Debemos pararle bolas a las elecciones en los Estados Unidos porque definitivamente su destino está ligado al de tantas naciones que dependen de cómo se comporte esa economía. Si allá entran en recesión económica nos afectamos casi todos porque pocos países pueden decir que son autónomos e independientes. El G-8 conforma la orquesta que rige el baile y no cabe duda de que quien maneja la batuta de director es el representante del Tío Sam. Claro que han visto al Premier Chino en cursos intensivos de ese oficio y seguro en unas décadas va a ser el encargado de treparse al atril.
Por fortuna muy pronto veremos a alguien diferente a George W. Bush en la Casa Blanca, aunque dicho reemplazo también servirá de marioneta de lo grandes grupos económicos que a la larga son los que manejan los hilos tras bambalinas. Lo cierto es que, al menos en un principio, ese relevo no producirá la repulsión que genera la sola presencia del enano Bush, quien con su caminado de vaquero y esa sonrisita maliciosa refleja una imagen postiza y banal. No recuerdo a alguien en la historia contemporánea que haya despertado tanta animadversión como el actual Presidente de los Estados Unidos, además de que ha sido blanco de todo tipo de burlas y sainetes.
Los republicanos escogieron su candidato con relativa facilidad, porque aunque en un principio las cifras favorecían a dos de sus rivales, el triunfo en las primarias de algunos estados claves lo consolidaron como el aspirante para representar el partido que hoy gobierna esa nación. John Sidney McCain III es el prototipo del dirigente estadounidense; héroe de Vietnam, hecho prisionero y torturado durante 5 años, descendiente de militares reconocidos, millonario, poderoso, casado varias veces y político de carrera. Nació allí no más, en la zona del Canal de Panamá en 1936, y de alcanzar la presidencia sería el más viejo en ocupar ese cargo a sus 72 años.
Por ello es difícil comprender que un negrito nacido en Hawai, con pinta de beisbolista, tenga la balanza a su favor en las encuestas como candidato del partido demócrata. La misma Hillary Clinton, su contrincante por la nominación, casi no acepta que en un país racista por tradición se le fuera a atravesar un langaruto negro de escasos 47 años. Y no solo se le atravesó sino que la sacó de taquito. Barack Hussein Obama Jr. es hijo de un africano y una norteamericana; a los dos años de nacido sus padres se separan y la madre contrae de nuevo con un indonesio, y es en Yakarta donde Barack reside hasta cumplir los 10.
Aunque parezca mentira es muy posible que los gringos, tradicionalistas, excluyentes, chapados a la antigua, ególatras y apegados a sus símbolos patrios, escojan a un negro en vez del estadounidense característico que representa su raza y su historia. No puedo imaginar que un habitante de un estado del sur, Georgia o las Carolinas, criado durante la tiranía del Ku kux klan y enseñado a humillar y linchar a las gentes de color, elija a uno de ellos para que resida en la Casa Blanca. Los estadounidenses empezaron a apreciar a los negros cuando los vieron triunfar en los deportes, para vestirlos con el uniforme de ujier, chofer o mayordomo, para que pusieran el pecho en las guerras, e hicieran los oficios que hoy desempeñan los inmigrantes ilegales.
Tampoco puedo vislumbrar al gringo común y corriente, que vive en un suburbio y juega golf el fin de semana; tiene en su casa un sótano lleno de máquinas y herramientas de carpintería; posee una cabaña a orillas del lago para las temporadas de pesca; y compite con los vecinos en cuanto a lujos e ingresos, que deposite su voto por un negro que tiene el nombre de Hussein. Con esa paranoia que mantienen después del famoso atentado, se les debe confundir Obama con Osama; y peor con el agravante que el tipo hizo su primaria en Indonesia, el país con mayor población musulmana del mundo, por lo que deben figurárselo como un alienado que espera una orden superior para proceder con un plan siniestro.
¿Y será que los demócratas son tan machistas que prefirieron al moreno antes que elegir a una fémina? Al fin y al cabo señora, no importa que sea estudiada, y la imaginarán todos los días buscando las llaves de la oficina oval, agarrada de las mechas con las cocineras de la Casa Blanca, sin saber dónde anotó lo del tratado de desarme con los rusos, poniendo quejas de los congresistas y ranchada en que no sale de gira porque tiene costurero. En todo caso será motivo de muchos análisis sociológicos el hecho que por primera llegue un negro a la presidencia, y que casi lo logra una mujer.
También los debe tener ariscos que negros e inmigrantes ya sean mayoría, lo que se refleja en el apoyo que dan al candidato con que mejor se identifican. Nuestra clase dirigente asegura que nos conviene McCain porque apoya el Plan Colombia y el TLC, aunque nada nos ganamos porque mientras el congreso esté en manos de los demócratas, es misiá Nancy Pelosy la que decide sobre esos temas. El caso es que sin importar quién gane, aquí seguiremos como mariposa de museo: clavados y chapaliando.
pmejiama1@une.net.co
lunes, agosto 04, 2008
sábado, julio 26, 2008
Ciudad de ensueño.
Después de visitar la ciudad de Buenos Aires lo único que queda es ganas de volver, porque es acogedora, sensual, majestuosa y tradicional. Y aunque el tiempo rinda y alcance a recorrer muchos lugares, al regresar empieza uno a enterarse de tantos destinos que faltaron por conocer. Entonces no puede evitarse cierto remordimiento o gusanera de no haber aprovechado después de estar allá, aunque sería necesaria una estadía muy prolongada para disfrutar tantos atractivos. Lo ideal sería residir, así sea durante una breve temporada, en esa urbe maravillosa.
Como somos tan amigos de estigmatizar a nuestros semejantes, siempre nos hemos referido a los argentinos como fantoches, arrogantes y ególatras. Pues debo reconocer que entre las muchas cosas buenas que conocí en Buenos Aires, lo mejor que encontré fue a sus moradores. Qué gente más amable, servicial, amistosa y sencilla. Siempre dispuestos a colaborar, no aceptan que uno exprese gratitud y como respuesta a ese bien ganado reconocimiento, solo atinan a comentar como para ellos mismos: “noooo, por favoooor…”
Aunque no conozco Europa, después de disfrutar de la arquitectura de Buenos Aires puedo decir que visité la sucursal del viejo continente en América. Tras recorrer sus calles queda uno cansado del cuello de tanto mirar para arriba y deleitarse con esa infinidad de joyas arquitectónicas que ocupan todo el centro. En cada cuadra cree descubrir el edificio más bello y majestuoso, pero en la siguiente debe cambiar de opinión porque seguro encuentra otro que se lleva el reconocimiento. Sus calles y avenidas llenas de árboles, con ese aspecto otoñal tan especial, son laberintos donde las puertas, los portalones y las rejas saturan el entorno de arte y belleza.
Al llegar a cada calle y ver su nombre en la nomenclatura me resistía a creer que estuviera allí presente. He sido amante del ritmo porteño y de nombre reconocía muchos de esos lugares, pero toparme en la esquina de Corrientes con Florida un show callejero donde varias parejas de bailes tradicionales deleitaban a los transeúntes con milongas, valses y tangos fue algo que me llenó de regocijo. O el domingo en San Telmo, en la Plaza Dorrego en medio del mercado de antigüedades, un viejo guitarrista curtido por la experiencia que hacía dúo con un gallego más joven pero no por ello menos ducho en el oficio, tocaban viejas melodías mientras otro personaje, entrado en años y vestido con el traje tradicional, de sombrero gardeliano y polainas, bailaba con quien quisiera acompañarlo.
Otra característica que distingue a los porteños es su gusto por el vino y la comida. Sentarse a manteles a cualquier hora es un placer inmenso que deja un recuerdo imborrable en quien puede disfrutarlo. Desde el restaurante más famoso y tradicional hasta el mesón de barrio sin ningún pergamino, el culto por la gastronomía es algo innato en los bonaerenses. Muchos de los meseros son personas ya viejas que combinan experiencia y amabilidad, que aliñan con algo de buen humor para hacer de la hora de la comida una especie de culto sibarita y sensual.
Toda mi vida oí hablar de Caminito, de San Telmo y La Recoleta con su cementerio donde descansan los restos de Evita, del barrio Palermo, la Plaza de Mayo, el Obelisco y el monumento a San Martín, Puerto Madero y las estaciones Retiro y Constitución. Soñaba con recorrer esa ciudad por calles y avenidas, viajar en tren por las provincias, aprovechar el “subte” y el bus urbano, y disfrutar de la charla amena de los taxistas, que después de hacer la pregunta obligada de la procedencia del turista, reconocen a Manizales por el recuerdo agridulce que dejó en ellos el equipo Once Caldas. Pero siempre con gracia, disposición absoluta de colaborar e interés por hacer sentir bien al visitante.
Fue muy especial para alguien como yo, que por desplazarme en silla de ruedas encuentro en mi país toda clase de obstáculos e inconvenientes, sentirme allá como un rey porque en todas partes encontré facilidad para movilizarme, colaboración desinteresada, ausencia absoluta de obstáculos, escalones o accesos inadecuados, aparte de que no me cobran pasaje en el transporte colectivo o masivo. Otra cosa es que en los restaurantes, almacenes, museos, centros comerciales o donde llegara, había un baño especial para personas con discapacidad. Con justa razón quería quedarme bajo su cielo azul.
Claro que nunca faltan los malos entendidos por el uso del idioma. Como el día que alguno le preguntó a un señor cómo podíamos coger un bus que nos llevara a cierto lugar, y el hombre con cierta malicia respondió que él nunca había “cogido” con un aparato de esos, pero se le ocurría que podría ser por el tubo del escape. Y una de nuestras compañeras, después de que le habíamos solicitado mil cosas a un mesero, le dijo que ella era muy conchuda pero debía pedirle otro favor. Entonces el camarero, un viejo elegante y atento, dijo con picardía que él no había preguntado nada al respecto y lo dejaba abismado semejante confesión. Que era la primera vez que una clienta hacía referencia al tamaño de su “concha”.
Gracias a Dios, a la colaboración incondicional de mis amigos y a la generosidad desmedida de uno de ellos, pudimos vivir una experiencia inolvidable. Y pensar que la mayoría de la gente prefiere conocer Miami.
pmejiama1@une.net.co
Como somos tan amigos de estigmatizar a nuestros semejantes, siempre nos hemos referido a los argentinos como fantoches, arrogantes y ególatras. Pues debo reconocer que entre las muchas cosas buenas que conocí en Buenos Aires, lo mejor que encontré fue a sus moradores. Qué gente más amable, servicial, amistosa y sencilla. Siempre dispuestos a colaborar, no aceptan que uno exprese gratitud y como respuesta a ese bien ganado reconocimiento, solo atinan a comentar como para ellos mismos: “noooo, por favoooor…”
Aunque no conozco Europa, después de disfrutar de la arquitectura de Buenos Aires puedo decir que visité la sucursal del viejo continente en América. Tras recorrer sus calles queda uno cansado del cuello de tanto mirar para arriba y deleitarse con esa infinidad de joyas arquitectónicas que ocupan todo el centro. En cada cuadra cree descubrir el edificio más bello y majestuoso, pero en la siguiente debe cambiar de opinión porque seguro encuentra otro que se lleva el reconocimiento. Sus calles y avenidas llenas de árboles, con ese aspecto otoñal tan especial, son laberintos donde las puertas, los portalones y las rejas saturan el entorno de arte y belleza.
Al llegar a cada calle y ver su nombre en la nomenclatura me resistía a creer que estuviera allí presente. He sido amante del ritmo porteño y de nombre reconocía muchos de esos lugares, pero toparme en la esquina de Corrientes con Florida un show callejero donde varias parejas de bailes tradicionales deleitaban a los transeúntes con milongas, valses y tangos fue algo que me llenó de regocijo. O el domingo en San Telmo, en la Plaza Dorrego en medio del mercado de antigüedades, un viejo guitarrista curtido por la experiencia que hacía dúo con un gallego más joven pero no por ello menos ducho en el oficio, tocaban viejas melodías mientras otro personaje, entrado en años y vestido con el traje tradicional, de sombrero gardeliano y polainas, bailaba con quien quisiera acompañarlo.
Otra característica que distingue a los porteños es su gusto por el vino y la comida. Sentarse a manteles a cualquier hora es un placer inmenso que deja un recuerdo imborrable en quien puede disfrutarlo. Desde el restaurante más famoso y tradicional hasta el mesón de barrio sin ningún pergamino, el culto por la gastronomía es algo innato en los bonaerenses. Muchos de los meseros son personas ya viejas que combinan experiencia y amabilidad, que aliñan con algo de buen humor para hacer de la hora de la comida una especie de culto sibarita y sensual.
Toda mi vida oí hablar de Caminito, de San Telmo y La Recoleta con su cementerio donde descansan los restos de Evita, del barrio Palermo, la Plaza de Mayo, el Obelisco y el monumento a San Martín, Puerto Madero y las estaciones Retiro y Constitución. Soñaba con recorrer esa ciudad por calles y avenidas, viajar en tren por las provincias, aprovechar el “subte” y el bus urbano, y disfrutar de la charla amena de los taxistas, que después de hacer la pregunta obligada de la procedencia del turista, reconocen a Manizales por el recuerdo agridulce que dejó en ellos el equipo Once Caldas. Pero siempre con gracia, disposición absoluta de colaborar e interés por hacer sentir bien al visitante.
Fue muy especial para alguien como yo, que por desplazarme en silla de ruedas encuentro en mi país toda clase de obstáculos e inconvenientes, sentirme allá como un rey porque en todas partes encontré facilidad para movilizarme, colaboración desinteresada, ausencia absoluta de obstáculos, escalones o accesos inadecuados, aparte de que no me cobran pasaje en el transporte colectivo o masivo. Otra cosa es que en los restaurantes, almacenes, museos, centros comerciales o donde llegara, había un baño especial para personas con discapacidad. Con justa razón quería quedarme bajo su cielo azul.
Claro que nunca faltan los malos entendidos por el uso del idioma. Como el día que alguno le preguntó a un señor cómo podíamos coger un bus que nos llevara a cierto lugar, y el hombre con cierta malicia respondió que él nunca había “cogido” con un aparato de esos, pero se le ocurría que podría ser por el tubo del escape. Y una de nuestras compañeras, después de que le habíamos solicitado mil cosas a un mesero, le dijo que ella era muy conchuda pero debía pedirle otro favor. Entonces el camarero, un viejo elegante y atento, dijo con picardía que él no había preguntado nada al respecto y lo dejaba abismado semejante confesión. Que era la primera vez que una clienta hacía referencia al tamaño de su “concha”.
Gracias a Dios, a la colaboración incondicional de mis amigos y a la generosidad desmedida de uno de ellos, pudimos vivir una experiencia inolvidable. Y pensar que la mayoría de la gente prefiere conocer Miami.
pmejiama1@une.net.co
lunes, julio 21, 2008
Periodistas amañados.
El oficio de periodista es digno, agradable, variado e interesante. Y honorable cuando es ejercido por comunicadores serios, ecuánimes, preparados, cultos y sobre todo responsables. Porque muchos utilizan su tarjeta profesional para manipular y sacar provecho; se creen intocables y esperan que todo el mundo les rinda pleitesía; y dicen lo que les provoca tras la mampara de la libertad de prensa para evadir responsabilidades. Soy empírico en este oficio porque hice radio todas las tardes durante diez años; participé en varios programas en la televisión regional; llevo 15 años como columnista de este diario; he colaborado con otras publicaciones, y lo único que espero es haber respetado siempre la ética y la verdad.
Por ello me ofende oír periodistas amañados que manipulan la información. O la forma sesgada como algunos espacios que son abiertamente gobiernistas, encargan a uno de sus participantes a que funja de “antiuribista” para así darle equilibrio al programa. Ejemplos claros son Félix de Bedout en la W, y Gabriel de las Casas en La Luciérnaga; el problema de este último es que además quiere parecer gracioso, pero se le olvida que el humor es algo innato que no se aprende ni puede comprarse.
Otra situación que choca es que un periodista difunda una información moldeada a su gusto, para darle el significado que él quiere promover. Entonces quienes conocen la realidad del asunto saben que no dice la verdad, pero el oyente desprevenido traga entero y asume el informe como una verdad de a puño. Es lo que sucede con el periodista Gustavo Álvarez Gardeazabal y su animadversión con respecto a la construcción del Aeropuerto de Palestina. Como el tipo anda ahora de moda y está convertido en la vedette del periodismo nacional, porque en este país todo el que sea irreverente y bocón sube como espuma, entonces pontifica desde su micrófono en La Luciérnaga y demás espacios mediáticos nacionales. Cómo hacemos para que entienda que en Manizales no tenemos aeropuerto porque La Nubia en invierno no opera, y como aquí el clima se quedó definitivamente en esa estación, estamos aislados del resto del país por vía aérea.
Y de aquí viene mi cuento: me puse a ojear el libro “Caldas 100 años, memorias”, que me prestó un amigo, publicación que le debemos a la gobernación del doctor Emilio Echeverri Mejía y que fue editado para celebrar dicho aniversario en la administración anterior, y encontré la reproducción de una charla programada para esa efeméride y que sostuvieron el ex presidente Belisario Betancourt y el reconocido caldense Oto Morales Benítez. Cuando el doctor Emilio hace la presentación del evento, agradece a ambos personajes su presencia y el hecho de que hayan tenido que llegar en avión a Armenia y desde allí desplazarse por tierra hasta Manizales, porque infortunadamente las condiciones del tiempo no les permitió arribar a La Nubia. El mismo cuento de todos los días y que es causa de la cancelación de infinidad de eventos, conferencias, reuniones y todo tipo de compromisos.
Resulta que en el mismo libro me encuentro con unas charlas que programaron con el nombre de Cátedra del pensamiento caldense, una de las cuales estuvo a cargo del ya nombrado periodista valluno y que tituló “Del cable a Palestina”. Después de leer lo que este personaje dijo allí, me pregunto por qué ninguno de los presentes se paró a rectificarle sus incoherencias, porque yo sí le voy a refutar dichas apreciaciones desde esta columna.
Dice Gardeazabal que el aeropuerto de Palestina es un embeleco de los “azucenos” y de unos pocos “riquitos” de Manizales que vuelan por La Nubia, y que es mejor destinar el préstamo de los españoles para hacer el Metrocable en Manizales. Que con la Autopista que nos une a Pereira, que según él está de un cacho, viajamos al aeropuerto Matecaña en 40 minutos y al Santa Ana de Cartago en una hora. Si será bien pendejo; se nota que nunca ha atravesado la ciudad de Pereira en hora pico, y más ahora que construyeron un sistema masivo de transporte en donde no cabía, lo que genera un caos vehicular impresionante.
Dice el escritor tulueño que para ir a Palestina hay que llegar a Chinchiná, luego bordear la represa de San Francisco durante un buen tramo y proceder a subir una media hora hasta llegar a la meseta donde quedará el aeropuerto. ¡Mentiroso!. La represa de San Francisco está a orillas del río Cauca. Cerca a Chinchiná hay un pequeño embalse que se llama Balsora o Cameguadua, y bordearlo no lleva más de dos minutos; de allí a Palestina sí hay media hora, pero a pie. Y la idea es subir en carro, lo que demora unos pocos minutos por la trocha actual, la cual por cierto hay que rectificar y mejorar.
Insiste el personaje que demoraremos lo mismo en ir a Pereira que a Palestina, y que un camión cargado gastará solo 15 minutos más en llegar a Cartago. Además nos tilda de estultos por querer sacar adelante nuestro anhelado aeropuerto, que según él es un elefante blanco, un monumento al anacronismo. ¡Embustero, tramador! Tampoco entiendo por qué todos pueden tener aeropuerto menos nosotros, o la razón para que la carga que producimos deba viajar por Cartago. Encárguese de los asuntos del Valle que aquí manejamos los nuestros. ¡Y no joda más!
pmejiama1@une.net.co
Por ello me ofende oír periodistas amañados que manipulan la información. O la forma sesgada como algunos espacios que son abiertamente gobiernistas, encargan a uno de sus participantes a que funja de “antiuribista” para así darle equilibrio al programa. Ejemplos claros son Félix de Bedout en la W, y Gabriel de las Casas en La Luciérnaga; el problema de este último es que además quiere parecer gracioso, pero se le olvida que el humor es algo innato que no se aprende ni puede comprarse.
Otra situación que choca es que un periodista difunda una información moldeada a su gusto, para darle el significado que él quiere promover. Entonces quienes conocen la realidad del asunto saben que no dice la verdad, pero el oyente desprevenido traga entero y asume el informe como una verdad de a puño. Es lo que sucede con el periodista Gustavo Álvarez Gardeazabal y su animadversión con respecto a la construcción del Aeropuerto de Palestina. Como el tipo anda ahora de moda y está convertido en la vedette del periodismo nacional, porque en este país todo el que sea irreverente y bocón sube como espuma, entonces pontifica desde su micrófono en La Luciérnaga y demás espacios mediáticos nacionales. Cómo hacemos para que entienda que en Manizales no tenemos aeropuerto porque La Nubia en invierno no opera, y como aquí el clima se quedó definitivamente en esa estación, estamos aislados del resto del país por vía aérea.
Y de aquí viene mi cuento: me puse a ojear el libro “Caldas 100 años, memorias”, que me prestó un amigo, publicación que le debemos a la gobernación del doctor Emilio Echeverri Mejía y que fue editado para celebrar dicho aniversario en la administración anterior, y encontré la reproducción de una charla programada para esa efeméride y que sostuvieron el ex presidente Belisario Betancourt y el reconocido caldense Oto Morales Benítez. Cuando el doctor Emilio hace la presentación del evento, agradece a ambos personajes su presencia y el hecho de que hayan tenido que llegar en avión a Armenia y desde allí desplazarse por tierra hasta Manizales, porque infortunadamente las condiciones del tiempo no les permitió arribar a La Nubia. El mismo cuento de todos los días y que es causa de la cancelación de infinidad de eventos, conferencias, reuniones y todo tipo de compromisos.
Resulta que en el mismo libro me encuentro con unas charlas que programaron con el nombre de Cátedra del pensamiento caldense, una de las cuales estuvo a cargo del ya nombrado periodista valluno y que tituló “Del cable a Palestina”. Después de leer lo que este personaje dijo allí, me pregunto por qué ninguno de los presentes se paró a rectificarle sus incoherencias, porque yo sí le voy a refutar dichas apreciaciones desde esta columna.
Dice Gardeazabal que el aeropuerto de Palestina es un embeleco de los “azucenos” y de unos pocos “riquitos” de Manizales que vuelan por La Nubia, y que es mejor destinar el préstamo de los españoles para hacer el Metrocable en Manizales. Que con la Autopista que nos une a Pereira, que según él está de un cacho, viajamos al aeropuerto Matecaña en 40 minutos y al Santa Ana de Cartago en una hora. Si será bien pendejo; se nota que nunca ha atravesado la ciudad de Pereira en hora pico, y más ahora que construyeron un sistema masivo de transporte en donde no cabía, lo que genera un caos vehicular impresionante.
Dice el escritor tulueño que para ir a Palestina hay que llegar a Chinchiná, luego bordear la represa de San Francisco durante un buen tramo y proceder a subir una media hora hasta llegar a la meseta donde quedará el aeropuerto. ¡Mentiroso!. La represa de San Francisco está a orillas del río Cauca. Cerca a Chinchiná hay un pequeño embalse que se llama Balsora o Cameguadua, y bordearlo no lleva más de dos minutos; de allí a Palestina sí hay media hora, pero a pie. Y la idea es subir en carro, lo que demora unos pocos minutos por la trocha actual, la cual por cierto hay que rectificar y mejorar.
Insiste el personaje que demoraremos lo mismo en ir a Pereira que a Palestina, y que un camión cargado gastará solo 15 minutos más en llegar a Cartago. Además nos tilda de estultos por querer sacar adelante nuestro anhelado aeropuerto, que según él es un elefante blanco, un monumento al anacronismo. ¡Embustero, tramador! Tampoco entiendo por qué todos pueden tener aeropuerto menos nosotros, o la razón para que la carga que producimos deba viajar por Cartago. Encárguese de los asuntos del Valle que aquí manejamos los nuestros. ¡Y no joda más!
pmejiama1@une.net.co
lunes, julio 14, 2008
Interceptaciones al día.
Hoy está más actualizado que nunca aquello que las paredes oyen. En un principio “chuzaban” los teléfonos fijos con facilidad y poco demoraron en hacerlo también con la telefonía celular. Después se impone el correo electrónico y parece increíble lo que hacen los técnicos para rastrear este tipo de comunicaciones. La intimidad quedó en el pasado y a toda hora somos espiados con cámaras y micrófonos. Por fortuna el que nada debe nada teme y a mí pueden chuzarme por donde les provoque. En cambio a los bandidos los tienen envainados porque las comunicaciones resultaron ser su talón de Aquiles. Ojo a esta interceptación que logré pillarme:
Alias El Mueco (guerrillero raso): ¡Aló, don Jojoy! Hábleme más durito que no le escucho… Sisas patrón, le dije que el helicótero recogió a esa gente y se jueron todos de una. Cesar y Gafas se treparon también porque esa jue la orden que vustedes les dieron… ¿Cómo?, no patrón, a mi no me eche cantaleta que ellos jueron los encargaos de esa operación. Yo participé como miembro de la seguridá. El Cesar me dijo que les avisara apenitas cogieran vuelo, y eso estoy haciendo. Mire pues… ahora resulta de que yo tengo la culpa.
¿Qué cómo era el helicótero?, pues como todos… grandotote. ¿Cómo?, lo que le diga es mentira; recuerdo que estaba pintao de blanco y rojo pero no puedo asegurale que tuviera alguna cruz. Uno qué va a fijase en esas pendejadas… No, perdóneme patrón, pero no es grosería. Es que vusté la cogió contra mí, que lo único que hago es pasar una razón. Averigüe dónde están esos dos güevetas que se jueron con los retenidos y pregúteles a ellos; yo solo puedo decile que desde hace días el comandante Cano los llamaba por este aparato y les esplicaba cómo era el maní.
Sí, sí, patrón. Venían un mundo de dotores y algunos con pinta de gringo; y también uno que filmaba… como en las otras entregas. Hágase de cuenta. ¡No!, yo que iba a escuchar nada. No ve que a uno no lo dejan ni arrimar, y además con el ruido de ese aparato quién va a entender algo. Pues claro que lo dejaron prendido; si no se demoraron fue nada. ¡No!, yo que iba a sospechar. Qué tal este, uno metido en esta vaina desde hace años y todavía me tienen de sacamicas, y ahora quiere que le responda por la cagada del jefe.
*Mono Jojoy: ¿Oiga?, Comandante Cano, usté que fue lo que organizó que no me dijo nada. Pues quisque la entrega de misiá Ingrid y los tres gringos esos, además de unos soldaos y policías. Por lo mismo, por lo mismo. Por eso lo llamo. Si usté ya vio las noticias podrá darse cuenta que el que supuestamente dirigió ese operativo fue su persona. Yo no tenía ni idea, apenas me vengo a desayunar. Pero cómo carajos nos fueron e meter el dedo en la boca así de fácil. Definitivamente desde que el viejo finó esta vaina anda jodida, y usté me disculpa comandante. Además con la embarrada de los aparatos esos de Reyes quedamos en pelota. Por eso es que a mi no me gusta la tenología; pille que cuando mandábamos las razones personalmente, así se demoraran, la cosa era más segura. Le cuento pues que no me gusta hablar ni por cedular.
Que embarrada tan berrionda. Mire que nos quitaron las fichas importantes… ahora solo nos quedan unos cuantos desconocidos que nadies va a reclamar. Siii, claro, en medio de la calentura todos dicen que van a seguir jeringuiando pa’ que los larguemos, pero aguarde y verá que dentro de poquito no los vuelven a mencionar. O es que vusté cree que mister Sarkozy se va a desvelar por el hijo del profesor Moncayo; olvídese papá. Y a los gringos les importa un chorizo los que tenemos enchiqueraos. Ahora sí quedamos fue mamando.
No, no, camarada. Yo no le estoy echando vainazos a usté. Lo que pasa es que diga a ver si no tengo razón: desde que les dio por joder con esos aparatos sofisticaos esto empezó a complicase. Y ahora arrancan con los mensajes de la dotora Ingrid que difunden desde los helicóteros, y con la gana que mantiene toda esta gente de largase pa’ la casa; porque no nos digamos mentiras pero en los frentes sí están pasando trabajos. Es que no se le olvide lo que le sucedió al compañero Ríos; mientras ofrezcan ese mundo de plata por nosotros ya no duerme ni el patas. Mire que hasta la negra esa, la tal Karina, se nos abrió del parche y ahí anda haciéndole propaganda al gobierno por la televisora.
¿Reunión cuándo? Bueno, voy a mirar porque la cosa está jodida. Eso sí le advierto que no me cojan de mingo porque nada tuve que ver con ese golazo que nos zamparon. ¿Que qué?, oigan a este… ahora voy a salir a debeles. Vea comandante, usté podrá ser muy estudiao pero yo llevo muchos años en esto y nadies me van a mangoniar. Aguarde mejor y hablamos en vivo y en direto, que allá deben estar los gringos cagaos de la risa oyéndonos la conversa. ¡Hum!, qué tal este man; ora quién le irá a aguantar esas ínfulas de mandamás.
pmejiama1@une.net.co
Alias El Mueco (guerrillero raso): ¡Aló, don Jojoy! Hábleme más durito que no le escucho… Sisas patrón, le dije que el helicótero recogió a esa gente y se jueron todos de una. Cesar y Gafas se treparon también porque esa jue la orden que vustedes les dieron… ¿Cómo?, no patrón, a mi no me eche cantaleta que ellos jueron los encargaos de esa operación. Yo participé como miembro de la seguridá. El Cesar me dijo que les avisara apenitas cogieran vuelo, y eso estoy haciendo. Mire pues… ahora resulta de que yo tengo la culpa.
¿Qué cómo era el helicótero?, pues como todos… grandotote. ¿Cómo?, lo que le diga es mentira; recuerdo que estaba pintao de blanco y rojo pero no puedo asegurale que tuviera alguna cruz. Uno qué va a fijase en esas pendejadas… No, perdóneme patrón, pero no es grosería. Es que vusté la cogió contra mí, que lo único que hago es pasar una razón. Averigüe dónde están esos dos güevetas que se jueron con los retenidos y pregúteles a ellos; yo solo puedo decile que desde hace días el comandante Cano los llamaba por este aparato y les esplicaba cómo era el maní.
Sí, sí, patrón. Venían un mundo de dotores y algunos con pinta de gringo; y también uno que filmaba… como en las otras entregas. Hágase de cuenta. ¡No!, yo que iba a escuchar nada. No ve que a uno no lo dejan ni arrimar, y además con el ruido de ese aparato quién va a entender algo. Pues claro que lo dejaron prendido; si no se demoraron fue nada. ¡No!, yo que iba a sospechar. Qué tal este, uno metido en esta vaina desde hace años y todavía me tienen de sacamicas, y ahora quiere que le responda por la cagada del jefe.
*Mono Jojoy: ¿Oiga?, Comandante Cano, usté que fue lo que organizó que no me dijo nada. Pues quisque la entrega de misiá Ingrid y los tres gringos esos, además de unos soldaos y policías. Por lo mismo, por lo mismo. Por eso lo llamo. Si usté ya vio las noticias podrá darse cuenta que el que supuestamente dirigió ese operativo fue su persona. Yo no tenía ni idea, apenas me vengo a desayunar. Pero cómo carajos nos fueron e meter el dedo en la boca así de fácil. Definitivamente desde que el viejo finó esta vaina anda jodida, y usté me disculpa comandante. Además con la embarrada de los aparatos esos de Reyes quedamos en pelota. Por eso es que a mi no me gusta la tenología; pille que cuando mandábamos las razones personalmente, así se demoraran, la cosa era más segura. Le cuento pues que no me gusta hablar ni por cedular.
Que embarrada tan berrionda. Mire que nos quitaron las fichas importantes… ahora solo nos quedan unos cuantos desconocidos que nadies va a reclamar. Siii, claro, en medio de la calentura todos dicen que van a seguir jeringuiando pa’ que los larguemos, pero aguarde y verá que dentro de poquito no los vuelven a mencionar. O es que vusté cree que mister Sarkozy se va a desvelar por el hijo del profesor Moncayo; olvídese papá. Y a los gringos les importa un chorizo los que tenemos enchiqueraos. Ahora sí quedamos fue mamando.
No, no, camarada. Yo no le estoy echando vainazos a usté. Lo que pasa es que diga a ver si no tengo razón: desde que les dio por joder con esos aparatos sofisticaos esto empezó a complicase. Y ahora arrancan con los mensajes de la dotora Ingrid que difunden desde los helicóteros, y con la gana que mantiene toda esta gente de largase pa’ la casa; porque no nos digamos mentiras pero en los frentes sí están pasando trabajos. Es que no se le olvide lo que le sucedió al compañero Ríos; mientras ofrezcan ese mundo de plata por nosotros ya no duerme ni el patas. Mire que hasta la negra esa, la tal Karina, se nos abrió del parche y ahí anda haciéndole propaganda al gobierno por la televisora.
¿Reunión cuándo? Bueno, voy a mirar porque la cosa está jodida. Eso sí le advierto que no me cojan de mingo porque nada tuve que ver con ese golazo que nos zamparon. ¿Que qué?, oigan a este… ahora voy a salir a debeles. Vea comandante, usté podrá ser muy estudiao pero yo llevo muchos años en esto y nadies me van a mangoniar. Aguarde mejor y hablamos en vivo y en direto, que allá deben estar los gringos cagaos de la risa oyéndonos la conversa. ¡Hum!, qué tal este man; ora quién le irá a aguantar esas ínfulas de mandamás.
pmejiama1@une.net.co
sábado, julio 05, 2008
Vivir la vida.
El paso del ser humano por la tierra es efímero, fugaz, insignificante. Qué son 80 o 90 años, la edad aproximada de supervivencia en la actualidad, comparados con el tiempo que tiene el hombre sobre la Tierra. En épocas remotas la expectativa de vida era mucho menor, pero ha aumentado a medida que inventan vainas para mejorar y alargar nuestra existencia terrenal.
Al leer sobre la evolución del Homo sapiens desde sus inicios, en lo que hoy es Somalia en el cuerno africano, vemos que han existido infinidad de civilizaciones y asentamientos humanos cuyos rastros permitieron que en el futuro los descubrieran y estudiaran. Pero la verdad es que al tocar el tema de la evolución de nuestro planeta mencionamos cifras en cientos de millones de años, y como ese tipo de guarismos aturde, cuando queremos repetirlas nos confundimos. Por lo tanto un grupo de científicos facilitó las cosas con un ejemplo que sintetiza el asunto de una manera clara y sencilla: dicen que si resumimos el tiempo de existencia del planeta Tierra a un lapso de 24 horas, el hombre apareció en los últimos cinco segundos. Así podemos comprobar que somos unos primíparos en este peladero.
Por ello insisto en que la vida hay que vivirla sin desperdiciar segundo. Puede ser en cualquier nimiedad, con tal de que nos guste y deje alguna enseñanza o satisfacción. Hay que conocer, probar, ensayar, variar, arriesgar y aventurar. Ir a donde lo inviten; medírsele a lo que sea; hablar hasta por los codos; comer y beber sin remordimientos; reírse a carcajadas. Ayudar a los demás, compartir, recibir y agradecer, merecer, imaginar, producir, y sobre todo disfrutar. Pero no solo disfrutar de cosas lujosas y costosas, sino de simplezas como un atardecer, el trino de un pájaro, la majestuosidad de un árbol o el rumor del agua al correr.
En otras culturas y religiones creen en la reencarnación, y por ello la gente no le teme a la muerte como sí sucede en occidente. Por ejemplo en la India la sociedad está dividida en castas, y como no existe la posibilidad de que una persona pueda cambiar esa situación, si pertenece por ejemplo a los intocables, que son comparados con el excremento por su insignificancia, acepta su destino y sueña con reencarnar en una posición social más favorable. Nada parecido a nuestro país donde estamos catalogados por estratos sociales, el cual está ligado directamente a la capacidad económica del ciudadano. Entonces un pobretón de estrato uno que se vuelve mafioso, sin ninguna dificultad escala al más alto nivel social.
El caso es que para quienes no creemos que después de esta vida haya otras opciones de regresar a seguir dando guerra en otro cuerpo, más nos vale sacarle todo el jugo posible a esta única oportunidad. Y pienso que la idea no es destacarse en un campo cualquiera, ser el mejor en una modalidad, tener más plata que los demás, poseer belleza y perfección física, o entregarse en cuerpo y alma a una religión. Los ejemplos son muchos y variados, y el más común es el ejecutivo que dedica su existencia a trabajar y amasar fortuna. No piensa en otra cosa, su único tema son la plata y los negocios, descuida su familia por atender juntas y reuniones, y solo le interesan los amigos que representen alguna utilidad. Su obsesión es engrosar la chequera para asegurar una vejez tranquila y boyante, pero no acata que a los 70 años el organismo ya no está para hacer gracias.
O el que encausa a su hijo para que sea un virtuoso del violín, y desde los 3 años el muchachito no hace otra cosa que estudiar música. Lo cuidan como a una porcelana para que no se vaya a quebrar un dedo, y ni pensar en dejarlo salir a correr con los amigos del barrio, treparse a un árbol, tirarle piedras a los pájaros, desinflar una llanta al carro del vecino o hacer cualquier otro tipo de pilatuna. Tampoco experimenta la pubertad ni la adolescencia, porque lo zampan a una universidad en el exterior donde lo becan para escurrirlo al máximo. Y a los 50 años es una estrella del violín, pero con un pasado insípido y vacío.
El deporte es importante para la salud, pero sin exagerar ni obsesionarse con el tema; porque si un mocoso muestra aptitud para el tenis le meten el deporte hasta por las narices para que sea el mejor. Ya mayorcito, ni riesgos de tomarse unos tragos con los amigos o amanecerse en una fiesta, debido a que tiene que madrugar a entrenar. Y mientras los compañeros salen de paseo con las novias, él declina la invitación porque debe competir en un torneo.
No cabe duda de que todo en exceso es dañino, pero pasar la vida sin darle gusto al paladar por cuidar la salud es otro desperdicio. Claro que cada quien escoge si vive 80 años a punta de fritanga y aguardiente, sin reparar en calorías o niveles de colesterol, o 90 con comidas saludables y fiestas zanahorias; como una monjita de clausura que ni siquiera puede “tribuniar” desde la ventana. En todo caso, si confirman lo de la reencarnación, ya resolví qué quiero ser en la próxima vida: ¡brassier de diva!
pmejiama1@une.net.co
Al leer sobre la evolución del Homo sapiens desde sus inicios, en lo que hoy es Somalia en el cuerno africano, vemos que han existido infinidad de civilizaciones y asentamientos humanos cuyos rastros permitieron que en el futuro los descubrieran y estudiaran. Pero la verdad es que al tocar el tema de la evolución de nuestro planeta mencionamos cifras en cientos de millones de años, y como ese tipo de guarismos aturde, cuando queremos repetirlas nos confundimos. Por lo tanto un grupo de científicos facilitó las cosas con un ejemplo que sintetiza el asunto de una manera clara y sencilla: dicen que si resumimos el tiempo de existencia del planeta Tierra a un lapso de 24 horas, el hombre apareció en los últimos cinco segundos. Así podemos comprobar que somos unos primíparos en este peladero.
Por ello insisto en que la vida hay que vivirla sin desperdiciar segundo. Puede ser en cualquier nimiedad, con tal de que nos guste y deje alguna enseñanza o satisfacción. Hay que conocer, probar, ensayar, variar, arriesgar y aventurar. Ir a donde lo inviten; medírsele a lo que sea; hablar hasta por los codos; comer y beber sin remordimientos; reírse a carcajadas. Ayudar a los demás, compartir, recibir y agradecer, merecer, imaginar, producir, y sobre todo disfrutar. Pero no solo disfrutar de cosas lujosas y costosas, sino de simplezas como un atardecer, el trino de un pájaro, la majestuosidad de un árbol o el rumor del agua al correr.
En otras culturas y religiones creen en la reencarnación, y por ello la gente no le teme a la muerte como sí sucede en occidente. Por ejemplo en la India la sociedad está dividida en castas, y como no existe la posibilidad de que una persona pueda cambiar esa situación, si pertenece por ejemplo a los intocables, que son comparados con el excremento por su insignificancia, acepta su destino y sueña con reencarnar en una posición social más favorable. Nada parecido a nuestro país donde estamos catalogados por estratos sociales, el cual está ligado directamente a la capacidad económica del ciudadano. Entonces un pobretón de estrato uno que se vuelve mafioso, sin ninguna dificultad escala al más alto nivel social.
El caso es que para quienes no creemos que después de esta vida haya otras opciones de regresar a seguir dando guerra en otro cuerpo, más nos vale sacarle todo el jugo posible a esta única oportunidad. Y pienso que la idea no es destacarse en un campo cualquiera, ser el mejor en una modalidad, tener más plata que los demás, poseer belleza y perfección física, o entregarse en cuerpo y alma a una religión. Los ejemplos son muchos y variados, y el más común es el ejecutivo que dedica su existencia a trabajar y amasar fortuna. No piensa en otra cosa, su único tema son la plata y los negocios, descuida su familia por atender juntas y reuniones, y solo le interesan los amigos que representen alguna utilidad. Su obsesión es engrosar la chequera para asegurar una vejez tranquila y boyante, pero no acata que a los 70 años el organismo ya no está para hacer gracias.
O el que encausa a su hijo para que sea un virtuoso del violín, y desde los 3 años el muchachito no hace otra cosa que estudiar música. Lo cuidan como a una porcelana para que no se vaya a quebrar un dedo, y ni pensar en dejarlo salir a correr con los amigos del barrio, treparse a un árbol, tirarle piedras a los pájaros, desinflar una llanta al carro del vecino o hacer cualquier otro tipo de pilatuna. Tampoco experimenta la pubertad ni la adolescencia, porque lo zampan a una universidad en el exterior donde lo becan para escurrirlo al máximo. Y a los 50 años es una estrella del violín, pero con un pasado insípido y vacío.
El deporte es importante para la salud, pero sin exagerar ni obsesionarse con el tema; porque si un mocoso muestra aptitud para el tenis le meten el deporte hasta por las narices para que sea el mejor. Ya mayorcito, ni riesgos de tomarse unos tragos con los amigos o amanecerse en una fiesta, debido a que tiene que madrugar a entrenar. Y mientras los compañeros salen de paseo con las novias, él declina la invitación porque debe competir en un torneo.
No cabe duda de que todo en exceso es dañino, pero pasar la vida sin darle gusto al paladar por cuidar la salud es otro desperdicio. Claro que cada quien escoge si vive 80 años a punta de fritanga y aguardiente, sin reparar en calorías o niveles de colesterol, o 90 con comidas saludables y fiestas zanahorias; como una monjita de clausura que ni siquiera puede “tribuniar” desde la ventana. En todo caso, si confirman lo de la reencarnación, ya resolví qué quiero ser en la próxima vida: ¡brassier de diva!
pmejiama1@une.net.co
Las malas vienen juntas.
Entre las muy nombradas leyes de Murphy debería existir un capítulo dedicado exclusivamente a un asunto que mortifica y descompone. Se trata de una constante que nunca falla, y tiene que ver con que las situaciones adversas y las malas noticias siempre se vienen en tacada. Lo que llaman una mala racha. Por ello la gente comenta, cuando enfrenta una situación de estas, que las malas siempre vienen juntas. Y es común ver a un individuo que se rasca la cabeza y solo atina a decir: Al caído caerle.
Un ejemplo muy común es cuando por ejemplo se rompe una tubería en un baño de la casa, y después de que viene el plomero, tumba la pared para buscar el escape, levanta polvo por toneladas y vuelve la casa un chiquero, cuando por fin le está dando los últimos retoques al remiendo, fijo que empieza a brotar agua por otra pared de la vivienda. Y qué tal cuando se daña un electrodoméstico y arrancan todos en fila a sacar la mano; y entonces la mujer, ante el ofusque del marido y la alegadera, dice que eso es normal porque todos esos “peyes” cumplieron su ciclo y es hora de cambiarlos. Ahí sí que se le salta la piedra al sufrido asalariado que no imagina cómo va a solucionar semejante desfase en el presupuesto familiar.
Al ver las noticias diarias en periódicos y noticieros se nos ocurre pensar que a nuestro sufrido país se le vienen las malas en seguidilla, y no puede uno entender cómo tienen cabeza nuestros dirigentes para atender semejante cantidad de problemas tan complicados. La crudeza del invierno es algo que angustia por los daños que ocasiona, y no alcanzan a solucionar un problema cuando aparecen varios más graves y complicados que opacan el anterior. Y lo peor es que desde hace mucho tiempo vivimos en jornada continua invernal, porque anuncian un veranito y nunca dura más de quince días.
Las carreteras principales sufren lo indecible cuando sus laderas se saturan y empiezan a chorrear, y los peores casos se presentan si el derrumbe es de los que llaman “negativo”, ya que los otros basta con recogerlos y abrir la vía de nuevo. Porque cuando se va la banca de la carretera el problema es delicado, además de costoso, y solucionarlo lleva más tiempo. Entonces no queda de otra que desviar el tráfico por una vía alterna, pero si las cotas de pluviosidad llegan a ciertos niveles las avalanchas son por todas partes y las demás carreteras también sufren. Ni hablar de las vías secundarias que sirven de comunicación entre las áreas agrícolas y las ciudades capitales, y cuando colapsa un puente o la carretera desaparece debajo del lodo, quedan completamente aislados. Por lo tanto es muy complicado exigirle al gobierno que desarrolle nuevas alternativas viales, porque imagino que la plata disponible apenas alcanza para sortear los estragos que causa el “general” invierno.
Mientras tanto el país inundado de vehículos de todo tipo y el problema de movilidad se agrava, y el precio del petróleo no detiene su proceso alcista. Y si ese combustible fósil se utilizara solo para mover el parque automotor, vaya y venga, pero con los derivados de esa porquería fabrican de todo. Productos que uno nunca imaginaría son elaborados a base de petróleo, por lo que su alto costo debe preocuparnos a todos. Otra cosa es que si explotan pozos por cantidades en Venezuela y Ecuador, al otro lado de la frontera, por qué carajo en nuestro territorio no hay. Será que no han mirado bien, o que lo piensan guardar para el futuro cuando empiece a escasear; seguro después inventan otro tipo de energía y nos toca meternos el “oro negro” por donde sabemos.
En cambio el precio del café, que aquí se da “choto” y de excelente calidad, parece un yo yo que fluctúa sin control. Nunca más se repitieron las heladas del Brasil; en otras latitudes decidieron cultivarlo; las bolsas de valores manipulan los precios a su antojo; y por lo tanto nos quedaremos a la espera de una bonanza como la de mediados de los años 70. Basta cualquier eventualidad que beneficie el precio del grano para que, al menos en nuestra región, volvamos a ver el florecimiento del campo. ¡Ah! tiempos aquellos cuando los Comités de cafeteros tenían recursos y mantenían como un lulo las carreteritas, los acueductos veredales, las escuelas y puestos de salud. Además, una bonanza le deja billete a todo el mundo; al dueño de la finca, a las muchachas del prostíbulo, al chofer del yip, al del granero, al que vende cigarrillos “menudiaos”, al almacén de insumos agrícolas, etc. Y para colmo, el abono también lo hacen con petróleo y por lo tanto está por las nubes.
Otro problema bien complicado es el asunto del dólar. Por más que expliquen los economistas y expertos, la mayoría de las personas no logra entender por qué es tan perjudicial que los “verdes” estén más baratos, si toda la vida hemos sufrido porque eran inalcanzables. Lo único cierto es que dicha situación solo beneficia a los importadores y a quienes viajan al exterior, porque los exportadores están a punto de robar gallinas. Me late que no les queda sino invocar al Chapulín colorao.
pmejiama1@une.net.co
Un ejemplo muy común es cuando por ejemplo se rompe una tubería en un baño de la casa, y después de que viene el plomero, tumba la pared para buscar el escape, levanta polvo por toneladas y vuelve la casa un chiquero, cuando por fin le está dando los últimos retoques al remiendo, fijo que empieza a brotar agua por otra pared de la vivienda. Y qué tal cuando se daña un electrodoméstico y arrancan todos en fila a sacar la mano; y entonces la mujer, ante el ofusque del marido y la alegadera, dice que eso es normal porque todos esos “peyes” cumplieron su ciclo y es hora de cambiarlos. Ahí sí que se le salta la piedra al sufrido asalariado que no imagina cómo va a solucionar semejante desfase en el presupuesto familiar.
Al ver las noticias diarias en periódicos y noticieros se nos ocurre pensar que a nuestro sufrido país se le vienen las malas en seguidilla, y no puede uno entender cómo tienen cabeza nuestros dirigentes para atender semejante cantidad de problemas tan complicados. La crudeza del invierno es algo que angustia por los daños que ocasiona, y no alcanzan a solucionar un problema cuando aparecen varios más graves y complicados que opacan el anterior. Y lo peor es que desde hace mucho tiempo vivimos en jornada continua invernal, porque anuncian un veranito y nunca dura más de quince días.
Las carreteras principales sufren lo indecible cuando sus laderas se saturan y empiezan a chorrear, y los peores casos se presentan si el derrumbe es de los que llaman “negativo”, ya que los otros basta con recogerlos y abrir la vía de nuevo. Porque cuando se va la banca de la carretera el problema es delicado, además de costoso, y solucionarlo lleva más tiempo. Entonces no queda de otra que desviar el tráfico por una vía alterna, pero si las cotas de pluviosidad llegan a ciertos niveles las avalanchas son por todas partes y las demás carreteras también sufren. Ni hablar de las vías secundarias que sirven de comunicación entre las áreas agrícolas y las ciudades capitales, y cuando colapsa un puente o la carretera desaparece debajo del lodo, quedan completamente aislados. Por lo tanto es muy complicado exigirle al gobierno que desarrolle nuevas alternativas viales, porque imagino que la plata disponible apenas alcanza para sortear los estragos que causa el “general” invierno.
Mientras tanto el país inundado de vehículos de todo tipo y el problema de movilidad se agrava, y el precio del petróleo no detiene su proceso alcista. Y si ese combustible fósil se utilizara solo para mover el parque automotor, vaya y venga, pero con los derivados de esa porquería fabrican de todo. Productos que uno nunca imaginaría son elaborados a base de petróleo, por lo que su alto costo debe preocuparnos a todos. Otra cosa es que si explotan pozos por cantidades en Venezuela y Ecuador, al otro lado de la frontera, por qué carajo en nuestro territorio no hay. Será que no han mirado bien, o que lo piensan guardar para el futuro cuando empiece a escasear; seguro después inventan otro tipo de energía y nos toca meternos el “oro negro” por donde sabemos.
En cambio el precio del café, que aquí se da “choto” y de excelente calidad, parece un yo yo que fluctúa sin control. Nunca más se repitieron las heladas del Brasil; en otras latitudes decidieron cultivarlo; las bolsas de valores manipulan los precios a su antojo; y por lo tanto nos quedaremos a la espera de una bonanza como la de mediados de los años 70. Basta cualquier eventualidad que beneficie el precio del grano para que, al menos en nuestra región, volvamos a ver el florecimiento del campo. ¡Ah! tiempos aquellos cuando los Comités de cafeteros tenían recursos y mantenían como un lulo las carreteritas, los acueductos veredales, las escuelas y puestos de salud. Además, una bonanza le deja billete a todo el mundo; al dueño de la finca, a las muchachas del prostíbulo, al chofer del yip, al del granero, al que vende cigarrillos “menudiaos”, al almacén de insumos agrícolas, etc. Y para colmo, el abono también lo hacen con petróleo y por lo tanto está por las nubes.
Otro problema bien complicado es el asunto del dólar. Por más que expliquen los economistas y expertos, la mayoría de las personas no logra entender por qué es tan perjudicial que los “verdes” estén más baratos, si toda la vida hemos sufrido porque eran inalcanzables. Lo único cierto es que dicha situación solo beneficia a los importadores y a quienes viajan al exterior, porque los exportadores están a punto de robar gallinas. Me late que no les queda sino invocar al Chapulín colorao.
pmejiama1@une.net.co
martes, junio 24, 2008
Y nosotros… ¿qué hacíamos?
Cómo han cambiado las cosas con respecto a las vacaciones. Ahora en muchos establecimientos educativos se rigen por el calendario B, que termina el año lectivo en el mes de junio. Entonces la pausa de medio año es por un lapso considerablemente largo, mientras que a fin de año el descanso es más corto. Me late que se trata de una modalidad copiada del exterior, porque en los colegios bilingües despachan a los profesores a que pasen el verano con sus familias en el hemisferio norte. Y con lo que nos dicta imitar en todo a los extranjeros.
Lo más curioso es que para muchos estudiantes la época de vacaciones se convierte en un martirio; los chinos se jartan en la casa y no saben qué camino coger. Ni hablar del problema que representa para los padres de familia, debido a que la mayoría trabaja, y con desespero buscan qué inventarse para entretener a los muchachitos. Nada los mortifica más que saberlos en la casa idiotizados frente a la pantalla del televisor, del computador o conectados a los juegos electrónicos. Entonces recuerdo lo que representaba para nosotros salir a vacaciones, y no puedo entender cómo semejante regalo del cielo puede convertirse en un inconveniente.
Pensándolo bien, sí entiendo. A los infantes de ahora les tocó vivir una época de inseguridad y barbarie que les coartó la libertad; prisioneros inocentes de sus casas, edificios o conjuntos residenciales. Y aparte de los peligros que hay en la calle, súmele la paranoia de los papás que no les permiten ni asomarse a la ventana. Entonces no hay duda de que para nosotros la cosa sí era muy fácil, porque aparte de que las mamás permanecían en la casa, podíamos movernos sin ataduras ni imposiciones; al mocoso que se defendiera solo, lo echaban para la calle desde las ocho de la mañana y solo podía entrar cuando tuviera ganas de hacer popó, presentara un hueso roto o una herida abierta.
De manera que el menú de diversiones era ilimitado y menciono solo algunos. Jugábamos guerra libertadora, chucha o la lleva, cuclí, estatua y quemado. Con canicas de cristal a los cinco hoyos, al pipo y cuarta, al hoyito o nos inventábamos un recorrido para realizar una vuelta a Colombia, donde cada bola representaba un ciclista; dicha competencia también se practicaba con tapas de gaseosa rellenas de parafina o cáscara de naranja. Hacíamos comitivas, casas en los árboles, trincheras y escalábamos barrancos. Teníamos yoyo, trompo, balero, popo o bodoquera, navaja, pica pica, cauchera y marranita. Las cometas eran fabricadas por nosotros con papel de seda y engrudo. Y nos entreteníamos con actividades tan simples como sacar gusanitos de un barranco con la ayuda de un espartillo.
A cierta edad el pasatiempo preferido era rodar por las faldas en carritos de balineras. Después de ahorrar unos pesitos, mi papá nos completaba el capital necesario para fabricar las naves. Cogíamos el bus que nos llevaba al centro, bajábamos a las carreras hasta el Parque Liborio y en cualquier taller conseguíamos rodamientos de segunda. En una ferretería comprábamos puntillas, además del tornillo y las arandelas necesarias para darle movilidad al eje delantero. Después, en una construcción que hubiera en el barrio negociábamos con el celador para que nos vendiera unos recortes de madera. Solo quedaba conseguir un pedazo de cuerda gruesa para controlar la dirección.
El martillo, un serrucho, el machete para redondear los ejes y así poder meter las balineras, y a trabajar se dijo. Cada quien le ponía su sello personal al carrito, y nunca faltaban los gallos y las novedades; un cojín, calcomanías, rayas de color, dibujos y grabados adornaban las carrocerías. Concentrados en el ensamblaje nos turnábamos la herramienta, y nunca faltaba una mano amiga para solucionar cualquier inconveniente. Era cuestión de una tarde y todos a ensayar los carros.
Por fortuna en cualquier barrio de Manizales hay varias cuadras en pendiente para improvisar los autódromos. En el barrio La Camelia, donde vivíamos entonces, podíamos chorrearnos desde la Avenida Santander hasta la iglesia de Palermo sin peligro porque el vecindario apenas nacía y las calles eran desiertas. Ocho cuadras en bajada, con curvas de todo tipo, hacían del recorrido una aventura inolvidable. Podía llover, tronar y relampaguear y no hacíamos otra cosa que rodar por esas faldas. Manteníamos los codos y las rodillas en carne viva, o con costras de sangre seca, y las mamás no paraban de renegar porque destruíamos bluyines, camisas y zapatos. Lo de menos era el pellejo del zambo.
Además nos gustaba innovar y ponerle más peligro al programa. Como el carrito era para conductor y un pasajero, cogíamos prestado el atomizador que usaba la mamá para echarse laca en el pelo y lo llenábamos de gasolina. Entonces en plena carrera rociábamos las balineras con el líquido inflamable y la llamarada era inmediata, por las chispas que se formaban al rastrillar el metal contra el pavimento. Esa vaina nos producía unas descargas de adrenalina que no alcanzo a describir.
De noche nos dejaban salir un rato y la entretención preferida era hacer maldades. Quebrar bombillos, timbrar en las casas, azuzar los perros del vecindario, fumar al escondido, mortificar al celador y al que se atravesara. Por fortuna la gente era paciente y tranquila, porque de lo contrario no estaríamos contando el cuento.
pmejiama1@une.net.co
Lo más curioso es que para muchos estudiantes la época de vacaciones se convierte en un martirio; los chinos se jartan en la casa y no saben qué camino coger. Ni hablar del problema que representa para los padres de familia, debido a que la mayoría trabaja, y con desespero buscan qué inventarse para entretener a los muchachitos. Nada los mortifica más que saberlos en la casa idiotizados frente a la pantalla del televisor, del computador o conectados a los juegos electrónicos. Entonces recuerdo lo que representaba para nosotros salir a vacaciones, y no puedo entender cómo semejante regalo del cielo puede convertirse en un inconveniente.
Pensándolo bien, sí entiendo. A los infantes de ahora les tocó vivir una época de inseguridad y barbarie que les coartó la libertad; prisioneros inocentes de sus casas, edificios o conjuntos residenciales. Y aparte de los peligros que hay en la calle, súmele la paranoia de los papás que no les permiten ni asomarse a la ventana. Entonces no hay duda de que para nosotros la cosa sí era muy fácil, porque aparte de que las mamás permanecían en la casa, podíamos movernos sin ataduras ni imposiciones; al mocoso que se defendiera solo, lo echaban para la calle desde las ocho de la mañana y solo podía entrar cuando tuviera ganas de hacer popó, presentara un hueso roto o una herida abierta.
De manera que el menú de diversiones era ilimitado y menciono solo algunos. Jugábamos guerra libertadora, chucha o la lleva, cuclí, estatua y quemado. Con canicas de cristal a los cinco hoyos, al pipo y cuarta, al hoyito o nos inventábamos un recorrido para realizar una vuelta a Colombia, donde cada bola representaba un ciclista; dicha competencia también se practicaba con tapas de gaseosa rellenas de parafina o cáscara de naranja. Hacíamos comitivas, casas en los árboles, trincheras y escalábamos barrancos. Teníamos yoyo, trompo, balero, popo o bodoquera, navaja, pica pica, cauchera y marranita. Las cometas eran fabricadas por nosotros con papel de seda y engrudo. Y nos entreteníamos con actividades tan simples como sacar gusanitos de un barranco con la ayuda de un espartillo.
A cierta edad el pasatiempo preferido era rodar por las faldas en carritos de balineras. Después de ahorrar unos pesitos, mi papá nos completaba el capital necesario para fabricar las naves. Cogíamos el bus que nos llevaba al centro, bajábamos a las carreras hasta el Parque Liborio y en cualquier taller conseguíamos rodamientos de segunda. En una ferretería comprábamos puntillas, además del tornillo y las arandelas necesarias para darle movilidad al eje delantero. Después, en una construcción que hubiera en el barrio negociábamos con el celador para que nos vendiera unos recortes de madera. Solo quedaba conseguir un pedazo de cuerda gruesa para controlar la dirección.
El martillo, un serrucho, el machete para redondear los ejes y así poder meter las balineras, y a trabajar se dijo. Cada quien le ponía su sello personal al carrito, y nunca faltaban los gallos y las novedades; un cojín, calcomanías, rayas de color, dibujos y grabados adornaban las carrocerías. Concentrados en el ensamblaje nos turnábamos la herramienta, y nunca faltaba una mano amiga para solucionar cualquier inconveniente. Era cuestión de una tarde y todos a ensayar los carros.
Por fortuna en cualquier barrio de Manizales hay varias cuadras en pendiente para improvisar los autódromos. En el barrio La Camelia, donde vivíamos entonces, podíamos chorrearnos desde la Avenida Santander hasta la iglesia de Palermo sin peligro porque el vecindario apenas nacía y las calles eran desiertas. Ocho cuadras en bajada, con curvas de todo tipo, hacían del recorrido una aventura inolvidable. Podía llover, tronar y relampaguear y no hacíamos otra cosa que rodar por esas faldas. Manteníamos los codos y las rodillas en carne viva, o con costras de sangre seca, y las mamás no paraban de renegar porque destruíamos bluyines, camisas y zapatos. Lo de menos era el pellejo del zambo.
Además nos gustaba innovar y ponerle más peligro al programa. Como el carrito era para conductor y un pasajero, cogíamos prestado el atomizador que usaba la mamá para echarse laca en el pelo y lo llenábamos de gasolina. Entonces en plena carrera rociábamos las balineras con el líquido inflamable y la llamarada era inmediata, por las chispas que se formaban al rastrillar el metal contra el pavimento. Esa vaina nos producía unas descargas de adrenalina que no alcanzo a describir.
De noche nos dejaban salir un rato y la entretención preferida era hacer maldades. Quebrar bombillos, timbrar en las casas, azuzar los perros del vecindario, fumar al escondido, mortificar al celador y al que se atravesara. Por fortuna la gente era paciente y tranquila, porque de lo contrario no estaríamos contando el cuento.
pmejiama1@une.net.co
martes, junio 17, 2008
Los hombres en la cocina...
El machismo de nuestros antepasados veía con malos ojos que un varón realizara cualquier labor del hogar. Era común entonces aquel estribillo que sentenciaba que los hombres en la cocina huelen a rila de gallina, con el que las mujeres buscaban espantar a cualquier representante del sexo masculino que osara invadir sus terrenos, sin importar la edad del intruso. Y era esa misma frase la utilizaba por la cocinera cuando los muchachitos, en un descuido, aprovechábamos para robarnos una tajada madura del recipiente donde las ponía a escurrir después de fritarlas.
Algunos campesinos todavía acostumbran evitar que su muchacho colabore con cualquier oficio de la casa, y no falta el que se pone furioso si el zambo quiere recoger el plato después de comer, para llevarlo a la cocina. Que se vuelve maricón, aseguran, y que ni se le ocurra al mocoso tender la cama, recoger la ropa sucia o pasar una escoba. Para eso están las mujeres, arguyen, y no hay poder humano que los haga cambiar de opinión. Imagino sus comentarios cuando ven en la televisión los programas de cocina, donde la gran mayoría de chefs son hombres; claro, dirán, mire no más cómo terminó Saúl García.
La verdad es que dicho concepto está muy revaluado, porque ahora en cualquier reunión los que cocinan son los hombres. Las mujeres ya colgaron el delantal, y se dedican a conversar mientras sus consortes las atienden y preparan las viandas. Lo mismo en los hogares, donde ya es habitual que el marido se meta a la cocina a preparar sus recetas; además, tenemos muy claro que nadie va a ayudarnos al momento de lavar y organizar, y que la condición es que la cocina debe quedar como estaba: impecable.
Pero como hay cocineros de cocineros, los más apetecidos en la actualidad, además de bien pagos, son los expertos en transformar las inocentes hojas de coca en ese fatídico polvo blanco que se ha encargado de estigmatizarnos ante el mundo. Porque utilizar la hojita no tiene ningún misterio, como lo han hecho durante siglos los indígenas andinos que la utilizan para mascarla mientras trabajan, o para “mambear”, que es una costumbre ancestral de nuestros aborígenes que habitan en la Sierra Nevada. Otro ejemplo de que es inofensiva es el te que comercializan en países como Bolivia y Perú.
Entonces, nos preguntamos muchos, por qué quienes abusan al momento de chupar el polvo como unas aspiradoras, terminan embrutecidos. Aparte del daño que hace la droga en las mucosas de la nariz, hasta llegar al punto de perder el apéndice nasal. Sabemos que a las hojas le adicionan algunos productos químicos, por lo que las autoridades combaten por igual el tráfico de estos insumos, pero al menos yo no tenía conocimiento de la forma de preparar ese veneno que se conoce en nuestro medio como perico. Como gracias al internet no se queda nada oculto, recibí un video donde un cocinero prepara ante la cámara, sin dejar ver la cara de ninguno de los presentes, un poquito de pasta de coca para mostrar el proceso. Esa pasta, a la que le falta otro proceso para purificarla, es lo que llamamos aquí basuco y en otras latitudes crack.
Lo primero que presenta el video es a los llamados “raspachines” en su labor de recolectar las hojas de coca, y luego el momento en que pesan los bultos para recibir su salario. Después en una ramada que funge de “laboratorio”, como los que vemos a diario cuando son desmantelados por la fuerza pública, dos personajes proceden con la preparación. Encima de un plástico riegan el contenido de varios bultos de hojas y las pican con una guadaña (guaraña dicen los campesinos); luego las esparcen con los pies y después de adicionar varios puñados de cemento gris, las pisan con sus botas pantaneras.
En una regadera de las utilizadas para rociar las matas mezclan gasolina, una solución de soda cáustica y amoníaco, menjurje que riegan muy bien sobre las hojas y el cemento. Entonces el cocinero y su ayudante pisan de nuevo la mezcla, para después echarle cal viva en generosas proporciones y volver a pisar; según parece, marchar sobre la mezcla es la mejor forma de amalgamarla. Otras dos rociadas, una con gasolina y otra con solución de ácido sulfúrico, para luego echar todo en una caneca y dejarlo reposar.
Después de un tiempo, a esa mezcla le echan más gasolina y la revuelcan con un palo. Luego una dosis de ácido sulfúrico para pasar el líquido por un trapo y filtrarlo. A reposar de nuevo y otra filtrada, antes de echarle amoníaco para precipitar. Con el mismo palo revuelven bien y proceden a darle la última filtrada al pasarlo por un gante sucio y antihigiénico (brilla por su ausencia la asepsia de recipientes e instrumentos utilizados). Después de escurrir bien el trapo aparece la pasta de coca y solo resta secarla, y el proceso para convertirla en cocaína pura es a base de acetona y ácido hidroclorato.
Con razón cualquier traqueto de pacotilla monta su laboratorio y a exportar se dijo, si los productos químicos utilizados no tienen ningún misterio y basta conseguir un cocinero experimentado que prepare la mercancía. Y como clientela es lo que hay…
pmejiama1@une.net.co
Algunos campesinos todavía acostumbran evitar que su muchacho colabore con cualquier oficio de la casa, y no falta el que se pone furioso si el zambo quiere recoger el plato después de comer, para llevarlo a la cocina. Que se vuelve maricón, aseguran, y que ni se le ocurra al mocoso tender la cama, recoger la ropa sucia o pasar una escoba. Para eso están las mujeres, arguyen, y no hay poder humano que los haga cambiar de opinión. Imagino sus comentarios cuando ven en la televisión los programas de cocina, donde la gran mayoría de chefs son hombres; claro, dirán, mire no más cómo terminó Saúl García.
La verdad es que dicho concepto está muy revaluado, porque ahora en cualquier reunión los que cocinan son los hombres. Las mujeres ya colgaron el delantal, y se dedican a conversar mientras sus consortes las atienden y preparan las viandas. Lo mismo en los hogares, donde ya es habitual que el marido se meta a la cocina a preparar sus recetas; además, tenemos muy claro que nadie va a ayudarnos al momento de lavar y organizar, y que la condición es que la cocina debe quedar como estaba: impecable.
Pero como hay cocineros de cocineros, los más apetecidos en la actualidad, además de bien pagos, son los expertos en transformar las inocentes hojas de coca en ese fatídico polvo blanco que se ha encargado de estigmatizarnos ante el mundo. Porque utilizar la hojita no tiene ningún misterio, como lo han hecho durante siglos los indígenas andinos que la utilizan para mascarla mientras trabajan, o para “mambear”, que es una costumbre ancestral de nuestros aborígenes que habitan en la Sierra Nevada. Otro ejemplo de que es inofensiva es el te que comercializan en países como Bolivia y Perú.
Entonces, nos preguntamos muchos, por qué quienes abusan al momento de chupar el polvo como unas aspiradoras, terminan embrutecidos. Aparte del daño que hace la droga en las mucosas de la nariz, hasta llegar al punto de perder el apéndice nasal. Sabemos que a las hojas le adicionan algunos productos químicos, por lo que las autoridades combaten por igual el tráfico de estos insumos, pero al menos yo no tenía conocimiento de la forma de preparar ese veneno que se conoce en nuestro medio como perico. Como gracias al internet no se queda nada oculto, recibí un video donde un cocinero prepara ante la cámara, sin dejar ver la cara de ninguno de los presentes, un poquito de pasta de coca para mostrar el proceso. Esa pasta, a la que le falta otro proceso para purificarla, es lo que llamamos aquí basuco y en otras latitudes crack.
Lo primero que presenta el video es a los llamados “raspachines” en su labor de recolectar las hojas de coca, y luego el momento en que pesan los bultos para recibir su salario. Después en una ramada que funge de “laboratorio”, como los que vemos a diario cuando son desmantelados por la fuerza pública, dos personajes proceden con la preparación. Encima de un plástico riegan el contenido de varios bultos de hojas y las pican con una guadaña (guaraña dicen los campesinos); luego las esparcen con los pies y después de adicionar varios puñados de cemento gris, las pisan con sus botas pantaneras.
En una regadera de las utilizadas para rociar las matas mezclan gasolina, una solución de soda cáustica y amoníaco, menjurje que riegan muy bien sobre las hojas y el cemento. Entonces el cocinero y su ayudante pisan de nuevo la mezcla, para después echarle cal viva en generosas proporciones y volver a pisar; según parece, marchar sobre la mezcla es la mejor forma de amalgamarla. Otras dos rociadas, una con gasolina y otra con solución de ácido sulfúrico, para luego echar todo en una caneca y dejarlo reposar.
Después de un tiempo, a esa mezcla le echan más gasolina y la revuelcan con un palo. Luego una dosis de ácido sulfúrico para pasar el líquido por un trapo y filtrarlo. A reposar de nuevo y otra filtrada, antes de echarle amoníaco para precipitar. Con el mismo palo revuelven bien y proceden a darle la última filtrada al pasarlo por un gante sucio y antihigiénico (brilla por su ausencia la asepsia de recipientes e instrumentos utilizados). Después de escurrir bien el trapo aparece la pasta de coca y solo resta secarla, y el proceso para convertirla en cocaína pura es a base de acetona y ácido hidroclorato.
Con razón cualquier traqueto de pacotilla monta su laboratorio y a exportar se dijo, si los productos químicos utilizados no tienen ningún misterio y basta conseguir un cocinero experimentado que prepare la mercancía. Y como clientela es lo que hay…
pmejiama1@une.net.co
miércoles, junio 11, 2008
No le busque más.
En medio de su frustración y desespero es común oír a la gente preguntarse qué puede hacer por el país. Todos quisiéramos contribuir en algo, pero nadie conoce una forma directa y expedita de poner el granito de arena necesario para ayudar a que salgamos de este berenjenal. El ciudadano común se siente maniatado frente a la gravedad de los hechos que presencia a diario, y añora tener la oportunidad de obrar de manera efectiva para paliar en algo el sufrimiento de los demás. Es por ello que las convocatorias a las marchas populares tienen tanta acogida: porque la ciudadanía siente que aporta con su presencia, que puede expresarse y participar.
Insisto en que la mejor manera de colaborar para sacar al país de esta situación es muy simple. Basta con ser un ciudadano honesto, acatar la ley, ser responsable, productivo, respetuoso y todo lo que pueda calificarlo como buena persona. Es tan simple como éso. Porque entonces no es sino sumar unos con otros, y si todos nos comportamos así, no veo forma de que haya cualquier tipo de conflicto o inconveniente. Pero mientras la consigna para una gran mayoría sea la ley del más astuto para embaucar a los demás; del engaño y la marrulla; del soborno y la intimidación; la corrupción y el desfalco; y cualquier forma de llevarse al prójimo por delante, todo está perdido. Es común en nuestro medio la desilusión que siente un patrón cuando se entera de que ese empleado de absoluta confianza, a quien conoce desde pequeño, y ha ayudado y respaldado en todo, le metió la mano en la caja menor. Eso, más que rabia y desconcierto, produce dolor en el alma.
Nunca viviremos en paz mientras exista tanta injusticia social. La desigualdad es alarmante y la falta de oportunidades para los menos favorecidos agranda la brecha entre clases sociales. El derroche de algunos ante la miseria de tantos es algo que repugna y envenena. Mientras haya personas que habitan cinturones de miseria sin ninguna dignidad, es utópico siquiera aspirar a tener un país mejor. Aquí nadie paga impuestos porque sabe que se roban el erario, y en cambio busca demandar al estado bajo cualquier pretexto para exprimirlo al máximo. Entonces caemos en un círculo vicioso. Porque si se roban la plata nadie aporta al fisco, sin aportes tampoco hay inversiones, sin estas, el establecimiento colapsa y… mejor dicho, nos traga la tierra a todos.
Leí un texto que corrobora esta idea e invita a que dejemos de buscar el por qué de nuestro subdesarrollo. Causas como que somos un continente muy joven, comparado con Europa, porque países como Australia y Nueva Zelanda, que hace 200 años eran territorios inexplorados, ahora son ricos y florecientes. Tampoco es por extensión, porque miremos que Japón, con superpoblación y muy poca área disponible, es una de las economías más importantes del mundo. Tenemos los recursos naturales que cualquier nación envidiaría, diversidad de pisos térmicos, una tierra fértil y agradecida, ríos y ciénagas por montones, costa sobre dos océanos, y lo más importante de todo, un recurso humano estupendo.
El problema es de actitud, no le busque más. Porque si nuestra población canaliza positivamente todo ese potencial de ingenio, astucia, laboriosidad, enjundia y don de gentes que posee, seríamos una fortaleza en todos los sentidos. Qué tal por ejemplo la calidad de nuestros falsificadores; o la imaginación que utilizan para transportar sustancias ilícitas; o el éxito de las meretrices que exportamos; o la habilidad de algunos personajes para realizar grandes estafas. Tenemos malandrines que son capaces de tumbar un avión con un poncho.
El éxito de los países ricos y poderosos se basa en el comportamiento de sus ciudadanos. Ellos cumplen, sin que tengan que indicarles o deban multarlos para obligarlos, unas reglas básicas que deberían ser innatas en el ser humano. Son normas tan simples como la ética, la cual nadie puede comprar en una tienda o aprender en el aula, porque éso viene en la sangre. O el orden, que tanta falta hace en nuestro diario vivir; o la integridad, que vale más que cualquier otro atributo; o la puntualidad, que aunque parezca algo nimio, habla tanto de quien no la practica.
Un ciudadano responsable en todos los aspectos de su vida, que busque siempre superarse y mejorar en todo, y que aprecie su empleo y a su empleador (aunque existen patrones que francamente), es alguien en quien puede confiarse y que seguro rendirá en su trabajo. Pero sin duda algo primordial es el respeto a las leyes y a los derechos de los demás. Esa manía que tenemos de pasarnos las normas por la faja, y anteponer nuestra comodidad y beneficio, así tengamos que pasar por encima del prójimo, es la causa de tanto desorden. No podemos negar que a veces provoca ahorcar al sujeto que se cuela en la fila, o al que parquea su carro en sitio prohibido sin importar el caos que genere.
Es menester que los colombianos abandonen la costumbre de echarle la culpa al gobierno de todo lo que les sucede. Como el ciudadano que pierde su casa en un incendio y ante la pregunta del periodista sobre qué camino va a coger, responde:
-Ese no es asunto mío. Que el Presidente mire a ver cómo nos soluciona el problema.
pmejiama1@une.net.co
Insisto en que la mejor manera de colaborar para sacar al país de esta situación es muy simple. Basta con ser un ciudadano honesto, acatar la ley, ser responsable, productivo, respetuoso y todo lo que pueda calificarlo como buena persona. Es tan simple como éso. Porque entonces no es sino sumar unos con otros, y si todos nos comportamos así, no veo forma de que haya cualquier tipo de conflicto o inconveniente. Pero mientras la consigna para una gran mayoría sea la ley del más astuto para embaucar a los demás; del engaño y la marrulla; del soborno y la intimidación; la corrupción y el desfalco; y cualquier forma de llevarse al prójimo por delante, todo está perdido. Es común en nuestro medio la desilusión que siente un patrón cuando se entera de que ese empleado de absoluta confianza, a quien conoce desde pequeño, y ha ayudado y respaldado en todo, le metió la mano en la caja menor. Eso, más que rabia y desconcierto, produce dolor en el alma.
Nunca viviremos en paz mientras exista tanta injusticia social. La desigualdad es alarmante y la falta de oportunidades para los menos favorecidos agranda la brecha entre clases sociales. El derroche de algunos ante la miseria de tantos es algo que repugna y envenena. Mientras haya personas que habitan cinturones de miseria sin ninguna dignidad, es utópico siquiera aspirar a tener un país mejor. Aquí nadie paga impuestos porque sabe que se roban el erario, y en cambio busca demandar al estado bajo cualquier pretexto para exprimirlo al máximo. Entonces caemos en un círculo vicioso. Porque si se roban la plata nadie aporta al fisco, sin aportes tampoco hay inversiones, sin estas, el establecimiento colapsa y… mejor dicho, nos traga la tierra a todos.
Leí un texto que corrobora esta idea e invita a que dejemos de buscar el por qué de nuestro subdesarrollo. Causas como que somos un continente muy joven, comparado con Europa, porque países como Australia y Nueva Zelanda, que hace 200 años eran territorios inexplorados, ahora son ricos y florecientes. Tampoco es por extensión, porque miremos que Japón, con superpoblación y muy poca área disponible, es una de las economías más importantes del mundo. Tenemos los recursos naturales que cualquier nación envidiaría, diversidad de pisos térmicos, una tierra fértil y agradecida, ríos y ciénagas por montones, costa sobre dos océanos, y lo más importante de todo, un recurso humano estupendo.
El problema es de actitud, no le busque más. Porque si nuestra población canaliza positivamente todo ese potencial de ingenio, astucia, laboriosidad, enjundia y don de gentes que posee, seríamos una fortaleza en todos los sentidos. Qué tal por ejemplo la calidad de nuestros falsificadores; o la imaginación que utilizan para transportar sustancias ilícitas; o el éxito de las meretrices que exportamos; o la habilidad de algunos personajes para realizar grandes estafas. Tenemos malandrines que son capaces de tumbar un avión con un poncho.
El éxito de los países ricos y poderosos se basa en el comportamiento de sus ciudadanos. Ellos cumplen, sin que tengan que indicarles o deban multarlos para obligarlos, unas reglas básicas que deberían ser innatas en el ser humano. Son normas tan simples como la ética, la cual nadie puede comprar en una tienda o aprender en el aula, porque éso viene en la sangre. O el orden, que tanta falta hace en nuestro diario vivir; o la integridad, que vale más que cualquier otro atributo; o la puntualidad, que aunque parezca algo nimio, habla tanto de quien no la practica.
Un ciudadano responsable en todos los aspectos de su vida, que busque siempre superarse y mejorar en todo, y que aprecie su empleo y a su empleador (aunque existen patrones que francamente), es alguien en quien puede confiarse y que seguro rendirá en su trabajo. Pero sin duda algo primordial es el respeto a las leyes y a los derechos de los demás. Esa manía que tenemos de pasarnos las normas por la faja, y anteponer nuestra comodidad y beneficio, así tengamos que pasar por encima del prójimo, es la causa de tanto desorden. No podemos negar que a veces provoca ahorcar al sujeto que se cuela en la fila, o al que parquea su carro en sitio prohibido sin importar el caos que genere.
Es menester que los colombianos abandonen la costumbre de echarle la culpa al gobierno de todo lo que les sucede. Como el ciudadano que pierde su casa en un incendio y ante la pregunta del periodista sobre qué camino va a coger, responde:
-Ese no es asunto mío. Que el Presidente mire a ver cómo nos soluciona el problema.
pmejiama1@une.net.co
martes, junio 03, 2008
Cuentos variaditos.
Una salida genial, un chispazo oportuno, el apunte certero o un juego de palabras ingenioso son suficientes para romper el hielo en cualquier situación, para desarmar al iracundo, y es la herramienta perfecta para distender los ánimos. La risa es el mejor remedio conocido hasta ahora, no requiere de esfuerzos ni hay que invertir dinero para disfrutarla. El buen humor brota como reflejo de una actitud positiva y optimista. Bien lo dice el refranero popular cuando asegura que al mal tiempo solo queda ponerle buena cara. Y que conste que la buena cara se pone, no se coloca.
La gente me relata sus anécdotas y siempre las anoto en el archivo que tengo destinado a ese menester. Claro que no falta el que sale con un cuento bien pendejo, y pasado el tiempo hace el reclamo porque su relato no ha sido difundido como él lo esperaba. Lo que pasa es que la condición impajaritable para que esto suceda es que el cuento me guste, porque de lo contrario, ni modo. Todos tenemos diferente gusto y lo que a alguien le parece genial es posible que yo no le encuentre ninguna gracia, así como muchos pensarán al leer mis escritos que me embobé. Aquí van algunos de esos cuentos.
Fernán Escobar es mi primo en segundo o tercer grado y es un poco mayor que yo. Cuando tenía 6 años llegó un día del colegio muy cariacontecido, por lo que Amparo, la mamá, averiguó qué le pasaba para tratar de animarlo. El muchachito le preguntó si sabía quiénes eran los “judidos”, a lo que ella respondió positivamente, y entonces quiso saber si también había oído hablar de un tal Jesús. Cuando la madre confirmó que sabía muy bien quiénes eran los personajes, Fernán comentó, con los ojos encharcados, que estaba muy triste porque esa gente había vendido a Jesús por 5 monedas de plata. La madre quiso tranquilizarlo al explicarle cómo habían sucedido los acontecimientos y además le dijo que la venta había sido por 30 monedas. El mocoso abrió los ojos y puso cara de contento, para rematar la charla con este comentario:
-¿Fueron 30 monedas? ¡Ah!, no. Entonces lo que quedó fue muy bien vendido.
Es común oír a la gente renegar de sus empleados de confianza, pero pasan años con ellos y no los cambian por física pereza de tener que entrenar al que llega. La empleada del servicio, el mensajero, la secretaria o el agregado de la finca, le conocen al patrón los resabios, los gustos, la manera como le deben trabajar y tantos detallitos que hacen que haya armonía entre empleado y empleador. Además, existe la falsa creencia que el subalterno de turno es único e irremplazable, y cuado salen de él y consiguen uno mucho mejor, reniegan por el hecho de haberlo aguantado durante tanto tiempo. Gabriel Ochoa, un paisa agradable y buen conversador, tiene una secretaria desde hace mucho tiempo que se convirtió en su mano derecha. Pues a Esneda, que es como se llama la mujer, y debido a los defectos y peros que presenta al desempeñar su trabajo, Gabriel le puso un remoquete que la define en forma descriptiva, además de displicente, y para ello le bastó cambiar una sola letra: Le dice “Es-nada”.
Relaté hace mucho tiempo el cuento de Álvaro “Pinocho” Uribe, cuando una vieja le preguntó por qué le dicen así, y él con ganas de ahorcarla le respondió que es debido a que tiene los pies planos. El hombre es arquitecto y en cierta ocasión debió viajar a Girardot para reunirse con unos inversionistas de Ibagué que proyectaban adelantar una obra en esa población cundinamarquesa. Mientras trataron los temas referentes a su trabajo Pinocho aportó y participó en la junta, pero en cierto momento los presentes se enfrascaron en discusiones económicas que nada tenían que ver con él. Preocupado porque la reunión terminara pronto para alcanzar a regresar a Manizales sin que lo cogiera la noche, miraba el reloj con insistencia y mostraba cierta inquietud. Entonces una de las damas presentes, ricachona y jailosa, quiso entablarle conversación con una frase que es típica de las señoras. Le preguntó si él era de los Uribe de La Ceja, y Pinocho le respondió:
-No señora, soy de los de “la nariz”.
Desempeñaba el doctor Alberto Mendoza Hoyos el cargo de Gobernador de Caldas y se enteró en una reunión social que uno de sus colaboradores más cercanos era del “otro equipo”, como decíamos antes. El doctor Mendoza parecía un lord inglés por su educación, modales exquisitos y una decencia que lo distinguía de los demás, y debido a su prudencia no sabía cómo confirmar tan delicada situación. Entonces resolvió citar a su despacho a uno de los secretarios, Mario Humberto Gómez Upegui, con quien tenía confianza y además estaba seguro de que él sabría detalles del hecho porque tenía fama de ser muy comunicativo. El gobernador fue al grano y con mucho tacto dijo que se rumoraba que uno de sus funcionarios tenía ciertas tendencias reprochables, mal vistas por la sociedad y por la iglesia, y que le agradecía si podía averiguarle algo al respecto. Entonces Mario Humberto, con esa espontaneidad y franqueza que lo caracterizaban, confirmó:
-¿Se refiere a fulanito? ¡Cacorrísimo mi doctor, cacorrísimo!
pmejiama1@une.net.co
La gente me relata sus anécdotas y siempre las anoto en el archivo que tengo destinado a ese menester. Claro que no falta el que sale con un cuento bien pendejo, y pasado el tiempo hace el reclamo porque su relato no ha sido difundido como él lo esperaba. Lo que pasa es que la condición impajaritable para que esto suceda es que el cuento me guste, porque de lo contrario, ni modo. Todos tenemos diferente gusto y lo que a alguien le parece genial es posible que yo no le encuentre ninguna gracia, así como muchos pensarán al leer mis escritos que me embobé. Aquí van algunos de esos cuentos.
Fernán Escobar es mi primo en segundo o tercer grado y es un poco mayor que yo. Cuando tenía 6 años llegó un día del colegio muy cariacontecido, por lo que Amparo, la mamá, averiguó qué le pasaba para tratar de animarlo. El muchachito le preguntó si sabía quiénes eran los “judidos”, a lo que ella respondió positivamente, y entonces quiso saber si también había oído hablar de un tal Jesús. Cuando la madre confirmó que sabía muy bien quiénes eran los personajes, Fernán comentó, con los ojos encharcados, que estaba muy triste porque esa gente había vendido a Jesús por 5 monedas de plata. La madre quiso tranquilizarlo al explicarle cómo habían sucedido los acontecimientos y además le dijo que la venta había sido por 30 monedas. El mocoso abrió los ojos y puso cara de contento, para rematar la charla con este comentario:
-¿Fueron 30 monedas? ¡Ah!, no. Entonces lo que quedó fue muy bien vendido.
Es común oír a la gente renegar de sus empleados de confianza, pero pasan años con ellos y no los cambian por física pereza de tener que entrenar al que llega. La empleada del servicio, el mensajero, la secretaria o el agregado de la finca, le conocen al patrón los resabios, los gustos, la manera como le deben trabajar y tantos detallitos que hacen que haya armonía entre empleado y empleador. Además, existe la falsa creencia que el subalterno de turno es único e irremplazable, y cuado salen de él y consiguen uno mucho mejor, reniegan por el hecho de haberlo aguantado durante tanto tiempo. Gabriel Ochoa, un paisa agradable y buen conversador, tiene una secretaria desde hace mucho tiempo que se convirtió en su mano derecha. Pues a Esneda, que es como se llama la mujer, y debido a los defectos y peros que presenta al desempeñar su trabajo, Gabriel le puso un remoquete que la define en forma descriptiva, además de displicente, y para ello le bastó cambiar una sola letra: Le dice “Es-nada”.
Relaté hace mucho tiempo el cuento de Álvaro “Pinocho” Uribe, cuando una vieja le preguntó por qué le dicen así, y él con ganas de ahorcarla le respondió que es debido a que tiene los pies planos. El hombre es arquitecto y en cierta ocasión debió viajar a Girardot para reunirse con unos inversionistas de Ibagué que proyectaban adelantar una obra en esa población cundinamarquesa. Mientras trataron los temas referentes a su trabajo Pinocho aportó y participó en la junta, pero en cierto momento los presentes se enfrascaron en discusiones económicas que nada tenían que ver con él. Preocupado porque la reunión terminara pronto para alcanzar a regresar a Manizales sin que lo cogiera la noche, miraba el reloj con insistencia y mostraba cierta inquietud. Entonces una de las damas presentes, ricachona y jailosa, quiso entablarle conversación con una frase que es típica de las señoras. Le preguntó si él era de los Uribe de La Ceja, y Pinocho le respondió:
-No señora, soy de los de “la nariz”.
Desempeñaba el doctor Alberto Mendoza Hoyos el cargo de Gobernador de Caldas y se enteró en una reunión social que uno de sus colaboradores más cercanos era del “otro equipo”, como decíamos antes. El doctor Mendoza parecía un lord inglés por su educación, modales exquisitos y una decencia que lo distinguía de los demás, y debido a su prudencia no sabía cómo confirmar tan delicada situación. Entonces resolvió citar a su despacho a uno de los secretarios, Mario Humberto Gómez Upegui, con quien tenía confianza y además estaba seguro de que él sabría detalles del hecho porque tenía fama de ser muy comunicativo. El gobernador fue al grano y con mucho tacto dijo que se rumoraba que uno de sus funcionarios tenía ciertas tendencias reprochables, mal vistas por la sociedad y por la iglesia, y que le agradecía si podía averiguarle algo al respecto. Entonces Mario Humberto, con esa espontaneidad y franqueza que lo caracterizaban, confirmó:
-¿Se refiere a fulanito? ¡Cacorrísimo mi doctor, cacorrísimo!
pmejiama1@une.net.co
La vuelta del domingo.
La vida diaria se vuelve rutinaria y repetitiva, hasta el punto que cualquier cambio nos trastoca el biorritmo y genera un malestarcito difícil de describir. Nada peor que enviciarse a hacer siesta, tener un horario muy estricto para las comidas, dormirse siempre a la misma hora o acostumbrarse a leer algo en el baño porque de lo contrario no se le mueve el estómago. El organismo se moldea con esas reglas y cuando hay algún cambio inesperado, vienen las molestias e incomodidades. Y es tan marcado ese ritmo que cada siete días, el domingo, el ser humano siente una vaina que no tiene una explicación lógica. Es como una pendejada que le indica qué día es sin necesidad de tener un calendario a la mano. A unos les da depresión, otros tragan sin medida y no faltan los que prefieren hacer deporte todo el día; a mí por ejemplo me coge un sueñito al caer la tarde que no puedo controlar. Me duermo sentado, algo que nunca sucede durante la semana.
Hacer locha el domingo es delicioso. Leer el periódico despaturrado en la cama, desayunar tarde y sin restricciones, sintonizar fútbol en el televisor para no ponerle cuidado, bañarse a medio día y vestirse con cualquier mecha, es una licencia que uno mismo se concede. Pero sin duda lo mejor es salir a dar una vuelta y darle gusto al paladar con todo tipo de mecato. Subir a Chipre, disfrutar del paisaje y comer obleas o fresas con crema es algo refrescante para el espíritu. Después recorrer la carrera 23 por el centro para ver tanta gente que sale a lo mismo, darse un “vueltón” dominguero con la familia.
Resulta que en la última salida le puse ojo crítico al asunto y tengo varios comentarios. El mirador que construyeron en el Parque del Observatorio, en Chipre, aparentemente está listo hace varias semanas y nada que lo abren al público. Ojalá sea porque reconsideraron la querella instaurada por el ingeniero Juan Vicente Escobar, ya que le robaron esa idea sin ponerse siquiera colorados. Desde el año 1998 este ilustre ciudadano se dedicó a trabajarle al tema, a venderlo y buscar apoyo para construir allí lo que ahora existe, aunque el resultado final es muy diferente a su idea original. Le hice a Juan Vicente una entrevista para radio hace varios años, conocí la maqueta y la exposición del proyecto, y no puedo creer que la anterior administración municipal le haya birlado la idea así no más. De manera que porque no pudieron llegar a un acuerdo monetario para resolver el asunto de los derechos de autor, resolvieron seguir con el proyecto sin tener en cuenta el respeto que merece él como ciudadano y la ética que debe ser ejemplo por parte del gobierno municipal. Otra inquietud que le dejo a todo aquel que suba al mirador: esa obra que costó 1500 millones de pesos, el ingeniero Escobar la iba a realizar con 450 millones.
Cuando hicimos el recorrido por la carrera 23, desde el Parque Olaya Herrera hasta el Fundadores, le propuse a mi sobrina Daniela que contáramos cuántos casinos, salas de juego, puntos de apuestas, salones de bingo y demás “desplumaderos” inundan ese sector de la ciudad. Encontramos, así por encimita, 25 casinos y 10 puntos fijos de venta de chance y otras apuestas. El “bazuco electrónico”, como lo bautizó acertadamente William Calderón, es una plaga que ocupa cuanto local resulte en el centro de la ciudad. Tiene que ser mucho el billete que deja ese negocio, porque la adecuación de los casinos es con todo los juguetes y hay que ver la fila de incautos que entran a desafiar la suerte con el firme convencimiento que van a salir de pobres. Y ahora acomodan máquinas “tragaperras” en todo tipo de negocios, donde la gente empieza a jugar las monedas de la devuelta y termina empeñando hasta los calzones para tratar de recuperarse.
Una vaina que tiene que ser desesperante para quienes residen en el centro es que algunos almacenes de ropa y baratijas no cierran a ninguna hora, y para colmo acomodan en la puerta unos parlantes monumentales que muele música bailable sin compasión. En las pausas, un locutor comercial repite como una lora las ofertas y promociones que ofrece el almacén, en incita a los transeúntes a que entren con un sonsonete cansino e insoportable. Imagino lo que será tratar de hacer la siesta con una “tarabita” de esas a pocos metros.
El corazón de Manizales es el Parque de Bolívar y lo veo muy triste sin árboles en su entorno. Ojalá esta administración le ponga mano al asunto y en vez de contratar “yupis” expertos para planear la siembra, que le pregunten al ingeniero Gonzalo Uribe Colorado que escribe tan sabroso sus cartas al director y conoce el tema al dedillo. Otra cosa: si las autoridades pudieron sacar los vendedores ambulantes de la 23, que los erradiquen de los costados de la Catedral Basílica, que es el icono de nuestra ciudad. Esa vaina parece un “agáchese” de pueblo.
Las viandas más apetecidas el domingo entre quienes recorren la 23 son los conos de La Suiza, y a 3 cuadras de allí tampoco falta la fila en un puesto callejero donde ofrecen “dedo a mil”.
pmejiama1@une.net.co
Hacer locha el domingo es delicioso. Leer el periódico despaturrado en la cama, desayunar tarde y sin restricciones, sintonizar fútbol en el televisor para no ponerle cuidado, bañarse a medio día y vestirse con cualquier mecha, es una licencia que uno mismo se concede. Pero sin duda lo mejor es salir a dar una vuelta y darle gusto al paladar con todo tipo de mecato. Subir a Chipre, disfrutar del paisaje y comer obleas o fresas con crema es algo refrescante para el espíritu. Después recorrer la carrera 23 por el centro para ver tanta gente que sale a lo mismo, darse un “vueltón” dominguero con la familia.
Resulta que en la última salida le puse ojo crítico al asunto y tengo varios comentarios. El mirador que construyeron en el Parque del Observatorio, en Chipre, aparentemente está listo hace varias semanas y nada que lo abren al público. Ojalá sea porque reconsideraron la querella instaurada por el ingeniero Juan Vicente Escobar, ya que le robaron esa idea sin ponerse siquiera colorados. Desde el año 1998 este ilustre ciudadano se dedicó a trabajarle al tema, a venderlo y buscar apoyo para construir allí lo que ahora existe, aunque el resultado final es muy diferente a su idea original. Le hice a Juan Vicente una entrevista para radio hace varios años, conocí la maqueta y la exposición del proyecto, y no puedo creer que la anterior administración municipal le haya birlado la idea así no más. De manera que porque no pudieron llegar a un acuerdo monetario para resolver el asunto de los derechos de autor, resolvieron seguir con el proyecto sin tener en cuenta el respeto que merece él como ciudadano y la ética que debe ser ejemplo por parte del gobierno municipal. Otra inquietud que le dejo a todo aquel que suba al mirador: esa obra que costó 1500 millones de pesos, el ingeniero Escobar la iba a realizar con 450 millones.
Cuando hicimos el recorrido por la carrera 23, desde el Parque Olaya Herrera hasta el Fundadores, le propuse a mi sobrina Daniela que contáramos cuántos casinos, salas de juego, puntos de apuestas, salones de bingo y demás “desplumaderos” inundan ese sector de la ciudad. Encontramos, así por encimita, 25 casinos y 10 puntos fijos de venta de chance y otras apuestas. El “bazuco electrónico”, como lo bautizó acertadamente William Calderón, es una plaga que ocupa cuanto local resulte en el centro de la ciudad. Tiene que ser mucho el billete que deja ese negocio, porque la adecuación de los casinos es con todo los juguetes y hay que ver la fila de incautos que entran a desafiar la suerte con el firme convencimiento que van a salir de pobres. Y ahora acomodan máquinas “tragaperras” en todo tipo de negocios, donde la gente empieza a jugar las monedas de la devuelta y termina empeñando hasta los calzones para tratar de recuperarse.
Una vaina que tiene que ser desesperante para quienes residen en el centro es que algunos almacenes de ropa y baratijas no cierran a ninguna hora, y para colmo acomodan en la puerta unos parlantes monumentales que muele música bailable sin compasión. En las pausas, un locutor comercial repite como una lora las ofertas y promociones que ofrece el almacén, en incita a los transeúntes a que entren con un sonsonete cansino e insoportable. Imagino lo que será tratar de hacer la siesta con una “tarabita” de esas a pocos metros.
El corazón de Manizales es el Parque de Bolívar y lo veo muy triste sin árboles en su entorno. Ojalá esta administración le ponga mano al asunto y en vez de contratar “yupis” expertos para planear la siembra, que le pregunten al ingeniero Gonzalo Uribe Colorado que escribe tan sabroso sus cartas al director y conoce el tema al dedillo. Otra cosa: si las autoridades pudieron sacar los vendedores ambulantes de la 23, que los erradiquen de los costados de la Catedral Basílica, que es el icono de nuestra ciudad. Esa vaina parece un “agáchese” de pueblo.
Las viandas más apetecidas el domingo entre quienes recorren la 23 son los conos de La Suiza, y a 3 cuadras de allí tampoco falta la fila en un puesto callejero donde ofrecen “dedo a mil”.
pmejiama1@une.net.co
martes, mayo 20, 2008
Relato vívido.
Después de 60 años del asesinato de Gaitán me entero de que el tío de mi mujer, Antonio José Bretón Uribe, vivió una experiencia aterradora aquel día aciago. Él hizo este relato para una emisora radial el pasado 9 de abril, y lo reproduzco para quienes no lo escucharon:
“Yo tenía 11 años y cursaba quinto elemental, como interno, en el Instituto La Salle. Los externos salían a almorzar a sus casas y al regresar contaron que acababan de matar a un político. Un tal Jorge Eliécer Gaitán; nosotros no teníamos ni idea de quién era, pero ellos llegaron con la noticia. Desde ese momento empezamos a ver humo de incendios en el centro de Bogotá y sentíamos a la chusma que gritaba “abajos”. Los veíamos correr y gritar mientras volaban miles de papeles de los incendios. No volvimos a entrar a clase y a los externos los mandaron para sus casas.
Cuando estábamos en medio de la conmoción, desde el barrio Egipto, de unas casas que daban contra el patio de la Primera División, gritaban que cuidado con los niños que iban a echar bala. Entonces corrimos a guarecernos detrás de una baranda que tenía salida a los baños y en ese momento Grutmann, un muchacho del Tolima que se detuvo un momento, cayó muerto a nuestros pies porque una bala de fusil de algún francotirador le atravesó el cuello. Le dieron la absolución desde el parapeto donde estábamos, a unos tres metros de distancia, y así fue como todos lo vimos morir.
A los internos nos metieron a la capilla del colegio para protegernos del pueblo que gritaba amenazante. El Instituto La Salle tenía un edificio contiguo que era para los internos de bachillerato, y los hermanos cristianos pidieron a los alumnos mayores que les prestaran sus ropas para cambiarse por las sotanas y así confundirse con los muchachos. Yo me acuerdo que los tiros rompían los vitrales de la iglesia y caían vidrios, lo que nos asustaba aún más. Flores y Sabogal, nuestros ídolos porque eran del equipo de basket Los Piratas y cursaban sexto de bachillerato (tenían mesa del comedor aparte, eran como dioses) lloraban del susto porque ellos sí se daban cuenta del peligro que corríamos. Los gritos de la gente eran aterradores y entonces trancamos las puertas con las bancas de la capilla.
Y comienza la chusma a entrar al Instituto y a tratar de tumbar esa puerta con una viga enorme, y todo traqueaba. De golpe el hermano Gastón, que era un viejito que se había quedado por fuera, empezó a tocar la campana y salió esa chusma a correr. Luego nos llevaron al comedor pero nadie quiso comer porque la gente gritaba y corría. Entonces nos trasladaron a los baños de los internos, que eran subterráneos, y allí nos acomodamos como 400 en silencio total. El edificio de los dormitorios de bachillerato estaba en llamas y como había riesgo de que colapsara y tapara la salida de los baños, el hermano Pedro dijo ¡sálvese quien pueda! No olvido ese grito. Y para afuera todo el mundo. Pasamos por encima de las zanjas y salimos a la calle; la gente desde las casas decía: ¡Los niños de La Salle, entren, entren! Seguía el tiroteo y saltábamos de tapia en tapia; pasé por la casa de mis primos Uribe Mesa pero era tal el susto que no me acordé…
Corríamos para evitar las balas, la gente moría a nuestro lado, había cadáveres a lo loco. Veíamos disparar y nos cambiábamos de andén. Vimos muertos hasta con cinco relojes; las viejas vestidas con abrigos de mink; doblaban las rejas de los almacenes como si fueran de mantequilla; los hombres despicaban las botellas de licor fino y champaña y se las bebían. En el aire miles de papelitos y todo el mundo corría con las manos en alto. Yo hacía lo mismo y me vino a coger la noche en el barrio Ricaurte, en la calle octava con carrera 30, y durante el recorrido mis amigos se dispersaron. Pasaban volquetas llenas de muertos, y unas niñas del María Auxiliadora se subieron a una volqueta y también las mataron.
Llorando y perdido, por fin una señora se apiadó y me metió a su casa. No había teléfonos y yo no recordaba la dirección de mi casa; recuerdo que el hijo mayor de la señora llegó un día con gran cantidad de pelotas de tenis Spalding y varias cajas de tenis Croydon. En la casa vivían como siete personas y eran muy pobres; me acuerdo que un conejo caminaba por encima de la mesa mientras comían. Como a los 4 días, cuando ya había líneas telefónicas, la señora llamó a mi mamá; mi papá, que me estuvo buscando bajo los escombros de la ciudad, fue a recogerme. Me llevó de la mano hasta la casa y mi mamá lloraba mientras me abrazaba y besaba.
Todo el comercio fue saqueado. La policía se había sublevado y se tomaron la torre de la iglesia de Santa Bárbara, antes de Las Cruces. Les disparaban a los soldados desde arriba. Llegó un tanque de oruga, se parqueó, tranquilamente apuntó y disparó; fue como darle un golpecito a un canasto por debajo, todo salió volando, incluso los muertos. Días después se veían miles de relojes quemados…”
pmejiama1@une.net.co
“Yo tenía 11 años y cursaba quinto elemental, como interno, en el Instituto La Salle. Los externos salían a almorzar a sus casas y al regresar contaron que acababan de matar a un político. Un tal Jorge Eliécer Gaitán; nosotros no teníamos ni idea de quién era, pero ellos llegaron con la noticia. Desde ese momento empezamos a ver humo de incendios en el centro de Bogotá y sentíamos a la chusma que gritaba “abajos”. Los veíamos correr y gritar mientras volaban miles de papeles de los incendios. No volvimos a entrar a clase y a los externos los mandaron para sus casas.
Cuando estábamos en medio de la conmoción, desde el barrio Egipto, de unas casas que daban contra el patio de la Primera División, gritaban que cuidado con los niños que iban a echar bala. Entonces corrimos a guarecernos detrás de una baranda que tenía salida a los baños y en ese momento Grutmann, un muchacho del Tolima que se detuvo un momento, cayó muerto a nuestros pies porque una bala de fusil de algún francotirador le atravesó el cuello. Le dieron la absolución desde el parapeto donde estábamos, a unos tres metros de distancia, y así fue como todos lo vimos morir.
A los internos nos metieron a la capilla del colegio para protegernos del pueblo que gritaba amenazante. El Instituto La Salle tenía un edificio contiguo que era para los internos de bachillerato, y los hermanos cristianos pidieron a los alumnos mayores que les prestaran sus ropas para cambiarse por las sotanas y así confundirse con los muchachos. Yo me acuerdo que los tiros rompían los vitrales de la iglesia y caían vidrios, lo que nos asustaba aún más. Flores y Sabogal, nuestros ídolos porque eran del equipo de basket Los Piratas y cursaban sexto de bachillerato (tenían mesa del comedor aparte, eran como dioses) lloraban del susto porque ellos sí se daban cuenta del peligro que corríamos. Los gritos de la gente eran aterradores y entonces trancamos las puertas con las bancas de la capilla.
Y comienza la chusma a entrar al Instituto y a tratar de tumbar esa puerta con una viga enorme, y todo traqueaba. De golpe el hermano Gastón, que era un viejito que se había quedado por fuera, empezó a tocar la campana y salió esa chusma a correr. Luego nos llevaron al comedor pero nadie quiso comer porque la gente gritaba y corría. Entonces nos trasladaron a los baños de los internos, que eran subterráneos, y allí nos acomodamos como 400 en silencio total. El edificio de los dormitorios de bachillerato estaba en llamas y como había riesgo de que colapsara y tapara la salida de los baños, el hermano Pedro dijo ¡sálvese quien pueda! No olvido ese grito. Y para afuera todo el mundo. Pasamos por encima de las zanjas y salimos a la calle; la gente desde las casas decía: ¡Los niños de La Salle, entren, entren! Seguía el tiroteo y saltábamos de tapia en tapia; pasé por la casa de mis primos Uribe Mesa pero era tal el susto que no me acordé…
Corríamos para evitar las balas, la gente moría a nuestro lado, había cadáveres a lo loco. Veíamos disparar y nos cambiábamos de andén. Vimos muertos hasta con cinco relojes; las viejas vestidas con abrigos de mink; doblaban las rejas de los almacenes como si fueran de mantequilla; los hombres despicaban las botellas de licor fino y champaña y se las bebían. En el aire miles de papelitos y todo el mundo corría con las manos en alto. Yo hacía lo mismo y me vino a coger la noche en el barrio Ricaurte, en la calle octava con carrera 30, y durante el recorrido mis amigos se dispersaron. Pasaban volquetas llenas de muertos, y unas niñas del María Auxiliadora se subieron a una volqueta y también las mataron.
Llorando y perdido, por fin una señora se apiadó y me metió a su casa. No había teléfonos y yo no recordaba la dirección de mi casa; recuerdo que el hijo mayor de la señora llegó un día con gran cantidad de pelotas de tenis Spalding y varias cajas de tenis Croydon. En la casa vivían como siete personas y eran muy pobres; me acuerdo que un conejo caminaba por encima de la mesa mientras comían. Como a los 4 días, cuando ya había líneas telefónicas, la señora llamó a mi mamá; mi papá, que me estuvo buscando bajo los escombros de la ciudad, fue a recogerme. Me llevó de la mano hasta la casa y mi mamá lloraba mientras me abrazaba y besaba.
Todo el comercio fue saqueado. La policía se había sublevado y se tomaron la torre de la iglesia de Santa Bárbara, antes de Las Cruces. Les disparaban a los soldados desde arriba. Llegó un tanque de oruga, se parqueó, tranquilamente apuntó y disparó; fue como darle un golpecito a un canasto por debajo, todo salió volando, incluso los muertos. Días después se veían miles de relojes quemados…”
pmejiama1@une.net.co
martes, mayo 13, 2008
Cae un imperio.
Por naturaleza el ser humano siempre ha querido dominar a los demás, apropiarse de sus tierras, controlar los mercados externos, dirimir y participar en conflictos ajenos, y demostrar superioridad. Desde que habitó las cavernas y echó mano de ese don extraordinario, la inteligencia, para superar animales muy superiores en fuerza y tamaño, el hombre ha competido con sus semejantes para ostentar el poder. Primero los enfrentamientos entre clanes vecinos, después los conflictos tribales, las guerras entre los pueblos, y los grandes ejércitos que buscaron conquistar el mundo bajo el mando de mesiánicos líderes ávidos de poder.
El ejercito de Alejandro, las imbatibles legiones romanas, la desolación tras el paso de Atila y los Hunos, las hordas del Gengis Kan, el expansionismo de la Francia Napoleónica, y los mil años que pretendía durar el Tercer Reich, son ejemplos de naciones y personajes que quisieron conquistar y dominar. El más reciente imperio, el que nos tocó soportar durante nuestra existencia, es el de los Estados Unidos de América.
Desde sus inicios como nación, después de librarse de quienes quisieron apoderarse de esos fértiles terrenos, los estadounidenses han participado en cuanto conflicto exista en el mundo. Lo primero fue despojar a Méjico de gran parte de su territorio, cuando se ganaron el apelativo de “gringos”, para seguir metidos en Cuba, centro y sur América; las dos guerras mundiales; intervenciones en África y Asia; en el pacífico sur, la guerra fría, las de oriente medio, los Balcanes y su más reciente incursión detrás del petróleo de Irak. Pero como a todo marrano le llega su nochebuena, somos testigos de la decadencia del imperio de turno. La aparición de la Comunidad Europea y su poderoso euro, el renacimiento de la China como monstruo económico y militar, y los golpes terroristas a sus más representativos iconos de poder, son evidencias palpables de un fin ineludible.
El imperialismo genera odios y con dirigentes como George W. Bush, falto de carisma y popularidad, se generaliza la animadversión desde todas las razas, religiones y colores. La forma como los gringos manipulan, intrigan, presionan, influyen, disponen, pontifican e imponen, es francamente chocante. Y de las tantas cosas que le critico al imperio de marras, hay una banalidad que siempre me ha rondado por la cabeza. Se trata de la influencia amañada que tuvieron, por medio del séptimo arte, durante nuestra infancia y juventud.
No puedo perdonarles que nos hayan convencido de que los ídolos del lejano oeste eran los buenos del paseo, mientras que los llamados pieles rojas eran una raza de salvajes, sanguinarios y desalmados. Sobre todo después de conocer la integridad y sabiduría de aquellos nativos, quienes fueron desarraigados por gamberros ignorantes cuyo único aliciente era la ambición. En esas mismas películas mostraban a los guerreros Mejicanos, quienes con toda la razón defendían sus fronteras, como una chusma desarrapada y vulgar.
Lograron además que odiáramos a los alemanes con fanatismo. Filmes acomodados que mostraron al soldado estadounidense como un héroe infalible, ecuánime y superdotado, mientras al germano lo estigmatizaron como inhumano, asesino, torpe y demoníaco. El gringo era el de la buena puntería, el sagaz y estratégico, mientras que el nazi, porque según su óptica todos pertenecían al mismo partido, se caracterizaba por ser pérfido y despiadado.
El tema de la segunda guerra mundial produjo muchas cintas y en otro frente las tropas de MacArthur enfrentaron a los japoneses, quienes quedaron ante el mundo como una tropa de reclutas amarillos, flacuchentos e ineptos. Hasta en la guerra de Vietnam alcanzaron a influir en nuestras mentes obtusas e inocentes, y fue así como nos convencieron de que quienes se defendían ante el invasor eran sanguinarios campesinos comunistas. Qué ironía enterarnos después del honor, valentía y patriotismo de esos orientales, comparados con la ordinariez de la tropa estadounidense.
Durante la guerra fría se impusieron los espías y el turno fue para los superagentes occidentales, con James Bond a la cabeza, para hacer que sus contrincantes rusos y de la Cortina de Hierro parecieran trogloditas inexpertos. Hollywood también se encargó de que en el conflicto milenario entre árabes y judíos tomáramos partido por estos últimos, sin darnos chance de conocer la causa Palestina para que nos limitáramos a odiar todo lo que oliera a fedayin.
Lo triste es que en la actualidad todavía les comen cuento y en una película como “La caída del Halcón negro”, basada en un hecho real sucedido en Mogadiscio, tergiversan la historia para hacer creer que los gringos fueron las víctimas y por ello debieron fumigar negros como moscas, para rescatar a sus compañeros. Imagino el éxito de taquilla del Rambo reencauchado, personaje de pacotilla que caracteriza la estulticia y la frivolidad, quien ahora pretende que el público acoja sus hazañas de veterano invencible.
Por fortuna algunos cineastas se han salido del formato para presentar la otra cara de los hechos. La serie MASH, plagada de buen humor y realidad, nos mostró otra faceta de lo que fue el horror de Corea; y el superagente 86 supo retratar la estupidez del cine convencional. Y pensar que lograron convencernos de que todos los indígenas norteamericanos eran atembaos como Toro, el compañero del Llanero Solitario, un rastreador que encontraba un esqueleto con sombrero y atravesado por una flecha, y sentenciaba:
-Kimosabi, yo presentir que este cara pálida estar muerto.
pmejiama1@une.net.co
El ejercito de Alejandro, las imbatibles legiones romanas, la desolación tras el paso de Atila y los Hunos, las hordas del Gengis Kan, el expansionismo de la Francia Napoleónica, y los mil años que pretendía durar el Tercer Reich, son ejemplos de naciones y personajes que quisieron conquistar y dominar. El más reciente imperio, el que nos tocó soportar durante nuestra existencia, es el de los Estados Unidos de América.
Desde sus inicios como nación, después de librarse de quienes quisieron apoderarse de esos fértiles terrenos, los estadounidenses han participado en cuanto conflicto exista en el mundo. Lo primero fue despojar a Méjico de gran parte de su territorio, cuando se ganaron el apelativo de “gringos”, para seguir metidos en Cuba, centro y sur América; las dos guerras mundiales; intervenciones en África y Asia; en el pacífico sur, la guerra fría, las de oriente medio, los Balcanes y su más reciente incursión detrás del petróleo de Irak. Pero como a todo marrano le llega su nochebuena, somos testigos de la decadencia del imperio de turno. La aparición de la Comunidad Europea y su poderoso euro, el renacimiento de la China como monstruo económico y militar, y los golpes terroristas a sus más representativos iconos de poder, son evidencias palpables de un fin ineludible.
El imperialismo genera odios y con dirigentes como George W. Bush, falto de carisma y popularidad, se generaliza la animadversión desde todas las razas, religiones y colores. La forma como los gringos manipulan, intrigan, presionan, influyen, disponen, pontifican e imponen, es francamente chocante. Y de las tantas cosas que le critico al imperio de marras, hay una banalidad que siempre me ha rondado por la cabeza. Se trata de la influencia amañada que tuvieron, por medio del séptimo arte, durante nuestra infancia y juventud.
No puedo perdonarles que nos hayan convencido de que los ídolos del lejano oeste eran los buenos del paseo, mientras que los llamados pieles rojas eran una raza de salvajes, sanguinarios y desalmados. Sobre todo después de conocer la integridad y sabiduría de aquellos nativos, quienes fueron desarraigados por gamberros ignorantes cuyo único aliciente era la ambición. En esas mismas películas mostraban a los guerreros Mejicanos, quienes con toda la razón defendían sus fronteras, como una chusma desarrapada y vulgar.
Lograron además que odiáramos a los alemanes con fanatismo. Filmes acomodados que mostraron al soldado estadounidense como un héroe infalible, ecuánime y superdotado, mientras al germano lo estigmatizaron como inhumano, asesino, torpe y demoníaco. El gringo era el de la buena puntería, el sagaz y estratégico, mientras que el nazi, porque según su óptica todos pertenecían al mismo partido, se caracterizaba por ser pérfido y despiadado.
El tema de la segunda guerra mundial produjo muchas cintas y en otro frente las tropas de MacArthur enfrentaron a los japoneses, quienes quedaron ante el mundo como una tropa de reclutas amarillos, flacuchentos e ineptos. Hasta en la guerra de Vietnam alcanzaron a influir en nuestras mentes obtusas e inocentes, y fue así como nos convencieron de que quienes se defendían ante el invasor eran sanguinarios campesinos comunistas. Qué ironía enterarnos después del honor, valentía y patriotismo de esos orientales, comparados con la ordinariez de la tropa estadounidense.
Durante la guerra fría se impusieron los espías y el turno fue para los superagentes occidentales, con James Bond a la cabeza, para hacer que sus contrincantes rusos y de la Cortina de Hierro parecieran trogloditas inexpertos. Hollywood también se encargó de que en el conflicto milenario entre árabes y judíos tomáramos partido por estos últimos, sin darnos chance de conocer la causa Palestina para que nos limitáramos a odiar todo lo que oliera a fedayin.
Lo triste es que en la actualidad todavía les comen cuento y en una película como “La caída del Halcón negro”, basada en un hecho real sucedido en Mogadiscio, tergiversan la historia para hacer creer que los gringos fueron las víctimas y por ello debieron fumigar negros como moscas, para rescatar a sus compañeros. Imagino el éxito de taquilla del Rambo reencauchado, personaje de pacotilla que caracteriza la estulticia y la frivolidad, quien ahora pretende que el público acoja sus hazañas de veterano invencible.
Por fortuna algunos cineastas se han salido del formato para presentar la otra cara de los hechos. La serie MASH, plagada de buen humor y realidad, nos mostró otra faceta de lo que fue el horror de Corea; y el superagente 86 supo retratar la estupidez del cine convencional. Y pensar que lograron convencernos de que todos los indígenas norteamericanos eran atembaos como Toro, el compañero del Llanero Solitario, un rastreador que encontraba un esqueleto con sombrero y atravesado por una flecha, y sentenciaba:
-Kimosabi, yo presentir que este cara pálida estar muerto.
pmejiama1@une.net.co
lunes, mayo 05, 2008
El ventilador.
Ante el zaperoco formado en este país con los ventiladores que prenden a diario, los cuales salpican sin consideración de rango o nivel social, me tocó hacer un recuento de mi desempeño en esta vida a ver si debo estar mosca por algún incidente del pasado. Pero nada. Por más que echo cabeza, que revuelco en la memoria y mastico de nuevo mis andanzas, no veo razón para que me metan a algún baile de los que están de moda.
Porque mientras muchos nunca sonamos, ni siquiera pasito, otros no tienen vida a la espera de que en cualquier momento salga la noticia que se les llegó la hora. Y lo peor es que aparte del escándalo, del trauma que representa para la familia del involucrado verlo privado de su libertad, y de las implicaciones políticas y personales que acarrean estas investigaciones, la encanada es larga y tortuosa porque en nuestro país cualquier tipo de proceso demora una eternidad. Otra cosa es que así el implicado resulte, al final del asunto, libre de toda culpa, para el colombiano del común quedará señalado como un bandido, corrupto e inmoral. Porque nos gusta es la noticia amarilla, el morbo y la maledicencia.
Ahora resulta que el ex jefe de informática del DAS resolvió entregar sus declaraciones a cuentagotas, como si de una novela de misterio se tratara. Primero se llevó por los cachos a Jorge Noriega, quien fuera su jefe, y así poco a poco ha ido soltando prenda para “encochinar” a otros tantos. Claro que la más reciente andanada venía cargada pa’ tigre, porque fueron muchos los que salieron untados: ministerios, organismos descentralizados, una ex Ministra, el Procurador, el Fiscal General y algunos congresistas. Qué bueno que este tipo de personas expliquen por qué no dijeron desde un principio todo lo que sabían, lo que demuestra a las claras que en el trasfondo hay intereses que manipulan las investigaciones.
Lo que no logro entender, después de comentarlo con amigos y oír diferentes opiniones, es cómo hace el Presidente Uribe para mantener una popularidad de más del 80%, sin importar los escándalos y problemas que debe enfrentar a diario. Aparte de su sagacidad política, la cual es de admirar, la suerte siempre está de su lado. Porque es de los que caen parados. Claro que también hay que reconocerle que ante todo es frentero.
Mire ahora con esa belleza de primo, que comete la chambonada de meterse a una embajada a pedir asilo sin haber palabreado primero el asunto. Y por ese mismo primo es que ahora anda enfrascado en una pelea que no le hace bien al país. Porque si el ex Presidente de la Corte suprema de justicia dice que Uribe lo llamó para preguntarle por el proceso en contra de su pariente, y el doctor Uribe asegura que él no dijo lo que el otro dice que dijo, uno de los dos le miente al país. Y dado el cargo que ostentaban ambos personajes cuando se hizo la supuesta llamada, el hecho es de suma gravedad. Lo peor es que nos quedaremos sin saber cual de los dos es el embustero, porque mientras no exista una grabación de la conversación, será la palabra del uno contra la del otro.
A Ernesto Samper se le fue el período presidencial tratando de apagar el incendio del Proceso 8000; Andrés Pastrana dedicó todo su esfuerzo político en alcanzar un acuerdo de paz con la guerrilla y al no lograrlo, tampoco hizo nada durante su cuatrienio; y ahora Uribe, que en su primer período se desempeñó con eficacia y muy buenos resultados para el país, en este segundo se le está enredando el asunto porque a diario tiene que salir a torear un chicharrón diferente. Y los ministros y demás funcionarios del Gobierno tampoco pueden concentrarse en sus labores por defenderse ante la prensa, la oposición y los torpedos que les lanzan desde distintas direcciones.
Quién sabe ahora qué le ofrecieron a la tal Yidis Medina para que desempolve un asunto que dormía el sueño de los justos. Porque para nadie es un secreto que en su momento algo le dieron para que favoreciera una votación que definía la reelección del Presidente; como sucedió con el viejo Teodolindo, un cacique político del Valle que aseguró, al preguntarle por qué había abandonado la curul cuando su presencia era vital para la votación, que debió salir a las carreras para Cali porque un hijo se había chocado en el carro y el tenía que ir a socorrerlo; y el vástago era un guaymarón, abogado por más señas. Lo que causa gracia es que en este país todavía hay gente que cree que los congresistas votan los diferentes proyectos sin pedir nada a cambio; que les pregunten a los Ministros de Samper cómo fue la repartición cuando lograron que el Congreso no lo sacara a sombrerazos de la Presidencia.
Hecatombe la que se le viene a este Gobierno cuando más de medio Congreso esté enchiquerado en La Picota, y solo queda esperar que no inventen más maromas ni hagan propuestas indecentes para tratar de acomodar la reforma política. Sin embargo el apoyo a Uribe es arrasador, lo que desvela a opositores y contradictores que no encuentran una razón para dicha realidad. Amanecerá y veremos.
pmejiama1@une.net.co
Porque mientras muchos nunca sonamos, ni siquiera pasito, otros no tienen vida a la espera de que en cualquier momento salga la noticia que se les llegó la hora. Y lo peor es que aparte del escándalo, del trauma que representa para la familia del involucrado verlo privado de su libertad, y de las implicaciones políticas y personales que acarrean estas investigaciones, la encanada es larga y tortuosa porque en nuestro país cualquier tipo de proceso demora una eternidad. Otra cosa es que así el implicado resulte, al final del asunto, libre de toda culpa, para el colombiano del común quedará señalado como un bandido, corrupto e inmoral. Porque nos gusta es la noticia amarilla, el morbo y la maledicencia.
Ahora resulta que el ex jefe de informática del DAS resolvió entregar sus declaraciones a cuentagotas, como si de una novela de misterio se tratara. Primero se llevó por los cachos a Jorge Noriega, quien fuera su jefe, y así poco a poco ha ido soltando prenda para “encochinar” a otros tantos. Claro que la más reciente andanada venía cargada pa’ tigre, porque fueron muchos los que salieron untados: ministerios, organismos descentralizados, una ex Ministra, el Procurador, el Fiscal General y algunos congresistas. Qué bueno que este tipo de personas expliquen por qué no dijeron desde un principio todo lo que sabían, lo que demuestra a las claras que en el trasfondo hay intereses que manipulan las investigaciones.
Lo que no logro entender, después de comentarlo con amigos y oír diferentes opiniones, es cómo hace el Presidente Uribe para mantener una popularidad de más del 80%, sin importar los escándalos y problemas que debe enfrentar a diario. Aparte de su sagacidad política, la cual es de admirar, la suerte siempre está de su lado. Porque es de los que caen parados. Claro que también hay que reconocerle que ante todo es frentero.
Mire ahora con esa belleza de primo, que comete la chambonada de meterse a una embajada a pedir asilo sin haber palabreado primero el asunto. Y por ese mismo primo es que ahora anda enfrascado en una pelea que no le hace bien al país. Porque si el ex Presidente de la Corte suprema de justicia dice que Uribe lo llamó para preguntarle por el proceso en contra de su pariente, y el doctor Uribe asegura que él no dijo lo que el otro dice que dijo, uno de los dos le miente al país. Y dado el cargo que ostentaban ambos personajes cuando se hizo la supuesta llamada, el hecho es de suma gravedad. Lo peor es que nos quedaremos sin saber cual de los dos es el embustero, porque mientras no exista una grabación de la conversación, será la palabra del uno contra la del otro.
A Ernesto Samper se le fue el período presidencial tratando de apagar el incendio del Proceso 8000; Andrés Pastrana dedicó todo su esfuerzo político en alcanzar un acuerdo de paz con la guerrilla y al no lograrlo, tampoco hizo nada durante su cuatrienio; y ahora Uribe, que en su primer período se desempeñó con eficacia y muy buenos resultados para el país, en este segundo se le está enredando el asunto porque a diario tiene que salir a torear un chicharrón diferente. Y los ministros y demás funcionarios del Gobierno tampoco pueden concentrarse en sus labores por defenderse ante la prensa, la oposición y los torpedos que les lanzan desde distintas direcciones.
Quién sabe ahora qué le ofrecieron a la tal Yidis Medina para que desempolve un asunto que dormía el sueño de los justos. Porque para nadie es un secreto que en su momento algo le dieron para que favoreciera una votación que definía la reelección del Presidente; como sucedió con el viejo Teodolindo, un cacique político del Valle que aseguró, al preguntarle por qué había abandonado la curul cuando su presencia era vital para la votación, que debió salir a las carreras para Cali porque un hijo se había chocado en el carro y el tenía que ir a socorrerlo; y el vástago era un guaymarón, abogado por más señas. Lo que causa gracia es que en este país todavía hay gente que cree que los congresistas votan los diferentes proyectos sin pedir nada a cambio; que les pregunten a los Ministros de Samper cómo fue la repartición cuando lograron que el Congreso no lo sacara a sombrerazos de la Presidencia.
Hecatombe la que se le viene a este Gobierno cuando más de medio Congreso esté enchiquerado en La Picota, y solo queda esperar que no inventen más maromas ni hagan propuestas indecentes para tratar de acomodar la reforma política. Sin embargo el apoyo a Uribe es arrasador, lo que desvela a opositores y contradictores que no encuentran una razón para dicha realidad. Amanecerá y veremos.
pmejiama1@une.net.co
lunes, abril 28, 2008
La vida es un ratico.
Esta frase la utilizó Juanes para uno de sus discos, y la oyó a su madre cuando conversaban sobre el paso de los humanos por este mundo. Y es que basta mirar un reloj para notar que cada que el segundero pega un brinco, es un segundo menos que nos queda por vivir. Claro que no hay que ponerse trascendental y mucho menos mortificarse por elucubraciones existencialistas, porque así la vida sería muy jarta.
Acojo la frase a cada momento cuando recuerdo a mi padre, quien murió después de ocupar su curul vital durante casi 82 años, y ahora me parece que estuvimos con él solo por un ratico. Basta perder a un ser querido para que nuestra mente divague sin control por la infinidad de momentos que nos unen a su memoria, pero es satisfactorio hacer un balance y comprobar que solo quedan buenos recuerdos. Por fortuna en mi casa, sin importar la situación, a todo le sacamos gracia, nos reímos mientras revivimos momentos gratos y vemos las cosas con actitud positiva.
Manida es la frase “después de una penosa enfermedad…”, pero en el caso de mi apá no existe otra más explícita. Porque sus últimos 28 meses los pasó en una prisión domiciliaria decretada por una máquina productora de oxígeno, de la que no podía desconectarse en ningún momento. Hace casi 4 décadas el doctor Manuel Venegas le prohibió el cigarrillo y aunque desde entonces nunca volvió a fumar, ese vicio absurdo y corrosivo no caduca y después de tanto tiempo pasó factura para amargarle sus últimos años. Al final, y debido a fallas en la visión, no podía disfrutar de la lectura que fue siempre su pasión; por fortuna mantuvo la lucidez porque se entretenía haciendo crucigramas y sudokus.
En la familia siempre le dijimos cariñosamente Don Hugo, y por fuera de la casa se caracterizaba por ser una caja de música. Claro que mi madre aclaraba que era muy Mejía, sobre todo en aquello de hacer mala cara; dizque la trompa que estiraba daba para hacerle nudo. Pero era el que más celebraba el humor de mi mamá, y como no decía groserías, cuando ella tenía una salida genial o echaba un cuento subido de tono, en medio de le risa la reprendía con un: “Leeeeety”.
Cuando estaba joven se quedaba con cierta regularidad en el club con su barra de amigos (entre ellos Germán Villegas, Calilo Gómez, Toño Llano, Kevin Ángel y Jairo Mejía) y se aparecía en la casa a las 10 de la noche, copetón, a preguntar por la comida. Entonces mi madre se salía de la ropa y le decía que cómo se le ocurría venirse de la “mata”, donde le podían servir a la carta, para llegar a poner pereque a esa hora. De manera que le tocaba esperar a que llegara uno de los hijos, que andábamos “marcando tarjeta” donde las novias, para antojarnos de algo y así terminábamos varios despachando un festín de media noche. Había que ver a la cocinera renegando al otro día porque le dejábamos la cocina patas arriba.
Por fortuna don Hugo alcanzó a disfrutar de su vejez porque durante muchos años se dedicó, en compañía de mi mamá y de mi tío Eduardo Arango (un experto en armar paseos), a viajar a diferentes destinos; no paraban en la casa. Sin importar donde estuvieran, los dos cuñados se sentaban a jugar ajedrez durante horas interminables. La rutina era la misma: todavía en piyama empezaban las partidas y mientras don Eduar mamaba gallo y repelenciaba para despistar al contrincante, mi apá no le paraba bolas y parecía en un trance hipnótico. A medio día se amarraban la primera perrita, y después de almorzar y hacer la siesta, retomaban el torneo de turno y se acomodaban ante el tablero hasta que suspendían por “sustracción de materia”.
Ahora pienso que siquiera mi padre no fue cremado, porque recuerdo muy bien las cosas que le decía mi mamá al viejo cuando este le sacaba la piedra, casi siempre por las chocheras y resabios que son tan comunes en las personas de cierta edad. Una vez le dio por joder por cualquier pendejada, y entonces ella se le paró al frente y dijo muy convencida:
-Vea mijo, cuando usted se muera, voy a regar las cenizas en el suelo y me le voy a para encima para hacerle asíííííí (y restregaba el zapato contra el piso como quien mata una cucaracha).
Para las crisis respiratorias mi apá debía tomar cortisona, y al principio fue muy renuente al tratamiento dizque porque había oído decir que ese medicamento tumba el pelo. Entonces mi mamá, que lo prefería calvo antes que ahogado, le sentenció:
-Mijo, no sias pendejo que a vos se te está cayendo el pelo es de viejo.
En una de las últimas salidas al centro para hacer sus vueltas, el hombre llegó a la casa a medio día con la respiración muy agitada y extenuado por el esfuerzo. Mi mamá quiso saber de dónde venía y él respondió que de la notaría de sacar un certificado de supervivencia para cobrar la pensión. Entonces ella, mirándolo de arriba abajo y poniendo cara de incredulidad, lo hizo ahogar de la risa cuando le preguntó:
-¡¿Y te lo dieron?!
pmejiama1@une.net.co
Nota: Tomo la vocería de mi familia para agradecer a todos aquellos que nos acompañaron con sus voces de aliento y solidaridad.
Acojo la frase a cada momento cuando recuerdo a mi padre, quien murió después de ocupar su curul vital durante casi 82 años, y ahora me parece que estuvimos con él solo por un ratico. Basta perder a un ser querido para que nuestra mente divague sin control por la infinidad de momentos que nos unen a su memoria, pero es satisfactorio hacer un balance y comprobar que solo quedan buenos recuerdos. Por fortuna en mi casa, sin importar la situación, a todo le sacamos gracia, nos reímos mientras revivimos momentos gratos y vemos las cosas con actitud positiva.
Manida es la frase “después de una penosa enfermedad…”, pero en el caso de mi apá no existe otra más explícita. Porque sus últimos 28 meses los pasó en una prisión domiciliaria decretada por una máquina productora de oxígeno, de la que no podía desconectarse en ningún momento. Hace casi 4 décadas el doctor Manuel Venegas le prohibió el cigarrillo y aunque desde entonces nunca volvió a fumar, ese vicio absurdo y corrosivo no caduca y después de tanto tiempo pasó factura para amargarle sus últimos años. Al final, y debido a fallas en la visión, no podía disfrutar de la lectura que fue siempre su pasión; por fortuna mantuvo la lucidez porque se entretenía haciendo crucigramas y sudokus.
En la familia siempre le dijimos cariñosamente Don Hugo, y por fuera de la casa se caracterizaba por ser una caja de música. Claro que mi madre aclaraba que era muy Mejía, sobre todo en aquello de hacer mala cara; dizque la trompa que estiraba daba para hacerle nudo. Pero era el que más celebraba el humor de mi mamá, y como no decía groserías, cuando ella tenía una salida genial o echaba un cuento subido de tono, en medio de le risa la reprendía con un: “Leeeeety”.
Cuando estaba joven se quedaba con cierta regularidad en el club con su barra de amigos (entre ellos Germán Villegas, Calilo Gómez, Toño Llano, Kevin Ángel y Jairo Mejía) y se aparecía en la casa a las 10 de la noche, copetón, a preguntar por la comida. Entonces mi madre se salía de la ropa y le decía que cómo se le ocurría venirse de la “mata”, donde le podían servir a la carta, para llegar a poner pereque a esa hora. De manera que le tocaba esperar a que llegara uno de los hijos, que andábamos “marcando tarjeta” donde las novias, para antojarnos de algo y así terminábamos varios despachando un festín de media noche. Había que ver a la cocinera renegando al otro día porque le dejábamos la cocina patas arriba.
Por fortuna don Hugo alcanzó a disfrutar de su vejez porque durante muchos años se dedicó, en compañía de mi mamá y de mi tío Eduardo Arango (un experto en armar paseos), a viajar a diferentes destinos; no paraban en la casa. Sin importar donde estuvieran, los dos cuñados se sentaban a jugar ajedrez durante horas interminables. La rutina era la misma: todavía en piyama empezaban las partidas y mientras don Eduar mamaba gallo y repelenciaba para despistar al contrincante, mi apá no le paraba bolas y parecía en un trance hipnótico. A medio día se amarraban la primera perrita, y después de almorzar y hacer la siesta, retomaban el torneo de turno y se acomodaban ante el tablero hasta que suspendían por “sustracción de materia”.
Ahora pienso que siquiera mi padre no fue cremado, porque recuerdo muy bien las cosas que le decía mi mamá al viejo cuando este le sacaba la piedra, casi siempre por las chocheras y resabios que son tan comunes en las personas de cierta edad. Una vez le dio por joder por cualquier pendejada, y entonces ella se le paró al frente y dijo muy convencida:
-Vea mijo, cuando usted se muera, voy a regar las cenizas en el suelo y me le voy a para encima para hacerle asíííííí (y restregaba el zapato contra el piso como quien mata una cucaracha).
Para las crisis respiratorias mi apá debía tomar cortisona, y al principio fue muy renuente al tratamiento dizque porque había oído decir que ese medicamento tumba el pelo. Entonces mi mamá, que lo prefería calvo antes que ahogado, le sentenció:
-Mijo, no sias pendejo que a vos se te está cayendo el pelo es de viejo.
En una de las últimas salidas al centro para hacer sus vueltas, el hombre llegó a la casa a medio día con la respiración muy agitada y extenuado por el esfuerzo. Mi mamá quiso saber de dónde venía y él respondió que de la notaría de sacar un certificado de supervivencia para cobrar la pensión. Entonces ella, mirándolo de arriba abajo y poniendo cara de incredulidad, lo hizo ahogar de la risa cuando le preguntó:
-¡¿Y te lo dieron?!
pmejiama1@une.net.co
Nota: Tomo la vocería de mi familia para agradecer a todos aquellos que nos acompañaron con sus voces de aliento y solidaridad.
lunes, abril 21, 2008
Un negro porvenir.
A quienes nos tocó habitar este planeta en el lapso comprendido entre finales del siglo XX y principios del XXI, tenemos la fortuna de haber presenciado unos acontecimientos catalogados entre los más relevantes de la historia de la humanidad. Algunos vivieron los hechos en carne propia, mientras otros conocemos ciertos acontecimientos por medio de la historia reciente, pero lo cierto es que al repasar las diferentes épocas podemos cerciorarnos de que hemos sido testigos de una racha de eventos que han marcado hitos en la existencia del ser humano.
En la antigüedad las noticias viajaban en forma lenta entre los continentes, a diferencia de ahora que desde el mismo instante en que sucede un hecho ya está en circulación por los medios de comunicación. Nos tocó vivir, por ejemplo, en un mundo donde cualquier persona tiene acceso a todo tipo de información, y desde su casa. Hemos visto cómo la tecnología evoluciona mientras cambia radicalmente la forma de vida de la gente, además de una degradación paulatina en los principios morales y éticos de quienes habitamos el planeta. Porque aunque la maldad acompaña al hombre desde sus inicios, no cabe duda de que con el paso del tiempo esa vileza ha incrementado en forma considerable.
Quienes nacieron por allá en 1935 recuerdan la explosión de la bomba atómica y demás horrores de la Segunda guerra mundial; otros vimos en directo la llegada del hombre a la luna en 1969; y muchos fuimos testigos del cambio de milenio, situación que solo se ha repetido dos veces en la historia moderna. El descubrimiento del mapa del genoma humano, la clonación de animales, los trasplantes de órganos y miembros a las personas, además de medicamentos que han aumentado la expectativa de vida, son adelantos que han mejorado notablemente la existencia del Homo sapiens.
Los avances en la tecnología han revolucionado el mundo que conocemos, y así como en tiempos pasados dudábamos de las predicciones que hacían en ese campo, ahora hay que creer en todo lo que digan al respecto. Y si vivimos alucinados con los inventos y novedades que aparecen a diario, cómo serán las cosas que ya existen pero que no dejan conocer, para no perjudicar a unos pocos que perderían su clientela con la implementación de ciertos productos. Quién duda por ejemplo de que son capaces de producir medias veladas que no se rompan, o discos compactos inmunes a rayones y desperfectos. Seguro es sencillo adicionar a los alimentos productos que impidan que se venzan en un lapso determinado, lo cual evitaría que a diario se eche a la basura gran cantidad de alimentos, medicamentos y tantas cosas que por descuido deben seguir ese camino.
Tienen que existir aleaciones de metales que no permitan que una pieza mecánica sufra fatiga de material, y tecnología que logre producir repuestos que nunca deban ser sustituidos. Fibras textiles que no se destiñan ni deterioren; zapatos indestructibles; electrodomésticos blindados contra la mano dura de las empleadas domésticas; llantas que no se gasten; bombillos que duren toda la vida; y un etcétera conformado por todos esos artículos que sacan la mano con solo mirarlos.
Claro que ya los han descubierto y seguro conocen esos materiales inalterables, pero no pueden sacarlos al mercado porque entonces cómo carajo se sostiene la sociedad de consumo. La idea es vendernos artículos ordinarios para que al poco tiempo debamos adquirirlos de nuevo. Nos llegan infinidad de aparatos y chucherías fabricadas en China y demás países orientales, a precios muy favorables, pero que son desechables.
Lo que no hay derecho es que se nieguen a desarrollar opciones de energía, diferentes a los combustibles fósiles, por el solo hecho de blindar a los grandes conglomeraos económicos que dominan el mundo con el poder que les da el petróleo. Que se joda el medio ambiente, que el clima se enloquezca, que el calentamiento global llegue a límites irreversibles, que acabemos con este diminuto refugio en el universo, pero que los poderosos puedan vender sus reservas a precios exorbitantes.
Produce preocupación y desconcierto leer sobre el tema, y ver videos y programas de televisión donde hacen predicciones de lo que será nuestro planeta en un futuro cercano. Porque si oímos hablar del tema desde hace mucho tiempo, pero como algo lejano y un poco ficticio, ahora sí nos tocó convencernos de la realidad porque ya empezamos a ver los efectos dañinos de nuestra irresponsabilidad. Todos los años el invierno es más crudo y los desastres naturales peores. Hay que ver cómo los huracanes, tifones y tornados arrasan con todo a su paso.
Cómo es posible que debamos esperar a que se acaben las reservas mundiales de petróleo, carbón, gas y demás combustibles fósiles, para que saquen al mercado los nuevos inventos que pueden reemplazarlos. Hemos visto los automóviles que funcionan con energía eléctrica, que no producen ningún tipo de contaminación, pero que al no ser fabricados en serie presentan unos precios exorbitantes. O las alternativas que pueden ofrecer para que se muevan las industrias, sin tener que recurrir a esos perjudiciales y detestables carburantes.
Al menos nosotros alcanzamos a respirar aire puro, disfrutar del campo y ver correr los ríos. De manera que a pensarlo muy bien antes de traer niños al mundo, porque yo sí le digo lo que va a ser esto en un futuro.
pmejiama1@une.net.co
En la antigüedad las noticias viajaban en forma lenta entre los continentes, a diferencia de ahora que desde el mismo instante en que sucede un hecho ya está en circulación por los medios de comunicación. Nos tocó vivir, por ejemplo, en un mundo donde cualquier persona tiene acceso a todo tipo de información, y desde su casa. Hemos visto cómo la tecnología evoluciona mientras cambia radicalmente la forma de vida de la gente, además de una degradación paulatina en los principios morales y éticos de quienes habitamos el planeta. Porque aunque la maldad acompaña al hombre desde sus inicios, no cabe duda de que con el paso del tiempo esa vileza ha incrementado en forma considerable.
Quienes nacieron por allá en 1935 recuerdan la explosión de la bomba atómica y demás horrores de la Segunda guerra mundial; otros vimos en directo la llegada del hombre a la luna en 1969; y muchos fuimos testigos del cambio de milenio, situación que solo se ha repetido dos veces en la historia moderna. El descubrimiento del mapa del genoma humano, la clonación de animales, los trasplantes de órganos y miembros a las personas, además de medicamentos que han aumentado la expectativa de vida, son adelantos que han mejorado notablemente la existencia del Homo sapiens.
Los avances en la tecnología han revolucionado el mundo que conocemos, y así como en tiempos pasados dudábamos de las predicciones que hacían en ese campo, ahora hay que creer en todo lo que digan al respecto. Y si vivimos alucinados con los inventos y novedades que aparecen a diario, cómo serán las cosas que ya existen pero que no dejan conocer, para no perjudicar a unos pocos que perderían su clientela con la implementación de ciertos productos. Quién duda por ejemplo de que son capaces de producir medias veladas que no se rompan, o discos compactos inmunes a rayones y desperfectos. Seguro es sencillo adicionar a los alimentos productos que impidan que se venzan en un lapso determinado, lo cual evitaría que a diario se eche a la basura gran cantidad de alimentos, medicamentos y tantas cosas que por descuido deben seguir ese camino.
Tienen que existir aleaciones de metales que no permitan que una pieza mecánica sufra fatiga de material, y tecnología que logre producir repuestos que nunca deban ser sustituidos. Fibras textiles que no se destiñan ni deterioren; zapatos indestructibles; electrodomésticos blindados contra la mano dura de las empleadas domésticas; llantas que no se gasten; bombillos que duren toda la vida; y un etcétera conformado por todos esos artículos que sacan la mano con solo mirarlos.
Claro que ya los han descubierto y seguro conocen esos materiales inalterables, pero no pueden sacarlos al mercado porque entonces cómo carajo se sostiene la sociedad de consumo. La idea es vendernos artículos ordinarios para que al poco tiempo debamos adquirirlos de nuevo. Nos llegan infinidad de aparatos y chucherías fabricadas en China y demás países orientales, a precios muy favorables, pero que son desechables.
Lo que no hay derecho es que se nieguen a desarrollar opciones de energía, diferentes a los combustibles fósiles, por el solo hecho de blindar a los grandes conglomeraos económicos que dominan el mundo con el poder que les da el petróleo. Que se joda el medio ambiente, que el clima se enloquezca, que el calentamiento global llegue a límites irreversibles, que acabemos con este diminuto refugio en el universo, pero que los poderosos puedan vender sus reservas a precios exorbitantes.
Produce preocupación y desconcierto leer sobre el tema, y ver videos y programas de televisión donde hacen predicciones de lo que será nuestro planeta en un futuro cercano. Porque si oímos hablar del tema desde hace mucho tiempo, pero como algo lejano y un poco ficticio, ahora sí nos tocó convencernos de la realidad porque ya empezamos a ver los efectos dañinos de nuestra irresponsabilidad. Todos los años el invierno es más crudo y los desastres naturales peores. Hay que ver cómo los huracanes, tifones y tornados arrasan con todo a su paso.
Cómo es posible que debamos esperar a que se acaben las reservas mundiales de petróleo, carbón, gas y demás combustibles fósiles, para que saquen al mercado los nuevos inventos que pueden reemplazarlos. Hemos visto los automóviles que funcionan con energía eléctrica, que no producen ningún tipo de contaminación, pero que al no ser fabricados en serie presentan unos precios exorbitantes. O las alternativas que pueden ofrecer para que se muevan las industrias, sin tener que recurrir a esos perjudiciales y detestables carburantes.
Al menos nosotros alcanzamos a respirar aire puro, disfrutar del campo y ver correr los ríos. De manera que a pensarlo muy bien antes de traer niños al mundo, porque yo sí le digo lo que va a ser esto en un futuro.
pmejiama1@une.net.co
lunes, abril 14, 2008
¡Qué pecaito! (II)
Empaparse de las noticias y los sucesos antes de salir a divulgarlos y opinar acerca de ellos, es recomendable para evitar enredos y chismes. Porque debido a la falta de información es que se forman las murmuraciones y cotilleos. Y en esa trampa casi caigo el día que en medio de la somnolencia del “perrito” que acostumbro echar después del almuerzo, tergiversé una información que después de conocer a fondo pude comprobar que se trataba de algo muy diferente. El caso es que en mi ignorancia quise analizar los nuevos pecados que El Vaticano presentó al mundo, y el primer error fue la confusión con el asunto de la manipulación genética.
Después de considerar en el escrito anterior diferentes tipos y estilos de manipulación, quedó pendiente la más popular y socorrida por los seres humanos: la auto manipulación. Algo tan natural y corriente como la masturbación fue un tabú inescrutable durante nuestra niñez y juventud, y en el hogar, el colegio, la parroquia y desde todos los flancos nos señalaron esa práctica como el acto más aberrante y pecaminoso que un ser humano podía cometer. Ni riesgos de ir a contarle al sacerdote durante la confesión que uno se jabonaba “por allá” a altas velocidades, porque seguro el cura le iba con el cuento a la mamá para que le quitara la maña a punta de correa, o si era más consecuente lo llevara a donde el psicólogo.
Entre los compañeros del colegio corría el rumor de que a quién fuera muy adicto a esa modalidad, con el tiempo le salía un pelo en la palma de la mano. Esto lo hacíamos para observar al que acababa de oír el cuento a ver cuánto demoraba en mirarse con disimulo la mano en búsqueda del vello delator. Los curas del colegio y algunos educadores aseguraban a la muchachada que las eyaculaciones estaban contadas, y que si las desperdiciaban todas en esa acción cochina y perversa, cuando se casaran no les iba a quedar ni con qué pegar una estampilla. ¡Pura paja!
Los demás pecados divulgados por el “Langley” del catolicismo me parecieron algo absurdos en un principio, hasta que leí completa la noticia y pude enterarme de que si antes los pecaos eran individuales, ahora se toman más desde un punto de vista social. Porque si contaminar es considerado una ofensa contra la religión, entonces al dueño de un bus urbano bien viejo y acabado no le alcanza la eternidad para pagar la condena que se merece. Y qué decir de los mandamases que regentan las multinacionales o los mandatarios que no respetan las disposiciones mundiales contra el deterioro ambiental. ¡Todos para la paila mocha!
Y que se tengan fino los que están forrados en plata, porque si un evangelista sentenció que pasa más fácil un camello por el ojo de una aguja, que un rico entre al reino de los cielos, qué decir ahora que la iglesia metió en su nueva lista la brecha entre ricos y pobres. Claro que esa vaina hay que revaluarla y no meterlos a todos en el mismo costal, porque conozco ricos, millonarios, que tienen el cielo más ganado que cualquier otro mortal porque son generosos, solidarios, justos y buenos como el pan. Así como también hay pobres que son unos vergajos más malos que Caín.
Al tema del aborto mejor no le meto el diente porque al fin y al cabo son las mujeres las que tienen que lidiar con semejante problema, y ellas verán cómo manejan el dilema que se les presenta al momento de acatar las leyes divinas o darle prioridad a su situación personal. Y en el asunto de la pedofilia hay que dejar que sea la misma iglesia la que juzgue moralmente, porque al fin y al cabo en sus filas está la mayoría de practicantes. Lo que sí me causó curiosidad cuando escarbaba en archivos referentes al tema, fue recordar los mandamientos para el conductor que promulgó El Vaticano hace un tiempo.
Reglas tan apropiadas como que no debe causarse lesión a nadie mientras se conduce un vehículo, sobre todo si se hace en estado de embriaguez o sin cumplir con las normas de seguridad exigidas. Ayudar a los demás conductores en caso de emergencia o auxiliarlos cuando lo requieran también son sugerencias que la iglesia le hace a quienes tienen la responsabilidad de manejar un vehículo. Además reconviene a los choferes que dejan aflorar el guache que llevan por dentro cuando alguien les saca la piedra; y que nada de chicanear ni dárselas de fantoche quien tenga una nave muy cachaca.
El texto de los mandamientos además recomienda no hablar por teléfono, trabajar en computadora o ver películas mientras manejan, y que nunca sobra decir una oración al accionar el encendido. Todas esas sugerencias son bienvenidas entre los conductores, pero hay otras que no son tan fáciles de acatar. Porque dice el documento que el vehículo puede ser “una ocasión para pecar” y que algunos lo utilizan para abusar de las drogas. Difícil la vaina, porque imagino unos clientes metiendo basuco y que alguno proponga que se bajen del carro para soplarse otro tubo.
Y si el maniculiteteo dentro de un vehículo también es pecado, no se diga más. Que muestre el dedo quien esté libre de culpa.
pmejiama1@une.net.co
Después de considerar en el escrito anterior diferentes tipos y estilos de manipulación, quedó pendiente la más popular y socorrida por los seres humanos: la auto manipulación. Algo tan natural y corriente como la masturbación fue un tabú inescrutable durante nuestra niñez y juventud, y en el hogar, el colegio, la parroquia y desde todos los flancos nos señalaron esa práctica como el acto más aberrante y pecaminoso que un ser humano podía cometer. Ni riesgos de ir a contarle al sacerdote durante la confesión que uno se jabonaba “por allá” a altas velocidades, porque seguro el cura le iba con el cuento a la mamá para que le quitara la maña a punta de correa, o si era más consecuente lo llevara a donde el psicólogo.
Entre los compañeros del colegio corría el rumor de que a quién fuera muy adicto a esa modalidad, con el tiempo le salía un pelo en la palma de la mano. Esto lo hacíamos para observar al que acababa de oír el cuento a ver cuánto demoraba en mirarse con disimulo la mano en búsqueda del vello delator. Los curas del colegio y algunos educadores aseguraban a la muchachada que las eyaculaciones estaban contadas, y que si las desperdiciaban todas en esa acción cochina y perversa, cuando se casaran no les iba a quedar ni con qué pegar una estampilla. ¡Pura paja!
Los demás pecados divulgados por el “Langley” del catolicismo me parecieron algo absurdos en un principio, hasta que leí completa la noticia y pude enterarme de que si antes los pecaos eran individuales, ahora se toman más desde un punto de vista social. Porque si contaminar es considerado una ofensa contra la religión, entonces al dueño de un bus urbano bien viejo y acabado no le alcanza la eternidad para pagar la condena que se merece. Y qué decir de los mandamases que regentan las multinacionales o los mandatarios que no respetan las disposiciones mundiales contra el deterioro ambiental. ¡Todos para la paila mocha!
Y que se tengan fino los que están forrados en plata, porque si un evangelista sentenció que pasa más fácil un camello por el ojo de una aguja, que un rico entre al reino de los cielos, qué decir ahora que la iglesia metió en su nueva lista la brecha entre ricos y pobres. Claro que esa vaina hay que revaluarla y no meterlos a todos en el mismo costal, porque conozco ricos, millonarios, que tienen el cielo más ganado que cualquier otro mortal porque son generosos, solidarios, justos y buenos como el pan. Así como también hay pobres que son unos vergajos más malos que Caín.
Al tema del aborto mejor no le meto el diente porque al fin y al cabo son las mujeres las que tienen que lidiar con semejante problema, y ellas verán cómo manejan el dilema que se les presenta al momento de acatar las leyes divinas o darle prioridad a su situación personal. Y en el asunto de la pedofilia hay que dejar que sea la misma iglesia la que juzgue moralmente, porque al fin y al cabo en sus filas está la mayoría de practicantes. Lo que sí me causó curiosidad cuando escarbaba en archivos referentes al tema, fue recordar los mandamientos para el conductor que promulgó El Vaticano hace un tiempo.
Reglas tan apropiadas como que no debe causarse lesión a nadie mientras se conduce un vehículo, sobre todo si se hace en estado de embriaguez o sin cumplir con las normas de seguridad exigidas. Ayudar a los demás conductores en caso de emergencia o auxiliarlos cuando lo requieran también son sugerencias que la iglesia le hace a quienes tienen la responsabilidad de manejar un vehículo. Además reconviene a los choferes que dejan aflorar el guache que llevan por dentro cuando alguien les saca la piedra; y que nada de chicanear ni dárselas de fantoche quien tenga una nave muy cachaca.
El texto de los mandamientos además recomienda no hablar por teléfono, trabajar en computadora o ver películas mientras manejan, y que nunca sobra decir una oración al accionar el encendido. Todas esas sugerencias son bienvenidas entre los conductores, pero hay otras que no son tan fáciles de acatar. Porque dice el documento que el vehículo puede ser “una ocasión para pecar” y que algunos lo utilizan para abusar de las drogas. Difícil la vaina, porque imagino unos clientes metiendo basuco y que alguno proponga que se bajen del carro para soplarse otro tubo.
Y si el maniculiteteo dentro de un vehículo también es pecado, no se diga más. Que muestre el dedo quien esté libre de culpa.
pmejiama1@une.net.co
lunes, abril 07, 2008
¡Qué pecaito! (I)
Cuando aparece una noticia de esas que llaman la atención y que por ello crea curiosidad en la gente, empieza a pasar de boca en boca hasta llegar a tergiversarse por completo. Son pocos los que tienen la oportunidad de enterarse directamente del hecho, y menos aún quienes se detienen a analizarlo con detenimiento para asimilar de forma correcta su contenido. Simplemente un fulano oye en el noticiero la información así por encimita, y al encontrarse con algún amigo le comenta el asunto sin entrar en detalle. Entonces el otro, mucho menos empapado del tema, sigue con la cadena de desinformación hasta que el cuento no se parece en nada al original.
Pues resulta que en estos días, cuando ya cabeceaba a la hora de la siesta, alcance a oír en las noticias que El Vaticano acaba de publicar una nueva lista de pecados, entre los que están la contaminación ambiental, la drogadicción, la pedofilia, el aborto, el enriquecimiento excesivo y la manipulación genética. Como ya estaba en ese punto en que uno no está despierto, pero tampoco dormido porque aún no se le ha chorreado la baba, capté la información en forma parcial y equivocada, y por lo tanto al levantarme debí buscar en las noticias virtuales para confirmar el asunto antes de que me pasara lo mismo que aquí denuncio: que me pusiera a armar cuentos sin ningún fundamento.
Lo que sucedió fue que en medio de la inconciencia que se experimenta en esa duermevela que acostumbramos después del almuerzo, la mente divaga sin control y con una libertad absoluta ante nuestra falta de voluntad. Entonces me puse a renegar mentalmente contra las autoridades de la Iglesia Católica, porque por error entendí que el nuevo pecado castigaba la “manipulación de genitales”, cosa muy diferente a la manipulación genética. Porque una cosa es experimentar con seres humanos y animales para hacer clonaciones y demás rarezas, y otra muy distinta lo que yo deduje.
Porque de ser así, habría gente que ya no tendría redención en este mundo. Mire por ejemplo los billaristas. Eso sí puede llamarse manipulación de genitales. El jugador hace su seguidilla de tacadas y cuando debe ceder el turno al contrincante, acostumbra recostar un hombro contra la pared, dobla una pierna de la rodilla hacia abajo, con una mano se apoya en el taco y con la otro procede a rascarse la horqueta, se acomoda el mercado y a cada momento trata de sacarse el calzoncillo que se les metió entre el fundillo; esta acción también puede servir de distracción para rascarse una molesta hemorroides. Llámelo vicio, manía, obsesión o lo que quiera, pero jugador de billar que se respete tiene su propio “tumbao” para ejercer esa maniobra.
Y qué sería del béisbol si el pitcher y el catcher no pueden mandarse la mano al cacao a cada momento. En esa inocente acción está la esencia del juego, porque según la forma como el lanzador se agarre o manipule el paquete que presenta forrado en la ingle, es como el compañero que recibe puede saber cuál es la estrategia a seguir. El pitcher mira a los ojos al bateador de turno, luego de reojo recorre el terreno a su alrededor, después escupe un buche de tabaco que masca desde hace rato, y por último dirige la mirada al catcher, y con un toque de la gorra y una agarrada de las pelotas, le indica cómo va el tiro. Entonces el otro responde si pilló la táctica por medio de unos dedos que le muestra escondidos en la zona de la bragueta. De manera que de ser así la cosa, esta gente necesitaría en vez de entrenador, un cura para que los confiese cada diez minutos.
Cuando los niños están de dos o tres años cogen la manía de meterse la mano entre los calzones para cogerse el pajarito, y hay que ver a las mamás a toda hora regañándolos para que dejen ese vicio tan feo. Y no falta la que va donde la sicóloga infantil a consultar el problema, dizque porque una vecina le dijo que eso se debe a un complejo de inseguridad y que por lo tanto el mocoso se la pasa agarrado del bejuco. ¡Pamplinas! El asunto es innato de los varones y lo suspenden durante un tiempito para que no los jodan tanto, pero ya en la pubertad se lo agarran en el baño o durante la noche cuando nadie los vea. Y espere que crezca para que pase el domingo echado en la cama, en calzoncillos, enguayabado y pegado de un partido de fútbol por televisión, para que note que no deja de sobarse la bujía ni un minuto. La echa para un lado y para el otro como el gato que juega con un ratón.
Hasta aquí me refiero solo a la manipulación unilateral, porque de ser bilateral entonces se salvarían muy pocos. Qué tal por ejemplo lo que era una tarde de matiné en nuestra época, cuando las parejas de novios aprovechaban una de las pocas oportunidades que tenían de “meterse mano” sin restricciones ni vigilancia. En la actualidad ya nadie ejerce en el cine porque los muchachos viven empalagados de sexo, y los mayores nos dormimos al cuarto de hora de empezar la película.
pmejiama1@une.net.co
Pues resulta que en estos días, cuando ya cabeceaba a la hora de la siesta, alcance a oír en las noticias que El Vaticano acaba de publicar una nueva lista de pecados, entre los que están la contaminación ambiental, la drogadicción, la pedofilia, el aborto, el enriquecimiento excesivo y la manipulación genética. Como ya estaba en ese punto en que uno no está despierto, pero tampoco dormido porque aún no se le ha chorreado la baba, capté la información en forma parcial y equivocada, y por lo tanto al levantarme debí buscar en las noticias virtuales para confirmar el asunto antes de que me pasara lo mismo que aquí denuncio: que me pusiera a armar cuentos sin ningún fundamento.
Lo que sucedió fue que en medio de la inconciencia que se experimenta en esa duermevela que acostumbramos después del almuerzo, la mente divaga sin control y con una libertad absoluta ante nuestra falta de voluntad. Entonces me puse a renegar mentalmente contra las autoridades de la Iglesia Católica, porque por error entendí que el nuevo pecado castigaba la “manipulación de genitales”, cosa muy diferente a la manipulación genética. Porque una cosa es experimentar con seres humanos y animales para hacer clonaciones y demás rarezas, y otra muy distinta lo que yo deduje.
Porque de ser así, habría gente que ya no tendría redención en este mundo. Mire por ejemplo los billaristas. Eso sí puede llamarse manipulación de genitales. El jugador hace su seguidilla de tacadas y cuando debe ceder el turno al contrincante, acostumbra recostar un hombro contra la pared, dobla una pierna de la rodilla hacia abajo, con una mano se apoya en el taco y con la otro procede a rascarse la horqueta, se acomoda el mercado y a cada momento trata de sacarse el calzoncillo que se les metió entre el fundillo; esta acción también puede servir de distracción para rascarse una molesta hemorroides. Llámelo vicio, manía, obsesión o lo que quiera, pero jugador de billar que se respete tiene su propio “tumbao” para ejercer esa maniobra.
Y qué sería del béisbol si el pitcher y el catcher no pueden mandarse la mano al cacao a cada momento. En esa inocente acción está la esencia del juego, porque según la forma como el lanzador se agarre o manipule el paquete que presenta forrado en la ingle, es como el compañero que recibe puede saber cuál es la estrategia a seguir. El pitcher mira a los ojos al bateador de turno, luego de reojo recorre el terreno a su alrededor, después escupe un buche de tabaco que masca desde hace rato, y por último dirige la mirada al catcher, y con un toque de la gorra y una agarrada de las pelotas, le indica cómo va el tiro. Entonces el otro responde si pilló la táctica por medio de unos dedos que le muestra escondidos en la zona de la bragueta. De manera que de ser así la cosa, esta gente necesitaría en vez de entrenador, un cura para que los confiese cada diez minutos.
Cuando los niños están de dos o tres años cogen la manía de meterse la mano entre los calzones para cogerse el pajarito, y hay que ver a las mamás a toda hora regañándolos para que dejen ese vicio tan feo. Y no falta la que va donde la sicóloga infantil a consultar el problema, dizque porque una vecina le dijo que eso se debe a un complejo de inseguridad y que por lo tanto el mocoso se la pasa agarrado del bejuco. ¡Pamplinas! El asunto es innato de los varones y lo suspenden durante un tiempito para que no los jodan tanto, pero ya en la pubertad se lo agarran en el baño o durante la noche cuando nadie los vea. Y espere que crezca para que pase el domingo echado en la cama, en calzoncillos, enguayabado y pegado de un partido de fútbol por televisión, para que note que no deja de sobarse la bujía ni un minuto. La echa para un lado y para el otro como el gato que juega con un ratón.
Hasta aquí me refiero solo a la manipulación unilateral, porque de ser bilateral entonces se salvarían muy pocos. Qué tal por ejemplo lo que era una tarde de matiné en nuestra época, cuando las parejas de novios aprovechaban una de las pocas oportunidades que tenían de “meterse mano” sin restricciones ni vigilancia. En la actualidad ya nadie ejerce en el cine porque los muchachos viven empalagados de sexo, y los mayores nos dormimos al cuarto de hora de empezar la película.
pmejiama1@une.net.co
domingo, marzo 30, 2008
¿SUSPICAZ YO?
Los colombianos no podemos quejarnos por carecer de tema de conversación. No alcanzamos a digerir tantos chicharrones y en las tertulias nos peleamos la palabra para expresar ideas y opiniones; porque a diferencia de otras latitudes, aquí la realidad sobrepasa la ficción. Y ante tantas conjeturas y diferentes lecturas que damos a los acontecimientos, son muchos los cabos sueltos y las suspicacias que afloran. Esto pude comprobarlo al conversar con don Aniceto Rebolledo, quien no come cuento fácilmente y aplica la malicia indígena. El viejo andaba copetón para hacer honor a su nombre, que según él, viene de anís.
*Vea hombre, no se le olvide que todo lo que viene de las FARC está fríamente calculado y lo presentan como ellos quieren que se vea. Yo no les creo un carajo. Hace días leí un artículo, de un periodista venezolano y publicado en un periódico de allá, donde el pisco asegura que los secuestrados que con tanto bombo han liberado con el patrocinio de Chávez y su compinche Piedad, pasaron varias semanas de recuperación en la finca del Ministro Rodríguez Chacín, un vergajo de mala calaña al que solo le falta el camuflado de guerrillero.
Resalta el periodista la diferencia que hay entre la facha que presentaron el ahora Canciller Araujo y el policía Pinchao cuando aparecieron, que semejaban cadáveres ambulantes, a los recientemente liberados que, excepto Géchen a quien largaron antes de que se les muriera allá, lucían frescos, sanos y algunos hasta repuesticos. Las mujeres maquilladas y bien peinadas, aunque supuestamente habían caminado durante 20 o más días por la selva amazónica. Y si el doctor Géchen casi no daba paso porque estaba cojo, asfixiado por la insuficiencia cardiaca y con la columna vertebral jodida, no me vengan con que así recorrió, a pata, semejante trecho.
¿Suspicaz yo?, no hombre. Lo que pasa es hay que discernir con detenimiento y analizar sin apasionamiento. Todo el mundo feliz con las liberaciones, y con justa razón, pero hay que ahondar en el asunto. Otra cosa: mientras millones de personas esperaban ansiosas ante sus televisores la bajada del avión de los liberados, en ambas ocasiones, y se imaginaban las escenas de alegría, abrazados hasta revolcarse por el suelo y la berreada a moco tendido de todos los presentes, la situación fue tranquila y poco efusiva. Todos parecían representar un libreto orquestado ya sabemos por quiénes.
Se ha preguntado usted por ejemplo, ¿cómo escogieron a quiénes liberar? No vaya a creer que el Mono Jojoy le dijo un número en secreto a Tirofijo, y luego empezó desde el otro lado de la alambrada a preguntar: A ver, fulano, diga un número. Nada, se queda. Usted, Pérez, diga otro; listo, empaque los chiros que sale. Mendieta, le toca; no está ni tibio. Consuelo, ¿qué número dijo?; sí señora, que verrionda tan de buenas, también se larga. Olvídese mijo que algo tiene que haber detrás de esa escogencia.
O usted cree que a Luís Eladio se le ocurrió en estos días la idea de ir a proponerle a Sarkozy que saque al grupo insurgente de la lista de terroristas; o que una cita para conversar con el presidente de Francia se consigue así de fácil. Y mientras tanto Moncayo recorre el mundo entero; Clara Rojas viaja a Argentina a hablar con la tal Cristina, que casualmente le debe a Chávez su elección; y Consuelo González visita Europa para participar en foros y entrevistas. No me crea tan pendejo hombre. Si sacar la visa Schenguen es un gallo, y cualquier viaje de esos vale un platal. ¿Quién los patrocina? ¿Quién les programa la agenda y consigue citas con semejantes personajes? Métame el dedo en la boca si quiere, pero no me pida que trague entero.
Pero deje que con la incautación de los computadores ahora sí quedaron en pelota esos bandidos. Ya no tenemos que “suponer” que envían droga por toneladas. Que Chávez paga el protagonismo que le dan con dólares, petróleo y gasolina para que negocien en el exterior, y fusiles de segunda. Que con el gobierno de Ecuador tienen relaciones formales, y así el ministro Larrea lo niegue, se les quedó en veremos el plan para liberar el hijo de Moncayo y así meter al baile al presidente Correa. Y el profesor, que tanta lora ha dado y tras seguir al pie de la letra las instrucciones del Secretariado para lograr rescatar a su muchacho, quedó como el ternero.
Ya no es suspicacia creer que los presidentes vecinos tienen una trinca para apoyar la chusma y desestabilizar nuestro gobierno; que las FARC son terroristas internacionales que trafican hasta con uranio; que están cercados por el ejército en varios frentes y las deserciones los tienen fregados; o que para esa organización el despeje es primordial. Si nos enteramos de tanta cosa con los pocos documentos publicados, cómo será lo que hay en los miles de pruebas que encontraron. Para completar, tienen que dormir con un ojo abierto, como El Fantasma, porque sus mismos guardaespaldas los pasan al papayo.
Ahora salen el gobierno francés, el ecuatoriano, misiá Piedad y otros tantos a reclamar porque mataron a Raulito, en calzoncillos, cuando se aprestaba a tramitar más liberaciones. Qué pena con ellos. En adelante tocará preguntar en qué anda el bandido, y si tiene las botas puestas.
pmejiama1@une.net.co
*Vea hombre, no se le olvide que todo lo que viene de las FARC está fríamente calculado y lo presentan como ellos quieren que se vea. Yo no les creo un carajo. Hace días leí un artículo, de un periodista venezolano y publicado en un periódico de allá, donde el pisco asegura que los secuestrados que con tanto bombo han liberado con el patrocinio de Chávez y su compinche Piedad, pasaron varias semanas de recuperación en la finca del Ministro Rodríguez Chacín, un vergajo de mala calaña al que solo le falta el camuflado de guerrillero.
Resalta el periodista la diferencia que hay entre la facha que presentaron el ahora Canciller Araujo y el policía Pinchao cuando aparecieron, que semejaban cadáveres ambulantes, a los recientemente liberados que, excepto Géchen a quien largaron antes de que se les muriera allá, lucían frescos, sanos y algunos hasta repuesticos. Las mujeres maquilladas y bien peinadas, aunque supuestamente habían caminado durante 20 o más días por la selva amazónica. Y si el doctor Géchen casi no daba paso porque estaba cojo, asfixiado por la insuficiencia cardiaca y con la columna vertebral jodida, no me vengan con que así recorrió, a pata, semejante trecho.
¿Suspicaz yo?, no hombre. Lo que pasa es hay que discernir con detenimiento y analizar sin apasionamiento. Todo el mundo feliz con las liberaciones, y con justa razón, pero hay que ahondar en el asunto. Otra cosa: mientras millones de personas esperaban ansiosas ante sus televisores la bajada del avión de los liberados, en ambas ocasiones, y se imaginaban las escenas de alegría, abrazados hasta revolcarse por el suelo y la berreada a moco tendido de todos los presentes, la situación fue tranquila y poco efusiva. Todos parecían representar un libreto orquestado ya sabemos por quiénes.
Se ha preguntado usted por ejemplo, ¿cómo escogieron a quiénes liberar? No vaya a creer que el Mono Jojoy le dijo un número en secreto a Tirofijo, y luego empezó desde el otro lado de la alambrada a preguntar: A ver, fulano, diga un número. Nada, se queda. Usted, Pérez, diga otro; listo, empaque los chiros que sale. Mendieta, le toca; no está ni tibio. Consuelo, ¿qué número dijo?; sí señora, que verrionda tan de buenas, también se larga. Olvídese mijo que algo tiene que haber detrás de esa escogencia.
O usted cree que a Luís Eladio se le ocurrió en estos días la idea de ir a proponerle a Sarkozy que saque al grupo insurgente de la lista de terroristas; o que una cita para conversar con el presidente de Francia se consigue así de fácil. Y mientras tanto Moncayo recorre el mundo entero; Clara Rojas viaja a Argentina a hablar con la tal Cristina, que casualmente le debe a Chávez su elección; y Consuelo González visita Europa para participar en foros y entrevistas. No me crea tan pendejo hombre. Si sacar la visa Schenguen es un gallo, y cualquier viaje de esos vale un platal. ¿Quién los patrocina? ¿Quién les programa la agenda y consigue citas con semejantes personajes? Métame el dedo en la boca si quiere, pero no me pida que trague entero.
Pero deje que con la incautación de los computadores ahora sí quedaron en pelota esos bandidos. Ya no tenemos que “suponer” que envían droga por toneladas. Que Chávez paga el protagonismo que le dan con dólares, petróleo y gasolina para que negocien en el exterior, y fusiles de segunda. Que con el gobierno de Ecuador tienen relaciones formales, y así el ministro Larrea lo niegue, se les quedó en veremos el plan para liberar el hijo de Moncayo y así meter al baile al presidente Correa. Y el profesor, que tanta lora ha dado y tras seguir al pie de la letra las instrucciones del Secretariado para lograr rescatar a su muchacho, quedó como el ternero.
Ya no es suspicacia creer que los presidentes vecinos tienen una trinca para apoyar la chusma y desestabilizar nuestro gobierno; que las FARC son terroristas internacionales que trafican hasta con uranio; que están cercados por el ejército en varios frentes y las deserciones los tienen fregados; o que para esa organización el despeje es primordial. Si nos enteramos de tanta cosa con los pocos documentos publicados, cómo será lo que hay en los miles de pruebas que encontraron. Para completar, tienen que dormir con un ojo abierto, como El Fantasma, porque sus mismos guardaespaldas los pasan al papayo.
Ahora salen el gobierno francés, el ecuatoriano, misiá Piedad y otros tantos a reclamar porque mataron a Raulito, en calzoncillos, cuando se aprestaba a tramitar más liberaciones. Qué pena con ellos. En adelante tocará preguntar en qué anda el bandido, y si tiene las botas puestas.
pmejiama1@une.net.co
lunes, marzo 17, 2008
Genio y figura.
El gran misterio del ser humano es la personalidad; el alma, el ser, la sustancia, el espíritu o como quiera llamarse. Muchos viven obsesionados por el cuidado del cuerpo, dedican muchas horas al ejercicio y al estado físico, pero poco se interesan por alimentar su intelecto y mantener activo el cerebro. Basta echarle un poco de cabeza al asunto para concluir que el organismo es un simple estuche donde habita un ser único e irrepetible. La perfección con la que funciona el cuerpo humano es superior a cualquier otra creación del universo, pero no cabe duda de que ante la capacidad de raciocinio no existe nada comparable. Porque los demás seres vivos también poseen organismos exactos y precisos, pero no pueden pensar, reír, llorar, admirar, amar, rezar o simplemente hablar.
Desde muy pequeño el recién nacido presenta rasgos de cómo será su personalidad, y puede saberse si de adulto va a ser extrovertido, tímido, mala ley, alegre, taimado, emprendedor, gracioso o sensible. Mi sobrino Santiago es un muchacho que desde muy chiquito dejó ver su carisma, además de tener una forma de ser que le llega a todo el mundo. Tiene un humor genial, se le mide a lo que sea, no conoce la mamitis o los berrinches, y hay que ver la correa que tiene para enfrentar las chanzas que le hacemos sus tíos y familiares. Cuando visito a mis padres y hermanos nos reímos al recordar los cuentos del sardino, que a sus escasos 10 años ya es todo un personaje.
Es, sin duda, la mascota de mis padres. Desde muy pequeño se amaña con los abuelos y hay qué ver el problema para que se vaya para su casa. Cierta vez la mamá, ante la negativa del mocoso de acompañarla, le dijo que él tenía que compartir con los papás y la hermanita, que está muy bien que uno visite los abuelos pero no puede pasarse a vivir con ellos, y que ella se comprometía a dejarlo volver al otro día. Entonces el zambo pone cara de angustia y le dice muy serio:
-Mami, ¿y cómo quieres que me vaya y deje solos a este par de ancianos desvalidos?
Una de las razones para que a Santiago le guste tanto la casa de los abuelos, es debido a que al menos una vez a la semana se aparece por allá mi tío Eduardo Arango a jugar ajedrez con mi papá, y sin falta le regala cinco mil pesos al muchacho. Don Eduar, como le decimos cariñosamente, es un miembro de familia muy especial para nosotros, pero para mis sobrinos y mi hijo, es otro abuelo. Se ponen los viejos a jugar su partida mientras saborean un trago, y el niño se arrima a patearse los cuentos y colaborar en lo que necesiten. Además, pone mucho cuidado a las historias del tío abuelo y a sus disertaciones cuando dicta cátedra sobre diferentes materias. Como el muchachito sabe que todo ese conocimiento es de autodidacta, una tarde se quedó mirándolo fijamente y muy serio le comentó:
-¿Sabe una cosa don Eduardo?, yo no sé qué admirar más en usted: si su sabiduría o su billetera.
En otra ocasión le cuenta mi madre a su hermano que no había forma de que Santiago se motilara, y que como podía ver el mocoso ya parecía un espantapájaros con esas mechas alborotadas. Cómo estaría la cosa, que ya varios miembros de la familia habían propuesto hacer una vaca para recoger una platica que lo convenciera de que se dejara aunque fuera desbastar un poquito el pelo. El niño no quería tocar el tema y propuso que mejor hablaran de otra cosa, hasta que el tío dijo, como quien no quiere la cosa, que en caso de que hicieran la recolecta podían contar con su contribución. El negrito se quedó pensativo durante un buen rato, hasta que no aguantó la tentación de hacer la pregunta obligada:
-Oiga don Eduardo… ¿y como de cuánto estaríamos hablando?
Ese muchacho se las sabe todas en la casa de mis padres. Cualquier cosa que uno necesite, no es sino preguntarle a él para que le diga dónde puede encontrarla. Come como una draga y hay que ver a la abuela darle gusto con el mecato de su preferencia, pero si uno lleva cualquier comestible de regalo hay que esconderlo porque de lo contrario no deja ni las harinas. Otra característica de ese muchacho es la facilidad para imitar a las personas; a mi padre lo mantiene calibrado y no se le escapa detalle de su forma de actuar.
Un domingo de Resurrección, al regreso de una finca donde habían estado durante el puente de Semana Santa, se fue directo a visitar a los abuelos. Los encontró acompañados por algunos de mis hermanos, y todos conversaban en voz baja porque mi madre tenía sintonizado un programa desde el Vaticano. El zambo llegó cansado por el sol y la piscina, le dijo a la abuela que se corriera para el rincón y le soltara un poquito de cobija, acomodó el cojín para recostar su cabeza, echó mano del control remoto del televisor y pronunció una frase que todos añoraban, pero que nadie se había atrevido siquiera a sugerir durante los últimos días:
-Bueno, lo primero… quitemos al Papa.
pmejiama1@une.net.co
Desde muy pequeño el recién nacido presenta rasgos de cómo será su personalidad, y puede saberse si de adulto va a ser extrovertido, tímido, mala ley, alegre, taimado, emprendedor, gracioso o sensible. Mi sobrino Santiago es un muchacho que desde muy chiquito dejó ver su carisma, además de tener una forma de ser que le llega a todo el mundo. Tiene un humor genial, se le mide a lo que sea, no conoce la mamitis o los berrinches, y hay que ver la correa que tiene para enfrentar las chanzas que le hacemos sus tíos y familiares. Cuando visito a mis padres y hermanos nos reímos al recordar los cuentos del sardino, que a sus escasos 10 años ya es todo un personaje.
Es, sin duda, la mascota de mis padres. Desde muy pequeño se amaña con los abuelos y hay qué ver el problema para que se vaya para su casa. Cierta vez la mamá, ante la negativa del mocoso de acompañarla, le dijo que él tenía que compartir con los papás y la hermanita, que está muy bien que uno visite los abuelos pero no puede pasarse a vivir con ellos, y que ella se comprometía a dejarlo volver al otro día. Entonces el zambo pone cara de angustia y le dice muy serio:
-Mami, ¿y cómo quieres que me vaya y deje solos a este par de ancianos desvalidos?
Una de las razones para que a Santiago le guste tanto la casa de los abuelos, es debido a que al menos una vez a la semana se aparece por allá mi tío Eduardo Arango a jugar ajedrez con mi papá, y sin falta le regala cinco mil pesos al muchacho. Don Eduar, como le decimos cariñosamente, es un miembro de familia muy especial para nosotros, pero para mis sobrinos y mi hijo, es otro abuelo. Se ponen los viejos a jugar su partida mientras saborean un trago, y el niño se arrima a patearse los cuentos y colaborar en lo que necesiten. Además, pone mucho cuidado a las historias del tío abuelo y a sus disertaciones cuando dicta cátedra sobre diferentes materias. Como el muchachito sabe que todo ese conocimiento es de autodidacta, una tarde se quedó mirándolo fijamente y muy serio le comentó:
-¿Sabe una cosa don Eduardo?, yo no sé qué admirar más en usted: si su sabiduría o su billetera.
En otra ocasión le cuenta mi madre a su hermano que no había forma de que Santiago se motilara, y que como podía ver el mocoso ya parecía un espantapájaros con esas mechas alborotadas. Cómo estaría la cosa, que ya varios miembros de la familia habían propuesto hacer una vaca para recoger una platica que lo convenciera de que se dejara aunque fuera desbastar un poquito el pelo. El niño no quería tocar el tema y propuso que mejor hablaran de otra cosa, hasta que el tío dijo, como quien no quiere la cosa, que en caso de que hicieran la recolecta podían contar con su contribución. El negrito se quedó pensativo durante un buen rato, hasta que no aguantó la tentación de hacer la pregunta obligada:
-Oiga don Eduardo… ¿y como de cuánto estaríamos hablando?
Ese muchacho se las sabe todas en la casa de mis padres. Cualquier cosa que uno necesite, no es sino preguntarle a él para que le diga dónde puede encontrarla. Come como una draga y hay que ver a la abuela darle gusto con el mecato de su preferencia, pero si uno lleva cualquier comestible de regalo hay que esconderlo porque de lo contrario no deja ni las harinas. Otra característica de ese muchacho es la facilidad para imitar a las personas; a mi padre lo mantiene calibrado y no se le escapa detalle de su forma de actuar.
Un domingo de Resurrección, al regreso de una finca donde habían estado durante el puente de Semana Santa, se fue directo a visitar a los abuelos. Los encontró acompañados por algunos de mis hermanos, y todos conversaban en voz baja porque mi madre tenía sintonizado un programa desde el Vaticano. El zambo llegó cansado por el sol y la piscina, le dijo a la abuela que se corriera para el rincón y le soltara un poquito de cobija, acomodó el cojín para recostar su cabeza, echó mano del control remoto del televisor y pronunció una frase que todos añoraban, pero que nadie se había atrevido siquiera a sugerir durante los últimos días:
-Bueno, lo primero… quitemos al Papa.
pmejiama1@une.net.co
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