martes, mayo 10, 2016

Wadis, ¡qué personaje!

En 1995 conocí a Wadis Echeverri cuando yo participaba en un programa radial, en Caracol, y una tarde se apareció en el estudio para que le hiciéramos bulla a una campaña que adelantaba para el Concejo de Manizales. Vestía un overol con letreros en pecho y espalda que publicitaban su aspiración; esa fue toda la inversión, porque no tenía más recursos y además sabía que nadie financiaría su campaña. Creo recordar que los votos logrados no le alcanzaban ni para ser nombrado ecónomo de su hogar. Pero hizo el ejercicio y logró que oyeran su mensaje, que era lo que le interesaba.

Después visitó el estudio de la emisora con cierta frecuencia para llevarnos ‘El Correo de los Carrapas’, una revista que de manera quijotesca ha publicado durante muchos años para difundir su mensaje cívico y cultural. El Comandante Carrapa, uno de sus seudónimos, es ante todo un poeta. Nació en Filadelfia, Caldas, donde ha pasado la mayoría de su existencia en una casa rodeada de árboles y vegetación, con pájaros, mariposas, frutas y flores. Siempre con Marta, su compañera inseparable, y Violeta, la niña de la casa.

A mediados del año 2000 lo invité a un programa que hicimos en Telecafé, en el que entrevistaba personajes destacados del Eje Cafetero (excepto políticos, reinas, cantantes y farándula en general). Como debíamos conversar largo y tendido para enterarme de su vida, llegó a mi casa una tarde cansado y sudoroso. Le pregunté cómo viajó desde el pueblo natal y respondió que en su medio de transporte preferido, un par de botas de cogedor de café que calzaba orgulloso. Que arrancaba a pata por la carretera y a los pocos minutos lo recogía un jeep de trasporte público, sabedor el chofer de que era gratis porque el poeta nunca carga dinero.

Después de las presentaciones, procedió a entregarnos un regalito y sacó de una mochila que cargaba tres guayabas dulces cogidas en un árbol a la orilla del camino; entregó una a mi mujer, otra a mi hijo y la tercera para mí. Ese detalle nos pareció de un simbolismo maravilloso, tal vez porque nos hizo ver que la vida está hecha de cosas simples. Iniciamos la charla y me di cuenta de que Wadis es un maestro de la palabra, un poeta innato. Le pregunté el origen de su nombre y dijo que a su papá le dio por ponerle a los hijos nombres que empezaran con la W, y que a él casi lo bautizan Willis.

Durante una etapa de su vida vivió en La Dorada, donde fue director de la “Casa de la cultura, ‘sin casa’, del Magdalena ‘miedo’”; porque no tenían sede y los eventos culturales se realizaban en un pequeño ágora improvisado en una plaza pública. A causa de la violencia que se vivía en la región, el poeta fue amenazado de muerte. Entonces consiguió un sobrero aguadeño con una cinta con los colores de la bandera nacional, con el fin de hacerse visible para que el sicario no fuera a equivocarse y le quitara la vida a otra víctima inocente.

Conversar con Wadis es una delicia. La primera impresión es la de alguien desequilibrado y vocinglero, pero al momento se nota que es un hombre culto, heredero de su estirpe Carrapa, cívico, ecológico, generoso y de corazón noble. La poesía está implícita en sus palabras y después de conocerlo piensa uno que la humanidad necesita muchos ‘locos’ como él. Y que lo tengan en cuenta porque es el comandante fundador de un gran ejército donde militamos muchos, el de los Alzados en ‘almas’.

Comentarios varios.

Gravísimo lo que sucede en el país con la polarización que vivimos entre aquellos que rechazan el proceso de paz y quienes seguimos pegados a la esperanza de ver firmado un arreglo que satisfaga a todos. Claro que después viene el post conflicto, mucho más demorado y con miles de complicaciones, pero al menos se acallarán los fusiles y en el territorio nacional la violencia rebajará ostensiblemente.

Así nuestras fuerzas militares podrán dedicarse a combatir a las mal llamadas bandas criminales, que son grupos paramilitares que brotan como serpientes en la cabeza de la Medusa. Sin embargo, el ambiente no se presta para adelantar las negociaciones porque la actitud de la mayoría es negativa y pocos quieren oír razones; son escasas las personas que pueden hablar del asunto con conocimiento de causa y lo común es que la gente opine, denigre, critique, vocifere y reniegue sin bases ni argumentos, basados solo en chismes y rumores.

Un gran porcentaje de la sección de opinión en periódicos, revistas, blogs y demás publicaciones está dedicado al tema de las conversaciones de paz, y muchos columnistas llevan años machacando el tema hasta volverse repetitivos y pesados; trabajoso es encontrar uno mesurado y ecuánime que nos guíe e informe. Congresistas, políticos y miembros del gobierno tratan el asunto según les convenga y cuando dan declaraciones ante las cámaras, puede quitarse el volumen porque ya se sabe lo que van a decir.

Resolví que no discuto acerca del tema sino con personas que defiendan su postura pero además oigan al interlocutor, que sean racionales y basen sus opiniones en análisis serios; nada de que supe, se dice, supongo... La mayoría asemejan borregos que siguen al cencerro con obediencia y obstinación.
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En las goteras de Chinchiná hay un elefantico blanco (porque el elefante mayor está ahí cerca). Da grima verlo. Unos metros después de Hosterías del café, en la vía hacia el Alto de Curazao, construyeron una doble calzada de unos 500 metros que suspendieron debido a que hace parte del proyecto del Aeropalestina y esa obra está muy embolatada. En esa doble calzada instalaron un puente peatonal moderno y funcional, bajo el cual obligan a los vehículos a pasar para regresar unos metros más adelante, después de girar en U, donde conecta de nuevo con la carretera. Por ahí no transita nadie a pie, no hay casas ni otro tipo de edificación. Nada, solo cafetales a lado y lado. En cuántos lugares del país claman por un puentecito peatonal y este languidece sin estrenar. ¡No hay derecho!
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Tranquiliza saber que al menos por ahora los cajeros automáticos no entregarán billetes de $100 mil. Porque yo sí le digo la encartada que nos vamos a meter con esos ‘Lleras’, pues si ahora es complicado pagar ciertas cosas con uno de $50 mil, la nueva denominación no servirá sino para comprar el mercado, echar gasolina, pagar el peaje o comprar remedios, los cuales generalmente no bajan de $80 mil.

Serán prácticos para hacer negocios en efectivo o encaletarlos en la casa para tener un ‘guardao’ que dé tranquilidad; aunque si a muchos no les alcanza el ingreso para llegar a fin de mes, mucho menos va a sobrarles para ahorrar. Ni hablar de la desconfianza con que recibirán el nuevo billete, pues los falsificadores ya habrán sacado emisiones mejoradas; imagino cómo los irán a manosear, a mirarlos a contra luz y estirarlos con fuerza para probar su autenticidad. Ni hablar de coger transporte público o pedir un tinto y querer pagar con un billete de esos, porque arriesga uno que le den un puño.

Con la arepa bajo el brazo.

Después de echarle cabeza a por qué con nuestra generación las familias pasaron de ser numerosas a tener máximo dos o tres hijos, deduzco que se debe a que en nuestra época había que invertirle muy poco dinero a los retoños; decían que cada muchachito venía con la arepa bajo el brazo. Los colegios no eran costosos, vestíamos de manera sencilla sin seguir modas ni tendencias, las visitas al médico eran muy reducidas y al odontólogo nos llevaban una vez al año. Nada de terapeutas ni tratamientos sofisticados, y no recuerdo que a algún niño le diera gastritis o lo llevaran al siquiatra.

Los padres compraban juguetes para los niños con plata de bolsillo, igual para todos y así evitar peleas y envidias, y muchas veces el regalo suplía una necesidad básica; decepcionante era recibir de aguinaldo un par de medias, una caja de colores o unas cargaderas. La mesada que nos daban alcanzaba para muy poco y debíamos ahorrar para comprar una leche condensada; a restaurante nos llevaban para celebrar el cumpleaños y con frecuencia nos decían que la invitación era la cuelga. Y no aspirábamos a mucho, porque para nosotros era un lujo tener una navajita en el bolsillo.

Nunca recibimos clases o cursos diferentes al colegio, a no ser que fueran gratis. Aparte de no existir los extracurriculares, ninguna mamá estaba dispuesta a trastear mocosos; harto oficio tenía en la casa como para ponerse en esas. En el mercado no compraban nada que no fuera indispensable y por lo tanto el mecato no existía para nosotros; el máximo lujo que recuerdo fue un Korn Flakes que nos llevaron alguna vez, y fue tal la garrotera que se armó por el muñequito que traía en el interior, que mi mamá tuvo disculpa para no volvernos a comprar de esa porquería, como decía ella.

Al momento de salir a vacaciones a nadie se le ocurría que lo fueran a llevar a un paseo. Casi siempre al terminar el colegio nos llevaban a motilar, nos cortaban las uñas y hágale para la finca familiar hasta un día antes del regreso a clases; de lo contrario, nos quedábamos en la ciudad con la libertad que teníamos al poder disfrutar de la calle sin ningún peligro. En la finca corríamos por cafetales y potreros, trepábamos a los árboles, montábamos a caballo, nos metíamos al río sin permiso y mil pilatunas por el estilo, pero siempre regidos por un horario establecido; y al que dijera a deshoras que tenía hambre, le daban un banano.

En la adolescencia tampoco conocimos el boato. El presupuesto no alcanzaba para restaurantes elegantes y máximo retacábamos amanecidos donde Petaca o en La Bahía. De resto llenábamos en el centro con empanadas y albóndigas, y el mayor exceso era comer arroz chino en el Toy San. Los paseos eran a la quebrada Cambía o al Salto del Cacique, y eventualmente a la costa caribe, pero en bus, a dormir en carpa y con tres pesos en el bolsillo. Visitar la Feria Internacional de Bogotá era un sueño; nos alojábamos donde familiares y amigos que estudiaban en la capital, quienes vivían arrumados de a seis en diminutos apartamentos, alimentados con arroz y lentejas porque se gastaban la mensualidad jugando cartas y tomando trago.

Hace 50 años empezó a venir desde Bogotá el doctor Mayoral a hacer los primeros tratamientos de ortodoncia. Don Pablo Arbeláez llevó uno de sus hijos y cuando le pasaron un presupuesto de $4.000, una fortuna, escandalizado le preguntó al profesional si al muchachito se le podría solucionar el problema con una pela.

jueves, abril 07, 2016

Duermen con el enemigo (I).

Aunque detesto el frío, en mi juventud disfrutaba ir con los amigos a pescar truchas en los páramos cercanos, cuando era fácil atraparlas con anzuelo en ríos y quebradas. La laguna del Otún siempre fue el sitio predilecto; allá llegábamos a bordo de la lechera, un camioncito que recorría a diario la ruta para recoger el producto de los ordeñaderos aledaños. Rememoro ese momento al caer la tarde cuando regresábamos de una larga faena de pesca, cansados y ateridos, y nos sentábamos alrededor del fogón de leña a oírles los cuentos a los campesinos que nos daban posada.

Preferíamos no dormir en carpas y mejor contratábamos el alojamiento y los tres golpes diarios en alguna casucha del sector, confiados en que por allá toda la gente es buena, noble, sencilla. Subí hace poco hasta el cerro Gualí y mientras mis acompañantes tomaban fotografías del entorno, le entablé conversa a un campesino que esperaba en la orilla de la carretera.

-Aquí don aguardando un carro que vaya pa Murillo, aunque yo me bajo allí adelantico no más, en una casita onde me guardan la bestia. De ahí cojo por un camino como una hora pa llegar a la jinca que aministro, de manera que si no aparece ese bendito trasporte me coge la noche; y esto al oscuro es bien verriondo. ¿Cómo dice? Pues casao no, arrejuntao que llaman; desde hace nueve años y tenemos tres pelaos, dos varoncitos y una niña. Un hermano mío que es jornalero vive con nosotros, además de dos o tres piones que se contratan cuando toca recoger papa, arreglar cercos o cualesquier labor por el estilo.

No, qué va, yo bajo a mercar los domingos pero hoy me tocó ir a frentiar un chicharrón que resultó. Figúrese que mi hermano estaba desde hace días con la culequera de sembrar un lotecito de papa, y eso fue hasta que se animó y le pidió permiso al patrón. El hombre de una le dijo que sí y entoes el muchacho a juro que yo le prestara la plata pa los jornales, la semilla, abonos, funiga, ecétera; y la verdá es que yo tengo unos ahorritos, pero aquella no me deja arriesgalos en un negocio ajeno. El caso es que el zambo se levantó el billete y no me quiso decir cómo; y seguro no fue en un banco, porque a los pobres ni siquiera nos dejan dentrar.

Pasaron los días y lo veía achantao, de mala vuelta y nervioso, por lo que insistí pa que dijera qué le pasaba. Pues no soltó prenda y a los pocos días apareció todo cascao, con el cuento que fue en un bochinche mientras se tomaba unos guaros; y ese muchacho ha sido muy sano. Entoes ahí sí le hicimos la encerrona hasta que confesó que la plata se la prestaron en eso que llaman quisque gota a gota, y que ahora mesmo debía hasta los calzones; que la última vez que puso la cara le dieron esa muenda y que él cree que no lo han quebrao, porque esto por aquí es muy trasmano.

En todo caso, aunque quedé sin un peso y además enquimbao con el patrón, pude arreglar con esos vergajos. Ahora no falta sino que la cosechita de papa se friegue y ahí sí nos lleva el putas. ¿Cómo dice? ¡Hum!, si le contara… Con decile que cuando nos dan charlas de cómo manejar la vaina, esa gente dice quisque que nosotros dormimos con el enemigo. Aguarde pregunto si ese carro puede llevame o sino le cuento cómo es el maní…

Duermen con el enemigo (II).

En aquella época de nuestras excursiones al páramo no existía el Parque de los Nevados y por lo tanto podía transitarse sin talanqueras, a diferencia de ahora que hasta para subir a los arenales hay que pagar un mundo de plata. Arrancábamos a cualquier hora y llegábamos hasta el refugio que se incendió hace 30 años por la explosión del volcán. Subir con las enamoradas a ver el firmamento en una noche despejada era un plan muy apetecido; con una botellita de brandy o de aguardiente, o un cacho de ‘maracachafa’ que pusiera a ver estrellas.

Pero sigo la charla con mi contertulio ocasional, la que interrumpimos debido a que él quería saber si un carro que pasaba en ese momento podía llevarlo a su destino. Resultó que no, porque iba solo hasta Nieto y eso queda muy cerca de donde estábamos; entonces le pregunté si esa finca es la de las tan nombradas cuevas, y respondió que sí, pero que no son cuevas como tal, sino unas salientes en un peñasco que forman una especie de alero, donde se escampaban los arrieros con sus recuas cuando los cogía la noche en el páramo.

-Aguarde pues le cuento cómo es vivir con ese volcán tan cerquita. La verdá es que uno se acostumbra a todo y aunque al principio vivíamos aculillaos, hoy tiene que estar muy toriao pa que nos preocupemos. Cuando esa vaina hizo erución, hace ya tiempo, nosotros vivíamos en Líbano y mi apá tenía unos cultivos de papa en una jinca vecina al nevao. Pues le cuento que eso se perdió todo porque amaneció al otro día quemao por la ceniza y no quedó sino arriar ganao y bestias pa buscar una finca más abajo que los recibiera.

Después de eso el cucho quedó en la olla, lleno de culebras, por lo que me tocó dejar el estudio y buscar coloca. Tras mucho voltiar como jornalero por fin logré ministrar la jinca onde estoy ahora, bien istalao por fortuna con aquella y los pelaos. Siempre es jodido porque a ellos les toca metese una patoniada la berrionda pa ir a la escuela; y eso en verano es una cosa, pero yo sí le cuento lo que es esto cuando amanece el helaje en la fina.

Con respeto al volcán, cada rato nos invitan a charlas en la vereda y nos dan istruciones por si una emergencia; pero imagínese, qizque debemos pegar pa los laos de El Arbolito onde hay un cajón grande, de metal, de’sos que cargan las tratomulas… ¡Eso!, un contenedor… el caso es que ahí nos debemos meter todos los vecinos pa cubrinos si empiezan a llover piedras. Pero calcule usté mientras uno trae las bestias del potrero y las ensilla, porque a pie no podemos salir, luego empaca cualesquier chiro y las cositas de primera necesidá… Tampoco se puede ir uno con el mero encapillao… Yo creo que eso funciona pa los que viven cerquita, porque nosotros… ¡pailas!

De manera que no queda sino encomendase a la Virgen y hacese el pendejo pa que los pelaos no se asusten; si viera usté cuando arranca ese volcán a roncar y dígase a temblar… y hay noches que llueven pavesas y la ceniza es tan gruesa que se siente caer en el techo de zin. Y haga juerza pa que no se jodan los cultivos ni el pasto, porque ahí sí nos lleva el que nos trajo. Que sea lo que sea, porque ni pensar en dejar la coloca. ¿Qué hago yo en la ciudá…? ¡Comer rila, será!

Meto la cucharada.

Por ser juez y parte no había opinado acerca del debate originado por el cambio de nombre del parque de la avenida Santander con calle 48, remodelado y puesto al servicio de la comunidad, pero como ya está todo consumado puedo meter la cucharada. La administración municipal aprovechó la obra para hacer una distinción a las mujeres manizaleñas, por lo que resolvió quitarle el nombre que tenía hasta ahora y que hacía homenaje a mi abuelo, el escritor costumbrista Rafael Arango villegas.

De manera que pasó a llamarse Parque de la mujer, Luz Marina Zuluaga, y de una vez honraron a una dama que puso en alto el nombre de Manizales desde que obtuvo la corona mundial de la belleza hace ya tantos años. Eso está bien, muy bonito el parque, moderno, funcional, agradable, pero no entiendo por qué le quitaron de un plumazo el reconocimiento a don Rafa. Él se ganó ese homenaje por su talento y sacrificio, por ser hombre íntegro y ciudadano ejemplar, porque fue un escritor reconocido en el medio literario nacional.

Claro que la mayoría de la gente no sabía que ese parque se llamaba así, porque siempre se le dijo el Parque de los enamorados. Y ello se debe a que en su momento no tuvieron el detalle de erigir un busto del escritor, con una placa conmemorativa que resaltara su nombre y demás datos pertinentes; nada, se contentaron con una plaquita que acomodaron por allá en un sardinel. Eso de cambiarle el nombre a las cosas es muy común en este país, como el puente Pumarejo, en Barranquilla, cuyo nombre original es el del expresidente Laureano Gómez.

Dicen que gaseosa mata tinto y sin duda en la actualidad Luz Marina es más taquillera que mi abuelo, aunque muy distinto pensamos quienes conocemos la obra del escritor costumbrista; lo triste es que cada vez somos menos, porque a la juventud moderna poco le interesan ese tipo de cosas. Y si era mucho el afán por perpetuar el nombre de nuestra Mis Universo, podrían haberle quitado el nombre al parque José María Escrivá, conocido como de Las garzas y localizado en el barrio Palermo, y erigir allí el busto de Luz Marina; porque solo a un concejal rezandero se le pudo ocurrir dedicar uno de nuestros parques al cura español, lo que es como si en Madrid bautizaran una de sus plazas con el nombre del Padre Hoyos.

El 8 de marzo la edición virtual de El Tiempo publicó una nota acerca de la noticia y en ella el reportero informa que a mi abuelo lo desbancaron por ser un escritor de tendencia ‘machista’; y copia un texto de la Historia Sagrada del maestro Feliciano Ríos, donde el zapatero borrachín se refiere de manera despectiva a las damas. Ese mequetrefe merece que lo echen del periódico, por ignorante. También notifica que la Secretaría de Desarrollo Social aseguró que la idea es no dejar perder la memoria del escritor caldense y para ello podría destinarse una obra futura, como las estaciones de bicicletas públicas.

Imagino el orgullo de mi familia cuando veamos el nombre del abuelo en una de esas estaciones, un larguerito con techo donde parquean una docena de ciclas. ¡Tremendo homenaje!

Advierto, a don Rafa esas cosas lo tenían sin cuidado. Cierta vez la sociedad de Manizales le rindió un homenaje y uno de los oradores propuso que levantaran un busto del escritor, a lo que él respondió que les agradecía mucho, pero que mejor se lo ‘levantaran’ a Gracielita, su hija mayor, quien estaba próxima a participar en un concurso de belleza.

Evolución electrónica.

Cuál sería mi sorpresa al asistir a una tenida en casa del amigo que me mantiene al día en cuanto a tecnología de sonido se refiere, pues cada que lo visito me descresta con dispositivos nuevos, diminutos parlantes, sofisticadas consolas y demás juguetes novedosos, y lo encontré rodeado de una pila de discos de larga duración, aquellos Long Play que acompañaron nuestra juventud. Escoger la carátula, buscar la canción, sacar el acetato y limpiarle el polvo con un paño, ponerlo en el tornamesa y proceder a acomodar la aguja en el surco correspondiente, es un ritual que nunca imaginé volver a presenciar.

Durante mi niñez en la casa solo había un radio grande de tubos en el que Laura Ceballos, la cocinera, sintonizaba radionovelas y música popular. Mis padres no oían radio y se enteraban de la actualidad en el telenoticiero El Repórter Esso, de las siete de la noche. El televisor era un peye en blanco y negro, que sintonizaba un solo canal, al que tocaba moverle un tornillo por detrás para que la pantalla no brincara de manera desesperante; esa labor estaba destinada al menor de los hermanos.

El otro ‘dispositivo’ que tuvimos fue la infaltable radiola, un mueble aparatoso que tenía tocadiscos y un radio aparentador, ya que el dial presentaba el nombre de las principales capitales del mundo, pero en realidad ni siquiera cogía las emisoras locales. Los discos disponibles eran muy pocos porque mis padres no eran aficionados a la música popular; oían un trío o unos mariachis y se encalambraban. En cambio mi papá tenía una amplia selección de música clásica, en antiguos discos de 78 revoluciones, la cual en un principio oíamos con recelo hasta que le cogimos el gusto.

A finales de la década de 1960 mi hermana mayor cumplió quince años y una tía le regaló un moderno radio eléctrico. Cierta vez, uno de los muchachos lo cogió sin permiso para sintonizarlo debajo de las cobijas durante la noche, con tan mala suerte que el aparato se recalentó y estuvo a punto de causar un incendio. Por fortuna el muérgano se despertó a tiempo, volteó el colchón para que no se notara el fogonazo, desapareció las sábanas y madrugó a enterrar el radio medio derretido en el patio; ni siquiera los que dormíamos en el mismo cuarto nos dimos cuenta. Ante la falta del electrodoméstico acusaron a la entrodera de manilarga y por fortuna mi mamá, que se las pillaba al vuelo, pronto descubrió el asunto y el culpable debió reconocer su responsabilidad.

La quinceañera también trajo de un viaje un pequeño tocadiscos portátil, lo que coincidió con la llegada de unos parientes que regresaron de vivir en Europa, quienes nos prestaron una colección de Los Beatles en discos de 45 revoluciones. Eso fue todo un acontecimiento y en la casa hubo romería de amigos que querían disfrutar del grupo musical de moda. Pocos años después mi mamá fue de paseo a los Estados Unidos y se nos apareció con un reproductor de casetes, aparato que era un verdadero descreste; como los casetes eran escasos y costosos, solo teníamos uno: Sandro de América. Por fortuna un amigo de mi papá nos prestó uno de música rock y a ambos les dimos cachucha hasta decir no más.

Pero quién iba a imaginar que después de ver la evolución de esos sistemas de sonido, inasequibles para la mayoría, la gente podría grabar su música en el teléfono celular; para mayor comodidad se chantan unos audífonos que los aísla de la realidad, lo que hace que nuestro planeta parezca habitado por zombis.

miércoles, marzo 16, 2016

Nauseabunda realidad.

Ahora años, cuando era necesario inducirle el vómito a alguien, lo obligaban a tomar agua tibia o le hacían cosquillas en la garganta con un palito, o con el dedo si no había más. Y eso era hasta que el cristiano botaba la pluma, lo que lograba aliviarlo así fuera de momento. Hoy en día es mucho más fácil: Basta sintonizarle un noticiero de radio o televisión, ponerle al frente cualquier periódico, enfrentarlo a la pantalla de la computadora y conectarlo a un portal de noticias, y el sujeto en cuestión de segundos empieza con las arcadas.    

Eso puede sucederle a cualquiera al toparse con informaciones referentes al desfalco en la Refinería de Cartagena, en el que las cifras citadas son de unas proporciones difíciles de asimilar; basta con saber que es mucha más plata que la que recibimos por la venta de ISAGEN o que con los recursos birlados podría construirse el metro de Bogotá. Dónde están los ejecutivos, los miembros de las juntas directivas, los funcionarios encargados de fiscalizar, los Ministros involucrados… Nadie dice nada, ninguno pone la cara, no aparecen los culpables y en cambio todos se tiran la pelota para evadir responsabilidades.

No podemos olvidar que es tan culpable quien mete la mano como quien la deja meter; por acción o por omisión, dice el léxico legal. Cómo es posible que los miembros de la junta directiva de Reficar, o los de Ecopetrol que es la dueña de la refinería, no hayan sospechado al ver que el proyecto cada vez costaba más, hasta llegar a cifras escandalosas. No hay que ser muy suspicaz para recelar que dichos ejecutivos, todos reconocidos por inteligentes y expertos, con algún propósito se hicieron los de la vista gorda ante semejante despropósito; vaya usted a saber por qué no quisieron escarbar.

A diario aparecen chanchullos que opacan los anteriores y así se pierden en la memoria casos como Foncolpuertos, o las barcazas que trajeron para ayudar en la crisis energética en épocas del apagón, las mismas que nunca funcionaron por ser incompatibles con el sistema eléctrico nuestro; y lo peor es que ya estaban pagas. Y qué tal la recuperación de las líneas férreas que se hizo para trocha angosta, sistema para el cual ya no construyen locomotoras ni vagones.      

Con sobrada razón el colombiano es reacio a pagar impuestos, porque sabe que su dinero puede ir a parar al bolsillo de otro. Para ello contrata un contador, pero no para que lleve cuentas y mantenga al día la contabilidad, sino para idear figuras y maromas que reduzcan al máximo la tributación. Muchos ex funcionarios de la DIAN tienen oficina de asesoría tributaria, lo que representa una ventaja porque conocen al dedillo los intríngulis del organismo estatal; lo que se conoce como la puerta giratoria.

Es triste saber que nos volvimos desconfiados y maliciosos por culpa de la mala fe que impera; cerrar negocios es muy trabajoso porque hizo carrera eso que para el mamón no hay ley, por lo que solo podemos cantar victoria al salir de la notaría. La palabra no se respeta y para la mayoría lo que sea legal es válido; la ética tiende a desaparecer. La cultura del ‘vivo’ y el ‘avispao’ nos tiene fregados; personas ventajosas que no tienen inconveniente en llevarse por los cachos a la mamá. Lo peor es que la comunidad los admira.

Por tramposos y marrulleros padecemos el karma de los insufribles trámites, en los que requieren examen de conciencia, conteo de espermatozoides, lectura de retina y fotocopia autenticada del genoma. Y sin embargo se los pasan por la galleta.

Edificios de antaño.

Sentí nostalgia al ver la demolición de la vieja casona donde hice mis primeros pinitos en el colegio, localizada entonces enseguida de la casa de don Pedro Emilio Salazar, donde hoy queda el edificio Meridiano, en la avenida Santander con calle 52. Allí funcionó El Divino Niño, el kínder al que asistía con mis hermanos, hasta que se trasladó definitivamente para el barrio Estrella a una casa grande ahí abajo de la falda en la calle 61; eso nos favoreció porque vivíamos a una cuadra del colegio.

Tenía yo cinco años cuando el kínder funcionaba en el caserón de la avenida, al que le llegó la pica del progreso para dejarlo convertido en un lote más, y me cuentan que ya estaba prácticamente derruido por el paso del tiempo, pues al hacerle las cuentas así por encimita calculo que debía tener al menos ochenta años de construido. La edificación era inmensa, con un patio interior con marquesina, y varios pisos hacia abajo hasta llegar al solar, que lindaba por detrás con la carretera que iba para el matadero.

Frente al colegio había un muro que cerraba un lote que llegaba hasta donde queda hoy El Triángulo, el primer edificio alto que se construyó poco tiempo después en este sector de la ciudad, y unos metros antes de llegar a la esquina estaba la entrada al convento del Buen Pastor, a cuya capilla nos llevaban con mucha regularidad para asistir a misa. El desplazamiento lo hacíamos en estricta formación por el andén de la avenida, bajo el cuidado de las profesoras que insistían en que pusiéramos cuidado para que nos cogiera un carro.

Así una a una desaparecen esas viejas edificaciones que nos conectan con el pasado y ahora recuerdo algunos de esos iconos de la ciudad que servían de referencia para ubicar a quien buscaba una dirección. En la boca del túnel de la 51 hacia la avenida Paralela, donde funcionó Lavautos, quedaba la antigua Gallera, una edificación inmensa en forma de kiosco circular. No recuerdo haber visto allí actividad de gallos y más bien era un vetusto edificio abandonado que después de mucho tiempo tiraron al piso.  

En la avenida Santander con calle 40 quedaba el orfanato, una antigua construcción que ocupaba todo ese lote donde ahora se levanta un conjunto cerrado de edificios. Desaparecido el inmueble, el lote se aprovechó para montar la carpa del circo de turno, una ciudad de hierro o el consabido mercado Persa que acompaña cualquier feria o celebración. En el parque de El Cable, al otro lado de la avenida, había un hermoso hospital de estilo francés con sus amplios corredores y ventanales, todo en madera, y a un costado la capilla; el cerramiento del predio era una verja en hierro forjado, muy elaborada.

Quién no recuerda el imponente castillo de la calle 63, también sobre la avenida, que nos hacía sentir en la Europa del medioevo; allí vivieron varias familias conocidas y por ello pude recorrer todos sus recovecos. Y al subir hacia la plata de Niza, una cuadra después del Batallón Ayacucho y a mano derecha, quedaba Milancito, un restaurante típico que por las tardes se convertía en bailadero, para que los soldados en licencia se dieran gusto brillando baldosa con las entroderas del sector.

Por último el antiguo cuartel de los bomberos en la esquina de la carrera 22 con calle 14, sector del parque Olaya. Desde ahí se atendían todas las emergencias porque era la única estación y la característica que más recuerdo es la potente sirena que encendían religiosamente a las doce del día.

Reformas urgentes.

Aunque soy lego en la materia, pienso como muchos de mis conciudadanos que a la justicia de nuestro país hay que meterle mano, ¡pero ya! Y aunque hablan de reformas urgentes, de equilibrio de poderes, comisiones de aforados, ‘supercortes’ y demás perendengues, lo cierto es que los colombianos vemos a diario ejemplos de una justicia ineficaz y amañada. Con el agravante que la mayor podredumbre está en el gajo de arriba, donde los magistrados de las altas cortes dan mucho de qué hablar.

Sin duda el peor pecado de la justicia es que sus mayores representantes son nombrados por el Congreso, hecho que se presta para que éstos sean ‘manguianchos’ al momento de juzgar a quienes los eligieron; entre bomberos no se pisan la manguera. Entonces quien aspire a formar parte de una alta corte no requiere ser reconocido como ciudadano ejemplar, ni presentar una hoja de vida inmaculada, sino que le basta con hacer lobby político para conseguir el apoyo necesario que le asegure la coloca. 

Preocupa saber que en nuestro medio la meritocracia no tiene cabida y que si así funcionan las cosas en las altas esferas, qué podemos esperar del juez raso que despacha en un juzgado municipal; lo injusto es que en todos los niveles de la justicia hay funcionarios honestos y comprometidos, pero están estigmatizados por una mala fama que ya hizo carrera. En todo caso más allá del elemento humano, nuestro código penal genera unos dictámenes que muchas veces nos dejan estupefactos y definitivamente enfurecidos.

Con esta modita que cogieron ahora los noticieros de televisión de presentar videos donde quedan registrados robos, asesinatos, asaltos y demás delitos, modalidad repudiada por muchos televidentes, no dejan de ser efectivos para que las autoridades adquieran pistas que pueden agilizar las investigaciones.

El caso es que así nos enteramos, por ejemplo, de una pandilla de habitantes de la calle que en un sector de Bogotá aprovechan que un vehículo cualquiera está detenido en la congestión, para arrancarle espejos, plumillas, biseles, copas, etc., mientras el conductor y demás ocupantes miran indefensos la agresión. Luego salen caminado como si tal cosa y si alguien osa perseguirlos, lo amenazan con lanzarle bolsas llenas de excremento humano. Tras un seguimiento de varias semanas y recopilar todas las pruebas, registradas en los videos, por fin la policía detiene a los implicados y los presenta ante las cámaras de televisión. Los ciudadanos de bien celebramos el hecho, pero cuál sería nuestra frustración al enterarnos de que un juez dejó en libertad a esos apaches, dizque porque no representan un peligro para la sociedad. ¡Háganme el favor!

En Cali registran las cámaras de seguridad a una banda de travestis que todas las noches, en la misma cuadra, atracan a los transeúntes y les quitan celulares, dinero, joyas y demás objetos de valor, y quien se resista es agredido con navajas. Cuando ya la policía los tiene identificados y sabe dónde guardan el botín, proceden a detenerlos. Pues los desadaptados alegan que son comunidad protegida y que como mujeres solo pueden ser requisadas por una mujer policía. Hasta ahí llegó el impulso porque no había personal femenino de la institución a la mano y por lo tanto tuvieron que soltar a semejantes delincuentes.         

Muy cierta es la opinión popular que la justicia es para los de ruana, porque está comprobado que ricos y poderosos tienen privilegios al momento de ser juzgados. Mientras tanto las cárceles están abarrotadas de ciudadanos que son ‘un peligro para la sociedad’ porque le tocaron la nalga a una mujer o se robaron un Caldo Maggie. Realismo mágico.

jueves, febrero 04, 2016

No seamos animales.

Cuando critico el estatus de personas que muchos les dan ahora a las mascotas y demás seres irracionales, algunos me tildan de cruel y llegan a decir que no me gustan los animales. Nada más equivocado. Durante mi niñez y adolescencia en nuestra casa siempre hubo un perro en el patio, amarrado al lado de su perrera y alimentado con sobras de la cocina; ‘cuido’ o concentrado nunca probaron.

La función del chucho era cuidar que no se metieran ladrones por el patio y su rutina variaba los domingos cuando le dábamos una buena bañada con agua y jabón; mi papá dirigía el proceso mientras manejaba la manguera, pendiente de cuando el perro se fuera a sacudir para retirase un poco. Después salíamos en patota a la caminata dominical, en la que soltábamos el animalito para que correteara a su gusto. Nunca tuvimos perros de raza, eran criollos que nos regalaba algún pariente cuando en la finca estaban encartados con una camada.

Me da golpe que ahora a los perros no les dan huesos dizque porque se atoran. Pues en mi casa comíamos gallina muy de vez en cuando, pero ese día recogían todos los huesos y el chandoso se los mascaba como si fueran confites; igual se tragaba la cabeza, las tripas y no le hacía el asco sino a las plumas. Ni hablar cuando el almuerzo era con espinazo o costilla, porque el gozque quedaba con material para varios días. En caso de emergencia lo llevábamos a la clínica veterinaria de la Universidad de Caldas y de llegarse a morir, no hacíamos drama ni llorábamos, simplemente conseguíamos otro.

Con el gato era igual. Cuando el minino se ausentaba durante muchos días lo dábamos por perdido y procedíamos a buscarle remplazo. Muy pronto llegaba el gatico y de entrada le servíamos leche en la tapa de un tarro de galletas, además de refregarle un trocito de carne gorda en las cuatro patas; decían que el animalito dejaba el olor por donde caminara y así reconocía su nuevo hogar. Nunca más se le daba comida porque entonces no cazaba ratones, labor que hacía no solo en la casa sino en todo el vecindario; infortunadamente los pajaritos también formaban parte de su dieta diaria.

Además tuvimos pollos de engorde, gallinas ponedoras, conejos,  tilapias que criamos en el tanque de una lavadora, curíes, tortuga y palomas, muchas palomas. Eso sí, todos los animales en el patio y para alimentarlos gastábamos muy poco; sobras, cáscaras de papa, plátano y yuca, residuos de hortalizas que nos regalaban en la galería y a las aves les dábamos maíz trillado. Aunque nos gustaban los animales no nos apegábamos a ellos y cuando un pollo estaba gordo, lo despescuezábamos para venderlo.

Se escandalizarán quienes andan ahora obsesionados con el tema de los animales. Claro que no debemos maltratarlos ni abusar de ellos, pero de ahí a ‘respetarlos’ como si fueran seres humanos, ¡tampoco! Me enteré del escándalo que armaron porque un diputado italiano, en medio de un rifirrafe, le dijo a otro ‘cabra’ y desde los cinco continentes los animalistas pusieron el grito en el cielo. Esperaban que el fulano se disculpara con los caprinos y prometiera no volver a insultarlos; de una vez advirtieron al resto de la humanidad para que nadie se refiera a los animales de manera despectiva. Eso de decir que un tipo muy bruto es un burro, que el otro hizo el oso o que el de más allá es una chucha, se acabó.

Definitivamente pienso, al ver esos comportamientos, que en este mundo hay mucho pendejo.

Don Eduardo.

Todo lo dicho de don Eduardo es poquito, porque es trabajoso definir a un ser tan extraordinario. Destacan su historial como emprendedor, líder, visionario, industrial, intelectual, humanista, culto y demás atributos, pero sin duda don Eduar, como le decimos sus allegados, fue ante todo un hombre bueno. Ciudadano ejemplar, pulcro y respetuoso, vivió su vida pendiente del bienestar de los demás. Ante cualquier dificultad de un miembro de la familia estaba presto a darle la mano, porque fue generoso y solidario como ninguno. A los empleados de las tantas industrias que fundó con sus amigos Azucenos, sobre todo de Iderna que fue su consentida, les conocía la historia familiar, se interesaba por su situación y siempre estaba pendiente de cualquier problema que enfrentaran.

En el seno familiar era querendón, cálido y amigable. Alcahueta con los sobrinos, porque cada que a alguno se le ocurría un negocio acudía a él como socio capitalista. Sobre todo Felipe Ocampo, “El Rey”, sin duda su sobrino favorito, quien embarcó al avezado empresario en más de una quiebra; una de las últimas, antes de que Felipe fuera víctima de la maldita violencia, fue un cultivo de zanahorias que supuestamente los iba a llenar de plata. Don Eduar le oyó el cuento, dio su consentimiento, pero al final advirtió: Cuando se totee el negocio no recibo sino dos bultos de zanahorias. Porque en todas las quiebras le pagaban con máquinas obsoletas, productos quedados y demás remanentes.

Otro sobrino, escritor y poeta, siempre recurría a él para que le financiara los libros y como agradecimiento le llevaba varias docenas de ejemplares. Entonces el viejo le regalaba uno al que llegara, pero eran tantos que seguían los arrumes por ahí estorbando. Por esos días tenía una camioneta y todo el que necesitaba transportar una lavadora, nevera o somier se la pedía para hacer el mandado, a lo que él accedía con mucho gusto, pero con la condición que el solicitante, además de las llaves de la camioneta, debía llevarse media docena de libros.

Don Eduardo Arango Restrepo, ese señor tan serio, tan respetable, tan conspicuo, fue un mamagallista eximio. El más gocetas del mundo y no pasaba una semana sin que armara paseo para alguna parte; los mismos que empezaba a disfrutar desde los preparativos, porque citaba a reuniones, almuerzos y tertulias para ultimar detalles, todo acompañado de buena comida y los traguitos que nunca le faltaban. Lo curioso es que disfrutaba igual si se trataba de un viaje a recorrer Europa, a una finca cualquiera o a algún pueblo de nuestra geografía. A nada le sacaba pero, comía lo que le dieran, disfrutaba hasta el mínimo detalle.

Hace más de treinta años perdió a su compañera de siempre, Teresa Vélez, y desde entonces mis padres se convirtieron en una buena compañía para él. Mi hijo y mis sobrinos crecieron en su finca Los Guaduales y para ellos Don Eduar fue otro abuelo; con él íbamos a pasear por toda Colombia y siempre nos dio gusto en todo. Su querencia natural era el kiosco de Los Guaduales, al frente de un tablero de ajedrez con mi papá como contrincante, una botella de aguardiente, dos copas y mango biche con sal.

Jugaban torneos que duraban lo que durara el paseo y mientras don Eduar metía basa en la conversación de los demás, mamaba gallo y le hacía trabajo sicológico al oponente para enredarlo, mi padre ni se enteraba y seguía concentrado en lo suyo. Entonces se oía desde todos los rincones de la finca cuando el dicharachero ajedrecista anunciaba a voz en cuello sus ataques: ¡Al rey!

Memorias de barrio (13).

A diferencia de ahora que la salida a vacaciones de los muchachitos se convierte en un problema para los papás, durante nuestra niñez era una delicia para todos porque la calle era nuestro patio de recreo. Hoy en día las criaturas llaman a los papás a sus trabajos a quejarse, a exigir atención, a decir que no tienen nada para hacer y en resumidas a mortificarles la vida, porque ellos sin duda se angustian al imaginarlos encerrados y al oscuro, mientras permanecen hipnotizados frente a la pantalla de algún dispositivo electrónico.

En cambio a nosotros nos sacaban para la calle desde temprano con la condición que podíamos regresar solo a tomar el algo, a media mañana, o si teníamos que entrar al baño ‘a lo grande’, ya que el chorro lo soltábamos en cualquier parte. No requeríamos plata, juguetes costosos o vestir ropa de marca, nada, solo buena actitud y un espíritu aventurero e inquieto. Al rato estábamos reunidos con el combo de vecinos y arrancábamos a inspeccionar los alrededores, que correspondía a los potreros que hoy ocupan los barrios La Camelia, Bajo Palermo y Sancancio; en esa época después de la Universidad Nacional seguía una carreterita destapada hasta el Morro de Sancancio y en el recorrido solo estaban la iglesia de Palermo, la fábrica Iderna, el Manicomio y dos o tres finquitas.

La Camelia estaba urbanizada y desde la esquina de la calle 70 con Avenida Santander podía verse la iglesia de Palermo, lo que convertía el lugar en un excelente recorrido para disfrutar de los carritos de balineras. En cambio el actual Bajo Palermo, del Parque de las garzas hacia abajo, incluido El Torrear y alrededores, fue construido por dos ingenieros civiles, Mesa y Echeverry, quienes bombearon pantano e hicieron unas represas que al secarse conformaron el terreno.

No existía rincón de toda esta zona que no conociéramos al dedillo y para nosotros era común toparnos con los soldados del batallón que realizaban maniobras, enfrentamientos simulados y demás ejercicios propios de su condición. Los pelotones de reclutas aprovechaban las calles del barrio para trotar mientras repetían los estribillos que entonaba el comandante, y la banda de guerra también prefería nuestro vecindario para realizar sus prácticas; ‘Chupacobres’ les decíamos. El cerramiento del batallón era un cerco con tres hilos de alambre de púas que cruzábamos cuando nos provocaba sin que nadie se fijara en nosotros.

En los potreros del entorno pastaban las vacas de don Manuel López y a cierta hora las arreaban para el ordeño en los bajos de la tienda Milán, al frente de donde quedaba entonces la entrada al Batallón por la avenida Santander. Las rilosas recorrían el barrio y se comían las matas de los jardines, dañaban los prados y dejaban varias plastas de boñiga en las calles, por lo que las vecinas renegaban y juraban que no volverían a comprar en la tienda, promesa que no podían cumplir porque era el único negocio de ese tipo en muchas cuadras a la redonda.

Por esos días llegó la novedosa botella de litro retornable (de vidrio) de Premio Roja, y mi mamá nos compraba una para compartirla. Salíamos entonces con mis hermanos para la cumbre del morro Sancancio donde solo estaba la cruz metálica, sin obstáculos que impidiera subirnos cuando quisiéramos. Arrancábamos a trepar, sin ningún elemento de seguridad, y en lo más alto nos acomodábamos para hacer concurso del que avanzara más con el chorro; también lanzábamos unos escupitajos monumentales que volaban tornasolados porque los potenciábamos con tragos de la empalagosa gaseosa. Eso es lo que se llama gozar barato.

Estamos de resetear.

Llegó el siglo XXI y con él una oleada de tecnología que no alcanzamos a asimilar, porque aparecen técnicas y modelos nuevos que convierten lo que apenas tratábamos de entender en temas obsoletos. Y aunque tratemos de evitar que los mecanismos electrónicos dominen nuestra existencia, con el paso del tiempo hemos permitido que una colección de dispositivos, claves, controles de mando a distancia, procedimientos y demás perendengues nos hagan la vida imposible.

A los teléfonos celulares por presentar fallas o bloquearse es necesario meterles un alfiler por cierto agujero, diminuto por cierto, y presionar para activar un botoncito que se encarga de resetearlo; lo que quiere decir borrón y cuenta nueva. Lo mismo pasa con la computadora personal o la tableta, que por perfectas que sean no dejan de ser máquinas y entonces se dañan, y pensamos que nos tragó la tierra; sobre todo si el diagnóstico del taller es que deben resetearle el disco duro. Como quien dice fregados, porque a esos aparatos les soltamos las funciones del cerebro de a poco y llegamos a un punto de no retorno en que se nos vuelven indispensables.

Lo increíble es que mientras unos vivimos en este mundo arrevesado, otros pasan su existencia en lo profundo de selvas y desiertos preocupados solo por conseguir comida, tener abrigo y bienestar, sin saber lo que son angustia, ansiedad, estrés o depresión. Confieso que me da repelús de solo pensar en vivir en una maloca, echado en la hamaca en pelota, mientras las horas pasan sin ningún oficio ni entretención; apiñado con el resto de la comunidad, sin servicios públicos ni otro tipo de comodidades, aparte de una rama para espantar moscos y zancudos.

Ellos allá tranquilos, relajados, mientras en el mundo civilizado nos preguntamos en qué momento decidimos aceptar todo lo que dicta el statu quo. La sociedad de consumo desbocada; un capitalismo salvaje apabullante; modas y tendencias que abruman; farándula y superficialidad. Vivimos en medio de mafias de toda laya, desde las de semáforo hasta la del Vaticano; una corrupción que no da tregua y lo más triste es que para la mayoría el valor de las personas depende del dinero que tengan, así sean majaderos sin cultura ni ilustración. Los poderosos manejan el mundo a su antojo sin importar el bienestar de esas mayorías que sufren y luchan por sobrevivir.

Por fortuna muchos pobres no se preocupan por lo que sucede más allá de su puerta, porque piensan que pase lo que pase ellos seguirán igual de jodidos. Al obrero raso o al campesino no lo desvelan el proceso de paz, las acciones de Ecopetrol, el dólar, Venezuela, la guerra en Siria, el galeón San José y tantos sucesos que mortifican nuestra existencia. Ellos hacen milagros con un salario infeliz que logran rendir y así mantienen la familia, tienen moto, toman trago y algunos hasta tienen moza.

Mientras a nosotros nos agobian los males ellos son saludables y nada les hace daño. O quién ha visto a un peón preocupado porque el almuerzo tiene muchas harinas; o por las calorías de determinado plato, o que prefiere la leche sin grasa. A cualquier hora recibe aguardiente, un plato de comida así acabe de almorzar, confites y hasta cigarrillo, aunque no fume. Hay que lograr, dice.  Por más que beba no le da guayabo, come lo que se le antoje y no sabe lo que es gastritis, insomnio o ansiedad. En cambio nosotros vivimos pegados del techo por una cantidad de sucesos que ocurren a diario y que no deberían estresarnos. Definitivamente a la humanidad le caería muy bien una reseteada.

Recorridos turísticos.

Por esta época la ciudad recibe muchos visitantes que vienen a disfrutar la feria y somos los manizaleños los encargados de hacerlos sentir como en casa; cabe recordar aquel eslogan que dice que turista satisfecho trae más turistas. La programación de la feria ofrece muchas opciones de entretenimiento, con la temporada taurina a la cabeza, y en la ciudad infinidad de atracciones, espectáculos y demás alternativas se encargan de satisfacer el gusto de los visitantes.

Y una buena opción para entretener a nuestros huéspedes es llevarlos en carro a pasear por los alrededores, por lo que propongo algunos recorridos que sin duda los dejarán gratamente impresionados. En la parte baja de Villa Pilar arranca la carretera que va para La Cabaña, cuyo primer tramo está muy poblado a lado y lado de la vía,  y después de la desviación hacia el hospital San Isidro empieza la vereda La Palma con sus agradables fincas solariegas. Poco después está a mano derecha la desviación para La Cuchilla de Salado, una vereda digna de conocerse porque por allí llegaron los colonos que fundaron a Manizales; casitas añosas con sus balcones y ventanas adornadas con flores coloridas son su mayor atractivo.

Después de coger de nuevo la vía principal, a los pocos kilómetros está La Linda y de ahí en adelante el camino sigue por entre pequeñas fincas cafeteras. Luego la Quiebra de Vélez con su tradicional fonda y después de unos kilómetros se recorre el tramo conocido como Malpaso, con unos impresionantes precipicios por los que se observa un imponente panorama del cañón del río Guacaica. Pocos minutos más adelante está La Cabaña y de ahí trascurre la vía por una calzada que ofrece bellísimos paisajes, hasta llegar a Tres Puertas y de ahí seguir hacia Santagueda.

Superado el centro turístico continúa el recorrido por la vía que va hacia Palestina, por la vereda La Plata, por una carretera que estuvo en muy malas condiciones pero que por fortuna recuperaron en su totalidad y hoy en día está en perfecto estado. Transcurre el camino por el lomo de la montaña con una panorámica ilimitada de nuestros cafetales; y las flores, los árboles imponentes, las casas campesinas y como fondo la majestuosidad de las cordilleras. La Ermita, Las Palomas, Los Lobos y Cartagena son veredas y puntos de referencia superados a medida que se avanza, hasta llegar a la partida donde la vía sigue hacia Palestina o a Chinchiná por el Alto de Curazao.

El último tramo antes de llegar a Chinchiná está adornado con infinidad de guayacanes de diferentes colores que cuando están en plena florescencia son un espectáculo que estremece. Por último el lago de Balsora con su malecón flotante, para llegar al pueblo y seguir hacia Manizales por la carretera vieja, para que el recorrido sea literalmente por entre las curvas; y con el pago de un solo peaje de $2500.

Quienes prefieran una vuelta más corta pueden solicitar un permiso en Aguas de Manizales para visitar la Reserva de Río Blanco, a pocos minutos de la ciudad, donde pueden mostrarle al turista el bellísimo bosque de niebla con su extraordinaria variedad de flora y fauna, además de ser sitio predilecto de los observadores de aves. Si la salida es a media tarde a tomar el algo, qué tal bajar a Villamaría a comer chorizos; a Gallinazo donde ofrecen todo tipo de viandas; o la famosa morcilla de Maracas, en la vía hacia Neira. Ni hablar de la subida a Chipre a comer obleas y helados, mientras se observa una panorámica de 360 grados que deslumbra y embelesa.

lunes, diciembre 21, 2015

Todo produce cáncer.

Nada más cierto que la sentencia que asegura que todo lo bueno hace daño, está prohibido o es pecado. Puede tratarse de algo sano o inocente y sin embargo algún pero le encuentran, situación que mortifica a quienes creen en todo lo que oyen, esos que no tienen poder de discernimiento ni de analizar la información que reciben. Gentes sin carácter, maleables y cuya personalidad parece una veleta.

Nunca he parado bolas a esos estudios que publican a diario sobre alimentos, productos o situaciones, como montar en bicicleta, cuyo consumo puede causarnos cáncer u otro tipo de enfermedad grave. Son tantos los tabúes, creencias, recomendaciones y demás vainas que prohíben, que solo falta que digan que respirar puede ser nocivo para la salud. Un día publican que la sal, otro que el material de ciertos juguetes, después salen con que los alimentos quemados o preparados en la parrilla, o que la pintura utilizada en las cunas para bebés son altamente cancerígenos.

Hay quienes se vuelven paranoicos con semejante avalancha de información y para evitar contraer un mal cualquiera, empiezan a coger mañas y resabios que les convierten la vida en un infierno. La alimentación se vuelve un asunto complicado, empiezan por volverse vegetarianos y de ahí siguen a veganos, que es cuando deciden ingerir solo productos vegetales; además de las carnes de todo tipo, quedan prohibidos también los huevos y los derivados lácteos. Lo que no saben muchos por aquí es que algunas legumbres y hortalizas que conforman su dieta diaria son regadas con agua del río Bogotá, la mayor cloaca del país.

Sabrán sociólogos y demás conocedores a qué hora fue que se fregó este planeta, porque durante mi niñez, pubertad y adolescencia nunca oímos hablar de todas esas pendejadas que se inventan hoy en día. Para alimentarnos no había misterios o prohibiciones y ni siquiera oímos mencionar palabras como triglicéridos, colon irritable, cirujano maxilar, lactosa, fonoaudióloga, colesterol, diálisis o cualquiera de los tantos términos que nos apabullan ahora.

Del cáncer supimos ya creciditos, por cierto con muy poca frecuencia, porque pocos se morían de ese mal; o no nos enterábamos y tampoco existía la tecnología para diagnosticarlo. En todo caso nuestra crianza fue al sol y al agua y no recuerdo que nos hubieran embadurnado con bloqueador solar, repelente de insectos o cualquier otro producto por el estilo. Y aunque ya viejo el temido mal me pasó factura, supongo que fue porque me tocó en suerte, pues a ninguno de mis compañeros de andanzas de entonces –hermanos, primos, vecinos, etc.- les sucedió igual.

Lo cierto es que a la industria que le toque en turno el señalamiento que su producto presenta riesgo de ocasionar cáncer, enfrenta un reto difícil porque la información se riega como pólvora y en el mundo entero son muchas las personas que dejan de consumirlo. La mera sospecha los invita a evitarlo, así sea por un tiempo, lapso suficiente para causar estragos entre quienes dependen de esa actividad económica.

Además las noticias sensacionalistas resaltan el peligro, pero poco dicen acerca de que el consumo es dañino cuando es en exceso; como lo sucedido con las carnes rojas y embutidos, que mientras se ingieran de manera controlada y esporádica, los consumidores corren el mismo riesgo que el de los vegetarianos de sufrir la enfermedad. Hasta el deporte es perjudicial practicarlo en exceso. Por ello es recomendable consumir una dieta sana y balanceada, y que cuando se antoje de un chorizo o una chuleta, pueda comerlo sin miedos ni remordimientos. Porque sin duda es mejor morirse de cualquier cosa, menos de ganas.

Clavo caliente.

Defiendo como gato patas arriba el proceso de paz adelantado en La Habana, porque es la oportunidad más clara que he conocido de alcanzar un acuerdo que nos lleve algún día a disfrutar un país donde pueda vivirse en paz y armonía. Estoy seguro de que no me tocará ver los resultados, porque son muchos los entuertos por enderezar, pero que al menos las noticias sean de cosas positivas y no de tanta muerte y destrucción.

Mis primeros recuerdos se remontan al barrio Estrella donde viví hasta los siete años y esa primera infancia fue en la calle donde jugaba con mis hermanos y vecinos; ningún peligro nos acechaba, no había violadores ni conocíamos la palabra secuestro, tampoco robaban muchachitos y ni siquiera los carros nos pisaban. Nada, todo era tranquilidad. En el único canal de televisión que disfrutábamos, en blanco y negro, nuestros ídolos combatían a los bandidos con un látigo, como Hopalong Cassidy; Bat Masterson recurría a un pequeño bastón y muy de vez en cuando a una pistolita señorera que cargaba en el tobillo; y el Llanero Solitario desarmaba a los enemigos con una de sus balas de plata que impactaba precisa en el revólver del contrincante.

La muerte y la sangre no existían en nuestro entendimiento hasta un día, al caer la tarde, cuando se regó por el barrio la noticia que habían matado a un señor al frente de La Alaska. Sin entender de qué se trataba el asunto corrimos hacía allá, donde encontramos un tumulto que por fortuna nos impidió observar lo sucedido: un apache asesinó a don Floro Yépez cuando se bajó del carro para abrir el garaje de su casa; al menos eso fue lo que dijeron. Esa noche nuestros padres se vieron a gatas para explicarnos que eso podía suceder, que una persona le quitara la vida a otra.

Un año después llegamos al barrio La Camelia, incipiente y aislado, donde visitábamos a diario la tienda Milán de don Manuel López,  frente a la entrada del Batallón por la avenida Santander, para hacer mandados y comprar mecato. Muchas veces vimos cómo chorreaban coágulos de sangre por detrás de las volquetas que venían cargadas de cadáveres, caídos en los enfrentamientos del ejército con los pájaros de la violencia política, durante la fuerte arremetida del gobierno conservador de Guillermo León Valencia. Mi papá mantenía escondido un libro sobre el tema que contenía fotos aterradoras, y no era sino que nos dejaran solos para extasiarnos al mirar las dantescas escenas una y mil veces. Ahí perdimos la inocencia.

Vivimos pubertad y adolescencia en la calle; maldadosos, inquietos, dañinos y nunca nadie siquiera nos amenazó. Empezamos a tomar traguito y el programa era en el centro abejorriando coperas en los cafés, hasta el amanecer, cuando salíamos rascados para la casa mientras cantábamos y hacíamos bulla, sin que el concepto atracador o peligro cruzaran por nuestras mentes.

Y entonces empezó a joderse este país y además de las guerrillas tradicionales apareció el M-19 y el holocausto del Palacio de Justicia; y Pablo Escobar con la maldición del narcotráfico; paramilitares, retenes guerrilleros, bandas criminales, los diferentes carteles, el ácido a las mujeres, los niños violados y todo este terror que nos asfixia y estremece. Y la corrupción, que se encargó de hacernos perder la confianza en las personas y en las instituciones. Por eso me aferro a ese clavo caliente que representa la esperanza de lograr negociar con las FARC, porque por algo se empieza. No encuentro una opción diferente al proceso de paz que seguir dándonos plomo, y yo, más guerra, no quiero.

Ahogados en basura.

Podrá sonar egoísta pero me alegra saber que no tendré que presenciar la hecatombe ecológica que vivirá el planeta cuando se rebose la copa. Fallamos en muchos aspectos referentes al cuidado del medio ambiente y por ello seremos odiados por quienes habiten este peladero en un futuro próximo, los mismos que se preguntarán cómo es que por desidia y ambición permitimos la destrucción de algo tan maravilloso como la naturaleza.

En YouTube pueden verse videos referentes al tema de las basuras, los cuales dejan al descubierto una realidad que los humanos nos empecinamos en desconocer. Cifras asombrosas como que Estados Unidos produce al año cinco veces más toneladas de basura que la India, país este que multiplica por cuatro el número de habitantes del imperio americano. Y aunque la que tiene fama de sucia es la nación asiática, los gringos generan tal cantidad de desechos por su poder adquisitivo, además de un consumismo desbocado.

Con la tecnología apareció la basura electrónica, la cual se caracteriza por ser muy contaminante. Entonces aprovechan los poderosos para mostrarse generosos al donarles a las naciones del tercer mundo los dispositivos electrónicos que ya no usan, pero con la trampa que además de unos pocos cacharros obsoletos, que todavía pueden tener alguna utilidad, envían montañas de carcazas y mecanismos que ya no sirven sino para tirarlos a la basura. Y toda esa chatarra electrónica está inundada de baterías, elementos de difícil manejo por su toxicidad altamente contaminante.

Durante mi niñez nuestra piscina natural fue el río Chinchiná, que pasaba por la finca familiar cerca a la vereda El Rosario. Allí disfrutábamos del baño hasta que con la corriente empezaban a bajar cáscaras de huevo, zapatos viejos, restos de comida, plásticos y demás porquerías, por lo que debíamos salir a las carreras para evitar el contacto. Resulta que en el pueblo recogían la basura en volquetas, las mismas que desocupaban su carga en el río; lo mismo sucedía en todas las poblaciones. En Manizales la echaban a la quebrada Olivares.

Toda esa contaminación envenenaba los causes e iba a parar al mar, donde productos como el plástico perduran por décadas debido a su dificultad para biodegradarse. Con el paso de los años se han formado islas de basura en lugares donde confluyen las corrientes marinas, lo que impide que los elementos flotantes se dispersen; la más extensa está localizada entre la costa occidental de Norteamérica y el archipiélago de Hawái, y es del tamaño de Texas. El daño ecológico que estos desechos le han hecho a los océanos no tiene nombre.

Por más que se insista, la humanidad no quiere comprometerse con el problema. Cómo es posible que en los supermercados utilicen esa cantidad de bolsas plásticas para empacar las compras de los clientes, basura que se suma a los empaques vistosos y exagerados de muchos productos; además de contaminantes. Los jóvenes empacadores meten cada producto en una bolsa, luego varios en otra bolsa más grande, por seguridad usan otra de refuerzo y así el cliente lleva a su casa varias docenas de chuspas.

Las campañas de reciclaje en los hogares no han calado lo suficiente y todavía hay personas que tiran la basura a la calle. Manizales se ha caracterizado por ser una ciudad limpia, aseada, donde una empresa eficiente dedicada al manejo de residuos se encarga de procesarlos y por último enterrarlos en un relleno sanitario. Esa modalidad es preferible a tirarla al río, aunque no dejamos de parecernos a los gatos que entierran su porquería; también cabe decir que es como barrer y esconder la mugre debajo del tapete.