Hoy en día al llegar al parqueadero de un centro comercial debe accionarse un botón que entrega el recibo y luego abre la barrera para dar paso; lo mismo sucede a la salida y es así como la tecnología realiza esas labores que antes desempeñaban seres humanos. Y los patronos felices porque dichos aparatos nunca piden permisos, no se enferman ni se sindicalizan, no exigen aumento y mucho menos llegan enguayabados. 

Antes debíamos ir al banco varias veces a la semana a consignar, cambiar cheques, hacer giros, sacar una chequera, pagar facturas, pedir extractos y demás diligencias, gestiones todas que quedaron en el pasado porque ahora pueden hacerse desde un cajero automático o con la computadora personal. A la entidad bancaria ya no hay que ir sino a pedir plata prestada o a ponerle la cara al gerente cuando el sobregiro está salido de madre.

Pero sin duda las innovaciones más detestables son los contestadores automáticos y los centros de llamadas, conocidos como call center. A quién no han hecho echar chispas, cuando llama desesperado y después de saltar de tecla en tecla no logra solucionar su problema. Porque la añorada recepcionista podía mentirle a uno, darle caramelo, envolatarlo o ponerlo a oír una odiosa tonada mientras buscaba una disculpa para darnos, pero al menos quedaba la opción de desahogarse con ella cuando no encontrábamos una respuesta satisfactoria. En cambio a una maldita máquina qué le dice uno, cómo le explica, a quién se queja, qué camino coge si no logra encontrar quién solucione su inquietud.

Y esa modita de pedirnos los datos personales a toda hora desespera y ofusca. Llamar por ejemplo a que le solucionen un problema con la señal de televisión o de internet y después de escoger entre varias opciones del menú, por fin contesta alguien y lo primero que hace es solicitar el nombre del titular de la cuenta y el número de cédula; después quiere saber la dirección y el teléfono, no sin antes echarle una retahíla acerca de los beneficios que ofrece la empresa que representa. A cada momento suspende la comunicación, para volver al cabo de unos minutos y dar las gracias por la paciente espera. Estos personajes hablan como por dentro de un tarro y al pedirles que repitan, insisten con ese susurro monocorde e impersonal.

Los centros de llamadas libraron a empresas, entidades, corporaciones, despachos, etc., de tener que tratar con el público. Ellos se encargan de contactar a los clientes y como es lógico, no tienen ni idea de lo que hablan porque repiten como loras las instrucciones que reciben. Por ello me da golpe ver como la gente los insultan, les echan vainas, los regañan y hasta les hacen sugerencias, mientras a dichos personajes les importa un carajo porque con seguridad mientras realizan su labor están pensando en los huevos del gallo.   

Hoy en día las entidades bancarias hacen sus cobros por medio de estos centros de llamadas, comunicaciones que acostumbran realizar los domingos muy temprano en la mañana. Entonces el indignado moroso se sale de la ropa, vocifera, reniega e insulta al desprevenido empleado, como si el tipo tuviera contacto directo con el gerente del banco que reclama su pago. También causa gracia que quienes no pagan sus obligaciones, por la causa que sea, utilizan como arma de defensa el ponerse dignos y de mal genio cuando les cobran. Como si la culpa fuera de quien con todo el derecho reclama lo que le deben.
pablomejiaarango.blogspot.com

martes, junio 11, 2013

Temas de ciudad.


Aunque aseguran los entendidos que el ritmo de la construcción ha bajado en los últimos tiempos, a diario vemos nuevas obras que se adelantan en la ciudad. Y la pregunta de todos es, de dónde sale gente para ocupar semejante cantidad de apartamentos que ofrece el mercado; porque está claro que en la mayoría de los casos son personas que cambian de vivienda, porque mejoran sus ingresos o simplemente quieren estrenar, pero a su vez ellos desocupan el inmueble donde residían. Desde mi ventana puedo ver, sólo en los barrios aledaños, ocho edificios en construcción. Ahora noto con agrado que demarcaron el lote donde se construirá el Centro Cultural de la Universidad de Caldas, a un costado de la facultad de Veterinaria.

Importante el desarrollo que presenta el sector aledaño a la avenida Kevin Ángel, en el tramo que va de la empresa Mabe hasta Aguas de Manizales, donde los concesionarios de vehículos construyeron sus vitrinas, también hay comercios, almacenes y una gran cantidad de edificios de apartamentos que ocupan un costado de la vía. Ni hablar del auge de la construcción que presenta la región de La Florida, que aunque pertenece al municipio de Villamaría, está poblada por ciudadanos manizaleños. Numerosos conjuntos campestres donde las casas se construyen por cientos, además de muchos colegios que aprovecharon el ambiente campestre del entorno para instalarse allí. Lo grave es que la infraestructura no avanza al mismo ritmo y por ejemplo las vías ya no dan abasto.

Empezaron los trabajos de la conexión vial en la entrada a Villamaría, muy necesaria para solucionar un cuello de botella que genera gran peligro a los conductores que tratan de ingresar al flujo vehicular de la Panamericana. Ojalá el contratista no sea el mismo que construye la doble calzada de La Playita a Lusitania, porque ahí sí perdemos la esperanza; pasan los meses, los años y una obra de kilómetro y medio de longitud no está ni tibia. A este paso de tortuga no veremos nunca terminada la doble calzada desde la Estación Uribe hasta el sector de Potro Rojo, que es el tramo necesario para agilizar la comunicación entre los dos principales ingresos a la ciudad.

Por otra parte, es lamentable el estado que presenta el entorno de la avenida del centro en el tramo que va del Parque Olaya hasta el sector de Fundadores.  A excepción del templo de Los Agustinos no hay una sola edificación presentable y hay edificios levantados cuando se construyó la avenida, hace unos 30 años, a los que nunca les han dado siquiera una mano de pintura. Mala imagen se llevará el visitante que entre a Manizales por ese sector, porque los alrededores del parque Alfonso López dan grima; cantinas, cacharrerías, ventorrillos y pensiones de mala muerte. Al frente de Sanandresito hay un edificio de parqueaderos, que tiene una fachada en curva forrada con tabletas color ladrillo. Al dinamitar el antiguo edificio de la alcaldía, hace ya muchos años, grandes parches de esa fachada se desprendieron y esta es la hora que sigue sin reparar.  

En casi todas las capitales del país se implantan sistemas de transporte masivo, lo que parece un imposible en nuestra ciudad porque debido a la topografía las pocas avenidas que tenemos no permiten una mínima ampliación. Pensar en un tren subterráneo es una utopía y se me ocurre que una solución realizable es continuar con el sistema del cable. Una red que llegue a Chipre, La Sultana, La Enea, La Linda, El Tablazo, Bosques del norte, Maltería y demás sectores de Manizales. Un medio de transporte amable con el ambiente, sin congestiones ni ruido; rápido, agradable y además es un atractivo turístico. Espero que la línea que pronto nos conectará con Villamaría sea un éxito y así se anime la administración municipal a ampliarlo hacia otros sectores.

Además en calles y avenidas ya se nota la saturación de tráfico; porque con esa forma de vender vehículos de todo tipo, mientras que de nuevas vías no existen ni siquiera proyectos, muy pronto no habrá por dónde circular. Para colmo, son muchos los conductores que no cumplen con las normas de tránsito y el caos que generan con sus infracciones repercute en todas las esquinas. El otro día arrimamos a Mercaldas de Sancancio a comprar unas cosas. Esa firma comercial adquirió varias casas aledañas para adecuar un parqueadero muy cómodo y allí metimos el carro, pero mientras mis acompañantes hacían las compras conté los clientes que llegaron en sus vehículos al lugar: de doce sólo uno ingresó al parqueadero, porque los demás prefirieron dejar el carro en la calle a todo el frente del supermercado, calzada que está inundada de avisos de prohibido parquear.

Por fortuna esta primera temporada de lluvias del año estuvo moderada, ya que al menos en nuestra región pasó casi desapercibida. Así los recursos pueden invertirse en obras de infraestructura, en vez de dedicarlos a reparar vías, remover derrumbes, reponer puentes, intervenir laderas inestables, y además, repartir auxilios a tanto damnificado. La triste realidad es que en nuestro país la peor calamidad que enfrentamos es la corrupción administrativa, la misma que anima al ciudadano de bien a no pagar impuestos porque nadie entrega sus recursos a sabiendas de que irán a parar al bolsillo del político inmoral. ¡Nule-busque más!
pablomejiaarango.blogspot.com

martes, junio 04, 2013

Memorias de barrio. (3)


Mientras construían la casa de La Camelia, para reducir gastos mi papá alquiló la finca La Cecilia, de don Javier Mejía, localizada donde hoy queda el barrio Molinos del viento, arriba de Confamiliares de San Marcel. Nosotros felices de vivir en el campo pero prontico mi mamá se reveló, porque pasaba el día en el carro mientras trasteaba muchachitos, hacía mandados, visitaba a la abuela y demás diligencias. Como faltaban pocos meses para estrenar casa, resolvimos mudarnos a una edificación en el centro, calle 24 con carrera 20, al frente de donde después construyeron el Teatro Colombia; en ese entonces había un parqueadero donde guardábamos el carro de la casa.

El caserón, típica construcción de la zona, tenía un subterráneo lleno de trebejos y telarañas que se convirtió en nuestro sitio de recreo. Como es lógico, nos sentimos prisioneros porque no podíamos salir solos a recorrer el centro; y como nos criamos en la calle en el barrio Estrella, para después conocer la libertad que encontramos en La Cecilia, el horizonte se nos limitó drásticamente. En semana pasábamos el día en el colegio, pero el fin de semana teníamos poco de dónde escoger. Algunos sábados por la tarde mi papá nos regalaba unas monedas para que fuéramos a la esquina, a la tienda “Visos”, donde vendían todo tipo de dulces y mecatos. Entonces comprábamos chitos, frunas, bombones Charm´s y salvavidas, y nos sentábamos toda la tarde a ver televisión: Bonanza, La isla de Giligan, Hopalong Cassidy, Roy Rogers y otras series de la época.

Pero sin duda el programa favorito era irnos el sábado después de almuerzo a pagar trabajadores a La Teresita, la finca de la abuela paterna en la región de El Rosario. Salíamos en el Land Rover de Plumejía, la ferretería de la familia, pero antes de arrancar convencíamos a mi papá de enroscar la carpa atrás para poder mirar hacia afuera. Adelante iban mis padres con la hermana mayor y los bebés, mientras en la parte trasera nos acomodábamos los muchachitos, después de rifar los puestos. Claro que nos rotábamos, porque los únicos que viajaban a gusto eran los que iban en el extremo trasero, desde donde podían disfrutar la vista al exterior. Lo que no fallaba es que en cierto momento la carpa se desenrollaba y soltaba un polvero espantoso, dejándonos más aburridos que el diablo.

Si durante el camino alguno se atrevía a proponer que paráramos en una fonda, mi mamá le decía que no molestara porque acabábamos de almorzar. Poco después de cruzar el puente de Cenicafé, en la finca La Piedra, tomábamos las partidas hacia El Rosario. Primero estaba la vereda Colegurre y luego el antiguo puente que se llevó la avalancha, para seguir chupando polvo hasta donde queda hoy la entrada al Club Campestre, poco antes de la fonda Cobraderos, donde nos desviábamos hacia la finca. Unos metros adelante quedaba la tiendita Los Tolimenses, después San Rafael, la finca de mi tío Alberto Arango, seguía el desvío para La Graciela, la finca de la otra abuela y del tío Roberto Ocampo, y una cuadra después llegábamos a La Teresita. Por lo tanto conocíamos la región como la palma de la mano, porque los niños hacíamos muchas veces el tramo desde La Piedra a pie y además dominábamos potreros y cafetales del entorno familiar.

Mi papá se dedicaba a cuadrar planilla con el agregado, “El Mono” Monsalve, mi mamá conversaba con la señora de este, las hermanas y don Eleuterio, el patriarca de esa familia, y nosotros nos poníamos a corretear por ahí, pendientes de que salieran a dar vuelta para pegarnos a la caminada por el predio. A la hora de regresar cargaban el jeep con bultos de café y mi papá nos acomodaba en los espacios que quedaban entre la carga. Subíamos hasta Chinchiná y en la calle que entra hacia la plaza de Bolívar parábamos en El venado de oro, una cafetería donde vendían unos pandeyucas deliciosos en forma de media luna; mi papá nos pasaba la gaseosa y el mecato por entre los recovecos, y allí encogidos disfrutábamos del algo. Sin falta todos nos profundizábamos durante el recorrido, arrullados por el vaivén y la comodidad de la acogedora guarida.

Desde la entrada a Manizales mi mamá comenzaba a anunciar la proximidad con la casa para despertarnos y que nos desperezáramos, y al llegar nos bajábamos entumidos y destemplados para subir las extensas escaleras como unos zombis; veíamos televisión un rato mientras nos daban la comida, para por fin irnos a acostar, no sin antes lavarnos los dientes a regañadientes. Al otro día, domingo, el programa era salir a dar una vuelta por la tarde, comer empanadas con gaseosa en el drive in Los Arrayanes de Chipre, para después ir expectantes a darle vuelta a la obra de la casa que esperábamos estrenar muy pronto.

Una de esas tardes, al regresar al hogar, mi mamá se queda mirándonos y comenta: Mijo, me parece que aquí falta un muchachito… Y preciso, se había quedado olvidado uno de los menores en la obra, a quien encontramos muy asustado con el celador, quien trataba de convencerlo de que no lo habíamos abandonado. Desde ese día mis padres acostumbraban contarnos a cada rato para que no les volviera a suceder.
@pamear55

martes, mayo 28, 2013

Figuró aprender.


No sé si a todo el mundo le pasa, pero la tecnología no deja de descrestarme a diario. Sin alcanzar a digerir una innovación en cualquier dispositivo electrónico e inventan otro que manda al anterior para el cuarto de san alejo. Y nos preguntamos si es posible mejorar por ejemplo un teléfono celular de esos inteligentes, a los que no les falta sino pensar, pero a los pocos meses lanzan una versión mejorada con más y mejores servicios. Porque la competencia se basa en ofrecer nuevas tecnologías que superen lo existente, ya que de lo contrario nadie compra el producto. Hace poco tiempo tener un Blackberry era el sueño de muchos, pero en poco tiempo fue reemplazado por otros dispositivos que lo hacen ver como un aparatejo arcaico y obsoleto. Una chanda, dicen los sardinos.

He tenido con las computadoras una relación larga y enriquecedora, que me ha sacado algunas canas pero son más las satisfacciones recibidas. Fue por allá en 1985 cuando le encargué a un piloto amigo un aparato de esos a los Estados Unidos y al recibirlo casi no encuentro quién supiera siquiera prenderlo. Recurrí entonces a mi pariente Fernán Escobar, que es tan entendido, y el hombre al menos lo instaló y me enseñó algunas cosas básicas. Era un mamotreto con  monitor monocolor ámbar, disco duro de 30 megas y memoria RAM de 1 mega (no exagero un pelo). Funcionaba con disquete flexible de 5.25 pulgadas y el corrector de palabras, cuyo nombre no recuerdo, tenía básicamente las mismas características de una máquina de escribir, pero con algunas funcionalidades que lo hacían novedoso y muy práctico. Otro inconveniente fue conseguir un profesor que me diera las primeras indicaciones.

Infortunadamente no pertenezco a las nuevas generaciones que nacen con un chip que les permite entender sin esfuerzo las tecnologías modernas, porque después de casi treinta años de tener relación a diario con una computadora, sobre todo en los últimos veinte que he pasado mucho tiempo al frente del monitor, debería ser un experto en su manejo. Pero qué va, apenas me defiendo. Mejor dicho, si aprendo algo puedo realizarlo y hasta escarbar para encontrarle más usos, lo que llaman cacharrear, pero no me diga que debo meterle mano al sistema operativo porque hasta ahí llego. Muchas veces me desespero porque no puedo encontrar una información que estoy seguro tengo en algún recoveco de la máquina, hasta que no me queda sino pedir cacao para que me saquen del apuro; lo mismo pasa cuando bajo programas de la red y me enredo al querer instalarlos y ejecutarlos.

El caso es que aprendí a manejar ese primer procesador de palabras, pero cuando ya le había cogido el tiro, salió una nueva versión y debía cambiarlo. Me negué rotundamente, pero mi hijo, quien era apenas un mocoso, insistió en que lo hacía o me dejaba el tren de la tecnología. Ya no recuerdo cuántas veces me ha tocado enfrentarme al cambio de sistema operativo, a nuevos comandos, diferentes programas, etc., pero gracias a una computadora puedo trabajar, escribir, leo todo tipo de documentos, recorro el planeta, tengo amigos que nunca he visto, con ella me culturizo y entretengo, me instruyo y descubro. Y se ven unas cosas…    

Aparecieron las tabletas para leer y empezó mi hijo con la cantinela, que debía incursionar en esa tecnología, que eso es lo último, que ahí puedo leer lo que quiera y mil razones más, pero le dije que ni muerto, que yo seguía con el libro físico por muchas razones, sobre todo por romanticismo. Entonces me hizo ver el enfoque ecológico, la cantidad de árboles que dejarán de talar cuando los libros electrónicos remplacen los de papel, y ahí sí me sonó el asunto. Hasta que compré la tableta y ahora no me cambio por nadie, porque es una verdadera maravilla. Tiene infinidad de ventajas, entre ellas que puedo leer de noche sin encender la luz, si olvido las gafas agrando la letra, acomodo el fondo de pantalla a mi gusto, etc. Y lo mejor es que al encontrar una palabra desconocida basta ponerle el dedo y aparece la definición, o puedo conectarme a la red para buscar más información al respecto.

Empecé a comprar libros desde la tableta, muy económicos y para todos los gustos, pero hace unos meses dejaron de enviarme tres ejemplares que ya estaban pagos. Mandé correos electrónicos con el reclamo e hice los trámites correspondientes, pero de nada sirvió. Por baratos que sean no estoy dispuesto a regalarles mi dinero, por lo que mi hijo consiguió una dirección de correo electrónico donde se envía cualquier título bajado de Google en pdf, y en cuestión de segundos lo devuelven convertido al formato de la tableta. Y al gratín.

Lo último es que una amiga me trajo un disco con varios cientos de libros listos para pasar a mi tableta y ahora trato de escoger lo mejor del generoso menú, porque está claro que ya no alcanzaré a leer la mayoría de ellos. Lo mejor es que no me queda remordimiento por actuar de manera ilegal, porque fueron ellos quienes incumplieron con el envío de mi compra. De manera que de ahora en adelante no verán un cochino dólar de mi bolsillo. ¡Y adiós que me voy a leer!
pablomejiaarango.blogspot.com

martes, mayo 21, 2013

Póngale actitud.


La vida está llena de sobresaltos, angustias y momentos complicados que llevan a muchas personas a sufrir depresiones y altos niveles de estrés. El agite del diario vivir y la alta competencia en el ambiente laboral, hacen que para muchos la existencia sea difícil y desgastante. La violencia es pan de cada día y nuestra sociedad navega en un mar de incertidumbre, mientras buscamos la manera de sobrellevar los cambios que impone la modernidad. Lo paradójico es que entre más desarrollado el país y mejor calidad de vida ofrezca a sus habitantes, mayores son el desasosiego y la desazón que los acosan. Basta comparar lo que invierten en terapias y medicamentos para el estrés un ejecutivo de Wall street y un pescador de Guapi.

Imagino que a los terapeutas no les faltará trabajo en la actualidad, porque hasta niños y adolescentes deben visitarlos con regularidad. No recuerdo que en mi época los menores necesitaran ese tipo de ayuda y a la mayoría les quitaban las mañas y resabios a punta de correa; y no voy a decir que esa es la manera indicada para todos los casos, pero sin duda son muchos a los que les ha faltado mano dura. Además los muchachitos de ahora son precoces, metidos a grandes y madurados biches, y eso los introduce en una realidad difícil de soportar incluso para los adultos. Por lo tanto en muchos casos llegan a atentar contra su propia integridad por un bajo desempeño académico; si en mi casa nos hubiéramos suicidado por perder el año, no quedaría rastro de la familia.

Hace tiempos, cuando pasaba por un momento difícil, recurrí a un sicólogo y el tratamiento me ayudó. Después de hacerme hablar hasta el cansancio, de desahogarme y exponer mis angustias, me convenció de que la fórmula para sobrellevar la existencia se basa en la actitud. Optimismo, aceptación, mente positiva, ver el lado amable de las cosas, no lamentarnos por la suerte que nos tocó y ante todo ser racional y aterrizado. La mayoría de preocupaciones que me mortificaban entonces eran por cosas que podrían pasarme en el futuro, y ahí me hizo ver cuánto tiempo y angustia le dedicamos a un asunto que apenas suponemos que nos puede ocurrir. Un desgaste innecesario porque definitivamente lo que ha de suceder, nada ni nadie puede evitarlo.

Para estar conformes con nuestra situación debemos aprender a mirar siempre para abajo; como el niño que lloraba porque no tenía zapatos, hasta que conoció uno a quien le faltaban los pies. Quien vive pendiente de los demás, de lo que tienen, de cómo viven, de sus éxitos y logros, nunca tendrá tranquilidad. Porque así llegue a igualarse a quienes están un escalón por encima, siempre habrá muchos más hacia arriba. Claro que en la vida debemos tener metas y ambiciones, pero sin caer en la mentalidad que sólo son exitosos quienes ocupan un cargo importante y devengan un jugoso salario. En nuestra sociedad se volvió común que nos referimos a quien no cumple con esa condiciones, como alguien que “no sirve para nada”. Quienes administran fincas, manejan un negocio familiar, dirigen una pequeña empresa, son independientes o simplemente reciben un salario modesto, entran en esa estigmatización estúpida y excluyente. De manera que no sirven para nada porque se negaron a pasar su existencia encerrados entre cuatro paredes, ante una pantalla llena de cifras y proyecciones, agobiados por el estrés y la competencia laboral.   

Los jóvenes ingresan a la universidad y en gran porcentaje aspiran estudiar derecho, medicina, ingeniería o finanzas, pero cuando algunos prefieren música, artes plásticas, gastronomía o ciencias del mar, todos se preguntan eso para qué sirve, pronostican que se van a morir de hambre, que qué pesar de los papás. Pero no se les ocurre pensar que estos disidentes van a hacer lo que les gusta, que vivirán relajados y felices, y que con seguridad tendrán éxito y fortuna.

Tantos que pasan la vida dedicados a conseguir plata, trabajan de sol a sol y descuidan la familia, con la meta de amasar fortuna para tener un retiro cómodo y con solvencia. Pero se les pasa el ciclo vital en esas y cuando deciden que llegó la hora, ya no resisten una misa con triquitraques. En cambio a quien ha sido juicioso durante su edad productiva y antes de los sesenta años se dedica a vivir de la renta, todo el mundo lo califica como alguien que “no hace nada”. Cómo que nada: ¿acaso vivir bueno, darse gusto, viajar y dedicarse al relax, es hacer nada? Envidia es lo que sienten los criticones.

Cuando dos de mis sobrinos eran unos niños presentaron algún problema de conducta y ambas mamás resolvieron llevarlos a donde una sicóloga infantil, pero ninguno de los dos sabía que el otro también iría. Los papás les explicaron que la doctora ayudaba y daba consejos, porque a veces en la vida uno tiene inconvenientes con su comportamiento. Cierta vez la consulta se retrasó y los dos zambos coincidieron en la sala de espera, y como es lógico se asombraron de encontrarse en la misma situación. Una de las mamás, que estaba presente, paró oreja para ver qué conversaban los muchachitos y en esas uno le comentó al otro: -Oiga, ¿y usted qué tiene dañado que también lo trajeron?
@pamear55

miércoles, mayo 15, 2013

Edición actualizada.


No solo los textos académicos deben actualizarse, sino muchos otros de diferentes temas porque los tiempos cambian y todo evoluciona, y de no ponerse al día se vuelven obsoletos. Uno que llamó poderosamente mi atención hace ya muchos años fue el libro La buena mesa, de doña Sofía Ospina de Navarro, hermana del ex presidente Ospina Pérez, una escritora y periodista antioqueña que dejó un importante legado. Ese librito se lo aprendí a usar a mi madre, pues siempre lo mantenía a mano para preparar ricos platos de nuestra gastronomía regional. Por cierto es el único recetario al que he recurrido alguna vez, porque allí encuentra uno cómo preparar hojuelas, indios de repollo, tortas de chócolo, cortao o arroz con leche.

La primera edición data de 1933 y por lo tanto en muchos apartes del mismo aparecían situaciones que no coincidían con épocas posteriores, como en algunas recetas donde indicaba la autora cómo regular el calor del horno de leña, mencionaba ingredientes desaparecidos o enseñaba a preparar una salsa que ya vendían en los supermercados. Por ello algunos de sus descendientes se dieron a la tarea de actualizarlo, al remplazar por ejemplo el horno de leña por uno eléctrico o de gas, además del microondas. También pusieron al día medidas, utensilios, tiempos de cocción, terminachos, etc.  

Pues deberían proceder de igual manera los herederos del señor Carreño, el del famoso manual de urbanidad, porque definitivamente las costumbres han cambiado de forma radical y la mala educación se impone en todas las culturas. Don Manuel Antonio Carreño, venezolano, publicó el texto a mediados del siglo XIX y por ello muchas de las normas allí registradas son desconocidas por un gran porcentaje de la sociedad actual. Claro que la buena educación y la decencia son cosas que se aprenden desde la cuna, y el simple sentido común nos dicta cuál es la manera apropiada de comportarnos. Otra cosa son los protocolos y demás perendengues que imponen ciertas personas arribistas y estiradas, los cuales no son de obligatorio conocimiento para el ciudadano común.

Sin duda la culpa de que la mayoría de los jóvenes ahora se comporten de una manera que deja mucho que desear, es de los padres. Los crían como si fueran de la realeza y por ello no saben tender una cama, pasar una escoba, lavar unos calzones, fritar un huevo o calentar una arepa. Unos zambos que no dan las gracias ni saludan, no saben del respeto a los mayores, son desagradecidos, manipulan para conseguir lo que quieren, son exigentes y nunca parecen satisfechos. Lo peor es que a todo les dicen que sí, convencidos de que así son mejores papás y de una vez aseguran el cariño de los mocosos, pero no saben que lo que hacen es tirárselos. Porque esos hijos no sabrán defenderse en la vida debido a que no han tenido carencias ni responsabilidades, lo que hará que fácilmente se ahoguen en un vaso de agua.

Un capítulo importante en el nuevo manual de urbanidad es el que tiene que ver con el manejo de la tecnología. Porque muchos no sabrán que conversar con otra persona mientras se tienen unos audífonos conectados en ambas orejas es de pésimo gusto, ya que el interlocutor no sabe si le paran bolas a lo que le dice o si por el contrario el otro está concentrado en algo diferente. Y qué tal los que se dedican a chatear mientras interactúan con otras personas, sin poderse centrar en el tema que los convoca porque tiene la cabeza en otra parte. Capítulo aparte los que reciben llamadas en su teléfono celular y sin importar que haya otras personas presentes, empieza a hablar de asuntos personales en voz alta mientras gesticulan y se ríen a carcajadas.

Muchos jóvenes ahora no saben comportarse en la mesa porque siempre comen solos y echados en la cama, con el televisor prendido y entre bocado y bocado teclean en la computadora. Son hoscos, introvertidos y a toda hora parecen de mala vuelta. Su léxico es limitado y no saben mantener una conversación, responden con monosílabos y para comunicarse por escrito en sus chateos sólo se preocupan por hacerse entender; no conocen ni les interesan las buenas prácticas de la escritura. Tienen miles de resabios para la comida y como tampoco les exigen en ese sentido, muchos se alimentan de cereales, paqueticos, comida chatarra y demás porquerías. Además son alzaos e irrespetuosos, y los trae sin cuidado que su interlocutor sea una persona mayor.

Acostumbro felicitar a los padres de hijos educados, comedidos y amables, porque sé lo satisfactorio que es para cualquiera saber que cumplió su tarea. En cambio los mocosos groseros, desobedientes y mal educados me parecen detestables.

La verdad es que la idea de proponer un manual de urbanidad actualizado vino de mi hijo, a quien reprendía amigablemente cuando venía a visitarnos y se pasaba a toda hora pegado de los aparatos electrónicos. Pronto comprendió su error y cambió de actitud, sobre todo desde una vez que estaba yo frente al televisor mientras mi mujer y el muchacho tecleaban embebidos cada uno en su computadora, por lo que desde hacía mucho rato no cruzábamos ni una sola palabra. Fue hasta que resolví proponerle: Mijo… ¿será que lo llamo por Skype?

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martes, mayo 07, 2013

Memorias de barrio (2)


A quién se le ocurre hoy en día dejar salir para la calle a un muchachito de cuatro o cinco años, para que se entretenga por ahí con sus hermanitos y amigos del vecindario. Pues así nos criamos nosotros, porque entonces a nadie se le pasaba por la cabeza que alguien pudiera abusar de una criatura, el tráfico por entre los barrios era muy escaso y los conductores cuidadosos, no se hablaba de secuestros ni de atracos. Y que una persona matara a otra no se veía ni en las películas. De manera que en la casa no permanecían sino los mocosos que todavía usaran pañales y necesitaran el cuidado de la mamá, porque al resto nos sacaban para la calle desde temprano para que no pusiéramos pereque.

Sin duda unos niños con un patio de juego de semejantes dimensiones nunca nos aburrimos, porque conocíamos al detalle cada rincón del barrio y a todo le encontrábamos algún atractivo. Después de más de cincuenta años el entorno ha cambiado muy poco, aunque lo que antes eran solo residencias ahora se mezclan con infinidad de oficinas, restaurantes, centros médicos, panaderías y diferentes negocios. El barrio Estrella debe su nombre a la planeación urbanística, cuyas manzanas de forma triangular convergen en un parque circular, donde el lote de la iglesia es el único que presenta un vértice más amplio.

Nosotros vivíamos en la calle 60 y la abuela materna en la 61, por lo que visitábamos a las viejitas varias veces al día; abuela Graciela vivía con su hermana Lucila, quien además era mi madrina de bautizo y siempre me prefirió a los demás. Y aunque nosotros las veíamos como a unas ancianas, ahora pienso que tendrían una edad muy aproximada a la que tengo ahora. En la esquina de la casa de mi abuela, donde converge con el parque, estaban los cimientos de una edificación que solo construyeron muchos años después y en cuyos muros nos entreteníamos al caminar por ellos con el reto de no perder el equilibrio, porque quien caía en su interior casi con seguridad terminaba encima de un bollo, ya que el lugar era el sanitario de chinches y habitantes de la calle.

Enseguida vivía una familia italiana y el señor Neri (creo que era su apellido), se iba los domingos en su jeep Willis a cazar tórtolas y por la tarde lo veíamos desplumarlas y sacarles las tripas, restos que dejaba sin ningún recato en el lote para que se alimentaran los gatos y las alimañas del vecindario. Hasta que un día mi mamá olvidó ponerle la emergencia al DeSoto modelo 55 cuando parqueó en la casa de la abuela, unos metros más arriba, por lo que el carro se desengranó y cogió falda abajo, hasta que se llevó por delante la caracha del italiano y la dejo como un acordeón contra un poste.

A lo único que le teníamos miedo los niños de la cuadra era al “Loco de la carreta”, un personaje que se inventó la cocinera de la casa, o de algún vecino, para amenazarnos con que si no obedecíamos el ogro imaginario nos llevaría en un costal que cargaba en su carretilla. En esa época era común que los pordioseros recorrieran los barrios con un costal al hombro y un tarro de lata vacío (de galletas, leche, Milo, etc.), para pedir en las casas lo que llamaban revuelto -plátanos, yucas, naranjas, bananos-, productos que empacaba en el costal, o entregar el tarro para que la cocinera le echara cualquier cosa que hubiera sobrado del almuerzo. En la entrada a mi casa había dos escalitas donde se sentaban los personajes a comer lo que les dieran y nosotros nos dedicábamos a mirarlos por una rendija, muertos del susto y convencidos de que se trataba del temido carretillero.

Una entretención era irnos con nuestros vecinos Rivas Ángel, El  Mono, Nano, Lina y Adriana, porque los demás eran mayores, para la empinada falda de la calle 61 cuando baja desde la avenida Santander hacia el barrio y echarnos a rodar en un viejo triciclo que ellos tenían. El piloto al timón y un pasajero agarrado de sus hombros, mientras iba parado en dos pequeños estribos que tenía el velocípedo en el eje trasero. De manera que el “gorro” consistía en ver cuál pareja era capaz de aventarse de más arriba, por lo que llegábamos a la casa con los codos y las rodillas en carne viva debido a que ese aparato apenas cogía cierta velocidad, empezaba a vibrar y se volvía ingobernable; sin excepción la aventura terminaba en una caída espectacular.  

Con mis hermanos nos disputábamos la ida a comprar la parva, mandado que hacíamos al caer la tarde y bajo la recomendación de poner cuidado al cruzar la avenida; también íbamos donde las abuelas a ver si necesitaban encargar algo. Y no era por comedidos, sino porque don Roberto, el dueño de la panadería La Victoria, siempre nos regalaba de ñapa una gafita o cualquier otro producto de bajo costo. Me parece ver al viejo con las gafas en la punta de la nariz, muy serio pero cálido y amable, quien con unas pinzas sacaba de la vitrina lo solicitado: panes de rollo y de leche, mojicones, cucas, tostadas, palitos de queso, pandeyucas…  
@pamear55

martes, abril 30, 2013

Cómo es la cosa…


La película Milk, dirigida por Gus Van Sant, trata sobre la lucha de un activista homosexual, Harvey Milk, quien aboga por los derechos de sus iguales en una sociedad santurrona y tradicionalista en la década de 1970. El personaje, caracterizado por el actor Sean Penn, inicia una campaña para exigir condiciones dignas e igualdad de derechos para sus semejantes, logros que contra todo pronóstico alcanza con el apoyo de ciudadanos que votan por él, para elegirlo en un cargo desde el cual pudo desarrollar su proyecto en la ciudad de San Francisco. Desde entonces en el mundo entero los homosexuales luchan por sus derechos, y a fe que es mucho lo que han conseguido.

En Colombia, igual que en otras latitudes, la comunidad homosexual se llamó en un principio LGB (lesbianas, gays y bisexuales), pero con el paso de los años han ido aumentándole letras porque aparecen militantes de otras disciplinas. Primero le agregaron la T de transgénero y últimamente la I de intersexuales; de manera que ahora es LGBTI. Pues muy pronto tendrán que ponerle coto al asunto y cerrar con una O, de otros, porque de lo contrario no alcanzará el alfabeto para acoger tantas rarezas que presentan los humanos del siglo XXI. El caso es que en nuestro país también han obtenido beneficios y derechos que antes ni siquiera soñaban.

Lo que llama mi atención es que a pesar de gozar de las mismas condiciones que una pareja heterosexual en cuanto a derechos patrimoniales, a heredar la pensión de su media naranja y poder registrar la convivencia ante notario público, ahora les dio porque lo que quieren es casarse. Paradójico que el matrimonio entre parejas de ambos sexos, como debe ser según la iglesia y tradicionalistas redomados como el Procurador Ordoñez, sea cada vez más escaso y lo trabajoso es encontrar una pareja dispuesta a echarse el lazo al cuello. Entonces, mientras la mayoría de la humanidad le hace el quite al himeneo, a los del otro equipo les dio la ventolera porque no les sirve sino casados.

Pienso que todos debemos tener los mismos derechos, sin importar la condición sexual, y en lo único que tengo dudas es en la adopción por parte de parejas del mismo sexo. Y lo digo por una razón simple: porque con lo fregado que está ahora el problema del matoneo, no quiero siquiera imaginar lo que será para un muchachito el día que en el colegio citen a los padres de familia por cualquier motivo y que lleguen su papá y su mamá, ambos de bigote, cogidos de la mano y dándose besitos. Más le vale al mocoso no volver a aparecer por el colegio, porque será blanco de burlas y apodos ofensivos.

Cambio de tercio para tratar un asunto que llamó mi atención en estos días. Leo en el periódico que el nuevo propietario del Once Caldas está sentido porque los empresarios del departamento no han querido comprometerse con el apoyo económico al equipo. Sin duda el patrocinio de Kenworth de la Montaña llegó en un momento oportuno porque al equipo se le cerraba el horizonte, pero al menos yo pensé que al ser adquirido por una multinacional se solucionaban los problemas económicos. Pues ahora parece que lo que el inversionista esperaba era vender varios patrocinios entre la industria local para así, aparte de promocionar su marca, hacer negocio con la publicidad que luce el equipo en su uniforme.

Es de suponer que cuando un equipo deportivo tiene un dueño nadie querrá invertir en él, como sucede con Atlético Nacional, en cuya camiseta sólo aparece la marca de gaseosas perteneciente al grupo económico propietario del equipo. Lo mismo sucede con escuadras en el mundo entero, por lo que tacó burro el empresario antioqueño si pensó que aquí iban a hacer fila para invertir en “su” equipo. Así amenace con que lo va a liquidar o con llevárselo para otra parte, no veo posible que la empresa privada se le apunte a ese negocio. Más si se trata de un equipo irregular que hoy gana un partido importante y mañana pierde con el último de la tabla.

Por último, no veo con buenos ojos la “guerra” contra el proceso de paz en la Habana que libran los escuderos del ex presidente Uribe. Está bien que difieran, critiquen y hagan oposición, pero esa obsesión por convencernos de que lo que adelanta el gobierno con el grupo guerrillero es un exabrupto que todos vamos a lamentar, al menos a mí, me tiene hasta la coronilla. De manera que, según ellos, la solución es continuar en un conflicto que no deja pelechar al país, destinar una buena tajada del presupuesto a la guerra, seguir con el conteo de víctimas inocentes, acostumbrarnos a la zozobra y observar impávidos cómo Colombia se desangra.

Claro que hay que ceder de parte y parte, porque así son las negociaciones. Si pretendemos que ellos acepten todas las condiciones del Gobierno, se trataría más bien de una rendición. Nadie podrá convencerme de que es mejor seguir en un conflicto interminable en vez de pactar por la vía del diálogo; eso sí, alertas para que las conversaciones no sean un trampolín para la reelección. Yo confío en la entereza de Humberto de la Calle y su equipo negociador.
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martes, abril 23, 2013

Turista satisfecho…


Es común que en época de vacaciones muchos planeen sus paseos a la costa atlántica, San Andrés, Panamá o Miami. Lo increíble es que un gran porcentaje de ellos no conocen tantos destinos espectaculares que tenemos en nuestra geografía; qué chanda, dicen los mocosos cuando les plantean un paseo por Colombia. Porque no apreciamos lo que tenemos sino al perderlo o cuando nos lo hacen notar. Lástima que tanto turismo extranjero prefiera otros destinos debido a nuestra mala imagen; esa imagen tan trabajosa de recuperar, mientras se pierde fácilmente con unos pocos hechos de terrorismo y delincuencia.

Cada ciudadano puede aportar para mejorar la imagen del país: al conocer un visitante extranjero sea amable con él, colabórele en lo posible, enséñele nuestra cultura, la gastronomía, sitios turísticos y demás atractivos. Una buena impresión cambia ese prejuicio que tienen de nosotros y con seguridad esa persona regresa a su país y difunde su experiencia. Así sembramos la semilla que después traerá beneficios, para que muchos se animen a visitarnos sin miedos ni prevenciones.

Tuve la oportunidad de compartir con una pareja de estadounidenses que llegaron a Manizales invitados por unos amigos, a modo de agradecimiento porque en su casa se alojó por un tiempo una hija que fue a ese país a estudiar. Durante casi tres semanas recorrieron la ciudad y sus alrededores, y de una vez aprovecharon para someterse a tratamientos odontológicos. Él de 62 años y ella unos años más joven, viven en una población al norte de Nueva York y visitaban Colombia por primera vez. Llegaron a Bogotá y fueron agasajados por varios jóvenes que residieron alguna vez en su casa, pero la capital les pareció caótica y poco atractiva. En cambio arribaron a Manizales y desde el primer momento los embrujó la ciudad.

Un domingo frío y lluvioso estábamos de tertulia en casa de unos amigos que viven en las afueras de Manizales, y recién bajados del avión allá llegaron los visitantes. Aunque no creímos que ellos le jalaran, les teníamos para el algo unos chorizos artesanales inmensos, acompañados de tajadas maduras, arepitas fritas y empanadas, todo comprado en una venta callejera de la vereda; también había torta casera preparada por nuestro anfitrión. Es común que a los extranjeros ese tipo de comida tan diferente a lo que ellos conocen, aparte de lo aliñada, no les llame la atención, y sin embargo les encantaron las viandas y hasta repitieron.

En una finca cerca a Neira se embelesaron con las imponentes montañas y conocieron todos lo relacionado al cultivo del café, desde el almácigo hasta su venta en la cooperativa del pueblo. Se deleitaron con lulos, guanábanas, granadillas, tomates de árbol y demás frutas tropicales, y los platos típicos fueron para ellos novedosos y de todo su gusto. Cuando supieron que yo tenía esta columna en el periódico quisieron contarme sus experiencias y después de oírlos, pude notarles cierto remordimiento por la prevención que tenían hacia nosotros.

Aunque el español de Andy es escaso, no busca traductor y prefiere hacer el esfuerzo para expresarse en nuestro idioma. También llamó mi atención la expresividad y elocuencia de ambos, tan diferente a norteamericanos y europeos. Por eso les impactó la espontaneidad de nuestra gente, la sencillez y el trato cálido y amable que le damos al visitante. Contaron que al compartir con familiares y amigos en Estados Unidos que venían a una ciudad de Colombia a hacerse tratamientos odontológicos, todos se asombraron y les advirtieron mucho de infecciones y otras complicaciones que podrían enfrentar. Pues encontraron muy diferente el asistir al dentista aquí, porque son profesionales que explican con amabilidad lo que van a hacer, dibujan en un papelito y algo que no podían creer, al otro día llaman al paciente a preguntarle si siente alguna molestia. Iban descrestados con la calidad del servicio, la asepsia y ciertas tecnologías, como la anestesia electrónica, que aseguraron no conocer. Viniendo de donde vienen.     

Mientras Andy esperaba en la sala de espera del centro radiológico, entró la empleada del aseo a barrer y en cierto momento se queda mirándolo y le pregunta si él no es de por aquí. Entablan así una conversación, él con su escaso español y ella encantada, le habla de un familiar que vive por allá y otros tantos cuentos que lo entretienen mientras espera. Eso le pareció encantador, lo mismo que el detalle de la empleada doméstica de la casa, quien cuando timbraba muy temprano y él le abría la puerta, lo saludaba en un inglés aprendido para la ocasión.

Al final los llevaron al Quindío y aunque les pareció muy bonito, dijeron que nada igual a Manizales y sus alrededores. Ellos conocen Europa, India y otros lugares del mundo, y aseguran que esto es lo más bello que han visto; Kathleen dice que las montañas de Suiza tienen fama, pero que definitivamente las de por aquí las opacan por su majestuosidad y esa variedad de verdes. Además, insistieron en que la visita a esta tierra es la mayor experiencia de sus vidas. Les reiteramos que Colombia tiene muchos otros lugares espectaculares, por lo que iban dispuestos a difundir su experiencia y tratar de cambiar entre sus allegados el concepto que tienen del tercer mundo, además de animarlos a venir. Por lo pronto, ellos ya planearon su próxima visita.
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martes, abril 16, 2013

Hipócritas y mojigatos.


El ser humano es un espécimen bien particular. Es curioso que tantos se comporten de forma similar, sin variar en nada las detestables taras que nos han acompañado a través de los siglos. Sin importar género, raza, color o religión, en todos los rincones del planeta y en las diferentes épocas el hombre ha sido el mismo en cuanto a virtudes y defectos. No cabe duda de que en la actualidad vamos en caída libre, debido a la falta de principios y a una decadencia que parece no tocar fondo, pero en general la actitud de las personas ha cambiado muy poco al compararla con nuestros antepasados. Odio, solidaridad, envidia, honestidad, sevicia, entereza, malicia o petulancia, son comportamientos innatos de nuestra especie.

Defectos que producen desazón y repudio son la hipocresía y la mojigatería, que nunca han perdido vigencia y son tan comunes en el diario devenir. En el mundo entero suceden tantas cosas por debajo de la mesa, y aunque todos sospechamos de su existencia, mientras no salgan a la luz pública nadie las da como ciertas. Pero el día que se comprueban muchos ponen el grito en el cielo, se santiguan, rasgan sus vestiduras, critican y descalifican, como si fueran los dueños de la moral y los buenos principios.

Ejemplos hay muchos, aunque apelo a sucesos recientes para que estén frescos en la memoria. Hace años, en una requisa en el aeropuerto, pillaron a Carlos Osa Escobar con un cacho de marihuana y hay que ver la que se armó; y me pegunto cuántos de esos que lo señalaron escondían vicios y aberraciones aún peores. Cuando el gobierno de Uribe compró las conciencias de los congresistas Yidis Medina y Teodolindo Avendaño para asegurar esos votos a su favor, las voces de repudio se hicieron sentir desde todos los rincones del país. Como si nadie sospechara siquiera que así funciona la política en nuestro medio, que en el Congreso nadie vota por compromiso o idealismo, sino a cambio de dádivas y beneficios. Cuántas embajadas, notarías, contratos, puestos, etc., se habían repartido hasta entonces, pero no fue sino que sucediera el hecho que menciono para que todos nos escandalizáramos.

El lío de faldas del presidente Clinton con una becaria de la Casa Blanca, cuyas faenas se realizaban en la Oficina “oral”, es uno de los escándalos más sonados de las últimas décadas. Reprochable que el hombre que desempeña el cargo más importante del mundo se comporte de esa manera, pero daba risa ver a personajes de todos los continentes furiosos, aterrados, ofendidos y asombrados por el hecho, como si fuera la primera vez que sucediera. Cuántos de esos políticos, periodistas, predicadores y dirigentes tendrían en su historial comportamientos similares, o peores, y de dientes para afuera mostraban asombro y repudio.

El golfista Tiger Woods ha sido el más famoso y reconocido de los últimos tiempos, pero no solo por su rendimiento en el campo deportivo sino porque lo tenían como el adalid de las buenas costumbres y el ejemplo a seguir como ciudadano, esposo y padre de familia. Hasta que un día le empezaron a aparecer novias y mozas en todas partes, aparte de que lo pillaron en una garrotera con la esposa, quien alcanzó a romperle un vidrio del carro con un palo de golf. Quién dijo miedo, fue como si el Santo Padre se hubiera puesto un arete. El escándalo no se hizo esperar y todos tildaban al negro de inmoral, corrompido, irresponsable y promiscuo; como si fuera muy raro que un tipo forrado en oro, que por sus compromisos no para en la casa, con buena pinta y mucha fama, echara sus canitas al aire con algunas de las tantas damas que lo acosan a diario. 

Pero sin duda el alboroto que más ha llamado mi atención en los últimos tiempos es el del ciclista estadounidense Lace Armstrong. Desde hace mucho tiempo sabemos que las competencias ciclísticas actuales son de una exigencia que sólo quienes recurren a ayudas externas logran destacarse, y ahora el reto en la ciencia del dopaje es no dejarse pillar. Recorrer más de 200 kilómetros en bicicleta todos los días, durante casi un mes, sujeto a cambios climáticos y en competencia, no es para hacerlo con la ayuda de bananos y bocadillos. Personas que conozco conversaron con un ciclista criollo que compitió como gregario en un equipo europeo y el tipo relataba que eso era una barbaridad; que llegaba el médico todas las noches al hotel y sin siquiera pedir su consentimiento le inyectaba sustancias desconocidas, las cuales llegaban a embotarlo hasta hacerle perder el sentido de la realidad.

Tiene que ser muy pendejo quien creyó que Armstrong, después de pasar por los tratamientos para superar un cáncer, haya ganado siete veces la competencia ciclística más importante del mundo y a palo seco. Y descubren la trampa y es como si se hubiera personificado el mismísimo Lucifer. Los dirigentes aúllan, los periodistas se aterran, moralistas y santurrones señalan y acusan, y los mandamases de las empresas patrocinadores corren a suspender su millonaria inversión, como si nunca hubieran sospechado siquiera que semejante abominación pudiera existir. Mientras el personaje es reconocido todos empujan para aparecer en la foto, pero cae en desgracia y nadie quiere saber de él. Qué humanidad tan puritana, hipócrita y acomodada.  
pamear@telmex.net.co

martes, abril 09, 2013

Asuntos varios.


Desde que empezó a especularse con la gravedad del estado de salud del presidente Chávez, muchos nos preguntamos acerca de lo que sucedería después de su desaparición. Con lo que no contábamos era con que el líder populista se encargaría de dejar montado el andamiaje para seguir gobernando en cuerpo ajeno, como sin duda lo logró. Porque en Venezuela lo único que sucedió fue que cambiaron de payaso. Con la diferencia que el anterior era auténtico, carismático y polémico, así nos chocara a tantos, mientras que Maduro es un oportunista que debió aferrarse a un cadáver idolatrado por el pueblo para impulsar su ya programada campaña presidencial.

Fui de los que pensé que era la oportunidad para la oposición de hacerse con el poder y por ello me extrañó ver al candidato Capriles reacio a lanzarse nuevamente a la carrera por la presidencia; un personaje que hace muy poco alcanzó una cifra tan significativa de votos no podía desaprovechar semejante coyuntura, sobre todo porque supusimos que ya sin el chafarote bocón como contrincante la situación sería muy diferente. Pues por varios medios me he enterado de que la oposición en Venezuela no tiene ninguna intención de ganar las elecciones, porque de hacerlo tendría que tomar fuertes medidas para recuperar al país de la crisis económica en la que está inmerso.

Entonces basta imaginar la reacción de un pueblo empobrecido al que la cacareada revolución bolivariana ha dado dádivas durante tantos años, cuando llegue un gobierno de derecha a imponer impuestos, suspender subsidios y ayudas en metálico y en especie, y a apretarles el cinturón de muchas otras maneras. Dicho gobierno sería blanco de la ira del populacho y con seguridad no duraría mucho. De manera que la explicación es muy lógica: si Chávez y su cohorte de áulicos se encargaron de montar semejante mentira, de llevar al país a la ruina y crear une caos institucional, que sean ellos mismos quienes enfrenten la realidad y miren a ver cómo van a salir del berenjenal.

***

Mientras tanto se prende la campaña presidencial en nuestro país y los primeros protagonistas son los ex presidentes, quienes buscan acomodarse en el partidor. Agarrados de las mechas parecen quinceañeras, mientras el presidente Santos reparte viviendas gratis y hace promesas en las que pocos creen, apoyado en la ventaja que supone hacer una campaña desde la Casa de Nariño. Pero ojo, que no vaya a pactar de cualquier manera con la insurgencia por tener un caballito de batalla para ganar las elecciones, porque ese cuento que para diciembre puede estar firmada la paz, suena sospechoso. Confiemos en que Humberto de la Calle y su equipo no se dejen influenciar de intereses políticos y electorales.

Falta más de un año para ir a las urnas y desde ya podemos suponer que el asunto va a estar movido. Las diferentes fuerzas políticas buscan atravesársele al  ex presidente Uribe, quien espera recuperar el poder al instalarse con sus fuerzas en el Congreso. Al mismo tiempo Pastrana defiende a capa y espada su gobierno, sobre todo en lo que se refiere al Caguán y al asunto de San Andrés, mientras Ernesto Samper tiene la desfachatez de ponerle la cara al país. Me parece que debemos aprovechar la situación y ahora que por fin aceptamos que el Aeropuerto de Palestina hay que construirlo por etapas, condicionarle a Santos nuestro apoyo a su reelección si nos deja financiada esa primera etapa; pero nada de promesas, que se vean las partidas correspondientes y los contratos adjudicados.

***

Me dolió profundamente ver la foto de Juan Manuel Llano enjugándose una lágrima después de oír el fallo que lo envió a la cárcel mientras le siguen un proceso judicial. Porque debido a la camaradería de nuestros padres, Juan es mi amigo desde la niñez. Fue mi compinche durante la adolescencia y juventud, compañero en el colegio, contertulio de parrandas, amigote generoso y siempre dispuesto. En los últimos tiempos nuestros caminos se han cruzado en pocas ocasiones, situación que no hace mella a una amistad de vieja data.

Por ello sentí tanto dolor al verlo en semejante situación. Y no soy nadie para decir si es culpable o inocente de los cargos que pesan sobre él, que para eso está la justicia, pero no dejo de preguntarme en qué queda aquella premisa que conocemos hasta quienes somos legos en materia judicial, acerca de que todo individuo es inocente mientras no se le compruebe lo contrario. Además, eso de que Juan Manuel es un peligro para la sociedad me parece absurdo. Peligrosos esos bandidos que vemos a diario en las noticias, quienes son detenidos mientras cometen todo tipo de fechorías y que para sorpresa de todos portan el brazalete electrónico o salen de las cárceles a disfrutar permisos.
Siempre he dicho que quien la hace la paga, sin excepciones, pero mientras no haya un veredicto condenatorio Juan debería estar en su casa; o al menos en el batallón o en la Escuela de Carabineros, como él lo solicitó. No puedo entender a nuestra administración de justicia, que para combatir el hacinamiento en las cárceles concede beneficio de prisión domiciliaria a criminales de la peor calaña. Ojalá el proceso se resuelva lo más pronto posible, e independiente del resultado, Juan sabe que cuenta con un amigo incondicional.

miércoles, marzo 27, 2013

Memorias de barrio.


Muchos de nuestros recuerdos más gratos se remontan a la infancia y a esos barrios donde compartimos tantos momentos maravillosos. Hay quienes durante su existencia viven en diferentes sectores de la ciudad y además residen durante temporadas en otras latitudes. En mi familia no fuimos muy andariegos y por ser pocas las viviendas que habitamos guardo en mi memoria aquellas casas, las cuales puedo describir con lujo de detalle en su distribución y demás características; también los entornos, sus vecinos, sucesos y personajes. Inicio una serie de remembranzas sin orden cronológico, y que espero publicar cada cierto tiempo, donde quiero revivir momentos y experiencias de aquellas épocas.

Cuando llegamos al barrio La Camelia, a principios de la década de 1960, las casas construidas en el vecindario eran muy pocas. El barrio debe su nombre a la finca que fue de mi abuelo Rafael y en cuya casa quinta vivió con su familia durante varios años, la misma que no alcanzamos a conocer porque entonces ya la habían demolido; mi tío Eduardo aprovechó el lote para construir allí su casa de habitación. Sentí nostalgia cuando hace unos meses vi desde mi ventana una maquinaria pesada derribar la edificación, porque fueron muchos los momentos inolvidables que vivimos en ella; ahora construyen allí un flamante edificio y por fortuna respetaron los guaduales, las palmas y algunos árboles monumentales que adornan el lugar desde hace muchísimos años.

Cuando murió el abuelo algunos de mis tíos procedieron a urbanizar los terrenos de la finca, la cual lindaba por el oriente con la avenida Santander, por el sur con el batallón Ayacucho, por el occidente con lo que es hoy la Escuela Nacional de Enfermería, cuya vieja casona sigue en pié, y por el norte con la finca La Lucía. Así nació el barrio y pronto mis padres se animaron a construir su casa ahí en la calle 70, unos pasos abajo de la avenida Santander. Diagonal hacia arriba quedaba la residencia de don Roberto Muñoz, la cual también recién desapareció para dar cabida a un moderno edificio; esa casa tenía un amplio solar con una malla que lo separaba de la calle y quedaba a todo el frente de nuestra vivienda. En el patio don Roberto tenía un perro chow- chow, peludo, con el rabo enroscado y una inmensa lengua morada que mantenía afuera, el cual hacíamos correr de una esquina a la otra mientras ladraba enloquecido; también había unos gansos que graznaban en coro y que nosotros parecíamos retar a ver quién se cansaba primero. Hasta que el viejo se asomaba a implorarnos, por lo que más quisiéramos, que no jodiéramos más con esos animalitos.

En esa época mi tío Eduardo se radicó en Europa con la familia y su casa fue tomada en alquiler por don Arcesio Londoño, quien llegó procedente de Bogotá. Entonces Pedro Quiñones, quien llevaba mucho tiempo encargado de los amplios jardines, resolvió que no podíamos volver a entrar a los límites de la propiedad porque ahora el patrón era el nuevo inquilino. La orden nos cayó como un baldado de agua fría, porque siempre habíamos recorrido el predio sin ninguna restricción. Claro que las incursiones adquirieron un encanto especial, pues bien es sabido que para unos mocosos inquietos no existe nada más llamativo que lo prohibido. Además, no íbamos a renunciar así de fácil a las feijoas, curubas, moras y demás frutas que allí crecían silvestres.

Cierta mañana estaba con mis hermanos y vimos aparecer un gordito repelente, nieto de don Arcesio, que buscaba amigos en el vecindario. Como nosotros éramos unos chinches esmirriados que vestíamos bluyín Mac Nelson, camisita de popelina y grullas, el zambo nos pareció un “rolito culo” porque estaba bien vestido, pulcramente peinado y tenía buenos modales. Para peor inri, al momento de hablarnos pudimos comprobar que el mocoso era gago, lo que dio origen a burlas y remedos que de inmediato lo molestaron. Cada que el gordo Wilson quería decir algo nos prendía un ataque de risa, hasta que se fue iracundo para la casa y apareció al rato acompañado de un inmenso perro bóxer, que azuzado por él corría hacia nosotros.

Como unas ardillas nos trepamos a lo más alto de unos de los arrayanes que adornaban los antejardines de la urbanización (algunos permanecen en pie), mientras el animal saltaba enfurecido y mostraba los colmillos en terroríficas dentelladas. Ya entumidos por llevar horas engarzados en las horquetas del árbol le rogábamos al gordo que nos dejara ir para la casa, pero apenas quería decir algo y de nuevo se le pegaba la lengua, nos retorcíamos de la risa y debíamos agarrarnos bien de las ramas para no caer en las garras de la fiera.

Hasta que por fin apareció la cocinera de su casa y desde el “quiebrapatas” que había a la entrada de la propiedad, lo llamó a almorzar. Entonces nos tiró las últimas piedras mientras amenazaba y advertía, y apenas desapareció salimos disparados para nuestra casa. Cuando llegamos ya la mamá del gordo había llamado a poner la queja y nos ganamos tremendo regaño, porque ambas familias eran allegadas. Debimos jurar que no volveríamos a burlarnos de Roberto, con quien hicimos buenas migas y por cierto después resultó ser un fabuloso cantante. Lo increíble es que cantaba de corrido.
@pamear55

martes, marzo 19, 2013

Filtraciones calienticas.


Cómo será lo que desconocemos respecto a la tecnología de punta, si con lo que nos llega a las gentes del común chorreamos la baba. Las agencias de inteligencia de los países más desarrollados adelantan investigaciones en todos los campos científicos para lograr la supremacía; muestra de ello podíamos verlo en las películas de James Bond, cuando el famoso espía visitaba al viejo encargado del laboratorio donde ponían a punto los últimos inventos. De ahí salió el novedoso automóvil que cambiaba la placa, chorreaba aceite en la vía para deshacerse de sus perseguidores y eyectaba el asiento del copiloto con el indeseado ocupante de turno. También fue famoso el “zapatófono” del Super agente 86.

Pero sin duda aquellos adminículos tan novedosos entonces, ahora parecen juguetes ante los avances tecnológicos con los que equipan a los agentes secretos. Quien dude del poder de estas potencias que averigüe con los altos mandos del vecino gobierno venezolano, quienes dicen tener pruebas de que el terremoto que destruyó Haití hace unos años fue causado por los gringos, quienes enterraron una bomba atómica en un lugar estratégico para acabar hasta con el tendido de la perra en ese pobre y olvidado territorio. Como que también saben algo acerca de la forma como esos mismos enemigos inocularon el cáncer al camarada comandante, un trabajo meticuloso que surtió sus efectos en el momento preciso.

Como dicen que nada queda oculto bajo las piedras, empiezan a circular rumores sobre las nuevas incursiones de los espías imperialistas en los círculos del poder bolivariano. Parece que infiltraron un agente especial que se hizo pasar por camarógrafo de la televisión estatal, para instalar en su cámara un dispositivo que pudo leer los pensamientos de quienes estuvieron presentes durante el velorio y las honras fúnebres del desaparecido presidente. Esa vaina me suena a ciencia ficción, pero con las cosas que se ven hoy en día definitivamente todo parece posible; más, después de conocer algunos apartes de lo que lograron averiguar en las mentes de los cariacontecidos dignatarios.

Parece que no fue bien recibido por la mayoría que los hubieran puesto a hacer guardia de honor, función que está reservada a representantes de las diferentes fuerzas armadas. Para la muestra, lo que pasaba por la cabeza del Príncipe de Asturias mientras cumplía con su turno al lado del cajón: “Joder tío, siquiera mi pare no vino a esta hostia porque los habría mandao a toos a tomar por culo. Acaso no se enteran quién soy yo, para que me paren aquí como un bolardo. La mare que los parió”. Mientras tanto Evo sufría: “Puuuucha madre, tengo entumidas las corvas de estar parao. Qué jooooda pues, cómo se nos iba a morir este compadrito; ahora quién carajo me indica lo que tengo que decir en las cumbres de presidentes; y lo piorrr, sin los auxilios que nos mandaba el comandante cómo nos vamos a arreglar. ¡Ayúdame pacha mama!, porque nos tragó la tierra, pues”.

En esas el camarógrafo enfocó al preocupado Ahmadineyad: “Bor las barbas de Mahoma, cúmo se me fue a bandar esa infiel encima, que no alcancé ni a esquivala. Ora quién abuanta  bundamentalistas que me acusarán de becador bor abrazar esa vieja. Cúmo vine a esta lejanía, en vez de bandar binistro; claro que este muerto nos acompañó en guerra contra demonios imberialistas”. Mientras tanto Cristina los miraba a todos por encima del hombro, con su facha de madame: “Ché, qué boludéz. Ojalá se me piante un lagrimón, para al menos parecer triste. Ahora cómo nos bancaremos sin el petróleo que nos donaban, aunque siento un fresco porque me quité al tipejo este de encima. Claro que  Maduro ya me clavó el ojo… ¡definitivamente soy irresistiiiiible!”

El presidente Santos también quedó registrado: “Ala, qué oso, la negra del turbante parece una magdalena. ¿Tendría su enredo con Chávez? Tiene que ser, porque llora a moco tendido... En todo caso así te quería ver, brabucón deslenguado. Imagino al libertador pagando escondederos a peso, porque aguantarse tu verborrea por toda la eternidad… ¡Bendito!” Mientras tanto Ortega hacía esfuerzos para que no se le cerraran los ojos: “Esto se acaba o me les duermo; mire la hora que es y nosotros sin almorzar. Maldita sea, con este calor y semejante pelotera. No falta sino que este se mande un discurso de varias horas, como los que acostumbraba su jefe. Pero lo que es esta noche me desquito; que nuestro embajador consiga unas nenas y el vivo al baile”.

Raúl Castro se veía nervioso e inquieto: “Qué vaina, caballero. Ojalá haya quedao bien montao el cuento, porque de no seguir el gobierno bolivariano nos fregamos. Y Fidel con esa llamadera me va a enloquecer; como si fuera muy fácil tramar todo y comprometerlos desde ya. Porque donde nos corten el chorro…”. Con su cara de cagalástimas Rafael Correa hacía pucheros: “Compañero, cómo te fuiste a morir preciso cuando ambos fuimos reelectos. Espero que le hayas dejado instrucciones a esta gente para que se manejen bien, porque si llegan a agarrarse se nos cae la estantería”. Al que pillaron sin querer fue al embajador gringo: “¡Shit!, que no arme trifulca porque seguro este chusma coge contra mí. Latinos mucho lo folclóricos; hacer fila para ver gorila este. Lo siento por family, pero buen muerto. ¡Yesssss! 
pablomejiaarango.blogspot.com

martes, marzo 12, 2013

Obras inconclusas.


Algo que me mortifica es mirar hacia Palestina y observar ese inmenso movimiento de tierra, en cuyo extremo norte se perfila lo que tanto anhelamos quienes habitamos en este rincón de Colombia. Aunque es muy corto el tramo ya puede notarse cómo quedaría esa maravillosa pista de aterrizaje, pero al detallar el otro extremo de la obra no provoca sino sentarse a llorar. Desde que el ingeniero Gustavo Robledo Isaza planteó su idea empecé a imaginar los grandes aviones aproximándose a la cabecera de la pista, panorámica que puede disfrutarse desde muchos lugares; es más, por mi ventana veo la cicatriz rojiza que atraviesa la base de la cabecera municipal.

Si todas las letras que hemos escrito al respecto, si las palabras que se dicen acerca de la inmensa obra pudieran cargarse en volquetas para echarlas en ese enorme boquete que pretenden rellenar desde hace tanto tiempo, creo que ya se habría cumplido el cometido. Hay que ir hasta allá y observar de cerca la magnitud de la obra, imaginar el dinero que invirtieron en un inmenso muro de contención, la cantidad de viviendas y demás edificios que debieron erradicar de la zona, los barrios, colegios, instalaciones deportivas y demás infraestructura que construyeron para reubicar a los pobladores, y en general las millonadas que se ha tragado el proyecto, para que ahora vengan a decir que así no era, que lo mejor es mover unos grados el eje de la pista.

Eso parece un chiste de mal gusto, es como para Ripley o para el día de los inocentes. Cómo así que después de invertir semejante dineral ahora toca empezar de nuevo a negociar predios, se pierde lo invertido en el muro de marras y con seguridad en muchas de las obras complementarias que ya se llevaron a cabo. De ser esa la realidad, tiene que haber responsables que paguen en la cárcel por semejante metida de pata. La plata que sí estará bien asegurada es la de coimas, serruchos, mordidas y demás marrullas, porque en este país no es posible adelantar semejante inversión sin que exista corrupción de por medio. 

Opino que debemos aterrizar y bajarle a las expectativas del aeropuerto, porque está claro que el Gobierno nacional ya no mira con buenos ojos el proyecto; puede que siga aportando, pero a cuenta gotas y así es imposible terminar la obra. Es mejor tener una pista más corta en una zona con buen clima, que posibilita la operación nocturna y por su localización puede recibir aviones medianos, que nos lleven sin escalas a países vecinos, a San Andrés, la costa atlántica y demás regiones del país. Claro que lo ideal es tener la pista de tres mil metros y una terminal moderna y con futuro, pero eso cuesta una fortuna. Aseguremos un aeropuerto con posibilidades de ampliación en el mediano plazo, porque el terreno es apto y ya está adquirido.

Lo cierto es que Aeropalestina no está ni tibio. Porque hoy la discusión se centra en la pista y los terraplenes, que deben girar el eje del trazado, construir viaductos, que el terreno es volcánico y otros tantos inconvenientes, pero superada esa etapa queda mucho por hacer. Hasta ahora no he oído decir nada acerca de la terminal, la torre de control y los equipos electrónicos, infraestructura, vías de acceso y aledañas, los equipos de emergencia, etc. Todavía me da risa cuando recuerdo que por allá en la década de 1980, el entonces gerente del proyecto se comprometió al aire en mi programa de radio, sin ponerse colorado, que a finales del año siguiente veríamos operar el aeropuerto.

Cuando hace unos años escribí acerca del tema un personaje de la política local me tildó de pesimista. Pues no me queda sino reconocer que soy negativo al respecto, y para confirmar su opinión le digo que lo mismo pienso cuando veo en el periódico las tres propuestas que hay para construir una nueva carretera que nos comunique con el valle del Magdalena. Uno de los trazados propone un túnel más largo que el de La Línea, el mismo que empezaron hace diez años y no hay riesgos de que lo terminen pronto. Por ahora me conformo con saber que el Ministro Cardona dejó asegurado el presupuesto para que mejoren la vía actual, trabajos que empiezan a verse y que en algo agilizan el desplazamiento.

Cómo no ser pesimista si desde mi juventud oigo hablar de una avenida que comunica el barrio La Sultana con el sector de Maltería; o del túnel que uniría al barrio La Francia con Los Agustinos; y qué tal la cacareada carretera al quimérico puerto de Tribugá; o la Avenida del Sesquicentenario que se quedó en veremos. Mejor me tildo de realista, porque basta ver la demora para terminar la doble calzada Lusitania – La Playita, una obra de sólo dos kilómetros de longitud y que a ojo de buen cubero parecía fácil, y cada año postergan la fecha de entrega; y hay que ver el ancho del andén frente al Jardín Cementerio: da grima.

Ahora me pregunto quién seguirá optimista cuando salga el tan esperado estudio acerca del aeropuerto y se entere de que la inversión hasta ahora es de $300 mil millones, pero que para terminarlo faltan $1.3 billones (con B de billete).
@pamear55

martes, marzo 05, 2013

El barrio chino.


Hablan los expertos de la transición que ya está en camino para que sea China, en remplazo de Estados Unidos, el nuevo imperio que domine el mundo. Y a fe que se nota porque cada vez son más explícitas las cifras de su crecimiento económico, lo que los hace fuertes en todos los campos, incluido el militar. Hoy en día la mayoría de objetos que llegan a nuestras manos, desde el más sofisticado dispositivo electrónico hasta la insignificante chuchería, son fabricados en el coloso oriental. Algunos con precios tan irrisorios que nos hacen preguntar cómo es posible que alguien los haya producido, luego comercializado, después transportado hasta el otro lado del mundo, donde alguien les gana algo antes de vendérnoslo. Claro que muchos son ordinarios, pero para lo que cuestan…

En las últimas décadas China se ha occidentalizado de manera significativa y las ciudades más importantes, localizadas en su mayoría al oriente del extenso territorio, presentan un aspecto moderno y cosmopolita que las asemeja a las más destacadas urbes del planeta. Sin embargo en el interior del país un gran porcentaje de su población habita en condiciones de pobreza, donde sobreviven de lo que produce la tierra y sin contar con las mínimas comodidades del mundo moderno; muchos villorrios parecen estancados en el siglo XIX.

Debido al exagerado aumento de su población esa nación se ha visto en la obligación de acomodar ciudadanos en los diferentes continentes, lo que representa una diáspora que en el mediano plazo tendrá una influencia importante en los países que la acoja. En todo el sudeste asiático la presencia de chinos es muy importante y en ciudades como Bangkok ya representa un gran porcentaje de su población. Europa, Canadá, Estados Unidos y en general los países industrializados están inundados de orientales, pero sobre todo de chinos. Recuerdo que hace unos años el gobierno Chino propuso al nuestro montar varias plantas de confecciones, en diferentes ciudades, con la condición que varios miles de obreros procedentes de ese país trabajarían en ellas y se radicarían aquí con sus familias. Y ante el auge de compra de tierras en Colombia, en especial por parte de chinos y brasileños, en el Congreso propusieron una ley que prohíbe a los municipios vender más de 15% de su territorio.

En nuestro medio la presencia de chinos no es numerosa y casi todos se desempeñan en el negocio de los restaurantes, los cuales abundan en el mundo entero. Son muchas las personas renuentes a consumir las delicias orientales que  ofrecen, porque circulan rumores y creencias acerca de que son desaseados, utilizan productos de mala calidad y demás prejuicios, lo que puede ser cierto en algunos casos, pero la gran mayoría trabaja de manera responsable y honesta. Disfrutar la comida china, sin escrúpulos ni misterios, es una delicia para el paladar.

En las grandes ciudades del mundo existen colonias de chinos y en Suramérica son importantes las de Sao Paulo y Lima; en Buenos Aires también hay un barrio chino que atrae turismo al sector. Nueva York es una inmensa torre de babel donde la diversidad de razas llama la atención, pero sin duda la presencia de orientales es notoria. Famoso en todo el mundo es el barrio chino de Manhattan, donde el ambiente es idéntico a cualquier ciudad de ese gran país; los negocios, la gente, la diversidad de dialectos e idiomas que pueden oírse al pasar, las costumbres y todo lo que identifica a un pueblo. Es común que al preguntarle a otras personas que han visitado esa ciudad sobre cómo les pareció el barrio chino, digan que sucio, desordenado, sin ninguna gracia; y al indagar si comieron en sus restaurantes respondan que ni siquiera se les pasó por la cabeza. Cuestión de gustos, porque con mis compañeros de viaje fuimos tres veces al barrio chino en una semana, y nuestro mayor aliciente fue su deliciosa comida.

Claro que al recorrer sus calles puede verse basura, desorden, ruido y alboroto, pero como uno no va a alojarse allá, sino de paso, la idea es disfrutar la visita, convivir con una cultura desconocida y tomarlo como una experiencia enriquecedora. En medio del barrio encontramos un hermoso parque con una edificación en forma de pagoda, la cual visitan los vecinos para practicar sus ejercicios de relajación, una especie de gimnasia espiritual. Al oír una hermosa música nos adentramos por un sendero peatonal para buscar su origen y encontramos un grupo de ancianos que ejecutaban instrumentos tradicionales de su cultura, mientras una mujer los acompañaba con su voz. A nuestro lado, una viejecita ataviada con la típica vestimenta enjugaba sus lágrimas al escuchar una tonada que le recodaba sus orígenes; lágrimas de nostalgia.

Observar la diversidad de mercancías que ofrecen en los tenderetes es entretenido y mejor aún regatear con los hábiles vendedores. En las calles comercian vegetales desconocidos, mariscos, pescados y todo tipo de productos exóticos. En los restaurantes la oferta gastronómica es tan numerosa, que así uno escoja platos diversos y apetitosos, al mirar hacia otras mesas puede confirmar que necesitaría muchas visitas al lugar para disfrutarlos todos. También llama la atención la variedad de viandas que degustan en cada comida y la ceremonia que representa para ellos sentarse a la mesa. Visitar el barrio chino es una vivencia maravillosa.  
pamear@telmex.net.co