martes, noviembre 27, 2012

Insoportable intromisión.


Pasa el tiempo y me pregunto cuándo es que le voy a coger cariño al teléfono celular. Reconozco que el aparato es muy útil porque el número del teléfono ya no corresponde a una residencia, un negocio o empresa, sino que comunica directo con la persona que uno solicita. Lo que no entiendo es que la gente prefiera usar el móvil antes que el fijo, porque así tengan este último a la mano, optan por preferir el celular para cualquier llamada. Y le tengo ojeriza al cacharro ese porque llegué a pensar que tengo una disminución auditiva, pero la deseché cuando confirmé que por el teléfono de la casa oigo perfectamente. Me parece que la señal del celular es inconstante, las llamadas se caen con frecuencia, el sonido es pésimo, y como los aparatos son cada vez más pequeños, no atino a cuadrarlo con el agujero de la oreja.

Pero eso es lo de menos. A lo que no puedo acostumbrarme es a la manera como ese diminuto dispositivo se ha entrometido en la vida de la gente. La mejor definición que conozco acerca del tema es que los avances en las comunicaciones nos acercan a aquellos que están lejos, pero nos aíslan definitivamente de quienes nos rodean. Claro que es una maravilla que alguien llame por teléfono a una hija que está en Singapur y la nena, en vez de simplemente contestar, aparezca en la pantalla muy campante para que converse con ella; y la zamba puede mostrarle el entorno donde está, los zapatos que compró o el último motilado que se hizo.

Todo esto era ciencia ficción hasta hace unos años, sobre todo para quienes vivimos la época en que para hacer una llamada de larga distancia, nacional o internacional, había que pedir el servicio a una operadora de Telecom; la muchacha tomaba los datos y decía que en un rato llamaba para comunicarnos. Entonces nadie podía tocar el teléfono para que no lo fuera a encontrar ocupado y además todo el mundo empezaba a susurrar en la casa, porque cuando por fin sonaba el teléfono, el que iba a hablar debía hacerlo a los gritos para que su interlocutor le entendiera algo. Ni hablar de lo que costaba el chistecito.

Hace unos quince años, cuando empezaban apenas a aparecer los teléfonos móviles en nuestro país, los planes eran muy costosos y por ello los usuarios trataban de economizar al momento de utilizarlos; el aparato se usaba para dar razones, concretar citas y demás asuntos urgente y concisos. En cambio ahora, el que menos, dispone de mil minutos para gastarlos en el mes y muchos tienen consumo ilimitado; entonces hacen visita por teléfono, chismosean, realizan negocios, desde la oficina ayudan a los hijos a hacer las tareas y cuanta comunicación se les ocurra. Desespera ver a la mayoría de las personas adictas a hablar por teléfono.

Lástima que la Urbanidad de Carreño sea un texto obsoleto porque hace mucha falta en la sociedad actual, y caería muy bien un capítulo dedicado al adecuado uso y manejo del teléfono celular. Porque son pocas las personas que al oír timbrar su aparato piden disculpas a los presentes y se retiran a otra habitación para atender la llamada, mientras la mayoría charla tranquila sin importar que interrumpen a los demás; y parecen no percatarse de que quienes lo acompañan están incómodos, sin saber qué hacer, si ponerle cuidado a lo que habla o tratar de retomar el hilo del asunto que los convoca.

Se impone en Europa la costumbre de advertir a la entrada de muchos restaurantes que no se permite el uso del celular, y aunque muchos aducen que a ellos no les molesta contestar el teléfono mientras comen, el asunto es que a los demás sí les incomoda, y mucho. Porque si usted va en busca de un momento de tranquilidad, adobado con buena comida y una agradable compañía, no querrá aguantarse a un fulano que camina por entre las mesas como un león enjaulado mientras habla a los gritos, gesticula y se carcajea. Recuerdo que recién salidos los celulares al mercado me invitaron a un almuerzo campestre con varios ejecutivos de la ciudad y al llegar a la finca, el anfitrión, “Sobrino” Gómez, solicitaba a los participantes el celular para meterlo en una gran olla de barro que tenía para tal menester. Los timbres se confundían en el recipiente y así el dueño quisiera contestar, mientras encontraba su aparato perdía la llamada.    

Si tengo compañía y recibo una llamada respondo a quien sea que después me comunico, porque estoy ocupado. Por respeto y educación, y porque me parece el comportamiento lógico. Si es algo urgente pido permiso a los presentes y me retiro del recinto; además no puedo concentrarme en una conversación si hay otras personas presentes. Pero a la gente parece no afectarle porque responden en cualquier momento, sin importar que estén en una reunión, en medio de la comida, mientras manejan el vehículo, en el ascensor o donde se encuentren. Qué modita tan fastidiosa.  

Una parejita baila amacizada en una discoteca y en cierto momento la muchacha pregunta al oído de su amado si lo que tiene en el bolsillo es el celular, a lo que el tipo responde con malicia: no mamita, ¡es el fijo!
pamear@telmex.net.co

martes, noviembre 20, 2012

Amigos.


Una frase muy valedera dice que los amigos son hermanos escogidos por uno. Muy cierto, porque al menos en mi caso siento un cariño similar por ambos, hermanos y amigos. Tal vez por dicharachero y mamagallista he cosechado muchas amistades durante mi existencia y ello me regocija con la vida. Además puedo decir que no tengo enemigos; al menos que yo sepa. Hacemos buenos amigos de niños con los vecinos del barrio, en el colegio, durante la adolescencia, en el trabajo y en infinidad de circunstancias, pero muchos se pierden al terminarse la interacción con ellos. Sin embargo, los verdaderos amigos perduran a pesar de las distancias y del paso del tiempo.

Al ver la película Amigos me sentí identificado con muchas escenas, porque a pesar de mi discapacidad física he disfrutado momentos inolvidables gracias a unos maravillosos amigos que nunca me desamparan. Con ellos todo es posible, cargan conmigo para donde sea, siempre están dispuestos y lo hacen con tanto gusto... Para ellos mi condición física no es tabú y por el contrario me hacen chanzas y burlas amigables. Cierta vez me subieron a una fiesta en un cuarto piso, sin ascensor, y a pesar de turnarse para hacer la fuerza llegaron arriba resoplando. Cuando se acercaba el amanecer le dije a mi hermano que mejor nos íbamos porque ya quedaba poca gente. Procedió entonces a pedirle colaboración a Cuellar para bajarme y como él no había participado cuando llegamos, respondió con mucha gracia: ¡Yo acaso subí a ese güevón!

En otra reunión vi en cierto momento que el niño de la casa, de seis años, conversaba con unos amiguitos y claramente hablaban de mí. Es lógica la curiosidad de los menores al ver a alguien en silla de ruedas y al notar que Pipe se me acercaba pensé que venía a preguntar algo, pero cuál sería mi sorpresa cuando el culicagao me zampó una patada en toda la espinilla; y lo peor es que tenía unas boticas de esas ortopédicas que parecen de cemento armado. Cuando los papás le metieron tremendo regaño, el muchachito alegó convencido que él había visto en las películas que los que están en esa condición no sienten nada de la cintura para abajo, y que solo quería demostrárselo a sus compinches. Aún recuerdo el dolor tan espantoso y el turupe que me dejó.

Me diferencia del protagonista de la película que mientras él es millonario, yo no tengo en qué caerme muerto; pero como soy de la teoría que rico no es el que más tiene sino el que menos necesita, por ahí nos damos la mano. Y al verlos en ese carro a gran velocidad y con la música a todo volumen, lo relacioné con mi amigo Fernando, quien siempre que estrena carro me recoge para ensayarlo. Buscamos un sitio sin tráfico, confirmamos que no haya policías y el hombre arranca a toda mecha para ver cuánto sube la aguja del velocímetro. Y aunque la verdad me da sustico, pienso que si he de morirme en la casa asomado a la ventana, mejor estampillado por ahí; así al menos salgo en el noticiero. Lo mismo cuando viajamos por carretera, con buen fiambre, y abrimos todas las ventanas, hasta el hueco ese del techo, disfrutamos del paisaje, hablamos paja y cuando suena una canción que nos gusta, la ponemos a todo timbal.

Hace años fuimos varias parejas de amigos a Punta Cana. En la playa de un hotel cuyos huéspedes eran casi todos europeos, mientras nuestras compañeras se doraban al sol, nosotros desocupábamos vasos de ron y nos deleitábamos viendo pasar muchachas sin brassier; parecíamos en un partido de tenis. En esas Enrique, que es hiperactivo, quiso saber si me gustaría montarme en un paracaídas que jalaban desde una lancha. Como yo estaba copetón le dije que claro, convencido de que no lo iban a autorizar, pero para sorpresa de todos al rato se apareció en una lanchita que nos llevaría hasta el bote principal. Fui con mi mujer y varios de los amigos, y ni hablar de lo que fue la pasada de una lancha a la otra con ese mar encrespado. Como ya no tenía reversa dejé que me pusieran un arnés, con Enrique detrás, y arrancó esa vaina a soltar cuerda con un malacate. El viento soplaba con fuerza y cuando estábamos bien altos, solo atiné comentarle a mi compañero que de llegarse a soltar esa joda íbamos a templar a Venezuela.

Estaba yo en plena quimioterapia, como un guiñapo, y así me llevaron para la costa atlántica. Me acomodaban en una hamaca al lado del mar y cada diez minutos me brindaban un aguardiente, hasta que una tarde me antojé de montar en burro y allá me treparon. Otro día debí ir a San Onofre a hacerme un examen de sangre muy determinante. Para calmar los nervios, mientras entregaban el resultado le dije a Fernando que diéramos una vuelta y el hombre arrancó para el cementerio; dizque le parecía muy bonito, fue lo que dijo. Todavía nos reímos al recordarlo.

Mi tío Eduardo recomienda que para soportar los tratamientos que combaten el cáncer nada mejor que el trago, y tiene razón. La diferencia es que en mi condición no se cae uno de la perra, sino de la silla.
pamear@telmex.net.co

jueves, noviembre 15, 2012

Pasmosa indolencia.


Cada pueblo tiene su idiosincrasia y el nuestro se caracteriza por ser alegre, trabajador, amable, emprendedor, resignado y demás particularidades, positivas y negativas, pero una condición bien curiosa es la pasividad de la gente. En otras latitudes la ciudadanía reclama sus derechos de diferentes maneras, sin dar tregua hasta que oigan sus quejas y peticiones y les planteen alguna solución. Sin ir muy lejos en Ecuador los indígenas han tumbado varios presidentes en las últimas décadas y más al sur los argentinos son adictos a protestar; en la Plaza de Mayo durante todo el año hay cambuches, pancartas, pendones y signos de alguna manifestación.

El inconveniente está en que nuestra gente no sabe protestar, porque en cualquier marcha aparecen unos pocos revoltosos que enardecen al populacho y la cosa termina en pedreas, vitrinas destrozadas, carros quemados y algunos heridos entre civiles y policías. Muchos insisten en que si por las malas no se consiguen resultados, mucho menos por las buenas; que si no les paran bolas a las grandes manifestaciones con revueltas incluidas, qué les va a importar un puñado de personas que entonan arengas de manera pacífica. Otros aducen que unos manifestantes insistentes desesperan a cualquiera y con más veras si logran la atención de la prensa.

Vemos que en los países civilizados se presentan protestas de unas pocas personas que caminan en círculos con carteles alusivos a sus peticiones, porque para ellos lo más importante es hacer uso del derecho a mostrar su inconformidad. La mayoría de las veces el asunto se reduce a un pulso, donde el aguante decidirá quién sale ganador, pero queda claro que cuando un pueblo se rebota es muy probable que logre su cometido. Esto sin querer hacer apología a la anarquía, el caos y la violencia, pero para la muestra basta nombrar la “primavera árabe”, que ya ha depuesto varios dictadores que llevaban décadas apoltronados en el poder; y la lista sigue.

En nuestro territorio la burbuja explotó en abril de 1948 y el resultado de aquel hecho marcó la historia del país. Sin embargo, con el paso del tiempo el pueblo se ha vuelto apático, desinteresado y pasivo, porque el descontento con muchas situaciones es palpable. La gente reniega, acusa y dice que esto no puede seguir así, pero a la hora de protestar sólo unos pocos lo hacen. Cómo es posible, por ejemplo, que la situación de la salud no haya generado una revuelta popular. A diario se oyen quejas, reclamos y denuncias, y nos enteramos de más atropellos y abusos, mientras todos opinamos que ahora sí tocamos fondo, pero hasta ahí llegamos. Los medicamentos en Colombia cuestan el triple o más que en los países vecinos, y aunque todo el mundo lo rechaza y critica, la situación continúa invariable.

Lo mismo sucede con el precio de los combustibles. A diario anuncian el descubrimiento de nuevos pozos y se habla de bonanza petrolera, y sin embargo pagamos una gasolina carísima. Entonces proponen campañas para boicotear ciertas estaciones de servicio, ponen a circular denuncias y comunicados por las redes sociales, videos donde exponen el precio que deberíamos pagar en Colombia, pero la vida trascurre y la gente acude a tanquear sus vehículos mientras el Ministro nos da contentillo con rebajas insignificantes en los precios una vez por cuaresma.

Los servicios públicos son otro atropello que hace trinar al pueblo de la ira y a pesar del descontento todos pagamos cumplidos por miedo a que nos lo corten… digo, el servicio. Lo que nuestros mayores cancelaban con plata de bolsillo se convirtió en un rubro que representa un gran porcentaje del presupuesto mensual de una familia promedio. Hace años la costosa era la factura de la luz; tiempo después a la del agua le adicionaron el cobro del servicio de aseo y de alumbrado público, para convertirla en una de las más temidas; a la del teléfono le inventan seguido ofertas y promociones que uno termina por comprar, por la necesidad de estar al día en tecnología y la novelería de disfrutar productos innovadores. Llegó la del gas hace unos lustros y vimos por fin una factura barata, lo que se convirtió en una quimera porque con el paso de los años se han encargado de ajustarle los costos para acomodarla a sus abusivas pretensiones.

Y qué tal los bancos y corporaciones financieras. Ellos operan gracias a que la gente los utiliza, ahorra allí su dinero, aprovecha créditos y demás transacciones, y sin embargo le cobran al cliente hasta el saludo. Cómo es posible que en el BBVA le carguen al ahorrador el costo de la libreta, y que esa pinche cartilla, que les costará a ellos dos o tres mil pesos, se la claven al cliente en la no despreciable suma de $68.440; como quien dice, más del 10% de un salario mínimo. Ni hablar de lo que cuestan chequeras, intereses, retiros, giros y demás transacciones.

Hasta que por fin convocan a una manifestación para protestar por cualquiera de estos abusos y todos aplaudimos, difundimos y apoyamos, pero el día de la convocatoria van sólo cuatro mamertos que pasan desapercibidos. El resto nos quedamos en casa pendientes de saber si la protesta surtió efecto y convencidos de que nuestra ausencia ni se notó. Qué apatía, qué abulia, qué falta de compromiso tan…
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martes, octubre 30, 2012

Señal Colombia.


Una espina que me mortifica a diario es el giro que ha dado la televisión en las últimas décadas. Tal vez el medio de comunicación más importante porque le llega a la mayoría de la población, y aunque la radio también es popular, casi todos sus oyentes la mantienen sintonizada en emisoras que muelen música durante las veinticuatro horas. La prensa escrita es privilegio de unos pocos que tienen capacidad de adquirirla y es así como el pueblo raso sobrevive sin enterarse de lo que sucede a su alrededor, excepto por las noticias que trasmiten los pésimos, amarillistas y manipuladores noticieros de televisión. Si hacen el esfuerzo de comprar un periódico, optan por un tabloide de esos sensacionalistas que tanto éxito tienen entre el vulgo.

Parece increíble que en el barrio más deprimido, en la inaccesible montaña, en la selva inhóspita o en una vereda lejana y olvidada, el común denominador sean las antenas de televisión. Tradicionales o improvisadas por el ingenio criollo, las vemos en todos los techos y muchas veces engarzadas en largas guaduas que las remontan en las alturas donde buscan capturar algo de señal. El pueblo raso no tiene otra distracción diferente a la televisión y por ello se convierte en un instrumento tan importante para culturizar, educar, fomentar buenas costumbres, dar a conocer la realidad del país, promover campañas institucionales y demás mensajes que cumplan labor social.

En los centros urbanos muchos tienen acceso a la señal por cable, pero el grueso público sólo ve los canales nacionales que ofrece la televisión abierta; los estratos bajos y todos aquellos que habitan veredas y viviendas campesinas. Esa oferta nacional está representada en varios canales regionales, las dos cadenas nacionales, el canal institucional y los dos canales privados, los cuales con su programación farandulera y superficial arrasan con la teleaudiencia, porque bien es sabido que el ser humano es afín al morbo, el amarillismo y la futilidad. La ignorancia y la estulticia del pueblo son campo abonado para difundir una programación carente de toda ética, que sólo se interesa en entretener sin tener en cuenta el contenido ni el mensaje.

Entiendo que los directivos de dichos canales, ejecutivos jóvenes cuya única preocupación es el éxito económico, procedan a difundir esa basura que ofrecen al público televidente porque sin duda les da resultados. Lo inconcebible es que un magnate como Carlos Ardila Lulle, de quien tenemos las mejores referencias por ser un hombre íntegro e inteligente, permita que en un canal que pertenece a su grupo económico se difunda un mensaje tan pobre y decadente. Porque el canal RCN es una vergüenza, una afrenta a la inteligencia, un bodrio que no merece cinco segundos de nuestro tiempo. Igual que el canal Caracol.

Da grima ver que con los presupuestos que manejan y la tecnología en equipos con la que cuentan produzcan una programación tan deplorable, mientras en otros tiempos nuestra televisión se caracterizó por una oferta maravillosa que entretenía a la gente mientras difundía valores y exponía nuestra idiosincrasia. Hacían un programa como Yo y Tu con las uñas, donde actores improvisados al lado de figuras con experiencia convocaban a la familia colombiana todos los domingos a las siete de la noche, para disfrutar de una comedia maravillosa. Tiempo después aparecieron otros como Romeo y Buseta, Don Chinche y NN; series como La mujer del presidente, Tiempos difíciles o La otra mitad del sol; además musicales, programas periodísticos, de concurso, culturales, de historia o variedades. Era, sin duda, una programación para todos los gustos.

Durante mucho tiempo quienes tenemos la televisión por cable pudimos recurrir a opciones culturales que hacían agradable sentarse frente a la pantalla, pero infortunadamente eso también tiende a desaparecer. Canales como Discovery, National geographic, History o Animal planet, cambiaron radicalmente su estilo y ahora son repetitivos con temas insulsos y vacíos. Mientras el uno se dedica a cárceles y presos, asesinos de toda laya, mafiosos, secuestradores y cuanto criminal exista, el otro presenta a diario a pacientes con malformaciones monstruosas que dejan al televidente traumatizado. El canal de historia, otrora interesante y cultural, hoy se dedica a unos tipos que compran chatarra por todo el país, mientras el de animales cambió aquellos documentales en las sabanas africanas por unos pendejos terapeutas de perros y gatos.

Por fortuna me topé con Señal Colombia y descubrí un canal que colma mis expectativas. Una estupenda programación, alejada de cualquier interés comercial, recorre todos los rincones del país para mostrarnos las diferentes comunidades y sus costumbres. Conciertos de música clásica; programas periodísticos; y uno llamado Los puros criollos, en el cual Santiago Rivas, el presentador, con mucho humor escoge un tema tradicional de nuestra idiosincrasia y lo muestra con todas sus facetas: la chicha, las fiestas de quince, el Renault 4, los reinados de belleza, el chance, la empanada, los afrodisíacos, etc.        

El canal además transmite en directo eventos como El Tour de Francia o la Vuelta a España; valiosos documentales internacionales; programas con personajes reconocidos como Jota Mario Arbeláez o Jorge Veloza, el carranguero mayor; entrevistas de interés; espacios culturales; arte; festivales de música de diferentes regiones del país. Cada noche presenta cine independiente y quien no pueda ver a Don Chinche durante la semana, disfruta de la maratón el domingo por la noche. ¡Qué maravilla de programa!
pamear@telmex.net.co

martes, octubre 23, 2012

Derechos relativos.


Un comercial de radio invita a marchar para interceder por los caballitos carretilleros, de los que sus dueños muchas veces abusan por obligarlos a cargar como si fueran vehículos a motor; además les dan fuete, no les curan las peladuras y los ponen a competir con el pesado tráfico de las ciudades, a cambio de pésima y escasa alimentación. Está bien que protesten en su favor, pero me parece exagerado que en el comercial de marras convoquen a que marchemos por la dignidad de los que no tienen voz. En primer lugar, opino que la palabra dignidad se aplica mejor a las personas, y con respecto a que no tienen voz el asunto me deja pasmado, porque qué tal un jamelgo que llegue a la oficina del trabajo a denunciar al patrón. Eso ni Míster Ed, el caballo aquel de la televisión.

Con el paso del tiempo al ser humano le ha entrado una especie de remordimiento con los animales, tal vez por la culpa que tenemos en el problema del calentamiento global y su influencia en la desaparición de tantas especies, y ahora muchos quieren darle a las bestias el mismo trato que a sus congéneres; claro que hay ciertos sujetos tan bestias… Me parece exagerado por ejemplo que existan personas que arman un escándalo porque alguien quiere matar un ratón que se metió en su casa; otros lloran al ver un perro atropellado o crean un drama cuando van a sacrificar el marrano para el paseo. Y hasta recogen en la calle al gozque sarnoso para llevarlo a su casa e invertir dinero en su recuperación, gesto que no se les ocurre hacer con un semejante.

En mi época los animales ocupaban su lugar, nunca los maltratamos ni abusamos de ellos, y nadie se escandalizaba porque el perro familiar estuviera en la patio, muchas veces amarrado, durmiera en la perrera y se entretuviera echándole muela al recipiente donde se alimentaba de sobrados; el único mimo que recibía era el baño semanal con un jabón hecho a base de veterina para evitar las garrapatas. Tiempo después tuvimos un perrito faldero que contra la voluntad de mi mamá se la pasaba dentro de la casa, donde dejaba su rastro nauseabundo en pisos y tapetes, hasta que después de muchos años se lo llevaron para la finca. Puedo asegurar que a ese animalito le cambió la vida, porque andaba a toda hora con un combo de chandosos de la región y se perdían varios días; cierta vez apareció con una herida abierta y un tegua lo remendó como si fuera un costal. Y claro, como llevaba tanto tiempo sin conocer hembra, en el campo se le encaramaba al bicho que encontrara; las gallinas le corrían, la marrana chillaba como posesa, los patos no salían del agua y hasta los conejos, que son tan promiscuos, pagaban escondederos a peso.

Otro animal doméstico era el gato que recorría el vecindario, por naturaleza independiente y retraído, y la gente acostumbraba no darle comida para que tuviera que cazar ratones; porque para eso lo teníamos y no para acariciarlo, ponerle moños o cascabeles. En el patio también levantábamos gallinas y pollos, y cuando estaban gordos, les retorcíamos el pescuezo sin ningún remordimiento. Lo mismo con unos conejos que crié alguna vez, y aunque esos animalitos son tan tiernos y delicados, igual me tocaba despacharlos porque nadie quiere comprar un conejo para un estofado y que se lo lleven respirando.

Ahora hablan de dignidad para los animales y les parece muy digna una iguana en un acuario; o una perrita con visera y minifalda; un gato encerrado en un aparta estudio; un conejito en una jaula diminuta; o una tortuga en un balde. Esos animales más que mascotas se convierten en juguetes para entretener muchachitos. La naturaleza es sabia y los animales nacen para vivir a la intemperie y en libertad, y a quienes insisten en que ellos se ponen tristes, estresados, de mal genio, sienten angustia, celos o se enamoran, les digo que todo se reduce a instintos. Si fueran tan inteligentes ya estarían en el colegio.

Pensándolo bien siquiera no tienen voz. Qué tal las vacas protestando porque ya todo es artificial: el toro que entucaba, olía y las acosaba en el potrero quedó en el pasado, y sus crías son separadas al nacer para alimentarlas aparte; ¿en qué queda el vínculo familiar?, ¿acaso las quieren reducir a máquinas de producir leche?, ¿a qué hora les cambiaron aquellito por el brazo de un veterinario? Y qué tal unas gallinas ponedoras que conversen todas al tiempo, como señoras en costurero, y que además empiecen a exigir jaulas más amplias y confortables, y que les acomoden gallos en sitios estratégicos, así sea para verlos pavonearse.

No quiero imaginarme una huelga de pavos en vísperas de acción de gracias o que los cerdos digan no más a la costumbre de sacrificarlos en diciembre; adiós a lechonas, fritangas, huesos de marrano, morcillas, sancochos de espinazo y demás delicias provenientes del otrora cochino; y digo otrora porque los actuales son criados en unos galpones que parecen de Fisher Price. Ni hablar de una lora que converse de corrido, una hiena cuenta chistes, un pisco orador, un burro políglota o los perros cantándole a la luna llena. Mejor dejemos así.
pamear@telmex.net.co

martes, octubre 16, 2012

Un trompa en NY (II).


Debo reconocer que si me sueltan solo en Manhattan me traga la tierra, porque no estoy preparado para tanta tecnología. Eso de interactuar con máquinas en vez de personas no es fácil para un montañero como yo, y ni modo de preguntarle a alguien porque así entienda alguito de inglés, comunicarse con cualquier transeúnte es muy trabajoso porque hablan con acentos diferentes, modismos, dichos y demás variantes que lo dejan a uno viendo un chispero.

La experiencia del metro fue toda una novedad. El agite de la gente, el ruido infernal de los trenes, los artistas espontáneos, los mendigos que habitan ese submundo, tantos personajes estrambóticos, la suciedad de muchas estaciones y la modernidad de otras, la complejidad de ese sistema de transporte y su eficiencia, el ambiente pesado por la contaminación, y una señalización perfecta que permite a cualquier usuario, después de una breve explicación, entenderla y utilizarla a su gusto. Mientras esperábamos el tren en una de las estaciones detallé a cuatro negros, ya setentones y distinguidos, que conversaban y calentaban la voz. Pues abordaron nuestro vagón, se presentaron como un grupo de música góspel y nos deleitaron con una bellísima canción a capela. Inolvidable experiencia.

Claro que nosotros, después de estar una tarde inmersos en las entrañas de NY, resolvimos mejor desplazarnos en bus, sistema que también funciona a las mil maravillas. Unas rutas recorren avenidas, de norte a sur, y otras las calles de oriente a occidente; y como casi toda la ciudad es cuadriculada, no hay pierde. En cualquier taquilla regalan mapas de rutas y venden la tarjeta para utilizar ambos sistemas. Allá quien lleva afán utiliza el metro, que es más veloz, mientras el bus lo prefieren ancianos, amas de casa, discapacitados y familias con niños pequeños. Lo mejor es que desde la ventanilla del bus puede conocerse la ciudad, ver gente en las calles, vitrinas, la majestuosa arquitectura, los parques, etc., y termina uno con dolor en la nuca por mirar los inmensos rascacielos. 

Al ver el conductor a alguien en silla de ruedas en el paradero detiene el bus, un sistema hidráulico baja el vehículo hasta dejarlo cerca del piso y luego sale una rampa para el ingreso. Si hay muchos pasajeros solicita a algunos que bajen mientras adelanta el procedimiento, luego acomoda la silla en un espacio específico, la asegura bien, pregunta para dónde vamos y al llegar al destino se detiene y repite la operación. Otros buses tienen, en vez de rampa, un ascensor hidráulico para ese menester. Los conductores, de ambos sexos, amables y dispuestos.

En vista de las multitudes, en todas partes hay que hacer fila. Y ahí es cuando aparece la ventaja para el discapacitado, porque con el grupo de mis acompañantes ingresamos por una puerta especial y tenemos trato preferencial; así el tiempo rinde mucho. Debo resaltar además que las personas son muy respetuosas y colaboradoras. Por ello en los miradores del Empire State y del Rockefeller Center pude acomodarme perfectamente para disfrutar de las espectaculares panorámicas; lo mismo en el crucero que permite conocer Manhattan desde el río, la estatua de La Libertad y los puentes que comunican la isla con el continente.

Asistir a una función en Broadway emociona; recorrer los museos es una experiencia enriquecedora e inolvidable; entrar a los grandes almacenes, así sea a mirar; estar rodeado de gentes de todas las razas, colores y condiciones; y embelesarse durante la noche en Times Square, donde el colorido, las luces, la tecnología y los personajes que se ven lo convierten en sitio obligado de reunión. La Zona cero, la capilla de Saint Paul donde atendieron los heridos del 9/11; Soho, East Villaje, la Estación Central y recorrer a pie el Puente de Brooklyn, son destinos imperdibles.  

Visitar el barrio chino y regatear con los vendedores, observar unos ancianos músicos tocar instrumentos desconocidos para nosotros, entrar al mercado donde ofrecen la más asombrosa variedad de productos y saborear las delicias de la comida asiática. En Pequeña Italia coincidimos con la celebración de San Genaro y por ello disfrutamos de un festival gastronómico en la calle principal. Porque sin duda uno de los mayores atractivos de NY es su oferta gastronómica, donde puede escogerse todos los días un restaurante de un país o continente diferente; y desde el portero hasta el chef son típicos representantes del país escogido.

La montañerada se nos notaba cuando al cruzar una avenida por la cebra y al ver un Rolls Royce, Maserati o Ferrari, mi hijo paraba, esperaba que pasara la gente, me dejaba solo frente al carro y tenga su foto. Esos gringos apenas abrían los ojos asombrados y no les quedaba sino reírse, sobre todo al vernos salir pitados cuando faltaban pocos segundos para que cambiara el semáforo. Otra cosa es que nunca había visto tantas mujeres divinas: rubias, morenas, eslavas, asiáticas, latinas, negras, musulmanas… Mejor dicho, si uno se detiene a detallarlas no le queda tiempo para nada más.    
Dicen que es mejor tener amigos que plata. Por ello quedaremos agradecidos para siempre con nuestros compañeros de viaje, porque gracias a su generosidad sin límites, cariño y entrega, pudimos disfrutar en familia de una ciudad alucinante. Eso sí que quede bien claro: no cambio mi tierra por nada del mundo. pamear@telmex.net.co

miércoles, octubre 10, 2012

Un trompa en NY (I).


En nuestro medio le decimos montañero al ignorante, montaraz o desconocedor de las normas de urbanidad, condición muy común entre campesinos y gentes de estratos bajos. A quien se ofende por ese calificativo y lo asume como un insulto le digo que no pare bolas, porque no existe otra forma de llamarnos a quienes habitamos en las laderas de la cordillera de los Andes. Si a quienes viven en la costa les dicen costeños, a los del valle vallunos, llaneros a los del llano y paramunos a los que ocupan las tierras más altas, no veo cómo más puedan decirnos.

Sin embargo, en los últimos tiempos la gente ha impuesto otros calificativos para referirse al campechano, sencillo y ajeno a protocolos, y de una manera ofensiva le dicen trompa, jeta o guiso. Sin duda la falta de estudio y el aislamiento que viven muchas personas los convierte en seres apocados e ignorantes, situación que se hace evidente cuando deben enfrentarse a cualquier tecnología, novedad gastronómica, diálogo especializado o comportamiento social. Por cierto no sobra inculcar en los menores que las personas merecen respeto y sin importar el dinero, los abolengos, estudios o experiencia, todos somos iguales.

Pues debo confesar que como un trompa me sentí en Nueva York. He salido muy pocas veces de Colombia, todas ellas al tercer mundo, pero llegar al país del norte y encontrarse ante semejante urbe, y con la tecnología que allá existe, es algo que impacta. Cuántas veces oí hablar de esa ciudad; cuántas noticias y acontecimientos de importancia se generan allí; en cuántas películas de cine y televisión, en documentales y publicaciones vi sus calles, parques, ríos, edificios, barrios y sitios emblemáticos. Tal vez no pasa un día sin que oiga nombrar esa majestuosa ciudad y después de visitarla, que no conocerla porque para ello se requiere mucho tiempo, pude entender por qué está catalogada como la capital financiera del mundo, la gran manzana, el lugar que todos quieren visitar y muchos escogen para vivir.

Desde que arribé al aeropuerto de Miami para una escala técnica las babas empezaron a chorrear. Debido a congestión en el tráfico aéreo llegamos retrasados para la conexión y prácticamente era imposible alcanzarla, pero ahí pude corroborar mi filosofía de vida basada en que todo tiene su lado positivo. En mi calidad de discapacitado que debo utilizar silla de ruedas para desplazarme, por fin pude encontrarle beneficio a tal situación. En la puerta del avión había un empleado de la aerolínea encargado de atenderme y fue él quien nos aseguró que haría hasta lo imposible para que alcanzáramos a coger el otro vuelo. Entonces empezamos a recorrer pasillos interminables, suba en ascensor, coja el tren, vuelva y baje, sáltese la fila de inmigración y pase de primero, más ascensores, bandas transportadoras y otra vez el tren, hasta que llegamos al lugar indicado y aparte de todo nos sobró tiempo. El asistente presentaba mis documentos y los de mi familia, nos indicaba los pasos a seguir y además la pareja de amigos que viajaba con nosotros disfrutaba de los mismos beneficios.

Siempre he criticado la cultura gringa y atracciones como Orlando y sus parques no me atraen, pero Nueva York siempre fue una obsesión para mí. Por ser multicultural, reconocida como la capital del mundo, por la imponencia de sus rascacielos y haberse ganado la fama de ciudad que nunca duerme, añoré visitarla algún día. Por ello durante la aproximación del avión al aeropuerto La Guardia me estremecí al ver los íconos que tan famosa la hacen, y de ahí en adelante todo fue un sueño hecho realidad.

Ya en la ciudad, encontré más facilidades de las que esperaba. En el apartamento donde nos alojamos, localizado en un exclusivo sector de Manhattan, me sentí como en casa; además, a todo el frente del edificio estaba el ascensor para bajar a la estación del metro. Después de recorrer esa ciudad durante ocho días nunca me topé con un escalón u obstáculo, y en todos los sitios que visité encontré un baño especial donde disponía de todo tipo de comodidades; además, prioridad en los ingresos, nada de filas, trato especial y disponibilidad absoluta de todas las personas. Se parece al tercer mundo donde son tan comunes las barreras arquitectónicas y es difícil encontrar un baño donde siquiera entre una silla de ruedas.

En vista de que con mi mujer era la primera vez íbamos a NY, a diferencia de nuestros compañeros de viaje que ya la habían visitado, teníamos muchas expectativas pero éramos conscientes de que en una semana no alcanzaríamos a conocer todo lo que queríamos. Sin embargo, gracias a nuestra amiga Lina quien lo hizo mejor que una guía profesional, pudimos regresar satisfechos y sin ningún antojo de visitar alguno de los sitios que teníamos en nuestra agenda. Claro que lo ideal sería poder dedicarle mucho más tiempo a los museos, porque son inmensos y espectaculares, pero ante la premura no queda sino escoger unas pocas salas y disfrutarlas al máximo.

Por fortuna en mi familia son aficionados a la fotografía y tomaron infinidad de instantáneas donde grabaron todos los detalles del recorrido, para no dejarle esa responsabilidad solo a la memoria. En la próxima entrega relataré algunas experiencias vividas en esa majestuosa metrópoli.  
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miércoles, octubre 03, 2012

Carros engallaos.


Queda uno boquiabierto al conocer la tecnología de los vehículos último modelo, aparte de que cada serie supera a las anteriores en lujo, comodidad, ayudas electrónicas y demás aditamentos. Los sistemas del motor, suspensión, caja de cambios, rodamientos y demás perendengues ya no se parecen a lo de antes, cuando cualquier falla la arreglaba el mecánico de confianza y si la varada lo cogía en carretera, en los pueblos conseguía repuestos y quién se los cambiara. Hoy en día para cualquier inconveniente con el vehículo toca llamar una grúa y llevarlo al concesionario para que lo conecten a una computadora que diagnostica. Además en nuestra época los daños de latonería se arreglaban a punta de martillo, masilla, hueso duro y lija de agua, y no como ahora que cambian las piezas enteras así el rayoncito sea insignificante.

A muchos carros modernos y sofisticados no les falta sino hablar, como al famoso auto fantástico de la serie de televisión. El chofer cierra el suiche, se baja y tira la puerta, sin preocuparse de cerrar ventanillas, poner seguros o apagar las luces, porque todo se hace como por arte de magia. Ya no existen las llaves, que tanto embolatan las señoras, porque las reemplazaron por tarjetas electrónicas u otros mecanismos aún más sofisticados. Las plumillas se prenden solas cuando empieza a lloviznar y aumentan su velocidad según peleche el aguacero. Para echar reversa basta mirar una pantalla en el tablero que muestra lo que hay detrás, mientras luces y alarmas avisan la proximidad de los obstáculos. Y ahora me entero de que algunos carros de gama alta no traen llanta de repuesto, porque los pinchazos no desinflan las ruedas de inmediato sino que la computadora avisa cuál sufrió la avería y cuánta distancia puede recorrer antes de repararla.

Durante nuestra juventud ni siquiera llegamos a imaginarnos semejantes tecnologías, porque los carros de entonces venían estrictamente con lo necesario para funcionar: luces, plumillas, seguros en las puertas, llanta de repuesto, gato y cruceta; ni siquiera direccionales, porque para ello el conductor sacaba la mano y señalaba hacia dónde iba a girar o si pensaba detenerse. El único lujo que tenía el DeSoto 55 de mi casa era un radio de sintonizar con teclas, que sólo cogía unas pocas emisoras en AM. Por lo tanto la obsesión de la muchachada era tratar de convencer a los papás para que accedieran a ponerle gallos al carro familiar, inspirados en las naves que piloteaban Valerio Hoyos, Fabio Escobar, Armando Gómez, Enrique Molina o Jairo Gómez.

A principios de la década de 1970 llegaron el Simca 1000 y el Reanult 4 a reemplazar aquellos carros americanos, grandes, pesados y para nosotros pasados de moda. Los nuevos pichirilos, aunque parecían de juguete, eran vistos por todos con admiración y en ellos nos sentíamos como si manejáramos carros de carreras; el Simca, con asientos delanteros individuales y palanca en el piso, era toda una novedad. En cambio el R4 era un carro básico, que ni guantera traía, pero lo llevaba a donde quisiera y no molestaba para nada; aún hoy se ven muchos dando guerra en las vías. El caso es que los mayores eran muy reacios a dejarle hacer cambios al vehículo original, pero en cambio los jóvenes platudos que tenían carro propio sí se daban gusto engallándolo.

Lo primero era conseguir unos rines de magnesio y ponerles llantas anchas. Una raya que lo atravesara desde la trompa hasta la cola, por toda la mitad, pintada de un color vistoso. Las calcomanías de moda, el conejito de Playboy, STP, Castrol, Michelín y demás, se le pegaban en el guardabarros delantero, adelantico de la puerta del chofer. El timón se reemplazaba por uno pequeño forrado en cuero, la palanca de cambios también especial y un resonador en el mofle para que el vehículo no pasara desapercibido. En la consola le instalaba un equipo de sonido Pioneer y los propios para ese trabajito eran Tarzán y un señor de apellido Puerta, quien era más pulido y por ende más carero.

Al Renault 6 le bajaban los amortiguadores traseros para que no quedara culiparao y al R4, cuando había que repararle máquina, se aprovechaba para acondicionarle un kit de R12 y el carrito quedaba volando; claro que se desajustaba muy pronto porque la carrocería no aguantaba el voltaje del potente motor. Unos años después empezaron a vender cinturones de seguridad y todos ahorramos para comprar un par e instalárselo al carro de la casa, aunque eran de adorno porque entonces nadie los utilizaba.

Ponerle un tacómetro y otros instrumentos extras encima del tablero era de muy buen gusto; forros de pana o tela escocesa para proteger la cojinería; luces exploradoras; unas buenas cornetas que reemplazaran el pito; pintar parachoques y rines del mismo color del carro y resaltar los letreros de las llantas con blanco; pegar el extinguidor en un lugar visible y otros gallos que se me escapan, eran las características que le daban a cualquier carro el calificativo de lancha o nave. Porque vehículo que envejeciera en su estado original era llamado caspa, caracha, mecha, llaga, amasao, chatarra o pelle.

En todo caso gozamos mucho al engallar aquellos carros de antaño, actividad en desuso porque está claro que lo único que les falta a los vehículos modernos es que se manejen solos.
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jueves, septiembre 27, 2012

Las infaltables modas.


El concepto de la moda es el mejor aliado del consumismo, porque se encarga de poner a la gente a comprar cosas que no necesita y a reemplazar otras que están en perfecto estado. Si no existiera la moda nos quedaríamos con la misma ropa hasta que se acabara de tanto usarla, los aparatos funcionarían hasta su último aliento y así la vida sería mucho más sencilla y económica. La palabra moda despierta la codicia, la novelería, la envidia, la competencia, el arribismo, el despilfarro, el esnobismo y muchas otras debilidades del ser humano. Son tantos los que saltan matones y hasta se endeudan por mantenerse al día con lo que está en boga.

En uno de los casos que más se acata la moda es en el vestuario y los accesorios femeninos, donde basta que un diseñador reconocido en el ámbito mundial lance un  producto y por medio de la publicidad en poco tiempo se impone en todos los rincones del planeta. No importa que sea de mal gusto, feo o incómodo, el artículo de marras irá a parar al guardarropa de millones de mujeres que no dejarán pasar la oportunidad de estar al día con la moda. Como sucedió hace algún tiempo con cierto calzado para mujer, de tacón alto y una punta exagerada, parecido al de Alí Babá, que aparte de lo poco atractivos dizque son incomodísimos, porque el pié de quien los usa queda comprimido en la punta del zapato; así es como se forman los juanetes.

Por culpa de la moda la persona cambia su vestuario al ritmo de las nuevas tendencias y en muchos casos guarda lo que ha dejado de usarse con la firme esperanza de que algún día vuelva a imponerse; así acumulan elementos y prendas por miles hasta que no tienen dónde guardarlos. Además, pueden pasar décadas antes de que unas pocas prendas y accesorios de esos regresen a las pasarelas. Cuántas personas deben repetir la misma muda día tras día porque no tienen más, pasan frío en invierno por falta de abrigo o suspiran por tener unos chiros en buen estado para cachaquiar el domingo, y tantos otros con el clóset atiborrado de ropa que nunca usan.

Qué tal ahora con la competencia de los equipos electrónicos. Cualquier mocoso aspira tener teléfono celular, computadora, tableta, reproductor de música, consola de juegos, televisor de pantalla plana en su cuarto y cuanta novelería ofrezcan. Además, si en un principio los muchachitos se contentaban con tener un teléfono simple, de combate, ahora no aceptan sino el que tiene internet y opción para chatear. Y claro, como todos los amiguitos tienen… Entonces las grandes multinacionales lanzan cada seis meses una nueva versión de cierto aparato, para que los ávidos compradores opten por cambiar el actual porque no tiene las dos o tres pendejadas que trae el nuevo.

Hoy en día se da uno la pela de cambiar la computadora y escoge una moderna, con muy buena velocidad, amplia memoria y suficiente capacidad en el disco duro, pero grande es el desconsuelo cuando al poco tiempo le dicen que no pueden copiarle cierto programa porque su equipo está desactualizado. Con el televisor para igual. Todo el mundo quiere tener un buen aparato y cuando al fin se lanza y adquiere el último modelo, en un parpadeo ya ofrecen unas tecnologías que dejan el recién comprado como una antigüedad. Veo en la publicidad de muchos de esos aparatos modernos que los ofrecen como productos inteligentes y con seguridad en muchos casos el aparatejo resulta más entendido que el propietario.

Por fortuna en nuestra época las modas eran muy económicas, trompos, baleros, yoyos, pica pica, etc., porque no me imagino a mi papá comprando tabletas electrónicas por docenas. No exagero, pues me enteré de un colegio que para este año les pidió a los niños que pasan a sexto una tableta para reemplazar los cuadernos; y la moda se impuso en muchos colegios. Cómo le parece, los muchachitos que botan a diario el morral, el saco del uniforme o el balón, lo que les irá durar ese aparatico que cuesta casi un millón de pesos. Y vaya pues no le compre al suyo para que vea que se traumatiza y sale más costoso el terapeuta.

Con la ropa pasa igual, porque mientras nosotros comprábamos un corte de terlenka o de dacrón en la calle 19 e íbamos a donde el sastre para que hiciera el pantalón, así como las camisas se las encargábamos a la costurera que le cosía a nuestra madre, ahora los zambos sólo utilizan ropa de marca que cuesta un dineral. Si al menos se vieran bien vestidos, pero se ponen un bluyín desteñido, roto y que les queda juancho, porque muestran media nalga y la horqueta les llega casi a la rodilla. Encima se chantan un buzo también grande con una capucha que los hace ver como cualquier jíbaro callejero. Parecen competir al que esté más desgualetao.

Como alguna ventaja debe tener este consumismo desmedido, de ahí nace lo que se conoce como sobrado de rico y que no es otra cosa que todos esos productos que desechan los compradores compulsivos y gomosos, por el afán de adquirir un modelo más reciente. Y ahí estamos el resto a la espera de un buen papayazo.
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jueves, septiembre 06, 2012

Las comitivas.


Alguna vez, al ver preparar un asado, pensé en qué momento a uno de esos primeros habitantes de la tierra se le ocurrió coger un pedazo de carne, ensartarlo en un palo y ponerlo al fuego como quien asa una salchicha en la chimenea. Porque seguro al descubrir el fuego aquellos primitivos lo usaron en un principio para calentarse, defenderse de las fieras salvajes o iluminar sus cavernas, para después encontrarle otras funciones como la de utilizar tizones para plasmar sus pinturas rupestres. En todo caso el invento de cocinar los alimentos fue un cabezazo, porque eso de echarle muela a un pedazo de carne cruda me parece desagradable.

Hoy en día muchos platos de la comida internacional están preparados a base de carnes crudas: prosciutto o jamón serrano de cerdo, sushi a base de pescado, carpacho de res o un tipo de quibbe en el que se come la carne molida adobada con ajo, algunas especies y abundante aceite de oliva. Estas viandas, a pesar de ser consideradas manjares por muchos, a otros producen repulsión por el hecho de ser preparadas sin ningún tipo de cocción. Me siento cómodo con las costumbres gastronómicas que me tocaron, porque me da escaramucia ver en ciertos programas de televisión a miembros de otras culturas y regiones del mundo hincarle el diente al hígado podrido de una foca, mascar trozos de grasa de ballena, deleitarse con el muslo de un perro o disfrutar el ojo entero de una oveja servido en la sopa; o como los bosquimanos, que después de matar un jabalí escogen el intestino, le escurren algo de la caca que tiene adentro, lo pasan dos minutos por la candela y luego se lo mascan como si fuera un chicle.

Será que con los años uno se vuelve exigente y resabiado, porque ya no le jala con igual entusiasmo a cosas que antes le parecían llamativas. Recuerdo por ejemplo el programa tan delicioso que era organizar una comitiva con familiares o amigos. Las primeras fueron con la mamá, la cocinera de la casa o algún adulto responsable, pero después, cuando ya conocíamos el rodaje del asunto, queríamos irnos solos para poder hacer lo que nos provocara. Entonces aparecieron las comitivas al escondido, que eran las mejores, para lo cual cada miembro del grupo debía sacar de manera subrepticia algún producto de la cocina de su casa; uno se encargaba del plátano, otro de las papas, del caldo de sustancia, un tomate y un gajo de cebolla, el poquito de sal y cualquier cosa que pudiera servir.

Luego venía el problema de la olla, porque borrar después la evidencia era prácticamente imposible; por más agua, jabón y esponjilla que se le volee a ese recipiente nunca queda como estaba, ya que el tizne que produce la leña es muy trabajoso de sacar. Pero alguno se aventaba y salíamos dichosos a preparar la improvisada sopa, con el agravante que todos teníamos una receta diferente y ponernos de acuerdo era muy complicado. Lo cierto es que mientras unos procedían con la preparación, el resto se entretenía metiéndole ramitas a la hoguera, escupiendo a las llamas, sacando un tizón para asustar a los demás o escurriéndole el bulto al molesto humo. Como no lográbamos sacar platos y cubiertos para todos, tocaba comer por turnos y a las carreras, lo que hacíamos con gusto porque la verdad los preparados quedaban más malucos que el diablo. También acostumbrábamos asar tajadas de banano en una lata oxidada, o en un tarro vacío de galletas hacer tiraos con panela, coco y corozos, aunque al tratar de manipular la mezcla nos metíamos unos quemones los verracos.

Tiempo después el procedimiento se repitió con más fundamento, cuando nos íbamos de excursión con los amigos y toda la comida debíamos prepararla en un improvisado fogón de leña, o durante los tradicionales paseos de olla y pelota de números, que deben realizarse a la orilla de una quebrada y cuyo plato oficial siempre ha sido el sancocho de gallina. Puede quedar muy bien preparado, con todas las de la ley, pero entonces viene el inconveniente principal: que no se cuenta con mesa y sillas para sentarse a comer cómodamente.

Porque le sirven a uno el sancocho a la temperatura que derrite el plomo y en un plato de icopor lleno hasta el mismo borde; con la otra mano recibe los cubiertos de plástico, una servilleta y un vaso desechable con gaseosa al clima. Toca entonces buscar una piedra dónde sentarse, acomodar el bendito plato en una rodilla y hacer equilibrio para que no se riegue, entre otras cosas porque le arde la pierna que por andar tirando baño está desprotegida. Olvídese si le provoca echarle ají, unas gotas de limón o el infaltable picadillo de cilantro y cebolla, porque después de acomodado ya no se levanta ni el patas.

Lo mismo sucede en las comidas elegantes con muchos invitados, que no caben todos en la mesa y por lo tanto reparten unas tablitas que se acomodan encima de las piernas para poner allí el plato principal; ni hablar del encarte con los cubiertos, o con la bebida que debe esconderse debajo de la silla para que no la derrame el primero que pase. Será que soy muy resabiado, pero la comida así no me resbala.
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martes, agosto 28, 2012

Balance de actualidad (II).


Ante la animada charla que sostenía con el cuidandero de carros en el centro de la ciudad, que parecía mejor un monólogo porque el tipo no soltaba la palabra, decidí no subir la ventanilla cuando debió ausentarse un momento para cobrarle a un cliente que salía en ese momento. Y es que llamó mi atención el hecho que un personaje como ese, que a primera vista califiqué de analfabeto, resultara alguien tan enterado del acontecer diario, un hombre que sabe expresarse a su manera y ávido de informarse a toda hora. Le bastó aprender lo básico en la escuela elemental para defenderse y adquirir algo de cultura por medio de periódicos y demás medios escritos, además de interesarse en aprenderle a la gente. De manera que decidí seguirle la corriente y apenas regresó, le pregunté por qué se daba la bendición tres veces seguidas.

Fue que ese dotor me dejó buena propina y así le agradezco al Divino Niño; siempre que me dan una liguita me santiguo tres veces. Pero estaba por preguntale a usté cómo le ha parecido el gobierno del dotor Santos; porque yo en un principio estaba satisfecho, aunque el presidente Uribe me gustaba bastante, pero ahora estoy algo desilucionao. Con ambos. El primero porque resultó como muy populachero y el segundo por esa friega que mantiene a toda hora, que parece no quererse desprender del poder. Jode porque sí y jode porque no. Además se empareja con el coronel vecino y parecen un par de verduleras.

Porque fíjese su mercé que el dotor Santos empezó bien, aunque muchos lo criticaron desde el principio por prendele una vela a dios y otra al diablo, pero al menos arregló el problema con los vecinos que estaba bien fregao. De ahí en adelante no ha hecho sino embarrala y eso puede verse en las encuestas; y remató con el cuento ese de la reforma a la justicia, el cual lo dejó más caído que teta de gitana. Porque ese cuentico que en el Gobierno no sabían nada de los tales micos no se lo cree es nadies. Lo más grave es que el hombre ya empezó a trabajale a su releción y eso se logra es a punta de populismo; mire no más el cuento de las cien mil viviendas gratis, y fuera de eso nombra a Vargas Lleras Ministro de vivienda pa que el hombre ponga a sonar su propia candidatura y así pueda sucedelo a él después de sus dos períodos. Esa gente no da puntada sin dedal.

Ahora sigue el proceso de comprar el apoyo de los congresistas porque sin ese respaldo no consigue la releción, y como usté sabe ese gremio no se mueve si no le dan algo a cambio. Y volvemos a las épocas del dotor Uribe cuando se disparó la corrución al querer comprarle el voto a todos esos vergajos del Congreso. Lo que más piedra me da es que el Presidente, como ha perdido popularidá en Antioquia por esa garrotera que mantiene con Uribe, entoes resolvió alcagüetiar la enguanda esa de las Autopistas de la prosperidá; el proyeto cuesta la bobaita de 13 billones de pesos, ojo a eso, billones con b de burro, y aunque dicen a boca llena que piensan hacelo entre el Gobierno nacional, la Gobernación de Antioquia y la Alcaldía de Medellín, vaya mire pues cómo son los porcentajes. La nación pone más del noventa por ciento y terminaremos pagando eso entre todos los colombianos, como pasó con el bendito Metro. 

Leí una entrevista que le hicieron a un dotor Federico Restrepo, gerente de ese proyeto, donde me enteré del costo y de las obras tan verriondas que piensan adelantar. Cómo le parece, no sé cuantos kilómetros de vías nuevas, muchas en doble calzada, algo así como setecientos viadutos y ciento treinta túneles, y el tipo dice muy serio que en cinco años tendrán todo listo. Usté me perdona la espresión, pero esa vaina me suena como a pajazo mental. Porque conociendo lo que se demoran para levantar cualquier puentecito en este país…

Además, deberían dedicase a terminar tantas obras que llevan décadas de costrución, en vez de zapotiar más. No más aquí en Caldas tenemos, así por encimita, el aeropuerto de Palestina, el ferrocarril de ocidente y la Autopista del café. Y qué me dice del túnel de La línea, que al paso que va no alcanzaremos a velo terminao. Allá mismo en Medellín llevan varios años trabajándole a la doble calzada de la variante de Caldas y no está ni tibia, y hay que ver el tráfico tan verriondo que circula por esa vía.    

Supe además que el dotor Germán Cardona, al salir del Ministerio, dejó muy bastiao el proyeto para una nueva vía que nos comunique con el valle del Magdalena; pa ese y otros proyetos de interés pal departamento aseguró algo así como setecientos mil millones de pesos. Ojalá el Gobierno no nos embolate ese billetico, porque usté sabe cómo son de complicaos esos trámites. Le digo la verdá, soy pesimista porque en la reciente visita el Presidente no se comprometió con nada; del aeropuerto de Palestina dijo lo mismo que todo mundo, que esa obra hay que terminarla. Pero no dijo ni cómo, ni cuándo, ni con qué.
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jueves, agosto 23, 2012

Mecatos tradicionales.



La mayoría de poblaciones tienen un producto alimenticio que las distingue y es común que las visiten sólo por el placer de paladearlo. Piononos en Supía, chorizos en Villamaría, corchos en Neira, quesillos en Guarinocito, aguapanela con queso en Letras y morcilla en Maracas, son muestra de la diversidad gastronómica de nuestra región. Quien vive lejos de su terruño añora con regresar para darse gusto con esos mecatos que tanto le gustan y por ello muchos manizaleños suspiran por los pasteles de La Suiza, las albóndigas de Míster Albóndiga, los pandebonos de La Ricura o las gafitas de La Victoria.

De mi primera infancia recuerdo que nos llevaban a comer empanadas al drive-in Los Arrayanes, en Chipre; chorizos de Ramonhoyos en la Quiebra de Vélez, por la carretera vieja hacia Arauca; en Chinchiná vendían unos pandeyucas muy buenos en El Venado de oro y en el parque principal los famosos helados de Los Pavos. Otros chorizos muy apetecidos los vendía un viejo mal encarado en la bomba Centenario. En vista de que en mi casa éramos tantos hijos, cada dos meses a quienes cumplían años en ese lapso los llevaban a un restaurante; preferíamos La Cayana, en el Parque Fundadores, o la parrillada de El Dorado Español, en la salida para Chinchiná.

Mecatos que merecen reconocimiento son por ejemplo los pasteles de La Suiza, que venían en una cajita surtida y había que ver el problema para repartirlos, porque varios querían el conito relleno de crema, otros el pastel con forma de sapo o de pollito, las milhojas, el acordeón o el rollo de chocolate. Y qué tal los turrones Supercoco que elaboraba entonces don Roberto Muñoz y que menudeaban en los carritos de dulces a dos por cinco; el señor era vecino nuestro y de vez en cuando nos regalaba una caja de esas deliciosas golosinas. Hoy, casi cincuenta años después, los turrones saben igual, conservan su envoltura y son el producto estrella de una importante empresa local. También perdura en el tiempo la parva de las monjas del convento de La Visitación, en la Paralela con calle 54; y tienen fama internacional las obleas y los helados de Chipre, lugar de visita obligada para propios y visitantes.

Durante la adolescencia y juventud el centro de la ciudad fue nuestro lugar de encuentro. A la hora de tomar el algo podíamos comer empanadas en La Canoa; visitar Las Torres del Centro, en la carrera 22 con Pasaje de la Beneficencia; disfrutar los chuzos de La Tuna; hamburguesas de Domo; albóndigas o salchichas suizas en Míster Albóndiga o pasteles de pollo en Kuqui. Al salir de cine en el teatro Cumanday era obligatorio entrar a La Ecuatoriana, donde ofrecían variedad de viandas. Muy apetecidos eran también los pasteles de piña del restaurante chino Toy San y las génovas que vendían en El Incendio, frente al colegio Nuestra Señora. 

Como en esa época no había hora zanahoria la rumba muchas veces duraba hasta el amanecer y era costumbre buscar dónde comer algo antes de irnos a dormir. En el barrio Arenales quedaba el restaurante La Rueda, atendido por doña Chila, su propietaria, una vieja querendona y amable que recorría las mesas con la olla del arroz y una cuchara para “retacarle” a quien lo pidiera; allí sólo ofrecían sudado de pollo y después de semejante “golpe” quedaba uno despachado. Por esos lados también era conocido el cenadero de la gorda Julia, heredado después por su hijo Careplato que hizo famoso el “caldo peligroso”. Ni qué decir del recordado Petaca, negocio en el cual podía rasparse la grasa de las paredes y cuyo eslogan decía: “Se alivia el guayabo sin cantaleta”.

Otras opciones para el remate de la noche fueron la olla de la Beneficencia, cuyo dueño engarzaba las yucas cocinadas con la uña del dedo pulgar, guarnición que acompañaba la trompa, oreja o papada de marrano; lengua sudada, albóndigas con caldo y pedazos grandes de mondongo también hacían parte de la carta. Después apareció la olla del Banco de la República y ahí, a una cuadra, La Guaca del pollo donde servían caldo con huevo duro adentro, siempre a la temperatura que se derrite el plomo. En la puerta del Club Manizales El Gitano ofrecía cabanos y frente a la Plaza de toros la Barra del Dividivi atendía los borrachos que salían de las discotecas. La chuleta del café La Bahía y la “carta internacional” de El Pilón también hicieron historia. Cuando nos cogía el día buscábamos desayuno en la cafetería Los luchadores, en la carrera 21 con calle 17, donde servían unos huevos fritos que nadaban en mantequilla, pan recién horneado, arepa con queso y chocolate.

A desayunar a El Parnaso, cerca al parque Fundadores por la carrera 23, llegó cierto amanecer un grupo de amigos, entre ellos uno de mis hermanos. Ya acomodados en la mesa se reían porque venían de insultar a unos tombos que se toparon varias cuadras atrás, pero cuál sería el susto cuando en esas apareció la patrulla con los ofendidos. En medio del tropel, uno de ellos logró escabullirse detrás de la barra, se puso un delantal y empezó a lavar loza en el lavaplatos. Todos fueron a parar a la guandoca, menos el avispado que salió tranquilo para su casa a dormir el guayabo. ¡Ah tiempos aquellos!
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miércoles, agosto 22, 2012

Balance de actualidad (I).


La mínima oportunidad que debe dársele a una persona es que tenga acceso a los estudios básicos, porque leer y escribir es sin duda una herramienta fundamental para defenderse en la vida. Así quien sólo pudo completar la primaria, al menos tiene la capacidad de enterarse de lo que sucede a su alrededor a través de periódicos y medios escritos, y si el individuo es inquieto e interesado, puede llegar a adquirir más cultura que el profesional con muchos títulos. Para la muestra un personaje que cuida carros en el centro de la ciudad y a quien conocí hace poco mientras esperaba a que mi acompañante hiciera una diligencia.

Noooo dotor, aquí logrando el veranito, respondió al preguntarle cómo estaba. Este fogaje siempre es muy tenaz, pero es pior cuando se larga a llover y toca andar con un paraguas a toda hora; en esta época lo más jodido es a medio día cuando el resisterio está en la fina. Yo me entretengo con la letura de estos pedriódicos, que aunque sean viejos no dejan de informalo a uno; me los regalan los dotores dueños de los carros que parquean en la cuadra. Además yo le entablo conversa a todo mundo.

Ahorita no más estaba charlando con un cliente que me esplicó el chicharrón en el que anda metido el Gobernador. Parece mentira que una persona tan estudiada y con esperiencia como el dotor Guido haga una bobada de esas. Porque no me diga pues que no sabía que estaba inhabilitao, ya que él ha sido profesor de esas vainas de la costitución y demás yerbas; que le pase a uno que es inorante, vaya y venga, pero a un abogao con recorrido en cargos públicos… El caso es que esa joda nos va a perjudicar porque ahora el dotor Guido pierde poder y si de verdá lo destituyen, quedamos pailas.

Imagine otra vez eleciones, qué pereza, y con el billete que cuesta esa enguanda. Otra cosa es que no va a ser fácil conseguir candidatos que se le midan a semejante desgaste pa gobernar menos de dos años, que sería lo que resta del período. No faltó quien saliera con que el dotor Germán Cardona estaba interesao en ese cargo, como si fuera tan pendejo de despreciar una embajada en las Europas pa venise a toriar semejante avispero. Además él dijo muy clarito en una carta al diretor de La Patria, que le parece un irrespeto que le quieran correr la silla al Gobernador sin haber sido destituido.  

El alcalde también anda como enredao, porque fíjese que pasa el tiempo y no se ve como que arranque su ministración. Es muy raro eso de que los secretarios y demás empliaos le renuncian de seguido, y hasta dice la gente que el hombre como que es muy negrero y malgeniao. También le achacan la culpa a la dotora esa gerente de Infimanizales, que según parece es bastante jodida, aunque sospecho que por ser una funcionaria honrada y trabajadora no le gusta a mucha gente. Usté sabe que los empliaos públicos están enseñaos a mamar gallo y a hacer lo que les da la gana, y entoes cuando se topan con un jefe tallador, prefieren abrirse antes de que los pongan a camellar. En todo caso lo del TIM sí es como muy sospechoso, porque gerente que se posesiona, gerente que renuncia a los pocos días; será que les da miedo quedarse ahí porque de pronto van a templar a la guandoca.

Y eso de irse los viernes quisque a gobernar desde los barrios y las veredas me suena a pura copia de aquellos consejos comunales que hizo famosos el dotor Uribe, cuando visitaba todos los rincones del país supuestamente solucionando los problemas de la gente del común. Aquí es la misma vaina, el alcalde recorre las calles y ordena tapar un güeco en una esquina, reponer unas bombillas que faltan en el alumbrao público, que le arreglen el contador del agua a una vecina que hace el reclamo, que nombren más maestros pa la escuela, que le paren bolas al cura párroco y mil vainas por el estilo.

A este paso lo único que va a tener el alcalde pa mostrar al finalizar su mandato va a ser el puente peatonal de la Terminal de transporte, porque de resto no se ve nada. Fíjese que el proyecto ese verriondo de San José quedó suspendido, la doble calzada por los laos de Lusitania está más demorada que la Autopista del café y hasta la continuación del cable aéreo hacia Villamaría se enredó. Lo único que han puesto a funcionar en los últimos tiempos es el bendito cable de Los Yarumos, que sirve pa lo que sirven las tetas de los hombres: pa nada. Porque muchos creímos que el parque se iba a disparar con la puesta en funcionamiento del cable para ir hasta allá, pero qué va, eso lo dejaron caer y esta es la hora que no han resuelto siquiera quién lo va a ministrar.

Aguarde dotor voy a despachar aquel cliente y regreso pa que sigamos con la conversa, aunque le cuento que ando desatualizao porque me pasé veinte días pegao de aquella vitrina pa no perdeme detalle de los juegos olímpicos. ¡Qué vaina tan eselente!
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martes, agosto 14, 2012

Los agáchese.


Antes de que se implementaran en las ciudades los llamados Sanandresitos era muy difícil conseguir artículos y productos extranjeros. Por fortuna vivíamos muy bien con lo que ofrecía el mercado nacional y en ese entonces la sociedad de consumo no se parecía en nada a lo que es hoy. En Manizales las damas más pudientes recurrían a una señora que vivía en el barrio Chipre y que traía ropa, perfumes, accesorios y demás chucherías del exterior, por lo que en las fiestas de sociedad las mejor vestidas eran las clientas de la reconocida matutera; ya después otras copiaron la idea y aún existen personas dedicadas a traer maletas llenas de mercancía del exterior.

Si uno quería comprar cualquier artículo novedoso, salido de lo tradicional, se desplazaba a la calle 19 entre carreras 19 y 21, donde se asentaban unos comerciantes informales en los andenes y ofrecían sus mercancías en aquellos tradicionales catres de lona que se armaban muy fácil y que fueron tan comunes en casas y fincas para acomodar muchachitos. La gente empezó a llamar esos puestos los agáchese por la necesidad del cliente de doblarse por la cintura para alcanzar algún artículo que llamara su atención y la zona se volvió de visita obligada para propios y visitantes.

Quien quisiera mercarse una loción Brut o Pino Silvestre; unas gafas Ray-ban; si buscaba una candela de gas o el tarrito de combustible para recargarla; si tenía antojo de unos chicles gringos o quería darse el ancho con una chocolatina Milky way; o buscaba ponerse a la moda con unas camiseticas chinas que eran baratísimas, arrimaba allí y después de regatear un poco calmaba el antojo. También vendían casetes extranjeros cuando estos se pusieron de moda, Maxell, BASF, Sony o TDK,  pues los fabricados en el país eran ordinarios y tiro por zambo se enredaban dentro de grabadoras y pasa cintas.

Luego aparecieron los famosos Sanandresitos, primero en ciudades de la costa atlántica, y quien los visitara no podía regresar a casa sin algunos regalos que eran tradicionales: un paquete de turrones Craft, uno de galleticas de higo, un frasco grande de Tang de naranja, que no era nada diferente a esas bebidas en polvo que venden ahora a precios módicos; y otras cuantas baratijas con empaques raros y novedosos. El viajero llegaba además estrenando gafas y reloj, chiviados ambos pero muy aparentadores; compraba algunas cervezas extranjeras en lata para chicaniar; un cartón de cigarrillos Marlboro; y un flamante radio reloj para la mesa de noche. No faltaba el que también traía un potecito de la famosa pomada china, la cual según recomendaba el negro vendedor debía aplicarse en la herramienta al momento de entrar a matar dizque para volver locas a las muchachas.

Durante muchos años la gente no tuvo claro si comprar en Sanandresito era legal, porque así las autoridades permitieran su existencia, después de salir uno del lugar con su electrodoméstico lo podían parar en la esquina y quitárselo dizque porque era mercancía ilícita. Un comerciante de Pereira era el zar del matute en los inicios de esa modalidad de negocios y los manizaleños bajaban a comprar allí sus televisores, equipos de sonido, el betamax o el novedoso exprimidor de naranjas, pero tenía que hacer fuerza para que no lo fueran a detener en un retén de las Rentas departamentales que había en La Batea, cerca a Chinchiná, porque allá le quitaban lo que trajera.

Lo mismo sucedía a quienes llegaban de San Andrés por el aeropuerto Matecaña, porque aunque el pasajero tenía derecho a traer un cupo determinado, vaya pues explíquele esa vaina a un guarda de la aduana a media noche y en plena carretera. El tipo, seguro necesitado de plata, insistía en que era contrabando y procedía a confiscar botellas de licor y cigarrillos extranjeros, cualquier electrodoméstico o mercancía que trajera, por lo que fueron muchos los que debieron llegar a la casa sin los encargos y además trinando de la ira.

Todavía siento pena ajena al recordar algo que me sucedió cuando trabajaba en el aeropuerto a mediados de la década de 1980. La Industria Licorera de Caldas organizó una convención en San Andrés y entre los viajeros estaba el gobernador, un señor de esos de antes, correcto, serio y de una honorabilidad sin tacha. Y como la ley de Murphy nunca falla, cuando regresaron fue al mandatario a quien le embolataron el equipaje.

Personalmente atendí la queja del ilustre personaje, quien además era amable y sencillo, y me puse en la tarea de rescatar la maleta. Cuando al fin apareció me dio mala espina porque venía sin candado y como supuse, al revisarla el doctor Jaime descubrió que faltaban dos botellas de whiskey, un cartón de cigarrillos y otras regalitos que traía para la familia. Yo no sabía qué decir ante semejante situación tan embarazosa y procedí a disculparme mientras le prometía que la queja iría directamente a la presidencia de la compañía, y que haríamos todo lo posible por dar con los responsables. Entonces me palmeó la espalda y debí prometerle que el asunto quedaba entre nosotros, pues arguyó que con seguridad se enteraban los periodistas y mínimo le armaban un escándalo por contrabandista, y que él no estaba dispuesto a enlodar su buen nombre por un par de chucherías.
pamear@telmex.net.co

martes, agosto 07, 2012

¡Hasta que ya!

Las mamás de ahora no se parecen en nada a las que nos tocaron a nosotros. Todo ha cambiado de manera considerable y sin duda las costumbres y el número de miembros de las familias son muy diferentes, lo que les da mucha libertad a las madres modernas que pueden estudiar, desempeñarse profesionalmente y tener una vida social activa. Porque las matronas de antaño vivían sólo para atender a la prole, administrar la casa, complacer al marido y mantener la armonía en el hogar. Y es que una señora con diez o quince hijos no debía tener tiempo ni para bañarse, lo que se deduce al pensar en las labores que debía realizar a diario.


No se parecen en nada a las de ahora que son ejecutivas exitosas, por motivos de trabajo viajan con regularidad, asisten religiosamente al costurero, acuden al gimnasio, al salón de belleza, a que les hagan masaje, participan en fiestas y reuniones sociales, salen con las amigas, van a cine, hacen visitas, almuerzan por fuera y muchas se meten a clases de cocina, pintura o yoga. La liberación femenina acabó con aquellas mujeres abnegadas que dedicaban su existencia al bienestar de su familia. Viejas pendejas, pensarán hoy en día.

Sobra decir que debido al agite diario a aquellas mujeres se les saltaba la piedra a cada momento, porque con tantos muchachitos por ahí dedicados a hacer daños y pilatunas no habría paz en el hogar, además de las peleas entre hermanos que existen desde Caín y Abel. O las rabias que les producían las sirvientas, que como eran varias e internas, a toda hora estaban con el chisme, la queja, el lleve y traiga, los celos y las chambonadas de rigor: que le chafaron el vestido nuevo al marido, se tiraron la ropa de color con límpido, dañaron la brilladora o la cocinera manidura que rompía un plato diario.

Algo que recordamos con nostalgia quienes nos criamos en familias numerosas son las frases típicas que toda mamá repetía sin tregua en el diario quehacer, muchas de las cuales eran para quejarse por el agotamiento que mantenían y por la desconsideración que sentían hacia ellas. ¡Con ustedes todo es una lucha!, decían desesperadas cuando los hijos no acataban sus órdenes y por lo tanto debían repetirlas hasta el cansancio. Y entonces venían las amenazas con frases como: ¿qué van a hacer el día que me les muera, quién les va a hacer todo?; o cuando desesperadas miraban al cielo, se agarraban la cabeza y con voz angustiada exclamaban: ¡ustedes me van a enloquecer!

Aquellas madres vivían pendientes de las amistades que frecuentaban sus hijos y en eso eran muy celosas, porque si alguien no les gustaba no había forma de hacerlas cambiar de parecer. Entonces no perdían oportunidad para echarle puyas al amigo indeseado, y si por ejemplo el hombre llamaba a la casa después de las nueve de la noche, ella le contestaba con voz de pocos amigos: ¡esta no es hora de llamar a una casa decente!; tampoco cejaban en su empeño al recordarnos: mijo, ese amigo no le conviene. Y si era un pretendiente de alguna de las niñas y al llegar a recogerla no se bajaba del carro sino que pitaba, se enfurruscaban e insistían a la hija para que le dijera al zambo que respetara, que eso no era un hotel y que se dispusiera a timbrar como la gente normal.

Si algo enfurecía a una mamá era que un mocoso le contestara de mala manera y para esos casos tenían a mano expresiones como: ¡es que me provoca ahorcarlo!; y si el zambo estaba muy envalentonado, la amenaza era más contundente: ¡siga así culicagao y le volteo el mascadero! Cuando el muchacho ya estaba crecidito e insistía en tener autonomía, ellas apelaban a la lógica de la vida para desarmarlo: ¡mientras usted viva en esta casa, se hace lo que yo diga! Y para que no quedaran dudas, le remachaba: ¡acuérdese que usted no se manda solo!

Aquellos mayores se esforzaron por mantener nuestra fe y devoción cristiana, por lo que era común que la mamá recomendara a los hijos que rezaran una oración antes de irse a la cama; era típico que dijeran: no se vayan a acostar como unos animalitos. Además ellas no decían que algo les parecía muy raro, sino muy particular; para resaltar cualquier cosa preferían el ¡hasta que ya!; si se trataba de describir algo imposible acudían al ¡no hay poder humano!; y si algún mocoso estaba muy resabiado o ponía mucho pereque, no dejaban de echarle un vainazo al marido al comentar: ¡está igualito a su papá!

Como la madre eran más fácil de convencer recurríamos a ella para pedir los permisos, responsabilidad de la que se libraba con el consabido: vaya pregúntele a su papá primero a ver qué dice. Entonces uno aprovechaba que el cucho estuviera concentrado con alguna lectura, resolviera el crucigrama o sintonizara el noticiero, momento en que se desconectaba del mundo, porque seguro a modo de respuesta apenas rezongaría, señal que uno asumía como una autorización. Claro que si la mamá no estaba de acuerdo no había forma de convencerla, y cuando ella se quedaba sin argumentos para defender su causa, cancelaba así la discusión: ¡porque yo soy su mamá, y punto!

pamear@telmex.net.co

martes, julio 31, 2012

Deportes a la carta.

Acostumbrábamos reunirnos los hermanos en la casa de mi mamá, hace ya muchos años, para ver los miércoles en horas de la noche un programa en la Cadena 3, hoy Señal Colombia, en el cual el periodista Andrés Salcedo presentaba un partido de fútbol alemán. El narrador colombiano vivió muchos años en ese país europeo, donde se convirtió en narrador estrella del torneo de primera división, y por lo tanto conocía al dedillo a jugadores, entrenadores y demás personajes relacionados con el mundillo del fútbol teutón.


En ese entonces el canal institucional era transmitido por una frecuencia diferente a la de las dos cadenas nacionales, por lo que era necesaria una antena especial para sintonizarlo. Vendían para tal fin una pequeña antenita, en forma de corbatín, que se pegaba a la del televisor y de esa manera algo podía verse del aún incipiente canal. Aparte de eso, la televisión en colores apenas había llegado a nuestro país a mediados de 1978, durante la transmisión del Mundial de fútbol de Argentina, y por lo tanto en la mayoría de los hogares todavía se veía la televisión en blanco y negro. De manera que el tan esperado programa, donde podíamos ver tal vez el único partido de fútbol que trasmitían durante la semana, era con una imagen lluviosa, mal sintonizada y en blanco y negro.

Hoy en día prende uno el televisor a cualquier hora y encuentra fútbol argentino, mejicano, español, la semifinal del torneo suramericano, un clásico del fútbol italiano, todos en colores, alta definición y en pantalla gigante, y sin embargo muchas veces apaga el aparato molesto dizque porque no hay nada para ver. Ahí cabe perfecto aquello que tanto gordo empalaga. Porque entre más tenemos, más queremos; así somos los seres humanos. Por ello siempre que pienso así, rememoro aquellos partidos transmitidos por Salcedo y a todos apretujados en un cuarto para no perdernos jugada de lo poco que alcanzábamos a ver.

La televisión por cable nos permite asistir, en primera fila, a los más importantes eventos deportivos del mundo entero. Ya depende a qué disciplinas sea uno aficionado, porque hay para todos los gustos, y basta con programarse para disfrutar de los torneos y competencias que se realizan durante todo el año. A quien le interese por ejemplo la velocidad tiene para escoger entre todo tipo de carreras y categorías en los más variados vehículos, desde los modernos F-1 hasta camiones y carros de playa, además de motocicletas de todos los estilos. Otra disciplina con muchos seguidores es el tenis profesional, deporte que reúne a los mejores exponentes en diferentes torneos de interés alrededor del planeta.

Somos amigos a aficionarnos al deporte en el que algún colombiano se destaque y por ello muchos nos volvimos seguidores del automovilismo cuando Montoya fue figura; lo mismo sucedió con Lucho Herrera en el ciclismo, Asprilla en el fútbol, Rentería en el béisbol, Camilo Villegas en el golf, etc. El problema está en que nuestros representantes deportivos en el ámbito mundial son flor de un día, razón por la cual uno se olvida de la disciplina en la que el fulano figuró y nunca le vuelve a parar bolas.

Otra situación que se presenta es que después de deleitarse por ejemplo con el torneo de tenis de Wimbledon, ya no podrá encontrarle gracia al de Colsanitas en Bogotá y con seguridad le parecerá jartísimo. Lo mismo nos sucede con el fútbol. Recientemente disfrutamos la Eurocopa, torneo futbolero que reúne las mejores selecciones de ese continente, donde el buen fútbol impera porque son técnicos, hábiles, aplicados, serios y comprometidos con su camiseta, además de poseer una excelente preparación física. El juego limpio se impone y la casi totalidad de jugadores son caballerosos, buenos camaradas, honestos y profesionales.

Unas semanas después vemos la final del torneo colombiano entre Santa Fe y Deportivo Pasto y nos dan ganas de llorar. Qué pobreza futbolística, qué falta de técnica, qué espectáculo tan deplorable; un partido en el que cada que alguien recibe el balón es blanco de patadas y empujones. Y los futbolistas son marrulleros, irresponsables, volean garra sin compasión, engañan al árbitro, se insultan, pelean y en general son unos troncos monumentales. Después de ver un partido como el que jugaron Italia e Inglaterra en la Eurocopa no queda sino aceptar que lo que practican aquí se llama igual, pero no tiene nada que ver. La diferencia es como la que hay entre los técnicos Sir Álex Ferguson, del Manchester United, y Alberto Gamero, del Boyacá Chicó.

La televisión nos trae espectáculos como el Tour de Francia o los Juegos Olímpicos de invierno; deportes elegantes como la equitación, recios como el rugbi, brutales como el boxeo, perfectos como la gimnasia, técnicos como el billar, aburridos como los piques de velocidad, emocionantes como el fútbol, lentos como el baloncesto cuando reiteradamente piden tiempo, eternos como el béisbol y con tantas variables que hasta nos transmiten un campeonato mundial de póker.

Ahora vienen los juegos olímpicos de Londres y quedaremos con los ojos cuadrados de ver a los mejores deportistas del planeta enfrentados para lograr subirse a lo más alto del podio. Y que les quede claro a las señoras que durante el próximo mes no soltaremos el control remoto del televisor ni para ir al baño.

pamear@telmex.net.co