miércoles, julio 13, 2011

Cuentos del ayer.

Don Rafael Genaro Mejía fue alcalde de Manizales por allá a mediados del siglo pasado y durante su existencia se distinguió por ser un hombre de esos que se hace querer de sus conciudadanos. Su familia fue pionera del barrio La Francia, en las afueras de la ciudad, lugar que se ha caracterizado por ser un remanso de paz y tranquilidad, en medio de la naturaleza y con un panorama privilegiado hacia el poniente. Yo recuerdo a don Genaro porque se la pasaba en la puerta del negocio de su amigo Olegario Echeverri, en el primer piso del Banco del Comercio, por la carrera 22, y allí en compañía de Mario Villegas Pérez, el otro socio infaltable de la tertulia diaria, saludaban a todo el que pasaba, botaban corriente y echaban piropos a las muchachas que lo merecían.

Cierta vez mi hermana iba para el trabajo en su carrito y debido al tráfico, debió detenerse un momento al frente de donde ellos estaban. Cuando volteó a mirarlos notó que le hacían gestos, decían cosas y la señalaban, y aunque no podía oírlos porque tenía la ventanilla cerrada, supuso lo peor y procedió a bajar el vidrio para meterles una empajada de miedo. Viejos corrompidos, sinvergüenzas, morbosos, respeten y cojan oficio, les dijo; además, aprendan a reconocer a la gente decente. Entonces uno de ellos se arrimó y en tono conciliador expresó:
-Maria Clara, perdona, queríamos advertirte que la llanta trasera está desinflada.

A don Genaro lo molestaban sus amigos porque era muy bajito y eso se prestaba para chanzas y cuentos. Aseguraban que cuando se desempeñó como burgomaestre de la ciudad, en cierta ocasión debió compartir la oficina con un maestro de obras que hacía algunas reparaciones locativas. En cierto momento el fulano le preguntó si tenía por ahí un metro, a lo que respondió de manera tajante:
-Pues para que sepa tengo un metro con sesenta; y se me larga ya de aquí, por irrespetuoso, igualado y atrevido.

No alcancé a conocer a mi abuelo Rafael Arango Villegas, pero al verlo en fotos deduzco que no fue un hombre que propiamente se distinguiera por su porte y distinción; de estatura mediana, flaco, oscuro de piel, con un bigotico menudo y la cara algo chupada, se parecía mucho a la caricatura con la que lo inmortalizó su primo y amigo del alma, Alberto Arango Uribe, el encargado de ilustrar sus libros.

Al llegar Rafael con su familia a ocupar una casa localizada en la carrera 23, entre calles 30 y 31, Graciela, su mujer, vio con buenos ojos la edificación porque tenía en los bajos un local que podía generarles una renta. A los pocos días un zapatero remendón, al que llamaban Caregata, ocupó el local e instaló su negocio. Cumplido el primer mes, Graciela le preguntó al marido si había cobrado el arrendamiento y este respondió que casualmente cuando arrimó, el zapatero había salido un momentico; al otro día aseguró que al tipo se le había quedado la plata en la casa y así esgrimió una disculpa tras otra, hasta que ella decidió bajar personalmente a hacer la diligencia. Cuál sería su sorpresa cuando el hombrecito muy tranquilo preguntó que cuál mensualidad, si don Rafa le había ofrecido el local gratis mientras conseguía clientela, y que cuando le sobraran unos pesos podía pagarle cualquier chichigua.

Cuentan que el abuelo pasaba horas entretenido oyéndole los cuentos al viejo artesano y que en él se inspiró para darle vida al maestro Feliciano Ríos. Pues a la zapatería se apareció un día muy orgulloso a mostrarle a los presentes a su nieto mayor, Jorge Eduardo Vélez, un muchachito muy bonito de tez clara y ojos azules. El remendón lo mira, se saca unas tachuelas de la boca y comenta:
-Con razón dicen que los pichones de los gallinazos son blancos.

Lo mismo le pasó con Silvio Villegas, el eminente dirigente político, poeta e intelectual que tanto lustre le dio a nuestro terruño. Iba don Rafa por la calle de la mano de su nietecita Juanita Arango, que si ahora de abuela es una mujer muy bella de niña debió ser una cuquera, y al ver a su amigo Silvio lo detuvo para ufanarse ante él de su descendencia. El otro se pone las gafas para verla bien y en tono perentorio afirma:
-¡Ahora sí creo en la evolución de las especies!

Recién compró don Rafa su parcela en El Rosario, a orillas del río Chinchiná, acostumbraba invitar varios amigos a pasar el fin de semana. Todas las noches armaban una mesa de tute y se tomaban sus aguardientes; Roberto Vélez Arango, Alberto Arcila “Cepillo” y Ambrosio Echeverri eran contertulios frecuentes. Sólo apostaban centavos porque el fin del juego no era conseguir plata, sino más bien mamar gallo, entretenerse y conversar de lo divino y de lo humano. Cierta noche los amigos notaron que el anfitrión perdía mano tras mano y sin embargo, como por arte de magia, le aparecían en la mesa granos de maíz (que hacían las veces de fichas), hasta que las dudas de todos quedaron aclaradas cuando el marrullero empezó a bostezar, y con gesto cansado, sacó una tusa con algunos granos del bolsillo del saco, la puso en medio de la mesa y sentenció: ¡Juego los restos!
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jueves, julio 07, 2011

Paisaje cultural cafetero.

No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, dice el adagio popular. Por ello después de mucho trabajo, de hacer cabildeo, dedicarle esfuerzo y tesón, por fin podemos decir que nuestra cultura cafetera es reconocida mundialmente. Fueron años de labor mancomunada de gobernaciones, municipios, corporaciones autónomas regionales, universidades privadas, la red de universidades públicas del Eje Cafetero (Red Alma Mater) y los diferentes comités de cafeteros, quienes hicieron causa común para alcanzar un logro que es importantísimo para la región y el país.

En el año 2000 vinieron a Manizales representantes de la UNESCO, de diferentes nacionalidades, para enterarse de todo lo concerniente al Paisaje cultural cafetero, el cual abarca 411 veredas de 46 municipios, que albergan 24 mil fincas cafeteras donde reside una población aproximada de 80 mil personas; toda la zona está dedicada al cultivo del café y pertenece a los departamentos de Caldas, Quindío, Risaralda y norte del Valle. Entonces tenía mi programa radial y después de entrevistar a tan distinguidos visitantes, recuerdo que todos se fueron de la región con una grata impresión de lo que aquí conocieron.

Es común que la gente, al enterarse de la noticia, piense que el reconocimiento se hace a aquello que conocemos como paisaje, panorámica o esa vista espectacular que ofrece la región a nuestros ojos. Pararse por ejemplo en el barrio Chipre, otear hacia los 4 puntos cardinales y ver tanta majestuosidad; o viajar por cualquier ruta de la zona referida y detenerse a observar los sembradíos, las montañas, los pueblos y veredas que se encuentra en el camino. O esos tapetes infinitos de diferentes verdes, los guaduales y las cañadas, las sementeras y los árboles frutales; los nogales, robles, carboneros, acacias y tantas otras especias nativas.

Pero el paisaje destacado es mucho más que eso: se refiere a todo lo que incluye nuestra cultura, heredada de aquellos colonizadores antioqueños que tumbaron montes para fundar sus haciendas a mediados del siglo XIX; costumbres, mitos y leyendas, música, gastronomía, idiosincrasia, literatura, lenguaje, arquitectura y otros muchos ejemplos que sería largo enumerar. Y aunque en nuestro país se cultiva café en otras regiones, como la Sierra Nevada de Santa Marta, en Huila y Tolima, en Cauca y Nariño, en los Santanderes y muchos otros departamentos, la cultura de esas zonas es muy diferente a la nuestra.

Porque aunque uno conozca toda nuestra región, en caso de despertar un día en una finquita o casa campesina localizada en medio de los cafetales, no podría decir en cuál de los departamentos se encuentra. Por más pistas que busque para despejar su duda, puedo asegurar que será infructuoso porque el modo de vida es idéntico. Si es una vivienda antigua estará construida de guadua, madera y bareque, tejas de barro en el techo, puertas de doble ala y grandes ventanas con postigos; amplios corredores con chambranas de macana y el servicio sanitario en uno de sus extremos. Las paredes serán encaladas, de un blanco reluciente, y la madera pintada con colores típicos de la región: rojo fiesta, azul marino, verde oscuro o amarillo mostaza.

En la cocina el fogón de leña, alimentado con madera procedente de la renovación de los cafetales, que hace de ese espacio un lugar oscuro por el ahumado de las paredes y el techo. Afuera de la cocina el comedor para los peones en un espacio amplio y abierto, porque en época de cosecha debe albergar muchos comensales. El menú diario varía muy poco: antes de clarear el día los tragos, que consiste en una taza de café negro endulzado con panela, llamado “chaqueta”; al desayuno chocolate, arroz, tajadas maduras, carne frita y arepa; para el almuerzo sancocho y a la comida frijoles rendidos con plátano verde, arroz, carne arreglada, maduro asado y arepa. Al corte les llevan “bogadera”, como denominan los diversos preparados para calmar la sed; uno tradicional es el “guandolo”, elaborado con agua, jugo de limón mandarino y panela.

Flores de colores adornan el corredor y en la pared son infaltables el Corazón de Jesús, el almanaque del granero y un afiche del comité de cafeteros. La casa rodeada de jardín y más allá están el pilón, la huerta casera, la sementera, el gallinero, la cochera y la tradicional cruz de mayo; todo elaborado con guadua, material codiciado por su versatilidad. Por la carreterita de penetración verá pasar los buses escalera, o chivas, y los tradicionales “yipaos” repletos de montañeros.

Una semana antes del reconocimiento de la UNESCO visitamos una finca cafetera y mi mujer, aficionada a la fotografía, se dedicó a retratar los animales domésticos, un atado de leña, los cafetales, las flores, los árboles, el paisaje y demás detalles. Luego colgó las fotos en una página especializada, donde lo hace gente de todo el mundo, y hay que ver la sensación que causaron. Un español quería saber a qué altura se cultiva el café, la neozelandesa celebró conocer la planta, el argentino alabó la panorámica, otro preguntó cómo lo cosechan es semejantes pendientes y muchos otros comentarios por el estilo.

Ayudemos a compartir esta noticia con nuestros contactos en el exterior; enviémosles fotografías, videos, panorámicas; invitémoslos a que nos visiten y promocionemos la región, porque somos pocos quienes tenemos el privilegio de conocerla. Y algo importante: nunca dejemos de admirarla.
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lunes, junio 27, 2011

Polochos intrusos.

Se presta este título para diferentes interpretaciones, sobre todo ahora que se habla tanto de abuso de la fuerza pública, falsos positivos o de miembros de las fuerzas armadas involucrados en actos ilícitos. Porque polochos es uno de los apelativos que acostumbramos los colombianos para referirnos a los uniformados, siempre de manera solapada para evitar una sanción por irrespeto a la autoridad. Claro que el remoquete ya está pasado de moda, lo mismo que tombo, porque ahora prefieren llamarlos “la tomba”. A los policías de civil siempre les han dicho tiras y cuando se presenta la fuerza pública en un lugar para practicar una requisa o un allanamiento, se correr la voz que llegó la ley.

Pero me refiero es a unos polochos que actualmente son muy escasos. Ahora años, en una época determinada, aparecía en la ciudad una plaga de unos bichos voladores inofensivos, los que conocíamos con ese nombre y en las calles podían barrerse por miles. Pequeños, de color café con listas negras y unas patas ganchudas que se agarran de la piel al cogerlos con la mano. En el Colegio de Cristo, en el Parque Fundadores, los recolectábamos en el recreo para llevárselos al Hermano Andrés Hurtado, quien los utilizaba para alimentar a las tarántulas que mantenía en tarros de galletas. Pues ahora los polochitos, en muchísima menor cantidad, se meten por las ventanas de mi apartamento.

Otra plaga que seguro aparecía en mayo era la de las chicharras. Primero llegaban las tradicionales, negras y ovaladas como una breva calada, que revoloteaban de noche en el alumbrado público y en el día cubrían las calles; poco después unas más grandes de color carmelita que parecían animales prehistóricos en miniatura, porque presentaban dos cuernos con chuzos encima de la cabeza. Las chicharras tampoco hacían nada, aunque era difícil desprenderse de ellas porque las patas tenían ganchos con los que se agarraban con mucha fuerza, y había que ver el miedo que producían a las niñas, a quienes se las pegábamos de la ropa o del pelo.

Y como a nosotros nunca nos hablaron de ecología ni del respeto a los animales, era común que al ir caminando por la calle, apenas veíamos una chicharra en el camino, nos preparábamos como quien se dispone a cobrar una pena máxima, y mientras emulábamos al locutor deportivo, le zampábamos una patada al animalito que lo mandaba a la quinta porra. En las fincas no era sino salir de noche a un potrero para ver las nubes de luciérnagas que volaban por todas partes; es más, no faltaba que al disponernos a dormir, apenas apagaban la luz del cuarto, empezaba a volar un cocuyo, como también les decíamos, y por estar siguiéndole la pista nadie podía conciliar el sueño. Hasta que se levantaba alguno y la estripaba de un chancletazo.

Un programa muy apetecido por las noches, que además tenía el atractivo de estar rotundamente prohibido, era esperar a que los adultos desocuparan una botella de aguardiente para cogerla con disimulo, llevársela para un lugar apartado y proceder a sobarla con fuerza durante un buen rato, para después ponerle una llama en el pico y así sacarle el diablito. Si por inexperto le ponía la mano de frente al pico, el quemón era el verraco y la ampolla le llegaba hasta el codo; y ni hablar de la pela que le daban por desobediente. Acto seguido se iba uno para el potrero a coger cocuyos y meterlos dentro de la botella dizque para hacer una lámpara, pero las chapolas no daban un brinco porque dentro del recipiente quedaban gases remanentes de la reciente explosión.

Otros insectos que tampoco volvimos a ver son los gusanos Santamaría, intrusas alimañas de color naranja y negro que cubrían su anatomía con pequeñas púas amenazantes; y los llamados gusanos pollos, parecidos a una mota de pelo amarilloso que según el imaginario popular producían fiebre, además de seca en el miembro picado. O el famoso abejorro 24 horas, dizque porque ese era el plazo de vida que le quedaba a la víctima de su picadura.

Recuerdo de mi niñez cuando llegamos a vivir al barrio La Camelia, vecindario incipiente en el que apenas había unas pocas casas construidas. Pues todos los días por las calles del barrio era común ver un pelotón de reclutas del batallón, que bajo el mando de un superior trotaban mientras repetían un estribillo que les indicaba el oficial. Los soldaditos debían responder a los gritos, como le gusta a los milicos, por lo que desde que venían lejos ya se sabía que pasarían por el frente de la casa. Entonces aleccionábamos a mi hermano menor, Alejandro, que tendría dos años, para que saliera al portón y les gritara con todas sus fuerzas: “Tombos aguacates”; nosotros creíamos fervientemente que insultar de esa forma al ejército debía dar un castigo ejemplar e imaginábamos al mocoso detenido por irrespeto a la autoridad.

Desde ese día el zambo, cada que venían los soldados, salía disparado a desgañitarse con su retahíla de “tombos guacateros”. Hasta una vez que estaba con mis padres en la calle y ambos bregaban a coger al muchachito para callarle la boca, apenadísimos de que los militares pensaran que era cosa de ellos. Ni hablar del regaño que nos ganamos los autores intelectuales.
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miércoles, junio 22, 2011

Exceso de mamá.

Hay personas que pelean con el papá, los hermanos, abuelos, sobrinos, tíos, vecinos, amigos y hasta con el gato, pero es trabajoso encontrar quien se pelee con la mamá. Claro que los hay, aunque parezca increíble. El amor y el apego que siente una persona por la madre es imposible de medir y sin duda es más fuerte que el que profese por cualquier otro ser querido, a excepción de los hijos. Por eso no existe nada más ofensivo que una mentada de madre y muchos se hacen matar por defender el honor de la progenitora, aunque hoy en día la palabreja se acostumbra hasta para saludar. Juro por mi madre, es otra expresión común.

El rol de mamá ha variado en la sociedad con el paso del tiempo, porque así como antes se mantenían a toda hora en la casa pendientes de los hijos y del funcionamiento del hogar, ahora deben trabajar y rebuscarse la vida para aportarle económicamente al ingreso familiar. Aparte de la gran cantidad de mujeres que enviudan o son abandonadas por el marido, a quienes llaman madres cabeza de hogar, también existen las madres solteras quienes deciden tener sus hijos sin amarrarse a un marido que les mortifique la vida. Todas por igual son el centro de la familia, la piedra angular de la sociedad.

Aunque queda claro que en la actualidad no es culpa de las mujeres su falta de presencia en el hogar para prestarle toda la atención a la prole, en muchos casos ellas sienten un remordimiento que tratan de resarcir con un cuidado exagerado de los muchachitos; una obsesión por controlarlos, una actitud basada en darles gusto en todo, nunca decirles no a nada, complacerlos hasta en el más mínimo detalle. La sobreprotección es dañina y cuando el retoño ya está en edad de salir con los amigos, entonces se desespera porque la madre quiere tener el control de todos sus actos y saber en dónde se encuentra durante las 24 horas del día. Por eso los críos ahora reclaman independencia y derecho a la intimidad; lo que llaman su espacio.

Los hijos tienen que vivir las etapas de la vida y superarlas, con todo lo bueno y lo malo que presenta cada una de ellas. Desde pequeños deben enfrentarse a quien los moleste, que hagan daños y maldades durante la pubertad, y en la adolescencia es normal que sean rebeldes, introvertidos y que digan que odian a los papás. Eso después se les pasa, con toda seguridad. La manía de empujarlos para que hagan deporte o se dediquen a algún pasatiempo para así alejarlos de las tentaciones, es una idea absurda; si no caen en malos pasos es por las enseñanzas que reciben de pequeños en el hogar, por el buen ejemplo que copian de sus mayores. Déjenlos disfrutar la vida, experimentarla, gozarla y sufrirla, porque la vida es una sola.

A los niños y adolescentes actuales todo les puede, porque como nunca les enseñaron a defenderse y les paran tantas bolas, en el colegio y en la casa, por cualquier pendejada forman una tragedia. Un ejemplo es lo que ahora llaman bullying, en inglés para que suene más interesante, que no es otra cosa que el matoneo o la montadera que se ha practicado desde siempre en todos los rincones del planeta. Quién no sufrió en su vida ese momento desesperado cuando por cualquier causa, en el colegio o los amigos de la cuadra lo cogían de mingo, a molestarlo, a burlarse o a estigmatizarlo. De esa situación se libraba uno cuando se agarraba a las trompadas con alguno de los torturadores, y sin importar que le dieran duro, el sólo hecho de enfrentársele era suficiente para que lo respetaran.

Ahora años los pocos que tenían la oportunidad de irse a otra ciudad a seguir una carrera universitaria, el único contacto que mantenían con la casa paterna era un giro de dinero que les hacían a principios del mes y de pronto una llamada telefónica cada quince días. De resto el muchacho tenía que defenderse sólo y manejar su presupuesto de manera que le alcanzara hasta recibir la próxima remesa. En cambio hay que verlos ahora llamar cada diez minutos para que desde aquí les solucionen los problemas: que se me perdieron las llaves del apartamento; que se dañó la computadora y ahí tengo el trabajo; que me robaron el celular; que cortaron la luz porque olvidé pagarla; que tengo dolor de cabeza y demás inconvenientes que a control remoto es imposible solucionar. Lo único que hacen es mortificar a unos papás que quedan preocupados y aburridos.

Me da golpe que cuidan a las mocosas con un celo enfermizo, pero el novio les hace la visita en la cama y cobijados, mientras ven televisión. Una amiga aseguró que su niña era admirable porque siempre que entraba a su cuarto, encontraba a la parejita arrunchada y concentrada en la pantalla. Claro, le respondí, más conchudos si se abejorrean delante de usted; pero eso sí le advierto, si ese par de zambos no se meten mano debajo de las cobijas, hágalos ver de un endocrinólogo porque tienen atrofiadas las glándulas que producen las hormonas. A veces me pregunto si es que los papás no recuerdan lo ganoso que es uno a esa edad.
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jueves, junio 16, 2011

¡Largalapolla!

Con razón el genial columnista Oscar Domínguez llama Bobo Sapiens a quienes militamos en esta rama de la zoología; porque los seres humanos somos bien particulares. Mientras que quienes residen en el campo y las veredas sueñan con trasladarse a la cabecera municipal, de ahí a la ciudad más cercana, luego a Bogotá y si hay forma viajar al exterior a lavar platos e inodoros, los que trabajan en las grandes metrópolis deben desplazarse durante horas en tren porque residen en los suburbios; hacen ese sacrificio diario con tal de poder respirar aire puro y disfrutar de la tranquilidad que ofrece el campo.

La gente celebra que la ciudad crezca y se desarrolle, y se dan discusiones entre oriundos de diferentes capitales sobre cuál tiene más habitantes, cuántas industrias importantes registran, dónde se ofrecen mejores oportunidades, etc., sin detenerse a pensar que las urbes llegan a un punto que se vuelven invivibles. Para la muestra Bogotá, donde ya piensan qué van a hacer en pocos años cuando la cantidad de vehículos en las calles hagan imposible la movilización; aparte de eso el ruido, la polución, la inseguridad, el despelote, la irascibilidad de sus habitantes y las filas para todo.

En los pueblos la gente se conoce y se tiene confianza. Todo es fácil, cerquita, barato y relajado. Otra particularidad son los personajes típicos, que se pierden a medida que el municipio crece. Del Manizales de mi juventud recuerdo a Nazario, llamado también El loco bendiciones; a Margarito, un viejo maricón que se tongoneaba por las aceras; La Loca María, una fufurufa descontinuada que enseñaba sus encantos; Quijano, con los hombros llenos de caspa y un cartapacio de dibujos bajo el brazo; y Don Quijote, un viejo esmirriado que en ferias se disfrazaba de caballero andante y recorría las calles en un jamelgo al que decoraba con la publicidad de los patrocinadores.

También había un personaje cascarrabias al que le gritábamos “Largá la polla y tomá los cinco”, y tocaba salir a la carrera porque el ofendido empezaba a decir groserías y a tirar piedras. Y muchos otros que no alcanzo a relacionar, hasta el famoso Pa´l guaro que hasta hace poco pedía limosna en el semáforo de Cristo Rey para comprarse un aguardiente. Ahora sólo quedan un viejito de luenga barba que recorre la 23 ataviado con uniforme militar y la pareja de ciegos que tocan un tambor y unas maracas, y a quienes irónicamente bautizaron Los nada que ver.

Otrora existían en Manizales unos personajes que se dedicaban a cargar bultos, muebles, electrodomésticos y todo lo que fuera necesario, lo que evitaba tener que conseguir un vehículo para hacer cualquier trasteo. Esos tipos se echaban al hombro lo que fuera y más que forzudos, eran baquianos. Con la ayuda de una reata de cabuya trenzada y una cincha que se acomodaban en la frente, alzaban una nevera, un escaparate o una vitrina; o se juntaban varios y cargaban un piano. Los llamaban terciadores y se mantenían en los alrededores de la Catedral Basílica, a la espera de clientes que requirieran sus servicios; recuerdo el nombre de uno de ellos porque en la familia de mi mamá, cada que había que mover un mueble o hacer una fuerza, decían a modo de charla que llamaran a Jesús Vallejo.

Cuentan que un señor llamado Alpiniano Londoño vivía diagonal a la iglesia de La Inmaculada, donde ahora existe un centro comercial, y todas las mañanas, muy temprano, se acomodaba en una mesa del café El Rhin, que quedaba ahí en la esquina. El programa era tomarse el primer aguardiente con el padre Chocolito, por entonces párroco de La Inmaculada, y quien a esas alturas ya había dicho misa de cinco para las beatas y los madrugadores. Al curita le servían el guaro en pocillo de tinto, ceremonia que repetía varias veces durante el día. Y desde esa hora empezaba también don Alpiniano a tupirle a la copa, a la que por cierto era muy aficionado.

Ya por la tarde el personaje prefería rematar la faena en el café El Polo y uno de sus contertulios preferidos era el famoso Cáscara, otro protagonista de la bohemia de entonces. El problema que se presentaba todas las noches era que a Alpiniano se le iba la mano con el traguito y terminaba doblado como una billetera, aunque consciente de su problema, tuvo la precaución desde un principio de contratar un terciador para que lo llevara a la casa. Apenas el hombre fruncía mandaban por Vallejo, quien aparecía al momento con el canasto que dichos coteros cargaban en la espalda; luego lo sentaba en el fondo del canasto, le dejaba las piernas por fuera para que cupiera y arrancaba con él a cuestas por toda la carrera 22 con destino a su residencia.

Hasta que una noche Jesús Vallejo le dijo a Cáscara que él no le jalaba más a esa contrata, porque las hermanas del borracho no hacían sino echarle cantaleta, como si la culpa fuera de él, y que además le advirtieron que la próxima vez que les llevara ese joto no le iban a pagar el servicio. En ese momento Alpiniano desde el canasto abrió un ojo, aunque todos lo suponían profundo, y con voz pastosa terció:
-Tranquilo Vallejo, si no le pagan no me entrega.
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miércoles, junio 08, 2011

La preguntadera.

Nada más entretenido que conversar con uno mismo; sobre todo porque siempre se está de acuerdo en todo. Por ejemplo al meterse por la mañana al baño, acompañado de un transistor que lo entretenga con las noticias frescas, y a cada momento se le va la lengua para meter la cucharada en el programa de turno. Llama la gente a la emisora para opinar sobre un tema propuesto y uno se pregunta por qué a nadie se le ocurre plantear la idea que tenemos en la punta de la lengua. O la rabia que produce oír a un vergajo que a todas luces es culpable del hecho que le imputan y que con todo el descaro se declara inocente, mientras le echa la culpa a un tercero. Entonces no queda sino renegar y hablar sólo, mientras insulta al cínico desgraciado y se pregunta en voz alta para dónde carajo va este país.

En esos ratos de intimidad es cuando surgen tantas preguntas, cuyas respuestas podrían despejar esas dudas que mortifican e incomodan. Algunas inquietudes que me acosan tienen que ver con el mundial de fútbol sub 20, que se realizará en nuestro país en agosto próximo, para el cual fueron remozados varios estadios de diferentes ciudades, entre ellos el Palogrande de Manizales. Produce desazón enterarse por ejemplo que en Armenia los energúmenos hinchas ya arrancaron de su base varias sillas, sin siquiera haber inaugurado el certamen. Y fue precisamente con esa silletería que se presentó en nuestra ciudad un caso que produce malestar e inconformismo, cuando denuncia la prensa que dichos elementos resultaron más costosos que los instalados en otros estadios.

Pues ahora viene una persona que está muy bien enterada del asunto y me explica que las sillas son diferentes y que por ello requirieron de otro molde, que en esos casos es lo más costoso, además de otras especificaciones que justifican el sobrecosto. Entonces me pregunto por qué no dan esa misma explicación en los medios de comunicación, de manera que a todo el mundo le quede claro el asunto y cesen así las especulaciones y los señalamientos. Es así de sencillo.

Se prepara el país para celebrar la competencia mundialista y las autoridades, los gremios del comercio, restaurantes y hotelería, las agencias de turismo y todos quienes tienen interés en el evento, hablan de los preparativos que se adelantan para recibir a los miles de visitantes. Y entonces me pregunto si serán muchos los turistas que se vienen por ejemplo desde Australia para Manizales a ver un partido de fútbol, de jugadores menores de 20 años, entre la selección de su país y la de Costa Rica; o que vengan barras de hinchas españoles a ver su equipo enfrentarse contra Ecuador. Yo francamente no me los imagino, y ojalá me equivoque.

Además expuse, en una tertulia con amigos, que la inversión millonaria que se hizo en los estadios podría haberse utilizado en cosas mucho más urgentes, a lo que uno de ellos preguntó si alguien sabía de una escuela, hospital, carretera o acueducto que hubieran construido con la plata que nos ahorramos al renunciar a la idea que nació, por allá en la década de los años 80, de organizar un mundial de fútbol de mayores en Colombia. Ante semejante argumento sólo me quedó darle la razón.

Otro asunto que me inquieta es por qué el Once Caldas no logró conseguir un patrocinador de campanillas que generara ingresos importantes a la institución. Un equipo que se mantuvo en la punta del campeonato durante casi toda la temporada, que en la última década ganó varios títulos, incluida la Copa Libertadores, que este año fue el que más lejos llegó en ese torneo suramericano, y que en general mantiene una regularidad en su desempeño, debería tener fila de aspirantes para anunciar en su camiseta. Eso tiene que ser falta de gestión, porque al detallar por ejemplo el uniforme del Huila, noté que parece un carro de Fórmula uno: tiene avisos hasta en los calzoncillos; a lo mejor son anunciadores pequeños, pero sumados representan una suma interesante. Y cuando el Once por fin consiguió algunos patrocinios, alcanzó a lucirlos en muy pocos partidos.

Cambio de tema para exponer otra inquietud que me revolotea en el magín. Soy amigo de seguir las transmisiones por televisión de los grandes torneos del tenis mundial, y aunque algunos partidos son largos y tediosos, en la mayoría pueden verse momentos de mucha emoción y unas jugadas espectaculares. Algunos de los jugadores, como sucede en otras disciplinas deportivas, tienen tics que los distinguen de los demás y que por algún agüero no pueden abandonar. Fulano insiste en acomodarse las mangas de la camiseta, otro se limpia el sudor con las manillas, alguno golpea las zapatillas con la raqueta o el que parpadea con mucha regularidad; en el fútbol es común que mienten la madre al fallar una jugada, o que se den la bendición y toquen el césped con la mano al ingresar a la cancha.

Rafael Nadal es un campeón excepcional, pero tiene un tic muy ingrato. Él debe contratar un siquiatra, un sofrólogo o cualquier terapeuta que pueda ayudarle, porque es increíble que el tipo no pueda lanzar una bola sin primero sacarse el calzoncillo del fundillo y después olerse los dedos. ¡Qué vaina tan desagradable!
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jueves, junio 02, 2011

Idiosincrasia campesina.

En muy triste que la situación de violencia que vive nuestro país desde hace tanto tiempo se haya encargado de espantar a las gentes del campo, quienes buscan refugio en las grandes ciudades donde viven en condiciones de miseria, sin dignidad y sujetos a desempeñar los trabajos más degradantes. Desarraigados de su terruño tratan de sobrevivir en medio de la maraña social, donde se degeneran y son presa fácil de los vicios y el bajo mundo. Debido a su escasa formación académica y absoluta falta de experiencia laboral para desempeñarse en la ciudad, deben recurrir muchas veces al robo, la prostitución, la venta de drogas y demás formas ilícitas de conseguir el sustento.

El campesino es mejor persona entre más apartado de la civilización resida. Son humildes, ingenuos, apegados a sus costumbres y con un gran sentido del honor; confían en sus instintos y heredan los conocimientos de sus mayores. El pueblerino se apoca frente al citadino y admira con reverencia a quien ha estudiado, al que desempeña un cargo importante o al que tiene mucho dinero. Supieran ellos que su honestidad, filosofía de la vida, principios y responsabilidad en muchos casos son muy superiores a quienes dirigen las riendas del país.

Tiene el montañero un lenguaje y una forma de comportarse muy particulares. Al llegar a un pueblo cualquiera para averiguar por una dirección, procede uno a preguntarle a un fulano que va por la calle. El tipo muy amable se arrima a la ventanilla y después de hacerse repetir la pregunta, empieza a mirar hacia ambas esquinas mientras se rasca la cabeza detrás de la oreja (señal inequívoca de que no tiene ni idea). Por fin aparece uno que dice saber y empieza con su explicación: “Póngale cuidao dotor, usté sigue derechito hasta que topa con un ronboy, ahí coge pa´ la derecha y a media cuadra encuentra una rampla. Deje el carro ahí y déntrese, pero cuenta se estiende porque eso debe estar mojao y es un lisadero el verriondo; he visto a muchos levantar las quimbas y hasta aporriase feo. Puede que no haiga nadies por la hora, pero pregunte en la tienda del frente que ahí le dicen el número del cedular”.

Las gentes del campo son generosas y abiertas, y al toparnos con un montañero conocido en cualquier pueblo, lo primero que hace el fulano es invitarlo a tomar algo en una cafetería. Al instalarse en la mesa la pregunta obligada es: ¿Qué le provoca? Se le acepta un tintico y el tipo insiste en que pida pintao y que lo cuñe con un boñuelo o una empanada. En la casita más humilde de una vereda alejada lo reciben con una taza generosa de chaqueta (café endulzado con panela) y si prefiere le dan bogadera o fugo; a hora de almuerzo le ofrecen caldo de sancocho y un seco con carne arreglada, arroz, huevo y tajadas. Y si le cabe, un banano.

A las personas humildes debe aceptárseles todo porque ellos reciben cualquier cosa regalada. Ofrézcale un trago de ron a un celador a las seis de la mañana y se lo manda sin pensarlo; igual un cigarrillo que prende así no acostumbre fumar; se traga los confites que le den y por principio no rechaza comida. Cierta Nochebuena mi madre llamó al Topo, el celador de la cuadra en el barrio La Camelia, para servirle la cena navideña. En vista de que el hombre comía con cierto desgano ella quiso saber si no le había gustado, pero él se justificó al decir que estaba muy sabroso, pero que era la quinta cena que se mandaba en seguidilla.

Algo repudiable es que se aprovechen de la candidez del campesino. Cierta vez acompañé a un amigo a darle vuelta a la finca y mientras él revisaba unos asuntos en compañía del agregado, me quedé conversando con la señora que siempre nos brinda plátanos maduros asados, tinto y juguito. Y oigan lo que me contó: “Cómo le parece que a aquel le cayó un mal lo más de raro y anda traspillao y sin un aliento; en el seguro le mandaron un mundo de esámenes y de remedios pero eso no le valió, entoes le soplaron de un dotor muy bueno que hay en Pereira. Ya fuimos y la consulta nos pareció baratísima, cinco mil pesitos no más, aunque los remedios sí son caritos; aguarde le traigo la lista que le mandó”.

Entonces trajo una fórmula muy sospechosa y al ver que se trataba de medicamentos naturistas quise ver los empaques, los cuales eran piratas a ojos vista. Se trataba de ungüentos y pócimas preparados de cualquier forma, carísimos por demás, por lo que indagué más acerca del famoso galeno y ante mi inquietud ella agregó: “Ese dotor quisque es especialista en gafología y tiene fama… -Ahí la interrumpí y pregunté si se refería a un oftalmólogo-. No qué va, figúrese que él tipo no le hace a usté ningún esamen, no lo revisa ni le pregunta nada. El enfermo firma en un papel y listo, él con eso le descubre el mal y dentra a recetale”.

No hay derecho. Todavía si me dice que estudia la mugre del ombligo, las lagañas o la caracha de una peladura, pero un médico grafólogo sí es el colmo del engaño.
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martes, mayo 24, 2011

Hijos prestados.

Definitivamente nos tocó pertenecer a una generación de cambios radicales. Hasta nosotros llegaron muchas tradiciones de nuestros antepasados y así como las vivimos durante la infancia y juventud, al llegar a la madurez debimos amoldarnos a unos modernismos que aún no alcanzamos a digerir, aunque de todas maneras debemos aceptarlos.

Pasaremos a la historia como la generación del sándwich, acomodados en medio de dos momentos históricos; nosotros debimos obedecer a los mayores a riesgo de recibir castigo, en cambio ahora muchos hijos se mandan. Cuando estábamos chiquitos nos tocaban las patas o las alas del pollo, porque el papá y los hermanos mayores se jartaban los muslos y la pechuga, mientras que ahora las mamás se los sirven a los mocosos y nosotros seguimos con las mismas presas. Es que a los niños les gustan mucho, aducen las señoras.

A un cambio que nunca podré acostumbrarme, y sospecho que la mayoría de padres piensan igual, es al hecho que los hijos vivan en ciudades diferentes a la nuestra. En la actualidad podemos disfrutar de la familia reunida mientras los vástagos terminan el bachillerato, y al pasar a la universidad si uno cuenta con “la suerte” de no tener recursos para mandarlos a estudiar a otra ciudad, país o continente. Porque la desbandada es general. A la juventud se le quedó chiquito el planeta y para ellos no existen fronteras. Se levantan becas, consiguen visados, buscan créditos educativos y hacen lo que sea necesario con tal de alzar el vuelo.

Sale uno bien librado si el retoño vive en una ciudad cercana porque puede verlo con cierta regularidad; ellos no cargan pereza para coger carretera en un puente festivo y venir a darnos vuelta. Pero cuando reside en Pasto, Barranquilla o Cúcuta el asunto es a otro precio, porque el viaje debe hacerse en avión y no siempre tienen modo de costearlo. Ni qué decir cuando se radican en Londres, Singapur o Ciudad del Cabo. Ahí no queda sino recurrir a la pantalla de la computadora para siquiera verlos, porque las reuniones físicas se vuelven esporádicas y complicadas. Muchas veces no pueden venir ni a despedirse de sus padres en su postrer momento.

Después de criar la prole y sacarla adelante, el mejor premio que reciben los adultos es la llegada de los nietos. Convertirse en abuelo tiene que ser maravilloso y muchos aseguran que se disfrutan más que los hijos, porque nos cogen en una edad donde vemos la vida con otros ojos; además podemos malcriarlos, alcahuetearles y enseñarles tantas cosas que por motivo del agite de la vida no pudimos hacer con los hijos. Pero ahora las muchachitas se van para el exterior y se casan por allá con un míster, y cuando tienen descendencia y quieren venir a que la familia la conozca, el papá de los niños no los dejan viajar a Colombia por temor a la inseguridad. Y hasta razón tienen, porque después de ver las noticias…

Además está la competencia de los papás que orgullosos presentan el éxito de sus hijos: fulanito es ejecutivo de una multinacional, gana en dólares y vive en Nueva York; el otro es el chacho en Alemania y el salario es en euros; ni hablar de la hija de perencejo, que reside en Shanghái como toda una potentada. Y me pregunto si es mejor eso, o que trabajen aquí en Manizales con un sueldo que les permita vivir sin afugias, que puedan reunirse los fines de semana con la familia y los amigos, y que de tarde en tarde, antes de llegar a sus casas, pasen por la de los papás a darles un saludito.
Porque los que viven en el extranjero pueden tener plata y oportunidades, pero en muchos casos no tienen con quién compartirla.

Mi abuelo paterno, Pedro Luis Mejía, fundó “Plumejía” a principios del siglo pasado y debido a su temprana muerte, fue Carlos, el mayor de los varones y apenas un adolescente, el encargado de tomar las riendas del almacén. Tiempo después lo convirtieron en ferretería y cada que uno de los hermanos terminaba el bachillerato, empezaba a trabajar en el negocio familiar. Durante muchos años tuvo su sede en la esquina de la calle 20 con carrera 20, donde siempre estaban detrás del mostrador los tíos Carlos, Fabio y Enrique, porque mi papá se retiró a trabajar en otra cosa y Néstor, el menor, se independizó y abrió su ferretería en Bogotá. Y fue Enrique el último en atender el negocio hasta que decidió liquidarlo hace poco tiempo porque ya no era rentable, cuando faltaba sólo un año para celebrar el centenario de su fundación.

En un principio “Plumejía” funcionó en los bajos del edificio donde residía la familia, frente al Palacio Arzobispal; en el último piso vivía la abuela y en otro apartamento Carlos con su familia. Se casa Néstor y decide radicarse por el sector de El Cable, que era como vivir ahora en La Florida o El Arenillo. Debido a la lejanía, además de que el hombre todavía estaba en los gloriosos del matrimonio, empezó a llegar tarde al almacén por las mañanas, por lo que Carlos debió llamarle la atención. Entonces Néstor reviró:

-No friegue hombre Carlos, es que usted sale para el almacén a las ocho y llega faltando cinco.
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jueves, mayo 19, 2011

Amargo destino.

Una cruz que cargamos la mayoría de seres humanos es conseguir el sustento para sobrevivir dignamente; algunos tenemos la suerte de contar con unos padres que ven por nosotros hasta que alcanzamos la mayoría de edad, con todos los gastos que esto representa, aunque son más los casos de pobreza extrema donde las personas desde su más temprana infancia deben rebuscarse el pan diario. Cualquier sujeto requiere un ingreso que le permita pagar sus cuentas, compromiso que lo angustia y presiona hasta el día que está a punto de entregarle el alma al Creador, cuando todavía piensa si le alcanza para pagar los gastos funerarios. Sin embargo, hay unos pocos que durante su existencia no deben inquietarse por nada referente al dinero, y los miembros de la realeza son muestra clara de tal condición.

La muchacha inglesa que le movió la aguja al príncipe heredero, Cata para los amigos, trabajó como empleada después de terminar sus estudios superiores, pero desde que contrajo nupcias con el apetecido soltero puede olvidarse de cualquier preocupación que surja de la falta de dinero. Que regale la billetera porque así William le de unas libras para que mantenga a la mano, le puedo asegurar que nadie la dejará pagar una cuenta. Jamás se enterará de cuánto cuesta la factura de la luz, de cómo va la hipoteca de la casa o si subieron las pensiones del colegio de los críos. Le importará un pito si el carro se daña, no la desvelará que el mercado se encarezca por el invierno, nunca sabrá lo que es dar una propina ni va a recibir una llamada del banco para recordarle un vencimiento.

Sin embargo no envidio un minuto de la vida que llevará en adelante la ya famosa cenicienta. Debió haberlo pensado muy bien antes de montarse en semejante potro, porque a pesar de no experimentar nunca más la sensación de peladez, no vuelve a tener un minuto de privacidad en lo que le resta de existencia; a excepción de cuando entra al baño o está metida debajo de las cobijas. El protocolo exagerado, que debería llamarse “protoculo”, es la forma de vida más abominable que conozco. Existen reglas para hablar, comer, caminar, relacionarse con los demás, vestirse, reírse y hasta para sentarse. Cualquier falla en su comportamiento, y me refiero a cosas baladíes, causará un terremoto en la monarquía de los Windsor.

Que ni se le ocurra mientras espera a que cambie el semáforo acomodarse el brassier, hurgarse la nariz, retocarse el maquillaje o hablar por el teléfono celular, porque tendrá docenas de paparazis al acecho para pillarla infraganti. No le puede meter un pellizco a un mocoso que esté bien cansón ni sobarse las pantorrillas cuando lleve mucho rato parada, y mucho menos salir el domingo a comprar algo al supermercado en sudadera y sin maquillaje. Le figuró a la muchacha vivir de punta en blanco y mantener siempre una sonrisa a flor de labios, así amanezca con el mico al hombro y le provoque matar y comer del muerto.

La semana de la boda real el canal de la National Geographic presentó todas las noches un programa sobre los preparativos y demás detalles del magno evento, y ahí pude corroborar que la vida de la realeza es insufrible. Todos sus miembros tienen programado el día minuto a minuto y de ahí no pueden salirse; durante las cenas reales, en el momento que la reina decide no comer más, todos los presentes deben imitarla. Qué tal uno bien pachocha y cuando apenas se disponga a empezar, la vieja resuelva suspender porque tiene acidez. Y ni modo de rebañar la salsa con el pan, pedir porción de arroz, hacer “sopas” con el chocolate, o preferir mazamorra pa´ “sobremesiar”.

Cuando le pregunté a mi hijo si pensaba ver en directo el matrimonio, me respondió que estaba dudoso entre ese programa o esperar al domingo siguiente para ver la canonización del papa. Irónica respuesta, porque él tampoco madruga a patearse una vaina de esas ni a palo; los noticieros muestran los detalles más relevantes y así pueden obviarse semejantes ladrillos.

Por fortuna para la joven pareja las costumbres de la corte han cambiado con el paso del tiempo, porque de no ser así estarían en problemas. Y es que en el pasado todos los miembros de la realeza, damas de compañía, ministros, jerarcas, chambelanes, etc., podían asistir para ver en vivo el momento en que los recién casados se metían en la cama la primera noche. Más emocionante todavía la cita que tenían los mismos espectadores, con los reyes a la cabeza, para esperar ansiosos en las afueras de la alcoba nupcial hasta que saliera el marido a mostrar la mancha en las sábanas, rastro que demostraba la pérdida de la virginidad de la muchacha y por ende la consumición... qué digo, la consumación del matrimonio.

En vista de que el Príncipe y la ahora Duquesa han convivido juntos desde hace varios años, lo que por cierto me parece muy civilizado, en este caso no habrían podido cumplir con dicho requisito; imagínese, después de todo ese julepe con el cetro real, y faltan datos de otros municipios, a estas alturas a la regia dama no le deben sangrar ni las encías. O como dicen algunos con sorna: sangra más una cabuya.
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martes, mayo 10, 2011

El poder para poder.

Desde muy pequeños, cuando refutábamos una orden dada por los papás, profesores, hermanos mayores o cualquier persona de mayor jerarquía, la respuesta obligada era recordarnos que donde manda capitán no manda marinero. Y ese karma debe soportarlo todo aquel que depende de un superior, quien a toda hora talla, jode, ordena, exige, controla, presiona y no da respiro. El mayor deseo durante la niñez era tener hermanos menores, o compañeros del colegio o del barrio por debajo de nosotros, para poderlos mangonear y decidir por ellos; en cualquier familia o barra de amigos el mayor, que por lo general era el más fuerte y avispado, se arrogaba el derecho de decidir en todo: quién podía jugar, cuál hacía la maldad, adónde iban, cómo actuaban, etc.

Ya durante la adolescencia y la madurez muchas veces disentimos de una decisión tomada por el instructor, un miembro de la autoridad o el jefe directo donde laboramos, medida que debe obedecerse bajo otra premisa perentoria: El que manda manda, aunque mande mal. Tener que acatar dicha sentencia es denigrante e incómodo, y además de impotencia produce una rabiecita menuda. En el sector público es común que cualquier aparecido, con respaldo político, entre a dirigir una dependencia y debido a su falta de formación académica y moral, cometa errores e incurra en gastos innecesarios que aunque sus subalternos detecten a tiempo, no se atreven a cuestionar por miedo a ser despedidos. Así funcionan las cosas, para desgracia nuestra.

Otra frase que produce desazón, aunque sin duda es muy cierta, es la que dice que el poder es para poder. En el mundo entero el poder está monopolizado por quienes controlan las armas y por los grandes conglomerados económicos; presidentes, dignatarios, monarcas y dirigentes son simples marionetas que obedecen a quienes manejan los hilos del poder. Sátrapas, dictadores y políticos se mantienen en el curubito gracias a respaldos ocultos, y aunque dicen respetar la democracia, siempre que van a elecciones triunfan porque bien es sabido que quien cuenta gana. Muestras claras son Fidel Castro y el chafarote vecino, aunque eso les dura hasta que pierdan el apoyo de los poderosos; basta recordar a Trujillo, Somoza, Pinochet y más recientemente a Mubarak.

Mientras un mandatario ejerza el poder es difícil combatirlo e investigarlo, porque quien indaga siempre encontrará trabas y talanqueras que harán imposible su cometido. Al ex presidente Uribe, su familia, amigos y colaboradores, les cayeron como chulos todos esos inconformes que durante ocho años trataron de destapar ollas podridas y denunciar irregularidades. Seguro ahora será más fácil meterle el diente a las investigaciones, por lo que empezaremos a enterarnos de tantas marrullas que producen rabia y desengaño. Porque de ser cierto por ejemplo que una de las desmovilizaciones de paramilitares fue un montaje patrocinado por un narcotraficante, quien además aprovechó para en compañía de familiares y compinches hacerse pasar como tales, y así evitar que los extraditaran, quedamos todos con la espinita y la sospecha de que las demás entregas hayan sido reales.

Escándalos como el de los subsidios agrarios, las chuzadas del DAS o los falsos positivos son una muestra fehaciente de que con el poder todo se puede; y así alguien los destape y muestre pruebas, todo queda en investigaciones exhaustivas, debates en el Congreso y procesos que se refunden en los vericuetos de la burocracia. La táctica infalible de un mandamás o dirigente político es tener subalternos que firmen, contraten y ordenen; curarse en salud y evadir responsabilidades, porque el segundón es quien debe poner la cara en caso de descubrirse el chanchullo. Un calanchín se encarga de pedir mordidas y comisiones, por lo que no queda rastro de quien está detrás del ilícito.

Para llegar a la Presidencia de la República se requiere de una campaña larga y costosa, recursos que aportan los grupos económicos, multinacionales, empresarios y particulares. Como esos favores hay que pagarlos, un allegado al Presidente de turno maquina un torcido; acto seguido le indican al Ministro correspondiente cómo debe proceder; este llama al Secretario del ministerio para que delegue funciones, y ese funcionario, en compañía de otros mandos medios encargados de ejecutar, son quienes van a parar a la cárcel para pagar los platos rotos. Y compruébele pues a los de arriba que ellos dirigieron la componenda.

En clase de cívica nos enseñaban que en una democracia los tres poderes, ejecutivo, legislativo y judicial, son independientes y autónomos. Así funcionará en Suecia o Dinamarca, porque aquí se nombran los unos a los otros, se deben favores, se cubren la espalda y todas las dependencias están politizadas. Gamonales y congresistas acomodan sus fichas en las altas cortes, los organismos de control, institutos descentralizados, fuerzas militares y cualquier entidad del estado, para de esa forma controlar todo con sus tentáculos de poder.

Empresas y particulares que aportan gruesas sumas de dinero para financiar campañas políticas esperan recuperar con creces lo invertido. Mientras que los ciudadanos del común confirmamos nuestras sospechas cuando políticos y dirigentes no pueden explicar por qué gastan esas millonadas en sus campañas, si con el sueldo que recibirán durante su período no alcanzan ni a cubrir en parte dicha inversión. Y que nadie diga que lo hace por amor a la patria porque eso no se lo cree ni la mamá.
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martes, mayo 03, 2011

Social doble.

Merece el apoyo de todos los manizaleños la iniciativa de un grupo de ciudadanos que buscan recuperar el centro de la ciudad. Porque para quienes nos criamos recorriendo sus calles, disfrutamos el ambiente parroquial y acogedor que lo caracterizaba, y debimos visitarlo a diario para realizar diligencias o comprar cualquier artículo que necesitáramos, es triste ve cómo se perdió la magia que lo identificaba. Al crecer una ciudad lo primero que sucede es que el centro deja de ser el sitio de convergencia, la base del comercio, el lugar del corrillo y la tertulia. Antes, para comprar una cinta pegante, un tornillo, un par de zapatos o sellar el cinco y seis había que visitarlo; todos los bancos estaban allá; cualquier taller, almacén especializado o despacho oficial tenía su sede a pocas cuadras de la Catedral Basílica. En la periferia sólo había tiendas de barrio, panaderías y algún zapatero remendón.

Son poquísimas las veces que los niños y adolescentes actuales han caminado por las calles del centro, e invito a quienes tengan hijos o nietos en esas edades a contarles cómo dependíamos hace años de él. Para ellos por ejemplo el cine sólo puede verse en las salas que hay en los centros comerciales y la mayoría no sabe nada de aquellos cinemas que fueron tan concurridos en Manizales. Ya no existen ni siquiera las edificaciones donde operaron los teatros de nuestra infancia y juventud, y sólo queda la opción de señalar el sitio que ocupaban.

Los primeros recuerdos que tengo del cine se remontan a la edad de seis o siete años, cuando mi mamá nos llevaba el sábado por la tarde a matiné en el teatro Caldas, ahí en el marco del parque del mismo nombre. Ella no podía quedarse porque en la casa tenía varios mocosos todavía en pañales, por lo que nos dejaba a los más grandecitos desde temprano para que compráramos el mecato en La Fama, un negocio de abarrotes que había en seguida, en los bajos de la casa de la familia Restrepo Abondano, donde nos rendían más las monedas. Si salíamos antes de que pasaran a recogernos, nos entreteníamos con los carteles de las películas que había en el hall de entrada de las salas de cine.

Ya de diez años me iba con algunos hermanos, primos y amigos del barrio a disfrutar lo que entonces se llamaba social doble. Por el precio de una película presentaban dos y el programa duraba toda la tarde, para salir como a las cinco y media a buscar dónde tomar el algo. Las cintas preferidas en aquella época eran las de Santo el enmascarado de plata; Maciste, un gigante mitológico fortachón y renegado; los vaqueros Roy Rogers y Opalong Cassidy; y los cómicos mejicanos Tin Tan y Resortes.

Las carteleras más apetecidas eran las del teatro Olympia, en cuyos palcos hacíamos recocha y correteábamos de un piso a otro sin pararle muchas bolas a la película, y las del Cumanday que quedaba cuadra y media más arriba, y donde el puesto más apetecido era la primera fila del segundo piso, porque se podían subir los pies en un murito que había a modo de baranda. También estaban el teatro Avenida, frente al parque de Cristo Rey, y el Juan Manuel, ahí a una cuadra, que por ser de la curia presentaba unas películas muy zanahorias.

A los catorce años nos íbamos con los amigos a levantarnos unas pájaras que frecuentaban la entrada de los teatros en busca de quién les pagara la boleta; ahí se nos iba hasta la plata para comprar el mecato, pero no importaba porque adentro teníamos más de tres horas de oscuridad para recuperar la inversión. Tiempo después en el Colombia, carrera 20 con calle 24, empezaron a presentar shows de stripers en vivo; todos los asistentes, antes de comprar la boleta, conseguían EL Espacio para taparse mientras lo leían al hacer la fila. Había que ver la algarabía que se formaba en la platea cuando esas viejas empezaban a volear confites que se sacaban de por allá.

El teatro Caldas lo remodelaron y se convirtió en El Cid, que en su momento llamó la atención por lo lujoso que se veía en comparación a los demás, a excepción del Fundadores, donde presentaron películas hasta que lo convirtieron en centro de convenciones. Durante nuestra niñez ir a cine era muy barato, a pesar de que nos daban para los pasajes en bus, la boleta, alquilar revistas antes de la función y la compra del mecato. Las revistas de muñequitos, que ahora llaman comics, se conseguían adentro y para nosotros no había mejor programa que disfrutar las aventuras de La pequeña Lulú, Archi, El Fantasma, Tarzán, Supermán, El Santo o Frankenstein. El mecato estaba conformado por bombones Charms, salvavidas, obleitas, frunas, ponqué Ramo, besitos, chocolatinas ¡Oh qué bueno! y papas fritas.

Práctica común durante el bachillerato era mamarnos por la tarde e irnos a tranzar un portero para que nos dejara entrar a una película apta sólo para mayores de 21 años. Saber que los compañeros estaban en clase de álgebra hacía mejor el programa, y a la salida teníamos la concha de esperar a que pasara el transporte del colegio para montarnos y así ahorrarnos el pasaje en bus urbano.
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martes, abril 19, 2011

La historia única.

En uno de los tantos videos que nos llegan por internet pude ver una conferencia de la escritora Nigeriana Chimamanda Adichie, en donde se refiere a lo que ella bautizó “La historia única”. Cuenta que desde sus primeros años se interesó por leer cuentos infantiles escritos por ingleses y estadounidenses, y que cuando al poco tiempo ella misma empezó con el ejercicio de escribir sus propios relatos, todos sus personajes eran blancos, rubios y de ojos azules. Y fue su mamá, quien por cierto debía leerse toda la producción literaria de la incipiente escritora, la que le hizo ver que a pesar de haber nacido y crecido en un país donde predomina la raza negra, los protagonistas de sus escritos eran gentes anglosajonas.

La mente del ser humano, sobre todo en sus primeros años, es sumamente influenciable. Por ello crecemos con una cantidad de conceptos, gustos, costumbres y prejuicios que sin darnos cuenta aceptamos como propios; preferencias en la comida, en la forma de hablar, la religión que profesamos, las ideas políticas, la manera de proceder, los principios y demás predilecciones. Muchos creen que la herencia es parecerse a los papás físicamente o imitar sus ademanes. Pero no, la genética se impone en los detalles nimios y cotidianos que asumimos a fuerza de convivir con ellos, hasta apropiárnoslos sin ningún esfuerzo. A quien se preocupa porque sus hijos no son lectores le digo que puede insistirles, conminarlos, ofrecerles premios a cambio, ponérselos como tarea y nunca podrá lograrlo; en cambio basta con que lo vean leer para que ellos solitos acojan la costumbre.

Es una condición de los humanos que la mente del infante sea maleable y asimile todo lo que observa como una verdad única. Muestra clara es la forma como Hollywood moldeó nuestra percepción en aquella lejana infancia. Gracias a las películas dedicadas a las diferentes guerras, para nosotros no existía nada más abominable que un alemán, sin distingo de sexo, edad o condición social; los japoneses, a quienes llamaban amarillos, eran seres diabólicos sin hígados ni sentimientos; y nombrar a los rusos era lo mismo que convocar al diablo. En cambio el soldado estadounidense era un héroe maravilloso a quien no le entraban las balas, y mucho menos las bayonetas. La falta de discernimiento, aparte de que nadie nos hacía ver la realidad, lograban que todos pensáramos de igual manera.

Ya de adultos, sin darnos cuenta, acogemos la costumbre de aceptar como verdad única cualquier cuento o chisme que escuchamos; siempre, sin excepción, debemos enterarnos de la otra versión del asunto en cuestión. Porque es una muestra clara de parcialidad no darnos la oportunidad de poner ambas versiones en la balanza de nuestra conciencia, para sopesarlas y así tener un veredicto claro y ecuánime. Viene alguien y nos habla pestes de un fulano, que es bandido, degenerado y arribista, y nosotros asumimos el hecho como cierto e irrebatible. Aunque nunca hayamos tratado al sujeto referido ya le tenemos ojeriza y muchas veces, al tratarlo en persona, quedamos pasmados ante la injusticia que cometíamos con él. Son comunes los conflictos entre las personas cuando hay dinero de por medio, lo que no debe influir en nadie diferente a los implicados. Casi siempre, en los negocios, hay uno que se siente tumbado y se dedica a hablar pestes del otro.

Cuántas veces hemos caído en la trampa del amigo que rompe con una relación sentimental, y después de que lo oímos despotricar, le servimos de paño de lágrimas y nos compadecernos de su situación, llegamos a odiar a la mujer, a su familia y a todo lo que tenga que ver con ella. Pero no acatamos que la mayoría de las veces el jodido es él, quien tiene mucha de la culpa, el intolerable y machista que logró espantar a su pareja; detalles de los que nos enteramos sólo al escuchar la otra versión. Lo peor es que un gran porcentaje de esas parejas se reconcilia y queda uno sintiéndose como un zapato cada que debe compartir con ellas.

De manera que nunca debemos juzgar basados en una historia única. Lo prudente es conocer ambas versiones antes de calificar o señalar; a no ser que tengamos pruebas fehacientes, que conozcamos de primera mano, que lo hayamos vivido en carne propia. Y aunque nadie es monedita de oro para caerle bien a todo el mundo, también es cierto que existen unos personajes que francamente no se hacen querer de nadie; personas intolerantes, groseras, irreverentes y resentidas que parecen disfrutar su condición anti social.

Es común que en las empresas quien funge de pagador sea engreído, déspota y repelente, además de creer que le hace un favor inmenso a todo aquel que logra sacar su chequecito; como si fuera plata suya. Entonces quienes deben recurrir a ese despacho le llevan regalos y le lamben con tal de mantenerlo aceitado, lo que no hizo un señor muy decente que no sabía cómo funcionaba el asunto, al llegar a gestionar su pago ante una fulana de nombre Aurora. Después de que la vieja le dio caramelo, le hizo perder varios viajes y lo trató con displicencia, el hombre se salió de los chiros y le soltó esta perla, a todo pulmón:
-El cura que te puso Aurora, no ha visto amanecer negra hijue%&#!.
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miércoles, abril 13, 2011

Pausa y relax.

Para mi gusto el humor fino es el que surge del diario vivir de las personas, ese que brota de la espontaneidad; el comentario oportuno, la salida genial, el suceso risible. Cuentos que para los niños son situaciones normales, pero que para nosotros, los mayores, suenan como genialidades dignas de admirar. A diario nos topamos con este tipo de anécdotas, pero debido a que la mayoría de las personas no acostumbran anotarlas, se pierden en el olvido. Y es una lástima, porque la vida está hecha de estos pequeños detalles. Cuántos momentos maravillosos de la infancia de los hijos suceden en cualquier familia, los cuales ya nadie recuerda por no haberlos dejado registrados de alguna manera; en fotos, en video, como grabación de voz o anotados en una libreta.

Por fortuna adquirí la costumbre de recopilar todos los cuentos que para mi gusto son dignos de repetir, y cada cierto tiempo, como una especie de pausa entre tantas noticias y acontecimientos que nos agobian en este mundo loco, prefiero dedicar una columna a compartir esos hechos que aunque no tienen ninguna trascendencia, no dejan de ser simpáticos.

La vida es una acopio de conocimientos, experiencias y situaciones que poco a poco nos alimentan el disco duro, y con la acumulación de calendarios, cada vez son menos las cosas que logran asombrarnos; me refiero a asuntos comunes y cotidianos, porque los avances tecnológicos sí descrestan al más recorrido. El caso es que nos olvidamos de que los niños ven el mundo desde otra óptica, porque para ellos es novedad lo que para nosotros es sabido. Una muestra de esto le sucedió a una amiga, alguna vez que viajaba por carretera en compañía de sus dos pequeños hijos. En determinado momento se detuvo en un parador del camino y mientras ella compraba lo que buscaba, los muchachitos se fueron a mirar unas vitrinas donde ofrecían diversidad de viandas, entre ellas una provocativa lechona. En cierto momento apareció el menor, que tendría unos 6 añitos, y con los ojos volados de la impresión le preguntó:
-¡Mami!, ¿tú sabías que los marranos, en vez de tripas, están rellenos de arroz?

Y ahora que hablo de acumulación de calendarios, es curioso ver cómo para muchos es difícil aceptar que por nuestra edad ya no somos aquellos jóvenes de ayer, y que los demás nos ven como personas maduras que estamos más cerca de la tercera edad que de aquella juventud perdida. Los hombres vemos a los amigos como a unos pollos y las señoras cincuentonas nos parecen buenísimas; y aunque las sardinas (que ya son mujeres hechas y derechas) también nos desvelan, las preferimos para admirarlas o para echarnos una canita al aire.

Es común que a quienes laboran les hagan encargos desde la casa para que los lleven por la nochecita, y así le sucedió hace poco a un personaje que trabaja en el centro. Se dirigió entonces a un supermercado cercano a su trabajo y aunque el hombre es jovial y vigoroso, porque siempre ha sido deportista y lleva una vida sana y tranquila, ya está canoso y con las arrugas normales que presentan quienes están ad portas de llegar al sexto piso, como decimos coloquialmente. Mientras hacía la compra, el joven que pesa y empaca las verduras, por querer parecer amable, le comentó que si andaba disfrutando de la jubilación; seguro lo confundió con uno de esos pensionados que durante el día hacen mandados para matar el tiempo. Al hombre no le gustó ni cinco el comentario y en tono golpeado le dijo que cuál jubilación, que él trabajaba todos los días, inclusive los sábados. Entonces el muchacho comenta con cierta malicia:
-Pero ya casi ¿cierto?

Va la familia en el carro y de pronto, sin ningún preámbulo, Felipe el niño de 7 años comenta que cuando grande quiere ser bombero. El papá, para darle importancia a lo que dijo el muchachito, preguntó si era que le gustaba el uniforme de los bomberos, si quería que lo llevaran en ese camión rojo y grande con las luces y la sirena encendidas, si soñaba con apagar incendios y echar agua con una de esas mangueras potentes, salvar vidas y demás actos heroicos. El zambo lo mira intrigado y aclara:
-No papi, ¡qué va! Yo quiero ser uno de esos que echa gasolina en las bombas y que siempre anda con un fajo de billetes en el bolsillo.

Un cliente asiduo de una charcutería aquí en Manizales visita el lugar para comprar una botella de vodka, algo de rancho y otros antojos. Después de conversar un momento con el propietario, que es un viejo amigo, hace su pedido y espera mientras lo despachan. Cuando el otro procede a empacar los productos, aprovecha para contarle que le llegó un whisky muy fino y a buen precio. El cliente se interesa y quiere saber la marca, si viene en botella o litro, los años de añejamiento y otros detalles, y al quedar satisfecho con las respuestas decide que también lo lleva. Como el comerciante se dirige hacia la trastienda, al comprador le da mala espina y pregunta si se trata de licor estampillado. El otro voltea a mirarlo y con cierta ironía le pregunta:
-Oíste Chepe… y es que vos te volviste filatelista o qué…
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jueves, abril 07, 2011

¿Racistas nosotros?

En todos los momentos de la historia el ser humano ha visto con malos ojos a quienes no pertenecen a su misma raza. Los romanos generalizaron con el apelativo de bárbaro a todos aquellos que vivieran por fuera de sus fronteras, sin importar que se tratara de pueblos cultos y desarrollados. Es innato en el homo sapiens, desde sus inicios prehistóricos, despreciar a las tribus enemigas y combatirlas para demostrar poder, además de asegurar la continuidad de la especie. Las personas, sin importar cuán humilde sea su origen, siempre tienen como referencia a alguien más vaciado para darse consuelo.

Lo ideal sería que en las sociedades no existieran estratos ni divisiones de clase, pero es difícil erradicar esa costumbre. En la India es imposible para una persona cambiar de casta; si pertenece al último nivel, el de los intocables, no puede, además de que ni siquiera lo aspira, subir uno o varios escalones en la variada gama de castas que conforman esa sociedad. Si nació predestinado a dedicar su vida a limpiar cloacas y letrinas, allí debe cumplir su ciclo vital antes de pasar a otra reencarnación. En eso se basa su existencia, en aceptar el presente con resignación y rogar para que en el futuro tenga mejor suerte.

En sociedades modernas, donde se profesa un socialismo moderado, la clase media ocupa una gran mayoría de la población y por ello no es muy marcada la diferencia de clases; unos pocos pertenecen a la aristocracia y otro tanto son pobres o paupérrimos, pero el común de la gente vive en unas condiciones muy similares. La mayoría de los países desarrollados en la actualidad presentan ese modelo de sociedad, muy distinto a quienes pertenecemos al tercer mundo donde las diferencias son tan marcadas. Un ejemplo claro es nuestro país, donde los ciudadanos están clasificados en 6 estratos según su condición económica.

Y así como el militante del estrato alto no ve con buenos ojos que su vástago se involucre con alguien de uno más bajo, igual sucede con quienes ocupan los demás niveles. El que pertenece al 3 mira por encima del hombro a los de abajo y muchas veces entre los pobres es donde más se marcan las diferencias. Sin embargo, debemos reconocer que el celo por los apellidos y la prosapia es algo que ha perdido terreno, porque para las nuevas generaciones el tema ya no es tan importante. Para nuestros abuelos era inadmisible una relación con alguien de extracción baja; nuestros padres vivían pendientes de saber con quién nos relacionábamos; y hasta nosotros llegó la costumbre de preguntarles a los hijos por la procedencia de sus amistades.

Gente bien, decían nuestros mayores para referirse a alguien de estrato alto; los bogotanos, que por ser de la capital se creen de mejor familia, acostumbran decir gente divinamente; y los antioqueños, que prefieren catalogar por el poder monetario, siempre que hablan de alguien lo relacionan con el grupo económico o la empresa a la que pertenece: ¿vos conocés a Toñolópez, el de pinturas X?; ayer estuve con Laurajaramillo, la de almacenes Y; se lo vendí a Elsatrujillo, la de constructora Z; es hija de Calichearango, el del grupo fulano. Así como al hablar juntan el nombre con el apellido en una sola palabra, se ha vuelto costumbre acomodarle esa especie de segundo apellido que nombra el poder económico que lo respalda.

Y la gente insiste en que no es racista, pero al repasar la sociedad vemos que las minorías tienen muy pocas oportunidades de progresar. Cierta vez mi mamá encontró a su hermana Lucy muy acongojada porque uno de sus hijos le presentó la novia. La muchacha, estudiante pereirana y muy bonita por cierto, era bastante morena y eso a la tía no la convencía del todo, por lo que mi madre, que también la conocía, trataba de tranquilizarla: no te mortifiqués Mona que eso se llama piel canela; fijáte que ahora todas quieren tener ese color que logran a punta de asolearse; agradecé que es una niña muy querida y educada. Entonces Lucy la frena y le dice: mirá Lety, es que vos no la has detallado; con decirte que es de jarrete blanco.

Cuando conocí a quien hoy es mi mujer, por allá en 1972, el círculo social era mucho más estrecho que ahora y todo el mundo se reconocía. Entonces le conté a mi mamá del levante y de inmediato preguntó de quién se trataba, a lo que respondí que era una niña de apellido Morales. ¿Morales? -me dijo mientras abría los ojos como un dos de oros-, ¡pero esa gente no es de por aquí!; porque al único que conozco con ese apellido es a Otto Morales, y es un negro de Riosucio (por cierto, ese distinguido caldense fue amigo de mi mamá en su juventud y hasta llegó a cortejarla). Entonces le explico, para tranquilizarla, que era una familia recién llegada de Bogotá y que por cierto mi suegra era viuda y vuelta a casar con un señor de apellido Martínez. Ahí se puso más arisca porque el apellido tampoco le era familiar, aunque después de unas pocas averiguaciones quedó tranquila con la prosapia de la nuera.

Toda la vida nos advirtió: cuidadito se me aparecen a la casa con una grilla.
pamear@telmex.net.co

martes, marzo 29, 2011

Carreteras de herradura.

Viajar por carretera en nuestro país se complica cada vez más, porque la red vial es casi la misma de hace cincuenta años mientras el número de vehículos que la transita aumenta en forma exagerada. Los indígenas que habitaron este territorio trazaron caminos para desplazarse entre las diferentes regiones, muchos de ellos empedrados con lajas que trasladaban desde las canteras; hoy aún existen algunos que son disfrutados por caminantes, ciclistas o caballistas. Cuando llegaron los conquistadores aprovecharon estas vías para desplazarse, lo que facilitó en muchos casos su continuo trasegar por valles y cordilleras. Siglos después, arrieros y recuas fueron los encargados de mover la economía del país por los nuevos caminos de herradura, abiertos para tal fin.

Durante nuestra niñez soñábamos que en el año 2000 todo sería como en las películas de ciencia ficción; era común en las conversaciones aludir siempre al tema y cada quien comentaba su visión futurista. Asegurábamos, con total convicción, que para entonces existiría un túnel que comunicaría a Manizales con Mariquita y que después del recorrido por su interior, saldríamos al valle que rodea al río Magdalena. Nunca pensamos en la diferencia de altura entre los dos puntos, ni en ningún otro detalle técnico, porque para el siglo XXI todo sería posible.

Pues moriremos engañados porque no estamos ni tibios. Con justificado escepticismo nos enteramos acerca de proyectos viales que hablan de maravillosas obras de infraestructura, las cuales mejorarían un poco el desastroso estado de las vías colombianas. Doble calzada de Bogotá a Santa Marta; otra que dizque unirá la Capital de la República con el puerto de Buenaventura; nuevos trazados y autopistas en Antioquia, como la que planean para unir a Santa Fe de Antioquia con Puerto Valdivia, por el cañón del río Cauca, y así recortar de forma considerable el recorrido hacia la costa Atlántica; y ahora hablan de un trazado nuevo para darnos una salida al valle del Magdalena. Como dice el populacho: ¡viéndolo!

En el puente de marzo me fui de paseo a un lugar cercano a Girardot. Las opciones para viajar son la carretera conocida como La Línea, que une a Armenia con Ibagué, o salir por la vía al Magdalena y al llegar a Mariquita, seguir hacia Ibagué. Resolvimos esta última porque al menos el tráfico pesado es mucho menor, ya que por la otra vía transitan los camiones que viajan entre Bogotá y Buenaventura; claro que no se libra uno del todo de la congestión, porque el recorrido entre Ibagué y Girardot es complicado y estresante. Unos 25 kilómetros de doble calzada ya están habilitados y la pregunta que me hago es, si se demoran tanto para adelantar los trabajos en el plan, que es la parte fácil, cómo irá a ser cuando deban atravesar las cordilleras central y occidental para llegar al puerto marítimo.

Como el clima estuvo seco hasta pocos días antes del puente festivo viajamos sin pensar en ese inconveniente, pero la víspera del regreso empezó a llover el domingo a media noche y escampó el lunes por la mañana. Después de averiguar por el estado de las vías resolvimos devolvernos por una ruta que comunica a Girardot con Cambao, sin tener que ir hasta Ibagué, carretera que fluye paralela al río Magdalena y que es poco transitada porque hasta hace unos años la guerrilla dominaba esos territorios. Pues ahora creo que los bandoleros no se fueron de la región porque los combatió el ejército, sino porque se aburrieron. No hay dónde arreglar una llanta, comprar una gaseosa, entrar a un baño o comerse una empanada.

Qué sitio más abandonado y triste. Y aunque los paisajes son espectaculares, los pueblos y caserío son infames; por allá se muere un mico de tedio. El gobierno olvidó esa carretera y el paso del tiempo se encargó de acabar con ella; huecos inmensos y profundos, la maleza se cierra sobre la calzada y llega a convertirla en un solo carril, el barro rueda de la montaña en algunos tramos hasta borrar la capa asfáltica, y hay unos negativos que muy pronto se comerán toda la banca.

De Cambao al antiguo Armero la carretera tiene unos rotos muy peligrosos, por lo rápido que se transita, y luego hasta Mariquita sigue una vía en buenas condiciones. En la subida a Fresno encontramos mucho tráfico liviano debido al cierre de La Línea, aunque por fortuna había restricción de camiones. Después de Padua empezó a llover y apareció la neblina, lo que atortola a quienes no conocen la carretera y puede notárseles el susto en la forma como manejan. Ya en La Esperanza se largó un aguacero fenomenal y empezó a chorrear agua de la montaña; los taludes que han peinado para cortar curvas parecían derretirse y las quebradas empezaron a subirse a la carretera. Piedras, palos y barro dificultaban el paso y ni modo de devolvernos, porque atrás estaba peor. Terrorífico escenario el que vivimos.

Por fin llegamos a Potro Rojo y cuando creímos haber coronado, nos topamos con el cierre de la vía por la avalancha en Maltería; ahí el viaje se alargó en una hora. De manera que quienes planean pasear en Semana Santa deben esperar a ver cómo se maneja el clima, porque de seguir así, viajar por carretera se torna incierto y peligroso.
pamear@telmex.net.co

martes, marzo 15, 2011

Pena ajena.

Se ha vuelto costumbre utilizar esta expresión para referirnos a algo que le sucede a otra persona y sin embargo lo consideramos como propio, sin importar que el implicado sea un desconocido. Puede tratarse de metidas de pata, actos bochornosos, enredos, imprudencias, embarradas, actos delictivos, salidas en falso o cualquier otra situación que produzca malestar o incomodidad, los cuales asumimos en carne propia y por ello decimos que nos producen pena ajena. Si el involucrado es alguien conocido, un amigo, vecino, pariente o así sea un simple coterráneo, entonces el sentimiento y la incomodidad que sentimos son aún mayores. Sin importar que uno esté totalmente desvinculado del hecho y así no tenga velas en el entierro, no deja de sentir malestar ante una situación que considera anormal o reprochable.

Desde sus inicios Manizales ha sido reconocida en el ámbito nacional como una ciudad habitada por gentes conservadoras, chapadas a la antigua y pacatas, pero de igual manera se ha dicho que sus habitantes son personas cultas, distinguidas y sobre todo muy honestas. Aquellos primeros colonizadores se caracterizaron por ser muy religiosos y en todas las casas era obligado el rezo del rosario antes de irse a dormir. Las mujeres dedicaban su existencia a las labores del hogar y eran educadas durante la infancia y adolescencia para que desempeñaran a la perfección ese destino, mientras los varoncitos desde muy jóvenes debían ayudar a sus padres en las labores del campo. Su única diversión eran las fiestas patronales, en las que daban muestras de devoción y compromiso con la iglesia.

Esa bonhomía de aquellos primeros habitantes de nuestro terruño se fue heredando a través de las generaciones, y es así como recordamos con nostalgia que hasta la época de nuestros abuelos muchos negocios se hacían de palabra, sin necesidad de testigos o notarios que avalaran el trato. El compromiso era sagrado, la honestidad una constante y el honor se defendía con la vida. Podrían tacharlos de camanduleros, montañeros y godos, pero nadie dudaba que fuera gente sana, amante de la cultura y las buenas costumbres.

Y aunque todavía hoy nos tildan de tradicionales y mojigatos, todos esos apelativos son pálida sombra ante la fama que hemos ganado en los últimos tiempos, gracias a unos pocos oportunistas que decidieron enriquecerse a costa de los dineros públicos. Desde aquella época infausta del tan mentado “Robo a Caldas”, que por inmoral y aberrante perdura en la mente de los colombianos, políticos y funcionarios se han encargado de situar a nuestro departamento en el ojo del huracán, en cuanto a corrupción se refiere. Antes en nuestro país se tenía como modelo de la trampa y la marrulla a los políticos costeños, pero para nuestra desgracia ese estigma ha sido endilgado a nuestro terruño, gracias a los repetidos escándalos que se producen en Manizales y Caldas.

Pena ajena es lo que siento cuando recibo la llamada de amigos que viven en diferentes ciudades del país y del exterior, para preguntar que cómo es la cosa, que si es cierto esto o aquello, que no pueden creer que fulanito ande en esas, que cuente bien cómo es el batido, que están abismados con semejantes cuentos. Y no me queda más que aceptar lo innegable, confirmar los vergonzosos hechos, repetir lo que dicen la prensa y los organismos de control, ratificar las condenas e investigaciones. Me sucedió de manera reiterada durante la legislatura anterior, cuando nuestro departamento quedó con representación mínima en el Congreso porque casi todos los senadores y representantes terminaron en la cárcel, o debieron renunciar debido a investigaciones que los comprometían. Y los dos más recientes gerentes de la Industria Licorera de entonces encanados, y ex-alcaldes suspendidos y procesados, y hasta el gato untado de una u otra manera.

Peor todavía si los señalados son allegados, conocidos, amigos o familiares. Porque es mucha la fuerza que uno hace para que cumplan con su deber, para que no den de qué hablar, para que salgan con la frente en alto de sus cargos. Y entonces la gente reclama y dice que por qué no aprovechar esta oportunidad de tener una tribuna pública para denunciar a los corruptos, pero nadie tiene pruebas, ninguno pone la cara, todo es me dijeron, oí por ahí, me enteré, se rumora, comentan. Me piden revelar que fulano exige comisión en los contratos, y quien denuncia dice que le contó peranito que la sobrina de mengano, supo que al hijo de zutano le pidieron plata por adjudicarle un contrato. Si el ofendido tiene un video, una grabación o cualquier prueba fehaciente, vaya y venga, pero es muy trabajoso denunciar a alguien simplemente porque el cuento está en boca de todos.

Manizales es una ciudad pequeña, con una sociedad cerrada, donde se sabe qué tiene cada quien, en qué trabaja, cuánto se gana. Le conocen la historia familiar, si la mujer tiene plata, si heredó fortuna, qué negocios maneja y quiénes son sus socios. De manera que no es fácil enriquecerse de la noche a la mañana. Cada quién sabrá si puede vivir con la conciencia manchada, si sus padres, hermanos y familiares cercanos merecen el escarmiento público por su culpa, si no le importa que los hijos algún día se enteren de sus andanzas. Personalmente, prefiero apegarme al dicho popular: “pobre pero honrado”.
pamear@telmex.net.co

martes, marzo 08, 2011

Cine predecible.

Espero que no me toque vivir el momento en que resuelvan producir todo el cine con esa nueva modalidad computarizada. Por medio de la tecnología de punta combinan actores de carne y hueso con imágenes virtuales, además de que no hay en las películas ni una toma en vivo, sino que todo se reproduce por medios electrónicos. Y cada vez son menos los artistas que aparecen en ese tipo de cine, porque ya en muchas películas los participantes, principales y extras, son en su totalidad animados. Todavía recurren a algunos famosos para que aporten sus voces a los protagonistas virtuales, pero muy pronto dejarán de hacerlo porque también lograrán reemplazarlas con la magia de la cibernética.

Imagínese lo que se ahorran al realizar toda una cinta fílmica en un estudio, sin tener que pagar los altos costos que cobran los artistas famosos ni verse obligados a buscar locaciones y montar escenarios. Peinarle los moños a los actores más reconocidos debe ser desgastante y oneroso, y la parafernalia para desplazarse a diferentes países o lugares apartados también genera unos costos bien significantes. En cambio la computadora puede con todo y no existe situación imaginable que no se pueda reproducir.

A pesar de que me hablan bellezas de ciertas películas de ficción o dibujos animados, nunca me han gustado. Ni la Guerra de las galaxias, El señor de los anillos, el Hombre Araña, Transformers, Shrek o Avatar. Cuando veo en los comerciales los ejércitos de robots, las naves espaciales, los animales que conversan y unos alienígenos muy sabiondos, pienso que mejor no le jalo al asunto. También soy enemigo del cine comercial, ese que miden por la taquilla recaudada y que a su alrededor se monta un gran mercadeo de suvenires, accesorios, prendas, juguetes y demás pendejadas. En general, las películas hechas en Hollywood no son de mi agrado; prefiero el cine independiente.

Los gringos tienen unos clichés que no han podido abandonar con el paso del tiempo. Siempre, cuando un carro va a explotar porque le pusieron una bomba, la cámara hace un acercamiento del suiche al momento de accionar la llave; a todos los vehículos en los edificios de parqueaderos les chirrean las llantas, así vayan despacio; cuando en alguna toma alguien ve televisión, sin falta se trata de una película vieja, en blanco y negro; nunca comen o beben lo que les sirven; y al insistir y detenerse en una toma es porque se trata de algo que tendrá trascendencia en el argumento. Y siempre hay entre los malos uno con buenos sentimientos, con el que el público se encariña, pero que sin falta muere al final de la cinta.

De Europa me gusta mucho el cine francés, alemán y español; disfruto el latinoamericano con preferencia por el mejicano y argentino; películas chinas y japonesas también hay muy buenas y en general de diferentes países del mundo aparecen de pronto unas producciones interesantes. Se diferencian del cine gringo en que son más lentas, con argumentos simples y cotidianos, sin tantos héroes ni personajes invencibles. Me intereso más por películas que participan en festivales como el de Berlín, San Sebastián, Cannes o Sundance, porque lo del Oscar me parece un show mediático, intrascendente y farandulero.

Me regalaron el libro Mi último suspiro, de Luis Buñuel, donde desde el primer renglón el viejo advierte que como él no sabe escribir, le pide el favor a un buen amigo para que plasme en el papel sus recuerdos y pensamientos. Un relato delicioso, ameno e interesante que cubre desde su nacimiento, en 1900, hasta un año antes de su muerte en 1983, y en el que recrea todos los pormenores de una vida intensa y fructífera. Dice Buñuel que se animó a hacer cine cuando vio El Acorazado Potemkin, película de cine mudo dirigida por el ruso Sergei Eisenstein y rodada en 1925. Por curiosidad me fui a Google y ahí la encontré, y además pude verla completica; después, cada que en el libro mencionaban una película del cineasta podía disfrutarla. La magia de internet.

Siempre he dicho que el cine de Hollywood es previsible y Buñuel lo confirma. En los años 50 fue contratado como observador de uno de los grandes estudios y en cierta ocasión le hablaron de un guión que tenían escogido para una próxima producción. Cuando le explicaban el argumento, el español interrumpió para decir que ya imaginaba cómo terminaba, a lo que respondieron que era imposible porque se trataba de un texto inédito. Aunque era media noche, invitó al otro a que visitaran a un amigo que vivía cerca y con quien desde hacía un tiempo practicaba un juego que entre ambos habían inventado; consistía en unos ficheros donde uno de ellos exponía las características de una película y el contrincante debía adivinar cómo terminaba. Entonces Buñuel procedió a relatar a su amigo el principio del argumento, lo que bastó para que el otro sentenciara cómo se desarrollaba y cuál era el final. El norteamericano no podía creer lo que oía y quedó convencido de que esos españoles de alguna forma ya conocían el guión.

Hoy en día con un buen televisor y un teatro casero, vemos el mejor cine desde la comodidad de la cama, cobijados hasta la cumbamba y con el botón de pausa a la mano por si cualquier eventualidad.
pmejiama1@une.net.co

miércoles, marzo 02, 2011

Nostalgia del centro.

Cursé quinto de primaria en el colegio Nuestra Señora, en la carrera 24 entre calles 19 y 20, y todos los días me trasportaba en bus urbano con mi hermano Ardilla (su nombre era Fernando, aunque así no le decía nadie porque desde chiquito era como una ardillita: inquieto, despierto y muy hábil con las manos. Yo era un año mayor que él y murió hace dos décadas, por la simple picadura de un zancudo). Salíamos del colegio como a las 4 de la tarde, bajábamos una cuadra y al frente del Palacio Arzobispal, por la carrera 23, vivía nuestra abuela paterna Teresita Restrepo, Tita; ella nos daba plata para que le compráramos la parva en La casa del pan, una panadería que funcionaba en los bajos del Palacio. Subíamos de nuevo y nos servían el algo: un chocolate que amasaban con especies y por lo tanto sabía delicioso, acompañado de pan recién horneado. ¡Qué aromas aquellos!

Luego la abuela nos advertía que esperáramos el bus en el paradero que había al frente y que ella nos echaba ojo desde la ventana, para que no nos fuéramos por ahí a callejear. Nos recostábamos contra el edificio y de reojo mirábamos si la viejita todavía nos espiaba, y cada que paraba un bus, hacíamos amago de montarnos pero con señas le dábamos a entender a nuestra guardiana que estaba muy lleno y que mejor esperábamos el próximo. La táctica nunca falló porque al rato la abuela se jartaba y en el primer descuido salíamos disparados para echarnos la caminada por la carrera 23, donde disfrutábamos al mirar las vitrinas mientras degustábamos algún mecato.

En las primeras cuadras no había nada interesante, pero en la esquina de la calle 22 nos arrimábamos a la vitrina del almacén Bebé, porque aparte de artículos para recién nacidos siempre había triciclos y algunos juguetes muy llamativos; ahí también paraban los buses urbanos y si empezaba a llover, aprovechábamos para embarcarnos. Luego debíamos estar alertas porque en muchos almacenes conocían a nuestro padres y sin nos veían deambular solos, seguro les iban con el cuento.

Entonces pasábamos rapidito por el almacén Vanidades, pero en El Artístico sí nos deteníamos porque era la mejor vitrina del centro. No faltaba un animal disecado, colecciones de carritos, navajas, estilógrafos finos, llaveros y artículos de muy buen gusto. Aunque debíamos tener cuidado porque mi papá era asiduo visitante por su amistad con Evelio; mucha gente creía que eran hermanos por su parecido físico, el mismo apellido y cierta tendencia a hacer mala cara. Además, al frente quedaba el negocio de Aurelio Restrepo y esa era otra parada obligatoria de nuestro padre.

En la próxima esquina, al frente del Club Los Andes, don Efraím Ángel vendía sus telas y como el señor vivía frente a nuestra casa, en La Camelia, también nos podía aventar. Otro sitio que mi papá frecuentaba a diario era La Colmena, el negocio de su gran amigo Antonio Llano; detrás del mostrador siempre estaban Toño y Josefina. Por lo tanto, para pasar desapercibidos, cruzábamos la calle y nos metíamos a La Suiza, para comprar los famosos “esquimales”, que eran una especie de helado forrado con chocolate y venían envueltos en papel mantequilla; absolutamente exquisitos. Milhojas y acordeones también eran pasteles muy apetecidos por nosotros.

Luego nos deteníamos a ojear discos en el almacén Long Play, en un local del edificio Esponsión. Seguíamos adelante frente al Club Manizales, al almacén Van Ralte, la cafetería Dominó y en la esquina de la 27, después de cruzar la calle, había otro paradero de buses. Al frente vendían unos pasteles de piña deliciosos, en el restaurante chino Toy San, en los bajos de la casa de don Adán Delgado. A veces no comíamos nada en el trayecto y preferíamos esperar hasta Míster Albóndiga, en la esquina de la calle 29, donde ese alemán mal encarado, que era más serio que un tramposo, vendía aquellas primeras albóndigas que todavía hoy ofrecen en varios negocios, aunque ninguna iguala a las originales.

Frente al Parque de Caldas quedaba el almacén de don Benjamín López, el paraíso para cualquier niño, porque vendían todo lo que uno podía llegar a desear. En la siguiente esquina esperábamos el bus, que sólo se detenía en los paraderos establecidos, y llegábamos a la casa satisfechos, además de que mi mamá nunca preguntaba por qué nos habíamos demorado. Entonces no era peligroso visitar el centro, no había atracadores ni prostitutas, y los transeúntes caminaban tranquilos por las aceras; nada de ventas ambulantes y los negocios eran atendidos por sus dueños, comerciantes ilustres. Qué pensarán todos estos viejos hoy, los que están con nosotros y los que se fueron, al ver el mercado persa y el garito de mala muerte en el que se convirtió ese entorno.

De todos los negocios nombrados el único que existe, aunque en local diferente y ahora con sucursal en la zona rosa, es la pastelería La Suiza. Eso sí es perseverar: mi relato data de hace más de 40 años y el señor Rodolfo Lendi sigue ahí, al pie del cañón, con los mismos productos y sin rebajar un ápice en la calidad. Estamos en mora los manizaleños, y FENALCO en especial, de hacerle a este suizo laborioso y simpático el homenaje que se merece.
pamear@telmex.net.co

martes, febrero 15, 2011

Es sólo una utopía.

En 1314 murió el Papa Clemente V y a partir de entonces el Trono de San Pedro entró en un interregno de 2 años, porque en un cónclave reunido en la ciudad de Carpentras los cardenales no llegaron a un acuerdo debido a que estaban divididos en italianos, gascones y franceses, y cada grupo quería imponer su candidato. El rey Felipe V de Francia estaba interesado en que el nuevo Papa fuera oriundo de su país, por lo que después de maniobras diplomáticas logró reunir a los 23 cardenales existentes en Lyon para dar comienzo al cónclave que elegiría al nuevo jerarca católico.

La idea del rey galo era mantener la sede del papado en Aviñón y que el escogido sirviera más a sus intereses que a los de la iglesia, por lo que debió hacer uso de todo su ingenio para que esta vez no sucediera lo mismo de la última convocatoria: que los purpurados no encontraran un candidato que copara las expectativas de todos los asistentes. Debido a intrigas políticas reinaba un verdadero caos entre los cardenales convocados y todos buscaban la forma de dilatar el proceso, por lo que el rey Felipe debió tomar medidas extremas que aseguraran el éxito de la convocatoria.

El lugar de reunión era un antiguo monasterio y cuando todos los prelados estaban allí alojados, en compañía de secretarios, sirvientes, pajes, amanuenses y demás personas a su servicio, ordenó levantar tapias en todas las salidas del edificio e informó a los interesados que nadie abandonaría el lugar hasta tanto no hubieran nombrado al sucesor de Clemente V. Para efecto de proveerlos de comida, bebida y demás artículos de primera necesidad dejaron unas troneras por dónde ingresar los productos, y la razón del rey fue que más les valía ponerse de acuerdo si no querían pasar allí mucho tiempo.

El cardenal francés Jacques Duèze estaba amangualado con su majestad para poner en práctica una estrategia que al final surtió el efecto esperado. En ese tiempo el religioso tenía 67 años, edad muy avanzada para la época, y desde los primeros días del encierro empezó a mostrar signos de debilidad que hacían suponer que no duraría mucho después de la penosa experiencia. El rápido deterioro del purpurado francés no pasó inadvertido para sus colegas, por lo que muy pronto empezaron a planear una maniobra que al menos los sacaría de allí lo más pronto posible: elegían al viejo Jacques, el cual suponían iba a durar muy poco en su cargo, y después buscarían la forma de dilatar el proceso del nombramiento del próximo sucesor.

Fue así como se dio su consagración, el 5 de septiembre de 1316, donde tomó el nombre de Juan XXII y procedió a ejercer el papado en Aviñón, para satisfacción de su padrino el rey. Con lo que no contaban sus compañeros fue que muy pronto recuperó la salud y ejerció su pontificado durante 18 años, hasta su muerte en 1334. La marrullería no es un invento de ahora.

Al recordar este suceso histórico me viene a la cabeza una idea, que aunque utópica, no deja de gustarme. Con este asunto del aeropuerto de Palestina, que cada día se torna más enredado, deberíamos convocar a una reunión urgente a todos aquellos que de una u otra manera tienen velas en ese entierro: los alcaldes y ministros que correspondan, el gobernador, el gerente actual y los anteriores, los españoles, director de Aerocivil, ingenieros y profesionales que hayan intervenido en la obra, dirigentes cívicos y gremiales, críticos y defensores del proyecto, etc.

Después de que los tengamos a todos reunidos en un auditorio les aplicamos la misma medicina del rey Felipe V, con la advertencia que puede presentarse cualquier situación urgente en el exterior, pero de allí nadie sale hasta que nos digan a los ciudadanos cuál es la realidad del aeropuerto, cómo van a conseguir los recursos, cuándo va a aterrizar el primer avión, quién tiene la razón en las diferentes acusaciones que se hacen a diario, por qué los españoles nos siguen dando caramelo con el aporte que prometieron hace tantos años, qué esperan para iniciar las vías que conducen al lugar, cómo se prepara la zona para el cambio que viene… mejor dicho, preguntas es lo que hay.

Pero que no crean que con promesas y compromisos van a conseguir su libertad. Nada de eso. Quien se comprometa con partidas que entregue los cheques posfechados, los permisos correspondientes deben quedar listos, la duda de si los terraplenes están bien o mal hechos debe quedar aclarada, los contratos a futuro adjudicados y firmados, todas las decisiones tomadas, y cualquier asunto que ataña al tema, finiquitado y avalado por quien corresponda.

Si pasan los días y no hay resultados positivos, que les prohíban facebook, el correo electrónico, el Ipod, teléfono celular y demás juguetes electrónicos. Y para que se apuren, a toda hora verán en pantallas gigantes espectáculos como conciertos de Gali Galeano, conferencias del padre Gallo, maratón de chistes de Ordoñez, Laura en América, La tigresa del oriente (peruana, véanla en Youtube), la novela de Marbel o el comercial de Ricostilla. Y no sobra advertirles: quien vuelva a decir que el aeropuerto estará listo a finales de este año, o el próximo, que le corten la lengua por embustero.
pamear@telmex.net.co

lunes, febrero 07, 2011

Qué basurero tan…

El ser humano va a terminar su existencia ahogado por las basuras. Con la aparición de los artículos desechables ha aumentado de manera considerable el volumen de basura que se recopila en cualquier hogar; y lo más grave es que todos esos productos están fabricados con elementos altamente contaminantes, los cuales necesitan mucho tiempo para que sean absorbidos de nuevo por el planeta. Los plásticos, el icopor, los envases de polietileno tereftalato (PET), los de aluminio, lo llamados tetrapack y los de vidrio, baterías de todo tipo, aparatos electrónicos y muchos ejemplos más, necesitan cientos de años para descomponerse en un proceso natural biológico.

Lo triste del asunto es que basta con que la gente tome conciencia de la cultura del reciclaje, para que todos esos materiales nocivos para el ambiente presten el mismo servicio en varias oportunidades, sin tener que acumularse en los botaderos. Si al momento de tirar una lata de cerveza, una caja de leche, las bolsas de plástico donde nos empaca la compra o los platos de icopor, le damos a esos desechos el trato correspondiente, pueden llegar de nuevo al sitio indicado donde los aprovechan como materia prima. El proceso empieza en los hogares, oficinas, establecimientos comerciales y en todo lugar donde se generen desechos, que debe tener disponibles varios recipientes para recolectar en ellos los diferentes tipos de basura.

De verdad me aterro cuando veo a alguien tirar basura a la calle y se me va la lengua para decirle que se le cayó algo, que lo recoja, pero en esta sociedad actual se arriesga uno a toparse con el lava perros de cualquier mafioso y el guache es capaz de meterle un balazo por sapo y por metido. Se me salta la piedra cuando en el carro que va adelante avientan latas o los talegos del mecato por las ventanillas, y ni hablar de la desazón que produce ver a un gamín que escarba en las bolsas de basura y deja todo su contenido regado en la calle. Aplaudo la iniciativa de la administración municipal al implantar el Comparendo ambiental, aunque me parece difícil aplicar multas a un habitante de la calle que ni siquiera tiene zapatos.

Ojalá copiaran la idea en la isla de San Andrés, donde la basura se amontona en las calles sin parecer importarle a nadie. En el recorrido que da la vuelta a la isla, en el costado occidental, da tristeza ver las orillas de la carretera cubiertos con todo tipo de basuras; además de la cantidad de edificaciones en ruinas, antejardines cubiertos por la maleza y un abandono que no se justifica en semejante paraíso tropical.

Todos nos cogemos la cabeza ante la arremetida del invierno, pero no logramos columbrar que es debido a que el planeta nos la está cobrando. Tanta cantaleta de los ambientalistas que insistieron hasta el cansancio en el problema que se nos venía encima, pero pensamos que eso era para después, que seguro no nos tocaría a nosotros. Y adelantamos campañas, nos damos golpes de pecho y aceptamos que debemos defender bosques, fuentes de agua, páramos, fauna y flora, y todo lo que tenga que ver con al medio ambiente, pero el impulso nos dura poco. Sí, tenemos que hacerlo, pero empezamos mañana o la semana entrante o el año que viene.

Cuántos de nosotros, por ejemplo, tenemos una bolsa reutilizable para cargar la compra en el supermercado. Porque hay que ver la cantidad de talegas plásticas que utilizan los muchachos encargados de empacar; dos cebollas en una, tres tomates en otra y la lechuga aparte, y así todos los productos empacados por separado. Luego reúne varias talegas en otra más grande y cuando son frascos o productos pesados, refuerza el empaque al ponerlo doble. El resultado es que al desempacar el mercado en la casa resulta una verdadera montaña de plásticos.

Quedé impactado al ver, en un documental de televisión, una isla flotante de basura que se formó entre la costa oeste de Norteamérica y Hawái. En ese lugar convergen varias corrientes marinas y por ello los desechos contaminantes se acumulan y parecen atrapados en un inmenso remolino. La isla de basura tiene el tamaño de la península ibérica, además de que son aterradoras las cifras que calculan los biólogos marinos de las miles de especies que mueren al año por consumir plásticos y demás residuos.

Y aunque somos conscientes de que los combustibles fósiles son un atentado contra el ambiente, dependemos de ellos sin importar que ya existan diferentes opciones de energía. Cómo podemos ser tan estúpidos los seres humanos, que permitimos que unos pocos se lucren de un negocio que tiene al planeta enloquecido y a punto de colapsar.

No les alcanzará el tiempo a quienes habiten este tierrero en el futuro para maldecirnos, y con toda la razón. Porque les cortamos la posibilidad de disfrutar del agua, de las montañas, los árboles y los animales. Cuando los polos se derritan, el aire sea irrespirable, los rayos del sol nocivos y el océano un muladar, nos recordarán la mama a diario. Es inaudito que no sea suficiente que sepamos que quienes sufrirán las consecuencias serán nuestros descendientes.

Me temo que el nombre de medio ambiente se debe a que ya nos gastamos la otra mitad.
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