Siempre hemos dicho que es mejor prevenir que curar o que la seguridad es mejor que la policía. Ojalá estas máximas se cumplieran en nuestro medio, pero el subdesarrollo, la mala educación, este desorden que nos caracteriza y sobre todo la falta de plata, hacen que dichas intenciones se queden en simples quimeras. Un ejemplo claro es la salud pública, cuya atención básica no incluye tratamientos preventivos y cuando el paciente logra acceder al especialista, ya está podrido.
Las autoridades viales adelantan campañas para prevenir la accidentalidad y en los puentes festivos presentan los resultados de las mismas en base a la cantidad de muertos que hay en las carreteras. Es inaudito que aquí sea necesario castigar al infractor con multas, sanciones y retenciones del vehículo para que cumpla unas normas que apuntan directamente a salvar su propia vida y la de sus pasajeros. Cómo es posible que a la gente la tengan que multar por no utilizar el cinturón de seguridad. Es de simple sentido común entender que ante cualquier choque o voltereta, la integridad de las personas que ocupan el vehículo siniestrado sufre doblemente si no se acatan las normas de seguridad.
Y qué tal los motociclistas que en carretera cargan el casco protector colgado del brazo, dizque porque esa vaina acalora mucho, y solo se lo encasquetan al acercarse a una población; igual procede la parrillera, con el agravante que el mocoso que viaja en sándwich entre los dos, tampoco lleva ninguna protección. Otros buscan pasarse la norma por la galleta al utilizar un simple casco de beisbolista, el cual ni siquiera aseguran a la barbilla para mantenerlo en su sitio en caso de sufrir un accidente. Se pegan un lamparazo y el improvisado casco sale disparado con el impulso, motivo por el cual no cumple con su cometido de proteger. Cómo puede entenderse que haya que castigarlos para que no se maten, y lo más inaudito, que los infractores crean que le meten un gol al policía cuando este supone que utilizan el equipo adecuado.
El manejo de cualquier vehículo requiere los cinco sentidos de quien lo conduce. Aquel que se toma unos pocos tragos asegura que está en condiciones de manejar, pero los estudios han demostrado que los reflejos y la atención disminuyen en forma considerable. Antes reconvenían al borracho conductor, después implantaron multas, luego procedieron a retenerle la licencia por un tiempo determinado, dependiendo del grado de alcohol que presente el transgresor, y en la actualidad el asunto se puso más serio porque en caso de resultar víctimas fatales por culpa del conductor alicorado, este puede ir a prisión, no excarcelable, a purgar pena de 6 a 10 años.
Cómo habrá que explicarle a la gente que el peligro de hablar por celular mientras maneja no radica solo en que debe destinar una mano para sostener el aparato. No, lo grave del asunto es que un gran porcentaje de la atención del conductor está dedicada a atender el asunto que lo ocupa al teléfono, atención que debería destinar única y exclusivamente a transitar sin riesgos para él y para los demás. De manera que el cuento del manos libres tampoco exime la posibilidad de causar un accidente, aunque al utilizarlo no podrá ser multado el conductor ni tendrá que utilizar uno de sus brazos para tal menester. Un ejercicio simple para demostrar esa teoría es que un día cualquiera, sin planearlo con anterioridad, al colgar la llamada trate de recordar detalles del tramo que acaba de recorrer. Seguro no va a tener claro qué ruta siguió, cuántos semáforos estaban en rojo, si había algún obstáculo en la vía o cualquier otro detalle.
Si la persona espera una llamada urgente mientras conduce su carro basta con orillarse y contestar, o simplemente espera hasta llegar a su destino para mirar las llamadas perdidas y proceder a devolverlas. Así de sencillo. Y ahora que los aparatos traen, además de todos los perendengues, servicio de internet, los conductores requieren de ambas manos para teclear con sus pulgares mientras atienden el correo electrónico, chatean o navegan por la red. Por ello cuando un policía le clave una multa por esa infracción, piense que de no haber caído en el retén, pudo haber atropellado una persona en la cuadra siguiente.
Tengo una amiga que cuando viajo con ella lo primero que hace es acomodarse el audífono del manos libres. Entonces empieza a conversar con Raimundo y todo el mundo, mientras por el espejo retrovisor atiende a sus hijos que desde el asiento de atrás se pelean por acaparar la atención de la mamá. Como no me doy cuenta en qué momento marca el teléfono, muchas veces cuando ella le pregunta a su interlocutor telefónico ¿y qué más?, empiezo a conversarle para responder hasta que me percato de que la cosa no es conmigo. A los cinco minutos sucede de nuevo, pero al revés, y entonces paso por maleducado al no contestarle.
La prueba reina de que el celular distrae es cuando el conductor que va adelante zigzaguea, cambia bruscamente de velocidad, duda en las intersecciones, transita por la mitad de la vía y ocupa ambos carriles, y en general comete muchas chambonadas, y al adelantarlo vemos que se trata de una señora, o de un tipo que habla por celular.
pmejiama1@une.net.co
lunes, febrero 22, 2010
lunes, febrero 15, 2010
A difundir el mensaje.
Es difícil erradicar una idea preconcebida de nuestra mente y necesitamos conocimientos, pruebas y ejemplos para lograr cambiar la imagen que tenemos de cualquier cosa. Por eso al oír hablar de Beirut, Sarajevo, la Franja de Gaza o Chechenia de inmediato relacionamos dichos lugares con ruinas acribilladas por disparos y explosiones, vehículos incendiados en las calles, barricadas con milicianos armados hasta los dientes y una población civil aterrorizada. De igual manera, en cualquier lugar del mundo imaginan a Medellín como la muestran los documentales y películas que han querido retratar la vida de las comunas: viviendas proletarias apiñadas en una ladera, sicarios en moto que siembran el terror, humildes familias que tratan de sobrevivir y en general un ambiente de pobreza y subdesarrollo absolutos. Lejos están de saber que dichos sectores pertenecen a una ciudad moderna y hermosa; con parques, museos, grandes edificios, zonas verdes, hoteles y centros comerciales que se comparan con los de cualquier metrópoli del mundo.
Por ello causa gran preocupación la visión que tiene la comunidad internacional respecto a los grupos guerrilleros que operan en nuestro territorio. La verdad es que la imagen del guerrillero idealista y romántico que lucha por una causa justa, y combate al tirano desalmado y totalitario, es como un genérico para todos aquellos que dedican su vida a la lucha revolucionaria. Los partisanos que hostigaron a los ejércitos en Europa; la figura del Che Guevara es reconocida y admirada por todos, y sus hazañas épicas lo convirtieron en un mártir de la historia; los tupamaros y montoneros que lucharon contra los dictadores en Uruguay y Argentina; Edén Pastora, “Comandante Cero”, quien combatió al sanguinario Somoza en Nicaragua; el Comandante Marcos, de la región de Chiapas en México, con su pasamontañas y la pipa que le da un aire de intelectual, son personajes que la historia a convertido en héroes sin distingos ni excepciones.
Mi sobrino estudia en la Universidad de Buenos Aires, que por ser gratuita acoge en sus aulas estudiantes de diferentes clases sociales, edades, colores y religiones, y el año pasado participó en un foro que trataba el tema de las fuerzas insurgentes en el continente. De tanto oír a los exponentes alabar a los miembros de la guerrilla colombiana, de admirar sus proezas y destacar su lucha contra la oligarquía, Miguel no se resistió y pidió la palabra para exponer su punto de vista, que es el de la gran mayoría de colombianos. Les habló de las pescas milagrosas, donde se llevan hasta conductores de bus y gentes del común; de las vacunas,las extorsiones y los secuestros; de las tomas a los pueblos más pobres y alejados, donde arrasan con lo que encuentran a su paso; de las minas anti persona que siembran en los campos para que humildes campesinos queden lisiados de por vida; de los soldados y policías que mantienen encerrados como animales en medio de la selva desde hace más de diez años; de las bombas en pueblos y ciudades que asesinan vilmente a inocentes ciudadanos. Porque la gran mayoría de sus atentados perjudican es a la gente del común, a los campesinos, al desprevenido transeúnte.
Pues la intervención de Miguel no fue bien recibida porque la visión preconcebida que tienen de nuestra realidad no va a cambiar con una solitaria voz en medio del desierto. Y peor ahora que en Argentina anuncian en los cines un documental que muestra a las FARC como una institución de caridad, unos ángeles redentores que luchan por mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos ; y entrevistan a los espectadores al salir de la función y todos encantados con esa maravilla de organización guerrillera. Si eso es allí no más,en un país cercano, cuál será la opinión de escandinavos, australianos,japoneses, checos, sudafricanos o israelitas. Cómo les llegará la información de distorsionada, que cuando Ingrid estaba secuestrada mostraban en los noticieros las entrevistas que hacían a los parisinos en la calle, quienes le imploraban al Presidente Uribe que liberara a esa pobre mujer, convencidos de que él la tenía confinada.
Que Chávez los apoye e insista en que no son terroristas no preocupa, porque él mismo se ha encargado de minar su credibilidad de tanto desvariar y decir pendejadas. Pero la visión errada del mundo sí es muy grave, por lo que todos debemos poner un granito de arena para tratar de cambiar esa imagen distorsionada de nuestra realidad. Y una forma fácil de colaborar es distribuir entre nuestros contactos cibernéticos en el exterior los videos, mensajes e información que recibamos en el correo electrónico acerca de las atrocidades cometidas por los grupos guerrilleros; y de una vez solicitarles que los hagan circular entre sus contactos. Seguro que así podremos contribuir en algo a minimizar esta sinrazón.
Nota: Murió el miércoles en Manizales doña Clementina Echeverry, quien con su esposo don Jaime Jaramillo engendró una prole que es sinónimo de generosidad y altruismo. Una mujer querida por todos, activa, hermosa, de porte señorial y elegante, a quien la sociedad entera va a extrañar, su familia echará de menos en todo momento y cientos de “Niños de los Andes” la van a recordar como a una madre putativa muy especial. Reciba su familia un abrazo solidario de quienes reconocemos en ellos un ejemplo de entrega y compromiso.
pmejiama1@une.net.com
Por ello causa gran preocupación la visión que tiene la comunidad internacional respecto a los grupos guerrilleros que operan en nuestro territorio. La verdad es que la imagen del guerrillero idealista y romántico que lucha por una causa justa, y combate al tirano desalmado y totalitario, es como un genérico para todos aquellos que dedican su vida a la lucha revolucionaria. Los partisanos que hostigaron a los ejércitos en Europa; la figura del Che Guevara es reconocida y admirada por todos, y sus hazañas épicas lo convirtieron en un mártir de la historia; los tupamaros y montoneros que lucharon contra los dictadores en Uruguay y Argentina; Edén Pastora, “Comandante Cero”, quien combatió al sanguinario Somoza en Nicaragua; el Comandante Marcos, de la región de Chiapas en México, con su pasamontañas y la pipa que le da un aire de intelectual, son personajes que la historia a convertido en héroes sin distingos ni excepciones.
Mi sobrino estudia en la Universidad de Buenos Aires, que por ser gratuita acoge en sus aulas estudiantes de diferentes clases sociales, edades, colores y religiones, y el año pasado participó en un foro que trataba el tema de las fuerzas insurgentes en el continente. De tanto oír a los exponentes alabar a los miembros de la guerrilla colombiana, de admirar sus proezas y destacar su lucha contra la oligarquía, Miguel no se resistió y pidió la palabra para exponer su punto de vista, que es el de la gran mayoría de colombianos. Les habló de las pescas milagrosas, donde se llevan hasta conductores de bus y gentes del común; de las vacunas,las extorsiones y los secuestros; de las tomas a los pueblos más pobres y alejados, donde arrasan con lo que encuentran a su paso; de las minas anti persona que siembran en los campos para que humildes campesinos queden lisiados de por vida; de los soldados y policías que mantienen encerrados como animales en medio de la selva desde hace más de diez años; de las bombas en pueblos y ciudades que asesinan vilmente a inocentes ciudadanos. Porque la gran mayoría de sus atentados perjudican es a la gente del común, a los campesinos, al desprevenido transeúnte.
Pues la intervención de Miguel no fue bien recibida porque la visión preconcebida que tienen de nuestra realidad no va a cambiar con una solitaria voz en medio del desierto. Y peor ahora que en Argentina anuncian en los cines un documental que muestra a las FARC como una institución de caridad, unos ángeles redentores que luchan por mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos ; y entrevistan a los espectadores al salir de la función y todos encantados con esa maravilla de organización guerrillera. Si eso es allí no más,en un país cercano, cuál será la opinión de escandinavos, australianos,japoneses, checos, sudafricanos o israelitas. Cómo les llegará la información de distorsionada, que cuando Ingrid estaba secuestrada mostraban en los noticieros las entrevistas que hacían a los parisinos en la calle, quienes le imploraban al Presidente Uribe que liberara a esa pobre mujer, convencidos de que él la tenía confinada.
Que Chávez los apoye e insista en que no son terroristas no preocupa, porque él mismo se ha encargado de minar su credibilidad de tanto desvariar y decir pendejadas. Pero la visión errada del mundo sí es muy grave, por lo que todos debemos poner un granito de arena para tratar de cambiar esa imagen distorsionada de nuestra realidad. Y una forma fácil de colaborar es distribuir entre nuestros contactos cibernéticos en el exterior los videos, mensajes e información que recibamos en el correo electrónico acerca de las atrocidades cometidas por los grupos guerrilleros; y de una vez solicitarles que los hagan circular entre sus contactos. Seguro que así podremos contribuir en algo a minimizar esta sinrazón.
Nota: Murió el miércoles en Manizales doña Clementina Echeverry, quien con su esposo don Jaime Jaramillo engendró una prole que es sinónimo de generosidad y altruismo. Una mujer querida por todos, activa, hermosa, de porte señorial y elegante, a quien la sociedad entera va a extrañar, su familia echará de menos en todo momento y cientos de “Niños de los Andes” la van a recordar como a una madre putativa muy especial. Reciba su familia un abrazo solidario de quienes reconocemos en ellos un ejemplo de entrega y compromiso.
pmejiama1@une.net.com
jueves, febrero 11, 2010
La lógica irrefutable de los niños.
En más de una ocasión los niños nos desarman con su lógica rotunda y espontánea, y de forma absurda e irresponsable los adultos acostumbramos salirnos por la tangente para evadir la respuesta, convencidos de que la criatura olvidará el asunto en segundos. Porque nos da trabajo convencernos de que ese bebé que hasta hace poco solo balbuceaba algunas sílabas, reía al vernos hacer carantoñas, y comía y dormía durante casi todo el tiempo, de un momento a otro se convirtió en un ser pensante y racional. Y ahí es cuando sin darnos por enterados le enseñamos a mentir, a hacer trampa, a denigrar de los demás, a tramar; peleamos frente a él y tratamos asuntos delicados, como si lo hiciéramos delante de una mascota.
Infortunadamente nos acordamos muy tarde de cuidar la lengua delante de los pequeños, y casi siempre ocurre cuando algún comentario que hace el mocoso nos deja fríos, de una sola pieza. Ellos son unas esponjas que asimilan todo lo que sucede a su alrededor, aunque parezcan desentendidos, y es como si tuvieran antenas porque no se les pasa ni media. Se las pillan al vuelo y así los adultos hablen en clave o cambien los nombres de los implicados, el muchachito se entera del asunto antes de lo que uno cree. Recuerdo que en mi infancia nuestros padres, que sabían algo de inglés, aprovechaban ese idioma para comentar los asuntos prohibidos para nosotros; el problema es que a los zambos ahora les enseñan inglés desde la guardería. Otra modalidad que utilizaban los adultos era comunicarse por medio de jerigonzas previamente establecidas.
Los niños hablan sin tapujos, son directos y francos, y como no le ponen malicia a nada, se expresan sin dobleces ni argucias. A veces creemos que basta callarlos con un regaño, pero ellos se quedan rumiando el asunto hasta encontrarle alguna explicación. Cierta vez visitaba a mi mamá y coincidí con mi hermano Daniel y su hijo Pedro Luis, que entonces tendría 7 años. El muchachito se enteró de que en otro apartamento del mismo edificio había una persona que él quiere mucho y estaba desesperado por visitarla; entonces consultaba al papá a qué horas iban a ir, cuánto faltaba, si seguro lo llevaría y mil pregunta más, hasta que el papá se desesperó y lo regañó, le prohibió insistir con la cantaleta y le advirtió que si seguía con la joda, le daba una palmada; que él sí lo iba a llevar, pero dentro de un rato. En cierto momento fuimos a la cocina a preparar tinto y en esas apareció el muchachito, y le dijo al papá que si era cierto que en la vida todas las cosas tienen su momento. Nos miramos con asombro por lo inteligente del raciocinio y Daniel le dijo que sí, que tenía toda la razón, y entonces el mocoso se apresuró a preguntar:
-Papá, ¿entonces me puede decir cuál es el momento en que vamos a ir a donde fulanita?
Cuando María Escobar tenía unos 2 añitos, estábamos en Cartago en la finca de la abuela y mientras la niña se bañaba en la piscina, desde un corredor yo la observaba y cada cierto tiempo suspendía mi lectura para sacarle la piedra cuando le gritaba: ¡María Escobar es una bebé!; ¿quién es la negra más inmunda de esta casa?; ¡que le traigan el chupo a la bebita!; ¡Fo!, esa mocosa se poposió en la piscina; y demás pendejadas por el estilo, y ella furiosa porque no hay nada que ofenda más a un infante que ya se cree grande, que lo comparen con un bebé. Claro que a veces le daba tentación de risa, pero de inmediato me lanzaba unas miradas de esas que si mataran, me habría fulminado en el acto; entonces le decía que qué miedo, que estaba temblando del susto y que en el agua había una culicagada con cara de perro rabioso. Como no había nadie más por ahí cerca no le quedaba más remedio que oír la jodentina, hasta que me miró con los ojos entornados por el intenso sol, me apuntó con su dedito y soltó esta sentencia:
-Pablito, te lo advierto de una vez, ¡si sigues así, no vuelves!
Sucede también que olvidamos que los infantes ven la vida con ojos diferentes a los nuestros. Resulta que iba de viaje María, ya de 5 años, con sus papás, el hermanito y la abuela materna que viajaba con los niños atrás para entretenerlos y ponerles cuidado. Consuelo les conversa, les enseña cosas, los interesa en los diferentes temas y se esmera en ilustrarlos en todo lo que sea posible. En cierto momento, la muchachita le dijo a la abuelita que le contara por qué se había separado del marido, a lo que la mujer con mucho tacto y en un lenguaje fácil y comprensible, trató de explicar algo que no es fácil de exponer a un pequeñín. Cuando terminó con su relato, la nieta le dijo que si no había pensado en juntarse otra vez con el abuelito, y entonces ella muy asombrada le respondió que cómo se le ocurría, que si no le parecía que ese señor estaba muy viejo, arrugado, chocho y resabiado. La mocosa la mira de arriba abajo y comenta:
-Abuelita… ¡pero tú también!
pmejiama1@une.net.co
Infortunadamente nos acordamos muy tarde de cuidar la lengua delante de los pequeños, y casi siempre ocurre cuando algún comentario que hace el mocoso nos deja fríos, de una sola pieza. Ellos son unas esponjas que asimilan todo lo que sucede a su alrededor, aunque parezcan desentendidos, y es como si tuvieran antenas porque no se les pasa ni media. Se las pillan al vuelo y así los adultos hablen en clave o cambien los nombres de los implicados, el muchachito se entera del asunto antes de lo que uno cree. Recuerdo que en mi infancia nuestros padres, que sabían algo de inglés, aprovechaban ese idioma para comentar los asuntos prohibidos para nosotros; el problema es que a los zambos ahora les enseñan inglés desde la guardería. Otra modalidad que utilizaban los adultos era comunicarse por medio de jerigonzas previamente establecidas.
Los niños hablan sin tapujos, son directos y francos, y como no le ponen malicia a nada, se expresan sin dobleces ni argucias. A veces creemos que basta callarlos con un regaño, pero ellos se quedan rumiando el asunto hasta encontrarle alguna explicación. Cierta vez visitaba a mi mamá y coincidí con mi hermano Daniel y su hijo Pedro Luis, que entonces tendría 7 años. El muchachito se enteró de que en otro apartamento del mismo edificio había una persona que él quiere mucho y estaba desesperado por visitarla; entonces consultaba al papá a qué horas iban a ir, cuánto faltaba, si seguro lo llevaría y mil pregunta más, hasta que el papá se desesperó y lo regañó, le prohibió insistir con la cantaleta y le advirtió que si seguía con la joda, le daba una palmada; que él sí lo iba a llevar, pero dentro de un rato. En cierto momento fuimos a la cocina a preparar tinto y en esas apareció el muchachito, y le dijo al papá que si era cierto que en la vida todas las cosas tienen su momento. Nos miramos con asombro por lo inteligente del raciocinio y Daniel le dijo que sí, que tenía toda la razón, y entonces el mocoso se apresuró a preguntar:
-Papá, ¿entonces me puede decir cuál es el momento en que vamos a ir a donde fulanita?
Cuando María Escobar tenía unos 2 añitos, estábamos en Cartago en la finca de la abuela y mientras la niña se bañaba en la piscina, desde un corredor yo la observaba y cada cierto tiempo suspendía mi lectura para sacarle la piedra cuando le gritaba: ¡María Escobar es una bebé!; ¿quién es la negra más inmunda de esta casa?; ¡que le traigan el chupo a la bebita!; ¡Fo!, esa mocosa se poposió en la piscina; y demás pendejadas por el estilo, y ella furiosa porque no hay nada que ofenda más a un infante que ya se cree grande, que lo comparen con un bebé. Claro que a veces le daba tentación de risa, pero de inmediato me lanzaba unas miradas de esas que si mataran, me habría fulminado en el acto; entonces le decía que qué miedo, que estaba temblando del susto y que en el agua había una culicagada con cara de perro rabioso. Como no había nadie más por ahí cerca no le quedaba más remedio que oír la jodentina, hasta que me miró con los ojos entornados por el intenso sol, me apuntó con su dedito y soltó esta sentencia:
-Pablito, te lo advierto de una vez, ¡si sigues así, no vuelves!
Sucede también que olvidamos que los infantes ven la vida con ojos diferentes a los nuestros. Resulta que iba de viaje María, ya de 5 años, con sus papás, el hermanito y la abuela materna que viajaba con los niños atrás para entretenerlos y ponerles cuidado. Consuelo les conversa, les enseña cosas, los interesa en los diferentes temas y se esmera en ilustrarlos en todo lo que sea posible. En cierto momento, la muchachita le dijo a la abuelita que le contara por qué se había separado del marido, a lo que la mujer con mucho tacto y en un lenguaje fácil y comprensible, trató de explicar algo que no es fácil de exponer a un pequeñín. Cuando terminó con su relato, la nieta le dijo que si no había pensado en juntarse otra vez con el abuelito, y entonces ella muy asombrada le respondió que cómo se le ocurría, que si no le parecía que ese señor estaba muy viejo, arrugado, chocho y resabiado. La mocosa la mira de arriba abajo y comenta:
-Abuelita… ¡pero tú también!
pmejiama1@une.net.co
lunes, febrero 01, 2010
Solidaridad prioritaria.
Quienes habitamos en el llamado cinturón de fuego del planeta tierra, donde los movimientos telúricos son comunes, nos fruncimos cada que se presenta una tragedia causada por un gran terremoto porque sin excepción nos preguntamos en qué momento podemos vivir una situación similar. Por fortuna en ciudades como Manizales la modalidad de construcción sismo resistente está reglamentada y hay control por parte de las autoridades, aunque en los barrios populares la gente se pasa la ley por la galleta. A las llamadas soluciones de vivienda les dejan la plancha lista para que el propietario después construya el segundo piso, pero el problema está en que la gente, en busca de sacarle varias rentas a su propiedad, le construye, con la ayuda de algún pariente que sepa manejar el palustre, varios pisos sin la menor técnica y sin utilizar los materiales adecuados.
Lo que da golpe es ver cómo las personas se impresionan ante la gravedad de la tragedia de turno, porque las noticias llegan por todos los medios y no dan tregua para asimilarlas. Además, porque le dan prioridad al amarillismo y a resaltar las imágenes más tristes e impactantes, que por cierto son las que más rating marcan y mejor facturan. Entonces el fulano que mira el telenoticiero, el que anda pegado del transistor o el que ojea el periódico, se estremece al enterarse de los dramas humanos y de las necesidades que padecen quienes de milagro salvaron sus vidas. Y ahí es que se viene la solidaridad desbordada, la ola de donantes y voluntarios, los gobiernos dispuestos a colaborar en lo que sea menester.
La pregunta del millón es por qué la gente no colabora con esa espontaneidad y compromiso sino cuando una tragedia sacude al mundo. Como si el hambre y la necesidad no estuvieran presentes a toda hora en nuestro país, sin mirar para afuera, porque bien cierto es aquello que la caridad empieza por casa. Acaso es necesario mostrarle a diario a la ciudadanía los cinturones de miseria de las grandes ciudades; los niños desnutridos que mueren por una simple diarrea en el litoral pacífico; los miles de desplazados que deambulan las calle mendigando una limosna para calmar el hambre; los desamparados que duermen a la intemperie abrigados con periódicos y cartones. Toda esa gente necesita alimentarse, precisa atención médica, sueña con una vivienda digna, merece tener acceso al estudio, clama por una oportunidad de trabajo para sobrevivir.
Por qué entonces los colombianos, que en apenas dos semanas donaron dos mil toneladas de alimentos y otras ayudas (¡dos millones de kilos!), y recogieron dos mil quinientos millones de pesos para los damnificados de Haití, no hacen ese mismo esfuerzo siquiera una vez al año para darle la mano a nuestros hermanos caídos en desgracia. Qué bueno que emprendieran una campaña de ayuda a los pobres a ver cuánto recogen; me late que el volumen no alcanzaría un mínimo porcentaje de las cifras descritas, y eso en los primeros años, porque pasado un tiempo nadie vuelve a colaborar. Así somos de absurdos e ininteligibles los “bobos” sapiens, como a bien tuvo bautizarnos el colega Oscar Domínguez.
No me opongo a que se tienda una mano a los pueblos caídos en desgracia, ni más faltaba, pero hay que tener en cuenta que en estos casos el mundo entero aporta todo tipo de ayuda para solucionar las necesidades más apremiantes. Me parece perfecto que de inmediato se envíen desde Colombia rescatistas, médicos, socorristas, hospitales de campaña, medicamentos y demás insumos aptos para atender lo más urgente en un principio, que sin duda es salvar las vidas que sea posible; y por cierto así obró nuestro gobierno. Pero como desde los cinco continentes llegan ayudas similares, pudimos ver el hospital de campaña que enviamos embalado en cajas porque no había una autoridad que autorizara su operación.
Creo que el ideal es que los países del tercer mundo colaboremos con personal calificado en rescates y profesionales de la salud, pero que el billete y las ayudas en especie las pongan los países ricos. Seguro en Suecia o en Canadá no hay mucha gente con falencias alimentarias o de otra índole, por lo que ellos sí pueden enviar toneladas de comida, colchonetas, materiales de construcción, vestuario, medicamentos y demás productos requeridos. Y que las grandes corporaciones financieras, los grupos económicos más poderosos, las multinacionales y demás organismos se metan la mano al dril; países como los Emiratos Árabes, que nadan en petrodólares; tantos multimillonarios que dilapidan el dinero en extravagancias; las estrellas del deporte que tienen unos ingresos inimaginables, entre otros, que se esculquen los bolsillos y hagan una vaca bien alentada.
Es triste decirlo pero es posible que el pueblo haitiano salga beneficiado de esto. Porque un país olvidado del mundo, con una pobreza casi absoluta y sin esperanzas de salir adelante, ahora acapara la atención de una comunidad internacional que con seguridad va a paliar muchas de sus necesidades. Tampoco sobra recordarle a quienes se babean por adoptar uno de esos tiernos negritos que quedaron huérfanos, que aquí existen miles de niños que esperan una familia que les de una oportunidad de vida. Y tenemos blancos, mestizos, morenos, negros retintos, aindiados, ojiclaros, grandes, pequeños, bonitos, feos, sanos, discapacitados… mejor dicho, como lo quiera con tal de que lo adopte.
pmejiama1@une.net.co
Lo que da golpe es ver cómo las personas se impresionan ante la gravedad de la tragedia de turno, porque las noticias llegan por todos los medios y no dan tregua para asimilarlas. Además, porque le dan prioridad al amarillismo y a resaltar las imágenes más tristes e impactantes, que por cierto son las que más rating marcan y mejor facturan. Entonces el fulano que mira el telenoticiero, el que anda pegado del transistor o el que ojea el periódico, se estremece al enterarse de los dramas humanos y de las necesidades que padecen quienes de milagro salvaron sus vidas. Y ahí es que se viene la solidaridad desbordada, la ola de donantes y voluntarios, los gobiernos dispuestos a colaborar en lo que sea menester.
La pregunta del millón es por qué la gente no colabora con esa espontaneidad y compromiso sino cuando una tragedia sacude al mundo. Como si el hambre y la necesidad no estuvieran presentes a toda hora en nuestro país, sin mirar para afuera, porque bien cierto es aquello que la caridad empieza por casa. Acaso es necesario mostrarle a diario a la ciudadanía los cinturones de miseria de las grandes ciudades; los niños desnutridos que mueren por una simple diarrea en el litoral pacífico; los miles de desplazados que deambulan las calle mendigando una limosna para calmar el hambre; los desamparados que duermen a la intemperie abrigados con periódicos y cartones. Toda esa gente necesita alimentarse, precisa atención médica, sueña con una vivienda digna, merece tener acceso al estudio, clama por una oportunidad de trabajo para sobrevivir.
Por qué entonces los colombianos, que en apenas dos semanas donaron dos mil toneladas de alimentos y otras ayudas (¡dos millones de kilos!), y recogieron dos mil quinientos millones de pesos para los damnificados de Haití, no hacen ese mismo esfuerzo siquiera una vez al año para darle la mano a nuestros hermanos caídos en desgracia. Qué bueno que emprendieran una campaña de ayuda a los pobres a ver cuánto recogen; me late que el volumen no alcanzaría un mínimo porcentaje de las cifras descritas, y eso en los primeros años, porque pasado un tiempo nadie vuelve a colaborar. Así somos de absurdos e ininteligibles los “bobos” sapiens, como a bien tuvo bautizarnos el colega Oscar Domínguez.
No me opongo a que se tienda una mano a los pueblos caídos en desgracia, ni más faltaba, pero hay que tener en cuenta que en estos casos el mundo entero aporta todo tipo de ayuda para solucionar las necesidades más apremiantes. Me parece perfecto que de inmediato se envíen desde Colombia rescatistas, médicos, socorristas, hospitales de campaña, medicamentos y demás insumos aptos para atender lo más urgente en un principio, que sin duda es salvar las vidas que sea posible; y por cierto así obró nuestro gobierno. Pero como desde los cinco continentes llegan ayudas similares, pudimos ver el hospital de campaña que enviamos embalado en cajas porque no había una autoridad que autorizara su operación.
Creo que el ideal es que los países del tercer mundo colaboremos con personal calificado en rescates y profesionales de la salud, pero que el billete y las ayudas en especie las pongan los países ricos. Seguro en Suecia o en Canadá no hay mucha gente con falencias alimentarias o de otra índole, por lo que ellos sí pueden enviar toneladas de comida, colchonetas, materiales de construcción, vestuario, medicamentos y demás productos requeridos. Y que las grandes corporaciones financieras, los grupos económicos más poderosos, las multinacionales y demás organismos se metan la mano al dril; países como los Emiratos Árabes, que nadan en petrodólares; tantos multimillonarios que dilapidan el dinero en extravagancias; las estrellas del deporte que tienen unos ingresos inimaginables, entre otros, que se esculquen los bolsillos y hagan una vaca bien alentada.
Es triste decirlo pero es posible que el pueblo haitiano salga beneficiado de esto. Porque un país olvidado del mundo, con una pobreza casi absoluta y sin esperanzas de salir adelante, ahora acapara la atención de una comunidad internacional que con seguridad va a paliar muchas de sus necesidades. Tampoco sobra recordarle a quienes se babean por adoptar uno de esos tiernos negritos que quedaron huérfanos, que aquí existen miles de niños que esperan una familia que les de una oportunidad de vida. Y tenemos blancos, mestizos, morenos, negros retintos, aindiados, ojiclaros, grandes, pequeños, bonitos, feos, sanos, discapacitados… mejor dicho, como lo quiera con tal de que lo adopte.
pmejiama1@une.net.co
martes, enero 26, 2010
Anécdotas variadas.
*Durante mi niñez al máximo paseo que aspirábamos era viajar un domingo a Pereira, cuando aún pertenecía a Caldas, todos apeñuscados en el Desoto modelo 55. Allá nos compraban helados caseros y pandeyucas en una cafetería localizada al lado de la iglesia del parque Rafael Uribe Uribe, y nos dejaban bajar del carro a corretear alrededor del lago mientras despachábamos el mecato. A principios de los años 70 mi papá cambió la amplia berlina americana por un diminuto Simca ensamblado en el país y ahí sí empezaron a viajar a diferentes destinos, pero como en ese pichirilo solo cabían tres o cuatro de los menores en la parte de atrás, los mayores nunca clasificamos.
Es recomendable compartir estos recuerdos con los niños de ahora, porque ellos creen que la vida es como la muestra la publicidad. María Escobar tiene 5 años y hace unos días al ver un comercial de turismo en televisión, le comentó al papá que a propósito ellos cuándo se iban a ir de vacaciones. Este le respondió que cómo así, que si acaso no se acordaba de los viajes que han realizado recientemente: a la finca del abuelo en la costa atlántica; el paseo a la finca en Ibagué; de la semana de receso que los llevaron a los llanos orientales y conocieron diferentes atractivos turísticos; o de tantos otros paseos que hacen cada que se puede. La mocosa lo mira con extrañeza, se envalentona y con total desparpajo le aclara:
-No papá, yo me refiero a vacaciones de verdad: Miami, Nueva York, Buenos Aires…
*Durante mucho tiempo nuestro departamento se caracterizó por ser un fortín político conservador, y con el apoyo ideológico de la Iglesia Católica, tildaban a los liberales de pecadores, libertinos y bandidos. La godarria representaba una mayoría arrolladora y en cualquier población tenían muy bien localizados a los que preferían el trapo rojo, quienes en ciertas épocas de violencia extrema fueron obligados a abandonar su terruño o debían asumir las consecuencias. Cuentan que uno de los pocos cachiporros que había en Neira fue don Ricardo Mejía, quien pese a la desventaja defendía sus ideales con férrea decisión. El Ronco Montoya criticaba al rojo descreído y aseguraba que el tipo ese había llegado al descaro de engañar al Creador; y cuando le preguntaban que cómo era eso, relataba el hecho con ira contenida:
-Póngale cuidado y verá: resulta que ese apóstata todas las semanas buscaba a Quiroz, el lotero del pueblo, y le compraba un billete de la Lotería de Manizales, menos un quintico. Durante mucho tiempo nadie podía explicarse por qué actuaba así, hasta que un día confesó que su táctica consistía en que como con seguridad el quinto restante lo compraría algún godo rezandero, y mi Dios, por hacerle el milagrito, al que dejaría organizado era a él que tenía el resto del billete.
*Gabriel Ochoa es un paisa buena gente, agradable conversador y poseedor de un excelente sentido del humor. Un viernes iba con unos amigos para una finquita que tiene por los lados de Tarso, en el suroccidente antioqueño, y uno de los viajeros empezó a chicaniar con un teléfono celular de última tecnología que apenas empezaba a aprender a manejar. El aparatejo tenía más cosas que el neceser de un estilista y su dueño llevaba mucho rato en la descripción de todas las funciones que prestaba, hasta que hizo énfasis en algo que lo tenía descrestado. Entonces oprimió varias teclas y aparecieron los datos de cómo se comportó el clima del día anterior en la región a donde se dirigían, cuáles eran las características del actual y lo más increíble, el pronóstico para el día siguiente. Gabriel ya estaba rabón con la boleta del otro y en cierto momento lo interrumpió, sacó un viejo celular de esos que sirven primordialmente para lo que los inventaron, comunicarse por teléfono, y dijo que ese también tenía una función muy parecida. Procedió entonces a marcar un número, esperó a que el agregado de la finca le contestara y habló duro para que lo oyeran:
-¡Alo!, ¿Fulano? Qué ha habido por allá. Ajá, sí… sí. Oiga, cuénteme una cosa, ¿cómo estuvo el clima ayer? Bueno, y qué tal está hoy. Ya… entiendo… Y otra pregunta, ¿cómo lo ve para mañana? Perfecto… bueno, más tardecito le caemos por allá. ¡Adiós pues!
*El trabajo de empleada doméstica se presta para que algunas se tomen ciertas atribuciones, debido a que comparten con la familia muchos momentos de la vida diaria. Si la mujer resulta conchuda y no le ponen condiciones, en poco tiempo no hace el oficio por ver telenovelas, se la pasa pegada al teléfono o se acostumbra a disfrutar de la siesta diaria. En la casa de una familia conocida contrataron una entrodera que resultó hablantinosa y metida, la cual buscaba por todos los medios hacer buenas migas con quien le pagaba el sueldo. El patrón no le daba lado y cierto día al llegar, la mujer reclamó porque no le habían contado que él sabía cantar. Ante la curiosidad por el comentario el señor dejó su apatía y le preguntó de dónde había sacado eso, a lo que ella respondió:
-Fíjese dotor que le dejaron razón que quizque necesitan que usté asista a la reunión, porque si no va, no hay quórum.
pmejiama1@une.net.co
Es recomendable compartir estos recuerdos con los niños de ahora, porque ellos creen que la vida es como la muestra la publicidad. María Escobar tiene 5 años y hace unos días al ver un comercial de turismo en televisión, le comentó al papá que a propósito ellos cuándo se iban a ir de vacaciones. Este le respondió que cómo así, que si acaso no se acordaba de los viajes que han realizado recientemente: a la finca del abuelo en la costa atlántica; el paseo a la finca en Ibagué; de la semana de receso que los llevaron a los llanos orientales y conocieron diferentes atractivos turísticos; o de tantos otros paseos que hacen cada que se puede. La mocosa lo mira con extrañeza, se envalentona y con total desparpajo le aclara:
-No papá, yo me refiero a vacaciones de verdad: Miami, Nueva York, Buenos Aires…
*Durante mucho tiempo nuestro departamento se caracterizó por ser un fortín político conservador, y con el apoyo ideológico de la Iglesia Católica, tildaban a los liberales de pecadores, libertinos y bandidos. La godarria representaba una mayoría arrolladora y en cualquier población tenían muy bien localizados a los que preferían el trapo rojo, quienes en ciertas épocas de violencia extrema fueron obligados a abandonar su terruño o debían asumir las consecuencias. Cuentan que uno de los pocos cachiporros que había en Neira fue don Ricardo Mejía, quien pese a la desventaja defendía sus ideales con férrea decisión. El Ronco Montoya criticaba al rojo descreído y aseguraba que el tipo ese había llegado al descaro de engañar al Creador; y cuando le preguntaban que cómo era eso, relataba el hecho con ira contenida:
-Póngale cuidado y verá: resulta que ese apóstata todas las semanas buscaba a Quiroz, el lotero del pueblo, y le compraba un billete de la Lotería de Manizales, menos un quintico. Durante mucho tiempo nadie podía explicarse por qué actuaba así, hasta que un día confesó que su táctica consistía en que como con seguridad el quinto restante lo compraría algún godo rezandero, y mi Dios, por hacerle el milagrito, al que dejaría organizado era a él que tenía el resto del billete.
*Gabriel Ochoa es un paisa buena gente, agradable conversador y poseedor de un excelente sentido del humor. Un viernes iba con unos amigos para una finquita que tiene por los lados de Tarso, en el suroccidente antioqueño, y uno de los viajeros empezó a chicaniar con un teléfono celular de última tecnología que apenas empezaba a aprender a manejar. El aparatejo tenía más cosas que el neceser de un estilista y su dueño llevaba mucho rato en la descripción de todas las funciones que prestaba, hasta que hizo énfasis en algo que lo tenía descrestado. Entonces oprimió varias teclas y aparecieron los datos de cómo se comportó el clima del día anterior en la región a donde se dirigían, cuáles eran las características del actual y lo más increíble, el pronóstico para el día siguiente. Gabriel ya estaba rabón con la boleta del otro y en cierto momento lo interrumpió, sacó un viejo celular de esos que sirven primordialmente para lo que los inventaron, comunicarse por teléfono, y dijo que ese también tenía una función muy parecida. Procedió entonces a marcar un número, esperó a que el agregado de la finca le contestara y habló duro para que lo oyeran:
-¡Alo!, ¿Fulano? Qué ha habido por allá. Ajá, sí… sí. Oiga, cuénteme una cosa, ¿cómo estuvo el clima ayer? Bueno, y qué tal está hoy. Ya… entiendo… Y otra pregunta, ¿cómo lo ve para mañana? Perfecto… bueno, más tardecito le caemos por allá. ¡Adiós pues!
*El trabajo de empleada doméstica se presta para que algunas se tomen ciertas atribuciones, debido a que comparten con la familia muchos momentos de la vida diaria. Si la mujer resulta conchuda y no le ponen condiciones, en poco tiempo no hace el oficio por ver telenovelas, se la pasa pegada al teléfono o se acostumbra a disfrutar de la siesta diaria. En la casa de una familia conocida contrataron una entrodera que resultó hablantinosa y metida, la cual buscaba por todos los medios hacer buenas migas con quien le pagaba el sueldo. El patrón no le daba lado y cierto día al llegar, la mujer reclamó porque no le habían contado que él sabía cantar. Ante la curiosidad por el comentario el señor dejó su apatía y le preguntó de dónde había sacado eso, a lo que ella respondió:
-Fíjese dotor que le dejaron razón que quizque necesitan que usté asista a la reunión, porque si no va, no hay quórum.
pmejiama1@une.net.co
Redacción y corrección de textos.

Redacción:
Para muchas personas es difícil redactar un informe, un discurso, una carta o un simple memorando, y pierden mucho tiempo en esa diligencia.
Corrección:
Un texto con faltas de ortografía, mala puntuación y demás falencias gramaticales deja una mala imagen de quien lo remite.
Resumen:
Requiere mucha dedicación resumir un texto extenso hasta convertirlo en un documento conciso, explícito y fácil de leer.
Contactarme en la dirección electrónica: pmejiama1@une.net.co
Teléfono: 8870853 Manizales.
Celular: 314 8872937
lunes, enero 18, 2010
Amigo cuánto tienes, cuánto vales…
Es triste ver el grado de ambición al que ha llegado la sociedad moderna; y me refiero a la del mundo entero. Todo gira alrededor del dinero, nada tiene interés si no representa utilidad o conveniencia, el valor artístico, cultural o intelectual no cuentan para nada y el éxito de cualquier iniciativa o proyecto se mide por los réditos que genere. La importancia de las personas se mide según su carrera profesional y los cargos que haya desempeñado, sin olvidar la relevancia que representa dónde haya realizado sus estudios. Pero sobre todo su estatus se basa en la cantidad de dinero que produzca para él y para sus patrones.
Muchos creen que si sus hijos no estudian en el mejor colegio, que nunca es el mejor sino el más costoso, y después pasan a universidades encopetadas de Bogotá, serán unos buenos para nada. Craso error comenten, porque no inculcan a su prole la importancia de la persona como tal y los convencen desde pequeños que el hábito sí hace al monje. Un joven bien estructurado no necesita de rimbombancias ni arandelas, porque la inteligencia y la formación se forjan desde la cuna. Hijos que aprecian el esfuerzo de sus padres, que son comprometidos, agradecen lo que reciben y aprovechan sus oportunidades. Esos son quienes triunfarán en la vida y sabrán disfrutarla.
Conozco a alguien que habló con sus hijos cuando estaban por terminar el bachillerato para advertirles que al momento de escoger dónde estudiar y qué carrera seguir, deberían optar por universidades en la ciudad, y ojalá públicas. Por pertenecer a un estrato alto casi todos sus compañeros irían a estudiar a universidades privadas de otras ciudades y algunos al exterior, pero debido a la educación recibida durante su crecimiento estos adolescentes aceptaron sin reproches y por el contrario procedieron a adelantar sus estudios con responsabilidad. Tengo la plena seguridad de que personas como estas sabrán enfrentar la vida con mayor facilidad y hasta me atrevo a vaticinarles el éxito.
Lo que parece increíble es cómo cambia la sociedad con respecto a la formación académica. Hoy en día los muchachos no hacen otra cosa que estudiar: posgrados, diplomados, doctorados, más posgrados, a veces otra carrera, idiomas, sistemas y cuanta vaina enseñen. Quienes están entraditos en años, pero aún compiten en el mercado laboral, también deben mantenerse al día en ese sentido, con el agravante que estos tienen familia y por tal motivo deben sacrificar el tiempo destinado a los suyos para dedicarlo al estudio. Al final resultan todos más preparados que un yogur, pero agobiados por el estrés, la gastritis, el insomnio, la neurosis y tantos males que se relacionan con la fatiga.
En cambio la generación de nuestros mayores se educó en la universidad de la vida. Pocos tenían la oportunidad de seguir estudios superiores, pero más escasos eran los que se especializaban en algo. Sin embargo, han sido un paradigma para las nuevas generaciones. Una de las personas que más quiero y admiro es un ejemplo de que el hombre puede hacerse por sí solo. Ni siquiera terminó el bachillerato y hay que ver su hoja de vida: fue gestor de industria, ejerció cargos de mucha importancia en varios continentes, industrial destacado, domina varios idiomas, lector incansable, erudito, culto y excelente conversador. Disfrutar de su compañía es como estar ante un maravilloso libro de historia y filosofía, todo adobado con un humor fino e inteligente.
Agradezco a la vida que no me tocó competir en el mercado laboral en este siglo XXI. Qué mamera. Todo el día, y la noche, con un jefe horquetiado encima sin dar respiro: que no va a cumplir las metas, que ojo no rinde porque lo despido, que quiubo pues de aquello, que dónde estaba, que usted verá cómo hace, que el reporte es para hoy. Y pásese todo el día en reuniones inútiles para tener que trasnocharse y así hacer el trabajo que le corresponde; y los fines de semana a reuniones de integración, conferencias, capacitaciones y enguandas de la empresa; y como lo pueden reemplazar por un zambo más preparado que se conformaría con un salario mucho menor, entonces a estudiar de noche para seguir actualizado. Y todavía no está libre de que un día lo llamen de personal a aconsejarle que empiece a estudiar mandarín y alemán.
Después preguntan por qué a fulano le dio un infarto a los 50 años y la respuesta es sencilla: porque su única meta en la vida fue conseguir plata para disfrutar de un retiro cómodo. Lo grave es que muchos esperan a cumplir 70 para retirarse y se olvidan de que a esa edad es muy posible que la salud esté minada por tanto trabajo y estrés, que ya no provoca salir de la casa, todo hace daño y no resisten una misa con triquitraques. En países desarrollados se impone la política de vivir despacio, sin afanes ni tensiones; con tiempo para leer, mirar el atardecer, compartir con familiares y amigos; sin competencias, plazos ni metas inalcanzables.
Debemos recordar la enseñanza de Alejandro Magno quien quiso que lo enterraran con las manos por fuera del ataúd, para que todos vieran que aunque era el amo del mundo, se iba con ellas tan vacías como las tenía cuando nació.
pmejiama1@une.net.co
Muchos creen que si sus hijos no estudian en el mejor colegio, que nunca es el mejor sino el más costoso, y después pasan a universidades encopetadas de Bogotá, serán unos buenos para nada. Craso error comenten, porque no inculcan a su prole la importancia de la persona como tal y los convencen desde pequeños que el hábito sí hace al monje. Un joven bien estructurado no necesita de rimbombancias ni arandelas, porque la inteligencia y la formación se forjan desde la cuna. Hijos que aprecian el esfuerzo de sus padres, que son comprometidos, agradecen lo que reciben y aprovechan sus oportunidades. Esos son quienes triunfarán en la vida y sabrán disfrutarla.
Conozco a alguien que habló con sus hijos cuando estaban por terminar el bachillerato para advertirles que al momento de escoger dónde estudiar y qué carrera seguir, deberían optar por universidades en la ciudad, y ojalá públicas. Por pertenecer a un estrato alto casi todos sus compañeros irían a estudiar a universidades privadas de otras ciudades y algunos al exterior, pero debido a la educación recibida durante su crecimiento estos adolescentes aceptaron sin reproches y por el contrario procedieron a adelantar sus estudios con responsabilidad. Tengo la plena seguridad de que personas como estas sabrán enfrentar la vida con mayor facilidad y hasta me atrevo a vaticinarles el éxito.
Lo que parece increíble es cómo cambia la sociedad con respecto a la formación académica. Hoy en día los muchachos no hacen otra cosa que estudiar: posgrados, diplomados, doctorados, más posgrados, a veces otra carrera, idiomas, sistemas y cuanta vaina enseñen. Quienes están entraditos en años, pero aún compiten en el mercado laboral, también deben mantenerse al día en ese sentido, con el agravante que estos tienen familia y por tal motivo deben sacrificar el tiempo destinado a los suyos para dedicarlo al estudio. Al final resultan todos más preparados que un yogur, pero agobiados por el estrés, la gastritis, el insomnio, la neurosis y tantos males que se relacionan con la fatiga.
En cambio la generación de nuestros mayores se educó en la universidad de la vida. Pocos tenían la oportunidad de seguir estudios superiores, pero más escasos eran los que se especializaban en algo. Sin embargo, han sido un paradigma para las nuevas generaciones. Una de las personas que más quiero y admiro es un ejemplo de que el hombre puede hacerse por sí solo. Ni siquiera terminó el bachillerato y hay que ver su hoja de vida: fue gestor de industria, ejerció cargos de mucha importancia en varios continentes, industrial destacado, domina varios idiomas, lector incansable, erudito, culto y excelente conversador. Disfrutar de su compañía es como estar ante un maravilloso libro de historia y filosofía, todo adobado con un humor fino e inteligente.
Agradezco a la vida que no me tocó competir en el mercado laboral en este siglo XXI. Qué mamera. Todo el día, y la noche, con un jefe horquetiado encima sin dar respiro: que no va a cumplir las metas, que ojo no rinde porque lo despido, que quiubo pues de aquello, que dónde estaba, que usted verá cómo hace, que el reporte es para hoy. Y pásese todo el día en reuniones inútiles para tener que trasnocharse y así hacer el trabajo que le corresponde; y los fines de semana a reuniones de integración, conferencias, capacitaciones y enguandas de la empresa; y como lo pueden reemplazar por un zambo más preparado que se conformaría con un salario mucho menor, entonces a estudiar de noche para seguir actualizado. Y todavía no está libre de que un día lo llamen de personal a aconsejarle que empiece a estudiar mandarín y alemán.
Después preguntan por qué a fulano le dio un infarto a los 50 años y la respuesta es sencilla: porque su única meta en la vida fue conseguir plata para disfrutar de un retiro cómodo. Lo grave es que muchos esperan a cumplir 70 para retirarse y se olvidan de que a esa edad es muy posible que la salud esté minada por tanto trabajo y estrés, que ya no provoca salir de la casa, todo hace daño y no resisten una misa con triquitraques. En países desarrollados se impone la política de vivir despacio, sin afanes ni tensiones; con tiempo para leer, mirar el atardecer, compartir con familiares y amigos; sin competencias, plazos ni metas inalcanzables.
Debemos recordar la enseñanza de Alejandro Magno quien quiso que lo enterraran con las manos por fuera del ataúd, para que todos vieran que aunque era el amo del mundo, se iba con ellas tan vacías como las tenía cuando nació.
pmejiama1@une.net.co
domingo, enero 10, 2010
¡Y que vuelvan!
La discusión más estúpida que puede darse entre dos o más personas es la que tiene que ver con los gustos. Además de ser la más común, porque a toda hora vemos a la gente enfrascada en candentes alegatos acerca de una nimiedad que cada quien defiende a capa y espada. Cualquier tema se presta para diferentes interpretaciones porque ahí entra a figurar lo subjetivo, que se refiere al modo de pensar y sentir de cada uno.
Por fortuna en este mundo todos somos diferentes: las personas, los pueblos, los continentes. Si ni siquiera dos gotas de agua son idénticas, lo que a simple vista parece, entonces qué podemos decir si la comparación es entre seres humanos. Cada persona es un universo, cada cerebro único, cada célula particular e irrepetible. Pueden ser los gemelos más parecidos, pero si los detalla con lupa, encontrará tantas diferencias que no alcanzará a enumerarlas. Todos tenemos puntos de vista distintos y así coincidamos en muchas cosas con otras personas, es imposible que compaginemos absolutamente en todo.
Una costumbre típica de las personas es alabar sin modestias la ciudad que nos vio nacer. Querer su tierra natal es algo innato del ser humano, pero ello no quiere decir que para ensalzarla deba demeritar la de los demás. El regionalismo exagerado, condición común en muchos colombianos, no deja de ser empalagoso y chocante. Alguna vez supe de un antioqueño quien aseguraba que la salsa de tomate Fruco, la coca cola y la mantequilla rama que venden en el Éxito de Medellín, saben mucho mejor que esos mismos productos cuando son adquiridos en otras ciudades del país. Y que dizque el papel higiénico Familia de allá es menos ensuciador. ¡Hágame el bendito favor!
A los manizaleños nos tildan de rezanderos, chapados a la antigua, godos y montañeros. Empecemos por lo último: claro que somos montañeros. Esta ciudad está localizada a dos mil metros de altura sobre el nivel del mar, en la vertiente occidental de la cordillera central, y fue fundada en un terreno agreste y escarpado. Entonces no hay otra forma de definirnos porque mal quedaría si nos dijeran vallunos, costeños o llaneros. Montañeros a mucho honor y para más señas, descendientes de arrieros y de campesinos de alpargatas y machete al cinto. Lo de rezanderos está mandado a recoger, aquí y en el resto del planeta.
Durante algo más de 50 años la ciudad perteneció al Estado Soberano de Antioquia y se convirtió en un bastión estratégico de los conservadores para frenar la invasión liberal del sur, compuesta por los llamados negros del Cauca, que bajo el mando del general Tomás Cipriano de Mosquera, Mascachochas, buscaban acabar con la hegemonía conservadora de esta región. Cuando por fin los liberales lograron tomarse la ciudad lo primero que hicieron fue desterrar a monjas y sacerdotes, por algo tenían fama de come curas, y llenar las calles de Juanas, que era como les decían a las grillas de entonces. Imagino que muchos varones locales, que habían soportado un prolongado régimen monacal, se habrán dado gusto con las intrusas damiselas, aunque el recreo duró poco porque a la vuelta de unos años el poder conservador volvió a ejercer el control en la región.
Que nuestros ancestros eran mojigatos y rezanderos, sí señor. Qué le vamos a hacer pues. Pero también es cierto que de ellos heredamos la cultura, la gentileza, la educación y por sobre todo la amabilidad. Somos atentos y serviciales por naturaleza, y más si se trata de personas foráneas.
Por ello muchos de quienes acostumbran la temporada vacacional para visitarnos se llevan una buena imagen de Manizales y sus gentes, sobre todo por el comportamiento de la ciudadanía durante la semana ferial. Claro que en la ciudad existe el desorden lógico ocasionado por la juerga, hay más basuras en las calles, los vendedores callejeros nos invaden y una ola de carteristas y bandidos llegan de todas partes a pescar en río revuelto, pero el señorío del manizaleño se mantiene a pensar de todo. No es sino ver el comportamiento del público cuando participa en los diferentes desfiles, que son muchos, donde la policía ni siquiera necesita utilizar manilas para demarcar los espacios. Muy diferente a otras ciudades donde el voleo de harina, bolsas con agua y hasta con orines, pólvora y demás objetos peligrosos son el común denominador.
Es muy cierto el eslogan que dice que Manizales es una ciudad donde se puede vivir y ello quedó demostrado en reciente estudio realizado en todo el país, en el cual nuestra capital ocupó uno de los primeros lugares en cuanto a calidad de vida para sus habitantes. Una ciudad donde es posible ir a almorzar a la casa y hacer siesta; el tráfico fluye, se respetan los semáforos y nadie pita cuando estos cambian; pedimos a domicilio lo que nos provoque, servicio que es rápido y oportuno. Somos tranquilos y amigueros; los mafiosos no encuentran cabida en la sociedad; disfrutamos de un clima maravilloso, los tempeaderos están a media hora en carro y los paisajes son espectaculares. Aquí los ricos son de bajo perfil y sin importar el estrato, la gente es distinguida, bonita, bien presentada.
Ojalá todos quienes nos visitan se lleven la mejor impresión de nuestra ciudad y sus gentes, y solo nos queda decirles: ¡Que vuelvan!
Pmejiama1@une.net.co
Por fortuna en este mundo todos somos diferentes: las personas, los pueblos, los continentes. Si ni siquiera dos gotas de agua son idénticas, lo que a simple vista parece, entonces qué podemos decir si la comparación es entre seres humanos. Cada persona es un universo, cada cerebro único, cada célula particular e irrepetible. Pueden ser los gemelos más parecidos, pero si los detalla con lupa, encontrará tantas diferencias que no alcanzará a enumerarlas. Todos tenemos puntos de vista distintos y así coincidamos en muchas cosas con otras personas, es imposible que compaginemos absolutamente en todo.
Una costumbre típica de las personas es alabar sin modestias la ciudad que nos vio nacer. Querer su tierra natal es algo innato del ser humano, pero ello no quiere decir que para ensalzarla deba demeritar la de los demás. El regionalismo exagerado, condición común en muchos colombianos, no deja de ser empalagoso y chocante. Alguna vez supe de un antioqueño quien aseguraba que la salsa de tomate Fruco, la coca cola y la mantequilla rama que venden en el Éxito de Medellín, saben mucho mejor que esos mismos productos cuando son adquiridos en otras ciudades del país. Y que dizque el papel higiénico Familia de allá es menos ensuciador. ¡Hágame el bendito favor!
A los manizaleños nos tildan de rezanderos, chapados a la antigua, godos y montañeros. Empecemos por lo último: claro que somos montañeros. Esta ciudad está localizada a dos mil metros de altura sobre el nivel del mar, en la vertiente occidental de la cordillera central, y fue fundada en un terreno agreste y escarpado. Entonces no hay otra forma de definirnos porque mal quedaría si nos dijeran vallunos, costeños o llaneros. Montañeros a mucho honor y para más señas, descendientes de arrieros y de campesinos de alpargatas y machete al cinto. Lo de rezanderos está mandado a recoger, aquí y en el resto del planeta.
Durante algo más de 50 años la ciudad perteneció al Estado Soberano de Antioquia y se convirtió en un bastión estratégico de los conservadores para frenar la invasión liberal del sur, compuesta por los llamados negros del Cauca, que bajo el mando del general Tomás Cipriano de Mosquera, Mascachochas, buscaban acabar con la hegemonía conservadora de esta región. Cuando por fin los liberales lograron tomarse la ciudad lo primero que hicieron fue desterrar a monjas y sacerdotes, por algo tenían fama de come curas, y llenar las calles de Juanas, que era como les decían a las grillas de entonces. Imagino que muchos varones locales, que habían soportado un prolongado régimen monacal, se habrán dado gusto con las intrusas damiselas, aunque el recreo duró poco porque a la vuelta de unos años el poder conservador volvió a ejercer el control en la región.
Que nuestros ancestros eran mojigatos y rezanderos, sí señor. Qué le vamos a hacer pues. Pero también es cierto que de ellos heredamos la cultura, la gentileza, la educación y por sobre todo la amabilidad. Somos atentos y serviciales por naturaleza, y más si se trata de personas foráneas.
Por ello muchos de quienes acostumbran la temporada vacacional para visitarnos se llevan una buena imagen de Manizales y sus gentes, sobre todo por el comportamiento de la ciudadanía durante la semana ferial. Claro que en la ciudad existe el desorden lógico ocasionado por la juerga, hay más basuras en las calles, los vendedores callejeros nos invaden y una ola de carteristas y bandidos llegan de todas partes a pescar en río revuelto, pero el señorío del manizaleño se mantiene a pensar de todo. No es sino ver el comportamiento del público cuando participa en los diferentes desfiles, que son muchos, donde la policía ni siquiera necesita utilizar manilas para demarcar los espacios. Muy diferente a otras ciudades donde el voleo de harina, bolsas con agua y hasta con orines, pólvora y demás objetos peligrosos son el común denominador.
Es muy cierto el eslogan que dice que Manizales es una ciudad donde se puede vivir y ello quedó demostrado en reciente estudio realizado en todo el país, en el cual nuestra capital ocupó uno de los primeros lugares en cuanto a calidad de vida para sus habitantes. Una ciudad donde es posible ir a almorzar a la casa y hacer siesta; el tráfico fluye, se respetan los semáforos y nadie pita cuando estos cambian; pedimos a domicilio lo que nos provoque, servicio que es rápido y oportuno. Somos tranquilos y amigueros; los mafiosos no encuentran cabida en la sociedad; disfrutamos de un clima maravilloso, los tempeaderos están a media hora en carro y los paisajes son espectaculares. Aquí los ricos son de bajo perfil y sin importar el estrato, la gente es distinguida, bonita, bien presentada.
Ojalá todos quienes nos visitan se lleven la mejor impresión de nuestra ciudad y sus gentes, y solo nos queda decirles: ¡Que vuelvan!
Pmejiama1@une.net.co
Buenos propósitos.
Estos días del año son de reflexión para unos, arrepentimiento para otros, no faltan los deprimidos, los que pierden la noción del tiempo de tanto beber, aquellos que ignoran este tipo de celebraciones y los muchos que se dedican a hacer promesas y desear buenos propósitos. Que dejo de fumar, adelgazo, regreso al gimnasio, no pierdo misa los domingos, me porto bien, vuelvo a estudiar, le rebajo al traguito, no más mujeres, aprendo inglés, cambio de imagen y mil promesas que se quedan entre el tintero, porque cuando reaccionan ya es octubre y toca dejar todo pendiente para después. En vista de que para nuestro país se inicia un período de cambios políticos, no sobra desearle buenos propósitos a nuestro Presidente a ver si por fin empezamos a salir del atolladero.
En primer lugar recordarle al doctor Uribe que debe hacer como los buenos futbolistas, toreros, cantantes o cualquier personaje de reconocimiento público, que procede a retirarse cuando está en la cúspide de su carrera. Así todo el mundo lo recordará de manera positiva, porque sin duda la última imagen que refleje la persona es la que perdura en la memoria colectiva. Es más, si usted se hubiera retirado al finalizar su primer mandato, a estas alturas es posible que la gran mayoría del pueblo estaría reclamándolo; todos a una, como Fuenteovejuna. Porque sin duda el segundo período se le ha ido capoteando temporales, escándalos, problemas internacionales y mil chicharrones por el estilo. Por ello una tercera “paloma” no es conveniente, porque ahí sí que se le van a venir todos sin consideraciones. La oposición cada vez es más recalcitrante y aguantar semejante andanada de dardos durante otros cuatro años, no será beneficioso para usted ni para el país.
Hay que saber dar el paso al costado a tiempo, señor Presidente. Mire que aunque las encuestas muestren lo contrario, en el ambiente se nota un malestar con el cuento de una segunda reelección. La comunidad internacional no ve con buenos ojos la perpetuidad en el poder de ningún mandatario y el problema con el vecino coronel es sin duda algo personal. Ese tipo no puede verlo ni en pintura, y así todos lo apoyemos y sepamos que su mercé tiene la razón, las medidas que toma el desagradable vecino contra Colombia son cada vez más perjudiciales en todos los campos. En lo económico es fatal porque aunque aseguren que debemos buscar otros mercados para vender nuestros productos de exportación, esa vaina no es tan fácil. Pasaran varios años antes de establecer unas relaciones comerciales tan estables y rentables como las que hemos mantenido durante tanto tiempo con Venezuela. Además que las mercancías se cargan en un camión y en dos o tres días llegan a su destino.
La pelea que mantiene usted con las altas cortes es muy grave. Ambos tienen poder y en ese tire y afloje todos salimos perjudicados, porque fíjese que esta es la hora en que no les ha dado la gana de aceptarle un candidato para nombrar el fiscal general. Y así usted trine de la ira, patalee y se salga de los chiros, esa corporación no parece querer aflojar en dicha confrontación. Y usted que es malito para echarse para atrás, lo que quiere decir que la situación no tiene solución a la vista. Ahora es el asunto del fiscal y mañana quien sabe qué otra cosa se inventan para meterle palos en la rueda. En cambio si regresa como candidato dentro de unos años, en caso de que el pueblo lo reclame, seguro ya los magistrados son otros y el asunto se normaliza.
En estos últimos tiempos el gobierno ha ganado los pulsos en el Congreso a punta de untarle la mano a los politiqueros que ocupan sus curules, modalidad esta que asquea y escandaliza a la ciudadanía. De seguir así, la corrupción que vivimos en el presente pasará a la historia como una de las más desbordadas de nuestra historia reciente. Primero lo amenazan con mociones de censura para sus ministros y demás escándalos por el estilo, para que después aparezca por allá el Ministro del Interior a organizarlos con notarías, contratos, embajadas, cargos públicos, subsidios agrícolas y demás “reconocimientos” por su compromiso y apoyo. Todo un tejemaneje de truculencias.
Mire que si renuncia a su aspiración se aclara por fin el panorama electoral para saber entre quiénes debemos escoger; que empiece la campaña en firme que ya falta poco para las fechas fijadas para elecciones. Imagínese además cuánta inversión extranjera y negocios internacionales estarán expectantes de saber dónde va a caer este globo. Con seguridad sus hijos no ven la hora de quedar libres de hacer cuanto negocio se atraviese y doña Lina añora el anonimato y la tranquilidad. Arranque para la finca una buena temporada a capar terneros y domar potros, para que se tengan fino quienes se topen con usted en el futuro.
Yo sé que el pueblo lo apoya y cuando quiero defender estas ideas ante alguien, es común que me haga la manida pregunta: Y si no es Uribe, ¿quién? Pero el país cuenta con personas idóneas que están por descubrir. Y no me venga con que solo le suelta la silla a Juan Manuel Santos, porque si ese cliente sale elegido no queda sino desempolvar el camuflado.
pmejiama1@une.net.co
En primer lugar recordarle al doctor Uribe que debe hacer como los buenos futbolistas, toreros, cantantes o cualquier personaje de reconocimiento público, que procede a retirarse cuando está en la cúspide de su carrera. Así todo el mundo lo recordará de manera positiva, porque sin duda la última imagen que refleje la persona es la que perdura en la memoria colectiva. Es más, si usted se hubiera retirado al finalizar su primer mandato, a estas alturas es posible que la gran mayoría del pueblo estaría reclamándolo; todos a una, como Fuenteovejuna. Porque sin duda el segundo período se le ha ido capoteando temporales, escándalos, problemas internacionales y mil chicharrones por el estilo. Por ello una tercera “paloma” no es conveniente, porque ahí sí que se le van a venir todos sin consideraciones. La oposición cada vez es más recalcitrante y aguantar semejante andanada de dardos durante otros cuatro años, no será beneficioso para usted ni para el país.
Hay que saber dar el paso al costado a tiempo, señor Presidente. Mire que aunque las encuestas muestren lo contrario, en el ambiente se nota un malestar con el cuento de una segunda reelección. La comunidad internacional no ve con buenos ojos la perpetuidad en el poder de ningún mandatario y el problema con el vecino coronel es sin duda algo personal. Ese tipo no puede verlo ni en pintura, y así todos lo apoyemos y sepamos que su mercé tiene la razón, las medidas que toma el desagradable vecino contra Colombia son cada vez más perjudiciales en todos los campos. En lo económico es fatal porque aunque aseguren que debemos buscar otros mercados para vender nuestros productos de exportación, esa vaina no es tan fácil. Pasaran varios años antes de establecer unas relaciones comerciales tan estables y rentables como las que hemos mantenido durante tanto tiempo con Venezuela. Además que las mercancías se cargan en un camión y en dos o tres días llegan a su destino.
La pelea que mantiene usted con las altas cortes es muy grave. Ambos tienen poder y en ese tire y afloje todos salimos perjudicados, porque fíjese que esta es la hora en que no les ha dado la gana de aceptarle un candidato para nombrar el fiscal general. Y así usted trine de la ira, patalee y se salga de los chiros, esa corporación no parece querer aflojar en dicha confrontación. Y usted que es malito para echarse para atrás, lo que quiere decir que la situación no tiene solución a la vista. Ahora es el asunto del fiscal y mañana quien sabe qué otra cosa se inventan para meterle palos en la rueda. En cambio si regresa como candidato dentro de unos años, en caso de que el pueblo lo reclame, seguro ya los magistrados son otros y el asunto se normaliza.
En estos últimos tiempos el gobierno ha ganado los pulsos en el Congreso a punta de untarle la mano a los politiqueros que ocupan sus curules, modalidad esta que asquea y escandaliza a la ciudadanía. De seguir así, la corrupción que vivimos en el presente pasará a la historia como una de las más desbordadas de nuestra historia reciente. Primero lo amenazan con mociones de censura para sus ministros y demás escándalos por el estilo, para que después aparezca por allá el Ministro del Interior a organizarlos con notarías, contratos, embajadas, cargos públicos, subsidios agrícolas y demás “reconocimientos” por su compromiso y apoyo. Todo un tejemaneje de truculencias.
Mire que si renuncia a su aspiración se aclara por fin el panorama electoral para saber entre quiénes debemos escoger; que empiece la campaña en firme que ya falta poco para las fechas fijadas para elecciones. Imagínese además cuánta inversión extranjera y negocios internacionales estarán expectantes de saber dónde va a caer este globo. Con seguridad sus hijos no ven la hora de quedar libres de hacer cuanto negocio se atraviese y doña Lina añora el anonimato y la tranquilidad. Arranque para la finca una buena temporada a capar terneros y domar potros, para que se tengan fino quienes se topen con usted en el futuro.
Yo sé que el pueblo lo apoya y cuando quiero defender estas ideas ante alguien, es común que me haga la manida pregunta: Y si no es Uribe, ¿quién? Pero el país cuenta con personas idóneas que están por descubrir. Y no me venga con que solo le suelta la silla a Juan Manuel Santos, porque si ese cliente sale elegido no queda sino desempolvar el camuflado.
pmejiama1@une.net.co
miércoles, diciembre 23, 2009
Tú me das, yo te doy.
No cabe duda de que las campañas se demoran en calar en la gente, pero con el paso de los años y de tanto insistir en ellas empiezan a dar sus frutos. Recuerdo por ejemplo que hace 40 años los vehículos ni siquiera tenían cinturones de seguridad, aditamentos que aparecieron unos años después pero que muy pocas personas usaban. Entonces empezaron con la jodentina que había que abrocharse el cinturón, enseñaban fotografías de accidentes donde sus ocupantes por omitirlo sufrían heridas, explicaban cuáles eran sus virtudes y beneficios, y recomendaban utilizarlo en todos los casos, así el recorrido fuera corto. Tiempo después ya exigieron su uso y llegaron al punto de penalizar a quien no lo utilizara, pero gracias a tanta insistencia muchas personas no podemos transitar en un vehículo sin abrocharnos el cinturón de seguridad. Sin él nos sentimos como en pelota.
Cuatro décadas atrás también era inadmisible una Navidad sin pólvora. La mayoría de la gente, de todos los estratos, destinaba una partida del presupuesto de gastos decembrinos para adquirir globos, voladores, papeletas, buscaniguas, silbadores, culebras, totes, volcanes, velitas romanas y cuanto triquitraque ofrecieran. No importaban la edad ni el sexo para echar pólvora. A los niños pequeños los dejaban fumar para que prendieran las mechas y los adultos, ya copetones, hacían alarde de valentía al arriesgarse con esa peligrosa entretención. Hasta que un grupo de médicos resolvió que no más, ante la avalancha de niños mutilados y quemados que copaban las urgencias del Hospitalito infantil por estas calendas. Y fue así como iniciaron una campaña que en un principio no mostraba muchos resultados, pero que con el paso de los años empezó a crear conciencia hasta llegar a prohibirse el uso y comercialización de la pólvora en la mayoría de municipios del país.
Y como dicen que nunca es tarde para empezar, es hora de iniciar una campaña para erradicar la absurda costumbre de dar regalos por compromiso. Que los obsequios solo sean por cariño, a las personas que uno quiere y sobre todo a aquel que los necesite. Porque no hay nada que se note más que un regalo comprado por salir del paso; de esos que producen rabia al desempacarlos. En cambio al recibir ese objeto que se identifica con uno, o que necesitaba con urgencia, con ese que le dan en la vena del gusto, se siente gran aprecio por la persona que supo halagarlo. Solo cuando se trate de un verdadero compromiso con alguien ajeno a sus allegados, como el médico que lo atendió en un momento oportuno o cualquier persona que le prestó un servicio de manera desinteresada, puede regalarse una torta, una botella de vino o una ancheta, que son productos que van dirigidos al grupo familiar de quien lo recibe.
Con los niños sí que hay que tener conciencia al momento de comprarles el aguinaldo. Pensar en la forma de ser del infante, en qué puede aportarle el regalo a su formación y entretenimiento, si la fiebre por utilizarlo le va a durar, y lo más importante, averiguar que el muchachito no tenga uno igual. Con los menores hay que ser recursivos y utilizar la imaginación, porque muchas veces un mocoso goza más con una lupa, un mapamundi o un buen rompecabezas. Regalos mucho más baratos que además despiertan su interés y aportan a su desarrollo intelectual, en vez de un mundo de pendejadas que impone el comercio y que los zambos usan una o dos veces antes de relegarlos al fondo del armario.
Encuentro absurda la costumbre de los grupos de personas, como costureros, vecinos, compañeros de trabajo, etc., que en la reunión que acostumbran realizar en esta época para despedir el año y celebrar la Navidad, ponen como condición llevar un regalo de cierto valor determinado. Entonces todos se ven en el dilema de qué darle al otro, y sin falta terminan por comprar cualquier pendejada por salir del paso; y con toda seguridad le toca de amigo secreto ese fulano que le cae como una patada. Qué tal si mejor le piden a todos los asistentes que lleven ese mismo presente, pero con la condición que sea algo útil para una familia de escasos recursos o para esos niños que no reciben sorpresas en noche buena. No es sino encargar a alguien del grupo que reparta esos regalos entre aquellos que de verdad los necesitan.
Cuántos se gastan fortunas al comprar regalos fastuosos e inservibles solo para aparentar; con el agravante que se le aparecen a uno con una vaina de esas y toca salir a las carreras a comprar cualquier pendejada para retribuir el detalle. Nada, de ahora en adelante a dejar esa hipocresía y que quien quiera tirarse la plata en compras inútiles, pues que se la tire. A lo mejor si suspendemos esa bobada de tú me das, yo te doy, por fin llegará el día en que abandonen esa costumbre tan desagradable e incómoda.
Todo el mundo bien arrancado de plata y tener que participar en esa sinrazón del intercambio de presentes. Que cada quién se compre sus chiros o lo que de verdad necesite y que los regalitos sean solo para los pequeñines que todavía creen que se los trajo el Niño Dios, quienes por cierto gozan con cualquier chuchería.
pmejiama1@une.net.co
Cuatro décadas atrás también era inadmisible una Navidad sin pólvora. La mayoría de la gente, de todos los estratos, destinaba una partida del presupuesto de gastos decembrinos para adquirir globos, voladores, papeletas, buscaniguas, silbadores, culebras, totes, volcanes, velitas romanas y cuanto triquitraque ofrecieran. No importaban la edad ni el sexo para echar pólvora. A los niños pequeños los dejaban fumar para que prendieran las mechas y los adultos, ya copetones, hacían alarde de valentía al arriesgarse con esa peligrosa entretención. Hasta que un grupo de médicos resolvió que no más, ante la avalancha de niños mutilados y quemados que copaban las urgencias del Hospitalito infantil por estas calendas. Y fue así como iniciaron una campaña que en un principio no mostraba muchos resultados, pero que con el paso de los años empezó a crear conciencia hasta llegar a prohibirse el uso y comercialización de la pólvora en la mayoría de municipios del país.
Y como dicen que nunca es tarde para empezar, es hora de iniciar una campaña para erradicar la absurda costumbre de dar regalos por compromiso. Que los obsequios solo sean por cariño, a las personas que uno quiere y sobre todo a aquel que los necesite. Porque no hay nada que se note más que un regalo comprado por salir del paso; de esos que producen rabia al desempacarlos. En cambio al recibir ese objeto que se identifica con uno, o que necesitaba con urgencia, con ese que le dan en la vena del gusto, se siente gran aprecio por la persona que supo halagarlo. Solo cuando se trate de un verdadero compromiso con alguien ajeno a sus allegados, como el médico que lo atendió en un momento oportuno o cualquier persona que le prestó un servicio de manera desinteresada, puede regalarse una torta, una botella de vino o una ancheta, que son productos que van dirigidos al grupo familiar de quien lo recibe.
Con los niños sí que hay que tener conciencia al momento de comprarles el aguinaldo. Pensar en la forma de ser del infante, en qué puede aportarle el regalo a su formación y entretenimiento, si la fiebre por utilizarlo le va a durar, y lo más importante, averiguar que el muchachito no tenga uno igual. Con los menores hay que ser recursivos y utilizar la imaginación, porque muchas veces un mocoso goza más con una lupa, un mapamundi o un buen rompecabezas. Regalos mucho más baratos que además despiertan su interés y aportan a su desarrollo intelectual, en vez de un mundo de pendejadas que impone el comercio y que los zambos usan una o dos veces antes de relegarlos al fondo del armario.
Encuentro absurda la costumbre de los grupos de personas, como costureros, vecinos, compañeros de trabajo, etc., que en la reunión que acostumbran realizar en esta época para despedir el año y celebrar la Navidad, ponen como condición llevar un regalo de cierto valor determinado. Entonces todos se ven en el dilema de qué darle al otro, y sin falta terminan por comprar cualquier pendejada por salir del paso; y con toda seguridad le toca de amigo secreto ese fulano que le cae como una patada. Qué tal si mejor le piden a todos los asistentes que lleven ese mismo presente, pero con la condición que sea algo útil para una familia de escasos recursos o para esos niños que no reciben sorpresas en noche buena. No es sino encargar a alguien del grupo que reparta esos regalos entre aquellos que de verdad los necesitan.
Cuántos se gastan fortunas al comprar regalos fastuosos e inservibles solo para aparentar; con el agravante que se le aparecen a uno con una vaina de esas y toca salir a las carreras a comprar cualquier pendejada para retribuir el detalle. Nada, de ahora en adelante a dejar esa hipocresía y que quien quiera tirarse la plata en compras inútiles, pues que se la tire. A lo mejor si suspendemos esa bobada de tú me das, yo te doy, por fin llegará el día en que abandonen esa costumbre tan desagradable e incómoda.
Todo el mundo bien arrancado de plata y tener que participar en esa sinrazón del intercambio de presentes. Que cada quién se compre sus chiros o lo que de verdad necesite y que los regalitos sean solo para los pequeñines que todavía creen que se los trajo el Niño Dios, quienes por cierto gozan con cualquier chuchería.
pmejiama1@une.net.co
martes, diciembre 15, 2009
Moriremos esclavizados.
Al referirnos a la esclavitud la relacionamos de inmediato con un negrito escuálido e indefenso cargado de grilletes, con la espalda marcada por los latigazos despiadados de su amo. Sobre el papel el sometimiento desapareció de la mayoría de países del globo, aunque en realidad son muchas las personas que lo sufren de una u otra manera. Existen trabajos que aunque sean pagos se diferencian muy poco de esa modalidad absurda y abominable. Y hay quienes son esclavos de un vicio, de celos, de un amor, una religión; de una deuda, un marido machista y absorbente, una obsesión; de una diálisis u otra ayuda mecánica para sobrevivir, de un medicamento. Cualquier cosa que nos maneje la vida, que se convierta en una constante o en algo ineludible.
Desde que el ser humano empezó a poblar el planeta existe la esclavitud. En tiempos remotos parte del botín de guerra era el producido de la venta de los cautivos, que eran los habitantes del pueblo sometido. Adultos, adolecentes y niños que pudieran desempeñar alguna labor se ofrecían en los mercados como mercancía, y familias enteras vivieron durante varias generaciones esa mísera condición. En nuestro continente con la llegada de los españoles fueron los indígenas quienes pusieron el sudor y el sacrificio para llenarles los bolsillos a los ávidos conquistadores. En las minas, en la agricultura, como cargadores en las caravanas o en cualquier oficio que requiriera mano de obra, ahí obligaban al indio a trabajar sin ningún tipo de compensación. Solo la comida necesaria para que sobreviviera al abuso y al maltrato.
Cuando los aborígenes no pudieron suplir esa necesidad, porque de tanto atropellarlos los diezmaron hasta hacerlos casi desaparecer, entonces idearon el negocio de cazar como animales a los negros africanos para traerlos en condiciones infrahumanas a trabajar las tierras del nuevo reino. Mientras tanto, en la Rusia zarista la nobleza disponía del pueblo como una propiedad más, y es así como a un príncipe se le concedía un extenso territorio con sus habitantes incluidos. Siervos llamaban a los campesinos que pasaban a ser propiedad del nuevo patrón, quien disponía de sus vidas en todo sentido. ¿Y acaso no fue esclavitud el feudalismo de la edad media, los gulags de Stalin en Siberia, los eunucos guardianes de un harem o quienes cargaron las piedras para las pirámides?
En Colombia la esclavitud fue abolida después de negociaciones y tratados, y como testigo de ese momento histórico está la inmensa y centenaria ceiba que existe en el municipio de Gigante, Huila, árbol que fue sembrado en 1852 por el entonces presidente José Hilario López para celebrar tan magno acontecimiento. En Norteamérica debieron enfrascarse los estadounidenses en una guerra civil, brutal y fratricida, para lograr que los grandes hacendados sureños renunciaran a sus esclavos; aquellas inmensas plantaciones de algodón y tabaco fueron levantadas con el sudor y la sangre de los negros africanos. En la actualidad, los países desarrollados explotan al tercer mundo y con deudas y compromisos económicos aplican otra modalidad de sometimiento.
Llega el siglo XXI y enfrentamos una esclavitud moderna: la tecnología. Los afiebrados y gomosos no tienen respiro porque aunque tratan de mantenerse al día con el último PC del mercado, el mejor teléfono celular, una cámara fotográfica de ensueño y un carro fuera de serie, en menos de lo que canta un gallo ya están desactualizados. Mientras tanto quienes no acostumbramos estar con el último grito de la moda, esperamos pacientes para echarle mano a lo que siempre hemos conocido como sobrado de rico. Aparatos y objetos con muy poco uso que pierden su valor a una velocidad impresionante, por el solo hecho de aparecer en el mercado alguno más moderno y novedoso.
El control remoto, mando a distancia le dicen algunos, que durante mucho tiempo fue uno solo en la casa, el del televisor, ahora está acompañado de otros varios. El del video grabador, el DVD, el teatro casero, uno para el equipo de sonido, otro para el Ipod, el del radio del carro y hay quienes tienen uno hasta para cerrar la cortinas. Y deben funcionar todos porque no aceptamos tener que levantarnos de la cama a manipular algún aparato de forma manual. Además en las casas ya no dan abasto los enchufes porque tienen un cargador conectado: de los celulares, del cigarrillo electrónico, la máquina de afeitar, del portátil, el del video juego y otros tantos que ni recordamos a qué corresponden.
Y que tal la esclavitud que representan las claves para todo: para el cajero automático, de la tarjeta de crédito, para ingresar a nuestra cuenta bancaria desde la computadora, la segunda clave para hacer ciertas transacciones, la de ingresar al PC, la del correo electrónico, la que pide para Hotmail, Messenger, Facebook, ¡mejor dicho! Entonces uno empieza con la fecha de nacimiento, sigue con los últimos números de la cédula, con los del teléfono, con la placa del carro, con la dirección… Y vaya pues acuérdese. Lo peor es que las del banco cada rato las hacen cambiar, dizque por seguridad, y de una vez recomiendan que no las anote en ninguna parte. ¡Qué tal!, y uno sin saber qué idearse para lograr recordar tanta vaina.
Pero sin duda la mayor esclavitud es internet. Aunque… ¿cómo carajo funcionaba el mundo sin Google?
pmejiama1@une.net.co
Desde que el ser humano empezó a poblar el planeta existe la esclavitud. En tiempos remotos parte del botín de guerra era el producido de la venta de los cautivos, que eran los habitantes del pueblo sometido. Adultos, adolecentes y niños que pudieran desempeñar alguna labor se ofrecían en los mercados como mercancía, y familias enteras vivieron durante varias generaciones esa mísera condición. En nuestro continente con la llegada de los españoles fueron los indígenas quienes pusieron el sudor y el sacrificio para llenarles los bolsillos a los ávidos conquistadores. En las minas, en la agricultura, como cargadores en las caravanas o en cualquier oficio que requiriera mano de obra, ahí obligaban al indio a trabajar sin ningún tipo de compensación. Solo la comida necesaria para que sobreviviera al abuso y al maltrato.
Cuando los aborígenes no pudieron suplir esa necesidad, porque de tanto atropellarlos los diezmaron hasta hacerlos casi desaparecer, entonces idearon el negocio de cazar como animales a los negros africanos para traerlos en condiciones infrahumanas a trabajar las tierras del nuevo reino. Mientras tanto, en la Rusia zarista la nobleza disponía del pueblo como una propiedad más, y es así como a un príncipe se le concedía un extenso territorio con sus habitantes incluidos. Siervos llamaban a los campesinos que pasaban a ser propiedad del nuevo patrón, quien disponía de sus vidas en todo sentido. ¿Y acaso no fue esclavitud el feudalismo de la edad media, los gulags de Stalin en Siberia, los eunucos guardianes de un harem o quienes cargaron las piedras para las pirámides?
En Colombia la esclavitud fue abolida después de negociaciones y tratados, y como testigo de ese momento histórico está la inmensa y centenaria ceiba que existe en el municipio de Gigante, Huila, árbol que fue sembrado en 1852 por el entonces presidente José Hilario López para celebrar tan magno acontecimiento. En Norteamérica debieron enfrascarse los estadounidenses en una guerra civil, brutal y fratricida, para lograr que los grandes hacendados sureños renunciaran a sus esclavos; aquellas inmensas plantaciones de algodón y tabaco fueron levantadas con el sudor y la sangre de los negros africanos. En la actualidad, los países desarrollados explotan al tercer mundo y con deudas y compromisos económicos aplican otra modalidad de sometimiento.
Llega el siglo XXI y enfrentamos una esclavitud moderna: la tecnología. Los afiebrados y gomosos no tienen respiro porque aunque tratan de mantenerse al día con el último PC del mercado, el mejor teléfono celular, una cámara fotográfica de ensueño y un carro fuera de serie, en menos de lo que canta un gallo ya están desactualizados. Mientras tanto quienes no acostumbramos estar con el último grito de la moda, esperamos pacientes para echarle mano a lo que siempre hemos conocido como sobrado de rico. Aparatos y objetos con muy poco uso que pierden su valor a una velocidad impresionante, por el solo hecho de aparecer en el mercado alguno más moderno y novedoso.
El control remoto, mando a distancia le dicen algunos, que durante mucho tiempo fue uno solo en la casa, el del televisor, ahora está acompañado de otros varios. El del video grabador, el DVD, el teatro casero, uno para el equipo de sonido, otro para el Ipod, el del radio del carro y hay quienes tienen uno hasta para cerrar la cortinas. Y deben funcionar todos porque no aceptamos tener que levantarnos de la cama a manipular algún aparato de forma manual. Además en las casas ya no dan abasto los enchufes porque tienen un cargador conectado: de los celulares, del cigarrillo electrónico, la máquina de afeitar, del portátil, el del video juego y otros tantos que ni recordamos a qué corresponden.
Y que tal la esclavitud que representan las claves para todo: para el cajero automático, de la tarjeta de crédito, para ingresar a nuestra cuenta bancaria desde la computadora, la segunda clave para hacer ciertas transacciones, la de ingresar al PC, la del correo electrónico, la que pide para Hotmail, Messenger, Facebook, ¡mejor dicho! Entonces uno empieza con la fecha de nacimiento, sigue con los últimos números de la cédula, con los del teléfono, con la placa del carro, con la dirección… Y vaya pues acuérdese. Lo peor es que las del banco cada rato las hacen cambiar, dizque por seguridad, y de una vez recomiendan que no las anote en ninguna parte. ¡Qué tal!, y uno sin saber qué idearse para lograr recordar tanta vaina.
Pero sin duda la mayor esclavitud es internet. Aunque… ¿cómo carajo funcionaba el mundo sin Google?
pmejiama1@une.net.co
lunes, diciembre 07, 2009
Médicos de antaño (II).
Fue mi amigo el doctor Gilberto Echeverri quien me prestó esta amarillenta edición de El Dedo, publicado en diciembre de 1979 para celebrar el aniversario número XX de la primera promoción de médicos de nuestra querida facultad de medicina. He disfrutado mucho al leerlo y eso que no conozco a los protagonistas, como me dice el doctor Gilberto, quien compartió aulas, amistad y ha sido colega y compañero de andanzas de estos personajes. Lacra, Momia, Tamal, Catarro, Feníbal, Abuela, Garrote, Tavito Grajales, Panceburra, Cirano y Pechuepalomo son algunos de los mencionados en las crónicas, trovas, parodias y demás escritos que contiene la gaceta de marras.
Se refieren quienes vivieron aquellas épocas a un profesor que causó polémica en la ciudad: el doctor Tulio Bayer. Hombre inteligente y culto, especializado en Harvard en el campo de la farmacología, quien nunca disimuló sus ideas comunistas y ese idealismo sincero que caracterizaba a los contestatarios de entonces. Cuentan que medía más de dos metros de estatura y tenía un automóvil Volkswagen escarabajo, conocido como una pulga, y que era un verdadero espectáculo verlo bajarse del pichirilo. Alguna vez desempeñó el cargo de Secretario de salud del municipio y emprendió una campaña agresiva para combatir la leche cruda que vendían puerta a puerta. Puso a sus alumnos a recoger muestras y analizarlas, para denunciar los infractores que “bautizaban” la leche con agua antes de venderla al consumidor. Lo increíble es que el primero en la lista de personas denunciadas fue el propietario de una empresa lechera, quien además era el alcalde de la ciudad. Dicen que el burgomaestre se quedó con las ganas de echarlo a las patadas, porque el secretario se le adelantó y presentó su renuncia.
En la sección dedicada al anecdotario encuentro unos cuentos muy buenos. Aseguran que cuando Jaime González (Momia) trabajaba en Fresno, llegó una señora a consultarle porque presentaba una lesión costrosa en ambas mamas. La mujercita estaba acompañada de su hijo de dos años y en el interrogatorio reconoció que todavía alimentaba al barrigón. Entonces Momia le sentenció: Vea mi doña, o usted desteta ese muchachito o el muchachito la desteta a usted.
Dizque una vez mandó el doctor Norman Pardo a su cobrador, un tal Emilio, a recuperar cartera y el pisco le llegó con esta razón: Doctor, que doña fulana le manda a decir que está muy agradecida por la forma como atendió al esposo, que la cuenta le parece correcta, pero que si le da una esperita mientras acaba de pagar el entierro.
Recibió el doctor Marino Alzate una pareja de campesinos que venían de Aguadas y quienes le dijeron que además necesitaban que le formulara a un amigo. Cuando terminó con ambos pacientes les pidió que hicieran pasar al amigo, a lo que el hombrecito muy serio le dijo que eso era imposible porque el otro señor se había quedado en el pueblo. Entonces el oftalmólogo les dijo algo exasperado que cómo se les ocurría que le iba a recetar sin verlo siquiera, a lo que el montañero respondió convencido: Tranquilo dotor, que él no pudo venir pero mandó la cédula.
Llegó un cotero a consultarle al doctor Jaime Arango porque presentaba un chancro en el pene que lo tenía muy mortificado y cuando el galeno procedió a interrogarlo, el hombre aseguró que esa vaina le había salido por levantar un bulto. Entonces el doctor Arango comentó con sorna: Tal vez un “bulto” de vieja, gran pendejo.
Procedía el neurocirujano Oscar Castaño a practicarle una arteriografía a una paciente y la anestesia la daba Gómez Calle. En cierto momento fue necesario cambiarle la posición a la señora y entonces Castaño le pidió al otro que se la empujara para adelante, a lo que Gustavo preguntó con malicia: ¿Y es que la vas a prender rodada?
Un profesor de entonces fue el doctor Ferry Aranzazu, clínico reconocido por sus conocimientos y dedicación a la profesión; además tenía fama de “cuchilla”, de ser muy serio en el trato y poco amigo de las bromas y la guachafita. Entre los alumnos había jóvenes oriundos de varias regiones del país, ya que la facultad muy pronto ganó fama nacional y sus cupos eran muy apetecidos, y entre algunos costeños que llegaron a estudiar había un joven dicharachero, alegre y mamagallista, características muy de su región pero poco comunes en esta Manizales fría y pacata.
Llama el doctor Ferry al corroncho de marras para que presente su exposición y empieza ese personaje a hacer gala de su facilidad de expresión, y a cada momento mencionaba a un tan Yobenjaez: “según Yobenjaez”, “como dice Yobenjaez”, “así lo confirma Yobenjaez”, etc. Es de imaginar que mientras tanto, el avezado profesor escudriñaba en su vasto conocimiento de la clínica médica y sus autores a ver si lograba recordar ese que su pupilo mencionaba con tanta propiedad. Terminada la presentación, el profesor llamó la atención del estudiantado para que imitaran la entrega y dedicación de ese joven inquieto y estudioso, que se notaba a la legua había investigado a fondo el tema. Para terminar, no se quedó con la gana de preguntarle quién era ese tal Yobenjaez que tanto nombraba, y el zambo contestó con absoluta convicción:
-Nadie menos que ¡Yo, Benjamín Ezpeleta Ariza!, para servirle mi docto.
pmejiama1@une.net.co
Se refieren quienes vivieron aquellas épocas a un profesor que causó polémica en la ciudad: el doctor Tulio Bayer. Hombre inteligente y culto, especializado en Harvard en el campo de la farmacología, quien nunca disimuló sus ideas comunistas y ese idealismo sincero que caracterizaba a los contestatarios de entonces. Cuentan que medía más de dos metros de estatura y tenía un automóvil Volkswagen escarabajo, conocido como una pulga, y que era un verdadero espectáculo verlo bajarse del pichirilo. Alguna vez desempeñó el cargo de Secretario de salud del municipio y emprendió una campaña agresiva para combatir la leche cruda que vendían puerta a puerta. Puso a sus alumnos a recoger muestras y analizarlas, para denunciar los infractores que “bautizaban” la leche con agua antes de venderla al consumidor. Lo increíble es que el primero en la lista de personas denunciadas fue el propietario de una empresa lechera, quien además era el alcalde de la ciudad. Dicen que el burgomaestre se quedó con las ganas de echarlo a las patadas, porque el secretario se le adelantó y presentó su renuncia.
En la sección dedicada al anecdotario encuentro unos cuentos muy buenos. Aseguran que cuando Jaime González (Momia) trabajaba en Fresno, llegó una señora a consultarle porque presentaba una lesión costrosa en ambas mamas. La mujercita estaba acompañada de su hijo de dos años y en el interrogatorio reconoció que todavía alimentaba al barrigón. Entonces Momia le sentenció: Vea mi doña, o usted desteta ese muchachito o el muchachito la desteta a usted.
Dizque una vez mandó el doctor Norman Pardo a su cobrador, un tal Emilio, a recuperar cartera y el pisco le llegó con esta razón: Doctor, que doña fulana le manda a decir que está muy agradecida por la forma como atendió al esposo, que la cuenta le parece correcta, pero que si le da una esperita mientras acaba de pagar el entierro.
Recibió el doctor Marino Alzate una pareja de campesinos que venían de Aguadas y quienes le dijeron que además necesitaban que le formulara a un amigo. Cuando terminó con ambos pacientes les pidió que hicieran pasar al amigo, a lo que el hombrecito muy serio le dijo que eso era imposible porque el otro señor se había quedado en el pueblo. Entonces el oftalmólogo les dijo algo exasperado que cómo se les ocurría que le iba a recetar sin verlo siquiera, a lo que el montañero respondió convencido: Tranquilo dotor, que él no pudo venir pero mandó la cédula.
Llegó un cotero a consultarle al doctor Jaime Arango porque presentaba un chancro en el pene que lo tenía muy mortificado y cuando el galeno procedió a interrogarlo, el hombre aseguró que esa vaina le había salido por levantar un bulto. Entonces el doctor Arango comentó con sorna: Tal vez un “bulto” de vieja, gran pendejo.
Procedía el neurocirujano Oscar Castaño a practicarle una arteriografía a una paciente y la anestesia la daba Gómez Calle. En cierto momento fue necesario cambiarle la posición a la señora y entonces Castaño le pidió al otro que se la empujara para adelante, a lo que Gustavo preguntó con malicia: ¿Y es que la vas a prender rodada?
Un profesor de entonces fue el doctor Ferry Aranzazu, clínico reconocido por sus conocimientos y dedicación a la profesión; además tenía fama de “cuchilla”, de ser muy serio en el trato y poco amigo de las bromas y la guachafita. Entre los alumnos había jóvenes oriundos de varias regiones del país, ya que la facultad muy pronto ganó fama nacional y sus cupos eran muy apetecidos, y entre algunos costeños que llegaron a estudiar había un joven dicharachero, alegre y mamagallista, características muy de su región pero poco comunes en esta Manizales fría y pacata.
Llama el doctor Ferry al corroncho de marras para que presente su exposición y empieza ese personaje a hacer gala de su facilidad de expresión, y a cada momento mencionaba a un tan Yobenjaez: “según Yobenjaez”, “como dice Yobenjaez”, “así lo confirma Yobenjaez”, etc. Es de imaginar que mientras tanto, el avezado profesor escudriñaba en su vasto conocimiento de la clínica médica y sus autores a ver si lograba recordar ese que su pupilo mencionaba con tanta propiedad. Terminada la presentación, el profesor llamó la atención del estudiantado para que imitaran la entrega y dedicación de ese joven inquieto y estudioso, que se notaba a la legua había investigado a fondo el tema. Para terminar, no se quedó con la gana de preguntarle quién era ese tal Yobenjaez que tanto nombraba, y el zambo contestó con absoluta convicción:
-Nadie menos que ¡Yo, Benjamín Ezpeleta Ariza!, para servirle mi docto.
pmejiama1@une.net.co
martes, diciembre 01, 2009
Médicos de antaño (I).
La profesión de la medicina se ha degradado con el paso de los años. Antes era una odisea ingresar a una facultad de medicina, porque se presentaban cientos de aspirantes pero solo había cupo para unos pocos, a diferencia de ahora que en muchas universidades el único requisito es tener con qué pagar las altas matrículas. Gradúan médicos por docenas para mandarlos a la calle a trabajar por salarios ridículos, porque sin duda el grado se convirtió en un segundo bachillerato. Hoy en día quien no se especialice y a eso le agregue varios diplomados, doctorados y cuanto curso dicten, se tiene que colocar como médico general a ver pacientes en quince minutos y a que le paguen menos que a un lustrabotas.
Antes el médico era respetado y acatado en todo sentido. Representaba un escaño muy importante en la sociedad y su presencia era requerida en cualquier tipo de acontecimiento; en los pueblos y ciudades el médico ocupaba la mesa principal con el alcalde, el cura párroco, el jefe de policía y el notario. Para cualquier hogar era un honor recibir al doctor, porque además atendían la clientela a domicilio, y su presencia irradiaba en las personas de todas las edades cierta reverencia. El facultativo atendía al paciente y lo trataba con cariño y consideración, se interesaba por sus dolencias, lo aconsejaba, le daba asesoría en cuanto estuviera a su alcance y se convertía en un miembro más de su familia.
Desde que un intermediario se metió en medio del vínculo médico – paciente, el asunto se empezó a fregar. Ya no tienen tiempo ni de mirar al enfermo a la cara de tanto llenar formas impresas y formularios, todos encausados a elaborar la factura. Porque esa es la única preocupación de las entidades de salud: facturar. Entre llenar papeles, rebuscarse chanfas en todas partes para redondearse un sueldo y estudiar hasta el cansancio para seguir en la lucha, a qué horas van a leer, a instruirse en otras artes, a practicar un pasatiempo, a alcanzar el nivel de cultura de aquellos galenos de antaño. Ahora el interés se centró netamente en lo monetario.
El doctor Alberto Gómez Aristizabal es un ejemplo de aquellos médicos de antes. Desde su época de estudiante, en una de las primeras promociones de la facultad de medicina de la Universidad de Caldas, se ha caracterizado por su espíritu inquieto, un excelente sentido del humor, una maravillosa manera de escribir y ese afán innato por adquirir conocimientos. Fue por medio del correo electrónico, que nos facilita relacionarnos con personas que nunca hemos visto, que he cultivado una amistad con este interesante manizaleño, quien se fue a buscar destino a Cali recién egresado de la facultad. Además me envía religiosamente cada dos meses la edición de La Píldora, una agradable revista que publica contra viento y marea y que está próxima a llegar a la edición #150, y cuya lectura es un oasis para el alma. Allí desfoga el doctor Lacra, como lo llamaban sus compañeros de universidad, todo su bagaje cultural, humorístico y literario.
Cuando la facultad de medicina de la Universidad de Caldas, que en un principio se llamó Universidad Popular, estaba todavía en pañales, Lacra, en compañía de algunos compañeros, publicaba cada mes un periódico que ponía a la comunidad patas arriba. Desde el rector hasta el portero tenían que ver con el asunto y en los pasillos y corredores no se hablaba de otra cosa, aparte de que todo el mundo rezaba para no ser blanco de chanzas y burlas; además hacía denuncias y críticas que ponían a temblar a los implicados. Y es que el autodidacta periodista además de magnífico componedor de rimas, era mamagallista profesional, músico incipiente, gocetas y burletero como el que más. Además le quedaba tiempo para estudiar, escudriñar e investigar.
Cuando celebraron los veinte años de egresados los primeros galenos de nuestra escuela de medicina, le propusieron al doctor Mago (otro remoquete que se ganó Lacra recién llegado a Cali, cuando se dedicó a practicar el hipnotismo que aprendió aquí en forma artesanal con algunos compañeros) que publicara una edición especial de aquel recordado periódico. Entonces en compañía de Hernán Estrada Duque, Catarro, hicieron una recopilación de algunas crónicas que en su momento tuvieron mucho éxito.
Cuenta Lacra en su crónica “Radiografía del doctor Ernesto Gutiérrez Arango”, que cuando procedía con su primera matrícula se enteró de que el decano de la facultad era un eminente médico que era reconocido por ser un potentado ganadero de la región. Decían que dicho personaje semejaba un lord inglés, que se sonaba con billetes de quinientos, el timbre de su casa era un queso de bola, brillaban el piso con crema de leche, etc. Cuando por fin conoció al rimbombante directivo, grande fue su sorpresa al verlo parado en el mostrador de la cafetería de la universidad, con un vestidito Valher común y corriente, y una mano en el bolsillo mientras se tomaba un tinto acompañado de una arepa. Mayor fue su extrañeza al oírlo comentar al dependiente, con su acento de paisa raizal: “Hijue los infiernos Pedro, ¡qué aguapanela tan verraca!”.
A quienes tuvimos el honor de conocer al doctor Ernesto y el inmenso placer de tratarlo alguna vez, solo nos queda decir: ¡Me parece verlo!
pmejiama1@une.net.co
Antes el médico era respetado y acatado en todo sentido. Representaba un escaño muy importante en la sociedad y su presencia era requerida en cualquier tipo de acontecimiento; en los pueblos y ciudades el médico ocupaba la mesa principal con el alcalde, el cura párroco, el jefe de policía y el notario. Para cualquier hogar era un honor recibir al doctor, porque además atendían la clientela a domicilio, y su presencia irradiaba en las personas de todas las edades cierta reverencia. El facultativo atendía al paciente y lo trataba con cariño y consideración, se interesaba por sus dolencias, lo aconsejaba, le daba asesoría en cuanto estuviera a su alcance y se convertía en un miembro más de su familia.
Desde que un intermediario se metió en medio del vínculo médico – paciente, el asunto se empezó a fregar. Ya no tienen tiempo ni de mirar al enfermo a la cara de tanto llenar formas impresas y formularios, todos encausados a elaborar la factura. Porque esa es la única preocupación de las entidades de salud: facturar. Entre llenar papeles, rebuscarse chanfas en todas partes para redondearse un sueldo y estudiar hasta el cansancio para seguir en la lucha, a qué horas van a leer, a instruirse en otras artes, a practicar un pasatiempo, a alcanzar el nivel de cultura de aquellos galenos de antaño. Ahora el interés se centró netamente en lo monetario.
El doctor Alberto Gómez Aristizabal es un ejemplo de aquellos médicos de antes. Desde su época de estudiante, en una de las primeras promociones de la facultad de medicina de la Universidad de Caldas, se ha caracterizado por su espíritu inquieto, un excelente sentido del humor, una maravillosa manera de escribir y ese afán innato por adquirir conocimientos. Fue por medio del correo electrónico, que nos facilita relacionarnos con personas que nunca hemos visto, que he cultivado una amistad con este interesante manizaleño, quien se fue a buscar destino a Cali recién egresado de la facultad. Además me envía religiosamente cada dos meses la edición de La Píldora, una agradable revista que publica contra viento y marea y que está próxima a llegar a la edición #150, y cuya lectura es un oasis para el alma. Allí desfoga el doctor Lacra, como lo llamaban sus compañeros de universidad, todo su bagaje cultural, humorístico y literario.
Cuando la facultad de medicina de la Universidad de Caldas, que en un principio se llamó Universidad Popular, estaba todavía en pañales, Lacra, en compañía de algunos compañeros, publicaba cada mes un periódico que ponía a la comunidad patas arriba. Desde el rector hasta el portero tenían que ver con el asunto y en los pasillos y corredores no se hablaba de otra cosa, aparte de que todo el mundo rezaba para no ser blanco de chanzas y burlas; además hacía denuncias y críticas que ponían a temblar a los implicados. Y es que el autodidacta periodista además de magnífico componedor de rimas, era mamagallista profesional, músico incipiente, gocetas y burletero como el que más. Además le quedaba tiempo para estudiar, escudriñar e investigar.
Cuando celebraron los veinte años de egresados los primeros galenos de nuestra escuela de medicina, le propusieron al doctor Mago (otro remoquete que se ganó Lacra recién llegado a Cali, cuando se dedicó a practicar el hipnotismo que aprendió aquí en forma artesanal con algunos compañeros) que publicara una edición especial de aquel recordado periódico. Entonces en compañía de Hernán Estrada Duque, Catarro, hicieron una recopilación de algunas crónicas que en su momento tuvieron mucho éxito.
Cuenta Lacra en su crónica “Radiografía del doctor Ernesto Gutiérrez Arango”, que cuando procedía con su primera matrícula se enteró de que el decano de la facultad era un eminente médico que era reconocido por ser un potentado ganadero de la región. Decían que dicho personaje semejaba un lord inglés, que se sonaba con billetes de quinientos, el timbre de su casa era un queso de bola, brillaban el piso con crema de leche, etc. Cuando por fin conoció al rimbombante directivo, grande fue su sorpresa al verlo parado en el mostrador de la cafetería de la universidad, con un vestidito Valher común y corriente, y una mano en el bolsillo mientras se tomaba un tinto acompañado de una arepa. Mayor fue su extrañeza al oírlo comentar al dependiente, con su acento de paisa raizal: “Hijue los infiernos Pedro, ¡qué aguapanela tan verraca!”.
A quienes tuvimos el honor de conocer al doctor Ernesto y el inmenso placer de tratarlo alguna vez, solo nos queda decir: ¡Me parece verlo!
pmejiama1@une.net.co
martes, noviembre 24, 2009
¡A discreción!
Qué tal las bravuconadas del payaso que tienen nuestros vecinos de Presidente. Cada que se le salta la piedra por cualquier pendejada, amenaza con sacar a relucir los cacharros que ha comprado en los últimos tiempos para armar a sus fuerzas militares. Y aunque ya en Brasil le pusieron el tatequieto por lengüilargo y bochinchero, el tipo se echó para atrás con disculpas y enredos que lo único que buscan es desviar la atención. Pero deje que pasen unos días y sus vecinos del sur le aflojen la presión, para que vea que algo se inventa para volver con su andanada de improperios y espantajos.
A los habitantes de ambos países nos parece insólito el solo hecho de hablar de una confrontación bélica entre los pueblos hermanos, pero ojo porque un loco ególatra y crecido, que además tiene petrodólares a disposición, es más peligroso que un tiro en un oído. En una de esas pataletas le da por mandar bombardear territorio colombiano o que un escuadrón de tanques invadan a Cúcuta, y ahí sí nos coge con los calzones abajo. Aunque me late que lo que el chafarote está es picado, porque con los gringos en las bases colombianas se le frustra el plan de voltearle todo este territorio a Castro para su proyecto comunista. Otra estrategia es despertar ese patriotismo irracional que obnubila al populacho, como sucedió cuando el general Galtieri convenció a muchos argentinos de que iban a aplastar al imperio británico, y así distraer la atención de la crisis económica y social que enfrenta su país. Mientras tanto los gringos esperan cualquier provocación del orate coronel para callarle la boca, y de una vez arrebatarle el precioso oro negro, por lo que debemos estar alerta para evitar quedar en medio de ese sándwich.
Pero en caso de que por cosas del destino, sobre todo cosas del guerrerista mandatario, caigamos en el absurdo conflicto, no sobra prepararnos para coger al toro por los cachos. Por ejemplo que nuestro país revire con una estrategia de paz que busque voltear definitivamente al pueblo venezolano a favor nuestro. Que la fuerza aérea planee bombardeos en las principales ciudades, pero en vez de descargar toneladas de explosivos, deje caer cargamentos de provisiones tales como papel higiénico, pollos congelados, bolsas de leche, libras de arroz, panes tajados, toallas higiénicas (de las que vienen con alas para facilitar el aterrizaje), maíz trillado, lentejas, perniles de marrano y confites para entretener a los muchachitos. Sería prudente además advertir a la ciudadanía de la incursión aérea, para que se refugien debajo de las camas porque sin duda algunos de estos productos pueden descalabrar a más de uno.
Por vía terrestre y como punta de lanza del avance de las tropas colombianas, que manden un batallón de danzarines y grupos vallenatos. La idea es que hasta los militares venecos terminen enrumbados en el tremendo sarao que vamos a formar allá, porque en vez de oficiales nuestro destacamento irá regentado por el Rey Momo, la Marimonda y Joselito Carnaval. Las pilanderas, Matilde Helina y la Vieja Sara serán las encargadas de entretener a quienes participen de la repichinga, y que nadie se preocupe porque rodarán a mares el trago, la cerveza y todo tipo de viandas. Las industrias licoreras y la cervecera pueden patrocinar este contingente de la alegría, que irá acompañado de buñuelos, empanadas, arepas de huevo, chorizos, tamales, caldo de albóndigas y cuanto mecato existe.
En todo tipo de enfrentamiento militar es primordial la inteligencia, la cual por fortuna se da por estos lados como maleza. Malicia y picardía tenemos de sobra, y basta ponerle orden a nuestra gente para superar a cualquiera. Otra estrategia que puede funcionar es prometerle a quienes viven en los asentamientos urbanos del vecino país, que estamos dispuestos a compartir con ellos la energía eléctrica y el agua potable para que no pasen tantos trabajos.
Claro que si las buenas intenciones no funcionan y el aparato militar venezolano se viene con todo, no queda sino sacar nuestras armas secretas para enfrentar la agresión. De manera que a mandar batallones a luchar por la patria y la idea es que la campaña no requiera mucha inversión, porque plata no hay. El primer contingente está compuesto por sicarios de todo el país, liderados por los chachos entrenados en las comunas de Medellín, con el atractivo que esos parceros ponen sus motos para transportarse y cada uno lleva el fierro propio. Una compañía conformada por indígenas del sur, de Cauca y Nariño, saca la cara por el país porque esa gente es más brava que una señora; lo mejor es que no necesitan armamento porque se defienden con palos y garrotes, y arrancan a pie hacia el teatro de operaciones sin poner pirinola.
Que programen partidos de fútbol con los diferentes equipos en Cúcuta y allá enrolen a los integrantes de las barras bravas, las peores gambas del país, para que crucen la frontera y enciendan a todo el mundo a piedra y a navaja. Una amnistía pasajera será necesaria para que paracos y traquetos pongan sus ejércitos de matones al servicio de la patria, y si todo esto no funciona, tocará mandar pelotones de peso: Pachito Santos, Samuel Moreno o el ex fiscal Iguarán. Porque aquí pelotones también hay para dar y convidar.
pmejiama1@une.net.co
A los habitantes de ambos países nos parece insólito el solo hecho de hablar de una confrontación bélica entre los pueblos hermanos, pero ojo porque un loco ególatra y crecido, que además tiene petrodólares a disposición, es más peligroso que un tiro en un oído. En una de esas pataletas le da por mandar bombardear territorio colombiano o que un escuadrón de tanques invadan a Cúcuta, y ahí sí nos coge con los calzones abajo. Aunque me late que lo que el chafarote está es picado, porque con los gringos en las bases colombianas se le frustra el plan de voltearle todo este territorio a Castro para su proyecto comunista. Otra estrategia es despertar ese patriotismo irracional que obnubila al populacho, como sucedió cuando el general Galtieri convenció a muchos argentinos de que iban a aplastar al imperio británico, y así distraer la atención de la crisis económica y social que enfrenta su país. Mientras tanto los gringos esperan cualquier provocación del orate coronel para callarle la boca, y de una vez arrebatarle el precioso oro negro, por lo que debemos estar alerta para evitar quedar en medio de ese sándwich.
Pero en caso de que por cosas del destino, sobre todo cosas del guerrerista mandatario, caigamos en el absurdo conflicto, no sobra prepararnos para coger al toro por los cachos. Por ejemplo que nuestro país revire con una estrategia de paz que busque voltear definitivamente al pueblo venezolano a favor nuestro. Que la fuerza aérea planee bombardeos en las principales ciudades, pero en vez de descargar toneladas de explosivos, deje caer cargamentos de provisiones tales como papel higiénico, pollos congelados, bolsas de leche, libras de arroz, panes tajados, toallas higiénicas (de las que vienen con alas para facilitar el aterrizaje), maíz trillado, lentejas, perniles de marrano y confites para entretener a los muchachitos. Sería prudente además advertir a la ciudadanía de la incursión aérea, para que se refugien debajo de las camas porque sin duda algunos de estos productos pueden descalabrar a más de uno.
Por vía terrestre y como punta de lanza del avance de las tropas colombianas, que manden un batallón de danzarines y grupos vallenatos. La idea es que hasta los militares venecos terminen enrumbados en el tremendo sarao que vamos a formar allá, porque en vez de oficiales nuestro destacamento irá regentado por el Rey Momo, la Marimonda y Joselito Carnaval. Las pilanderas, Matilde Helina y la Vieja Sara serán las encargadas de entretener a quienes participen de la repichinga, y que nadie se preocupe porque rodarán a mares el trago, la cerveza y todo tipo de viandas. Las industrias licoreras y la cervecera pueden patrocinar este contingente de la alegría, que irá acompañado de buñuelos, empanadas, arepas de huevo, chorizos, tamales, caldo de albóndigas y cuanto mecato existe.
En todo tipo de enfrentamiento militar es primordial la inteligencia, la cual por fortuna se da por estos lados como maleza. Malicia y picardía tenemos de sobra, y basta ponerle orden a nuestra gente para superar a cualquiera. Otra estrategia que puede funcionar es prometerle a quienes viven en los asentamientos urbanos del vecino país, que estamos dispuestos a compartir con ellos la energía eléctrica y el agua potable para que no pasen tantos trabajos.
Claro que si las buenas intenciones no funcionan y el aparato militar venezolano se viene con todo, no queda sino sacar nuestras armas secretas para enfrentar la agresión. De manera que a mandar batallones a luchar por la patria y la idea es que la campaña no requiera mucha inversión, porque plata no hay. El primer contingente está compuesto por sicarios de todo el país, liderados por los chachos entrenados en las comunas de Medellín, con el atractivo que esos parceros ponen sus motos para transportarse y cada uno lleva el fierro propio. Una compañía conformada por indígenas del sur, de Cauca y Nariño, saca la cara por el país porque esa gente es más brava que una señora; lo mejor es que no necesitan armamento porque se defienden con palos y garrotes, y arrancan a pie hacia el teatro de operaciones sin poner pirinola.
Que programen partidos de fútbol con los diferentes equipos en Cúcuta y allá enrolen a los integrantes de las barras bravas, las peores gambas del país, para que crucen la frontera y enciendan a todo el mundo a piedra y a navaja. Una amnistía pasajera será necesaria para que paracos y traquetos pongan sus ejércitos de matones al servicio de la patria, y si todo esto no funciona, tocará mandar pelotones de peso: Pachito Santos, Samuel Moreno o el ex fiscal Iguarán. Porque aquí pelotones también hay para dar y convidar.
pmejiama1@une.net.co
martes, noviembre 17, 2009
Evolución gastronómica.
La gastronomía es un renglón fundamental de la cultura de un pueblo o región. Por ello recomiendan al viajero aplicar aquello que a la tierra que fueres haz lo que vieres, y eso incluye degustar los platos y recetas que allí acostumbran. Estoy de acuerdo cuando se trata de comer ceviches en Perú, curris en la India, salchichas en Alemania o tajine en Marruecos. Pero no le jalo a experimentar como vemos en algunos programas de televisión, donde se echan a la boca cuanta porquería existe. Ni de fundas me como un gusano mojojoy, una tarántula asada, un trozo de grasa de ballena, el ojo de una cabra asado, el corazón palpitante de una cobra o una sopa de nido de golondrina. Paso.
Es importante para los hijos enseñarles a comer de todo, a disfrutar la comida, agradecerla y aprovecharla. Nada más desagradable que un mocoso al que siempre hay que prepararle algo diferente porque lo que van a servir no le gusta, pone condiciones en la forma de prepararlo, le saca peros a los aliños e ingredientes, y jode por todo. En cambio es satisfactorio ver a quien recibe lo que le ofrezcan, lo disfruta, se sabores y deja el plato limpio; nada de resabios ni remilgos. Claro que todos tenemos derecho a preferir algunos platos y a evitar ese que por alguna razón desde pequeños rechazamos. Alguna vez le oí decir a mi abuela Graciela que el hígado sabe a chapa y desde entonces no puedo pasarlo; igual me sucede con algunas vísceras y entresijos, pero al mismo tiempo me fascina la morcilla.
Antes las únicas encargadas de preparar los alimentos eran las cocineras y ahora se volvió una moda. Muchos jóvenes y adultos ingresan a las academias de gastronomía, pasatiempo para unos y profesión para otros, quienes aspiran convertirse en chefs reconocidos o simplemente adquirir conocimientos para saber cómo atender a los amigos. Cocinar combate el estrés, distrae la mente, entretiene el ocio y además produce muchas satisfacciones. Por ello los programas de culinaria tienen tanta acogida entre los televidentes, aunque a veces esperamos que enseñen cosas más prácticas y fáciles de preparar.
Desde que inventaron en los años 70 la nouvelle cuisine, el asunto, para mi gusto, se empezó a complicar. Porque la prioridad en los platos pasó a ser estética y artística, y dejaron a un lado las presentaciones abundantes y apetitosas. Ahora hablan de la cocina gourmet que es algo muy parecido, aunque más complicado. Ingredientes que nunca hemos oído siquiera mencionar, otros muy costosos y muchos imposibles de conseguir. Empieza usted a anotar una receta que le gusta y el impulso le dura hasta que debe agregarle a la preparación un chorrito de champaña, unas gotas de aceite de trufa y una yerba que solo se consigue en Escandinavia.
Hoy en los restaurantes sirven la carne encima de una cama de espinacas, acompañada de una cucharada de puré de papa y adornada con una ramita de perejil. Ese mismo bistec que antes venía con papas a la francesa, ensalada abundante, arepitas con mantequilla y el mesero ofrecía porción de arroz para quien lo quisiera. Si ordena langostinos al ajillo le presentan una coquita con 4 bichos en su salsa, sin siquiera un trozo de pan para acompañarlos. Todas las porciones son diminutas y las guarniciones brillan por su ausencia. Por ello me considero un montañero para la comida, porque prefiero una chuleta de cerdo de esas que sirven en los restaurantes de carretera, un sancocho de espinazo cuya presa no quepa en el plato, una punta de anca con buen gordo, o una bandeja paisa que me deje satisfecho con solo verla.
Platos que no requieren de vinos ni aperitivos especiales, porque con una gaseosa o una cerveza van de maravilla.
Ahora los grandes gourmets se preocupan es por la textura, el volumen, la untuosidad, los colores y la presentación del plato. Hasta a las hamburguesas les acomodaron el terminacho gourmet. A la tradicional, con queso, tomate, tocineta y salsas al gusto, la cambiaron por una preparada al carbón a la que le agregan algunos champiñones salteados, unas tiras de jamón, dos aceitunas y cualquier salsa sofisticada, y cuesta un ojo de la cara. Los restaurantes se contagian de estas prácticas y entre más raros y rebuscados los platos, mayor éxito tienen; porque éso sí, el ser humano cree que no debe salirse de lo que impone la moda. Hay que estar in; ¡o sea…! Como será que hasta hacen cola para conseguir una mesa. ¿Fila?, tal vez gratis o en la cárcel.
Cierta vez íbamos de paseo y paramos a desayunar en un sitio reconocido por sus arepas con mantequilla y queso. La mayoría preferimos esa opción excepto uno de los compañeros que se decidió por el calentado de fríjoles, tajadas maduras, la tradicional arepa y una buena taza de chocolate. Cuando el hombre estaba próximo a darle materile a su banquete, empezó a mirar de reojo una papa cocinada que dejó un camionero quien apenas terminaba con su bandeja en la mesa del lado. Felipe no se aguantó y le preguntó al chofer si pensaba dejar la papita, y antes de que este hiciera la seña afirmativa, ya la había engarzado en su tenedor para empacársela sin miramientos. Buena muela, que llaman.
pmejiama1@une.net.co
Es importante para los hijos enseñarles a comer de todo, a disfrutar la comida, agradecerla y aprovecharla. Nada más desagradable que un mocoso al que siempre hay que prepararle algo diferente porque lo que van a servir no le gusta, pone condiciones en la forma de prepararlo, le saca peros a los aliños e ingredientes, y jode por todo. En cambio es satisfactorio ver a quien recibe lo que le ofrezcan, lo disfruta, se sabores y deja el plato limpio; nada de resabios ni remilgos. Claro que todos tenemos derecho a preferir algunos platos y a evitar ese que por alguna razón desde pequeños rechazamos. Alguna vez le oí decir a mi abuela Graciela que el hígado sabe a chapa y desde entonces no puedo pasarlo; igual me sucede con algunas vísceras y entresijos, pero al mismo tiempo me fascina la morcilla.
Antes las únicas encargadas de preparar los alimentos eran las cocineras y ahora se volvió una moda. Muchos jóvenes y adultos ingresan a las academias de gastronomía, pasatiempo para unos y profesión para otros, quienes aspiran convertirse en chefs reconocidos o simplemente adquirir conocimientos para saber cómo atender a los amigos. Cocinar combate el estrés, distrae la mente, entretiene el ocio y además produce muchas satisfacciones. Por ello los programas de culinaria tienen tanta acogida entre los televidentes, aunque a veces esperamos que enseñen cosas más prácticas y fáciles de preparar.
Desde que inventaron en los años 70 la nouvelle cuisine, el asunto, para mi gusto, se empezó a complicar. Porque la prioridad en los platos pasó a ser estética y artística, y dejaron a un lado las presentaciones abundantes y apetitosas. Ahora hablan de la cocina gourmet que es algo muy parecido, aunque más complicado. Ingredientes que nunca hemos oído siquiera mencionar, otros muy costosos y muchos imposibles de conseguir. Empieza usted a anotar una receta que le gusta y el impulso le dura hasta que debe agregarle a la preparación un chorrito de champaña, unas gotas de aceite de trufa y una yerba que solo se consigue en Escandinavia.
Hoy en los restaurantes sirven la carne encima de una cama de espinacas, acompañada de una cucharada de puré de papa y adornada con una ramita de perejil. Ese mismo bistec que antes venía con papas a la francesa, ensalada abundante, arepitas con mantequilla y el mesero ofrecía porción de arroz para quien lo quisiera. Si ordena langostinos al ajillo le presentan una coquita con 4 bichos en su salsa, sin siquiera un trozo de pan para acompañarlos. Todas las porciones son diminutas y las guarniciones brillan por su ausencia. Por ello me considero un montañero para la comida, porque prefiero una chuleta de cerdo de esas que sirven en los restaurantes de carretera, un sancocho de espinazo cuya presa no quepa en el plato, una punta de anca con buen gordo, o una bandeja paisa que me deje satisfecho con solo verla.
Platos que no requieren de vinos ni aperitivos especiales, porque con una gaseosa o una cerveza van de maravilla.
Ahora los grandes gourmets se preocupan es por la textura, el volumen, la untuosidad, los colores y la presentación del plato. Hasta a las hamburguesas les acomodaron el terminacho gourmet. A la tradicional, con queso, tomate, tocineta y salsas al gusto, la cambiaron por una preparada al carbón a la que le agregan algunos champiñones salteados, unas tiras de jamón, dos aceitunas y cualquier salsa sofisticada, y cuesta un ojo de la cara. Los restaurantes se contagian de estas prácticas y entre más raros y rebuscados los platos, mayor éxito tienen; porque éso sí, el ser humano cree que no debe salirse de lo que impone la moda. Hay que estar in; ¡o sea…! Como será que hasta hacen cola para conseguir una mesa. ¿Fila?, tal vez gratis o en la cárcel.
Cierta vez íbamos de paseo y paramos a desayunar en un sitio reconocido por sus arepas con mantequilla y queso. La mayoría preferimos esa opción excepto uno de los compañeros que se decidió por el calentado de fríjoles, tajadas maduras, la tradicional arepa y una buena taza de chocolate. Cuando el hombre estaba próximo a darle materile a su banquete, empezó a mirar de reojo una papa cocinada que dejó un camionero quien apenas terminaba con su bandeja en la mesa del lado. Felipe no se aguantó y le preguntó al chofer si pensaba dejar la papita, y antes de que este hiciera la seña afirmativa, ya la había engarzado en su tenedor para empacársela sin miramientos. Buena muela, que llaman.
pmejiama1@une.net.co
martes, noviembre 10, 2009
En boca cerrada…
El refranero popular resume todos los tratados y las escuelas de filosofía en frases cortas, con un lenguaje coloquial y sencillo que le llega a cualquier parroquiano sin necesidad de muchas explicaciones. Es menester de quienes aún utilizamos esa herramienta maravillosa en nuestro léxico, que la enseñemos a los menores que por desconocerla no la incluyen en su vocabulario. Para cualquier situación existe un refrán que la retrata de forma perfecta y muchas veces la mejor forma de zanjar una discusión, es echando mano de uno de ellos para sintetizar nuestra opinión. Son miles los que existen y sin importar la edad que uno tenga, siempre va a sorprenderse al oír uno nuevo que viene a aumentar el ramillete.
Desde pequeños nos recalcaron que mi Dios equipó al ser humano con dos oídos y una boca para que escuche el doble de lo que habla. Que entre menos abra uno la boca menos pendejadas dice, sin olvidar nunca que la palabra dicha no puede recogerse. Por ello cuando la ira nos enceguece debemos medir las palabras, porque después de espetar una sarta de oprobios malintencionados e hirientes nunca más podremos echarnos para atrás, por más arrepentidos que estemos. Podemos arrodillarnos, pedir perdón, asegurar que no quisimos ofender y que todo fue debido al calor del momento, pero la persona maltratada quedará marcada para siempre.
De manera que a cuidar la lengua y no dejársela picar, porque es común que por ejemplo un amigo tenga diferencias marcadas con su pareja y venga a nosotros a querer desahogarse. Empieza el tipo a rajar de la fulana y si uno no se mide, termina emparejado dándole garrote a la pobre infeliz sin que esta pueda defenderse, hasta llegar a compartir la animadversión que el otro siente. Lo grave es que en muchas ocasiones las parejas se reconcilian y queda uno como un zapato, porque en su momento dijo una cantidad de barbaridades acerca de la que ahora se pavonea prendida del brazo de nuestro arrepentido amigo.
Leí hace poco una agradable biografía de Federico Chopin, aquel virtuoso polaco que nos dejó tan maravillosa herencia. Al final del relato, cuando el maestro estaba a las puertas de la muerte agobiado por una enfermedad pulmonar que lo atormentó desde niño, recibió la visita de su amigo Cyprien Norwid. Al momento de despedirse, Chopin con mucha dificultad comentó al oído del visitante que estaba por mudarse. El otro, echando mano de ese mecanismo de defensa que utilizamos los humanos en estos casos, le recomendó que no dijera esas cosas, que con el mismo cuento venía desde hacía varios años y sin embargo ahí seguía presente deleitándolos con su presencia. Entonces el maestro muy extrañado le aclaró: Me refiero a que estoy por mudarme de apartamento.
Metidas de pata como esta hemos cometido todos y por ello recomiendan que lo mejor es callar. En boca cerrada no entran moscas, dice el refranero, y muchas veces por decir más de la cuenta terminanos embarrándola. Alguna vez mi mamá iba en el carro y se topó con una amiga, quien estaba acompañada por sus hijas y algunas sobrinas. El saludo fue de ventana a ventana, como acostumbran hacerlo las señoras sin importar la fila de carros que esperan detrás, y después de las palabras de rigor mi madre detalló que entre las niñas había una que llevaba una capucha como del Hombre araña o del Chapulín colorao, por lo que le preguntó a la mocosa de qué estaba disfrazada, que si acaso era el día de los niños y ella de puro despistada no se acordaba. La tía de la muchachita trataba de cambiar el tema, pero mi madre insistía en que le explicaran el por qué del particular atuendo, hasta que la otra se despidió apresuradamente. Cuál sería la vergüenza de mi mamá cuando se enteró de que esa niña había sufrido quemaduras en su cabeza y cuello, y que parte del tratamiento era cubrir las cicatrices con ese tipo de licra. Con el trauma que crea al menor este tipo de situaciones, para que venga una vieja imprudente a preguntarle de qué está disfrazada.
Una dama muy prestante de esta ciudad sufrió un accidente casero y se golpeó fuertemente el coxis. Días después, se reunía un grupo de señoras en el club social para tratar un asunto y entre las presentes se encontraba la señora en mención. En determinado momento llegó una amiga y al encontrarse a la convaleciente, le preguntó muy expresiva: Qué hubo de ti, fulanita, ¡cómo seguiste del clítoris!
Es matemático que si uno empieza a decir palabras de más, termina metiendo las de caminar. Así le pasó a Carlos Enrrique “Mono” Mejía, quien se dedica a alquilar equipos médicos para uso residencial, una vez que trataba de convencer a unos clientes para que le tomaran una cama eléctrica que les facilitaría el manejo de un pariente enfermo. Después de hacerles la demostración de las bondades de la cama, de explicarles cuáles son las comodidades que esta representa para el paciente y de convencerlos de que un equipo de esa naturaleza es primordial para cierto tipo de convalecencias, remató con este comentario que no cayó muy bien entre los presentes:
-No les digo sino que en esta cama se ha muerto medio Manizales.
pmejiama1@une.net.co
Desde pequeños nos recalcaron que mi Dios equipó al ser humano con dos oídos y una boca para que escuche el doble de lo que habla. Que entre menos abra uno la boca menos pendejadas dice, sin olvidar nunca que la palabra dicha no puede recogerse. Por ello cuando la ira nos enceguece debemos medir las palabras, porque después de espetar una sarta de oprobios malintencionados e hirientes nunca más podremos echarnos para atrás, por más arrepentidos que estemos. Podemos arrodillarnos, pedir perdón, asegurar que no quisimos ofender y que todo fue debido al calor del momento, pero la persona maltratada quedará marcada para siempre.
De manera que a cuidar la lengua y no dejársela picar, porque es común que por ejemplo un amigo tenga diferencias marcadas con su pareja y venga a nosotros a querer desahogarse. Empieza el tipo a rajar de la fulana y si uno no se mide, termina emparejado dándole garrote a la pobre infeliz sin que esta pueda defenderse, hasta llegar a compartir la animadversión que el otro siente. Lo grave es que en muchas ocasiones las parejas se reconcilian y queda uno como un zapato, porque en su momento dijo una cantidad de barbaridades acerca de la que ahora se pavonea prendida del brazo de nuestro arrepentido amigo.
Leí hace poco una agradable biografía de Federico Chopin, aquel virtuoso polaco que nos dejó tan maravillosa herencia. Al final del relato, cuando el maestro estaba a las puertas de la muerte agobiado por una enfermedad pulmonar que lo atormentó desde niño, recibió la visita de su amigo Cyprien Norwid. Al momento de despedirse, Chopin con mucha dificultad comentó al oído del visitante que estaba por mudarse. El otro, echando mano de ese mecanismo de defensa que utilizamos los humanos en estos casos, le recomendó que no dijera esas cosas, que con el mismo cuento venía desde hacía varios años y sin embargo ahí seguía presente deleitándolos con su presencia. Entonces el maestro muy extrañado le aclaró: Me refiero a que estoy por mudarme de apartamento.
Metidas de pata como esta hemos cometido todos y por ello recomiendan que lo mejor es callar. En boca cerrada no entran moscas, dice el refranero, y muchas veces por decir más de la cuenta terminanos embarrándola. Alguna vez mi mamá iba en el carro y se topó con una amiga, quien estaba acompañada por sus hijas y algunas sobrinas. El saludo fue de ventana a ventana, como acostumbran hacerlo las señoras sin importar la fila de carros que esperan detrás, y después de las palabras de rigor mi madre detalló que entre las niñas había una que llevaba una capucha como del Hombre araña o del Chapulín colorao, por lo que le preguntó a la mocosa de qué estaba disfrazada, que si acaso era el día de los niños y ella de puro despistada no se acordaba. La tía de la muchachita trataba de cambiar el tema, pero mi madre insistía en que le explicaran el por qué del particular atuendo, hasta que la otra se despidió apresuradamente. Cuál sería la vergüenza de mi mamá cuando se enteró de que esa niña había sufrido quemaduras en su cabeza y cuello, y que parte del tratamiento era cubrir las cicatrices con ese tipo de licra. Con el trauma que crea al menor este tipo de situaciones, para que venga una vieja imprudente a preguntarle de qué está disfrazada.
Una dama muy prestante de esta ciudad sufrió un accidente casero y se golpeó fuertemente el coxis. Días después, se reunía un grupo de señoras en el club social para tratar un asunto y entre las presentes se encontraba la señora en mención. En determinado momento llegó una amiga y al encontrarse a la convaleciente, le preguntó muy expresiva: Qué hubo de ti, fulanita, ¡cómo seguiste del clítoris!
Es matemático que si uno empieza a decir palabras de más, termina metiendo las de caminar. Así le pasó a Carlos Enrrique “Mono” Mejía, quien se dedica a alquilar equipos médicos para uso residencial, una vez que trataba de convencer a unos clientes para que le tomaran una cama eléctrica que les facilitaría el manejo de un pariente enfermo. Después de hacerles la demostración de las bondades de la cama, de explicarles cuáles son las comodidades que esta representa para el paciente y de convencerlos de que un equipo de esa naturaleza es primordial para cierto tipo de convalecencias, remató con este comentario que no cayó muy bien entre los presentes:
-No les digo sino que en esta cama se ha muerto medio Manizales.
pmejiama1@une.net.co
jueves, noviembre 05, 2009
Recuerdos imborrables.
Poquitas cosas perduran en el tiempo y nos acompañan durante toda la existencia. A los hombres se nos cae el pelo en alguna etapa de la vida; claro que a unos más que a otros y algunos presentan alopecia desde jóvenes. Las mujeres pierden las curvas y el sexapil cuando la barriga crece sin contemplaciones, el pompis embarnece y la piel de los brazos empieza a colgar. A los varones se nos desaparece el trasero, tan admirado por ellas, y terminamos culichupaos y escuálidos. También es común que en la vejez a los hombres se nos crezcan la nariz y las orejas, aparte de que ambas se llenan de pelos, y que las féminas reduzcan de tamaño debido a que sus vertebras se aplastan por deficiencia de calcio. La realidad es que la acumulación de calendarios es muy ingrata y es mejor pasar a mejor vida antes de estar chuchumeco, turulato, chocho y gagá.
Los tatuajes son marcas que causa el hombre en su anatomía por diferentes razones y a través de la historia ha sido costumbre arraigada en muchos pueblos. Tribus de indígenas que dibujan arabescos ceremoniales en sus cuerpos, los que en muchos casos representan autoridad y jerarquía; entre los marineros ha sido costumbre tatuar el nombre de la mujer amada, enmarcado con un corazón, en un bíceps; los miembros de las pandillas son reconocidos porque presentan el símbolo de su organización tatuado en determinado lugar; y a las muchachas modernas les ha dado por plantar algún coqueto dibujo en un rincón privado de su anatomía. En todo caso quien decide marcar su cuerpo con esta técnica debe estar seguro de lo que hace, porque es muy cierto aquello que dice que fulano está más arrepentido que un tatuado.
Otro sello que nos acompaña desde su aparición hasta que abandonamos este mundo son las cicatrices. Cada una tiene su historia y sin importar el paso del tiempo mantenemos el recuerdo de su procedencia fresco en la memoria. Claro que existe una gran diferencia en el tamaño de las cicatrices de ahora con las de ahora años, porque antes no era común que a un mocoso que se rompía la cara por inquieto y desobediente le gastaran cirujano plástico. Lo llevaban al Hospitalito infantil y cualquier estudiante que estuviera de turno se encargaba de “bastiarlo” y entregárselo a la mamá para que se lo llevara a berrear a otra parte.
La verdad es que cuando la chamba era en el rostro los médicos le ponían un poquito más de curia al asunto, porque si se trataba de un brazo, una pierna u otro lugar poco visible, le hacían una costura fruncida y sin ningún tipo de estética. Cabe anotar que entonces tampoco existían las grapas, el hilo auto absorbente u otro tipo de pegantes y técnicas modernas, sino que procedían con el hilo de tripa de gato, la aguja y hacían un punto de costura cada medio centímetro, por lo que al sanar la herida quedaba la típica cremallera.
En caso de que deba raparme la cabeza van a aparecer muchas cicatrices que me quedaron de una niñez muy activa e intensa. Como un día, muy chiquito, que me escondí debajo de la cama de la empleada del servicio porque mi mamá me buscaba para castigarme. En cierto momento levanté la cabeza con fuerza y se me clavó en el cuero cabelludo la punta de un resorte de la cama, lo que me causó tremenda herida; esa parte del cuerpo sangra profusamente y cualquier rasguño hace suponer lo peor. En otra ocasión mi madre preparaba la maleta porque se iba de viaje y llegó a despedirse una tía con algunos primos. No era sino que nos juntáramos con alguien para que empezáramos a formar patanerías y desorden, y en cierto momento me encaramé en un mueble y caí de cabezas contra un filo. La cortada en toda la cocorota fue inmensa y mi mamá en ese ofusque lo primero que hizo fue zamparme un pellizco, después me enroscó una toalla en la cabeza para entrapar la sangre y más tarde, cuando estaba menos atafagada, me llevó donde el tío Guillermo que apenas era un médico recién graduado. Este cogió una cuchilla Gillete, raspó el pelo alrededor de la herida, me puso la anestesia necesaria para que no chillara mucho y procedió a coser como quien remienda un costal.
Boxeadores y toreros muestran sus cicatrices y relatan la procedencia de cada una; los soldados las enseñan como trofeo de guerra; los luchadores tratan de intimidar al contrario con las que presenta su cuerpo; y son muchas las personas que recuerdan operaciones y accidentes cuando les preguntan por el origen de alguna de ellas. Porque antes para sacar el apéndice o un cálculo renal abrían al paciente en canal, mientras que ahora la laparoscopia y otros modernos métodos quirúrgicos dejan apenas disimulados recuerdos.
Se habla de diferentes técnicas y trucos para desaparecer las cicatrices, o al menos disimularlas, y una de las más famosas y recurrida ha sido la pasta de concha de nácar. Otros recomiendan pomadas, ungüentos, cremas, masajes con baba de caracol o un tratamiento a base de rayos láser, aunque yo insisto en que lo mejor que existe para borrarlas, definitivamente, es la cremación.
pmejiama1@une.net.co
Los tatuajes son marcas que causa el hombre en su anatomía por diferentes razones y a través de la historia ha sido costumbre arraigada en muchos pueblos. Tribus de indígenas que dibujan arabescos ceremoniales en sus cuerpos, los que en muchos casos representan autoridad y jerarquía; entre los marineros ha sido costumbre tatuar el nombre de la mujer amada, enmarcado con un corazón, en un bíceps; los miembros de las pandillas son reconocidos porque presentan el símbolo de su organización tatuado en determinado lugar; y a las muchachas modernas les ha dado por plantar algún coqueto dibujo en un rincón privado de su anatomía. En todo caso quien decide marcar su cuerpo con esta técnica debe estar seguro de lo que hace, porque es muy cierto aquello que dice que fulano está más arrepentido que un tatuado.
Otro sello que nos acompaña desde su aparición hasta que abandonamos este mundo son las cicatrices. Cada una tiene su historia y sin importar el paso del tiempo mantenemos el recuerdo de su procedencia fresco en la memoria. Claro que existe una gran diferencia en el tamaño de las cicatrices de ahora con las de ahora años, porque antes no era común que a un mocoso que se rompía la cara por inquieto y desobediente le gastaran cirujano plástico. Lo llevaban al Hospitalito infantil y cualquier estudiante que estuviera de turno se encargaba de “bastiarlo” y entregárselo a la mamá para que se lo llevara a berrear a otra parte.
La verdad es que cuando la chamba era en el rostro los médicos le ponían un poquito más de curia al asunto, porque si se trataba de un brazo, una pierna u otro lugar poco visible, le hacían una costura fruncida y sin ningún tipo de estética. Cabe anotar que entonces tampoco existían las grapas, el hilo auto absorbente u otro tipo de pegantes y técnicas modernas, sino que procedían con el hilo de tripa de gato, la aguja y hacían un punto de costura cada medio centímetro, por lo que al sanar la herida quedaba la típica cremallera.
En caso de que deba raparme la cabeza van a aparecer muchas cicatrices que me quedaron de una niñez muy activa e intensa. Como un día, muy chiquito, que me escondí debajo de la cama de la empleada del servicio porque mi mamá me buscaba para castigarme. En cierto momento levanté la cabeza con fuerza y se me clavó en el cuero cabelludo la punta de un resorte de la cama, lo que me causó tremenda herida; esa parte del cuerpo sangra profusamente y cualquier rasguño hace suponer lo peor. En otra ocasión mi madre preparaba la maleta porque se iba de viaje y llegó a despedirse una tía con algunos primos. No era sino que nos juntáramos con alguien para que empezáramos a formar patanerías y desorden, y en cierto momento me encaramé en un mueble y caí de cabezas contra un filo. La cortada en toda la cocorota fue inmensa y mi mamá en ese ofusque lo primero que hizo fue zamparme un pellizco, después me enroscó una toalla en la cabeza para entrapar la sangre y más tarde, cuando estaba menos atafagada, me llevó donde el tío Guillermo que apenas era un médico recién graduado. Este cogió una cuchilla Gillete, raspó el pelo alrededor de la herida, me puso la anestesia necesaria para que no chillara mucho y procedió a coser como quien remienda un costal.
Boxeadores y toreros muestran sus cicatrices y relatan la procedencia de cada una; los soldados las enseñan como trofeo de guerra; los luchadores tratan de intimidar al contrario con las que presenta su cuerpo; y son muchas las personas que recuerdan operaciones y accidentes cuando les preguntan por el origen de alguna de ellas. Porque antes para sacar el apéndice o un cálculo renal abrían al paciente en canal, mientras que ahora la laparoscopia y otros modernos métodos quirúrgicos dejan apenas disimulados recuerdos.
Se habla de diferentes técnicas y trucos para desaparecer las cicatrices, o al menos disimularlas, y una de las más famosas y recurrida ha sido la pasta de concha de nácar. Otros recomiendan pomadas, ungüentos, cremas, masajes con baba de caracol o un tratamiento a base de rayos láser, aunque yo insisto en que lo mejor que existe para borrarlas, definitivamente, es la cremación.
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lunes, octubre 26, 2009
Me pregunto…
La mejor compañía del ser humano es su propia psiquis. Podrán confinarlo al más absoluto encierro e incomunicarlo, pero nunca lograrán impedirle soñar, ansiar, recordar, maquinar, idear o cualquier ilusión que hilvane su mente. La Santa Inquisición exigió al sabio Galileo Galilei retractarse de sus, según ellos, demoníacas teorías, pero él en su interior repetía hasta el cansancio que tenía la razón. Muchas veces nos vemos obligados a aceptar cosas que no compartimos, mientras en nuestro interior hacemos “pistola”. De igual manera uno a cada rato se formula preguntas sobre asuntos a los que no le encuentra razón, aunque se quedará sin respuesta por tratarse de un monólogo mental.
Me pregunto por ejemplo en qué se basan los magos del IDEAM para hacer los pronósticos del clima. Es que no falla que lo que ese organismo vaticina se cumple a cabalidad, pero al revés. Advirtieron por ejemplo a finales del año pasado, cuando apenas menguaba un invierno inclemente y duradero, que estaba a punto de comenzar otro con un incremento del 20% en las lluvias. Alcanzamos a pensar que sería la debacle y por el contrario a medida que pasaba el tiempo el clima se presentaba cada vez mejor, para comportarse a las mil maravillas en lo que va corrido del presente año. En los meses de agosto y septiembre empezaron a sembrar el terror con la sequía que se venía encima, que el fenómeno del niño causaría estragos y los racionamientos de agua y energía eran inminentes; y las campañas para promover el ahorro del precioso líquido, que no dejen las luces encendidas, que ojo con el consumo de gas, etc. Pero no fue sino que dijesen todas esas vainas para que se largara a llover y el frío a incrementar.
Claro que pensándolo bien, lo que pronosticaron fue una temporada invernal para el último trimestre del año con un 30% menos de lluvias. Perfecto. Si al invierno del año pasado le quitamos ese porcentaje no habríamos tenido tantos derrumbes, inundaciones, avalanchas y tragedias. Entonces para qué tanta alharaca al hacer los pronósticos. Las campañas de ahorro de energía y agua deben ser permanentes, sin importar la estación, porque hay que convertirlas en una constante en el comportamiento ciudadano. Es algo de sentido común que tiene que ver es con el futuro del planeta. La conclusión es que si usted va para un paseo y el pronóstico del clima es que va a llover a cántaros, póngase la bermuda, las chancletas y prepárese para disfrutar de un día espectacular.
También me pregunto cuándo será que en este país veremos un funcionario que reconozca un error y sin más presente su renuncia. Opino que desde que el Presidente Samper siguió atornillado al cargo, después de que su Ministro de Defensa reconoció ante los medios de comunicación que el jefe sí sabía, aquí nadie renuncia. Ni por el chiras. Que los falsos positivos, los negocios de los hermanos Uribe Moreno, las chuzadas del DAS, los vínculos con mafiosos y paramilitares, y ahora la piñata de los subsidios agrarios, son apenas un muestrario de que en nuestro país la palabra ética es obsoleta. Todo lo que esté permitido por la ley se puede, sin importar la moral, el decoro, la decencia o los principios. Mire sino al gerente de nuestra Industria Licorera que a pesar de haber estado preso y de quedar inhabilitado por la Procuraduría, despacha desde su oficina como si nada hubiera pasado. Basta con apelar y dejar que el proceso siga su curso, que seguro cuando fallen él ya se habrá retirado de la empresa. Mientras tanto el Gobernador lo mantiene en su cargo contra viento y marea, dándole pie a rumores que hablan de componendas que no lo dejan bien parado.
Por qué, me pregunto, la dirigente política Adriana Gutiérrez se ofende de esa manera cuando quieren relacionarla en el asunto de la repartición de subsidios agrarios. Tantas explicaciones lo que hacen es magnificar el asunto y no debe olvidar que cuando ingresó a la política, se convirtió de inmediato en una figura pública a quien todos tienen en la mira. Llegó después al Senado de la República y entró a formar parte del grupo de colombianos más repudiados por el pueblo. El congresista es sinónimo de ladrón, pícaro, ventajoso, bandido, inmoral y chanchullero. Por ello no debe extrañarse de que la quieran implicar en cuanto caso de corrupción se presente, porque aunque sus allegados y amigos sepan que es una persona de bien, honesta y trabajadora, para la gente del común es una politiquera más. De manera que lo menos que pueden pensar de ella es que llamó al banco o al funcionario indicado para decirle que le diera un empujoncito a fulano. No los culpe y mejor recuerde aquello de “crea fama y échate a dormir”.
Además me gustaría saber qué pasa con los alcaldes colombianos que no dijeron ni mu ante la determinación del nuestro, Juan Manuel Llano, que sin dudarlo vetó al vergajo ese que salió en público a insultar a nuestro Presidente. No hay que ser Uribista o amigo del gobierno para apoyarlo en su decisión, porque no debemos permitir actos como ese. En otras latitudes el país entero sería una sola voz de apoyo a la iniciativa. ¡Buena por esa, señor alcalde!
pmejiama1@une.net.co
Me pregunto por ejemplo en qué se basan los magos del IDEAM para hacer los pronósticos del clima. Es que no falla que lo que ese organismo vaticina se cumple a cabalidad, pero al revés. Advirtieron por ejemplo a finales del año pasado, cuando apenas menguaba un invierno inclemente y duradero, que estaba a punto de comenzar otro con un incremento del 20% en las lluvias. Alcanzamos a pensar que sería la debacle y por el contrario a medida que pasaba el tiempo el clima se presentaba cada vez mejor, para comportarse a las mil maravillas en lo que va corrido del presente año. En los meses de agosto y septiembre empezaron a sembrar el terror con la sequía que se venía encima, que el fenómeno del niño causaría estragos y los racionamientos de agua y energía eran inminentes; y las campañas para promover el ahorro del precioso líquido, que no dejen las luces encendidas, que ojo con el consumo de gas, etc. Pero no fue sino que dijesen todas esas vainas para que se largara a llover y el frío a incrementar.
Claro que pensándolo bien, lo que pronosticaron fue una temporada invernal para el último trimestre del año con un 30% menos de lluvias. Perfecto. Si al invierno del año pasado le quitamos ese porcentaje no habríamos tenido tantos derrumbes, inundaciones, avalanchas y tragedias. Entonces para qué tanta alharaca al hacer los pronósticos. Las campañas de ahorro de energía y agua deben ser permanentes, sin importar la estación, porque hay que convertirlas en una constante en el comportamiento ciudadano. Es algo de sentido común que tiene que ver es con el futuro del planeta. La conclusión es que si usted va para un paseo y el pronóstico del clima es que va a llover a cántaros, póngase la bermuda, las chancletas y prepárese para disfrutar de un día espectacular.
También me pregunto cuándo será que en este país veremos un funcionario que reconozca un error y sin más presente su renuncia. Opino que desde que el Presidente Samper siguió atornillado al cargo, después de que su Ministro de Defensa reconoció ante los medios de comunicación que el jefe sí sabía, aquí nadie renuncia. Ni por el chiras. Que los falsos positivos, los negocios de los hermanos Uribe Moreno, las chuzadas del DAS, los vínculos con mafiosos y paramilitares, y ahora la piñata de los subsidios agrarios, son apenas un muestrario de que en nuestro país la palabra ética es obsoleta. Todo lo que esté permitido por la ley se puede, sin importar la moral, el decoro, la decencia o los principios. Mire sino al gerente de nuestra Industria Licorera que a pesar de haber estado preso y de quedar inhabilitado por la Procuraduría, despacha desde su oficina como si nada hubiera pasado. Basta con apelar y dejar que el proceso siga su curso, que seguro cuando fallen él ya se habrá retirado de la empresa. Mientras tanto el Gobernador lo mantiene en su cargo contra viento y marea, dándole pie a rumores que hablan de componendas que no lo dejan bien parado.
Por qué, me pregunto, la dirigente política Adriana Gutiérrez se ofende de esa manera cuando quieren relacionarla en el asunto de la repartición de subsidios agrarios. Tantas explicaciones lo que hacen es magnificar el asunto y no debe olvidar que cuando ingresó a la política, se convirtió de inmediato en una figura pública a quien todos tienen en la mira. Llegó después al Senado de la República y entró a formar parte del grupo de colombianos más repudiados por el pueblo. El congresista es sinónimo de ladrón, pícaro, ventajoso, bandido, inmoral y chanchullero. Por ello no debe extrañarse de que la quieran implicar en cuanto caso de corrupción se presente, porque aunque sus allegados y amigos sepan que es una persona de bien, honesta y trabajadora, para la gente del común es una politiquera más. De manera que lo menos que pueden pensar de ella es que llamó al banco o al funcionario indicado para decirle que le diera un empujoncito a fulano. No los culpe y mejor recuerde aquello de “crea fama y échate a dormir”.
Además me gustaría saber qué pasa con los alcaldes colombianos que no dijeron ni mu ante la determinación del nuestro, Juan Manuel Llano, que sin dudarlo vetó al vergajo ese que salió en público a insultar a nuestro Presidente. No hay que ser Uribista o amigo del gobierno para apoyarlo en su decisión, porque no debemos permitir actos como ese. En otras latitudes el país entero sería una sola voz de apoyo a la iniciativa. ¡Buena por esa, señor alcalde!
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martes, octubre 20, 2009
¡Metete aquí!
Meterse en la vida de los otros es una costumbre muy arraigada en las personas. Pero no me refiero a esa película alemana, excelente por cierto, que se titula “La vida de los otros” y que retrata la persecución política a que estaban abocados los habitantes de la desaparecida Alemania Oriental (supe que doña Lina Moreno, cuando la película llegó a nuestro país, le recomendó a los directores del DAS de los distintos departamentos que se la presentaran a sus empleados, y así buscar que tomaran un poco de conciencia al momento de intervenir en la intimidad de los ciudadanos; aunque todo indica que no les valió de nada).
Digo que nos fascina meternos en asuntos ajenos sin tener velas en el entierro y en cualquier conversación casi siempre el tema central está relacionado con chismes y cuentos que se refieren a distintas personas. Lógico que los escogidos para hablar de ellos no están presentes, pero ese deporte es tan adictivo que al retirase alguno de los contertulios, lo cogen por su cuenta hasta dejarlo en la calle. Por ello es común que quien se va diga: ¡Ahí les quedo! o ¡Ahí les dejo el cuero! Si le quiere dar de qué hablar a los costureros, reuniones, tertulias y a la sociedad en general, basta con enfermarse, divorciarse, tener un revés financiero, renunciar al trabajo o cualquier cosa que se salga de la rutina diaria; claro que si quiere ofrecerles un banquete sustancioso, suicídese. No hablan de nada diferente a tratar de dilucidar por qué el fulano tomó tan drástica medida.
Pero si los colombianos somos metidos, en otras latitudes son peores. Me enteré por un amigo que trabajó como piloto comercial en la India que allá son exagerados en ese sentido. Por ejemplo si dejaba el maletín de vuelo en la sala de pilotos mientras iba al baño, al regresar encontraba a colegas y demás empleados alrededor de sus objetos personales, los cuales habían sido sacados por alguno de los presentes. Todos tocaban, abrían los manuales, detallaban cada cosa y sin afán la dejaban mientras tomaban otra para seguir con la inspección. Alguna vez llegó a un almacén a comprar unas telas tradicionales de esa tierra y en pocos minutos había un corrillo de curiosos que se entró desde la calle para terciar en la negociación.
¡Metete aquí!, le decimos al entrometido mientras señalamos el bolsillo de la camisa; ¡suba el vidrio!, también lo acostumbran mientras hacen la pantomima que representa esa acción; metido sopero cabeza de ternero, decíamos en tiempos pasados; y es costumbre preguntar, cuando alguien se arrima de forma imprudente: ¿quién pidió taxi? Y qué tal mostrarle la palma de la mano al metiche y ordenarle: ¡salte aquí! Las calles de la ciudad viven atestadas de desocupados y transeúntes que ante cualquier novedad se detienen a opinar y a dar soluciones sin nadie habérselas pedido. También los denominan sapos, patos e inclusives.
Muchas veces en reuniones con amigos, que con regularidad van acompañadas de licor, resultamos envueltos en discusiones que nada tienen que ver con ninguno de los asistentes; ese vicio que tenemos de querer arreglar la vida de los demás. En una ocasión estábamos de paseo en Ayapel y esa misma semana un conocido nuestro se encontraba realizando unos trabajos de metalmecánica en la casa; el hombre llevó los trabajadores desde Manizales y nos contó que apenas terminaran labores, tenía planeado llevarlos al golfo de Morrosquillo a pasar unos días para que conocieran el mar. Un gesto altruista como ese generó gran admiración en todos y por ello uno de los compañeros del grupo, que tiene un tiempo compartido en unas cabañas vacacionales cerca a Coveñas, se ofreció a cederles los días necesarios sin ningún costo para ellos.
Como en esos paseos de relax el programa preferido es tomar trago y hablar paja, seguimos con el tema del viaje de los trabajadores a la costa y alguno propuso que deberían llamar a las esposas o compañeras para que viajaran en bus y disfrutaran también de esa magnífica oportunidad. En un principio la idea gustó, hasta que pensamos que seguro las viejas se llevan los muchachitos y que solo pensarán en ir a Tolú a comprar chanclas, aretes de cáscara de coco, collares de coral, manillas de todo tipo, viseras, cachuchas, ropa ordinaria, relojes “chiviaos” y cuanta chuchería les ofrezcan.
Mientras disfrutan de la playa seguro los levantarán a cantaleta por la jartadera de cerveza y los mocosos no dejarán conversar con la gritadera cada dos minutos para que los miren hacer una pirueta en las olas. Y compre paletas, bon ice, arepas de huevo, maní dulce, gaseosas, mango biche, butifarras, casao de bocadillo con queso, panelitas de ajonjolí y demás mecato que venden los ambulantes. Con seguridad a los culicagaos les da diarrea por la comida de mar y las mujeres, por el afán de lograr un rápido bronceado, terminan como unos camarones y no van a permitir que por la noche las toquen, y mucho menos dejarlos calmar el efecto de los afrodisíacos mariscos.
Por fin acatamos que a nosotros nadie nos había pedido una opinión al respecto y la discusión quedó zanjada cuando alguno sentenció: Deje así, que como está el paseo original gozan el doble y les cuesta la mitad.
pmejiama1@une.net.co
Digo que nos fascina meternos en asuntos ajenos sin tener velas en el entierro y en cualquier conversación casi siempre el tema central está relacionado con chismes y cuentos que se refieren a distintas personas. Lógico que los escogidos para hablar de ellos no están presentes, pero ese deporte es tan adictivo que al retirase alguno de los contertulios, lo cogen por su cuenta hasta dejarlo en la calle. Por ello es común que quien se va diga: ¡Ahí les quedo! o ¡Ahí les dejo el cuero! Si le quiere dar de qué hablar a los costureros, reuniones, tertulias y a la sociedad en general, basta con enfermarse, divorciarse, tener un revés financiero, renunciar al trabajo o cualquier cosa que se salga de la rutina diaria; claro que si quiere ofrecerles un banquete sustancioso, suicídese. No hablan de nada diferente a tratar de dilucidar por qué el fulano tomó tan drástica medida.
Pero si los colombianos somos metidos, en otras latitudes son peores. Me enteré por un amigo que trabajó como piloto comercial en la India que allá son exagerados en ese sentido. Por ejemplo si dejaba el maletín de vuelo en la sala de pilotos mientras iba al baño, al regresar encontraba a colegas y demás empleados alrededor de sus objetos personales, los cuales habían sido sacados por alguno de los presentes. Todos tocaban, abrían los manuales, detallaban cada cosa y sin afán la dejaban mientras tomaban otra para seguir con la inspección. Alguna vez llegó a un almacén a comprar unas telas tradicionales de esa tierra y en pocos minutos había un corrillo de curiosos que se entró desde la calle para terciar en la negociación.
¡Metete aquí!, le decimos al entrometido mientras señalamos el bolsillo de la camisa; ¡suba el vidrio!, también lo acostumbran mientras hacen la pantomima que representa esa acción; metido sopero cabeza de ternero, decíamos en tiempos pasados; y es costumbre preguntar, cuando alguien se arrima de forma imprudente: ¿quién pidió taxi? Y qué tal mostrarle la palma de la mano al metiche y ordenarle: ¡salte aquí! Las calles de la ciudad viven atestadas de desocupados y transeúntes que ante cualquier novedad se detienen a opinar y a dar soluciones sin nadie habérselas pedido. También los denominan sapos, patos e inclusives.
Muchas veces en reuniones con amigos, que con regularidad van acompañadas de licor, resultamos envueltos en discusiones que nada tienen que ver con ninguno de los asistentes; ese vicio que tenemos de querer arreglar la vida de los demás. En una ocasión estábamos de paseo en Ayapel y esa misma semana un conocido nuestro se encontraba realizando unos trabajos de metalmecánica en la casa; el hombre llevó los trabajadores desde Manizales y nos contó que apenas terminaran labores, tenía planeado llevarlos al golfo de Morrosquillo a pasar unos días para que conocieran el mar. Un gesto altruista como ese generó gran admiración en todos y por ello uno de los compañeros del grupo, que tiene un tiempo compartido en unas cabañas vacacionales cerca a Coveñas, se ofreció a cederles los días necesarios sin ningún costo para ellos.
Como en esos paseos de relax el programa preferido es tomar trago y hablar paja, seguimos con el tema del viaje de los trabajadores a la costa y alguno propuso que deberían llamar a las esposas o compañeras para que viajaran en bus y disfrutaran también de esa magnífica oportunidad. En un principio la idea gustó, hasta que pensamos que seguro las viejas se llevan los muchachitos y que solo pensarán en ir a Tolú a comprar chanclas, aretes de cáscara de coco, collares de coral, manillas de todo tipo, viseras, cachuchas, ropa ordinaria, relojes “chiviaos” y cuanta chuchería les ofrezcan.
Mientras disfrutan de la playa seguro los levantarán a cantaleta por la jartadera de cerveza y los mocosos no dejarán conversar con la gritadera cada dos minutos para que los miren hacer una pirueta en las olas. Y compre paletas, bon ice, arepas de huevo, maní dulce, gaseosas, mango biche, butifarras, casao de bocadillo con queso, panelitas de ajonjolí y demás mecato que venden los ambulantes. Con seguridad a los culicagaos les da diarrea por la comida de mar y las mujeres, por el afán de lograr un rápido bronceado, terminan como unos camarones y no van a permitir que por la noche las toquen, y mucho menos dejarlos calmar el efecto de los afrodisíacos mariscos.
Por fin acatamos que a nosotros nadie nos había pedido una opinión al respecto y la discusión quedó zanjada cuando alguno sentenció: Deje así, que como está el paseo original gozan el doble y les cuesta la mitad.
pmejiama1@une.net.co
jueves, octubre 15, 2009
Fiestas patronales.
Cursé mi bachillerato a finales de los años 60 y primera mitad de los 70 en el colegio Agustín Gemelli. Como era común demoré más de lo establecido para completar los cursos correspondientes, porque entonces la mayoría de alumnos éramos malos estudiantes; a diferencia de ahora que casi todos son pilos, responsables y juiciosos, mientras que unos pocos se distinguen por su mal rendimiento. Dicen que esos educandos tienen síndrome de déficit de atención, lo que en mi época se llamaba maqueta. Eso de mamarse al colegio tampoco se acostumbra ahora, mientras que nosotros dedicábamos por lo menos dos tardes a la semana para irnos a cine o a jugar billar.
De aquella época recuerdo con placer una semana de octubre que dedicábamos al santo patrón del colegio, San Francisco de Asís, cuando se realizaban las fiestas patronales. Como el colegio Santa Inés es de la misma orden religiosa, la semana de fiesta coincidía y por lo tanto las amigas y novias que allí estudiaban podían aceptar las invitaciones que les hacíamos a nuestra celebración. En la actualidad esa costumbre de tirar la casa por la ventana durante una semana ya no se estila y en cambio programan algunos actos culturales durante dos o tres días, y pare de contar.
Lo mejor de las fiestas es que no había clases y qué más podía uno pedirle a la vida en ese entonces; la entrada era a media mañana y el control de asistencia poco estricto. Podíamos llevar la bicicleta y los que tuvieran caballo disponían de varios potreros para acomodar los táparos. La programación de las actividades era elaborada por los alumnos de los cursos mayores, quienes mangoneaban a su gusto al resto del estudiantado. Los más sardinos debían colaborar con pasatiempos que se presentaban al público para recolectar fondos, los cuales casi siempre iban a parar al buche de los mayores convertido en cerveza. No faltaba una tablita con agujeros, cada uno marcado con una cifra representada en centavos, y quien metiera una canica lanzada desde cierta distancia por cualquier hueco recibía el premio correspondiente.
Otro pegaba un tablero de la pared y ofrecía dardos para premiar la puntería; el alumno más hábil para el dibujo hacía caricaturas de los clientes; el concurso de pulso tampoco podía faltar; y la venta de todo tipo de mecatos que las mamás de los más lambones preparaban en las casas para colaborar con el recaudo de fondos. Resulta que en mi casa había una pequeña máquina de hacer algodón de azúcar y mi mamá nos la prestaba con mil condiciones. Montábamos el negocito y la verdad es que la mayoría de azúcar pulverizada quedaba pegada del pelo de los noveleros que no faltaban, mientras que el algodón quedaba del tamaño de un copito Johnson. Lo peor es que no se podía hacer en un palito porque no agarraba la telaraña que se formaba en la bandeja, y era necesario utilizar unos tenedores de plástico que hacían parte del equipo. Entonces, mientras uno de los hermanos operaba la máquina, los otros debían irse detrás de los clientes a esperar que se chuparan esa vaina para que devolvieran el cocianfirulo. Nosotros sabíamos a dónde iban a parar los fondos y por lo tanto nos gastábamos hasta el último centavo en mecato, y luego alegábamos que el negocio había dejado pérdidas.
La carrera de carritos de balineras desde La Pichinga hasta el colegio era una de las atracciones. En las curvas más peligrosas se concentraba el público y más de un accidentado quedaba grogui después de darse un porrazo en la mula, además de que la mayoría de competidores llegaban con los codos y las rodillas en carne viva; porque entonces no utilizábamos casco protector, ni coderas o rodilleras. Se programaban torneos en diferentes disciplinas deportivas, que incluía una carrera de motocross y concurso de habilidad automovilística en la cancha de fútbol.
Ya en los últimos cursos disfrutábamos del poder y dirigíamos el asunto. Para rematar la semana se realizaba el viernes en la noche la coronación del reinado de mamás, con fiesta incluida, y el sábado el acto central con la novillada. Los papás ganaderos más pudientes regalaban terneras que en un corral acondicionado para tal fin servían para que los más valientes torearan o practicaran el rodeo. Lógico que el trago estaba prohibido pero los mayores nos pasábamos la regla por la galleta porque a palo seco no se le mete a un animal de esos ni el más guapo. O qué tal en la fiesta de la noche anterior, quién iba a bailar sin haberse mandado siquiera media de aguardiente.
El domingo era el festival familiar y la ternera a la llanera el plato principal. Llegaban los carabineros con sus parrillas y la parafernalia necesaria, pasaban al papayo a las terneras de una forma que traumatizaba a más de un alumno porque las degollaban y el chorro de sangre era impresionante, pero después cuando empezaba esa carne a oler a todo el mundo se le pasaba el pesar por los animalitos. Luego la fila para recibir una buena porción acompañada de papa cocinada y un buen vaso de sifón. Para rematar, el lunes no había que ir porque debían organizar el colegio y así lográbamos un día más para capar clases. ¡Ah! tiempos aquellos.
pmejiama1@une.net.co
De aquella época recuerdo con placer una semana de octubre que dedicábamos al santo patrón del colegio, San Francisco de Asís, cuando se realizaban las fiestas patronales. Como el colegio Santa Inés es de la misma orden religiosa, la semana de fiesta coincidía y por lo tanto las amigas y novias que allí estudiaban podían aceptar las invitaciones que les hacíamos a nuestra celebración. En la actualidad esa costumbre de tirar la casa por la ventana durante una semana ya no se estila y en cambio programan algunos actos culturales durante dos o tres días, y pare de contar.
Lo mejor de las fiestas es que no había clases y qué más podía uno pedirle a la vida en ese entonces; la entrada era a media mañana y el control de asistencia poco estricto. Podíamos llevar la bicicleta y los que tuvieran caballo disponían de varios potreros para acomodar los táparos. La programación de las actividades era elaborada por los alumnos de los cursos mayores, quienes mangoneaban a su gusto al resto del estudiantado. Los más sardinos debían colaborar con pasatiempos que se presentaban al público para recolectar fondos, los cuales casi siempre iban a parar al buche de los mayores convertido en cerveza. No faltaba una tablita con agujeros, cada uno marcado con una cifra representada en centavos, y quien metiera una canica lanzada desde cierta distancia por cualquier hueco recibía el premio correspondiente.
Otro pegaba un tablero de la pared y ofrecía dardos para premiar la puntería; el alumno más hábil para el dibujo hacía caricaturas de los clientes; el concurso de pulso tampoco podía faltar; y la venta de todo tipo de mecatos que las mamás de los más lambones preparaban en las casas para colaborar con el recaudo de fondos. Resulta que en mi casa había una pequeña máquina de hacer algodón de azúcar y mi mamá nos la prestaba con mil condiciones. Montábamos el negocito y la verdad es que la mayoría de azúcar pulverizada quedaba pegada del pelo de los noveleros que no faltaban, mientras que el algodón quedaba del tamaño de un copito Johnson. Lo peor es que no se podía hacer en un palito porque no agarraba la telaraña que se formaba en la bandeja, y era necesario utilizar unos tenedores de plástico que hacían parte del equipo. Entonces, mientras uno de los hermanos operaba la máquina, los otros debían irse detrás de los clientes a esperar que se chuparan esa vaina para que devolvieran el cocianfirulo. Nosotros sabíamos a dónde iban a parar los fondos y por lo tanto nos gastábamos hasta el último centavo en mecato, y luego alegábamos que el negocio había dejado pérdidas.
La carrera de carritos de balineras desde La Pichinga hasta el colegio era una de las atracciones. En las curvas más peligrosas se concentraba el público y más de un accidentado quedaba grogui después de darse un porrazo en la mula, además de que la mayoría de competidores llegaban con los codos y las rodillas en carne viva; porque entonces no utilizábamos casco protector, ni coderas o rodilleras. Se programaban torneos en diferentes disciplinas deportivas, que incluía una carrera de motocross y concurso de habilidad automovilística en la cancha de fútbol.
Ya en los últimos cursos disfrutábamos del poder y dirigíamos el asunto. Para rematar la semana se realizaba el viernes en la noche la coronación del reinado de mamás, con fiesta incluida, y el sábado el acto central con la novillada. Los papás ganaderos más pudientes regalaban terneras que en un corral acondicionado para tal fin servían para que los más valientes torearan o practicaran el rodeo. Lógico que el trago estaba prohibido pero los mayores nos pasábamos la regla por la galleta porque a palo seco no se le mete a un animal de esos ni el más guapo. O qué tal en la fiesta de la noche anterior, quién iba a bailar sin haberse mandado siquiera media de aguardiente.
El domingo era el festival familiar y la ternera a la llanera el plato principal. Llegaban los carabineros con sus parrillas y la parafernalia necesaria, pasaban al papayo a las terneras de una forma que traumatizaba a más de un alumno porque las degollaban y el chorro de sangre era impresionante, pero después cuando empezaba esa carne a oler a todo el mundo se le pasaba el pesar por los animalitos. Luego la fila para recibir una buena porción acompañada de papa cocinada y un buen vaso de sifón. Para rematar, el lunes no había que ir porque debían organizar el colegio y así lográbamos un día más para capar clases. ¡Ah! tiempos aquellos.
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