jueves, febrero 04, 2016

No seamos animales.

Cuando critico el estatus de personas que muchos les dan ahora a las mascotas y demás seres irracionales, algunos me tildan de cruel y llegan a decir que no me gustan los animales. Nada más equivocado. Durante mi niñez y adolescencia en nuestra casa siempre hubo un perro en el patio, amarrado al lado de su perrera y alimentado con sobras de la cocina; ‘cuido’ o concentrado nunca probaron.

La función del chucho era cuidar que no se metieran ladrones por el patio y su rutina variaba los domingos cuando le dábamos una buena bañada con agua y jabón; mi papá dirigía el proceso mientras manejaba la manguera, pendiente de cuando el perro se fuera a sacudir para retirase un poco. Después salíamos en patota a la caminata dominical, en la que soltábamos el animalito para que correteara a su gusto. Nunca tuvimos perros de raza, eran criollos que nos regalaba algún pariente cuando en la finca estaban encartados con una camada.

Me da golpe que ahora a los perros no les dan huesos dizque porque se atoran. Pues en mi casa comíamos gallina muy de vez en cuando, pero ese día recogían todos los huesos y el chandoso se los mascaba como si fueran confites; igual se tragaba la cabeza, las tripas y no le hacía el asco sino a las plumas. Ni hablar cuando el almuerzo era con espinazo o costilla, porque el gozque quedaba con material para varios días. En caso de emergencia lo llevábamos a la clínica veterinaria de la Universidad de Caldas y de llegarse a morir, no hacíamos drama ni llorábamos, simplemente conseguíamos otro.

Con el gato era igual. Cuando el minino se ausentaba durante muchos días lo dábamos por perdido y procedíamos a buscarle remplazo. Muy pronto llegaba el gatico y de entrada le servíamos leche en la tapa de un tarro de galletas, además de refregarle un trocito de carne gorda en las cuatro patas; decían que el animalito dejaba el olor por donde caminara y así reconocía su nuevo hogar. Nunca más se le daba comida porque entonces no cazaba ratones, labor que hacía no solo en la casa sino en todo el vecindario; infortunadamente los pajaritos también formaban parte de su dieta diaria.

Además tuvimos pollos de engorde, gallinas ponedoras, conejos,  tilapias que criamos en el tanque de una lavadora, curíes, tortuga y palomas, muchas palomas. Eso sí, todos los animales en el patio y para alimentarlos gastábamos muy poco; sobras, cáscaras de papa, plátano y yuca, residuos de hortalizas que nos regalaban en la galería y a las aves les dábamos maíz trillado. Aunque nos gustaban los animales no nos apegábamos a ellos y cuando un pollo estaba gordo, lo despescuezábamos para venderlo.

Se escandalizarán quienes andan ahora obsesionados con el tema de los animales. Claro que no debemos maltratarlos ni abusar de ellos, pero de ahí a ‘respetarlos’ como si fueran seres humanos, ¡tampoco! Me enteré del escándalo que armaron porque un diputado italiano, en medio de un rifirrafe, le dijo a otro ‘cabra’ y desde los cinco continentes los animalistas pusieron el grito en el cielo. Esperaban que el fulano se disculpara con los caprinos y prometiera no volver a insultarlos; de una vez advirtieron al resto de la humanidad para que nadie se refiera a los animales de manera despectiva. Eso de decir que un tipo muy bruto es un burro, que el otro hizo el oso o que el de más allá es una chucha, se acabó.

Definitivamente pienso, al ver esos comportamientos, que en este mundo hay mucho pendejo.

Don Eduardo.

Todo lo dicho de don Eduardo es poquito, porque es trabajoso definir a un ser tan extraordinario. Destacan su historial como emprendedor, líder, visionario, industrial, intelectual, humanista, culto y demás atributos, pero sin duda don Eduar, como le decimos sus allegados, fue ante todo un hombre bueno. Ciudadano ejemplar, pulcro y respetuoso, vivió su vida pendiente del bienestar de los demás. Ante cualquier dificultad de un miembro de la familia estaba presto a darle la mano, porque fue generoso y solidario como ninguno. A los empleados de las tantas industrias que fundó con sus amigos Azucenos, sobre todo de Iderna que fue su consentida, les conocía la historia familiar, se interesaba por su situación y siempre estaba pendiente de cualquier problema que enfrentaran.

En el seno familiar era querendón, cálido y amigable. Alcahueta con los sobrinos, porque cada que a alguno se le ocurría un negocio acudía a él como socio capitalista. Sobre todo Felipe Ocampo, “El Rey”, sin duda su sobrino favorito, quien embarcó al avezado empresario en más de una quiebra; una de las últimas, antes de que Felipe fuera víctima de la maldita violencia, fue un cultivo de zanahorias que supuestamente los iba a llenar de plata. Don Eduar le oyó el cuento, dio su consentimiento, pero al final advirtió: Cuando se totee el negocio no recibo sino dos bultos de zanahorias. Porque en todas las quiebras le pagaban con máquinas obsoletas, productos quedados y demás remanentes.

Otro sobrino, escritor y poeta, siempre recurría a él para que le financiara los libros y como agradecimiento le llevaba varias docenas de ejemplares. Entonces el viejo le regalaba uno al que llegara, pero eran tantos que seguían los arrumes por ahí estorbando. Por esos días tenía una camioneta y todo el que necesitaba transportar una lavadora, nevera o somier se la pedía para hacer el mandado, a lo que él accedía con mucho gusto, pero con la condición que el solicitante, además de las llaves de la camioneta, debía llevarse media docena de libros.

Don Eduardo Arango Restrepo, ese señor tan serio, tan respetable, tan conspicuo, fue un mamagallista eximio. El más gocetas del mundo y no pasaba una semana sin que armara paseo para alguna parte; los mismos que empezaba a disfrutar desde los preparativos, porque citaba a reuniones, almuerzos y tertulias para ultimar detalles, todo acompañado de buena comida y los traguitos que nunca le faltaban. Lo curioso es que disfrutaba igual si se trataba de un viaje a recorrer Europa, a una finca cualquiera o a algún pueblo de nuestra geografía. A nada le sacaba pero, comía lo que le dieran, disfrutaba hasta el mínimo detalle.

Hace más de treinta años perdió a su compañera de siempre, Teresa Vélez, y desde entonces mis padres se convirtieron en una buena compañía para él. Mi hijo y mis sobrinos crecieron en su finca Los Guaduales y para ellos Don Eduar fue otro abuelo; con él íbamos a pasear por toda Colombia y siempre nos dio gusto en todo. Su querencia natural era el kiosco de Los Guaduales, al frente de un tablero de ajedrez con mi papá como contrincante, una botella de aguardiente, dos copas y mango biche con sal.

Jugaban torneos que duraban lo que durara el paseo y mientras don Eduar metía basa en la conversación de los demás, mamaba gallo y le hacía trabajo sicológico al oponente para enredarlo, mi padre ni se enteraba y seguía concentrado en lo suyo. Entonces se oía desde todos los rincones de la finca cuando el dicharachero ajedrecista anunciaba a voz en cuello sus ataques: ¡Al rey!

Memorias de barrio (13).

A diferencia de ahora que la salida a vacaciones de los muchachitos se convierte en un problema para los papás, durante nuestra niñez era una delicia para todos porque la calle era nuestro patio de recreo. Hoy en día las criaturas llaman a los papás a sus trabajos a quejarse, a exigir atención, a decir que no tienen nada para hacer y en resumidas a mortificarles la vida, porque ellos sin duda se angustian al imaginarlos encerrados y al oscuro, mientras permanecen hipnotizados frente a la pantalla de algún dispositivo electrónico.

En cambio a nosotros nos sacaban para la calle desde temprano con la condición que podíamos regresar solo a tomar el algo, a media mañana, o si teníamos que entrar al baño ‘a lo grande’, ya que el chorro lo soltábamos en cualquier parte. No requeríamos plata, juguetes costosos o vestir ropa de marca, nada, solo buena actitud y un espíritu aventurero e inquieto. Al rato estábamos reunidos con el combo de vecinos y arrancábamos a inspeccionar los alrededores, que correspondía a los potreros que hoy ocupan los barrios La Camelia, Bajo Palermo y Sancancio; en esa época después de la Universidad Nacional seguía una carreterita destapada hasta el Morro de Sancancio y en el recorrido solo estaban la iglesia de Palermo, la fábrica Iderna, el Manicomio y dos o tres finquitas.

La Camelia estaba urbanizada y desde la esquina de la calle 70 con Avenida Santander podía verse la iglesia de Palermo, lo que convertía el lugar en un excelente recorrido para disfrutar de los carritos de balineras. En cambio el actual Bajo Palermo, del Parque de las garzas hacia abajo, incluido El Torrear y alrededores, fue construido por dos ingenieros civiles, Mesa y Echeverry, quienes bombearon pantano e hicieron unas represas que al secarse conformaron el terreno.

No existía rincón de toda esta zona que no conociéramos al dedillo y para nosotros era común toparnos con los soldados del batallón que realizaban maniobras, enfrentamientos simulados y demás ejercicios propios de su condición. Los pelotones de reclutas aprovechaban las calles del barrio para trotar mientras repetían los estribillos que entonaba el comandante, y la banda de guerra también prefería nuestro vecindario para realizar sus prácticas; ‘Chupacobres’ les decíamos. El cerramiento del batallón era un cerco con tres hilos de alambre de púas que cruzábamos cuando nos provocaba sin que nadie se fijara en nosotros.

En los potreros del entorno pastaban las vacas de don Manuel López y a cierta hora las arreaban para el ordeño en los bajos de la tienda Milán, al frente de donde quedaba entonces la entrada al Batallón por la avenida Santander. Las rilosas recorrían el barrio y se comían las matas de los jardines, dañaban los prados y dejaban varias plastas de boñiga en las calles, por lo que las vecinas renegaban y juraban que no volverían a comprar en la tienda, promesa que no podían cumplir porque era el único negocio de ese tipo en muchas cuadras a la redonda.

Por esos días llegó la novedosa botella de litro retornable (de vidrio) de Premio Roja, y mi mamá nos compraba una para compartirla. Salíamos entonces con mis hermanos para la cumbre del morro Sancancio donde solo estaba la cruz metálica, sin obstáculos que impidiera subirnos cuando quisiéramos. Arrancábamos a trepar, sin ningún elemento de seguridad, y en lo más alto nos acomodábamos para hacer concurso del que avanzara más con el chorro; también lanzábamos unos escupitajos monumentales que volaban tornasolados porque los potenciábamos con tragos de la empalagosa gaseosa. Eso es lo que se llama gozar barato.

Estamos de resetear.

Llegó el siglo XXI y con él una oleada de tecnología que no alcanzamos a asimilar, porque aparecen técnicas y modelos nuevos que convierten lo que apenas tratábamos de entender en temas obsoletos. Y aunque tratemos de evitar que los mecanismos electrónicos dominen nuestra existencia, con el paso del tiempo hemos permitido que una colección de dispositivos, claves, controles de mando a distancia, procedimientos y demás perendengues nos hagan la vida imposible.

A los teléfonos celulares por presentar fallas o bloquearse es necesario meterles un alfiler por cierto agujero, diminuto por cierto, y presionar para activar un botoncito que se encarga de resetearlo; lo que quiere decir borrón y cuenta nueva. Lo mismo pasa con la computadora personal o la tableta, que por perfectas que sean no dejan de ser máquinas y entonces se dañan, y pensamos que nos tragó la tierra; sobre todo si el diagnóstico del taller es que deben resetearle el disco duro. Como quien dice fregados, porque a esos aparatos les soltamos las funciones del cerebro de a poco y llegamos a un punto de no retorno en que se nos vuelven indispensables.

Lo increíble es que mientras unos vivimos en este mundo arrevesado, otros pasan su existencia en lo profundo de selvas y desiertos preocupados solo por conseguir comida, tener abrigo y bienestar, sin saber lo que son angustia, ansiedad, estrés o depresión. Confieso que me da repelús de solo pensar en vivir en una maloca, echado en la hamaca en pelota, mientras las horas pasan sin ningún oficio ni entretención; apiñado con el resto de la comunidad, sin servicios públicos ni otro tipo de comodidades, aparte de una rama para espantar moscos y zancudos.

Ellos allá tranquilos, relajados, mientras en el mundo civilizado nos preguntamos en qué momento decidimos aceptar todo lo que dicta el statu quo. La sociedad de consumo desbocada; un capitalismo salvaje apabullante; modas y tendencias que abruman; farándula y superficialidad. Vivimos en medio de mafias de toda laya, desde las de semáforo hasta la del Vaticano; una corrupción que no da tregua y lo más triste es que para la mayoría el valor de las personas depende del dinero que tengan, así sean majaderos sin cultura ni ilustración. Los poderosos manejan el mundo a su antojo sin importar el bienestar de esas mayorías que sufren y luchan por sobrevivir.

Por fortuna muchos pobres no se preocupan por lo que sucede más allá de su puerta, porque piensan que pase lo que pase ellos seguirán igual de jodidos. Al obrero raso o al campesino no lo desvelan el proceso de paz, las acciones de Ecopetrol, el dólar, Venezuela, la guerra en Siria, el galeón San José y tantos sucesos que mortifican nuestra existencia. Ellos hacen milagros con un salario infeliz que logran rendir y así mantienen la familia, tienen moto, toman trago y algunos hasta tienen moza.

Mientras a nosotros nos agobian los males ellos son saludables y nada les hace daño. O quién ha visto a un peón preocupado porque el almuerzo tiene muchas harinas; o por las calorías de determinado plato, o que prefiere la leche sin grasa. A cualquier hora recibe aguardiente, un plato de comida así acabe de almorzar, confites y hasta cigarrillo, aunque no fume. Hay que lograr, dice.  Por más que beba no le da guayabo, come lo que se le antoje y no sabe lo que es gastritis, insomnio o ansiedad. En cambio nosotros vivimos pegados del techo por una cantidad de sucesos que ocurren a diario y que no deberían estresarnos. Definitivamente a la humanidad le caería muy bien una reseteada.

Recorridos turísticos.

Por esta época la ciudad recibe muchos visitantes que vienen a disfrutar la feria y somos los manizaleños los encargados de hacerlos sentir como en casa; cabe recordar aquel eslogan que dice que turista satisfecho trae más turistas. La programación de la feria ofrece muchas opciones de entretenimiento, con la temporada taurina a la cabeza, y en la ciudad infinidad de atracciones, espectáculos y demás alternativas se encargan de satisfacer el gusto de los visitantes.

Y una buena opción para entretener a nuestros huéspedes es llevarlos en carro a pasear por los alrededores, por lo que propongo algunos recorridos que sin duda los dejarán gratamente impresionados. En la parte baja de Villa Pilar arranca la carretera que va para La Cabaña, cuyo primer tramo está muy poblado a lado y lado de la vía,  y después de la desviación hacia el hospital San Isidro empieza la vereda La Palma con sus agradables fincas solariegas. Poco después está a mano derecha la desviación para La Cuchilla de Salado, una vereda digna de conocerse porque por allí llegaron los colonos que fundaron a Manizales; casitas añosas con sus balcones y ventanas adornadas con flores coloridas son su mayor atractivo.

Después de coger de nuevo la vía principal, a los pocos kilómetros está La Linda y de ahí en adelante el camino sigue por entre pequeñas fincas cafeteras. Luego la Quiebra de Vélez con su tradicional fonda y después de unos kilómetros se recorre el tramo conocido como Malpaso, con unos impresionantes precipicios por los que se observa un imponente panorama del cañón del río Guacaica. Pocos minutos más adelante está La Cabaña y de ahí trascurre la vía por una calzada que ofrece bellísimos paisajes, hasta llegar a Tres Puertas y de ahí seguir hacia Santagueda.

Superado el centro turístico continúa el recorrido por la vía que va hacia Palestina, por la vereda La Plata, por una carretera que estuvo en muy malas condiciones pero que por fortuna recuperaron en su totalidad y hoy en día está en perfecto estado. Transcurre el camino por el lomo de la montaña con una panorámica ilimitada de nuestros cafetales; y las flores, los árboles imponentes, las casas campesinas y como fondo la majestuosidad de las cordilleras. La Ermita, Las Palomas, Los Lobos y Cartagena son veredas y puntos de referencia superados a medida que se avanza, hasta llegar a la partida donde la vía sigue hacia Palestina o a Chinchiná por el Alto de Curazao.

El último tramo antes de llegar a Chinchiná está adornado con infinidad de guayacanes de diferentes colores que cuando están en plena florescencia son un espectáculo que estremece. Por último el lago de Balsora con su malecón flotante, para llegar al pueblo y seguir hacia Manizales por la carretera vieja, para que el recorrido sea literalmente por entre las curvas; y con el pago de un solo peaje de $2500.

Quienes prefieran una vuelta más corta pueden solicitar un permiso en Aguas de Manizales para visitar la Reserva de Río Blanco, a pocos minutos de la ciudad, donde pueden mostrarle al turista el bellísimo bosque de niebla con su extraordinaria variedad de flora y fauna, además de ser sitio predilecto de los observadores de aves. Si la salida es a media tarde a tomar el algo, qué tal bajar a Villamaría a comer chorizos; a Gallinazo donde ofrecen todo tipo de viandas; o la famosa morcilla de Maracas, en la vía hacia Neira. Ni hablar de la subida a Chipre a comer obleas y helados, mientras se observa una panorámica de 360 grados que deslumbra y embelesa.

lunes, diciembre 21, 2015

Todo produce cáncer.

Nada más cierto que la sentencia que asegura que todo lo bueno hace daño, está prohibido o es pecado. Puede tratarse de algo sano o inocente y sin embargo algún pero le encuentran, situación que mortifica a quienes creen en todo lo que oyen, esos que no tienen poder de discernimiento ni de analizar la información que reciben. Gentes sin carácter, maleables y cuya personalidad parece una veleta.

Nunca he parado bolas a esos estudios que publican a diario sobre alimentos, productos o situaciones, como montar en bicicleta, cuyo consumo puede causarnos cáncer u otro tipo de enfermedad grave. Son tantos los tabúes, creencias, recomendaciones y demás vainas que prohíben, que solo falta que digan que respirar puede ser nocivo para la salud. Un día publican que la sal, otro que el material de ciertos juguetes, después salen con que los alimentos quemados o preparados en la parrilla, o que la pintura utilizada en las cunas para bebés son altamente cancerígenos.

Hay quienes se vuelven paranoicos con semejante avalancha de información y para evitar contraer un mal cualquiera, empiezan a coger mañas y resabios que les convierten la vida en un infierno. La alimentación se vuelve un asunto complicado, empiezan por volverse vegetarianos y de ahí siguen a veganos, que es cuando deciden ingerir solo productos vegetales; además de las carnes de todo tipo, quedan prohibidos también los huevos y los derivados lácteos. Lo que no saben muchos por aquí es que algunas legumbres y hortalizas que conforman su dieta diaria son regadas con agua del río Bogotá, la mayor cloaca del país.

Sabrán sociólogos y demás conocedores a qué hora fue que se fregó este planeta, porque durante mi niñez, pubertad y adolescencia nunca oímos hablar de todas esas pendejadas que se inventan hoy en día. Para alimentarnos no había misterios o prohibiciones y ni siquiera oímos mencionar palabras como triglicéridos, colon irritable, cirujano maxilar, lactosa, fonoaudióloga, colesterol, diálisis o cualquiera de los tantos términos que nos apabullan ahora.

Del cáncer supimos ya creciditos, por cierto con muy poca frecuencia, porque pocos se morían de ese mal; o no nos enterábamos y tampoco existía la tecnología para diagnosticarlo. En todo caso nuestra crianza fue al sol y al agua y no recuerdo que nos hubieran embadurnado con bloqueador solar, repelente de insectos o cualquier otro producto por el estilo. Y aunque ya viejo el temido mal me pasó factura, supongo que fue porque me tocó en suerte, pues a ninguno de mis compañeros de andanzas de entonces –hermanos, primos, vecinos, etc.- les sucedió igual.

Lo cierto es que a la industria que le toque en turno el señalamiento que su producto presenta riesgo de ocasionar cáncer, enfrenta un reto difícil porque la información se riega como pólvora y en el mundo entero son muchas las personas que dejan de consumirlo. La mera sospecha los invita a evitarlo, así sea por un tiempo, lapso suficiente para causar estragos entre quienes dependen de esa actividad económica.

Además las noticias sensacionalistas resaltan el peligro, pero poco dicen acerca de que el consumo es dañino cuando es en exceso; como lo sucedido con las carnes rojas y embutidos, que mientras se ingieran de manera controlada y esporádica, los consumidores corren el mismo riesgo que el de los vegetarianos de sufrir la enfermedad. Hasta el deporte es perjudicial practicarlo en exceso. Por ello es recomendable consumir una dieta sana y balanceada, y que cuando se antoje de un chorizo o una chuleta, pueda comerlo sin miedos ni remordimientos. Porque sin duda es mejor morirse de cualquier cosa, menos de ganas.

Clavo caliente.

Defiendo como gato patas arriba el proceso de paz adelantado en La Habana, porque es la oportunidad más clara que he conocido de alcanzar un acuerdo que nos lleve algún día a disfrutar un país donde pueda vivirse en paz y armonía. Estoy seguro de que no me tocará ver los resultados, porque son muchos los entuertos por enderezar, pero que al menos las noticias sean de cosas positivas y no de tanta muerte y destrucción.

Mis primeros recuerdos se remontan al barrio Estrella donde viví hasta los siete años y esa primera infancia fue en la calle donde jugaba con mis hermanos y vecinos; ningún peligro nos acechaba, no había violadores ni conocíamos la palabra secuestro, tampoco robaban muchachitos y ni siquiera los carros nos pisaban. Nada, todo era tranquilidad. En el único canal de televisión que disfrutábamos, en blanco y negro, nuestros ídolos combatían a los bandidos con un látigo, como Hopalong Cassidy; Bat Masterson recurría a un pequeño bastón y muy de vez en cuando a una pistolita señorera que cargaba en el tobillo; y el Llanero Solitario desarmaba a los enemigos con una de sus balas de plata que impactaba precisa en el revólver del contrincante.

La muerte y la sangre no existían en nuestro entendimiento hasta un día, al caer la tarde, cuando se regó por el barrio la noticia que habían matado a un señor al frente de La Alaska. Sin entender de qué se trataba el asunto corrimos hacía allá, donde encontramos un tumulto que por fortuna nos impidió observar lo sucedido: un apache asesinó a don Floro Yépez cuando se bajó del carro para abrir el garaje de su casa; al menos eso fue lo que dijeron. Esa noche nuestros padres se vieron a gatas para explicarnos que eso podía suceder, que una persona le quitara la vida a otra.

Un año después llegamos al barrio La Camelia, incipiente y aislado, donde visitábamos a diario la tienda Milán de don Manuel López,  frente a la entrada del Batallón por la avenida Santander, para hacer mandados y comprar mecato. Muchas veces vimos cómo chorreaban coágulos de sangre por detrás de las volquetas que venían cargadas de cadáveres, caídos en los enfrentamientos del ejército con los pájaros de la violencia política, durante la fuerte arremetida del gobierno conservador de Guillermo León Valencia. Mi papá mantenía escondido un libro sobre el tema que contenía fotos aterradoras, y no era sino que nos dejaran solos para extasiarnos al mirar las dantescas escenas una y mil veces. Ahí perdimos la inocencia.

Vivimos pubertad y adolescencia en la calle; maldadosos, inquietos, dañinos y nunca nadie siquiera nos amenazó. Empezamos a tomar traguito y el programa era en el centro abejorriando coperas en los cafés, hasta el amanecer, cuando salíamos rascados para la casa mientras cantábamos y hacíamos bulla, sin que el concepto atracador o peligro cruzaran por nuestras mentes.

Y entonces empezó a joderse este país y además de las guerrillas tradicionales apareció el M-19 y el holocausto del Palacio de Justicia; y Pablo Escobar con la maldición del narcotráfico; paramilitares, retenes guerrilleros, bandas criminales, los diferentes carteles, el ácido a las mujeres, los niños violados y todo este terror que nos asfixia y estremece. Y la corrupción, que se encargó de hacernos perder la confianza en las personas y en las instituciones. Por eso me aferro a ese clavo caliente que representa la esperanza de lograr negociar con las FARC, porque por algo se empieza. No encuentro una opción diferente al proceso de paz que seguir dándonos plomo, y yo, más guerra, no quiero.

Ahogados en basura.

Podrá sonar egoísta pero me alegra saber que no tendré que presenciar la hecatombe ecológica que vivirá el planeta cuando se rebose la copa. Fallamos en muchos aspectos referentes al cuidado del medio ambiente y por ello seremos odiados por quienes habiten este peladero en un futuro próximo, los mismos que se preguntarán cómo es que por desidia y ambición permitimos la destrucción de algo tan maravilloso como la naturaleza.

En YouTube pueden verse videos referentes al tema de las basuras, los cuales dejan al descubierto una realidad que los humanos nos empecinamos en desconocer. Cifras asombrosas como que Estados Unidos produce al año cinco veces más toneladas de basura que la India, país este que multiplica por cuatro el número de habitantes del imperio americano. Y aunque la que tiene fama de sucia es la nación asiática, los gringos generan tal cantidad de desechos por su poder adquisitivo, además de un consumismo desbocado.

Con la tecnología apareció la basura electrónica, la cual se caracteriza por ser muy contaminante. Entonces aprovechan los poderosos para mostrarse generosos al donarles a las naciones del tercer mundo los dispositivos electrónicos que ya no usan, pero con la trampa que además de unos pocos cacharros obsoletos, que todavía pueden tener alguna utilidad, envían montañas de carcazas y mecanismos que ya no sirven sino para tirarlos a la basura. Y toda esa chatarra electrónica está inundada de baterías, elementos de difícil manejo por su toxicidad altamente contaminante.

Durante mi niñez nuestra piscina natural fue el río Chinchiná, que pasaba por la finca familiar cerca a la vereda El Rosario. Allí disfrutábamos del baño hasta que con la corriente empezaban a bajar cáscaras de huevo, zapatos viejos, restos de comida, plásticos y demás porquerías, por lo que debíamos salir a las carreras para evitar el contacto. Resulta que en el pueblo recogían la basura en volquetas, las mismas que desocupaban su carga en el río; lo mismo sucedía en todas las poblaciones. En Manizales la echaban a la quebrada Olivares.

Toda esa contaminación envenenaba los causes e iba a parar al mar, donde productos como el plástico perduran por décadas debido a su dificultad para biodegradarse. Con el paso de los años se han formado islas de basura en lugares donde confluyen las corrientes marinas, lo que impide que los elementos flotantes se dispersen; la más extensa está localizada entre la costa occidental de Norteamérica y el archipiélago de Hawái, y es del tamaño de Texas. El daño ecológico que estos desechos le han hecho a los océanos no tiene nombre.

Por más que se insista, la humanidad no quiere comprometerse con el problema. Cómo es posible que en los supermercados utilicen esa cantidad de bolsas plásticas para empacar las compras de los clientes, basura que se suma a los empaques vistosos y exagerados de muchos productos; además de contaminantes. Los jóvenes empacadores meten cada producto en una bolsa, luego varios en otra bolsa más grande, por seguridad usan otra de refuerzo y así el cliente lleva a su casa varias docenas de chuspas.

Las campañas de reciclaje en los hogares no han calado lo suficiente y todavía hay personas que tiran la basura a la calle. Manizales se ha caracterizado por ser una ciudad limpia, aseada, donde una empresa eficiente dedicada al manejo de residuos se encarga de procesarlos y por último enterrarlos en un relleno sanitario. Esa modalidad es preferible a tirarla al río, aunque no dejamos de parecernos a los gatos que entierran su porquería; también cabe decir que es como barrer y esconder la mugre debajo del tapete.

viernes, noviembre 13, 2015

Decían las mamás… (I)

José Fernando ‘El flaco’ Marín presenta en la emisora cultural Remigio Antonio Cañarte su ‘Carnet de caminante, Pereira 1950-1970’. Se trata de reminiscencias de la ciudad vecina y al referirse a la vida en familia, las costumbres y sobre todo la forma de expresarse las mamás, me da golpe la similitud con lo vivido en nuestra casa por la misma época; también las comenté con un amigo y de inmediato las recordó, y se identificó con ellas. Entonces se me ocurrió recurrir a mi hermana mayor para que entre ambos nos acordáramos de términos y expresiones.

Cuando un muchachito decía palabras feas, boquisucio que llaman, mi mamá amenazaba con meterle en la trompa cáscaras de huevo que dizque mantenía en el horno, para que aprendiera a respetar; y si rechistaba, zambo altanero, seguí así y te volteo el mascadero. Al que contestara de mala gana o de forma golpeada lo invitaba a bajarle al tonito; si alguno mostraba pereza para hacer un oficio lo tildaba de descomedido, y si lo hacía de mala gana le recomendaba ponerle fundamento.

Con regularidad nos supervisaba el baño y se aparecía con el estropajo y la piedra pómez. A quien tuviera tierra en el cuello le preguntaba si pensaba sembrar papas; luego pasaba a las orejas, los sobacos, y dele con ese estropajo; después le ordenaba que se lavara bien las partes, para seguir ella con los jarretes y terminar en los pies, donde restregaba con la piedra pómez hasta dejarlos en carne viva. Si el muchachito se quejaba por la brusquedad, ella respondía que no fuera zalamero que de eso no se había muerto nadie.

Al ver un clóset abierto comentaba: ¿Aquí dan misa ahora?; si uno preguntaba por qué, respondía que las únicas que mantienen las puertas de par en par son las iglesias. Después de cada comida revisaba la mesa y si alguno dejaba el puesto sucio, aseguraba: Ve… aquí comió un perrito. Por la noche, al despedirse uno para irse a dormir, recomendaba lavarse los dientes, hacer pipí y rezar alguna oración, nunca acostarse como un animalito. A la mujer que se sentaba con las piernas abiertas le preguntaba si iba a tener un muchachito; si por alguna causa mi papá estaba en la casa en horario laboral, ella decía tener el santísimo expuesto; a los problemas familiares los llamaba pasiones y por muy triste que estuviera, se mantenía bien arreglada porque las penas tienen su pudor.

Estar manga por hombro era algo machetero o desordenado; las cosas que no servían y estorbaban, reblujo; desgualetado a quien anduviera de camisa afuera y calzones caídos; julepe al movimiento y al agite; y enguanda para algo complicado e inoficioso. Cuando la prole estaba inaguantable se cogía la cabeza, miraba al cielo y exclamaba: ¡Ustedes me van a llevar a la tumba, tengan caridad! A una hija o parienta que estuviera mal arreglada, le soltaba: Qué es esa facha tan infame, mijita; francamente… ¡hágase algún beneficio!

Si llamaban por teléfono antes de las 8 de la mañana o después de las 9 de la noche, contestaba golpeadito y decía que esa no era hora de llamar a una casa decente. Para pedirle algo a mi papá, un libro para el colegio, unos zapatos, un permiso, le preguntábamos a ella cómo estaba la marea: Ni se le ocurra porque amaneció con el mico al hombro; ese hombre anda de muy mala vuelta y allá está pegado del periódico haciendo una trompa que da nudo; espere mijito a que amanezca enguayabado y verá que eso es como con la mano.

Decían las mamás… (II)

Produce nostalgia saber que esas expresiones que heredamos de los mayores morirán con nuestra generación, porque a la juventud actual le tocó una época muy diferente en todos los aspectos. Su léxico está enfocado a la tecnología y la modernidad, y pocos se interesan por mantener viva la tradición oral; tampoco le jalan a las actividades  culturales o a la lectura. Otra cosa es que ahora los muchachitos comparten con la mamá un ratico por la noche y los fines de semana, mientras que nosotros la teníamos de tiempo completo. Sigo pues desempolvando terminachos.

Siempre que caía un rayo mi madre se daba la bendición y exclamaba: ¡Santa Bárbara bendita! Al achapado que aparentaba juicio o inocencia le decía mosca muerta; güete o privada era estar feliz; a cualquier exceso de expresividad, zalamería, repelencia. Al poco hábil para un oficio, no le dicta; a una angustia, entripao o capilla; no decía loco sino deschavetao; un peye es algo de mal gusto, raído, inservible; para una ‘muda’ muy elegante, percha o trusó; y la ropa que se lleva puesta,  encapillao.

Si uno de los niños estaba achilado, mi madre lo llamaba: Fulanito, diga a ver qué le pasa que anda remontado hace días; y mire esa facha, parece de la violencia… péinese las greñas y métase la camisa a ver si queda más presentable. A veces llegaba de hacer mandados, rendida, se echaba en la cama y sentenciaba: Me les voy a maluquiar… vengo rechinada con ese resisterio... además, con semejante patoniada traigo los pies como unos bancos.

Durante nuestra adolescencia mi mamá se acomodó al lenguaje que acostumbrábamos y era común oírla decir que tenía la malpa, estaba friquiada o que había amanecido con la fiaca. Si le pintábamos cualquier programa llamativo, respondía: Meto; porque eso sí, novelera como ninguna. Una vez la llevé a Pereira a hacer una vuelta y al parar en la carretera a mecatiar, antes de meterle el diente a las viandas preguntó: ¿acaso no vamos a pedir gasimba?

El sufridor para amortiguar o evitar tallones; pedir de manera lastimera, lambrañar; la solterona, quedada; en vez de siesta, cocha o perrito; la muchacha díscola, grilla o brincona; algo insignificante, ñurido, piltrafa, viruña; el platudo, acomodao o pudiente; el muy pendejo, atembao, sorombático, bajito de punto; zapotiar, picotear la comida o dejar algo empezado; berrinche para una pataleta o un fuerte olor a orina; y quien se desempeña con facilidad en alguna actividad, tiene mucha cancha. Para pedir un favor, hágame una caridad; un paquete grande, joto; un mocoso repelente, culifruncido; la cuelga era el regalito de cumpleaños; y el juego brusco de los niños, patanería o rochela.

Los problemas familiares, pasiones; y emprender cualquier actividad, poner función. Cuando se desesperaba con los muchachitos se cogía la cabeza, miraba al cielo y exclamaba: Cristicos, jesusitos… ¡me les zafé! Algo muy iluminado o aparentador, parece un altar de corpus; alguien con mal semblante, traspillao; de dudosa procedencia, de medio pelo; el pedigüeño y quejica, cagalástimas; y quien se notaba bajo de ánimo, cariacontecido. Si en un velorio los familiares del muerto parecían tranquilos y sonreídos, comentaba que estaban muy buenos de tristes.     

Celosa de su estirpe, tan común en ellas, ya en edad de tenoriar nos recomendaba antes de salir: Cuidadito pues se me aparecen aquí con una pájara porque me da un infarto. Porque eso sí, cualquier mujer voluptuosa, sexy y con prendas sugestivas, la tildaba de inmediato como una negra asquerosa. Y que el remate sea el que acostumbraban nuestros mayores para cerrar cualquier discusión: ¡Porque sí, porque yo digo y punto!

Cómo es posible…

Con regularidad publican estudios realizaos por universidades de renombre internacional, en los cuales miden comportamientos y costumbres de quienes habitamos este planeta. Aunque muchas veces la información suena superficial y de poco interés, la espinita de la curiosidad nos obliga a ojear qué lugar ocupamos en la lista de los pueblos más felices, qué tan sedentarios somos, cuántos libros leemos, cuál es el consumo de carne, cómo preferimos dormir, si nos defendemos en desempeño sexual, si somos fieles e infinidad de banalidades por el estilo.

No recuerdo es que se hayan referido a qué tan permisivos somos, porque seguro estaremos entre los primeros lugares. Los colombianos nos tenemos confianza cuando se trata de criticar, renegamos por todo, vivimos escandalizados con las situaciones aberrantes que suceden a diario y nos lamentarnos de nuestros dirigentes, pero al momento de protestar nadie está dispuesto.

Tenemos claro que en cualquier rincón del planeta los poderosos son quienes ponen las reglas y se lucran de los demás, aunque en otras latitudes lo hacen con sutileza mientras que en nuestro medio actúan de frente, sin ambages ni vergüenza porque se saben frente a un rebaño de ovejas que hacen fila para que las esquilen; o las esquilmen, palabra que se acomoda mejor a nuestra realidad.

Cómo es posible, por ejemplo, que nuestra justicia opere de una manera a todas luces indebida, porque está politizada, es corrupta y manipulable, y el pueblo vea pasar ante sus marices todo tipo de irregularidades sin que nadie tenga una herramienta para impedirlo. Qué indefensión tan angustiante. Saber que en este país usted puede cometer cualquier tipo de delito y mientras pueda contratar a uno de los abogados mediáticos –Granados, Lombana, De la Espriella, Iguarán y demás personajes por el estilo-, tiene la seguridad que lo sacarán libre o como máximo recibirá una condena mínima para cumplir desde su domicilio.

Lo sucedido con el juicio por el asesinato del joven Colmenares parece un guion de telenovela y pasan los años sin que se dicte una sentencia. Mientras tanto resultan testigos falsos, liberan a unos mientras involucran a otros, las muchachitas como que sí pero que tal vez, y los abogados echan mano de todas las argucias habidas y por haber para evitar la condena de sus defendidos. Todavía más escandaloso el proceso contra Samuel Moreno, quien después de amangualarse con su hermano para llenarse los bolsillos con dineros mal habidos, contrató abogados expertos en dilaciones para evitar la realización del juicio y a ese paso está a punto de recobrar la libertad por vencimiento de términos.    

Todos los días desfilan frente a nuestros ojos unos casos que en medio de la ira producen a veces hasta risa, por absurdos y reprochables, y todos nos preguntamos cómo es posible que semejantes bandidos se salgan con la suya ante la mirada atónita de un pueblo que no reacciona, que espera en la comodidad de su casa que sean los demás quienes protesten y hagan valer sus derechos. No voy a la marcha porque se me embolata el almuerzo, parece que va a llover, se tira la siesta, es muy peligroso, voy a la próxima porque tengo como ganitas de entrar al baño…

Y llegan las elecciones y votamos por los mismos, situación que nos condena a soportar esta realidad por los siglos de los siglos. 

Analizo procederes.

Parece increíble que nuestro ADN se diferencie del de los primates por un estrecho margen y que en esa mínima diferencia contemos nosotros con el poder de raciocino. La inteligencia humana es tan maravillosa que nos permite dominar a los demás seres vivos sin importar su fiereza o condición física, lo que nos sitúa por encima de la cadena alimenticia. Lástima grande que el hombre no haya asumido con responsabilidad el cuidado del planeta, mientras los seres irracionales nos dan ejemplo de cómo se respeta la naturaleza.

Cada mente es un mundo capaz de las proezas más inimaginables, un puente que nos conecta con la realidad y permite que interactuemos con ella. Nuestro intelecto no tiene límites y está en cada quien aprovecharlo en la medida que su condición lo permita, porque nada produce tanta satisfacción como cultivarlo y mantenerlo activo. Dice el mito que Einstein, el científico por antonomasia, utilizó solo el 10% de su cerebro, lo que nos invita a cavilar acerca de cuánto lo explotamos las personas del común. 

Lo cierto es que muchos mantienen el cerebro en vacaciones y para subsistir siguen a la manada, como los animales, sin interesarse en nada que pueda aportarles información o cultura. Esas mentes vacías son terreno abonado para influenciarlas con cualquier causa o creencia, receptoras naturales de basura digital y programas insulsos, fáciles de cautivar y con un déficit absoluto de carácter. Cuando me detengo a analizar algunas de las acciones que realizan me pregunto hasta dónde puede llegar la estupidez humana.

Como los Récord Guinness, que embelesan a tantos, donde por ejemplo certifican a la persona que tiene las uñas más largas del planeta; una vieja con garras de un metro en cada dedo que posa orgullosa y muestra su trofeo. Acaso no es consciente de que ha desperdiciado la vida con esa enguanda, porque basta imaginar lo que será vivir el día a día con semejantes garfios; vestirse, rascarse un oído, ir al baño, comer…

Hace años hice un programa de televisión con un personaje de Armenia a quien le faltaba visitar unos pocos países del mundo para que le dieran el ansiado certificado. Decepcionado quedé al enterarme de que el tipo llegaba a un país, se tomaba la foto en un sitio emblemático, compraba la camiseta correspondiente y corría hacia el siguiente destino; nunca se interesó por la historia, la cultura, la gastronomía o cualquier dato de interés del sitio visitado. Qué desperdicio la plata en manos de semejante badulaque.

Me da golpe oír a la gente decir que su mascota consiguió pareja, que los animalitos se adoran, coquetean y hasta hacen el amor. Se les olvida que los únicos que tenemos sentimientos somos los humanos, mientras el resto se basa en instintos; ellos no hacen el amor, se aparean. Un perro se le trepa a cualquier hembra en calor sin importar el vínculo de sangre que tengan. Y que tal el can que declararon héroe y homenajearon con medalla porque descubrió un cargamento de droga, cuando el chucho lo único que esperaba encontrar era un hueso carnudo, que fue como le enseñaron.

Estúpidos quienes se hacen matar por un equipo de fútbol, quienes permiten ser manipulados por sectas y religiones, quienes no disfrutan la vida por atesorar, aquellos que rinden pleitesía a artistas y demás personajes, y miles de etcéteras. Mención especial para los que acampan durante varios días en las afueras de un almacén para ser los primeros en comprar un dispositivo cualquiera; porque ni siquiera van en busca de un descuento. Esos sí son los campeones de la estulticia.

Consumidores a granel.

Hace cincuenta años la única manera de adquirir la canasta familiar era en la plaza de mercado, lugar que visitaban los clientes de jueves a domingo por ser los días de mayor oferta y por ende de los productos más frescos. Disfrutábamos mucho el turno de acompañar a la mamá, sobre todo porque algunos tenderos tenían la costumbre de regalarnos monedas, las mismas que gastábamos donde Carmelita, una señora que vendía dulces artesanales en uno de los pabellones. Lástima que hoy en el sector campee la inseguridad, además del desorden de los vendedores informales que invadieron todo espacio disponible.

En aquella época los más acomodados evitaban ir a la ‘galemba’ y simplemente llamaban por teléfono a La Colmena, de don Antonio Llano, que allá quien contestara les tomaba el pedido; cada cliente tenía una lista de mercado impresa y simplemente leía los productos y decía cuánto quería de cada uno. Luego empacaban todo en canastos grandes que llegaban a las casas en las camionetas de reparto; ese negocio se distinguió por manejar las mejores marcas y ofrecer mercancías de excelente calidad. El mercado libre ha sido otra opción para conseguir los productos básicos y el primero que recuerdo funcionó en el parque Liborio; después durante muchos años detrás de Caldas Motor; y el actual, bastante limitado, en la entrada al barrio Peralonso.  

El salto a la modernidad lo dimos a mediados de 1970 cuando inauguraron el primer supermercado, La Milagrosa (calle 24 con carrera 17), a una cuadra del almacén París, negocio que acondicionaron en un antiguo convento al que le tumbaron algunas paredes para obtener el espacio necesario para acomodar las góndolas. Claro que tampoco es que fuera mucha el área requerida para ese tipo de negocio, ya que a diferencia de ahora que la oferta de productos atiborra las estanterías, en esa época de cada mercancía se ofrecían dos o tres marcas; Fruco o La Constancia, Luker o Corona, La Rosa o Noel, Lux Kola o Postobón…

Poco tiempo después construyeron el centro comercial Los Rosales, enseguida del Seminario Mayor, cuyo primer piso fue destinado a un supermercado que llevó ese mismo nombre. Fue muy bien recibido por la población residenciada en el sector, ya que hasta entonces no existía ningún tipo de comercio y para adquirir cualquier producto era necesario ir al centro; claro que también estaban las tiendas de barrio para solucionar urgencias y necesidades. Después de este primer negocio montaron otros que también desaparecieron con el paso del tiempo, hasta que empezaron a llegar las grandes cadenas a monopolizar el mercado.

En la actualidad hay una proliferación de supermercados que nos hace preguntar cómo es que hay tantos consumidores en la ciudad, porque pueden contarse dos o tres mercados de esos en una sola cuadra. Y basta entrar a cualquiera para observar las filas de clientes en las cajas con sus carritos llenos de productos, mientras por los altoparlantes anuncian promociones que atraen compradores como si de moscas se tratara. El consumismo en su máxima expresión se refleja en esas góndolas pletóricas de productos coloridos, provocativos y variados, la mayoría de ellos artificiales e insalubres.

La política de estos negocios es cubrirle al cliente todas las necesidades y después de amarrarlo por medio de una tarjeta de crédito, proveerle servicios hasta escurrirlo. Varias multinacionales compiten con una empresa manizaleña en el negocio de los supermercados, esfuerzo digno de admirar porque se enfrenta a rivales de mucho peso. Por ello debemos apoyarla para que las utilidades se queden aquí y no vayan a parar a los bolsillos de los inversores extranjeros. 

Libertad o libertinaje.

A mi generación le tocó enfrentar una época bien difícil, porque nos criamos regidos por unas reglas pero a la hora de educar a nuestros hijos las condiciones empezaron a cambiar. Varió el trato entre adultos y menores, el mismo que perduró durante siglos con las variantes correspondientes a cada época y lugar. Como en todo, la justa medida que aconsejan la razón y la mesura debe imponerse, porque así como es repudiable el maltrato a los menores, estos tampoco deben abusar de su condición.

La regla de oro que nos inculcaron desde chiquitos fue el respeto a los mayores, lo que incluía personas de todo tipo y condición social. Siempre que uno respondía sí o no a cualquier requerimiento, no faltaban los papás, el profesor u otro adulto que expresaba en voz alta: ¿Sí qué?, sí señor, debíamos agregar. Fue tanta la repetidera que al fin lograron inculcarnos la instrucción, hasta convertirse en hábito de nuestro vocabulario. Aprendimos a decir permiso, buenos días, gracias, con gusto, por favor…

En cada hogar regían unas reglas que todos acataban sin chistar, las mismas que los papás no tenían que estar repitiendo a toda hora porque para los hijos era algo que se convertía en costumbre. El no cumplimiento acarreaba una serie de castigos que no pasaban de un recorte en la mesada, prohibición de sacar la bicicleta o no poder salir durante el fin de semana. Claro que también había violencia familiar y algunos adultos maltrataban a los hijos; papás que se quitaban la correa y les metían unas pelas brutales a la prole.

También era común que los profesores les cascaran a los alumnos, sobre todo a los más pequeños; darle con una regla en las corvas o en la palma de la mano cuando el mocoso no entendía. En el Colegio de Cristo los Hermanos Maristas utilizaban un instrumento de madera, la Chasca, que hacían sonar para reclamar silencio en el salón; claro que además lo utilizaban para darle en la cabeza al que estuviera muy cansón. Y en el Gemelli el profesor Oxfaro Bustamante, de educación física, tenía un anillo inmenso con el que le daba coscorrones a quien no cumpliera con la rutina.

Por fortuna en la actualidad existe la policía de menores para evitar esos abusos, aunque se les va la mano y ahora los padres de familia no pueden siquiera reprender a los vástagos porque los ponen en vueltas. Por ello tantos zambos se crían sin dios ni ley y desde pequeños irrespetan a los mayores; y después no tienen inconveniente en coger a las trompadas al policía que los reconviene.     

En mi época nunca oímos hablar del libre desarrollo de la personalidad, licencia que aprovechan ahora muchos jóvenes para comportarse como unos salvajes. Otros echan mano de esa figura para actuar de una manera que molesta e incomoda al resto de la sociedad. Lo sucedido con Sergio Urrego en Bogotá es muestra de ello. Porque un muchacho puede escoger su preferencia sexual, pero no pretender besuquearse con el novio en el colegio y que nadie diga nada.

Oí a la rectora del colegio, desde la cárcel, leer unas cartas escritas por el joven mencionado. En ellas habla de su odio a la vida, sus tendencias suicidas, una rebeldía innata e infidencias con su enamorado que confirman un comportamiento reprochable; como sugerirle al noviecito que no usara calzoncillos para facilitar el manoseo en clase. Por fortuna yo no era profesor de ese colegio porque los hubiera sacado del salón a los correazos, por degenerados e irrespetuosos, y ahora enfrentaría una larga condena.

jueves, octubre 08, 2015

Memorias de barrio (12).

Calculo que fue en 1970 cuando dejamos el barrio La Camelia para irnos a vivir a Palogrande, frente al parque de El Cable. La casa fue construida por mi tío Alberto Arango muchos años atrás y como se iban de ahí, la ofreció a mis papás porque era amplia y agradable. Se hizo el negocio y muy contentos procedimos con el trasteo. Esa casa es recordada porque tiempo después allí funcionó durante varios años el restaurante El Virrey.

Uno de los tantos atractivos que encontramos fueron dos árboles de feijoa, poco conocida entonces y por lo tanto muy apetecida, que producían fruta todo el año. Además en el patio había moras, guayabitas del Perú, brevas, cedrón, frondosas y coloridas veraneras, y una rosaleda muy bella; y debajo de unas escalas el espacio perfecto para construir un palomar. Queríamos palomas mensajeras pero eran muy costosas, por lo que tomamos “prestados” algunos ejemplares que capturamos con una trampa simple; después, cuando tuvieron suficientes crías, soltamos los adultos para que regresaran a su querencia.

La tienda más cercana era La Rambla, de don Ignacio Pinilla, un hombre callado y servicial que horneaba panes, cañas, mantecadas y demás mecatos. El negocio era sitio de reunión de los vecinos y en la única mesita siempre estaba don Indalecio, el viejo que cuidaba las vacas que pastaban en las mangas donde construyeron años después el barrio que lleva el nombre de la tienda. A Indalecio le mamábamos gallo y nos perseguía dispuesto a darle una pela con la funda del machete al que lograra alcanzar. Nunca pudo.

Donde queda ahora la rampa para subir a Juan Valdez había una casita diminuta y en ella vivía Alfonso, el guarda-parque, con su familia (la tienda de café está construida encima de un gran tanque de almacenamiento). Era empleado del acueducto y recorría las calles, serio y concentrado en su labor, siempre con su uniforme color caqui y una cruceta larga al hombro que servía de llave para abrir y cerrar válvulas. Cada que se iba el agua todas las señoras del barrio mandaban un muchachito a preguntarle cuánto demoraban en conectarla de nuevo.

En el portón de la casa coincidían a diario mis amigos y los de mis hermanos, imagino que por ser sitio estratégico, y nos sentábamos al frente en el pradito del parque a mamarle gallo al que pasara; pocas mujeres bonitas se atrevían a dar papaya. En ese tiempo se radicó en Manizales una cantante reconocida, Claudia Osuna, y hay que ver la silbatina y las cosas que le decíamos cuando pasaba en su carro; hasta nos arrodillábamos para suplicarle autógrafos.

Ni hablar de la ira de mi mamá cuando al entrar encontraba una moto que goteaba aceite en el corredor, un perro amarrado de uno de los postes, libros y cuadernos, chaquetas y sacos, y todo lo que guardaban allí los amigos mientras íbamos a dar una vuelta. También acostumbrábamos jugar ‘picaitos’ en el parque y al finalizar, varios se metían a los baños a refrescarse y por lo tanto dejaban todo vuelto un desastre. Mi madre renegaba y echaba vainas, pero de ahí no pasaba porque siempre se caracterizó por ser una ‘cucha bacana’.

Después mi papá compró una finquita y los viernes sin falta se iban al caer la tarde, todos menos los muchachos que debíamos quedarnos a cuidar la casa por turnos. Nosotros lamentábamos esa situación y hacíamos el papelón, pero apenas salían empezaban las fiestas en los diferentes ambientes de la casa. El domingo pasábamos el guayabo ‘virutiando’ y encerando pisos para borrar cualquier huella delatora.

Recuerdo cuando… (I)

Soy dado a escarbar en la memoria para revivir esas primeras impresiones que logro rescatar, a veces sin poder calcular la edad que tenía en cada suceso pero convencido de que algunos son de cuando apenas abría los ojos a este mundo. Ahora dicen que el pasado hay que enterrarlo, que solo importa el presente y hacer planes para el futuro, pero a muchos nos gusta revivir momentos inolvidables de una existencia que sin duda era más fácil de llevar. Estos repasos no son aptos para quienes prefieren ocultar su edad.

Recuerdo por ejemplo cuando el cura daba la misa en latín y de espaldas a los feligreses. A esa edad uno no entendía ni forro, y menos en ese idioma tan raro, pero se entretenía con la ceremonia y esperaba ansioso a que echaran el incienso o a que el sacristán hiciera sonar la campanita. Me parece ver al padre Uribe frente al altar, siempre de espaldas, mientras los niños nos aburríamos y empezábamos a secretearnos y a reírnos de cualquier bobada. Mi mamá nos regañaba y nos metía uno que otro pellizco, hasta que por fin oíamos la única frase que entendíamos, la misma que anunciaba el fin de la ceremonia.  

A los cuatro años ya salía los domingos a caminar por los alrededores de Manizales con mi papá y mis hermanos mayores; deduzco mi edad porque veo que el tren dejó de operar en 1959. Alcancé a verlo de cerca y recuerdo que veníamos por la carrilera, por donde queda hoy el barrio Aranjuez, y en esas apareció con su gran columna de humo. Mi papá dijo que nos tumbáramos cerca a la vía para sentirlo vibrar; el estruendo de ese monstruo, los chorros de vapor y las pavesas que saltaban del fogón quedaron grabados en mi memoria. En la estación de Villamaría, donde queda ahora la bomba de gasolina a la entrada del municipio, había un tanque inmenso de agua del que abastecían las calderas de las locomotoras.   

El cable aéreo a Mariquita funcionó hasta 1961 y ese también lo recuerdo con claridad. Algunos chinches subían al Cerro de Oro a esperar las góndolas, que ahí pasaban muy bajitas, para treparse y echarse el paseo hasta la estación; aunque debían saltar unos metros antes de llegar a la plataforma y salir a las carreras, para evitar que los castigaran por imprudentes. Las góndolas recorrían muy despacio el extenso corredor de la parte trasera del edificio del cable y allí los coteros descargaban, para después, siempre en movimiento, acomodar la carga que salía de una vez para el oriente. También viajaban montañeros que se acomodaban encima de los bultos con su ruana y sombrero, dispuestos a que lloviera o a que se fuera la luz y quedaran por ahí varados en algún precipicio.

Del centro de la ciudad recuerdo que los avisos de los almacenes no estaban adosados a la pared, como ahora, sino de manera perpendicular para que los peatones pudieran verlos mientras recorrían las aceras. Al anochecer los encendían y era un hervidero de colores y luces de neón, pues cada uno buscaba llamar la atención. En diciembre procedían con el alumbrado navideño, que consistía en unos cables llenos de bombillos de colores que instalaban de lado a lado en las carreras 22 y 23, en el sector comercial, dándole un ambiente festivo a la ciudad. En las terrazas de los edificios del Parque de Bolívar había grandes avisos, como el de Hijos de Liborio Gutiérrez, al que le daba movimiento el neón y representaba a un señor poniéndose el sombrero Barbisio.

Recuerdo cuando… (II)

Cierta vez oí decir que a medida que uno acumula calendarios el paso del tiempo le pasa a los vuelos, dizque por tener más de dónde comparar. Y parece razonable, porque sin duda cuando éramos niños el transcurso de un año se hacía eterno. Vivíamos en función de las vacaciones y desde el inicio del año lectivo empezábamos a preguntar cuánto faltaba para la Semana Santa; después a hacerle ganas al asueto de mitad de año, el cual era lo suficientemente extenso como para olvidarnos del colegio. Por último el premio mayor, las vacaciones de diciembre, un lapso que parecía interminable para nosotros.

De esa primera infancia recuerdo que cuando tenía seis años subía del barrio Estrella a comprar la parva a la panadería La Victoria, estimulado porque don Roberto siempre me daba unas gafitas o un mojicón de encima. Luego me quedaba de novelero frente a una casona que había donde está hoy el Multicentro Estrella, la cual acababan de alquilar a una empresa mejicana encargada de la construcción del oleoducto que viene de La Dorada. Era un caserón inmenso estilo mejicano, con un amplio corredor lleno de arcos que daba hacia la avenida, y hervía de movimiento por la cantidad de personas que entraban y salían. Al regresar a la casa mi mamá me regañaba por la demora, ya que siempre le daban nervios de que me cogiera un carro al cruzar la avenida.

Como aún no existían las pasteurizadoras de leche, el necesario alimento se compraba en una camioneta que recorría las calles y para tal fin bastaba llevar una cantina, recipiente característico, donde le echaban los litros que se hubieran estipulado en la contrata. Era leche cruda, sin ningún tratamiento diferente al agua que le agregaban para bautizarla (léase rendirla), y así se consumía en los hogares, muchas veces sin siquiera hervirla. Y nada de inflarse la barriga, de diarrea, irritación del hígado o cualquiera de esos males que nos aquejan ahora. Aparecieron las empresas lecheras y en un principio el producto venía en botella, con una tapita de cartón muy odiosa porque al tratar de abrirla era común que el líquido saltara por todas partes.

Siempre que voy a Pereira no dejo de pensar en lo que representaba visitarla en aquella época. El paseo arrancaba por la antigua vía a Chinchiná, en el Bajo Tablazo había un retén de Rentas Departamentales, con guadua y todo, y en la recta de Java el peaje cuyo tiquete costaba un peso. Después de cruzar Chinchiná, en un tramo de la carretera llamado La batea, otro retén de rentas que era el coco para quienes traían matute de San Andrés y llegaban por el aeropuerto Matecaña.

A Santa Rosa también había que atravesarlo y después de coger carretera otra vez se llegaba al peaje localizado en La Romelia, apartada entonces de Dosquebradas que era apenas un pueblito. En Pereira íbamos a comer helado y pandeyuca al parque Uribe Uribe, el del laguito, y después a dar una vuelta por el aeropuerto y la Circunvalar. La primera vez que fui hasta Armenia, que parecía bien lejos, mucho tramo de la carretera estaba aún sin pavimentar.

Para bajar a Villamaría tocaba coger la falda de la calle 36, desde la avenida, pasar Ondas del Otún y enfrentar ese curverío por entre potreros; la única edificación que se topaba era un antiguo seminario abandonado desde el terremoto de 1962. Al cruzar el puente Jorge Leyva había un bailadero con piscina pública y de ahí todavía faltaba subir hasta el pueblo. Siempre es que esto ha cambiado mucho.

sábado, agosto 22, 2015

Quién me explica.

Existen detalles del diario vivir que por más que les demos vueltas no podemos encontrarles una explicación, situación incómoda que ofusca y desespera. Comenta uno esas situaciones con amigos y contertulios y todos están de acuerdo, se hacen las mismas preguntas y lamentan saber que a pesar del sentimiento unánime parezca imposible evitar tanto abuso, y que aunque es de conocimiento de todos quiénes son los responsables, no haya forma de castigarlos. Nadie dice nada, nunca pasa nada y los pícaros seguirán montados en el potro por siempre jamás.

Quién puede entender que uno vaya al banco a abrir un CDT con unos ahorros bien luchados y le paguen unos intereses de miseria, que lo único que producen es rabia. Pero va a la misma entidad financiera a solicitar un crédito y hay que ver la tajada que le sacan desde que firma; ni hablar de los intereses por un sobregiro o por el consumo con tarjeta de crédito. De igual manera cobran un dineral por cualquiera de los servicios que ofrecen. Un banco funciona con el billete de los clientes y así abusen y nos den en la cabeza, ahí seguimos todos en fila a la espera de que nos atiendan. Si seremos bien pendejos. 

Otro cuento que nos tiene con el pelo parado es el embeleco de los dos peajes que piensan clavarnos de aquí a Mariquita. Hasta ahora nunca se habían atrevido a gravar ese recorrido con un peaje porque las especificaciones de la vía son arcaicas e incómodas, pero ahora que le están metiendo mano se les abrieron las agallas y vieron ahí la oportunidad para ponernos a pagar. Está bien que si la carretera rectificada nos va a ahorrar tiempo, si no será necesario atravesar Padua y Fresno porque tendrán variantes y demás mejoras significativas, instalen un peaje que ojalá sea después de Petaqueros, para que no aísle más una rica región del oriente del departamento.

Falta menos de un semestre para que finalice la administración de nuestro alcalde y aprovecho para hacerle un cuestionamiento desde ahora, porque es sabido que en las últimas semanas no queda tiempo para nada y menos para dar explicaciones. Varias veces desde esta columna he preguntado lo mismo y nada que recibo una respuesta satisfactoria. Pero insisto, doctor Rojas: ¿puede decirnos qué pasa con el cable a Los Yarumos?

Lo último que recuerdo, hace ya mucho tiempo, es que hacía falta un repuesto, que ya estaba encargado pero que se demoraba un poquito. Supusimos entonces que sería cosa de dos o tres meses, pero ahí está ese elefante blanco desde hace varios años con el único fin de sacarnos la piedra cada que lo vemos. Desde que lo inauguraron y durante el poco tiempo que funcionó, quienes lo usaron decían que eso sonaba muy miedoso, que parecía que fuera a caerse en cualquier momento. Pues tenían razón, porque muy grave tuvo que ser el diagnóstico para que la única opción fuera abandonarlo.

Sabemos que usted recibió el cable ya inaugurado, pero eso no quiere decir que su administración pueda desentenderse del problema. Vamos a completar cuatro años con ese monumento a la desidia, que costó más de 6 mil millones de pesos, y nadie volvió a decir nada al respecto. Yo al menos quiero saber en qué va ese proceso, si tenemos esperanza de verlo operar de nuevo, cuánto se demora, etc., y lo más importante: Quiénes son los directos responsables de semejante descalabro. Qué tal que alguno ande de candidato para algún cargo y la ciudadanía, olvidadiza que es, termine por premiarlo.