miércoles, agosto 31, 2005

Respuestas Oportunas

Siempre he pensado que no existe un arma más eficaz para calmar los ánimos, romper el hielo o sobreponerse a una situación embarazosa, que una respuesta genial y oportuna. El buen humor desarma a cualquiera y son pocos los que después de recibir una respuesta de estas no bajan la guardia y cambian de actitud. Sin embargo no todas las personas tienen esa cualidad, de decir la palabra correcta en el momento oportuno, y muchas veces resultan agresivos o cínicos. En todo caso no cabe duda de que un chispazo genial ayuda a sortear una situación difícil. Recuerdo algunas respuestas que me han parecido magistrales.

A diferencia de ahora, cuando la profesión de médico es mal remunerada, a los galenos les controlan el horario y son explotados por empresas prestadoras de salud que se metieron de intermediarias entre el médico y el paciente, los doctores de antes eran los chachos de la comunidad y repartían su tiempo como mejor les pareciera. Los especialistas eran escasos, la competencia mínima y para todos había trabajo. La mayoría de profesionales daban clase en la universidad, atendían su horario de trabajo en el hospital o en alguna clínica, tenían consultorio particular, prestaban sus servicios a las empresas y además terminaban la tarde haciendo visitas a domicilio. Claro que muchos de ellos llegaban a la casa como una “mica”, porque en todas partes les ofrecían un trago y al final del recorrido ya no sabían de quién eran vecinos.

Me cuenta el doctor Raúl Vallejo, gerente “vitalicio” del CAA de San Rafael, que su padre, quien se llamaba de igual forma, trabajaba 26 horas al día. En vista de que casi todas las labores las desarrollaban en el Hospital Universitario de Caldas, ya que entonces no existía esa proliferación de clínicas que hay ahora, los médicos cumplían con varios horarios al mismo tiempo porque en cada piso había una dependencia diferente. En uno estaba el Seguro Social, en otro los pacientes de caridad, en el siguiente la Caja de Previsión y en el quinto piso las habitaciones particulares. De manera que el doctor Vallejo trabajaba 8 horas para la Universidad de Caldas, 8 para la Beneficencia, 8 para el Seguro Social y dos horas para una empresa privada; además, tenía consultorio particular y llegaba a la casa temprano a revisar tareas y poner orden.

Hasta que cierta vez un organismo de control del estado empezó a investigar el horario de los médicos y todos ellos fueron visitados, y cuando llegaron al consultorio del doctor Manuel Venegas, eminente galeno recordado con cariño por los manizaleños, le presentaron documentos y pruebas que demostraban que él laboraba 25 horas al día. El funcionario de turno, muy envalentonado, le pidió que explicara cómo podía darse esa situación, y el doctor Venegas le respondió con ese acento bogotano que lo caracterizaba, y después de estudiar con detenimiento los papeles que le presentaron:
-Ala, te digo la verdad, me levanto una horita más temprano.

Compartir una velada con mi tío Eduardo Arango es una verdadera delicia, porque es magnífico conversador, tiene un humor maravilloso y es un mamagallista consumado. Claro que tiene la particularidad que no le gusta perder ni media. Alguna vez disfrutábamos de su compañía en la finca de su propiedad y mientras charlábamos al calor de unos tragos, se tocó el tema del gabinete que estaba conformando en ese momento un nuevo gobierno. Entonces todos estuvimos de acuerdo, menos don Eduardo, en que los ministros deben ser especialistas en el cargo que van a ejercer; médico el de salud, economista el de hacienda, ingeniero el de obras, etc. Sin embargo el tío, seguramente basado en que él ni siquiera terminó bachillerato y sin embargo ha sido un hombre de reconocida trayectoria, seguía en sus trece de que todos estábamos equivocados. El caso es que ante lo apabullante de las razones que le dimos acerca de que los tiempos han cambiado y ahora la tecnología se impone, el hombre comentó entre dientes:
-¡Hum!, de manera que estos son de los que creen que el cementerio lo debe administrar un muerto.

Y para rematar, esta perla de mi primo Pablo Ocampo. El hombre ha sido muy parrandero y un jueves llegó a la casa a las 6 de la mañana. La mujer se puso como una tatacoa y le dijo hasta misa, y le advirtió que en adelante dejaría la puerta con tranca para no dejarlo entrar. Él mostró arrepentimiento y juró que no se repetiría, pero esa noche se presentó un programa especial, y aunque pensaba demorarse poco, llegó a timbrar a la casa cuando despuntaba el día. Entonces la señora se arrimó a la puerta y le dijo sinvergüenza, que si no le daba pena con los niños, que respetara, y que de una vez le recordaba que no le iba a abrir. Pablo con voz de angustia le dijo que por favor lo dejara entrar porque estaba herido, a lo que ella accedió de inmediato y el muérgano se escabullo hacia su cuarto a acostarse. La señora lo miraba por todas partes y cuando le preguntó que dónde estaba herido, que ella no veía la sangre, el hombre le respondió:
-No mamita, estoy muy herido con lo que usted me dijo ayer.

jueves, agosto 11, 2005

Adios a las Armas

Así tituló el escritor norteamericano Ernest Hemingway una de sus más reconocidas novelas, basada en su experiencia como voluntario para manejar ambulancias en la guerra que sostuvieron italianos y austriacos en la región del Piamonte. El joven aventurero resultó herido por una bala de fusil, y seguramente durante la convalecencia encontró la inspiración para desarrollar el relato.

El mismo título puede llevar una campaña a nivel mundial para que, así suene a utopía, le digamos no más a todo tipo de armas. Desde una navaja o una cachiporra, hasta un submarino nuclear. Parece inaudito que desde su aparición en este planeta el ser humano haya buscado la forma de construir armas de cualquier tipo, aunque en un principio lo hicieron para cazar y defenderse de las fieras. El problema empezó cuando dos fulanos se cogieron ojeriza y descubrieron que los garrotes y las lanzas también servían para deshacerse de un enemigo.

No existe período de la historia que no esté plagado de guerras. Los imperios basaron su poderío en los ejércitos que manejaban; los romanos con sus legiones, los mongoles con las hordas de jinetes, los ingleses y su poderosa flota naval, los alemanes con toda una maquinaria de guerra y ahora los gringos, que no saben qué más inventar para acabar hasta con el tendido de la perra. Parece increíble que un artista como Leonardo da Vinci no pudiera convencer a los príncipes y mecenas a través de su arte, sino con bocetos de poderosas armas de guerra que los haría más fuertes y poderosos que sus vecinos. En busca de eliminar otros seres humanos fue que algún día inventaron el arco de flechas, la ballesta, la espada, la catapulta, el arcabuz, el mosquete, el cañón, el gas mostaza, el fusil, la bayoneta, el lanza llamas, el mortero, los aviones y barcos de guerra, los tanques, el helicóptero artillado, la navaja automática y el revólver, entre otros miles de armas mortíferas.

Ahora cualquier mocoso consigue un fierro y después de que se carga al primer parroquiano, por encargo, por robarle el carro o porque le sacó la lengua, el asunto se vuelve para él lo más intrascendente y ahí es cuando la vida de los ciudadanos del común no queda valiendo un rábano. El destino lo lleva a usted a enfrentar a un bandido de estos y en un segundo, lo que demora en accionar el gatillo, es suficiente para que lo mande a la otra vida; un ser humano con ilusiones, con familia, con el futuro por delante, y en un abrir y cerrar de ojos quedó frito, despachado con un pedazo de plomo de unos pocos gramos entre la cabeza.

En un documental dirigido por el cineasta norteamericano Michael Moore sobre una matanza de estudiantes en una escuela secundaria, perpetrada por dos jóvenes alumnos, demuestra el gusto de los gringos por las armas de fuego y los graves efectos que esto ha traído a esa sociedad. La organización “Amigos del rifle”, liderada por el actor Charlton Heston, defiende la tenencia de armas y el derecho a defenderse por su propia mano. Por ello a diario se presentan casos como el referido, o el de niños que por accidente matan a sus hermanitos o compañeros porque tienen a mano dichos artefactos. Y como allá usted llega a una tienda y con solo llenar un formato y mostrar la identificación puede adquirir un fusil de asalto, una pistola, un revólver de grueso calibre, una ametralladora o cualquier tipo de arma, la proliferación de estos mortales elementos es aterradora.

Pero el problema con los gringos no es por la cantidad de armas, sino porque se han vuelto paranoicos e intolerantes. La prueba la presenta el señor Moore en el programa al comparar con sus vecinos canadienses, donde existen mayor cantidad de armas debido a su gusto por la cacería, y las cifras de asesinatos son ínfimas. Ese año en los Estados Unidos hubo más de once mil asesinatos mientras en Canadá no llegaban a cien. En ese país indagó con el comisario de una ciudad del tamaño de Manizales cuántas muertes violentas hubo en el último año, y el tipo se puso a echar cabeza porque no recordaba cuántos años hacía que no ocurría un hecho de esta naturaleza. Parece mentiras que en nuestra ciudad maten dos o tres personas al día, en Caldas fueron 35 los asesinatos en un mes, en Cartago “quebraron” ocho en una semana, y en Colombia… ya ni llevamos la cuenta. Pero en Tokio, una metrópoli de 30 millones de habitantes, a junio de este año había ocurrido un solo asesinato. ¿Cómo puede ser posible?

Vuelvo con lo que pasa en Estados Unidos. Hace poco una pareja de amigos estuvieron de vacaciones en el estado de Carolina, y mandaron los niños a un campo de verano. Entonces me puse a conversar con los chinos para que me contaran qué tal es esa vaina, y el mayor, de doce años, me hizo un recuento de todas las actividades que desarrollaron en su estadía. Claro que fue enfático en que lo que más le gustó fue el polígono, y que de los tres tipos de armas que le enseñaron a disparar, su preferida fue la pistola de 9 milímetros. ¿Habrá derecho a que los gringos sean tan brutos?

miércoles, agosto 03, 2005

Qué Nombrecito

Todavía no me explico a quién se le ocurrió bautizar los padecimientos graves con el terrorífico nombre de enfermedades catastróficas. Esa vaina le tumba el carriel al más optimista. Pudieron llamarlas tipo A, de alto costo, de trato especial o simplemente graves, pero le zamparon el catastrófico como para dejar al paciente bien preocupado. Y lo triste es que las llaman así por el alto costo que representan los tratamientos que requieren, porque es una catástrofe para ellos un paciente con SIDA, cáncer o insuficiencia renal.

Por fortuna en este país la justicia defiende los pacientes y en la mayoría de casos las tutelas son falladas a su favor, lo que obliga a las entidades de salud a prestarle el servicio necesario. La gente se aterra que en Colombia necesitemos acudir al juez para recibir atención médica, pero desconocen que existe un POS (Plan obligatorio de salud) que en muchos casos no cubre los medicamentos indicados para ciertos tipos de tratamiento. Entonces al recibir el fallo de tutela, el gobierno, por medio del FOSYGA, debe reconocer a la entidad la diferencia del costo entre el medicamento que ofrece el POS y el que requiere el paciente. Así se curan en salud y es el estado el que corre con ese gasto extra, porque de lo contrario ya habrían quebrado todas las EPS.

Catastróficamente hablando yo padezco una enfermedad catastrófica. Hace un año mi primo Rafael Arango vino a decirme que el resultado de una biopsia que me hizo en la mejilla izquierda, resultó ser un melanoma. Como es común, siempre le tuve terror a la palabra cáncer y pensaba que a quien se lo diagnosticaran, de cualquier tipo, estaba despachado. Sin embargo, con el tratamiento recibido y el manejo de la enfermedad por parte de los médicos y demás personas comprometidas, uno aprende a convivir con el problema y a tornarse optimista y positivo. Claro que sin meterse mentiras ni desconocer la gravedad del asunto.

A usted le dicen que tiene cáncer y los primeros meses no piensa en otra cosa. Cuando se despierta es lo primero que recuerda y el resto del día se la pasa echándole cabeza a la cuestión e imaginándose lo peor. Por fortuna uno se acostumbra a todo y con el paso del tiempo se familiariza con la situación.

Por tratarse de un tumor maligno hay que actuar rápido y en el CAA de San Rafael mi amigo Raúl Vallejo me colaboró para gestionar una cantidad de exámenes que ordenaron. A los pocos días estaba en el quirófano, pero me sentía como en casa porque el anestesiólogo era mi primo Juan Bernardo Mejía, un tipo maravilloso, y la cirujana la doctora Cristina Ángel, a quien también considero como de mi familia y además tiene unas manos prodigiosas. Esta es la hora en que ya casi no se nota el machetazo que me tuvo que hacer en la mejilla.

Pero faltaba lo peor, porque a los dos meses apreció un ganglio inflamado en el cuello. Otro primo, Luis Alfonso Mejía, patólogo, me sacó una muestra con una jeringa y apareció un líquido como aceite quemado. Metástasis y el procedimiento a seguir fue vaciamiento del cuello al lado izquierdo. Otra vez para la Clínica de Villa Pilar y esta vez fue el doctor Andrés Chala, un as del bisturí, acompañado de nuevo por Juan B. Esa noche la pasé en cuidados intensivos, más trabado que un bulto de cachos a punta de morfina, y cuando desperté pensé que me habían arrancado la cabeza y me la habían vuelto a pegar. Con el cuello de la camisa la vaina no se nota pero es como si un tiburón me hubiera zampado un tarascazo en el pescuezo, porque para curarse en salud me sacaron hasta el apellido.

Luego vino la radioterapia en el Instituto Oncológico, ION, donde encuentra uno la gente más querida del mundo. Desde la gerente hasta la señora que reparte los tintos son de una amabilidad que le suben el ánimo a cualquiera; claro que la radiación mina el organismo y termina uno como Superman cuando le mostraban la criptonita. Ahora estoy en quimioterapia, con un medicamento más caro que el diablo; ni vendiendo hasta los calzoncillos hubiera tenido para pagar ese tratamiento. Y todo lo referido por cuenta del Seguro Social, o Rita Arango como se llama ahora, por lo que no me canso de agradecer a Dios haber estado afiliado a esa entidad. Además, porque todos sus funcionarios se han manejado como unos príncipes conmigo.

En estas encrucijadas de la vida es cuando se da uno cuenta de la clase de familia y de amigos que tiene, y eso reconforta. Muchos de ellos, para subirme el ánimo, hablan de un pariente o amigo que pasó por el mismo tratamiento, tuvo idéntica reacción pero al final le fue muy bien. Claro que al preguntar que cómo está el fulano, casi siempre dicen que ya viajó.

Sigo muy confiado en mi médico de ION, el doctor Juan Paulo Cardona, pero me tiene un poquito orejón que el hombre además de ser radio oncólogo, es especializado en tanatología (estudio de la muerte). De manera que debo estar pilas por si deja de tratarme con la primera especialización y pasa a la segunda, porque eso quiere decir que uno ya estoy oliendo maluco.

PRIMERO LO PRIMERO

Seguramente van a decir que soy muy ignorante y cachicerrado, pero no hay poder humano que me convenza de la utilidad que generan las investigaciones que hace el hombre en el espacio exterior. Mejor dicho, acepto que los resultados pueden ser beneficiosos para el futuro del hombre en la tierra y que es importante buscar nuevas fronteras para las generaciones venideras, pero lo que me parece absurdo es que mientras en este mundo exista tanta hambre, tanta necesidad y semejante desigualdad, se gasten esas millonadas en pendejadas que por ahora de nada nos sirven.

No encuentro razón para que inviertan 350 millones de dólares en un proyecto que consiste en abrirle un huraco a un cometa que vaga tranquilo por el universo, para tomar fotos del totazo y seguramente interesados en ver si en el interior de esa piedra hay petróleo, oro, diamantes o cualquier otra riqueza que pueda hacer a los colosos del norte todavía más poderosos. Toda esa plata que gastaron en semejante ociosidad es poca si la comparamos con el presupuesto destinado a los lanzamientos de los transbordadores, donde unos astronautas se dedican a investigar cómo se reproducen los ratones en un medio sin gravedad, cuánto se demora una semilla de maíz para germinar, y tomarle fotos a los huracanes y demás fenómenos climatológicos que suceden en nuestra atmósfera, lo cual se ve patentico desde allá. Repito que soy lego en la materia y esos piscos deben hacer unos experimentos muy importantes, pero de todas maneras me parece que lo primero es lo primero.

Antes de buscar por fuera, por qué no solucionar los innumerables problemas que enfrentamos en este sufrido planeta. De todos es bien sabido que la caridad empieza por casa y la pobreza en que viven miles de millones de seres humanos es aterradora. Sin irnos muy lejos, hace poco me enteré de una estadística que asegura que en nuestro país ocho de cada diez personas se acuestan con el estómago vacío. Eso quiere decir que cualquier día, mientras en compañía de mi mujer nos disponemos a comer, existen ocho compatriotas que están pasando física hambre. Así pierde el apetito cualquiera.

Pero cómo estarán de vaciados en los países del continente negro, que los ojos del mundo están puestos en la pobreza extrema que se vive por allá. Al menos los artistas se preocupan por la miseria de los demás, y es así como un grupo de músicos famosos organizó un concierto para buscar que los países más ricos le perdonen la deuda externa a algunas naciones africanas. Pero se pueden ir bajando de la nube, porque esos ricachones no dan puntada sin dedal. Ellos pensarán que si les aplican lo de borrón y cuenta nueva, se impone la cultura del no pago y ahí sí se les pone el dulce a mordiscos. Además, los demás países del tercer mundo vamos a mover cielo y tierra a ver si también nos meten en semejante beneficio.

Cómo es posible que en este mundo exista tanta desigualdad. Por qué los seres humanos permitimos que haya personas que derrochan dinero sin medida, mientras la mayoría no tiene siquiera para comprar un pan. Cuándo vamos a reaccionar ante las cifras que hablan de los millones de infantes que mueren cada año por falta de oportunidades, de medicinas, de comida. Qué ley natural permite que mientras algunos niños tienen derecho a disfrutar de una infancia feliz con todas las comodidades y facilidades, la gran mayoría deba trabajar desde sus primeros años para llevar ayuda económica a sus hogares; siempre que tocan el tema de los menores trabajadores en la televisión, muestran a unos muchachitos de diez o doce años que laboran en unas minas de carbón, aquí en nuestro país, y que se arrastran por unos socavones mientras jalan unos carros llenos de material, como si fueran animales de tiro. Eso parece el infierno de Dante.

Da tristeza ver cómo en los países desarrollados gastan inmensas fortunas en obras de infraestructura y a los pocos años les meten dinamita para levantar unas más modernas. Y la competencia por cuál construye el puente más largo, el edificio más alto o el estadio con mejores condiciones técnicas y de seguridad. Siempre que escucho el costo de cualquiera de esas mega construcciones no puedo dejar de calcular cuántas viviendas se podrían construir con tanto billete; o cuántos platos de comida se comprarían para que la gente al menos calme el hambre; y cuántos hospitales se lograrían abrir para que ningún ser humano muera por falta de recursos.

El derroche de la guerra sí que es absurdo. Soy vecino del batallón y casi todos los días hacen polígono desde muy temprano hasta la noche, y puedo asegurar que disparan un tiro por segundo. Calculen el costo de esa munición. Y aclaro que se trata solo de un entrenamiento, porque ni hablar del presupuesto necesario para sostener un ejército. Del otro lado los grupos insurgentes gastan miles de millones (mal habidos, por supuesto) en asolar los pueblos de los indígenas y de los campesinos pobres con bombardeos indiscriminados. Si invirtieran esa plata en llevarles mercados, medicinas y obras que les mejoren la calidad de vida, con seguridad ya se habrían tomado el poder; por eso nunca he podido entender la forma de proceder de nuestros revolucionarios.

jueves, julio 14, 2005

Cambios citadinos.

CAMBIOS CITADINOS.
A veces me pregunto cómo encontrara la ciudad de cambiada el manizaleño que salió de aquí con rumbo al exterior hace unos veinte o treinta años, y que por alguna circunstancia nunca ha regresado. Porque si yo que he vivido siempre aquí disfruto viendo el desarrollo y siempre estoy recordando cómo era antes un lugar determinado, para compararlo con la apariencia que presenta actualmente, entonces para alguien que se encuentra de sopetón con tantas novedades, obras públicas, edificios, urbanizaciones y demás cambios, tiene que ser muy sorprendente.

Una obra que le ha cambiado la cara a la ciudad es por ejemplo el Bulevar del Cable. Además, desde que le endilgaron el nombre de Zona Rosa a todo ese sector, la vida comercial se adueñó del espacio y cada vez son menos las residencias habitadas por familias; porque es más rentable alquilar la casa para cualquier tipo de negocio, o sacarle varios locales comerciales, y así obtener una renta más jugosa. Los muchachos de ahora pensarán que ese cuento de la zona rosa ha existido toda la vida, pero definitivamente es un concepto muy nuevo. Empezó en Bogotá y luego fue copiado por las principales ciudades, y hay que ver ahora que en cualquier pueblito tienen un lugar destinado a la rumba y al comercio.

Hoy la gente no tiene que ir al centro a nada, porque la proliferación de comercios le ofrece todos los servicios en una zona que anteriormente era netamente residencial. En épocas pasadas si usted necesitaba mandar a hacer una llave, comprar unas bolsas de plástico, conseguir un pliego de cartulina o mandar a arreglar un electrodoméstico, la única opción era visitar el centro de la ciudad. Claro que cuando eso las señoras parqueaban el carro donde les daba la gana y sin duda el tráfico era menos pesado que en la actualidad; tampoco había que pagarle a nadie para que le echara un ojo al carro, porque un automóvil con cinco mocosos adentro peleando y jodiendo no se lo roba nadie.

Cuando los muchachos queríamos beber o levantarnos unas viejas, teníamos que ir al centro. Esa era la zona rosa de entonces. Allá tomábamos el algo con los amigos, recorríamos la 23 mirando vitrinas y decíamos piropos a las muchachas que pasaban por el lugar, para terminar parados contra una fachada, con una pierna doblada contra la pared, hablando pendejadas y mamando gallo. Ya por la noche nos metíamos a tomar trago al Caracol Rojo, un café que había al frente del Banco de la República, a abejorrear a las coperas y a estar listos para salir disparados cuando se formaba la primera gresca, para no terminar encanados. Si la rumba duraba hasta el amanecer, porque entonces no existía la ley zanahoria, preferíamos desayunar antes de irnos para la casa y los sitios escogidos eran Mi saloncito, Sorrento o El Parnaso.

Para levantar viejas no había como La Ronda, Dominó, Las torres del centro frente al hotel Las Colinas (que era sucursal de las Torres de Chipre y las del Cable), La Tuna, la Wiskería de Domo y otros metederos que ya teníamos bien analizados. Para comer bueno y barato sí que había lugares apropiados y a media tarde nos metíamos a tragar albóndigas y salchichas suizas a donde Mister Albóndiga, en el Parque Caldas, o empanadas con un pique delicioso en La Canoa, pasteles en La Suiza, y había que ver los algos que servían en la cafetería La Ecuatoriana, cuando salía uno con harta hambre de cine en el teatro Cumanday.

Hasta que empezaron a abrir negocios de comida por los lados del Cable y recuerdo que uno de los primeros donde ofrecieron hamburguesas y perros calientes se llamaba Casandra, y quedaba en un garaje al frente de la Universidad Católica; la especialidad del local era el perro en piyama, que consistía en envolver la salchicha con tocineta. En la avenida Santander con calle 50 hubo un sitio delicioso, Los pollitos dicen, donde vendían un chocolate espumoso con arepa, mantequilla y queso blanco; la arepa también podía pedirse con una carne asada delgaditica que sabía a gloria.

Don Juaco nació en un garaje y allí funcionó durante muchos años, y es tal vez el único negocio de esa época que no solo se mantiene, sino que cada día está mejor. Empezaron vendiendo empanadas y arepitas fritas y hay que ver ahora la delicia de carta que ofrecen. También recuerdo una venta de hamburguesas, las mejores del mundo, al frente del estadio y volteando como para la escuela Anexa, que se llamaba Pío Pío; hoy en día venden ahí unas empanadas de un tamaño como para calmar el hambre de los estudiantes. El mero guiso representa un seco.

Son pocos los negocios que perduran porque en Manizales hemos sido muy noveleros y recién abren un establecimiento todo el mundo quiere ser el primero en disfrutarlo, pero al poco tiempo se pasa la fiebre y por ello muchos deben cerrar. No se me olvida cuando inauguraron Donkin Donuts en el sector de Las Palmas, que la pelotera era tal que hasta el tráfico por la avenida se vio perjudicado. Y como así es para todo, terminamos haciendo el oso cuando inauguraron las escaleras eléctricas y todo el pueblo se fue a hacer fila para darse una palomita. pmejiama1@epm.net.co

jueves, junio 30, 2005

LAS LECHERAS.

Desde hace mucho tiempo se impuso la moda entre los muchachos que cursan el último año de bachillerato, de organizar un paseo a algún sitio turístico para celebrar todos juntos la finalización de esa etapa de la vida. Según el estrato de los estudiantes el viaje es al exterior, a San Andrés, a Cartagena o en un bus a disfrutar de la piscina con olas en Supía. Cuando los graduandos son de escasos recursos empiezan a hacer rifas, festivales, basares y cualquier otra actividad donde puedan recolectar fondos, los cuales muchas veces son destinados a colaborarle a ese compañero que no puede recibir la ayuda de los padres para financiar el paseo.

Pero hoy en día los jóvenes a esa edad ya han experimentado todo tipo de situaciones y un viaje sin chaperona no es ninguna novedad. En cambio en épocas anteriores, los que habían sido controlados en forma exagerada por sus padres, o eran muy zanahorios, aprovechaban el paseo para soltar la gata y dar rienda suelta a sus instintos. No faltaban las muchachitas que regresaban con la barriguita llena de huesos y los zambos que llegaban “pringados” con una enfermedad venérea, porque hasta la cachucha la dejaban por allá en cualquier cuchitril de mala muerte.

Ahora los sardinos aprovechan los puentes festivos y fines de semana para salir de paseo a alguna parte, lo que hacen en el carro que le prestan a algún miembro de la barra. Muy distinto al tipo de recreación que se acostumbraba en nuestra época, cuando el destino obligado era uno de los tantos sitios que había para realizar las excursiones de pesca. Claro que muchos aprovechaban lo de la pesca como una disculpa, porque en realidad lo que hacían era dedicarse a tomar trago, a fumar marihuana y a masturbarse sin temor a que los pillaran en la casa.

Recordé aquellos paseos cuando reparé que la leche de las fincas ganaderas ya no la recoge la tradicional “Lechera”, sino que lo realiza un pequeño carrotanque muy moderno, el cual hace la visita cada cierto tiempo porque en los hatos cuentan con tanques refrigerados para almacenar el precioso líquido. En cambio antes el vehículo encargado, casi siempre camiones, camionetas y camperos para los sitios más remotos, tenía que llegar muy temprano a las fincas, sin falta, porque de lo contrario la leche se dañaba.

Y ese era nuestro medio de transporte: las lecheras. El chofer nunca desechaba los pasajeros porque era un ingreso extra para él. Siempre viajábamos en la parte de atrás, donde el ayudante recibía las canecas con leche en cada parada, le metía un palo que tenía una medición, anotaban lo recibido y luego pasaba el palo por entre los dedos para escurrirlo. Ese procedimiento hacía saltar el líquido por todas partes y el tipo olía a diablo rodado, mientras en el piso del camión se formaba una porquería de barro y leche derramada.

Había que ver lo tenaz que era montarse en una camioneta de esas, casi siempre destapada, a las cuatro de la mañana para agarrar para la Laguna del Otún. El viaje duraba horas porque las paradas eran muchas y el frío que aguantábamos era impresionante. Además, entre más canecas recogían peor era la incomodidad y mayor el esfuerzo para que los morrales y la carpa no se impregnaran del pantano lechoso del piso.

Otro destino preferido por los muchachos de la época, aunque allá no había pesca, era “El salto del cacique”. Localizado en cercanías del aeropuerto de Santagueda, los fines de semana siempre había varios campamentos con excursionistas que disfrutaban de una caída de agua espectacular y de un clima maravilloso. Y como no había ninguna actividad para desarrollar diferente a bañarse en el charco y tirarse por la cascada, entonces la juventud aprovechaba para jalarle a todo tipo de vicio conocido.

Más delante de Arauca queda la quebrada Cambía que al desembocar en el río Cauca presenta un lugar muy bueno para tirar el anzuelo. En un extenso potrero se acomodaban los diferentes paseos, no sin antes “tirarle” cualquier cosa al agregado de la finca a la que pertenecía el terreno para que nos dejara instalar. Allá el programa era subir por el cauce de la quebrada con neumáticos y colchones de inflar, para tirarnos luego por la corriente desafiando los rápidos y las piedras. En el sector del kilómetro 41 también había muchos sitios perfectos para acampar, pero entonces la correría para llegar hasta allá era muy larga.

Respecto a la pesca recuerdo el cuento de un hermano de Berceo, quien tenía una barra de amigos aficionados a este deporte y hacían unos paseos espectaculares. Cierta vez les soplaron que por allá en el Chocó había un caño donde cundían las sabaletas y sin importar que debían coger avión y luego lancha río arriba, emprendieron la aventura. El sitio quedaba en los mismísimos infiernos y cuando al fin llegaron, uno de ellos se arrimó a la casita de un colono que vivía a la orilla del caño y le preguntó si era cierto que estaba lleno de sabaletas. La respuesta del tipo los dejó bien aburridos:

-Pues le digo mi don que debe estar lleno, porque es mucho el anzuelo que les han tirado y hasta ahora no han sacado la primera…

viernes, junio 24, 2005

Ver Televisión

Son alarmantes las cifras de lectura del pueblo colombiano, porque cada vez hay menos personas que se sientan a disfrutar de un buen libro. A este paso llegará el momento en que las librerías desaparezcan, porque la gente se gasta la plata en cualquier ociosidad menos en un libro. Claro que con los millones de pobres absolutos que tenemos, no podemos pretender que inviertan sus pocos recursos comprando literatura. Lo que muchos no saben es que existen otras opciones, como las bibliotecas públicas; o siempre habrá un amigo, compañero de trabajo o familiar que le preste unos libros.

Lo triste es que la costumbre de leer tiende a desaparecer en los jóvenes y por ejemplo los universitarios no leen nada diferente a lo que tiene que ver con la carrera que estudian. Mientras tanto en el colegio, los profesores de literatura obligan a los muchachos a leerse unos ladrillos que les acaba de quitar el poquito entusiasmo que puedan tener.

Si uno se considera un buen lector y se entera de lo que lee su padre y lo que leían los abuelos, se da cuenta de que no está ni tibio. No llega ni a aprendiz. De manera que la costumbre se ha ido perdiendo en forma paulatina, aunque muy acelerada en los últimos tiempos, y esto se debe a los avances tecnológicos que ofrecen muchas opciones a la sociedad moderna. Sin duda, la herramienta más apetecida en la actualidad es Internet y muchos creyeron que esa era la oportunidad para que los jóvenes se interesaran en investigar e ilustrarse con este fabuloso invento, pero qué va, se la pasan todo el tiempo bajando música, chateando con los amigos, recibiendo estupideces por el correo electrónico y dándose gusto con las páginas de pornografía.

Y me falta el peor enemigo de la lectura: la televisión. Aunque sea algo utópico, me pregunto en cuanto subirían los niveles de lectura si ese aparato embrutecedor desapareciera de los hogares durante un tiempo prolongado. El vicio de entrar a la habitación y de inmediato encenderlo, muchas veces sin interesarse siquiera en qué canal está sintonizado, es algo muy arraigado en la gente. Y llegan unos amigos de visita, y todos conversan mientras miran idiotizados la pantalla sin importar qué tipo de programación presenten.

Ahora con la televisión por cable al menos existen opciones que le ofrecen al televidente una distracción sana y educativa, lo que reduce un poco el remordimiento de dejar de leer por entretenerse con un programa cualquiera. Por ejemplo el canal de historia es una maravilla, porque además de infinidad de programas interesantes y llamativos, presentan unas series que satisfacen a cualquiera: Napoleón, Alejandro Magno, la vida de los Zares, Carlomagno y todo tipo de hechos y personajes que dejaron una marca en la historia.

O que tal saborearse al disfrutar del canal Gourmet, donde expertos cocineros preparan unas delicias que nos ponen a tragar saliva. Claro que son platos muy complicados que uno pocas veces querrá intentar, además que desperdician los ingredientes en una forma que dan ganas de llorar. Se interesa uno por cualquier receta y de pronto le zampan una jarra llena de crema de leche, cantidad que se gasta en un hogar en varios meses. Después fritan dos papas en un litro de aceite de oliva, hermosean un filete de salmón y botan más de la mitad, hacen una flor con la cáscara de un tomate y a la basura con el relleno, y preparan una masa para una torta y después de armarla, sobra como para hacer otras dos. Otra cosa es que los platos son muy sofisticados y solo la magia que tienen estos personajes en sus manos hacen posible que todos los trucos les salgan a las mil maravillas; pero vaya usted intente y se saca un ojo.

Recorrer el mundo y conocer la gastronomía de las regiones es otro programa delicioso que nos ofrece el canal viajero de Discovery, donde desfilan las diferentes culturas y las más provocativas opciones para el turismo. Los jóvenes que presentan un programa como Trotamundos, le enseñan al televidente la forma más segura y económica de viajar, porque registran los precios de todo cuanto consumen, las rutas más seguras e interesantes, y los lugares que no deben dejarse de conocer. Ni hablar de los otros canales de Discovery que son una verdadera fantasía.

La programación deportiva de este tipo de televisión por cable es muy variada, pero sin duda se presta para conflictos en el hogar porque si fuera por el marido, de esa franja no saldría nunca. Pasando de fútbol a golf, luego a un partido de béisbol, después carreras de carros, un torneo de tenis y para rematar más fútbol. Así se torea cualquier señora y los hombres debemos ser condescendientes para evitar encontrones innecesarios.

Los canales de películas tienen la particularidad que en semana pasan por la noche unas cintas buenísimas, pero la mayoría de la gente no puede trasnocharse viéndolas. En cambio el fin de semana, que sería todo un programa para la familia, hay que ver la programación tan lata que ofrecen. Y cuando hay un niño en casa hay que ver la fuerza que uno debe hacer, porque en todas se empelotan y se revuelcan en la cama así sea en horario familiar.

viernes, junio 17, 2005

CALDAS 100 AÑOS

La primera vez que visité la ciudad de Armenia ésta todavía pertenecía al departamento de Caldas. Yo tenía unos 7 años y armamos el paseo porque mi papá había estado allá en una correría del almacén Plumejía, y se había comido el mejor sancocho de gallina que recordaba haber probado. Entonces un domingo amaneció antojado y le propuso a mi mamá que arrancáramos en el Desoto de la familia, y sin pensarlo dos veces salimos muy temprano a efectuar la extensa travesía. Para unos niños como nosotros, que solo conocíamos la ruta que llevaba a la finca familiar, el programa resultó ser toda una aventura.

Cuánto tiempo hará de eso que la carretera entre Pereira y Armenia era destapada, y recuerdo que mi papá sintió cierto recelo cuando pasamos por el puente del río Barbas, que entonces cruzaba pegado al peñasco, y mucho tiempo después vine a entrarme de que los nervios de los cuchos se debían a que en ese sitio había ocurrido una masacre hacía unos años por parte de los bandoleros que asolaban el país. Seguimos entonces tragando polvo, porque si a uno le tocaba la ventanilla no iba a desaprovechar cerrándola, hasta que al medio día llegamos a la ciudad milagro.

Conocer una ciudad nueva era algo muy novedoso y después de dar una vuelta por el centro, al fin llegamos al tan comentado restaurante; es bueno recordar que entonces a los niños nos llevaban a un restaurante, si mucho, una vez al año. El menú ya estaba escogido con suficiente antelación y al poco rato llegaron con unos platos de sancocho de un tamaño descomunal; se parecían a una bacinilla y como es lógico, nos pidieron una porción para dos o tres muchachitos. Después de tanto tiempo todavía siento el aroma de esa delicia de almuerzo y sobra decir que quedamos más llenos que hijo de sirvienta, porque además nos dejaron pedir gaseosa entera para cada uno.

A Pereira íbamos con más regularidad. Era paseo obligado cada cierto tiempo, y consistía en bajar después de almuerzo a tomar el algo, que siempre era el mismo: helado de fruta o de coco con pandeyucas en un negocio localizado en el parque Uribe Uribe, donde creo que todavía hay un lago. Enseguida de la iglesia quedaba el local y nos dejaban corretear por el parque dándole vueltas al lago mientras nos comíamos el mecato; con tal de que no empegotáramos el carro, mis papás se arriesgaban a que se perdiera un culicagao. Después bajábamos hasta el aeropuerto a ver si de pronto lográbamos ver un avión grande y arranque otra vez para la casa. Todavía no entiendo por qué a mi hermano Luis Felipe le chocaba tanto ese paseo, porque desde que lo armábamos el mocoso empezaba a renegar.

Por aquella época en la primaria nos ponían a hacer el croquis del mapa de nuestro departamento, y cual sería la decepción de todos cuando habíamos logrado aprendérnoslo y salieron con el cuento primero que había que mocharle la colita del Quindío, y al año siguiente cercenarle casi la mitad para conformar el nuevo departamento de Risaralda. Recuerdo que los adultos echaban pestes y discutían las medidas del gobierno nacional, pero a los niños lo único que nos importaba era la enguanda de tener que memorizar todos esos cambios.

Entonces llegó la oportunidad de conocer el oriente de Caldas. Mi papá entró a gerenciar una planta de gas propano, negocio incipiente en la ciudad, y como mucho chuzo compraron el primer camión tanque para el transporte de ese combustible. El vehículo debía ir a La Dorada a cargar el gas y para el primer viaje mi papá rifó entre nosotros 3 cupos para que fuéramos con él y con Chaura, el chofer. Arrancamos apeñuscados en la cabina de esa nave de camión, más contentos que el diablo, y durante el recorrido mi papá nos hablaba de las tierras de la región, del río Magdalena y de todo lo que íbamos encontrando en la ruta. El mayor atractivo, aparte de conocer tantas novedades, fue la dormida en el Motel Magdalena, que era como quien dice el mejor Mediterrané que alguien pueda hoy imaginar. Ni qué decir que no perdimos detalle para llegar a flotiarle a mi mamá y a los hermanos que no clasificaron al paseo. El regreso fue eterno porque ese aparato venía más pesado que un carajo y debido a la espesa neblina, y a que Chaura era bizco, casi nos vamos por un voladero. Ahora pienso que si hubiera reventado ese tanque todavía no habríamos caído.

Ir a Medellín en carro también era una odisea. El viaje por Arauca, Risaralda, Anserma, Riosucio, Supía, La Pintada y suba al Alto de Minas, era casi toda por carretera destapada. De manera que el paseo era de día entero contando las paradas a esperar que el carro se enfriara para poderle echar agua al radiador. La ruta por el norte del departamento, arrancando por Neira, sí que era eterna. Llegaba uno con el pelo como viruta y los ojos llenos de lagañas negras del polvo.

Le tocó al doctor Emilio Echeverri gobernar nuestro departamento en su primer centenario y espero me cuente cómo están las vías en la actualidad, porque por lo que he visto se lo está recorriendo hasta el último rincón.

viernes, junio 10, 2005

Los Abuelos

El mejor producto de la naturaleza son los abuelos. Con cualquier otro familiar puede uno tener roces, malentendidos y querellas, pero el que pelee con un abuelo no está en nada. Porque no existe nadie más cariñoso que un abuelo, más “cuarto”, más alcahuete, más generoso, más bacano. Y me refiero a ellos en un solo género, porque nadie dice que va para la casa del abuelito y la abuelita. Dice simplemente que va para donde los abuelos. Y a casa de los abuelos se va con gusto, porque allá nadie regaña, puede hacer lo que le provoque, siempre hay mecato disponible y los horarios son bastante flexibles.

La mayoría tiene una edad respetable y hay que ver lo chochos y resabiados que son debido a la acumulación de calendarios, pero dichos achaques solo aplican para cualquier otra persona diferente a los nietos. Ellos tienen licencia para desordenar, ensuciar, dañar, esconder y reblujar; son los únicos que tienen el poder de decidir qué programa se ve en la televisión; resuelven donde tienden el colchón para ellos dormir, así a media noche terminen dando patadas a los viejos mientras roncan entronizados en el medio de la cama; escogen qué comer al desayuno y se dan el gusto de reemplazar la leche por coca cola. Otra cosa: donde los abuelos no deben lavarse los dientes y pueden gastarse toda el agua caliente.

Envidio a todos aquellos que pueden disfrutarlos. Yo no tuve el gusto de conocer a mis abuelos y las abuelas me tocaron cuando era muy pequeño, y a esa edad no sabemos valorarlas. Además, en nuestra época éramos demasiados descendientes y los viejos no podían ser muy especiales con medio centenar de nietos. En cambio ahora, como lo común es que las parejas tengan uno o dos muchachitos, los abuelos pueden darse gusto y disfrutar de esos diablillos que llegan a alegrarles la vida.

Cuando nosotros estábamos chiquitos mi mamá no resistía que uno se enmelotara, que dejara caer harinas cuando comía parva, que tomara gaseosa a deshoras, que dejara la toalla en el piso, que ensuciara la ropa, que se recostara en una cama tendida, que hablara muy duro o que se tragara un confite antes de la comida. Y hay que verla ahora con estos mocosos. Y mi papá que nunca fue muy efusivo ni cariñoso, se derrite cuando la nieta que apenas camina se le tira encima a jalarle el bigote.

Así ven a esos seres tan especiales un grupo de alumnos de segundo grado, de un promedio de edad de 8 años. Las definiciones son geniales y el primero dijo simplemente: “Los abuelos son un señor y una señora que como no tienen niños propios, les gustan mucho los de los demás”. Otro hizo esta maravilla de descripción: “Un abuelo es una abuela, pero hombre”. Y qué tal esta realidad: “Los abuelos son gente que no tiene nada que hacer, solo están ocupados cuando nosotros los vamos a visitar”. Claro que el interés no puede faltar: “Los abuelos son personas con las que es bien divertido salir de compras”.

La franqueza de los niños es absoluta: “Por lo general, las abuelas son unas señoras bien gordas, pero así y todo se agachan para amarrarnos los zapatos”. A los nietos les parece que los abuelos son unos ancianos: “Los abuelos son tan viejitos que no deben correr”. Imaginemos entonces cómo ven a los bisabuelos: “Algunos abuelos tienen papás, esos si son bien viejitos; por ejemplo la mamá de mi abuelita, se puede quitar las encías y los dientes... a la misma vez”. Con esta frase cualquiera queda enternecido: “Todo el mundo debe buscarse unos abuelos; son las únicas personas grandes que siempre están contentas de estar con nosotros”.

Con razón los niños se amañan con los abuelos: “Ellos permiten que antes de dormir comamos mecato; y cuando nos vamos a acostar, les encanta rezar con nosotros, nos besan y consienten aunque nos hayamos portado un poco mal”. Siempre es un programa pernoctar en su casa: “Son unos señores que para leer usan anteojos, siempre los pierden y cuando me he quedado a dormir con ellos, usan unas piyamas bien chistosas”.

Los papás muchas veces no tiene tiempo suficiente para dedicar a sus hijos, mientras que a los abuelos les sobra: “Cuando salimos a pasear con ellos, se detienen para enseñarnos cosas bonitas como hojas de diferentes formas o un ciempiés de muchos colores”. Además: “Ellos nunca nos dicen ¡apúrate!”. Infortunadamente no todos pueden disfrutarlos y por ello al preguntarle a un niño de 6 años dónde reside su abuelita, respondió: “Ella vive en el aeropuerto. Cuando la necesitamos vamos allá y la buscamos, y cuando queremos que regrese a su casa, la volvemos a llevar al aeropuerto”.

Para rematar un cuento de mi sobrino Santiago. El chino vive al frente de donde reside mi mamá y cuando inauguraron el Centro comercial Cable plaza, y aprovechando que viven cerca, mi madre lo llamaba seguido para invitarlo a que dieran la caminadita hasta allá. Como es lógico, el muchachito se antojaba de todo lo que veía, pero la abuela le decía que ni riesgos, que ella no tenía plata para comprarle tanta chuchería. Cierto día al recibir la llamada, el mocoso le respondió tajantemente:
-Listo abuela yo voy, pero con una condición: ¡Que llevemos plata!.

miércoles, mayo 11, 2005

Don Aurelio Restrepo

Profunda huella marcó en su paso por la vida don Aurelio Restrepo Jaramillo, e inmenso debe ser el homenaje que la sociedad de Manizales habrá de rendir a su memoria. Para el gremio de los comerciantes queda un ejemplo digno de imitar, ya que pocos como él hicieron de esa profesión toda una institución. A diferencia de ahora que se requieren tantos requisitos para alcanzar el éxito profesional, nuestros viejos han sido paradigma de honestidad, trabajo y responsabilidad, además de exitosos, sin haber siquiera completado los estudios básicos.

Cuenta mi papá que el primer compañero que recuerda haber tenido en su niñez fue Aurelio, ya que ambos residían en el barrio El Hoyo y como tenían la misma edad, compartían con sus amigos de cuadra los juegos y las pilatunas tradicionales. Tiempo después, cuando mi padre iba a cine al viejo teatro Manizales, ubicado en la carrera 20 con calle 24, se reencontró con su amigo que todavía de pantalón cortico vendía confites y mecato en un cajón que acomodaba en su cintura.

En el hogar de Aurelio eran varios hermanos y debido a la muerte del padre, todos debieron colaborar para ayudar a una mamá que hacía ingentes esfuerzos para el sostenimiento económico de la familia. Por ello el muchacho desde pequeño aprendió a defenderse y comenzó haciendo mandados en las oficinas de personajes importantes de la ciudad, donde conoció gente y empezó a asimilar el mundo del comercio y de los negocios. Después de muchos años de esfuerzo y dedicación por fin abrió su propio almacén de electrodomésticos, el cual orgullosamente lleva su nombre y hoy sigue siendo símbolo de garantía.

El primer local que recuerdo estaba ubicado enseguida del Banco de la República, al frente de donde quedaba el Almacén Artístico de don Evelio Mejía (decano de los comerciantes manizaleños), donde además de los mencionados electrodomésticos también vendía discos de larga duración; o long plays que llamábamos. Ahí se la pasaba en la puerta en compañía de su vendedor, Gustavo Mejía, hijo de Evelio. Por cierto, a pesar de la diferencia de edad eran muy parecidos: bajitos, simpáticos, escasos de pelo y amables como ninguno.

Difícil encontrar una persona más hábil para los negocios que Aurelio Restrepo. Donde ponía el ojo encontraba una opción de hacer dinero y aunque su cuartel siempre fue el almacén, incursionó en otros campos sin tener conocimientos o estudios previos. Fue así como en la bonanza de la construcción que empezó a principios de los años 80, se lanzó a levantar un edificio para vivir con su familia, destinó otros apartamentos para los hijos que estaban casados y el resto los puso a la venta; y como de éso sí sabía, le bastaron los planos para asegurar los clientes. Debido al éxito del primer experimento siguió con otro, y así hasta completar 19 edificios de apartamentos construidos con plata de su propio bolsillo, sin adquirir deudas y todos con las mismas características: espacios amplios, bien terminados, cómodos y de buen gusto.

No solo llegó a ser socio del Club Manizales sino que presidió esa institución durante muchos años, administración que sin duda será de grata recordación. Le gustaba viajar a Miami, siempre al mismo hotel, a visitar los mismos centros comerciales y seguir una idéntica rutina, y aunque le insistían que había diferentes opciones, era llevado de su parecer y repetía de nuevo el paseo. Hasta sus últimos días, muy cerca de los 80 años, arrancaba solo en el carro para Medellín o Cali a comprar matas para la finca o a negociar mercancía para el almacén; y que nadie le preguntara dónde andaba o qué estaba haciendo.

Son miles las anécdotas que existen con respecto a don Aurelio y casi todas coinciden en su generosidad, su don de gentes y ese humor espontáneo. Hace poco entró al almacén una mujer humilde a darle el pésame a Juancho, el hijo que trabajaba con él, y le contó que hace más de 20 años don Aurelio le entregó un electrodoméstico con la sola promesa que mensualmente le llevaría una cuota convenida; y ni siquiera le hizo firmar un papel.

Logró hacer de su finca “Jesús del río” un paraíso y se regodeaba comentando que no le faltaba detalle. Así consiguió que la familia compartiera unida y había que verlo cuando cortaba el prado con su tractor, revisaba los frutales acompañado de los perros, o inventaba alguna enguanda para poner a trabajar a José, el agregado. Cómo sería que en el velorio del patrón José no quería pasar de la puerta, y cuando le insistieron que entrara, dijo que ni riesgos porque con seguridad don Aurelio lo ponía a barrer.

Un día su amigo Luis José Restrepo le pidió ayuda para vender una propiedad y éso fue como con la mano, porque a los pocos días llamó a decir que le tenía la plata en efectivo. Luis José empezó a contar el dinero, el cual no estaba completo porque faltaba lo correspondiente a la comisión de Aurelio. Entonces comentó que a él le parecía más elegante que le hubiera entregado todo el importe para después recibir su parte, a lo que el astuto comerciante respondió:-Hombre, es cierto que como vos decís es más elegante, pero no me cabe duda que la fórmula mía es más segura.

jueves, abril 28, 2005

Evolución del castellano.

EVOLUCIÓN DEL CASTELLANO.

Maravilloso idioma nos tocó en suerte a la mayoría de habitantes del nuevo mundo, por el simple hecho de ser el que hablaban en el país que entonces hizo el descubrimiento. Por un pelo no hablamos todos portugués, ya que fue mucho lo que le bregó el Almirante Colón al monarca que reinaba en ese territorio para que se comiera el cuento que había forma de llegar a las Indias Orientales por una ruta desconocida, la cual partía precisamente por el otro lado, es decir, hacia el occidente. Al rey le sonaba la idea, pero como ha sido costumbre en todas las épocas se le ocurrió nombrar una comisión de sabios que avalaran el proyecto, y hasta ahí llegó el asunto.

 

Entonces al navegante no le quedó sino buscar apoyo en otra parte y se enflechó para donde la reina Isabel de Castilla, quien pocas bolas le paró en un principio porque entonces andaba tratando de sacar a los moros de España; además, el ambiente estaba alborotado porque a don Fernando y doña Isa, siempre asesorados por la picadurita de Torquemada, se les ocurrió que una buena forma de alimentar las famélicas arcas de la corona era desterrar a todos los judíos del territorio y apoderarse de sus fortunas. Varios años anduvo el navegante siguiéndole la pista a la soberana, pero como para variar, allá también decidieron nombrar comisión y como era de esperarse tampoco le jalaron al proyecto. Por fortuna don Cristóbal tenía buenos amigos religiosos y debido a que la reina era medio beata, siguió los concejos monacales y al fin resultó el billete para emprender la aventura.

 

Pero igual pudieron haber sido los italianos los primeros en llegar a estas tierras, donde había indias a la lata así fueran orientales u occidentales, y entonces parlaríamos el idioma de Garibaldi y Mussolini; o los holandeses que también fueron grandes navegantes y estaríamos más enredados que el diablo porque esa gente habla muy raro; o los ingleses que se dejaron ganar de sus archienemigos españoles, porque de haberse avispado, en la actualidad no estaríamos todos con la culequera que hay que aprender a hablar inglés o nos fregamos. Y hasta los japoneses o chinos podrían haber llegado primero, por el otro lado, y esta es la hora en que todos andaríamos en la brega por aprender a leer y a escribir semejantes galimatías.

 

El caso es que nos tocó la lengua castellana, que no el idioma español, porque en la madre patria existe la polémica que este último incluye el valenciano, el catalán, el gallego y el vasco. El nuestro es originario del reino de  Castilla y la verdad es que debemos estar orgullosos porque es un idioma maravilloso. En tiempos remotos decían con razón: “Hablemos bien la lengua castellana/ la lengua de Isabel y del manchego/ la lengua sol, con el latín y el fuego/ por noble, por fecunda y por cristiana”. Y a fe que nosotros la hablamos mejor que los mismos oriundos del territorio español, y con menos acento que quienes habitan centro y sur América.

 

Mucho ha evolucionado el idioma desde que nos descubrió el genovés y a diario aparecen terminachos y palabrejas que inventa el vulgo, y sobre todo la juventud. Aunque los adultos a veces las rechazamos en un principio, terminan por imponerse y hay que reconocer que algunas se acomodan muy bien a su significado. Por ejemplo a muchos contemporáneos míos les habría caído de perlas la palabra hiperactivo, porque se habrían librado a diario de pelas, castigos, coscorrones y correctivos por parte de padres y educadores. Entonces al niño hiperactivo le decían maqueta, mico, bruto, cansón y cuanta voz existe para definir a un mocoso insoportable.

 

Otro término relativamente nuevo es “mamera” y vino a reemplazar una cantidad de palabras que buscan referirse a lo mismo, como pereza, jartera, incomodidad, recelo o malestar. Ahora, cuando uno no quiere ir a alguna parte, simplemente dice que le da mamera y no tiene que dar más explicaciones. Una modalidad rebuscada y empalagosa han cogido ahora muchas personas, preferida por reinas y modelos, y es la de reemplazar un simple no por el fastidioso “nada que ver”. Le preguntan a una damisela por ejemplo si tiene en su cuerpo alguna cirugía plástica, y la vieja responde: Nada que ver; que si le gusta fulanito y lo mismo: Nada que ver.

 

Quienes pertenecen a los estratos más bajos decidieron resumir todas los vocablos que se refieren a lo excelente, maravilloso, excelso, genial o superior con una expresión que además no pronuncian bien, porque en ves de decir máximo se refieren a “másimo”. Antes se acostumbraba nombrar lo mejor como lo máximo, pero el artículo desapareció y con la nueva pronunciación por ejemplo la película de moda es calificada de másima. También se impuso con el mismo fin la locución “una elegancia”.  

 

Algunas novedades hacen carrera y otras desaparecen con la misma facilidad que fueron implementadas, pero hace un tiempo la juventud aportó el vocablo “intenso” para referirse al personaje llenador, lagarto, acelerado, maluco, sabiondo y definitivamente desagradable. Difícil encontrar una palabra que resuma mejor todos esos defectillos que hacen repelente a la persona calificada con dicho sambenito, y me atrevo a proponer que el sinónimo para tal expresión sea “inmamable”.

pmejiama1@epm.net.co