jueves, abril 17, 2014

Bomba de tiempo.


A principios de la década de 1970 iniciaron operación en nuestro país dos ensambladoras de vehículos y mucha gente decidió vender su automóvil importado para mercarse un pichirilo moderno. Hasta entonces los carros que recorrían las calles eran grandes, potentes, seguros y muy finos, pero debido a la acumulación de modelos ya presentaban fallas. Y aunque esos primeros carritos, Simca y Renault 4, parecían latas de sardinas comparados con sus antecesores, la novelería pudo más y muchos consumidores procedieron con el cambio.

Pero a diferencia de ahora que entregan un vehículo con solo presentar la cédula, con amplios plazos e intereses bajos, en aquella época tocaba esperar turno durante varios meses para lograr estrenar; y además pagarlo de contado y por adelantado. Cuando llegó el Renault 12, más amplio y confortable, mi papá hizo el esfuerzo y después de escoger el color en una consulta familiar, se dirigió al concesionario a negociarlo. Grande fue su decepción cuando le dijeron que se demoraba cuatro meses, hasta que vio uno en la vitrina que no se vendía por el color: café popó. Sin pensarlo dos veces se montó y arrancó para la casa en él, sapo que debimos tragarnos durante los tantos años que duró ese bollo ambulante en el garaje.

En esa época el tráfico fluía sin dificultad porque los carros eran los justos. Basta decir que en las carreras 22 y 23, en el centro, podía parquearse en un carril y por el otro transitaban vehículos particulares, taxis y buses urbanos. Había muy pocas motos y lo único que debía evitarse era a los domicilios en sus bicicletas. En las carreteras los camiones eran escasos, la gasolina barata, y los peajes pocos y a peso. Cuán diferente al despelote en que se ha convertido el tránsito automotor, y a unos costos absurdos, como que para ir en carro a Pereira y volver hay que echarse ochenta mil pesos al bolsillo.

La variedad de marcas y modelos que inundan el mercado automotriz es cada vez mayor, y con las facilidades que ofrecen al cliente para pagar, las ventas crecen como espuma mientras que por las vías ya no puede transitarse. Con precios de feria una sola marca vendió mil setecientos vehículos durante un fin de semana, señal de una sociedad de consumo desbocada. Durante mucho tiempo se rompió el record de ventas en el sector automotor cada mes, y en el momento que estas decrecieron un poco, el gobierno tomó medidas para reactivarlas. Me pregunto cuándo tomarán conciencia de que la situación es una bomba de tiempo que a este paso no demora en reventar.  

Y el problema radica en que no tenemos infraestructura vial. En Colombia es novedad que inauguren una carretera, un viaducto, puente, repartidor vial, etc., y el número de kilómetros en doble calzada es muy bajo. En una ciudad como Manizales seguimos con las mismas vías desde hace muchos años, y así por encima, puedo decir que lo único que han hecho recientemente es convertir en calle unas escaleras que bajaban entre el edificio Los Rosales y el antiguo Seminario Mayor. De resto, nada. Claro que nuestra topografía no es fácil, pero como mínimo deberían existir proyectos.

La avenida Paralela, que al finalizar en Sancancio debía seguir por la ladera hacia el barrio Lusitania, paralela a la avenida Mendoza Hoyos, quedó suspendida por una falla geológica en terrenos del Batallón. ¿Acaso no existen soluciones para ese tipo de inconveniente?; porque la única vía que nos comunica con La Enea ya está saturada. ¿Y en qué quedó una avenida que comunicaba a La Sultana con Maltería, para habilitar otro ingreso a la ciudad? ¿Y la tan cacareada en su momento Avenida del Sesquicentenario, qué? ¿Ni siquiera van a terminar el par vial del sector de San José? Por fortuna no hemos llegado a tener los atascos y el ofusque que se viven en Bogotá, pero la situación ya se torna desesperante y en un dos por tres estaremos en las mismas.

Mientras tanto las autoridades dan palos de ciego para tratar de solucionar el problema, con medidas como el pico y placa, lo que en muchos casos empeora la situación debido a que algunos propietarios de vehículos particulares tienen capacidad económica para comprar un segundo carro. Y los motociclistas pululan sin control, ya que ningún alcalde se atreve a meterse con ellos porque lo tumban en un santiamén; la modalidad de moto taxi se impone y basa su éxito en los bajos costos de las carreras, y los accidentados en esos aparatos congestionan los servicios de urgencias en los hospitales.
En Manizales un mago se inventó hace años una fórmula para agilizar el tráfico, al destinar los cuatro carriles de la avenida Santander en un solo sentido, de oriente a occidente, mientras la Paralela quedó en sentido contrario. Como es común en nuestro medio la campaña de socialización fue escasa y apresurada, por lo que la avalancha de accidentes fue tal que a los pocos días debió reversar la medida. El eminente funcionario no columbró que a pesar del desbarajuste ocasionado, igual que antes el tráfico fluía en los mismos dos carriles en cada sentido. Como es costumbre la plata que se invirtió en personal, publicidad, educación, pintura de vías, etc., se perdió. ¿Y qué pasó?, ¡pues nada, como siempre!

Futuro incierto.


En reciente encuesta sobre la satisfacción de los colombianos de vivir en las diferentes ciudades, los manizaleños ocupamos el segundo lugar después de los habitantes de Medellín. Queremos nuestra ciudad, la disfrutamos, reconocemos sus falencias pero al mismo tiempo destacamos sus virtudes, y esa aceptación pueden notarla quienes nos visitan. La ciudad es ordenada, limpia y agradable, y su agreste topografía la hacen interesante y variopinta. Aunque es cierto que las comparaciones son odiosas, basta visitar otros lugares para darnos cuenta de que nuestros problemas no son tan terribles como a veces nos parecen.

Quien se queje por el tráfico y la movilidad, que vaya un día a Bogotá y recorra las vías para que alabe nuestra situación; muchos se lamentan por la proliferación de motos, pero a lo mejor no han visitado Caracas para que vean lo que es el anarquismo en dos ruedas; aunque tuvimos un problema coyuntural con el acueducto, muchas poblaciones de Colombia aún no cuentan con ese vital servicio; claro que aquí también hay calles en mal estado, pero son nimiedades comparadas con otras ciudades donde están convertidas en trochas; tenemos tugurios, como en todas las capitales, pero posiblemente en menor cantidad. Y a pesar de la inseguridad, al menos no vivimos paranoicos y medrosos porque nos pueden atracar.

Sin duda la educación y amabilidad de nuestras gentes hacen diferencia, porque es comentario general de quienes nos conocen. Aquí respiramos aire puro y tranquilidad; tenemos panorama para dar y convidar; el clima es una maravilla y en la calle la gente saluda al pasar. Sin embargo debemos reconocer que la ciudad ha perdido importancia en el ámbito nacional y tal vez la causa más relevante de ese retroceso es la falta de comunicación con el resto del país; somos una ciudad terminal, en invierno quedamos aislamos por vía terrestre y el aeropuerto La Nubia cada vez mueve menos pasajeros, gracias a que Avianca está empeñada en obligarnos a viajar por Pereira. 

Este aislamiento frena el desarrollo de Manizales y por ello la juventud emigra a buscar oportunidades a otras latitudes. Además, las rencillas personales y la falta de coherencia en lo que queremos para la ciudad impiden que retomemos la senda del progreso y así nos quedaremos rezagados sin remedio. Los dirigentes políticos se preocupan más por su interés personal y los representantes de los gremios pasan inadvertidos, mientras los chismes hacen carrera y terminan por desestimar iniciativas y menoscabar reputaciones. El senador Barco nos dejó de herencia la expresión blancaje, término discriminatorio muy usado por resentidos y  apocaos para destilar odio contra sus semejantes.

Rememoramos con nostalgia todas esas industrias e instituciones representativas de la región que han desaparecido, por diferentes causas, y que en su momento le dieron lustre a Manizales y al Departamento: Banco de Caldas, Seguros Atlas, Corporación Financiera de Caldas, Tejidos Única, Cementos Caldas, etc., y más recientemente el Banco de la República. Ahora estamos de un cacho de quedarnos sin aeropuerto y el Club Manizales busca con desespero la fórmula para no sucumbir; mientras los socios antiguos desaparecen, no existen jóvenes que hagan el relevo.

Para completar el oscuro panorama empieza a hablarse del fin de una industria que ha sido orgullo y referente de nuestra región: la Licorera de Caldas. Y todo porque llegó a la gerencia una persona que a diferencia de muchos de sus predecesores, que utilizaron el cargo como trampolín político o para llenarse los bolsillos, quiso coger el toro por los cachos y enfrentar la realidad. Una empresa convertida en fortín político durante décadas, que ha sido ordeñada sin miramientos, donde el derroche y la corrupción han hecho carrera, no podía durar para siempre. Lo fácil para el doctor Seidel hubiera sido aguantar y dejarle el problema al próximo gerente, y en cambio ahora quieren echarle la culpa. 

La situación de la Licorera es desesperada y para comprobarlo basta saber que de la nómina sobran más de la mitad de los empleados; que el indispensable software está desactualizado y no sirve para nada; que la principal empresa del departamento no cumple con las normas ambientales; es tal el desgreño administrativo que la auditoría externa se abstuvo de entregar su informe; y cómo estará de fregado el escenario, que ninguna aseguradora muestra interés por hacer tratos con la empresa. Sin duda el negocio de los licores ha cambiado y ya no es la maravilla a la que estábamos acostumbrados, realidad que tendrá muy preocupados a los políticos que durante mucho tiempo han conseguido allí los recursos para financiar sus campañas y no estarán dispuestos a renunciar a semejante teta.
A pesar de todo vivimos en un paraíso y para conservarlo debemos unir voluntades, empujar todos para el mismo lado, luchar por salir adelante, dejar a un lado la maledicencia y la envidia, y sobre todo proponer soluciones en vez de criticar por criticar. Ojalá sea posible salvar la Licorera, porque no quiero imaginar el día que viaje al exterior y mi anfitrión encargue una botellita de Ron Viejo o de Aguardiente Cristal y tenga que decirle que ya no se producen, que si quiere del Valle o de Antioquia. Eso sería como perder la Catedral basílica; y no me refiero al Nevado del Ruiz, porque gracias al calentamiento global desaparecerá en unos veinte o treinta años.

martes, marzo 25, 2014

Memoria viva (I).


Cuando en mi casa cambiaban la ropa de camas los lunes, la empacaban junto a otras prendas en grandes talegas de tela para que mi mamá las llevara a una casita que aún existe abajito del edificio de la Andi, a mano derecha bajando, donde Marina se encargaba de lavarla y plancharla. Para su negocio la mujer aprovechaba un chorrito de agua que brotaba del barranco al frente de su casa, y recuerdo a mi madre cuando volteaba el De Soto en esa carretera estrecha y poco transitada, mientras la lavandera le indicaba hasta dónde podía echar reversa.

Hace poco me llamó una señora para comentar acerca de un artículo donde me referí a nuestra infancia en el barrio La Camelia y para mi sorpresa, preguntó por mis padres, tíos y demás parientes. Cuando quise saber por qué nos conocía tan bien, dijo ser hermana de Marina y empezó a relatarme la historia de su familia. Al percatarme de su gracia y locuacidad, la interrumpí y le propuse que mejor nos reuniéramos para poder tomar nota de tantas anécdotas y datos de interés. Doña Leticia Cuartas Chica tiene algo más de 80 años, una lucidez absoluta, memoria fotográfica, simpatía arrolladora y su único achaque aparente es que oye solo por un oído, y poquito. De manera que bastó arrimarme y hablarle durito para disfrutar de su agradable charla.

Recién fundada Manizales nacieron unos gemelos, pero como era común en esa época, la madre murió después del parto. El papá los hizo bautizar con los nombres de Victoriano y Raúl, y debido a su parecido, les amarró un lacito de color en las muñecas para reconocerlos. Hasta que cierto día durante el baño las marcas se perdieron y no quedó manera de distinguirlos, y cuando poco después murió uno de los bebés, el padre resolvió llamar Victoriano al sobreviviente. Por cosas del destino ese niño se crió con la familia de don Joaquín Arango Restrepo, uno de los fundadores de la ciudad, a quien en la repartición de predios le tocaron los terrenos que ocupan hoy los barrios Sancancio, Palermo, Milán, Alto del Perro, el Batallón y todo el terreno que hay hasta Expoferias; la quebrada del Perro y el río Chinchiná eran linderos de la propiedad. La casa de don Joaquín quedaba donde funcionó muchos años Iderna, en Sancancio, lote que en la actualidad ocupa el Conjunto Horizontes, donde resido.           

Una hermana de don Joaquín, Matea, fue como una madre para Victoriano Chica y cuando el muchacho cumplió la mayoría de edad, le adjudicaron el lote para que levantara su casita, además de permitirle cultivar la tierra y engordar ganado en los potreros. Como el joven ya tenía intención de casarse puso todo su empeño en la construcción del rancho con madera obtenida de los bosques aledaños; el entramado del techo amarrado con bejucos, porque las puntillas eran costosas y escasas, dos habitaciones y una cocina con piso de tierra conformaban la humilde vivienda. Poco después de casarse ya tenía dos hijos varones, Juan de la Rosa y Jaime, y al estallar la Guerra de los mil días, en 1899, el mayor de los muchachos estaba en edad de alistarse en el ejército. Pero el angustiado padre no estaba dispuesto a perder a su hijo mayor en el campo de batalla y procedió a cavar un amplio agujero en medio del rastrojo, cerca a la casa, para construir una caleta dónde acomodar al muchacho mientras pasaba el conflicto. Todos los días le llevaba comida, lo acompañaba un rato y buscaba la forma de mantenerlo entretenido.

Hasta que algún vecino los denunció, el muchacho fue detenido y enrolado, y nunca más volvieron a saber de él. Por un costado de la casita bajaba un camino de herradura que arrancaba desde Milancito, un bailadero que funcionó muchos años arribita del batallón, y en La Teresita se unía al camino que baja desde el Alto del Perro. Cuando empezaron a construir la carretera, por el trazado actual, la mano de obra la ponían los presos que trabajaban encadenados y así cumplían sus condenas a trabajos forzados. Al llegar frente de su predio le advirtieron a Victoriano que debían utilizar dinamita para demoler una inmensa piedra y que seguramente la vivienda quedaría destruida. Entonces él pidió que le dieran una esperita y procedió a cortar madera para formar una barrera de protección, y además cubrió el techo con ramas y chamizos que amortiguaran la explosión. Por fortuna su esfuerzo surtió efecto porque la casa no sufrió daños de consideración.
Néstor Cuartas, yerno de Victoriano, trabajaba como mayordomo de la finca La Nubia (donde está el aeropuerto) de Juan Antonio Toro, la misma que lindaba con Lusitania, cuya casa restauraron y hoy sirve de sede a Jardines de la Esperanza. Allí vivía con su mujer Eulalia Chica y los hijos pequeños, entre ellos Leticia, porque los que estudiaban residían en la casa del abuelo para poder asistir a la escuela, que funcionaba en una casita localizada a un costado de donde muchos años después construyeron el edificio Cuezzo. Los domingos el abuelo llevaba a sus nietos hasta La Nubia para que se vieran con sus padres; viajaban montados en un burro por el camino de herradura, para regresar de nuevo al caer la tarde. Continuará…

Memoria viva (II).


A doña Leticia Cuartas Chica no le alcanzan las palabras para referirse a su abuelito Victoriano y con nostalgia lo recuerda en sus últimos años como un viejo imponente y bravo, de luenga barba blanca y bigotes con puntas hacia arriba, siempre dispuesto a entretener a sus nietos con relatos y anécdotas de una larga existencia. Fue reconocido en los primeros años de la aldea, que se convirtió con el tiempo en nuestra ciudad, como el primer amansador de caballos; y uno de sus parientes más querido fue el tan nombrado padre Adolfo Hoyos Ocampo, de quien decía que era muy pinchado porque se ponía zapatos. Entonces los nietos le preguntaban por qué él nunca había usado calzado, a lo que respondía que por haber caminado siempre a pie limpio, los tenía muy anchos y por lo tanto no existía zapato que le sirviera.

Después de habitar mucho tiempo en su finca de Sancancio, don Joaquín Arango Restrepo resolvió construir una casa en el centro de Manizales para residir en ella, en la carrera 21 con calle 29, y la finca quedó habitada por uno de sus hijos que ya tenía familia propia. Pasados los años el patricio murió y por fortuna Victoriano no tuvo problemas con los herederos a pesar de no poseer escrituras de los terrenos que ocupaba. Mucho tiempo después los asuntos de la familia Arango pasaron a manos de uno de los nietos, Daniel, quien resolvió vender los terrenos que había explotado la estirpe de Victoriano durante tantos años. El nuevo propietario, don Gustavo Larrea, después de conocer la historia de la familia Chica permitió que siguieran con los mismos privilegios.

Pero sucedió que el predio cambió de manos otra vez y el nuevo dueño fue un señor de apellido López, quien sin ninguna consideración procedió a desalojarlos de inmediato. Por fortuna el juez que dirimió el pleito falló a favor de los herederos de don Victoriano, aunque solo lograron que les reconocieran la vivienda y el patio, donde residieron hasta hace pocos años cuando decidieron venderla. Son muchos los recuerdos que guardan ellos de la casita, rodeada de árboles y con una vista espectacular, en la que vivieron tantas cosas durante su larga existencia.

Recuerda doña Leticia que en 1942 construyeron el Batallón Ayacucho, pero antes allí existió la tienda de un señor Luis Carlos, localizada exactamente donde quedaba la Guardia del Batallón en sus primeros años, sobre la avenida Santander. A diario los mandaban a ella y sus hermanitos a hacer algún mandado a la tienda, comprar chocolate, arroz, parva o velas, y aunque ellos parecían muy comedidos, la verdad es que cumplían la orden con gusto porque don Luis les encimaba una colación. Entonces hablamos acerca del imponente edificio que construyen en el lote que ocupó la vieja casa de La Camelia y así supe por qué ella conoce tanto acerca de mi familia. Resulta que durante su niñez la casona era de don César Vallejo y su mujer Mercedes Salazar, con quien trabajaba como agregado el papá de doña Leticia, y por lo tanto allí vivieron durante una temporada; por cierto, los patrones fueron padrinos de uno de los retoños de la familia Cuartas Chica.

En ese momento recordé una foto que tengo de esa casa, en la década de 1940, cuando ya era propiedad de mi abuelo Rafael Arango Villegas. La señora se emocionó al verla, empezó a rememorar momentos vividos allí y tuvo muy presente que desde aquellos tiempos Marina era la encargada de lavar la ropa de mi familia materna. Tiempo después, cuando doña Leticia ya tenía hijos pequeños, eran ellos quienes le ofrecían a la tía Marina llevar la ropa a La Camelia cuando estuviera lista; tanta amabilidad se debía a que mi abuela Graciela al verlos llegar sudorosos y cansados, los hacía entrar al comedor y allí les servían un refresco con parva para que tomaran el algo.       

Con el fin de recaudar fondos para el CEDER, a principios de la década de 1970 se presentó en el teatro Fundadores la compañía de teatro de Jaime Botero para presentar Asistencia y Camas, de autoría del abuelo Rafael. Encargaron a mi mamá y a la tía Lucy de conseguir varios objetos necesarios para la escenografía y se les ocurrió que Marina podía ayudarlas. Necesitaban, entre otras cosas, unas matas bien bonitas para adornar el corredor de la asistencia, pero las querían sembradas en bacinillas y ollas que ya hubieran cumplido su ciclo. Pues las hermanas Cuartas buscaron en un basurero y consiguieron una bacinilla vieja y desportillada, además de algunas ollas apachurradas, y allí sembraron florecidos novios, peralonsos y geranios. También les prestaron unas cortinas de croché y otros trebejos, y como contraprestación recibieron boletas para que todos asistieran a la función.

Deliciosa la tertulia con doña Leticia y don Hernan, el “hermanito” de 75 años que la acompañó, porque revivimos maravillosos momentos. Como cuando mencioné el Instituto San Rafael y Hernan me contó que Fray Escalante vive aún, el religioso franciscano que dirigía el taller de carpintería y metalurgia donde mi mamá iba todas las semanas a encargar algún trabajo. Con la sotana llena de aserrín, serio, recursivo y metódico, nunca lo vimos siquiera sonreír y solo respondía con monosílabos. ¡Me parece verlo!

martes, marzo 04, 2014

La querencia natural.


La primera vez que oí la palabra querencia fue en transmisiones taurinas, al referirse el comentarista de turno al momento en que el toro se raja y empieza a buscar las tablas. Relata entonces que el animal, herido y maltratado, abandona su lucha por la supervivencia y recurre entonces a la seguridad que le brinda el entablado del redondel para dirigirse a la puerta de chiqueros, lugar por el que ingresó a ese circo de crueldad y muerte. Todos los animales, racionales e irracionales, tenemos nuestra querencia natural y en ella encontramos refugio y bienestar.

Me enteré de un método nuevo de educación implantado recientemente en Japón para que las nuevas generaciones crezcan sin apego a la tierra natal y por el contrario se sientan ciudadanos del mundo. Jóvenes que al momento de ingresar al mercado laboral estén cómodos en cualquier rincón del planeta, sin echar de menos todas esas cosas que nos unen a nuestro pasado y a la cultura que compartimos durante la infancia y juventud. Personas que no deban lealtad a una bandera, que disfruten cualquier oferta gastronómica, que no extrañen familia ni amistades y en general desconozcan lo que es la nostalgia.

Es difícil asimilar esos modernismos a quienes crecimos en familias unidas, cuando no se usaba que algunos de sus miembros vivieran en el exterior. Pasa el tiempo y aunque los hijos formen sus propios hogares, siguen visitando a diario la casa de los viejos para mantener vivo el lazo afectivo; claro que faltan ellos y desaparece ese punto de encuentro tan importante para la unión familiar. En cambio las nuevas generaciones aspiran ingresar a la universidad en otra ciudad, y de no poder hacerlo, estudian en su entorno pero apenas terminan proceden a buscar trabajo en otras latitudes. Y con una facilidad asombrosa tramitan becas, intercambios o convenios que les permiten radicarse en el exterior.

Pertenezco tal vez a la última generación que nació, vivió y aspira morir en su terruño. Pero a diferencia de nuestros padres que tenían cerca a hijos, nietos y demás allegados, a muchos ahora nos toca compartir con la familia a través de un dispositivo electrónico. Es triste y frustrante ver a los abuelos modernos enterarse del nacimiento de su nieto en otro continente y saber que lograrán conocerlo cuando el muchachito ya esté crecido; y así le hagan morisquetas y carantoñas a diario por una pantalla, el apego de ese niño nunca será como el que conocemos.

Al ver ejecutivos jóvenes que recorren el mundo, a tantos que estudian en otros países o a los mochileros que viajan por todo el planeta, envidio esa oportunidad de conocer otras culturas e interactuar con gentes y razas diferentes, pero de inmediato me consuelo al mirar por la ventana y observar la belleza de mi tierra. Las pocas veces que he viajado disfruté al máximo la experiencia, pero al mismo tiempo sentí un gran alivio al regresar a mi casa. Soy de los que se van para la costa atlántica y después de saborear a diario los platos típicos de la región, de comer pescado y mariscos en todas sus preparaciones, a los diez días añoro un chicharrón, la arepa con mantequilla, una sopita casera, los frijoles, el chorizo, el arroz con huevo y demás platos tradicionales de nuestro menú diario.  

Aunque sé que nunca debo decir de esa agua no beberé, porque la vida da muchas vueltas y nunca sabemos a dónde iremos a parar, espero que el destino no me obligue a radicarme en una ciudad diferente a la mía, y mucho menos en un país donde existan las estaciones. Porque si me golpea el frío de por aquí, que no baja de los 14 grados centígrados, tirito de solo pensar en lo que será un invierno bien largo a temperaturas por debajo de los cero grados. Me parece deprimente, aterrador, invivible y supremamente desagradable. Qué tal eso sumado a la soledad, sin familia ni amigos a la mano, y en una comunidad bien diferente a la nuestra, donde nadie mira a un extraño a la cara y mucho menos le dirige la palabra. Y yo que le entablo conversa al que se atraviese.

Sentimos un apego natural por la ciudad que nos vio nacer, pero en especial por nuestro hogar. Allí nos sentimos protegidos y acompañados, seguros y confiados, pero sobre todo a gusto. Puede ser una mansión o un pequeño apartamento pero  es nuestra casa, y así visite uno París, Nueva York o Estambul, al poco tiempo siente ese imán que lo jala hacia su querencia natural. El baño propio, la cama, la almohada, el cajón del nochero, sus libros, la nevera con los antojos, esos recovecos donde guardamos chucherías, la cajita de herramientas y tantas cosas que conforman nuestro menaje.
Además cada persona tiene su lugar especial, que puede ser la cama, un estudio o el sillón preferido donde ve televisión, lee, oye música o simplemente cabecea mientras llega la hora de acostarse a dormir. Otros tienen su rincón donde no dejan entrar ni a limpiar el polvo y es común que el adolescente viva encerrado en su habitación sin dar señales de vida. Y mejor no menciono esa última querencia a la que toca cogerle cariño a las malas: el frío osario.

martes, febrero 25, 2014

Espiritualidad.


Nada más respetable que las creencias religiosas de las personas y la manera como manejan su espiritualidad. Por ello son tan infructuosas las discusiones acerca del tema, porque un creyente no da su brazo a torcer ante ningún argumento. Los seres humanos quedamos matriculados en una religión desde el mismo momento de nuestra concepción. El niño nace en un hogar católico, por ejemplo, y a los pocos días ya participa en el primer sacramento, el bautizo, donde le endilgan un nombre y lo alistan en las filas espirituales de sus ancestros. Después vienen la primera comunión y la confirmación, y si el infante estudia en un colegio regentado por religiosos, allá se encargan de manejarlo con rienda corta para que no se desvíe del camino.

Por fortuna algunos también heredan de sus mayores el gusto por la lectura y así empiezan a entretenerse con cuentos infantiles, comics y novelitas rosa, pero con el paso del tiempo madura su gusto literario y alguna vez se topan con lecturas que les permiten conocer una visión diferente a la que les inculcaron desde pequeños. Encontrarse por ejemplo con el movimiento de La Ilustración, en el que varios ilustres e inquietos pensadores europeos del siglo XVII decidieron recurrir a la razón para combatir la ignorancia y la superchería, además de sacudirse del control absoluto que ejercían entonces las religiones sobre la humanidad. Para fortuna de quienes han manejado a través de los siglos las riendas de esas religiones, siempre han sido minoría los que cuestionan, difieren, razonan y deciden manejar su propia espiritualidad.

Debido al reciente escándalo causado por las desafortunadas declaraciones de la pastora cristiana Maria Luisa Piraquive, muy diferentes a las que se esperan de alguien que ostenta un cargo como el suyo, pudo notarse la fidelidad absoluta que le profesan sus seguidores. No importaron denuncias, testimonios en contra, pruebas y demás ataques a la señora, y por el contrario parece que sus adeptos darían la vida por ella. A nadie le molesta que sus pastores vivan como reyes, en ostentosas mansiones y con lujos desmedidos, y además están dispuestos a seguir con el aporte del diezmo que les corresponde. Por cierto, los periodistas de la W radio quedaron callados cuando uno de esos cristianos, después de discutir un rato, les recordó que el catolicismo también exige un diezmo similar, aunque pocos lo acatan, y que si se trata de discriminación, qué decir de esa misma iglesia que prohíbe a las mujeres, que son mayoría, subirse al púlpito.

Mi hijo se fue a recorrer el sureste asiático durante un semestre sabático y me cuenta que lo que más ha llamado su atención es la espiritualidad de esas gentes. En la India las personas viven en función de festivales religiosos y existen templos de todo tipo, dedicados a las miles de divinidades que adoran; entre ellos a muchos animales como monos, tigres, elefantes, serpientes y uno muy particular dedicado a las ratas. Decenas de miles de esos roedores viven a sus anchas en un amplio edificio, donde los fieles les mantienen palanganas con leche y otros alimentos; un acto de devoción es comerse un poquito de la costra que se forma en dichos recipientes. Además, nadie debe entrar con zapatos al lugar y es signo de buena suerte lograr ver una de las pocas ratas blancas que habitan allí. Tengo muy claro que allá no entro ni a reclamar una herencia.

En la isla de Bali, en Indonesia, a los lados de las carreteras pueden verse infinidad de humildes viviendas y enseguida de cada una un templo. Resulta que nadie construye su casa hasta no tener el dinero suficiente para levantar el templo donde pueda orar con su familia, y en todos los casos este último es más amplio y lujoso que la vivienda. Todas las personas destinan la mitad de sus ingresos para honrar a los dioses, donaciones que se hacen en especie y en dinero; en la calle venden unas cajitas fabricadas con hojas de palma tejidas y en ellas empacan las ofrendas que dejan al pie de las estatuas sagradas: cigarrillos, galletas, dinero en efectivo, fósforos, chocolatinas, llaveros y cualquier cosa que pueda uno imaginar. La mayoría de esos objetos van a parar a la basura y el dinero es invertido hasta el último peso en mejoras para el santuario. La diferencia con las iglesias de occidente es que allá no existen intermediarios y por lo tanto nadie se lucra de la devoción popular.

Ignorancia, angustia, inseguridad, temor y algunas falencias de la personalidad son el combustible que permite el funcionamiento de las diferentes iglesias, porque el ser humano es proclive a aferrarse a dichas creencias para sentirse a salvo. La mayoría se queda con esas primeras enseñanzas religiosas basadas en amenazas y promesas; otros creen que su devoción asegura bienestar y éxito para todos los suyos; tantos que dudan pero no se atreven a cuestionar por miedo al fuego eterno; los fanáticos que no admiten críticas ni debates; y esa gran masa que sigue un credo porque sí, porque así es más fácil.
Y la crítica va para todas las iglesias y religiones que explotan y manipulan a sus creyentes, ya que no me cabe duda de que se trata del negocio más antiguo y rentable del que se tenga noticia.

miércoles, febrero 19, 2014

Conforme con el género.


A veces me pregunto si vivimos una etapa evolutiva en la cual la sexualidad cambia sus patrones o a lo mejor sucede como en las modas, que tiempo después regresan para imponerse de nuevo. Porque el homosexualismo fue algo común por ejemplo en la época de Alejando Magno, quien a pesar de tener muchas mujeres en su vida compartía la cama con Bagoas, el eunuco persa que sirvió como esclavo al gran guerrero. Y los romanos en sus bacanales eran servidos por hermosas doncellas y apuestos efebos, siempre dispuestos a satisfacer el variado gusto de sus amos; porque a esa gente como que le gustaba de res y de marrano.

Entonces la duda es si durante la historia del hombre el gusto por personas del mismo sexo ha sido igual de intenso, o en las últimas décadas ha aumentado de forma considerable el número de militantes de lo que conocemos por aquí como “el otro equipo”. En los países más desarrollados las parejas de hombres o mujeres son algo común, mientras en el tercer mundo todavía se miran con recelo, novelería y hasta repulsión. Durante nuestra adolescencia y juventud salir del clóset en nuestro medio era muy difícil, ante el rechazo casi general, y por lo tanto muchos “dañaos” emigraban a otras tierras o se metían a conventos y seminarios. Otros decidieron disimular y formaron familia, para vivir una existencia falsa y amargada.

Mientras tanto quienes tenemos bien definida nuestra sexualidad, alguna vez hemos participado en discusiones amistosas donde los miembros de cada género defienden su condición y exponen razones para no querer pertenecer al sexo opuesto. Las mujeres hablan de sus ventajas y critican a los varones por diferentes razones, mientras nosotros decimos babosadas, le metemos morbo a la conversación e insistimos en que no cambiamos nuestra situación por nada del mundo; eso sí, que no nos falten las damas porque quedamos incompletos. Sin duda son controversias inútiles porque nunca nos pondremos de acuerdo, por la simple razón que cada quien está satisfecho con lo suyo y no alcanzamos siquiera a imaginar una opción diferente.

A diario agradezco haber nacido varón, sobre todo cuando veo a mi mujer en algunas situaciones muy propias de su género. Por ejemplo soy enemigo de untarme cualquier producto en la piel y me siento incómodo cuando debo acceder a que me apliquen bloqueador solar o repelente contra los zancudos. Entonces imagino lo que será maquillarse todos los días de la vida, depender de esa máscara para salir a enfrentar la rutina y al terminar el día verse obligado a embadurnarse de nuevo para retirar todo ese pegote. Y después échese crema para las arrugas, agua de rosas, Acid Mantle, el menjurje para fortalecer el pelo y un reconstituyente para las uñas.

En asuntos del vestir sí que soy diferente a las damas. Vamos para una fiesta o paseo y me pongo lo que mi mujer decida, sin rechistar, mientras ella empieza con varios días de anticipación a pensar en la muda que va a lucir; claro que siempre prefiere algo prestado, porque lo propio le parece pelludo y pasado de moda. Cuando tiene varias opciones procede a tenderlas sobre una cama, las detalla, se las mide y desfila ante el espejo, para después preguntarme cuál me gusta más. Sin dudarlo señalo mi preferida y de inmediato esa queda descartada, de lo cual me entero el día del compromiso, aunque antes de salir cambia de parecer por lo menos dos veces antes de decidirse. Otra ventaja de ser hombre y además cero vanidoso, es que la palabra moda no existe para mí.

 Y qué tal el julepe de ellas con el bendito pelo. Ninguna está conforme con lo que tiene y hay que ver el tiempo que pasan bregando con marrones y bigudíes, echándose cepillo y secador, para terminar renegando porque se les para un cachumbo, el copete no funciona o no pueden asentar una onda rebelde. De manera que deben irse para la peluquería donde la oferta es amplia: pintura de pelo, iluminaciones y rayitos, encrespado o alisado, extensiones, cortes clásicos y novedosos, además de que las antojan de comprar productos y accesorios. No importa cuánto cueste con tal de quedar satisfechas, así la dicha les dure máximo una semana. Y como los años no vienen solos y las canas aparecen, a pintarse las raíces cada quince días para mantener la tapadera.

El arreglo de uñas lo dejan para tarde en la noche y después a esperar que se sequen para evitar dañarlas con el roce de las sábanas, y durante un rato caminan como un pato debido a las esponjitas que se ponen entre los dedos de los pies. Me da repelús verlas arrancarse las cejas con pinzas o aplicarse cera caliente para remover los vellos de las piernas de un tirón; ni hablar de la modalidad de depilarse la horqueta. Y no alcancé a hablar del embarazo, el cólico menstrual, la citología, los juanetes, las cirugías estéticas, los zapatos de tacón, el contenido de las carteras, el glamur, la mamografía y demás perendenques.
Lo que sí queda demostrado es que el homosexualismo es genético, porque de qué otra manera puede explicarse que a un hombre le provoque maquillarse, ponerse tanga, brassier, vestido largo y zapatos de plataforma.

jueves, febrero 13, 2014

Pasmosa ineficiencia.


En este país ocurren unas cosas que nos dejan estupefactos, iracundos, desconsolados y en un estado de indefensión que desespera. Las conocemos de oídas y comentamos respecto a ellas, pero al ver pruebas y testimonios la desazón nos invade. Somos conscientes de que esto debe cambiar, pero la realidad final es siempre la misma: no hacemos nada, no pasa nada y los corruptos siempre se salen con la suya. Además, aprovechan nuestra indolencia y pasividad que son alarmantes.

Con las movilizaciones y paros que son tan frecuentes en este país, recordé algo que siempre me ha sorprendido. Durante el tiempo que trabajé en una empresa de aviación, hace ya muchos años, era común que el gremio de los controladores aéreos exigiera mejores condiciones laborales y durante esas protestas, quienes laborábamos en los aeropuertos enfrentábamos muchas dificultades por el traumatismo causado a la operación diaria de aeronaves. Pero a diferencia de cualquier otro asalariado que debe recurrir a mítines, boicots, amenazas, enfrentamientos con los directivos y muchas veces llegar a las vías de hecho, porque de lo contrario no le paran bolas, a los funcionarios de la Aerocivil les basta con aplicar el reglamento para crear un caos.

Aunque parece un galimatías, una sinrazón, es absolutamente cierto y además una táctica que no tenía pierde; ¿o a quién pueden sancionar por cumplir con su deber? El asunto funciona así: resulta que según la regla un avión no puede carretear sino a una distancia determinada de otro, a diferencia de como sucede ahora por ejemplo en Eldorado donde largas filas de aeronaves esperan turno. Igual sucede con los tiempos reglamentarios entre despegues y aterrizajes, además de otras muchas normativas que se pasan a diario por la galleta. De manera que si los controladores deciden hacer respetar las normas, no se alcanza a cumplir ni con la mitad de los vuelos programados; los pilotos comerciales utilizan el mismo método de protesta. Quiere decir entonces que en nuestro país la operación aérea se realiza sin cumplir con las medidas de seguridad establecidas, con la anuencia de directivos y autoridades.

Algún día dejó de llegarme la factura mensual de un impuesto municipal y procedí a llamar para buscar una solución. Después de luchar con el conmutador y saltar de tecla en tecla, por fin logré hablar con la funcionaria encargada. Expuse el inconveniente, convencido de que alabaría mi diligencia, pero respondió que el fallo estaba en la empresa de mensajería. Le pregunté si podía remediarlo al enviarme otra factura y respondió que no tenía tiempo, que el problema era mío.

 Ahora me entero de un asunto que me tiene perplejo. Resolvió el gobierno actualizar las licencias de conducción y como suele suceder, la ciudadanía dejó el trámite para última hora; claro, como aquí sabemos que aplazarán la fecha límite durante un tiempo indeterminado... Como siempre, unos contratistas son los encargados de realizar los chequeos y demás pruebas correspondientes, empresa que deja jugosas ganancias a ellos y a quienes les adjudican los contratos. Nada qué hacer porque así funciona el sistema, pero lo mínimo que esperamos es que realicen bien su labor. Además, deberían efectuar exámenes de conducción y reconocimientos médicos completos.

Las irregularidades son escandalosas y los casos que refiero los oí de boca de las personas interesadas; nada que me contaron, supe, por ahí escuché. Va un señor de sesenta años y en el examen de los ojos el encargado le pide que lea unas letras, lo que hace sin dificultad. Acto seguido le ordena que se quite las gafas, ante lo cual el paciente admite que no puede leerlas. Ahí el supuesto facultativo empieza a chulear ítems en un formulario y pregunta al interesado si quiere que le ponga restricción de gafas. Como este responde que no, el baboso muy orondo acata la sugerencia. Otro señor realizaba la prueba de reflejos y mientras tanto la encargada, una fulana con pinta de prepago, dándole la espalda se arregló las uñas mientras chateaba por el celular; nunca comprobó el desarrollo de la prueba.

Estos eminentes profesionales parecen desconocer que las personas de edad avanzada tienen deficiencias en sus funciones y para ellos es lo mismo un anciano que un adolescente, por lo que las pruebas técnicas, de reflejos y exámenes médicos son los mismos para todos los aspirantes. Muchos viejos que padecen enfermedades de los órganos de los sentidos, neurológicas y demás males comunes de la edad, aprueban sin problema todos los chequeos necesarios para renovar la licencia; parece que la única condición para obtener el documento es tener el dinero necesario para cancelar el importe.
La mayoría de ancianos conducen con prudencia, pero debido a su pérdida de funciones y demás achaques propios de la edad pueden cometer una trágica imprudencia. Cierta vez llegó uno de mis hermanos a contarle a mi papá, quien entonces tenía unos 75 años, que un amigo lo vio pasarse muy tranquilo un semáforo en rojo. El viejo preguntó dónde y a qué hora sucedió el hecho, pensó un momento y al darse cuenta de su error, entregó las llaves a su hijo y le pidió que vendiera el carro. De manera que si el gobierno no controla, queda en manos de cada persona decidir si es apta para algo tan delicado como conducir un vehículo.

martes, febrero 04, 2014

Una mirada atrás.


Asombra ver el poco conocimiento que tienen la mayoría de manizaleños acerca de la historia de la ciudad, sobre todo los jóvenes, a quienes no parece interesarles nada de lo sucedido antes de la fecha de su nacimiento. En cambio otros disfrutamos al ver fotos antiguas, oír anécdotas y relatos de nuestros antepasados, recordar personajes típicos que hicieron historia, conocer textos y documentos de antaño, y demás asuntos alusivos al devenir de nuestro terruño. Por ello aprecio tanto reunirme con mi pariente Ramiro Henao, quien me enseña todo ese material que recibió como herencia de su padre, el doctor Félix Henao Toro, hombre de vasta cultura y amplios conocimientos.

En la más reciente tertulia escarbamos en una colección de periódicos, publicados en Manizales en un lapso comprendido entre finales del siglo XIX y mediados del XX. Lo que más llamó mi atención fue la inquietud literaria de nuestros ancestros, ya que por aquellas calendas circulaban por las calles de la ciudad gran cantidad de publicaciones de todo tipo; claro que a diferencia de ahora, cuando basta un clic para acceder a cualquier tipo de información, entonces debían contentarse con lo que se publicara en la localidad. El caso es que aquellas empresas quijotescas eran emprendidas por los ciudadanos con el apoyo irrestricto de comerciantes y empresarios, quienes financiaban las ediciones por medio de la pauta publicitaria; por cierto, en muchos casos era mayor el espacio destinado a los avisos comerciales que el contenido noticioso y literario de los periódicos.

Entre tanto material me topé con el Boletín de estadística de Manizales, publicado el 20 de octubre de 1916 y dirigido por M. Isauro Echeverri, cuyo contenido presenta interesantes datos de una ciudad que entonces tenía 66 años de fundada. Unas ocho imprentas trabajaban día y noche para atender los encargos, porque durante ese período existieron en la ciudad aproximadamente quince publicaciones entre periódicos y revistas; El Criterio, Renacimiento, La Idea, El Eco, El Cable, Correo de Caldas, La Andina, entre otros, y sus colaboradores fueron personajes reconocidos como Aquilino Villegas, Alfonso Robledo, Pbro. Nazario Restrepo, Ricardo Jaramillo Arango, Jesús María Guingue, José María Restrepo Maya, Vicente Gutiérrez, Alfonso Villegas A., Rafael Arango Villegas, Marcelino Arango, Pompilio Gutiérrez y muchos otros ciudadanos.

Pero además en ese lapso circularon 22 publicaciones literarias, entre ellas El Artesano, que apareció en 1904 y después de un tiempo fue suspendido a causa de una censura eclesiástica por haber enaltecido un suicidio; mi abuelo Rafael Arango Villegas dirigió dos publicaciones: El Gitano y Punto y coma. También existieron 13 periódicos de variedades e intereses generales, entre los que destaco Mercurio, fundado en 1913 por Francisco José Gómez con el objeto de luchar por los buenos precios del café (si supiera don Pacho que seguimos en las mismas); 12 Industriales y noticiosos; y en los periódicos políticos podía notarse la hegemonía conservadora, porque de 17 publicaciones sólo 5 eran de orientación liberal.  

En 1915 murieron en la ciudad 1243 ciudadanos y llama la atención que muchos de ellos fallecieron a causa de enfermedades que hoy son fácilmente controladas; tosferina, tuberculosis, meningitis, sarampión, bronquitis y bronco neumonía eran muy comunes, y solo de lombrices murieron 38 niños mientras la causa de otras 26 defunciones fue el raquitismo. Por esa fecha operaban aquí tres comunidades religiosas: Agustinos Recoletos, Hermanos Maristas (2 franceses, un suizo y 3 colombianos) y las Hermanas de La Presentación (una francesa y 14 colombianas). Un obispo, un vicario, dos curas párrocos, dos capellanes y otros 10 sacerdotes completaban la representación de la iglesia.

Hace un siglo ya explotaban varias minas que todavía funcionan en Manizales y Villamaría, como La Coqueta, El Diamante, La Cascada y Toldafría, las cuales produjeron ese mismo año un total de 420 kilos de plata y 178 mil castellanos de oro. En la ciudad existían 73 almacenes y diferentes comercios que importaban sus mercancías de Europa y Estados Unidos. Al mismo tiempo operaban 17 casas exportadoras de café, 9 de metales preciosos, 8 de cacao y 4 de pieles. La empresa de energía disponía de una planta de 130 caballos que producía 110 voltios, los cuales abastecían 14 industrias y 264 lámparas del alumbrado público, más las 2819 lámparas particulares que eran vendidas o arrendadas. En la empresa laboraban 16 personas y la nómina mensual era de 610 pesos oro.

Entonces los rangos militares eran asignados por el gobierno a ciudadanos destacados, quienes recibían el nombramiento, el uniforme y salían a combatir en las tantas escaramuzas que era tan comunes, incluida la famosa Guerra de los mil días. En 1915 vivían en Manizales un general en jefe, Pompilio Gutiérrez; un general de división, Jesus María Arias; 7 generales de brigada, entre ellos Alejandro Gutiérrez, Marcelino Arango y Enrique Restrepo Botero (mi bisabuelo). Uno de los tres coroneles era Juan de Dios Jaramillo; Aquilino Villegas y otros dos ciudadanos eran tenientes coroneles; 9 sargentos mayores, 17 capitanes, 8 tenientes y 10 subtenientes conformaban la oficialidad residente en la ciudad. 
Muchos otros datos curiosos e interesantes pueden verse en el boletín estadístico de 1916, como que el año anterior en esta capital vivían 34720 habitantes, Aguadas superaba a Pereira en población y Santa Rosa de Cabal a Armenia. Siempre es que desde entonces ha pasado mucha agua bajo el puente.

jueves, diciembre 26, 2013

Vicisitudes de una peregrinación (I).

La fecha del nacimiento de Jesus pudo haber sido cualquiera durante la existencia del ser humano en el planeta, con todos los beneficios e inconvenientes que cada época representa. Qué tal que hubiera ocurrido en la década de 1930, en Alemania, cuando los judíos no encontraban escondedero que valiera; o en una tribu africana en el siglo XVII, donde lo habrían encadenado para mandarlo a cortar caña al nuevo mundo; ni qué decir de haber coincidido con el Santo Oficio, porque no le habría quedado sino abjurar o lo descoyuntan en el potro. De igual forma pudo haber sucedido en nuestro país, en la época actual, y entonces se me ocurre cómo habría sido la peregrinación de la Sagrada Familia.

-Quiubo viejo, cuente pues cómo le fue –dice María a su marido cuando lo ve llegar entrompao-. Ni pregunte mija, que no puedo decir groserías delante de usté; esa gente de la EPS me va a purificar. Vengo patoniao y esta es la hora que no han autorizao la ecografía esa. Qué nervios viejo, -comenta ella-, y yo con esta maluquera y un dolor bajito que me tiene a punto de coger el monte. Pues diga a ver si se le mide y nos vamos pa urgencias -propone él-, porque un amigo dice que si la hospitalizan le hacen todos los esámenes de una.

Tarde en la noche a ella le entra la angustia y se resuelve, y como a esa hora es trabajoso coger buseta, les figura pagar carrera. En la clínica encuentran a varias personas que tratan de ingresar, por lo que José le propone a su compañera que espere mientras él habla con el portero. Mire joven –dice el carpintero- a ver si nos deja dentrar que mi mujer está a punto de coger la cama y se siente muy mal; mírela como está de traspillada. El vigilante, con ínfulas de gerente y en tono despectivo, responde: ¿y es que usté cree que aquí hacemos milagros o qué? Eche pa la casa y cuando reviente fuente la trae. Por lo que más quiera hombre –suplica José-, esta señora necesita atención. Entonces el tipo pregunta si él es el abuelo de la criatura y cuando responde que es el papá, el vergajo le comenta a una aseadora que lo acompaña: oigan a este… ¡morirá engañao!  

Por fin los deja entrar y les dice que aguarden a que los llamen. Pasadas tres horas nadie les para bolas, por lo que el angustiado padre se arrima al puesto de enfermeras a preguntar qué se sabe. Perdone su mercé, ¿será que pueden atender a mi señora que está a punto de maluquiase? Una muchacha muy amable le dice que hay mucho voleo, pero que apenas se desocupe uno de los médicos ella la hace pasar de primerita; que mientras tanto le muestre la cédula para adelantar el papeleo. Como a las dos de la mañana una doctora con pinta de colegiala la atiende y después de tomarle los signos vitales, le pone una inyección, la manda acostar en una camilla y la acomodan en un corredor; por fortuna le prestan una cobijita porque está tullida del frío.

Poco después de amanecer, cuando se realiza el cambio de turno, otro médico la revisa de nuevo y les anuncia que el ecógrafo de la clínica está dañado, pero que le va a dar una orden con carácter urgente para que la remitan pronto a otra institución; además, le receta un medicamento que debe empezar a tomar lo más pronto posible. Rendidos del cansancio entran a una cafetería al frente y piden dos pintaos con roscas de pandequeso. Ahora verá pues -comenta José-, salimos como llegamos; y con más vueltas pa hacer. Mejor la acompaño hasta la casa y me voy pa la farmacia a reclamar el remedio ese, y de una vez averiguo cómo es la vaina de la ecografía; imposible que siendo urgente nos den más caramelo.

Siquiera llegó mijo, ya me estaba preocupando –saludó María-, venga recuéstese un rato que usté está trasnochao. Qué recostar ni qué carajo -dice el pobre hombre-, si me fue como a los perros en misa. Ríase lo que me tocó esperar en la farmacia, me dieron la ficha 86 y apenas iban en el 14, y luego me dice ese baboso que el medicamento es de alto costo y toca hacelo autorizar. Y cuando pregunté por la vuelta de la ecografía, la vieja se rió y me dijo que eso de urgente no sirve pa nada. Más bien arranco a conseguir la autorización, porque yo la veo a usté como de muy mal semblante. No mijo –propuso ella-, déjeme ir que la cara del santo hace milagros; a lo mejor se apiadan al verme estas patas hinchadas como bancos. Y si no me paran bolas, me les hago la desmayada.

Al humilde ebanista la idea no le gusta ni cinco y resuelve echarse una pestañeada, para salir después de almuerzo a coger turno en la dependencia donde dan las autorizaciones. Pero si en la farmacia lo hicieron esperar, en las oficinas el trámite para cualquier diligencia demora por lo menos medio día. De manera que dejo pendiente el desenlace de estas vicisitudes, tan comunes y corrientes para cualquier ciudadano del montón.

Vicisitudes de una peregrinación (II).

En nuestro medio padecer una enfermedad, aparte del malestar físico y mental que significa para el enfermo, representa un verdadero viacrucis que lo pone a voltear por clínicas, consultorios, oficinas, laboratorios y demás dependencias relacionadas con la salud. Son tantas las talanqueras que ponen al usuario que este llega a pensar que lo quieren aburrir, para que desista, y muchos se mueren mientras esperan a que les autoricen un examen. Pues en esas andaban los papás de Jesus unos días antes del tan esperado alumbramiento.

Después de varias horas de esperar turno, por fin José llega a la ventanilla. Figúrese su mercé que necesito autorizar este esamen, porque mi mujer está a punto de coger la cama y... Mire bebé –le dice una zamba repelente-, no me eche todo ese cuento que yo solo recibo los papeles; eso va a un comité médico y en unos días le avisan si está autorizado. Si no lo llaman, comuníquese usted con el cero uno ocho mil que aparece aquí abajo. Por lo que más quiera señorita –insiste él mientras le dice en tono confidente-, mire que ese niño va a ser alguien muy importante pa la humanidá y… Oigan a este con las que sale –comenta la vieja con una compañera-, qué viejito tan cacharro. 

De camino a casa el ebanista decide averiguar los datos de la partera que le recomendó el farmaceuta del barrio, porque a ese paso no hay riesgos de tener los exámenes antes de que nazca el muchachito. Por encimita le cuenta a su mujer cómo le fue y sin querer, se le chispotió haber hablado acerca de la importancia del retoño que esperaban. Pero cuántas veces le he alvertido –dice María bastante molesta-, que eso no se habla con nadies; mire que nos comprometimos a guardar el secreto. En todo caso si se aparece de nuevo el arcángel a hacenos el reclamo, usté habla con él porque al fin y al cabo fue el que metió las patas.

José se acuerda de contar hasta diez antes de responder, para evitar decir algo de lo que después se arrepintiera, y más tranquilo pone los puntos sobre la íes. Vea mija, quiero decile que si la cosa es así, entoes busquen quién se preste para este cuento porque yo tal vez no le jalo. De manera que después de voltiar como un trompo, derrengao como estoy; de tener que aguantame unas jedionditas que me tratan de bebé porque soy mayorcito; de las burlas cuando digo que el muchachito es mío; y de que me bananién en todas partes; ¿ahora voy a salir a debeles? Pues si viene el ángel ese lo mando pa... Ya viejo, calmate que así no arreglamos nada –dice la mujer- lo que pasa es que una también se ofusca.

Pasan la siguiente semana pendientes del teléfono, a la espera de la dichosa llamada, y salen por turnos para no dejar de contestarlo. Todos los días José reniega por la demora y es hasta que no se aguanta y resuelve llamar. Y empieza con el julepe del centro de llamadas, brinque de tecla en tecla y cuando llega a la extensión correspondiente, preciso en esa no contestan. Entonces escoge la opción de quejas y reclamos, donde le informan que su diligencia es en el número que ha marcado cien veces sin obtener respuesta. Ahí se sale de la ropa ese hombre y le dice a la vieja hasta de qué se va a morir, mientras María se da bendiciones y le hace señas para que se calme.

Al fin puede comunicarse con la encargada y esta le informa que la solicitud tiene una inconsistencia, porque el medicamento no puede autorizarse sin que se le practique a la paciente un examen del líquido amniótico; y que la cita para la ecografía es para dentro de tres meses. José cambia de colores, de la piedra, y no le queda sino colgar porque le va a dar un patatús. María trata de tranquilizarlo: Viejo, no se despeluque con esas niñas que ellas no saben ni de lo que hablan. Mejor tómese esta agüita de toronjil y olvídese de todo; no jeringuiemos más que ya estoy mejorcita y el niño es pa esta semana.

Dicho y hecho, porque esa misma noche salen a las volandas para el hospital. Ríase el trabajo pa conseguir carro –comentan al taxista-, por fortuna pasó usté. De buenas que cogí la carrera –responde el tipo-, porque salí a hacer un mandao; y los llevo porque van p´allí no más, pues estaba a punto de tomame un guaro y después pailas. Por poquito les toca pedile cacao a algún vecino pa que los lleve, porque les cuento pues que hoy no trabaja es nadie; ojalá en el hospital encuentren quién los atienda, y más ustedes que deben tener Sisben.

En las calles hay gente enfiestada y en muchas vías cerradas fritan buñuelos, asan carne y preparan natilla. La música a todo timbal, el baile, la recocha y algunos echan pólvora al escondido. Entonces José pregunta al conductor a qué se debe tanta parranda, y después de observarlos con extrañeza por el retrovisor, les dice que es debido a la Nochebuena. Ambos se miran intrigados y al unísono preguntan: ¿Nochebuena?, ¿y esa vaina qué es?

martes, diciembre 10, 2013

Consumismo navideño.

Darse una vuelta por el centro de la ciudad es como recorrer un mercado persa, y más en esta época cuando se acerca la Navidad. Qué mundo de chucherías, qué desorden, qué proliferación de baratillos. Por fortuna ya no están con nosotros aquellos insignes comerciantes que dieron lustre a ese gremio, porque los hubiera matado la pena moral al ver los locales donde funcionaron sus reconocidos almacenes ocupados ahora por ventorrillos donde ofrecen mercancías de cargazón. Claro que viéndolo bien, los comerciantes formales tienen que competir con los vendedores callejeros que invaden el espacio público y ofrecen fruslerías a muy bajos precios.

Lo que me da golpe es ver cómo se contamina nuestra cultura con costumbres de otras latitudes. Porque ahora años las ventas navideñas empezaban a mediados de diciembre y eran muy escasas; los pocos vendedores informales aparecían por estas fechas a ofrecer musgo en la carrera 23, en el andén detrás de la catedral. También vendían papel encerado y unos años después empezaron a recostar contra la pared de la basílica algunos pinos recién cortados, los cuales se utilizaban como árbol de navidad. Esos vendedores sólo regresaban en vísperas de Semana Santa, cuando ofrecían en el mismo sitio los ramos de palma para la procesión correspondiente.  

La costumbre de utilizar un pino natural, y después sintético, como árbol navideño, fue importada del hemisferio norte porque antes preferíamos viajar al páramo a cortar un chamizo para tal menester; de una vez recogíamos el musgo para el pesebre en las cañadas del sector. La cultura ecológica no existía y para la gente era normal cometer semejante atropello contra la naturaleza. No había felicidad igual a emprender ese paseo un domingo de diciembre, con un buen fiambre, para conseguir los materiales. Subíamos por la carretera hacia el nevado y a la altura del Cerro Gualí, cogíamos la desviación para los termales y allí nos dábamos un baño. Después a buscar el chamizo ideal, lo que requería de mucho tiempo porque como todos opinábamos al respecto, no era fácil ponernos de acuerdo sobre cuál era el mejor; luego de amarrarlo en el techo del jeep procedíamos a recolectar el musgo y nos íbamos para la casa a seguir con los preparativos.

Como pedestal para el chamizo se usaba un tarro grande de galletas de soda, bien cuñado con  piedras y arena, y luego le pegábamos motas de algodón y escarcha para adornarlo. No quedaba sino colgarle las guirnaldas y unas bolas de colores, delicadas como cáscaras de huevo, que mi mamá recomendaba manipular con mucho cuidado para no romperlas; claro que entre mayor era la cantaleta, más bolas terminaban vueltas añicos. Para el pesebre teníamos guardadas unas cajas de cartón, de diferente tamaño para darle relieve, que cubríamos con papel encerado y después todo iba forrado con musgo, para acomodar los diferentes trebejos que sacábamos de una caja llena de polvo y telarañas.

La diferencia con el consumismo que nos agobia en la actualidad es que entonces los adornos navideños eran los mismos para todos los años. Rara vez había que reponer alguna cosa y para ello bastaba ir al almacén de don Benjamín López, frente al parque Caldas por la carrera 23, donde vendían desde la instalación eléctrica hasta las ovejitas de plástico. De manera que todo el material para arreglar la casa de Navidad cabía en una cajita mediana de cartón, a diferencia de ahora que esos cachivaches ocupan grandes empaques que no encuentra uno dónde guardar.

Hoy en día la oferta de artículos y adornos navideños es ilimitada, y muchos almacenes solo abren sus puertas durante la temporada de fin de año para ofrecer árboles de todos los tamaños, luces, colgandejos, estrellas, guirnaldas, farolitos, velas y peluches; disfraces, delantales, manteles, servilletas y demás prendas diseñadas con motivos relativos al tema; muñecos representativos del Papá Noel para todos los gustos y presupuestos; y hasta cambian los colores tradicionales, rojo y verde, para innovar de alguna manera.

En el centro de la ciudad los vendedores ambulantes ofrecen mercancías a precios ridículos, y se pregunta uno cómo traen una instalación eléctrica desde China, bien empacada, con muchas luces e intermitencias, y la venden a esos precios. A lado y lado de la vía pueden verse almacenes y vitrinas a punto de vomitarse, de lo atiborradas, donde presentan todo tipo de cachivaches. Y la gente compra y compra, sin importar que en sus casas ya no quepa un alfiler, y en enero empacan toda esa mugre y la guardan durante el año, para adquirir más en la próxima temporada y así engrosar el menaje.

Nos dejamos influenciar de otras culturas y ahora vemos que al Niño Dios lo  remplazó Papá Noel, con su trineo y los renos encabezados por Rudolf; un pino artificial cumple la función del chamizo; muchos cambiaron el pernil de cerdo de la cena navideña por un pavo insípido y el desayuno con tamal por waffles y panqueques; los villancicos y las tarjetas son en inglés; utilizan botas navideñas así no tengan chimenea; y réplicas de muñecos de nieve adornan los jardines. La fritanga fue remplazada por jamón serrano, aceitunas y queso holandés, los buñuelos por muffins y brownies, y hasta el aguardientico pasó a mejor vida, porque ahora se estila brindar con vino. No queda sino decir: ¡Merrycrismas-an-japiniuyiar!

miércoles, diciembre 04, 2013

La tienda del colegio.


Se preocupan las mamás por prepararles una lonchera saludable y balanceada a sus hijos, sin negarles una golosina o su alimento preferido para animarlos a consumirla. A cierta edad el infante ya no quiere llevar lonchera y a cambio prefiere dinero para comprar en la tienda, la cual también es controlada por directivos y padres de familia, quienes buscan evitar que los educandos se alimenten solo de comida chatarra, confites y los llamados paqueticos. Claro que los mocosos se las ingenian para darle gusto al paladar y no falta el alumno negociante que de manera clandestina ofrece bombones, chicles y demás galguerías.  

A nosotros simplemente nos daban la mesada, que era muy poquita, y ni siquiera nos preguntaban qué comíamos a la hora del recreo. En aquella época las tiendas de colegio vendían cualquier porquería que tuviera acogida entre los alumnos, sin importar calorías, fibras, azúcares, carbohidratos, grasas y demás perendengues. Nadie exigía asepsia ni preguntaba dónde preparaban los alimentos y a nosotros lo único que nos interesaba era llenar el buche. Pasteles, confites, parva y fritos eran las viandas preferidas, y como entonces parecían no existir la gastritis, el reflujo o la diabetes, a nadie le hacían daño ni lo perjudicaban.

De la primera que tengo memoria es la tienda del Colegio de Cristo, en el parque Fundadores, donde cursé hasta cuarto de primaria. La venta quedaba debajo de las escalas, ahí cerquita a la entrada principal, y el único mecato que recuerdo eran unas empanadas grandotas, de esas que traen un seco adentro, las mismas que entregaban frías y en la mano, sin ninguna opción de pedir limón, ají o siquiera una servilleta. Se pedían un par de empanadas acompañadas de gaseosa -Kolkana, Piña Luz o Freskola-, y tocaba dejar peña (finca, le dicen en Bogotá), un dinero que les aseguraba la devolución del envase. Al momento de entregar la botella uno trocaba esa peña por un bombón u otra golosina. De ese colegio también recuerdo unas bananas grandes que regalaba el Hermano Patecaucho al alumno que se portara bien.

En Nuestra Señora de la calle 19 cursé quinto de primaria y allá preferíamos comprar el mecato en los carritos de dulces de la calle, porque era más barato. A media tarde horneaban panes para servirles con el algo a los alumnos internos y el olor nos ponía a todos a tragar saliva, hasta que salían los mellizos Fernando y Alberto Mejía, Los chinches, cargados de mercancía que vendían “como pan caliente”; creo que se los compraban a sus compañeros y los revendían en el patio con muy buena utilidad.

A partir de primero de bachillerato ingresé al Agustín Gemelli, cerca a Morrogacho, y en esos primeros años la tienda funcionaba en un salón al lado de la tarima que hay en el hall principal. Sonaba el timbre para el recreo y abrían una ventana grande, donde los alumnos tratábamos de abrirnos campo a los empujones. Vendían en esa época parva de la panadería La Victoria, fresquita, y acompañábamos la gaseosa con gafitas, mojicones, tostadas o pan de rollo. La bebida podía remplazarse por botellitas de leche Celema, fría, las cuales se agotaban en un dos por tres. También ofrecían papitas fritas caseras, en bolsitas de plástico que cerraban con un peine y una vela.

La plaga a la hora del algo eran los pedigüeños, para más piedra algunos platudos que dizque tenían la disciplina de ahorrar, quienes recorrían el patio velando y con cara de ternero degollado pedían un pitico de pan o un traguito de gaseosa. Entonces uno con el primer trago se encargaba de llenar el líquido de submarinos o le metía el chicle adentro mientras comía, y así nadie se antojaba. Otra táctica era enterrar el pico de la botella en el pan y voltearla para mojarlo por dentro, convirtiéndolo en una mezcolanza desagradable que no le provocaba sino al dueño. Tampoco faltaba el vergajo maldadoso que recorría el patio y al que estuviera descuidado, le metía una pequeña piedra en la gaseosa para que debido a una reacción química todo el líquido se saliera convertido en espuma.   

Tiempo después pasaron la tienda para los bajos de primaria y le entregaron el negocio a Delia, una mujer que fritaba patacones, chorizos, costillas y empanadas, además de preparar huevos pericos, chocolate y arepa con mantequilla. Para evitar peloteras nos mamábamos de clase y bien acomodados, ordenábamos el desayuno mientras Nancho Ocampo, aprovechando que la vieja vivía enamorada de él, dirigía el negocio a su antojo. Con disimulo calculábamos el momento en que la buseta se aproximaba para salir a las carreras, lo que llaman voladora, mientras Nancho de último le aseguraba a Delia que después arreglábamos. 
En cuarto de bachillerato me pasaron castigado para el Seminario Menor, detrás de Los Rosales, donde duré unos pocos meses. Con Fernando Giraldo, Tamba, nos hacíamos echar de clase y arrancábamos para una tienda manejada por los seminaristas mayores, y que debido a la hora estaba cerrada. Metíamos un palo por un vidrio roto y engarzábamos varios Brazos de reina, y nos sentábamos a mirar el paisaje mientras nos empetacábamos de pasteles. Y pensar que añorábamos salir del colegio, cuando es la única etapa de la vida donde las preocupaciones son mínimas. ¡Qué tiempos aquellos!

miércoles, noviembre 27, 2013

Información amañada.


En qué momento el periodismo radial en Colombia dejó de informar y de investigar, para dedicarse a manipular la audiencia. Comunicadores amañados a quienes se les nota a la legua sus preferencias, disputan la sintonía en las mañanas cuando los oyentes aprovechan su compañía mientras se alistan para iniciar la jornada; otro momento ideal para entretenerse con la radio es durante los eternos recorridos diarios, debido al caos vehicular. La imparcialidad es cosa del pasado y produce rabia ver cómo estos artistas mediáticos linchan desde sus trincheras a quienes no son de sus afectos, mientras acomodan las entrevistas con aquellos cercanos a los intereses del grupo económico que los respalda.

Todos los días reniego al oír a Julito Sánchez y su noticiero farandulero, pero francamente no encuentro una mejor opción. Desde de que Juan Gossaín dejó las noticias de la cadena básica de RCN perdí interés por esa emisora, porque francamente Pachito Santos no dio la medida. La emisión de esa cadena en FM se convirtió en el fortín de Vicky Dávila, una zamba que saltó al estrellato sin tocar aro y ahora se cree la vaca que más pasto tapa. Otra descartada es la cadena básica de Caracol, pues un chupamedias como Arizmendi repele y empalaga. Muchos alaban el programa dirigido por Fernando Londoño, pero definitivamente no le jalo a una visión tan cargada para una sola causa, como el apoyo absoluto del ex ministro al Uribismo y su crítica acérrima contra el gobierno; lo considero de un extremismo extremo.

De manera que me toca optar por La W, aunque debo reconocer que es entretenida y a ratos el humor hace presencia, pero la parcialidad de sus periodistas es francamente chocante; por fortuna Alberto Casas, y ahora el español Rafael Manzano, son hombres racionales y ecuánimes que participan oportunamente cuando sus compañeros acorralan como hienas hambrientas al invitado de turno. Claro que destapan ollas, desenmascaran corruptos y malandrines, cuestionan políticos y denuncian irregularidades, pero no enfrentan a todos los invitados con el mismo criterio.

Por ejemplo llaman a uno de los implicados en el caso Interbolsa, quien se mueve en el mismo círculo social de Julito, y desde el saludo puede notarse que son amigos de toda la vida. Entonces el director acepta sus explicaciones sin rechistar, lo deja hablar a sus anchas y además se encarga de que la charla sea relajada; y como es lógico, los lacayos de la mesa tratan al invitado con igual consideración. Por el contrario si se trata del alcalde de Soacha, un funcionario del montón, el policía investigado o cualquier ciudadano de a pie, le caen todos en gavilla y ni siquiera le permiten defenderse. Para finalizar la entrevista Julio le mete un regaño, lo ridiculiza y procede a condenarlo de manera perentoria.

El asunto de la pauta publicitaria es otro escollo para que la información sea imparcial, porque sin duda es la que sostiene a los medios de comunicación. De esa misma pauta se valen los grandes grupos económicos para acallar contradictores, direccionar conciencias, apoyar candidaturas, presionar decisiones y demás formas de imponer sus conveniencias. El que tiene plata marranea y en este caso se cumple el dicho al pie de la letra.

Ante cualquier tragedia sucedida en nuestro país los periodistas rasos salen en desbandada a buscar un culpable para ponerle el sambenito, sin indagar primero las causas del desastre, el historial, cómo sucedieron los hechos y sobre todo sin enterarse de las conclusiones de los investigadores. Una información apresurada y fuera de contexto puede acabar con la reputación de personas o empresas, algo imposible de recuperar porque está claro que a la gente le cala es el amarillismo y la sevicia. La maledicencia es dañina, injusta y repudiable.

Se cae un edificio en Medellín y de inmediato señalan al constructor, al calculista, al curador, que fue por la calidad del concreto, la saturación de edificios en la zona y otras tantas causas posibles, pero al no poder señalar a ninguno con seguridad, enfilaron baterías contra el alcalde dizque porque andaba muy orondo de vacaciones en Europa. Como si el tipo, igual que cualquier empleado, no tuviera derecho a tomarse su período de descanso. Seguro planeó las vacaciones, organizó los horarios de su familia para poder viajar juntos, dejó a una excelente funcionaria encargada de remplazarlo y se fue tranquilo. Por casualidad ocurre la tragedia y vienen a señalarlo de irresponsable, porque no madrugó al oro día para solidarizarse con los damnificados. Creerán que basta con dirigirse al aeropuerto y subirse al primer avión que aparezca.

Importante el control que ejerce la prensa, además de eficaz, y ello puede comprobarse al ver el respeto que le tienen corruptos, politiqueros, funcionarios ineficientes, militares torcidos y demás personajes por el estilo. Pero que no abusen de esa herramienta, porque muchos periodistas creen estar por encima de los demás y a donde llegan presentan la credencial convencidos de que eso los exime de hacer fila y pagar por el ingreso; y que nadie ose controvertirlos o quiera ponerlos en su sitio porque se lo traga la tierra.

En nuestro medio el oficio de comunicador es mal remunerado y ello se presta para que algunos vendan su conciencia, mientras afortunadamente muchos otros honestos y comprometidos se encargan de engrandecer nuestra radio.
pablomejiaarango.blogspot.com

martes, noviembre 12, 2013

Obras necesarias.


Por fin le vemos a la administración municipal el inicio de obras en la ciudad. Sin duda la inversión social es lo primero, mejorar la calidad de vida de los menos favorecidos y demás proyectos que beneficien a la comunidad, pero la realidad es que lo único que perdura en la memoria del ciudadano del común son las obras de infraestructura. Aparecen pues varios frentes de trabajo en diferentes puntos de Manizales y lo primero que debe recordar la ciudadanía es que esto genera incomodidades, porque para realizarlas sin causar traumas tocaría llamar a Hechizada para que mueva la cumbamba. Los vecinos de las obras son quienes más sufren, pero a su vez quienes mayor valorización obtienen por las mejoras.

El bulevar de la avenida Santander ha sido un éxito desde su primer tramo, porque debido a nuestra agreste topografía la cuchilla por donde está trazada esa vía es la más apta y agradable para caminar. Emprenden ahora el tramo que va del Triángulo a Cristo Rey, por un costado, y esperemos que el invierno no retrase los plazos establecidos para entregar las obras. Porque la temporada de Navidad y ferias está encima y con la cantidad de carros que llegan a la ciudad para las celebraciones, el caos vehicular puede empeorar. Muchas críticas ha despertado el hecho de tener que robarle espacio a la calzada de la avenida, pero confío en que quienes diseñaron el proyecto tienen muy claro cuáles son las dimensiones establecidas para que el tráfico fluya sin inconvenientes.

En el barrio La Enea sí que va a lucir el bulevar, porque el movimiento comercial de la avenida Cumanday es impresionante. Me gustaría saber qué dice el director de Planeación municipal cuando pasa por allí y se percata de que todas las viviendas incumplen con las normas de urbanismo. Desde que al primer propietario se le ocurrió poner unas escalas metálicas en caracol para acceder al segundo piso y así poder utilizar el primero con fines comerciales, todos los vecinos copiaron la idea. A cualquier hora el sector parece en carnaval y en sus comercios consigue uno lo que necesite; además a muy buenos precios. Claro que allí fue necesario robarle casi todo el espacio al separador central de la avenida, lo que desluce el entorno y restringe la siembra de árboles ornamentales.

Por fin se le ve cara a la doble calzada Lusitania – La Playita, aunque todavía  faltan tramos y detalles. Ahora viene el resto de la vía, hasta el sector de la Estación Uribe, el cual esperamos se realice con celeridad y compromiso; porque si van a demorarse como ha sucedido con los dos kilómetros mencionados, esa obra no estaría terminada antes de la mitad del siglo. Ya está de un cacho el segundo puente de La Playita y la salida de Villamaría también empieza a coger cara. Lo que es inexplicable es que la dirección de tránsito no destine personal en las horas pico para que se encargue de organizar el tráfico, porque el atasco que se forma es monumental y al usuario no le queda sino armarse de paciencia, ya que la autoridad brilla por su ausencia. Al menos así pude comprobarlo una tarde que transité por la Panamericana, en la intersección de La Fuente, y las filas de carros eran interminables.

Es una prioridad conectar la Estación Uribe con el sector de Potro Rojo por medio de una doble calzada, para agilizar todo ese tráfico que utiliza la variante para evitar el paso por la ciudad. Desde el puente La Libertad hacia la salida para el Magdalena ya pueden verse algunas edificaciones demolidas, lo que hace pensar que están próximos a iniciar esa importante obra. Y es que transitar por allí se ha convertido en una tortura, porque el número de camiones que se dirigen a las diferentes empresas del sector causan congestión. El inconveniente siempre es la compra de predios, como ha sucedido con un vivero cercano a Lusitania y que aunque parezca increíble, esta es la hora que no han podido transar con el dueño.

Me pregunto cuál será el alcalde que sea recordado por sembrar árboles y fomentar la siembra de jardines en parques y zonas verdes. Hace muchos años se creó un concurso para premiar la vivienda con más flores y mi suegra ganó el primer premio por la frondosidad y el colorido de las plantas que adornaban el balcón de su casa en La Camelia. Recuerdo que recorrer los barrios residenciales era un espectáculo digno de verse, como lo es hoy en día visitar el barrio Estrella. En el parque central y todos los antejardines del vecindario sembraron gran cantidad de hortensias, lo que convierte el entorno en un lugar de ensueño. Ojalá otras comunidades copien la idea y así le empezamos a cambiar la cara a esta ciudad tan escasa de verde.
También adelantan trabajos detrás de Caldas motor y el cable que nos une con la vecina Villamaría está próximo a entrar en funcionamiento. De lo que no hay derecho, es que después de invertir una millonada en el cable que va hasta Los Yarumos no haya sido posible ponerlo a funcionar. Que digan quiénes son los responsables de semejante descalabro, porque de alguna manera tienen que pagar. (Hasta risa me produce esa última frase).

miércoles, noviembre 06, 2013

Salvavidas oportuno.


Nuestra generación será recordada por el privilegio de vivir una etapa de transición que cambió radicalmente a la humanidad. Claro que a nuestros abuelos les tocó experimentar en carne propia aquel adagio utilizado para definir los cambios impuestos por la tecnología, de la mula al jet, porque muchos de ellos experimentaron en su infancia el transporte en recuas por los caminos de herradura, en tanto que mayores pudieron viajar grandes distancias en aviones a propulsión.

Las innovaciones tecnológicas empezaron a imponerse desde mediados del siglo XX, pero a paso lento porque entre una novedad y otra podían pasar muchos años. Claro que entonces era un descreste ver un aparato de televisión, una batidora o una máquina de coser eléctrica, pero esos electrodomésticos duraban mucho tiempo sin que aparecieran nuevos modelos con cambios representativos y diseños novedosos. Años después en los hogares la radiola fue remplazada por el tocadiscos, la brilladora por la aspiradora, el procesador de alimentos complementó a la licuadora y al viejo transistor lo desplazó una grabadora con radio de varias bandas.

A finales del siglo pasado los avances en todos los campos de la ciencia y la tecnología eran notorios, pero a partir del año dos mil empezó una carrera entre las marcas más representativas y las personas no acabamos de asimilar una novedad, cuando aparece otra que relega la anterior y la torna obsoleta. Hace una década mi amigo Harry Vandenenden llegaba a las fiestas con su aparatoso equipo de sonido, el cual requería una camioneta para transportarlo, y grandes tulas repletas de álbumes que contenían discos compactos y videos musicales. Poco después nos sorprendió con el Nómada, un adminículo que podía almacenar dos mil canciones y las reproducía con un sonido espectacular; a la fiesta siguiente llevó el Zenit, con mayor capacidad y mejores características; después consiguió el primer iPod, el cual evolucionó en capacidad y además redujo su tamaño de forma considerable. Y los antiguos parlantes, en los que se podía bailar encima, fueron remplazados por unos diminutos y de excelente fidelidad; de igual manera mejoraron consolas y demás accesorios.

Ahora los menores se preguntan por qué nos alarmamos al verlos durante las vacaciones enclaustrados en la casa y sin hacer nada diferente a entretenerse con el juego electrónico, la computadora, el televisor, la tableta o el teléfono celular. Dicha preocupación no desvelaba a nuestros mayores, porque nos divertíamos de la misma manera que ellos y sus antepasados; con una cauchera, rodando de alguna manera por las pendientes, los bolsillos llenos de canicas, en una comitiva y las niñas jugaban a las muñecas y a la casita. Disfrutábamos el asueto desde el primero hasta el último día, y mientras pudiéramos no parábamos en la casa.

Pero así como tuvimos el privilegio de vivir una niñez maravillosa, también nos tocó experimentar la magia que ofrece la tecnología en la actualidad; y lo que falta por ver… Para un joven ahora no es novedad ver los cambios en las cámaras digitales o los teléfonos inteligentes, porque no conocieron las antiguas máquinas de retratar de rollo en blanco y negro, o aquel viejo teléfono negro, un mamotreto de disco que ocupaba sitio de privilegio en cualquier hogar. A muchos ni siquiera les tocaron los primeros teléfonos celulares, conocidos como “panelas”, esos  primeros aparatos que aunque parezca paradójico solo servía para hacer y recibir llamadas.

A quienes estamos próximos a ingresar en la tercera edad y tenemos olvidos y lagunas, nos llegó la tecnología como un salvavidas. Recuerdo que mi mamá mantenía una agenda pequeña, su libretica, donde anotaba todo sin ningún orden ni lógica; la dirección y el teléfono de un pintor, una receta de cocina, unas medidas para llevarle a la costurera, el adelanto que le hizo al carpintero, una lista de compras pendientes, el nombre de un remedio y mil cosas más que apuntaba en la primera página que abría. Entonces la llamaba su hermana Lucy para preguntarle los datos del pintor y empezaba ella a pasar páginas, mientras le conversaba para ocupar el tiempo, hasta que le daba risa nerviosa porque no podía encontrar el dato.

También se quejaba mi madre por desmemoriada; ¡dónde tengo la cabeza!, repetía a diario. Pues ahora cuento con recordatorios en varios aparatos electrónicos y si olvido cualquier dato, recurro a Google. Diccionarios y enciclopedias virtuales, traductor, fotos satelitales detalladas del mundo entero, procesador de palabras que facilita la escritura de una manera increíble. Ya no necesito tener libros de cocina, atlas y mapas en general, tablas de conversión, catálogos, textos y tantos libros que recogían polvo en las estanterías.

Después de leer un año en la tableta y de absorber textos como ratón de biblioteca, en estos días me regalaron un buen libro y a poco de empezarlo me sorprendí, cuando en cierto momento al no conocer el significado de una palabra le puse el dedo encima. Ya estoy acostumbrado a consultar de esa manera el diccionario en la tableta digital; además me hace falta el reloj, buscar en la red, la luz del monitor para leer en la noche, o agrandar la letra si no tengo las gafas a la mano. Ahora mismo termino de escribir y procedo a resolver mi crucigrama favorito, lo último que hago antes de cerrar este aparato.
pablomejiaarango.blogspot.com